¿Fin de ciclo? La caída de Afganistán en perspectiva estratégica

¿Fin de ciclo? La caída de Afganistán en perspectiva estratégica. Soldados estadounidenses salen de la Base Operativa de Avanzada Baylough, Afganistán (2010) Foto: DoD photo by Staff Sgt. William Tremblay, U.S. Army/Released (CC BY 2.0)

La vuelta al poder de los talibán en Afganistán, tras casi 20 años de hiato tutelados por EE UU y la comunidad internacional, está alimentando todo tipo de debates sobre qué ha pasado, por qué ha pasado lo que ha pasado y qué va a pasar.

La preocupación inmediata de buena parte de gobiernos y organizaciones internacionales está centrada en cuestiones de índole logística, relacionadas con las dificultades a la hora de extraer a diplomáticos, funcionarios internacionales y cooperantes de un Afganistán ya controlado por los talibán casi en su totalidad, con alguna excepción como el caótico aeropuerto de Kabul. A su vez, la opinión pública occidental alerta sobre las implicaciones humanitarias de la re-talibanización de Afganistán, en especial para los derechos de las mujeres, pero también para el futuro de aquellos grupos e individuos que hayan colaborado con la comunidad internacional.

“(…) la opinión pública occidental alerta sobre las implicaciones humanitarias de la re-talibanización de Afganistán, en especial para los derechos de las mujeres, pero también para el futuro de aquellos grupos e individuos que hayan colaborado con la comunidad internacional.”

La falta de previsión de gobiernos occidentales y organizaciones internacionales no es sino un signo más de la estupefacción mostrada por algunos: ¿cómo es posible qué, apenas un mes tras el anuncio de Biden de retirar las tropas estadounidenses, los talibán se hayan hecho con el control del país, pasando como un rodillo por encima de un gobierno amparado por la comunidad internacional y unas fuerzas de seguridad sostenidas por billones de dólares, armas y décadas de entrenamiento estadounidense?

Algunos expertos, sin embargo, ven la caída de Kabul como la crónica de una muerte anunciada; algo que se veía venir tras la decisión de Trump de negociar y llegar a un “acuerdo de paz” con los talibán; tras el repliegue militar anunciado por Obama en 2009 o su decisión de cesar las operaciones militares estadounidenses en 2014; o incluso tras la decisión de la Administración Bush de priorizar Irak en 2003 (con la consiguiente desviación de unos recursos aparentemente necesarios para una verdadera estabilización de Afganistán).1

En clave interna estadounidense, las referencias del presidente Biden a que el objetivo de la intervención en Afganistán era combatir el terrorismo y no construir un Estado, evoca viejos debates sobre la posibilidad de desvincular lo uno de lo otro.

Seguramente, uno de los debates más recurrentes gire en torno al reparto de culpas entre EE UU, la comunidad internacional y el gobierno afgano. Se ha hablado ad nauseam sobre la escasez de los recursos destinados por parte de EE UU y la comunidad internacional a “arreglar” Afganistán (¿cuánto es suficiente?). Se ha acusado a EE UU, a la OTAN y a la comunidad internacional en general de mirar para otro lado, o incluso de sostener la corrupción rampante del gobierno afgano, con la consiguiente pérdida de credibilidad y apoyo entre la sociedad afgana. Y se ha hablado también de la propia responsabilidad afgana, de sucesivos gobiernos corruptos e incompetentes, y de los supuestos problemas estructurales propios de un país en el que la tiranía de la geografía y la debilidad de la sociedad civil aparentemente condenan cualquier intento de levantar un sistema de gobierno efectivo.

Otro importante debate gira en torno a las implicaciones geopolíticas regionales. Algunos interpretan la vuelta de los talibán como el triunfo de Pakistán, dada la vinculación histórica entre los primeros y el servicio de inteligencia militar paquistaní en particular.2 Sin embargo, otros vecinos y potencias regionales de referencia, como Irán, la India o incluso Rusia, buscarán sin duda varias formas de contrarrestar la supuesta influencia paquistaní en el nuevo Afganistán.3

Surgen, así mismo, importantes interrogantes sobre cómo podría afectar un supuesto refuerzo de la influencia paquistaní al proceso de rivalidad geo-estratégica entre EE UU y China. Si bien Pakistán es oficialmente un aliado estadounidense, la fortaleza de sus vínculos económicos, políticos y estratégicos con China, y la fuerte apuesta estadounidense por la India, parecería estar llevando a Pakistán de su condición “oscilante” en la rivalidad sino-estadounidense a un alineamiento cada vez más claro con China.

Más allá de Pakistán, la propia China ve una oportunidad para reforzar el encaje de Afganistán en su iniciativa de la franja y la ruta, consolidando así su influencia en el continente asiático. Esto, a su vez, conecta con el debate en EE UU sobre los efectos geopolíticos de la retirada de Afganistán y la llegada al poder de los talibán. Algunas voces consideran que las tareas de contrainsurgencia en Afganistán suponen una distracción de lo que debería ser la prioridad número uno para el Pentágono: la innovación tecnológica-militar y la inversión en capacidades que refuercen la disuasión con China en el teatro Asia-Pacífico. Otros lamentan el hecho de que la retirada estadounidense de Afganistán deje campo libre a China en una zona geo-estratégicamente relevante. Según esta línea, los cambios en Afganistán permitirían a China avanzar en su ambición de crear una infraestructura de transporte y abastecimiento en Asia continental, que eluda el control que la armada estadounidense sigue ejerciendo sobre el corredero marítimo Indo-Pacífico, y permita a China zafarse de futuras presiones, bloqueos o chantajes estadounidenses.

En este sentido, una presencia militar estadounidense en Afganistán (por residual que fuese) podría ayudar a sostener una más amplia infraestructura militar en Asia central, dotando a EE UU a largo plazo de una plataforma estratégica en el flanco continental chino y facilitando cualquier intento de “meterle el dedo en el ojo” a Pekín.

Otras voces, sin embargo, dan la bienvenida a la posibilidad de una mayor implicación China en Afganistán y en Asia continental en general, quizás esperando que ese agujero negro trague recursos y atención chinos. Desde esta perspectiva, la línea de expansión geoestratégica continental China estaría plagada de todo tipo de obstáculos y podría incluso, eventualmente, provocar cada vez más encontronazos con Rusia e, incluso, contribuir a “abrir una brecha” en la relación entre Moscú y Pekín, como desearían muchos en Washington.

La caída de Afganistán y el fin de la posguerra fría

Más allá de todos estos importantes debates, la caída de Afganistán representa probablemente la puntilla a una era: la de la posguerra fría. Ha sido ésta una era dominada por la hegemonía política estadounidense-occidental, por la ausencia de rivales pares y de límites a la voluntad de EE UU y de Occidente de reordenar el mundo. Quizás la empresa afgana ilustre los excesos de esta era de forma más clara y brutal – habiéndose tragado, según los cálculos del propio Biden, más de 1,5 billones de dólares, así como un despliegue militar permanente de decenas de miles de tropas aliadas durante casi 20 años, amén de agentes y cooperantes internacionales de distintos pelajes. Todo para volver ahora a la casilla de salida. O no:

Para algunos, el esfuerzo de EE UU y la OTAN en materia de contrainsurgencia y state-building en Afganistán y en Oriente Medio en general ha supuesto una importante distracción estratégica, que ha dado aire a Rusia y China a la hora de invertir en capacidades militares, tecnologías y conceptos operacionales a medida de la guerra interestatal entre grandes potencias. Así, China y Rusia habrían recortado su distancia con EE UU y sus aliados mientras estos miraban hacia otro lado y buena parte de sus recursos se colaban por el gran agujero negro afgano.4

Podríamos entonces entender la retirada de Afganistán como parte de un esfuerzo más amplio por adelgazar la presencia estadounidense en el gran Oriente Medio que, sin menospreciar los posibles obstáculos (EE UU ya ha intentado desvincularse sin éxito de Oriente Medio en repetidas ocasiones), conectaría con la voluntad de priorizar la disuasión a Pekín en la región Asia-Pacífico, verdadero epicentro de la rivalidad China-EE UU.5 En este sentido, un hecho relevante es que la retirada estadounidense de Afganistán se solapa con el nuevo presupuesto de defensa de la Administración Biden, que prioriza inversiones futuras, sobre todo en investigación, nuevas tecnologías y capacidades dedicadas casi exclusivamente a prevalecer sobre China y, en menor medida, Rusia.6

“(…)un hecho relevante es que la retirada estadounidense de Afganistán se solapa con el nuevo presupuesto de defensa de la Administración Biden(…)“

En última instancia, podríamos concebir la retirada estadounidense y occidental de Afganistán como la culminación de un paradigma o un ciclo estratégico determinado para Occidente, dominado por las llamadas operaciones de gestión de crisis y los esfuerzos en materia de state-building, que han marcado las intervenciones en los Balcanes Occidentales, África, Oriente Medio (Irak) y Asia Central (Afganistán) desde el final de la Guerra Fría.

De las distintas implicaciones que traerá este supuesto cambio de ciclo histórico-estratégico para EE UU y sus aliados, incluida la OTAN, cabría quizás mencionar dos:

Por un lado, el abandono del concepto de la posguerra fría de intentar remodelar sociedades remotas a golpe de intervenciones directas, y la consecuente redirección de recursos militares hacia la rivalidad interestatal y la disuasión de grandes potencias, principalmente China y Rusia.

Por otro lado, cabe resaltar que, si bien EE UU y la OTAN se retiran de Afganistán o piensan adelgazar su presencia militar permanente en zonas de Oriente Medio y Asia continental, ello no quiere decir que sean ajenos a dinámicas de seguridad en estas regiones. Sin embargo, a la hora de plantear su implicación en estos teatros “secundarios” (Europa y Asia-Pacífico serían teatros primarios, dada la presencia de rivales geoestratégicos de primer orden), EE UU y la OTAN buscarían modalidades de acción más indirectas. Nos adentraríamos, pues, en tareas de apoyo y entrenamiento de fuerzas locales, de inteligencia, vigilancia y reconocimiento aéreo, y se evitarían actuaciones directas más allá de acciones quirúrgicas ante amenazas inminentes en ámbitos como las operaciones especiales o los ciberataques. Este era ya el modelo de referencia en Afganistán desde las reducciones de Obama y lo seguiría siendo. Este será también probablemente el modelo a seguir por la OTAN y la UE en el Sahel, África y Oriente Medio en años venideros.

Luis Simón
Director de la oficina de Bruselas e investigador principal, Real Instituto Elcano | @LuisSimn


1 Félix Arteaga, “¿El país ha caído tan rápido como dicen?”, El Mundo, 17 de agosto de 2021; Fernando Reinares, “Afganistán Talibán y seguridad internacional”, La Rioja, 18 de agosto de 2021.

2 Sarah Chayes, “The Ides of August”, 15 de agosto 2021.

3 Irene Martínez, “El infortunio geográfico”, 18 de agosto de 2021.

4 Mackenzie Eaglen, “Just Say No: The Pentagon Needs to Drop the Distraction and Move Great Power Competition Beyond Lip Service”, War on the Rocks, 28 de agosto de 2019.

5 Véase, por ejemplo, Evan Brayden Montgomery, “Primacy and Punishment: US Grand Strategy, Maritime Power, and Military Options to Manage Decline”, Security Studies 29:4 (2020), pp. 769-796; David Blagden & Patrick Porter, “Desert Shield of the Republic? A Realist Case for Abandoning the Middle East”, Security Studies 30:1 (2021), pp. 5-48.

6 “Eyeing China, Biden defense budget boosts research and cuts procurement”, DefenseNews, 28 de mayo de 2021.