Por si no hubiera quedado suficientemente claro en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) del pasado diciembre, el Pentágono –reconvertido en Departamento de Guerra– lo ha vuelto a remachar el pasado viernes con la publicación de la Estrategia de Defensa Nacional (EDN): Estados Unidos (EEUU) apuesta por la paz a través de la fuerza (militar, por supuesto). Toda una declaración de principios que sólo puede generar inquietud, tanto en el propio territorio nacional como en el resto del planeta.
Es difícil encontrar hoy a alguien que haga más que Trump por arruinar la imagen de EEUU en el planeta y por agravar el declive de su liderazgo, recurriendo a un creciente uso de la fuerza que apenas esconde su debilidad.
Conviene insistir, en primer lugar, que para Donald Trump la paz no es más que aquella situación en la que nada ni nadie le impida la consecución de sus objetivos, al margen de si se ajustan o no a la ley internacional, al respeto debido a los derechos humanos o, menos aún, a las normas básicas de la democracia. De ahí se deriva que todos los que se opongan a su dictado sean definidos como enemigos de la paz; o, lo que es lo mismo, enemigos personales suyos. Y si a eso se le une que, en sus propias palabras, el único límite que reconoce a su capacidad de decisión no es la ley internacional ni lo que todavía define a EEUU como una democracia, sino únicamente su propia moralidad, no puede extrañar la alarma que algo así genera cuando se tiene en cuenta el enorme arsenal militar que está a sus órdenes. Un arsenal que previsiblemente aumentará mucho más si logra la aprobación de su propuesta de elevar el presupuesto militar hasta los 1,5 billones de dólares para el próximo año fiscal (desde los 901.000 millones actuales), lo que supondría el 4,7% del PIB.
En clave interna, la EDN despeja las pocas dudas que pudieran quedar sobre el sesgo militarista y antidemocrático de una Administración que ve a sus propias ciudades como un provechoso campo de experimentación para sus Fuerzas Armadas en el marco de la “guerra interna” que Trump y sus leales ya definieron a principios de octubre pasado, cuando reunieron a más de 800 generales y almirantes para arengarlos contra el enemigo interior. Un enemigo que engloba tanto a los movimientos antifa, como a los simpatizantes de las políticas woke y, en resumen, a todo aquel que no encaje en la visión supremacista del movimiento MAGA. Buena señal de ello, junto al indulto a quienes fueron condenados por el asalto al Congreso (6 de enero de 2021), es la represión violenta aplicada en los campus universitarios y la criticable actuación de los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), con allanamientos de hogares sin orden judicial y hasta asesinatos a plena luz del día incluidos.
Por esta vía, más el añadido del despliegue de la Guardia Nacional en diferentes ciudades con el argumento de un inexistente panorama de criminalidad descontrolada, estaríamos ante un ensayo general que bien puede desembocar en una situación de inestabilidad generalizada que le permita al inquilino de la Casa Blanca bloquear las próximas citas electorales. De momento, mientras dice dudar sobre si debe cumplir la Constitución, ya ha amenazado con decretar la ley marcial y aplicar la ley de insurrección (de 1807) para sacar el ejército a las calles.
En el ámbito exterior, sus actos no hacen más que invalidar su pretendida imagen de pacificador universal. Por un lado, no sólo reconoce haber autorizado acciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en otros países, sino que, según las cifras que maneja el Armed Conflict Location &Event Data (ACLED), a finales del pasado año ya había ordenado 626 ataques contra diversos objetivos en Yemen, Somalia, Siria, Irak, Irán, Níger y Nigeria, muy por encima de los 555 ordenados por Joe Biden en todo su mandato. Si a eso se le suma el ilegal ataque a Venezuela y la igualmente ilegal amenaza del uso de la fuerza contra Irán (de la mano de Israel) y contra Dinamarca (en relación con Groenlandia), sólo cabe concluir que Trump está decidido a romper todos los límites para imponer su criterio frente a todo y frente a todos. Parte esencial de su plan de dominio es, por una parte, eliminar las estructuras multilaterales vigentes (con las Naciones Unidas en cabeza) y, por otra, apoyar a gobernantes y “partidos patrióticos” (es decir, grupos de ultraderecha) que le sirvan como puntas de lanza en su afán por dominar la totalidad del continente americano, destruir la Unión Europea y hacer frente a la emergencia de China como rival estratégico.
Es difícil encontrar hoy a alguien que haga más que Trump por arruinar la imagen de EEUU en el planeta y por agravar el declive de su liderazgo, recurriendo a un creciente uso de la fuerza que apenas esconde su debilidad.
