¿Por qué Rusia está ganando la guerra en Irán?

Detalle de una mesa de reunión formal con dos pequeñas banderas de Irán y Rusia colocadas en el centro rodeada de micrófonos, documentos y botellas de agua.
Banderas de Irán y Rusia en la mesa de reunión entre Konstantin Kosachev, vicepresidente del Consejo de la Federación Rusa, y Peyman Jebeli, director de la Organización Estatal de Radiodifusión y Televisión de la República Islámica de Irán (6/11/2025). Foto: Council.gov.ru (Wikimedia Commons/ CC BY 4.0).

El Kremlin ha expresado su enojo por los ataques de Israel y Estados Unidos (EEUU) contra Irán y ha apelado al respeto de la soberanía iraní. Varios analistas políticos rusos describen el asesinato de Alí Jamenei como un hecho sin precedentes, que ni siquiera se pueda comparar con las muertes de Muamar Gadaffi o Sadam Husein. El primero fue linchado por su propio pueblo y el segundo ejecutado tras ser condenado por un tribunal iraquí. Ni Vladímir Putin ni los comentaristas cercanos al Kremlin consideran que algo similar pueda ocurrir en Rusia. A su juicio, el estatus de Rusia como potencia nuclear constituye una garantía última de supervivencia del régimen. Por ello, anticipan que el actual contexto podría incentivar la proliferación nuclear, ya que varios países podrían intentar dotarse de este tipo de capacidades para proteger sus regímenes frente a EEUU.

(…) la crisis genera ventajas tácticas inmediatas para Moscú. Una mayor implicación estadounidense en Oriente Medio puede desviar atención política, recursos militares y capital diplomático de la guerra en Ucrania (…)

La humillación de un aliado como Irán no es un hecho menor para Moscú, aunque tampoco constituye un factor decisivo. El cálculo estratégico del Kremlin es más complejo. La crisis entraña riesgos reales, pero también abre la puerta a ventajas y oportunidades tácticas. La postura de Moscú es una ambigüedad estratégica: mantiene una indeterminación deliberada y flexibilidad política y militar que le permite ajustar la respuesta según evolucione la situación, mientras evita los compromisos formales.

En los últimos años, especialmente desde el inicio de la guerra en Ucrania, la relación entre Rusia e Irán se ha intensificado de forma visible. La cooperación militar, el suministro de drones iraníes al ejército ruso y la convergencia diplomática frente a Occidente alimentaron la percepción de una alianza sólida, reforzada en enero de 2025 con la firma del Tratado de Asociación Estratégica Integralentre Moscú y Teherán. En términos políticos, el acuerdo establece un marco de cooperación destinado a contribuir a la construcción de un orden internacional multipolar y a reforzar la coordinación frente a las sanciones y presiones occidentales. La asociación estratégica abarca ámbitos como la economía, la energía, la ciberseguridad, la tecnología, la ciencia y la cooperación en materia de seguridad y defensa. El tratado, sin embargo, no establece una alianza militar formal ni incluye una cláusula de defensa mutua comparable a la de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ninguno de los dos países está obligado a intervenir militarmente en defensa del otro.

En la práctica, esto significa que Rusia no defenderá a Irán en caso de un conflicto directo de alta intensidad. Además, la relación entre ambos países sigue marcada por una desconfianza histórica. Durante siglos compitieron por la influencia en el Cáucaso, Asia Central y el entorno del mar Caspio. Hoy comparten el objetivo de limitar la influencia occidental, pero esa coincidencia estratégica no elimina rivalidades estructurales. Moscú no desea un Irán excesivamente fuerte capaz de proyectar poder autónomo en regiones que considera esenciales para su propia seguridad. Rusia mantiene además otros intereses en Oriente Medio, incluida una relación compleja con Israel y la necesidad de coordinar con los grandes productores del Golfo la gestión de los precios del petróleo. Todo ello obliga al Kremlin a calibrar cuidadosamente el alcance de su cooperación con Teherán.

La guerra en Ucrania aceleró la consolidación de los lazos bilaterales, pero el actual conflicto en Oriente Medio también está revelando sus límites. Tras la invasión de Ucrania, el Kremlin reorientó su política exterior hacia una confrontación sistémica con Occidente, apoyándose en plataformas como los BRICS+ y la Organización de Cooperación de Shanghái, de las que Irán forma parte. En ese contexto, Teherán se convirtió en un socio especialmente valioso por tres razones. En primer lugar, aportaba legitimidad narrativa en el llamado sur global, donde el discurso antioccidental ganó fuerza tras la guerra en Gaza. En segundo lugar, ofrecía capacidades militares inmediatas, en particular los drones Shahed 136 y la transferencia tecnológica asociada, que permitieron a Rusia sostener e intensificar sus ataques contra Ucrania. En tercer lugar, proporcionaba canales logísticos y suministro de munición en una fase crítica del conflicto. La dependencia militar de Moscú respecto a Teherán alcanzó su punto máximo en las primeras etapas de la guerra. Posteriormente, Rusia internalizó la producción de drones en su territorio, en la planta de Alabuga, incorporando mejoras técnicas sobre los diseños originales. Al mismo tiempo diversificó proveedores. Corea del Norte emergió como una fuente relevante de munición y misiles, e incluso de personal. China se consolidó como facilitador clave en bienes de doble uso y componentes críticos para la industria de defensa rusa. En este nuevo escenario, Irán ya no constituye un pilar indispensable para sostener la campaña militar rusa en Ucrania.

Una derrota o una desestabilización profunda de Irán debilitaría la proyección del poder de Moscú en Oriente Medio, ya socavada después de la caída de Bashar al-Assad en Siria, así como del eje antioccidental y afectaría a intereses económicos concretos de Moscú. Teherán constituye un socio clave tanto para la evasión de sanciones como para la articulación de rutas comerciales alternativas. Rusia ha acordado invertir alrededor de 1.500 millones de dólares en el tramo ferroviario Rasht Astara, una pieza esencial del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, que conecta la India, Irán, el mar Caspio, Rusia y Europa. El objetivo es reducir la dependencia del canal de Suez, crear una vía alternativa al comercio dominado por Occidente e integrar las infraestructuras ferroviarias y portuarias iraníes. Una situación de inestabilidad en Irán pone en riesgo estos planes.

Al mismo tiempo, la crisis genera ventajas tácticas inmediatas para Moscú. Una mayor implicación estadounidense en Oriente Medio puede desviar atención política, recursos militares y capital diplomático de la guerra en Ucrania, reduciendo la prioridad estratégica otorgada a Kyiv. En un contexto de recursos limitados y múltiples frentes abiertos para Washington, cualquier redistribución del foco estratégico constituye una oportunidad para el Kremlin.

El conflicto también tiene efectos directos en los mercados energéticos. Toda escalada que afecte al golfo Pérsico, al estrecho de Ormuz o a las infraestructuras energéticas regionales tiende a aumentar la percepción de riesgo y a impulsar al alza los precios del petróleo y del gas. Para Rusia, uno de los mayores exportadores de hidrocarburos del mundo, esta dinámica representa una ventaja económica considerable. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Moscú se ha visto obligada a vender su petróleo con descuentos significativos en los mercados asiáticos debido a las sanciones occidentales y al mecanismo de tope de precios impulsado por el G7. Cuando el precio global del crudo y del gas aumenta, el efecto de esos descuentos se reduce y los ingresos fiscales del Estado ruso crecen, así como su capacidad de sostener la guerra en Ucrania. Aunque Rusia ha perdido gran parte de su mercado europeo, sigue siendo un actor importante en el comercio global de gas natural licuado y de petróleo, sobre todo en Asia. Además, los repuntes del petróleo y del gas tienden a generar presiones inflacionistas en Europa, donde el coste de la energía sigue siendo una variable macroeconómica crítica. Para el Kremlin, cualquier escenario que complique la estabilidad económica y la cohesión política del bloque occidental resulta estratégicamente ventajoso.

La mayor oportunidad estratégica, sin embargo, reside en el refuerzo de la relación con China, porque puede disminuir el descuento de sus ventas de hidrocarburos a Pekin, así como aumentar las cantidades de sus exportaciones al país vecino. La cooperación entre Moscú y Pekín depende menos de sus dinámicas internas que de su relación común con EEUU. El ataque estadounidense contra Irán afecta indirectamente a China, que importa aproximadamente el 13% de su petróleo de ese país. Irán ocupa además una posición central en la estrategia china de diversificación de rutas energéticas. Proyectos vinculados al puerto pakistaní de Gwadar y a posibles extensiones del gasoducto Irán-Pakistán buscan reducir la vulnerabilidad de Pekín en el estrecho de Malaca y, potencialmente, también en el de Ormuz. La presión estadounidense sobre Irán, por tanto, no sólo golpea Teherán, sino que también complica la arquitectura energética y geoeconómica china. En este contexto, Rusia emerge como un socio energético aún más relevante para Pekín. La incertidumbre sobre la estabilidad de Oriente Medio refuerza el interés chino por asegurar suministros energéticos a través de rutas terrestres relativamente inmunes a los riesgos geopolíticos del transporte marítimo. Moscú puede ofrecer precisamente ese tipo de seguridad estratégica. El gasoducto Poder de Siberia ya transporta gas ruso hacia el noreste de China, mientras que el proyecto Poder de Siberia 2, todavía en fase de negociación, podría multiplicar significativamente los volúmenes exportados hacia el mercado chino en la próxima década. Una guerra prolongada en Oriente Medio podría acelerar estos procesos. Para China, ampliar la cooperación energética con Rusia reduce la dependencia de rutas marítimas vulnerables y diversifica sus fuentes de suministro. Para Moscú, consolidar el mercado chino significa reforzar su giro estratégico hacia Asia y reducir de forma estructural la importancia del mercado europeo, perdido en gran medida tras la guerra en Ucrania.

El Kremlin, por tanto, no desea un colapso del régimen iraní que altere el equilibrio regional y ponga en peligro sus corredores comerciales y sus socios estratégicos. Pero tampoco está dispuesto a comprometerse militarmente en su defensa. Mientras gestiona esos riesgos, Moscú explota las ventajas tácticas de la distracción occidental y del aumento de los precios energéticos, y busca capitalizar la coyuntura para profundizar su asociación con China.

El zar Alejandro III (1845-1894) afirmaba que Rusia sólo tenía dos aliados: su Ejército y su Armada. La Rusia de Vladímir Putin parece haber añadido un tercero: los hidrocarburos.