¿Listas transnacionales europeas? Sí, pero no basta

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En la próxima sesión plenaria del Parlamento Europeo, que tendrá lugar en los primeros días de mayo, los eurodiputados votarán si están a favor de la creación de listas transnacionales, lo que supondría establecer una circunscripción única europea por la que el conjunto de ciudadanos de los distintos Estados miembros elige a un determinado número de eurodiputados.

Hasta ahora, las elecciones al Parlamento Europeo se desarrollan en el plano nacional, es decir, los europeos de cada Estado miembro votan a partidos y candidatos nacionales. Esto, en último término, desincentiva que haya campañas en clave europea. La creación de listas transnacionales implica que todos los ciudadanos europeos, independientemente de su Estado miembro, eligen unos representantes comunes. De esta manera, se fomentaría un debate político europeo transnacional, en torno a cuestiones comunes que sobrepasen las fronteras nacionales.

Esta propuesta, por lo tanto, es positiva. Sin embargo, la pregunta que aquí surge es: ¿existe un verdadero espacio político compartido por el conjunto de los ciudadanos de la Unión, en el que pueda tener lugar dicho debate europeo transnacional?

El pasado 3 de abril, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ganó por abrumadora mayoría las elecciones generales. Desde hace más de una década, Orbán ha venido diseñando un entramado legal, institucional y mediático favorable a sus intereses, erosionando los pilares democráticos del país. De hecho, el V-Dem Institute ya no lo considera una democracia, sino una autocracia electoral. En definitiva, ha creado un espacio político no-democrático, con características opuestas a las que deberían existir en todos los Estados miembros de la UE.

Otros Estados miembros como Polonia o Eslovenia también han puesto en peligro la libertad de prensa y el respeto a las instituciones democráticas. Según el V-Dem Institute, 6 de los 27 Estados miembros están en proceso de autocratización. Esto crea espacios políticos fragmentados, con condiciones y características que no son compartidos por el resto de la Unión Europea. En otras palabras, para que exista una circunscripción única europea primero deberían garantizarse unos condicionantes mínimos comunes a todos los ciudadanos europeos que, por su puesto, respeten los principios democráticos sobre los que se levanta el proyecto europeo.

Asimismo, el caso húngaro demuestra que la creación de este espacio político deriva en una opinión pública que no comparte sensibilidades e intereses con el resto de ciudadanos europeos. Mientras la invasión rusa de Ucrania ha provocado una unidad europea sin precedentes condenando la actuación del presidente Putin, Orbán no se ha visto penalizado por sus vínculos con el líder ruso. Ante el firme apoyo del conjunto de la UE a Ucrania, materializado en la decisión de enviar armamento de manera coordinada desde las instituciones europeas, el triunfo de Orbán es también un respaldo a su decisión de mantener una posición ambigua: 7 de cada 10 húngaros son contrarios a que su país envíe armas a Ucrania. Mientras el resto de líderes europeos ha mostrado su apoyo al presidente ucraniano, en su discurso tras el resultado electoral Orbán se refirió al presidente Zelensky como uno de los oponentes a los que había derrotado.

Es decir, ante una cuestión como la invasión de Ucrania, la sensibilidad y prioridades de un país de la UE difieren de la tendencia general. Más allá de esto, es importante mencionar la diferencia de opiniones entre los ciudadanos de los distintos Estados miembros. Por ejemplo, de acuerdo con el último Eurobarómetro, en Dinamarca, Alemania o Bélgica el medio ambiente y el cambio climático son el principal asunto con el que debe lidiar la UE, mientras que en Polonia, Rumania o Eslovaquia solo lo es para el 13-15% de sus respectivas poblaciones. En España, la principal preocupación de la UE sería la situación económica, cuando para los países de su entorno es la salud (Portugal e Italia) o el medio ambiente (Francia). Esto, por lo tanto, dificultaría a los potenciales candidatos y formaciones transnacionales realizar campañas en clave europea. En este sentido, los potenciales representantes trasnacionales elegidos podrían no verse legitimados por el conjunto de europeos.

A esto hay que sumar la ausencia de condiciones para que las listas transnacionales resulten atractivas. Francia, uno de los Estados miembros más importantes de la UE, destaca por el descontento y desinterés hacia la Unión: un 56% de los franceses desconfía de la UE y un 26% -una de las cifras más elevadas de todos los Estados miembros- tiene una imagen negativa de la misma. Destaca en Francia, asimismo, el desinterés hacia las cuestiones europeas: solo un 49% de los franceses sabía que su país asumía la presidencia rotatoria del Consejo de la UE en el primer semestre de 2022 y, de cara a las elecciones presidenciales, apenas el 13% de los votantes habría considerado a Europa entre sus prioridades.

Además, las listas transnacionales corren el riesgo de resultar demasiado complejas, provocando que el electorado general no las entienda. Cabe destacar que la participación a las elecciones al Parlamento Europeo no es especialmente elevada: en 2019 apenas superó el 50%, siendo ésta la cifra más alta desde 1994. A esto hay que añadir la desigualdad en términos de concurrencia entre los Estados miembros: en 2019, los datos de participación varían entre el 88% de Bélgica y el 23% de Eslovaquia. Quizá, antes de añadir mayor complejidad, sería útil consolidar unos mejores y más homogéneos datos de participación.

Por otro lado, merece la pena mencionar que los grupos políticos euroescépticos tienen un importante peso en el Parlamento Europeo: los eurodiputados de Identidad y Democracia, del Grupo de Conservadores y Reformistas y los de Fidesz –bajo la categoría de no inscritos tras su expulsión del Partido Popular Europeo- suman 142 eurodiputados. Es más, han manifestado su deseo de unir fuerzas y trabajar de manera coordinada en la Eurocámara. El peso político de estos partidos y de sus respectivos líderes también ha crecido de manera considerable en el panorama político nacional de los Estados miembros.

Estas formaciones no solo ponen en cuestión los principios y valores que representa la Unión, sino que abogan por un modelo para la UE basado en la primacía de la soberanía nacional, contrario a la esencia de la ‘Europa unida’ de la Declaración Schuman, y que ha inspirado el proyecto europeo de integración desde sus inicios.  Esto implica que, más allá de las fragmentaciones de carácter nacional para avanzar hacia un espacio único, los diferentes Estados miembros se ven atravesados por un euroescepticismo de peso considerable. Es difícil que estas formaciones políticas y, con ello, la población a la que representan, sean favorables a nuevos elementos transnacionales que difuminen el componente identitario y de soberanía nacional que protagoniza sus agendas políticas.

Hay que recordar que en el pasado el Partido Popular Europeo ha votado en contra de las listas transnacionales. Igualmente, algunos Estados miembros –especialmente los más pequeños- han mostrado su reticencia por temor a resultar perjudicados en cuanto a su representación, lo que refleja que los propios Estados no piensan en términos transnacionales, sino que priman el plano nacional. Para que las listas transnacionales funcionen, es imprescindible que todos los actores implicados –partidos y formaciones políticas- y responsables de su puesta en marcha –como los Estados- crean en las mismas.

En conclusión, para debatir en clave europea primero es necesario que exista un espacio europeo común en el que se desarrolle dicho debate. En dicho espacio, los participantes deben poder jugar con las mismas reglas y debe haber un mínimo denominador común en cuanto a sensibilidades y prioridades. Pero, sobre todo, es imprescindible que los que deben formar parte de dicho espacio posean un sentimiento de pertenencia a un proyecto político común, cimentado en los valores y principios recogidos en los Tratados.

La Conferencia sobre el Futuro de Europa, que ahora entra en su fase final, podría haber sido una gran oportunidad en este sentido. No obstante, la plataforma digital no ha generado una gran participación, el desarrollo de la Conferencia no ha despertado apenas interés en la mayoría de ciudadanos, y los trabajos de la misma prácticamente no han sido cubiertos por los medios, ni ha atraído la atención de los jefes de Estado y de Gobierno ni de otros líderes nacionales de los Estados miembros. En cualquier caso, la Conferencia ha sido un experimento novedoso que ha puesto el foco sobre el problema aquí detectado. A partir de las lecciones extraídas de esta experiencia, la Conferencia puede ser un primer paso para empezar a sentar las bases de ese espacio europeo compartido.

España, con un fuerte sentimiento europeísta y altas tasas de participación en las elecciones europeas, puede aspirar a liderar en esta materia. Cabe destacar que el rapporteur de esta propuesta es de un eurodiputado español, Domènec Ruiz Devesa (S&D). En caso de que esta iniciativa salga adelante en el Parlamento Europeo y el Consejo, y supere todos los trámites antes de las elecciones europeas de 2024, la presidencia española del Consejo en el segundo semestre de 2023 proporciona el momento oportuno para contribuir al éxito de la misma.


Imagen: Presentación del Colegio de Comisarios y del programa de trabajo de la Comisión. Foto: Unión Europea, 2019/ Denis Lovrovic