Napoleón III para analistas internacionales

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En este mes de enero se han cumplido 150 años de la muerte de Napoleón III en su exilio inglés de Chislehurst. No ha sido una efeméride tan recordada como el reciente bicentenario de Napoleón I, aunque merecería ser tenida en cuenta por algunos gobernantes de nuestra época: los representantes de gobiernos autoritarios y populistas, capaces de subvertir o vaciar de contenido las instituciones democráticas en beneficio de su poder personal. Por eso no fue casual que el historiador Pierre Rosanvallon dedicara un lugar destacado a Napoleón III en El siglo del populismo. Pero mucho antes, dos contemporáneos del emperador, Víctor Hugo y Karl Marx, también le prestaron atención.

El escritor francés lo satirizó con saña en su libro de poemas Los castigos y en el panfleto Napoleón el pequeño, hasta el extremo de considerarlo como la perfecta encarnación del mal y de la tiranía. Aquel Napoleón constituyó una decepción para Hugo. Lo había apoyado en su candidatura a la presidencia de la República en 1848, pero pronto discrepó del sesgo autoritario del primer presidente francés elegido por sufragio universal. La situación culminó con el autogolpe del 2 de diciembre de 1851, aniversario de la victoria napoleónica de Austerlitz, que fue una réplica airada a un ordenamiento constitucional en el que no se contemplaba una reelección. Fue el paso obligado para establecer al año siguiente el Segundo Imperio y Víctor Hugo, hasta entonces diputado de la Asamblea Nacional, marchó voluntariamente a un exilio de casi dos décadas. Más tarde, el escritor presentó la crónica de la toma del poder por el bonapartismo en Historia de un crimen, una obra de técnica novelesca publicada más de un cuarto de siglo después de los acontecimientos.

En estos tiempos de auge del populismo se echa de menos la figura de un Víctor Hugo resistente, acaso porque el estilo combativo y grandilocuente de sus escritos no sería efectivo para desenmascarar a los césares populistas que controlan los resortes del poder y tienen anestesiada a la sociedad civil, que suele ser débil en aquellos países donde imperan. Esos líderes son capaces de transmitir el mensaje de que ellos son los salvadores de la sociedad, el orden, la autoridad, el progreso o la estabilidad, entre otras cosas porque ellos y su entorno poseen la definición oficial de todo lo que eso significa. No es fácil, por tanto, que un Víctor Hugo de nuestros días encuentre el eco suficiente para influir en una sociedad que parece incapaz de apreciar los matices porque en ella ha calado el discurso de la polarización abocado a la búsqueda de continuos enemigos internos.

Por su parte, Karl Marx, desde su exilio londinense, criticó a Napoleón III con El 18 de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte. De esta obra siempre se suele citar esta frase introductoria: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Sin embargo, el populismo de nuestro tiempo puede ser las dos cosas a la vez. Su gobierno siempre implica una tragedia para el pueblo que lo soporta, pero a la vez ese mismo gobierno puede adoptar tintes grotescos, en los que lo en apariencia trascendente llega con facilidad a extremos ridículos. Con todo, el libro de Marx está muy condicionado por sus postulados ideológicos previos. No reconoce ningún mérito a Napoleón III, calificado de “personaje mediocre y grotesco”. Resulta un personaje insignificante desde el punto de vista de un autor que todo lo explica por el ciego determinismo de la lucha de clases. Sin embargo, Marx acierta plenamente al describir cómo Luis Napoleón ha manipulado a unos y a otros en su ascensión al poder, empezando por la burguesía liberal que trajo la Revolución de 1848, si bien luego termina por apoyarse en los pequeños propietarios agrícolas, mayoritarios en una Francia escasamente industrializada. El Segundo Imperio nace, por tanto, bajo el signo del populismo. El nuevo César, al igual que su lejano antecesor romano, asume sin miramientos su papel de tribuno de la plebe. Triunfa el eterno populismo del nosotros frente a ellos.

Los líderes populistas contemporáneos no suelen ser demasiado cultos como para apreciar el estilo literario de Hugo y Marx, pero al menos deberían leer alguna biografía de Napoleón III porque la historia también sirve para recordar que los seres humanos, y los gobernantes no son una excepción, tienen sus límites. Desgraciadamente uno de los problemas del populismo, tal y como hemos visto, por ejemplo, en los últimos años en el continente americano, es que no admite otra legitimidad que la suya propia. La legitimidad termina por imponerse sobre toda legalidad precedente.

A Napoleón III le llegó el momento de autoconvencerse de sus propios mitos, entre ellos los que evocaban a su antecesor en el Imperio. Estaba persuadido de poder repetir el episodio de los Cien Días de 1815, cuando Napoleón I regresó inesperadamente a Francia tras abandonar su cautiverio dorado en la isla de Elba. En diciembre de 1872 Luis Napoleón pensaba que él era la única solución para una Francia dividida por los enfrentamientos entre republicanos, legitimistas y orleanistas. No le preocupaba demasiado que en la Asamblea Nacional hubiera solo cinco diputados bonapartistas. En su mente vislumbraba la posibilidad de abandonar el Reino Unido, y tras dar un rodeo por Bélgica, Alemania y Suiza, llegar hasta Lyon donde se sublevaría a su favor la guarnición militar. Luego marcharía hacia París a la cabeza de las tropas al tiempo que sus partidarios arrestaban a los diputados de la Asamblea. Tenía incluso prevista una fecha para la toma del poder: el 31 de enero de 1873. Pero la realidad se impuso al plan de un enfermo, consumido por una dolencia renal crónica y disminuido en sus fuerzas a la edad de 65 años. Decidió finalmente aplazar la insurrección para el 20 de marzo, aniversario del retorno de Napoleón de Elba, pero el 9 de enero falleció tras una operación practicada de urgencia.

Víctor Hugo escribió que Napoleón III se había esforzado en demostrar que dos más dos son cinco, es decir, que la verdad es lo que establece la autoridad. Es todo un precedente del 1984 orwelliano. Sin embargo, las verdades oficiales no resisten el paso del tiempo, aunque a los líderes populistas, absortos en sus momentos de “gloria”, eso no parece preocuparles.


Imagen: Emperador Napoleón III en su lecho de muerte, 1873. Foto: William & Daniel Downey, Dominio público vía Wikimedia Commons.