El 8 de diciembre de 2011, en plena crisis de deuda soberana europea, el economista Thomas J. Sargent (Pasadena, California, 1943) pronunció una conferencia con ocasión de la recepción del Premio Nobel, concedido por la Real Academia sueca por “su investigación empírica sobre causa y efecto en la macroeconomía”. El timing no podía ser más elocuente. Esa misma semana, los días 8 y 9 de diciembre, se celebró el Consejo Europeo donde Angela Merkel y Nicolas Sarkozy impulsaron el Pacto Fiscal (Fiscal Compact) que el Reino Unido de David Cameron vetó. Los 17 miembros de la zona euro y seis países candidatos acordaron un nuevo tratado intergubernamental con límites estrictos al gasto y el endeudamiento público. Los spreads italianos habían superado los 500 puntos básicos sobre el bund y los tipos de interés de la deuda pública rozaban el 3,7% en Francia, alcanzaban el 7% en Italia y España, el 15% en Irlanda, Portugal y Chipre, y superaban el 35% en Grecia. Silvio Berlusconi acababa de dimitir y ser sustituido por el tecnócrata Mario Monti. En septiembre de 2011, Jürgen Stark se había convertido en el segundo alemán, tras Axel Weber, en dimitir del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) ese mismo año, señal de las tensiones internas sobre la dirección de la política monetaria.

Con su conferencia, Sargent no estaba haciendo historia abstracta: estaba hablando directamente sobre una crisis constitucional en tiempo real. Lo notable de su discurso es que no prescribió una solución: presentó las dos experiencias estadounidenses (décadas de 1790 y 1840) y dejó que la audiencia extrajera las conclusiones. Pero el mensaje implícito era devastador para la arquitectura europea: una unión monetaria sin unión fiscal es inherentemente inestable, exactamente el problema que los Artículos de la Confederación revelaron antes de Alexander Hamilton.

Como señalaban los analistas de la época, los trabajos de Sargent sobre las conexiones entre política monetaria y fiscal eran directamente relevantes para entender la situación europea, ya que demuestran que política monetaria y fiscal están interconectadas: un gobierno puede financiarse con impuestos, deuda o impresión de dinero, y estas tres vías no son independientes.

Apenas siete meses después, el 26 de julio de 2012, Mario Draghi pronunció sus tres palabras más famosas (“whatever it takes”) cuando aseguró: “Within our mandate, the ECB is ready to do whatever it takes to preserve the euro. And believe me, it will be enough”. La ironía era soberbia, porque lo que Draghi hizo fue exactamente lo que la “aritmética desagradable” de Thomas Sargent y Neil Wallace (1981) predice. La política monetaria tuvo que cargar con todo porque los otros elementos de una unión monetaria sostenible –sobre todo, una capacidad fiscal central para afrontar shocks asimétricos– estaban ausentes y ni siquiera fueron seriamente considerados durante mucho tiempo. Draghi tuvo que llevar los poderes del BCE al máximo para salvar el euro. El BCE sustituyó la capacidad fiscal que la Unión Europea (UE) no tenía por, precisamente, la coordinación opaca entre política fiscal y monetaria que Sargent identificó como fuente de incertidumbre.

La recepción institucional del discurso fue limitada. Sargent fue invitado a repetir la conferencia en la Banque de France el 1 de marzo de 2012. El debate europeo de esos meses estaba dominado por dos visiones contrapuestas que el discurso de Sargent encuadraba perfectamente: una corriente enfatizaba la disciplina fiscal como solución (la lectura tipo década de 1840), mientras que otra señalaba las raíces sistémicas de la turbulencia financiera. La respuesta política europea de diciembre de 2011 (el Pacto Fiscal) optó claramente por la lectura de los años 40 del s. XIX (disciplina, reglas, sanciones) sin abordar la interpretación de 1790 (capacidad fiscal compartida, ingresos comunes). Sargent habría señalado que una visión sin la otra era incompleta.

No hubo reacciones públicas directas de políticos europeos al discurso del Nobel –los líderes estaban demasiado ocupados con las crisis que se desataban en cada Consejo–, pero el marco analítico de Sargent permeó el debate académico e institucional en los meses siguientes. En junio de 2012, el Consejo Europeo lanzó el llamado “informe de los cuatro presidentes” (del Consejo, la Comisión, el Eurogrupo y el propio Draghi), que representó un momento de verdad al abrir la puerta a la unión bancaria, fiscal y política. Ese informe era, en esencia, una respuesta institucional al diagnóstico que Sargent había articulado en Estocolmo seis meses antes: sin alguna forma de unión fiscal, la unión monetaria no podía sobrevivir. La tragedia europea es que, 13 años después, esa unión fiscal sigue siendo un proyecto inacabado.


Imagen: Vista exterior de la sede del Banco Central Europeo, en Frankfurt. Foto: Jurjen (CC BY-NC-ND 2.0).