Resumen

El presente documento pretende realizar un análisis pormenorizado de la “crisis ucraniana” con la perspectiva que nos brinda la distancia temporal, del “año después”, de los acontecimientos que surgieron en torno al Maidan en Kiev. Al estudio contextual contemporáneo se le ha agregado una semblanza histórica que ayuda a comprender la encrucijada dialéctica sobre la que se apoya la crisis. Merece especial atención el modelo expansivo sobre el que gravita la política exterior del Kremlin, que ha problematizado su encuadre jurídico, por lo que se propone una catalogación referencial a las llamadas zonas buffer que le han procurado indudables enclaves geopolíticos. Para concluir, resalta la evidencia de no internacionalizar el conflicto pero sin por ello menoscabar la integridad territorial de Ucrania, que desea definirse a sí misma como un Estado libre y soberano en el conjunto de todo su territorio.

El fracaso de Vilna

Podría decirse que todo comenzó en Vilna, la capital de Lituania, en noviembre de 2013, cuando el presidente Viktor Yanukovich dio marcha atrás con la firma del Acuerdo de Asociación entre la UE y Ucrania, que podía considerarse como un primer escalón hacia la integración de este país en la Unión. Las reacciones no se hicieron esperar y la plaza principal de Kiev, el Maidan Nezalezhnosti (Plaza de la Independencia), se convirtió en el escenario de las protestas, que no sólo iban contra el rechazo de Yanukovich a acercarse a la UE sino también, y esto no puede pasar desapercibido, por la falta de transparencia y la corrupción que caracterizaban su gobierno. Por su parte, Vladimir Putin ya había advertido al presidente ucraniano que la firma de este tipo de acuerdo tendría consecuencias en las relaciones comerciales con la Federación Rusa. La “espada de Damocles”, siempre pendiente sobre la económica ucraniana, de la dependencia del abastecimiento de gas por parte de Rusia ha sido un tema recurrente en las últimas décadas en las relaciones bilaterales de estos dos antiguos socios de la URSS, a pesar de que, con una buena gestión gubernamental, Ucrania podría ser energéticamente autosuficiente.

Este tipo de relaciones bifrontes entre ambos países ha caracterizado la idiosincrasia del pueblo ucraniano, sujeto durante su larga historia a este tipo de tensiones entre los intereses de la “madre Rusia” y el sentido de que Ucrania “quiere ser Ucrania” y poder despegarse del Russkiy Mir (el mundo ruso) que le aglutina con Bielorrusia y Kazajistán. Tengamos presente que desde Moscú se califica con el término de Novorosia (Nueva Rusia) a las regiones del sur y este de Ucrania, que comprenden Járkov, Donetsk, Lugansk, Hersón, Nikoláiev y Odessa y basándose en la idea de que durante el Imperio zarista no pertenecían a Ucrania, para luego integrarse en este país. Además, en Novorosia se incluye a Transnistria que oficialmente es parte de Moldavia. Teniendo en cuenta que Novorosia fue una provincia que se formó tras las victorias de Catalina II contra los turcos y que se constituyó durante el siglo XVIII en el territorio conquistado al Imperio Otomano, resulta difícil reconocer su permanencia histórica, dado que dispuso de un territorio discontinuo que dejó de existir a comienzos del siglo XX y que, si bien tuvo existencia reconocida durante el Imperio zarista, en cambio, durante el período soviético, el Kremlin nunca puso en duda la pertenencia de estos territorios a Ucrania.

Considero oportuno, en estas primeras líneas, situar la “cuestión ucraniana” dentro de los ejes del conflicto para luego ir pormenorizando, en los siguientes apartados, el escenario contextual y los términos del mismo.

Las intenciones expansionistas de Moscú se han visto fortalecidas por la numerosa presencia de rusófilos que habitan el este del país frente a los ucraniano-parlantes que se concentran preferentemente en el oeste de Ucrania. No obstante, conviene señalar que la mayoría de los ucranianos son bilingües. Ello no quita, sin embargo, la realidad de la dependencia del suministro de gas por parte de Rusia, que ha condicionado la política ucraniana de estos últimos años y que ha venido a desempolvar viejas polémicas, reflejándose en las corrientes de pensamiento que han inspirado a los distintos dirigentes ucranianos en tendencias filo-rusas o filo-occidentales.

Cuando Viktor Yushenko, de tendencia filo-occidental, intentó acabar con el modelo prosoviético de Leonid Kuchma y fracasó, su fracaso provocó la llegada de Viktor Yanukovich, aliado de Moscú. De tal modo, sus tendencias filo-rusas le llevaron a anular el acuerdo con la UE, que fue la espoleta que provocó una la reacción en cadena que llevó a la ciudadanía ucraniana en Kiev a reclamar “más Europa” en el Maidan. Así se llegó, finalmente, al actual gobierno de Petro Poroshenko, de corte pro-occidental.

No obstante, la situación resulta sumamente compleja y de difícil gobernabilidad debido a la presión de la Federación Rusa, que considera que los ruso-parlantes son rusos que ante la desintegración de la Unión Soviética se encontraron en territorios que no les son afines, asegurando Putin que millones de rusos se encontraron de golpe en un país extranjero. Más allá de la estrategia política del Kremlin en cada uno de los procesos electorales tenidos en Ucrania en estos últimos años, se percibe una de las dos tendencias que han sido encabezadas por los diferentes candidatos a la presidencia de Ucrania. Podemos destacar que aproximadamente un 68% de los ciudadanos ucranianos respalda la asociación con la UE frente a otro 17% por ciento, generalmente en el este y sur del país, que se pronuncia más favorable al ingreso en una Unión Euroasiática con Bielorrusia, Kazajistán y la Federación Rusa.

El fracaso de Vilna, que ha generado tanto conflicto en Ucrania, se debe al comportamiento políticamente ambiguo del entonces presidente Yanukovich que, por un lado, manifestó públicamente su interés en realizar los mayores esfuerzos para satisfacer los requerimientos de la UE y, por otro, seguía adelante en las negociaciones con Rusia a fin de encontrar un modelo apropiado en el marco de la cooperación con la Unión Euroasiática con la Federación Rusa, Bielorrusia y Kazajistán. Sin olvidar que su gobierno pecaba de graves deficiencias de transparencia y de altos niveles de corrupción. Por ello fue necesario que el entonces presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, le indicase que no se podía ser al mismo tiempo miembro de la Unión Euroasiática con la Federación Rusa y participar en el Área de Libre Comercio con la UE.

Por otra parte, las relaciones con la UE se fueron complicando cuando en noviembre de 2013 la Rada Suprema rechazó la posibilidad de que Yulia Timoshenko pudiese recibir tratamiento médico en el extranjero, puesto que la confinación en la cárcel le había provocado un importante deterioro de la salud y porque la UE había puesto esta posibilidad como uno de los requisitos para la firma del Acuerdo de Asociación. En tales circunstancias el gobierno ucraniano suspendió los preparativos para la firma del Acuerdo con la UE y puso en marcha una Comisión que se ocuparía de estudiar las relaciones comerciales entre Ucrania, la UE y la Federación Rusa. De tal modo, que las expectativas de firmar el Acuerdo en Vilna se fueron debilitando, máxime cuando el gobierno ucraniano conminó a la UE a que le ofreciera las garantías necesarias cuando las relaciones comerciales con los países de Comunidad de Estados Independientes (CEI) se vieran reducidas por el acuerdo con la Unión.

Ciertamente, el gobierno ucraniano admitió que el fracaso de Vilna se debía a que la Federación Rusa le había presionado para retrasar el Acuerdo de Asociación, dado que, según declaraciones de Moscú, el citado Acuerdo resultaba nocivo para los intereses de seguridad de Rusia. Esto fue interpretado por la UE como una injerencia de un tercer país en las negociaciones con Ucrania, lo cual finalmente deterioró las relaciones con el gobierno ucraniano y aumentó la tensión con la Federación Rusa.

Una vez removido del poder Viktor Yanukovich por el efecto del “Euromaidan”, el 21 de marzo de 2014, durante la Cumbre de la UE en Bruselas, se firmó con el nuevo primer ministro ucraniano, el pro-occidental, Arseniy Yatseniuk, un nuevo Acuerdo de Asociación que estableciera las nuevas líneas políticas de un área de libre comercio.

Sin embargo, las relaciones con la Federación Rusa han ido empeorando, si bien existe y se mantiene un juego de apariencias que no disimula la realidad de fondo. Así, por ejemplo, Vladimir Putin ha pasado instrucciones a los miembros de la Unión Euroasiática con el fin de establecer “medidas preventivas”, relacionadas con las actividades comerciales llevadas a cabo tanto con Ucrania como con la UE. La reacción de la UE, aunque débil, no se ha hecho esperar y el Acuerdo de Asociación con la Unión mantuvo su marcha.

Desde el fracaso de Vilna, muchos han sido los acontecimientos que han ido marcando la política ucraniana y los distintos cambios operados tanto en la clase dirigente como en la presidencia del gobierno, que han determinado un giro importante en la agenda gubernamental. El gobierno de Petro Poroshenko, de corte pro-occidental, ha vuelto a recoger los restos del naufragio en Vilna y ha recompuesto la arboladura de la nave hacia Europa.

Ha sido en septiembre de 2014 cuando el gobierno de Ucrania y la Comisión Europea han planteado la posibilidad de realizar una serie de negociaciones con el fin de atisbar la posibilidad de llevar adelante el Acuerdo de Asociación con el horizonte de finales de 2015.

Según el ponente de la comisión parlamentaria de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, Saryusz-Wolski, “la sociedad ucraniana ha pagado un precio muy alto por sus aspiraciones europeas, con mucho sufrimiento por la pérdida de vidas humanas, por la ocupación territorial de Rusia y por el deterioro de las condiciones económicas”, agregando que “con esta ratificación la Unión Europea da a Ucrania una señal de fuerte apoyo, a pesar de la desafortunada propuesta de retrasar la aplicación del Acuerdo”. A lo que respondía el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko: “ninguna otra nación ha pagado un precio tal alto por ser europea”.

Por su parte, Putin ha manifestado su preocupación de que los países de la UE pudieran entrar en el mercado ruso a través de Ucrania, lo que implicaría la adopción por parte de Rusia de la modificación de los aranceles para los productos ucranianos.

Las cartas están sobre la mesa, pero habrá que saber jugar la partida.

Juan Manuel de Faramiñán Gilbert
Catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad de Jaén


[1] La posibilidad de participar de diciembre de 2013 a diciembre de 2014 como Miembro del Twinning Project UA 12/ENP/TP/35 “Strengthening of the State Space Agency’s of Ukraine (SSAU) International Capacity to Implement European Space Programmes in Satellite Navigation (EGNOS/Galileo), asesorando a la Agencia Ucraniana del Espacio, han permitido al autor conocer de primera mano, durante los sucesivos viajes realizados a Kiev, la realidad del conflicto ucraniano y tener la posibilidad de entrevistarse con personalidades ucranianas y extranjeras, así como de participar en las movilizaciones del Maidan. Resulta pertinente señalar que las opiniones vertidas en este documento son de su absoluta responsabilidad.