El contraste es llamativo. Mientras Estados Unidos (EEUU) arrastra a sus aliados a otra guerra en el golfo Pérsico que va a drenar ingentes recursos materiales y humanos, y generar enormes tensiones geopolíticas y socioeconómicas, el gobierno de China acaba de aprobar su 15º Plan Quinquenal (2026-2030) con un objetivo claro: seguir modernizando el país para que China se convierta en una potencia económica, tecnológica y militar en 2035. Es decir, la visión no es sólo de un lustro, sino de una década. Y sería un error pensar que se trata de otro documento político-administrativo con pocas consecuencias prácticas. A diferencia del Plan Draghi, que sólo se ha aplicado en un 15% después de un año y medio, el gobierno chino suele cumplir con alrededor del 80% de las metas de sus planes.
Pekín asume que la rivalidad con EEUU será larga y estructural, y responde a ella con una estrategia coherente, ambiciosa y respaldada por capacidades estatales e industriales difíciles de igualar.
En general, el documento sigue siendo una continuación del plan anterior y, a grandes rasgos, refleja dos grandes ideas, seis prioridades estratégicas y cuatro métodos para conseguirlas. La primera gran idea es que la competencia sistémica con EEUU durará décadas y se decidirá en la carrera tecnológica. La segunda es que China está preparada para afrontar este reto. Pese a las recientes embestidas de EEUU, el plan presenta un mensaje relativamente optimista, fundamentado en que las fortalezas de China (su capacidad de inversión, desarrollo tecnológico, capacidad industrial, estabilidad política, capacidad de coordinación política y la cantidad y calidad de sus recursos humanos) le permitirán, a pesar de sus debilidades (estancamiento de la demanda interna, involución de precios, endeudamiento y declive demográfico), seguir avanzando en su proceso de desarrollo.
Parece evidente que Pekín se siente reforzada en su estrategia de los últimos cinco años y no piensa que haya que cambiar de rumbo. Más bien lo contrario. Las prioridades siguen siendo las mismas y se podrían resumir en: (1) conseguir una mayor seguridad integral (tanto económica como estratégica); (2) lograr un crecimiento económico de alta calidad; (3) perseguir una mayor autosuficiencia tecnológica; (4) fortalecer el mercado interno; (5) continuar con la transición ecológica; y (6) aumentar la influencia internacional del país. Y para ello, los métodos también siguen siendo los mismos: nacionalismo tecnológico, planificación estatal, modernización industrial y apertura internacional selectiva.
Todos estos elementos, que pueden sonar abstractos, se aterrizan en políticas concretas. Hay metas cuantitativas específicas: se sigue apostando por un crecimiento del PIB en torno al 5%; doblar la renta per cápita de aquí a 10 años para estar al nivel de un país desarrollado medio; elevar un 7% anual la inversión en I+D+i; que las patentes de alto valor añadido pasen de 16 a 22 por cada 10.000 habitantes; que la economía digital represente el 12,50% del BIP; que las renovales supongan el 25% del mix energético; y que la esperanza de vida llegue a los 80 años. Pero también hay fórmulas bastante bien definidas de cómo lograr muchos de los objetivos propuestos.
El plan, por ejemplo, divide la modernización económica en tres grandes bloques. Por un lado, estarían los sectores tradicionales, como el acero o el cemento, y la industria petroquímica, electrónica e incluso textil, que generan una gran cantidad de empleo y necesitan mantenerse competitivos frente a otros países emergentes con mano de obra más barata, lo cual implica una mayor digitalización, automatización y robotización. Después están los sectores de mayor valor añadido en los que China ya es altamente competitiva, pero quiere serlo todavía más. Aquí estarían, por ejemplo, los minerales críticos, la energía solar y eólica, las baterías para vehículos eléctricos, los propios vehículos eléctricos, la fabricación avanzada, la maquinaria industrial de precisión y los drones comerciales. Y, finalmente, están los sectores y las tecnologías del futuro como la inteligencia artificial avanzada, la tecnología y computación cuántica, la biotecnología y bioingeniería, los materiales avanzados, la robótica humanoide y la tecnología espacial.
Hay dos elementos que destacan además en esta división sectorial. Por un lado, China tiene perfectamente identificados los sectores dónde todavía tiene una alta dependencia de Occidente y, por lo tanto, los países avanzados los podrían usar como elementos de presión (chokepoints) en un potencial conflicto. Estos son los semiconductores avanzados, los equipos de fabricación de chips, los chips específicos para la inteligencia artificial, el software industrial y de automatización del diseño electrónico, los motores aeronáuticos, la instrumentación científica avanzada, los materiales de alta tecnología y muchos dispositivos médicos avanzados. En todos ellos China va a buscar una mayor autosuficiencia en los próximos cinco años. Y, por otro, la aplicación y difusión de la inteligencia artificial es una estrategia nacional e integral que abarca todos los sectores, desde la agricultura inteligente, la industria, los servicios, el transporte, la educación, la sanidad, los cuidados y el envejecimiento, el consumo y el comercio hasta la administración pública. Se mencionan concretamente los hogares inteligentes, la movilidad inteligente, las comunidades inteligentes y los servicios públicos digitales.
Otro objetivo importante, pero menos prioritario, es potenciar el mercado interno reduciendo trabas y estimulando el consumo doméstico, que sigue sin tener brío desde la pandemia. Quizás, a diferencia del plan anterior, en esta ocasión se hace más hincapié en medidas de demanda como por ejemplo aumentar el salario mínimo, mejorar las oportunidades de empleo, ayudar a las pymes, estabilizar el mercado inmobiliario y expandir la red de guarderías de 0 a 3 años.
En cualquier caso, se sigue insistiendo en la lógica de la Ley de Say, según la cual la oferta crea su propia demanda. Por eso, la apuesta continúa centrada en los productos de alta calidad, la mejora de las infraestructuras y el desarrollo de nuevos servicios en ámbitos como el deporte, la cultura y el entretenimiento. Por tanto, quienes esperan un aumento del consumo volverán a verse decepcionados. Sigue prevaleciendo la idea de que el consumo no puede ser una estrategia de crecimiento en sí misma, sino sólo la consecuencia última de un desarrollo sostenible, de una renta per cápita más elevada y de una mayor capacidad adquisitiva. En otras palabras, los esfuerzos seguirán concentrándose en reforzar la capacidad industrial y tecnológica y en aumentar la productividad. Hasta que el gobierno chino no establezca metas cuantitativas concretas en relación con el consumo y ponga a las provincias a competir entre ellas, como se hace ahora en la industria y la tecnología, para lograr o superar esas metas, el consumo interno no será la máxima prioridad para Pekín.
Desde la perspectiva de las empresas españolas, conviene subrayar que el gobierno chino reconoce la necesidad de contar tanto con las empresas privadas nacionales como con las extranjeras para alcanzar sus objetivos. Esto implica que seguirá fomentándose la inversión extranjera en distintos sectores. En particular, se mencionan la industria y las manufacturas avanzadas, la alta tecnología y los servicios modernos. Además, se plantea reducir la lista de sectores vetados a la inversión extranjera, así como aliviar las trabas jurídicas y burocráticas, una reivindicación recurrente de muchas empresas europeas. También se prevé la apertura de sectores hasta ahora considerados estratégicos, como las telecomunicaciones, la sanidad y la biotecnología.
Por otro lado, el plan fija objetivos claros en materia de aumento de las energías no fósiles, reducción de emisiones y electrificación de la industria. Esto abre oportunidades en ámbitos como las energías renovables, la gestión de redes eléctricas, el hidrógeno verde y el almacenamiento energético. Otro campo relevante es el de los servicios urbanos y la movilidad inteligente, con oportunidades en el transporte inteligente, la logística digital y la movilidad conectada. Lo mismo ocurre con la ingeniería urbana, la gestión de infraestructuras y la planificación urbana. El plan también impulsa la agricultura inteligente y la seguridad alimentaria, lo que puede generar oportunidades en tecnología agrícola, gestión del agua, procesamiento de alimentos y genética agrícola. Por último, se refuerzan los servicios vinculados a la cultura, el deporte, el entretenimiento y el turismo, sectores en los que muchas empresas españolas ocupan posiciones destacadas a escala internacional.
En conclusión, el 15º Plan Quinquenal confirma que China no sólo mantiene el rumbo, sino que acelera su apuesta por un modelo de desarrollo basado en la seguridad económica, la autosuficiencia tecnológica, la modernización industrial y una apertura exterior cuidadosamente controlada. Pekín asume que la rivalidad con EEUU será larga y estructural, y responde a ella con una estrategia coherente, ambiciosa y respaldada por capacidades estatales e industriales difíciles de igualar. Para Europa, y también para España, el mensaje es claro: China seguirá siendo al mismo tiempo un competidor muy fuerte, un socio económico indispensable y un mercado de oportunidades en sectores clave. Entender esta lógica, sin simplificaciones ni inercias ideológicas, será esencial para diseñar políticas realistas para poder competir y relacionarse con un país que, pese a las dificultades, sigue pisando el acelerador.
