Lecciones de la cuarta crisis del estrecho de Taiwán

20220808 Isla de Taiwán

El estrecho de Taiwán es unánimemente reconocido como el escenario más probable para un conflicto bélico entre China y EEUU, cuyas consecuencias podrían ser devastadoras. De ahí que todas las partes involucradas hagan esfuerzos activos para evitarlo. Sin embargo, una crisis como la actual evidencia la posibilidad de que las autoridades chinas, estadounidenses o taiwanesas pudieran incurrir en errores de cálculo trágicos. En consecuencia, es de vital importancia ir extrayendo lecciones de la llamada cuarta crisis del estrecho de Taiwán, detonada por la visita a Taipéi de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, y la posterior respuesta militar china.

La primera es que los actores que se vean en medio de la rivalidad entre China y EEUU pueden tener muy poca capacidad para influir sobre acontecimientos por los que pueden verse gravemente perjudicados. A diferencia de lo que sucedió en 1995, cuando Lee Teng-hui visitó EEUU a iniciativa propia y tras una intensa labor de lobby para vencer las resistencias de la Administración Clinton, en este caso parece que la iniciativa de la visita de Nancy Pelosi a Taiwán provino de ella y su equipo. Así lo sugiere el perfil bajo mantenido por las autoridades taiwanesas antes de la visita y los análisis de especialistas con acceso a los actores oficiales, como Shelley Rigger, una de las académicas estadounidenses que mejor conoce la política taiwanesa: “Esto fue el Poder Legislativo tomando medidas fuera de la política y las preferencias del Poder Ejecutivo y sin evidencia concreta, que yo haya visto, de aliento del gobierno anfitrión”. En cualquier caso, Taiwán está sufriendo represalias por la visita de Pelosi, como maniobras militares tan agresivas que han supuesto un bloqueo temporal de facto sobre la isla, sanciones contra empresas y fundaciones taiwanesas,  y un número de ciberataques contra agencias gubernamentales sin precedentes. Además, posiblemente esto sea sólo el principio de un proceso sostenido en el que barcos y/o aviones de combate chino entren periódicamente en aguas y espacio aéreo sobre los que Taipéi ha venido ejerciendo derechos administrativos y soberanía. En este sentido, es novedoso que dos de las zonas que China ha cerrado para el desarrollo de sus ejercicios militares entren en aguas territoriales de Taiwán y el anuncio de que el ejército chino vaya a desarrollar regularmente en el futuro maniobras al este de la línea mediana del estrecho de Taiwán.

En esta misma línea, las autoridades chinas están aprovechando la actual crisis para advertir a Japón de las consecuencias que podría tener su apoyo a una eventual defensa militar estadounidense de Taiwán, lanzando cinco misiles balísticos que han impactado en aguas que forman parte de la zona económica exclusiva de Japón cercana a Taiwán.

Es más, la comunidad internacional en su conjunto, particularmente los países más vulnerables, se ven perjudicados por esta disputa. Ya lo vimos en relación a la pandemia del COVID-19 y ahora por la suspensión china de su cooperación con EEUU contra el cambio climático, que fue fundamental para impulsar el Acuerdo de París y su desarrollo posterior.

La segunda lección es la conveniencia de encontrar un nuevo marco de entendimiento entre EEUU y China en el estrecho de Taiwán, pues el actual es amenazado tanto por la creciente asertividad militar china como por el vaciamiento de la política estadounidense de una sola China. El espectacular aumento de las capacidades militares de China y su creciente uso para presionar a Taiwán, por ejemplo, con el envío constante de aviones de combate que violan su zona de identificación aérea, ha llevado a Taiwán a doblar su presupuesto militar en 2022 y ha generado un profundo debate en Washington sobre la conveniencia de sustituir su doctrina de ambigüedad estratégica, orientada tanto a disuadir un ataque chino contra Taiwán como la independencia formal de Taiwán, por otra de claridad estratégica, más centrada en disuadir agresiones chinas contra Taiwán. Por otro lado, desde la entrada en vigor de la Taiwan Travel Act en marzo de 2018 han sido varias las llamadas de atención al más alto nivel por parte de autoridades chinas sobre el vaciamiento de la política estadounidense de una sola china. Las tensiones en ese sentido han sido múltiples con la administración actual por ejemplo por las declaraciones del propio Biden a favor de una defensa de Taiwán en caso de ataque chino, la actualización de la ficha del Departamento de Estado sobre Taiwán, la posibilidad de modificar la denominación de la oficina de representación taiwanesa en EEUU para que incluya el nombre de Taiwán o la aprobación de cuatro paquetes de venta de armamento a Taiwán en lo que va de año. El artículo publicado en el Washigton Post el pasado 4 de agosto por el embajador chino en EEUU explicando el rechazo de su gobierno a la vista de Pelosi a Taiwán es bastante explícito en este sentido.

La tercera lección es que la política importa y no todo se explica por los cambios en la relación de fuerzas entre Pekín y Washington. En 1997 el entonces presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Newt Gingrich, visitó Taiwán y esto no produjo ninguna respuesta armada de China, a pesar de que era la visita de mayor rango de un político estadounidense a la isla desde la realizada por el presidente Dwight Eisenhower en 1960. Sin embargo, 25 años después, el ejército chino sí ha respondido a la visita de Nancy Pelosi y esto ha sido explicado muchas veces apuntando al mayor poder que tiene hoy China, que permite a sus autoridades utilizar esta visita para presionar a Taiwán.  Sin negar que los cambios en los equilibrios de poder influyen en la toma de decisiones de las autoridades chinas, como en las del resto del mundo, hay otros factores de índole política que son determinantes y que no tienen que ver, como también se apunta frecuentemente, con la diferente personalidad del entonces secretario general del Partido Comunista de China, Jiang Zemin, y de Xi Jinping.

Si Xi Jinping estaba buscando una excusa para desestabilizar el estrecho de Taiwán y presionar a Taipéi, como han apuntado altos cargos de la Administración Biden, podría haberlo hecho perfectamente en el verano de 2019 tras la visita de la presidenta taiwanesa Tsai Ing-wen a EEUU. Antes de la aprobación en 2018 de la Taiwan Travel Act, los presidentes taiwaneses que hacían una breve escala en EEUU en tránsito hacia alguno de los países de América que mantienen vínculos diplomáticos oficiales con la República de China, se reunían con cargos y funcionarios locales de la zona, normalmente en Houston (Texas). Sin embargo, la presidenta Tsai, amparada por la Taiwan Travel Act de 2018, pudo reunirse en Nueva York en julio de 2019 con los embajadores ante Naciones Unidas de los países que reconocen a la República de China, siendo la primera jefa de Estado de la República de China en hacerlo desde 1979, y con una delegación de congresistas, encabezada por el presidente de la comisión de asuntos exteriores, Eliot Engel, y el ranking member republicano Michael McCaul.

Por el contrario, Jiang Zemin sí autorizó maniobras militares sin precedentes, incluyendo el lanzamiento de misiles en las proximidades de Taiwán, entre julio de 1995 y marzo de 1996 como respuesta a la vista de Lee Teng-hui a EEUU en junio de 1995. Al igual que ahora, las autoridades chinas recurrieron a la fuerza entonces para intentar revertir lo que percibían como un proceso de erosión de la política estadounidense de una sola China: con la venta de 150 cazas F-16 en 1992, la revisión al alza en 1994 del tratamiento protocolario que recibían los diplomáticos taiwaneses y la visita del presidente Lee Teng-hui a EEUU en 1995.

Además, el contexto político es muy distinto al comparar las visitas de Gingrich y Pelosi. En el primer caso, la visita se produjo en un momento en el que los gobiernos chino y estadounidense estaban intentando mejorar sus relaciones y el presidente chino gozaba de una alta popularidad ante la inminente retrocesión de Hong Kong bajo soberanía china. Sin embargo, la vista de Pelosi se produce en un contexto político complicado para Xi Jinping quien tendrá que afrontar este otoño el XX Congreso Nacional del Partido Comunista de China con su popularidad dañada por su política de “cero COVID”, la crisis inmobiliaria y la crisis bancaria. Todo ello le hace más difícil tomar decisiones que puedan hacerla quedar ante su población como un líder blando frente a EEUU y Taiwán. Además, por el lado estadounidense, el presidente Clinton marcó claramente distancia con una visita liderada por un congresista que no era de su partido, Gingrich estuvo dispuesto a acomodar peticiones del gobierno chino sobre su visita a Taiwán, donde apenas estuvo tres horas en las que se reunión con los entonces presidente y vicepresidente de Taiwán. Pelosi, por su parte, ha presentado su visita a Taiwán como un pulso con las autoridades chinas y como una visita oficial en la que, además de con la presidenta Tsai y con parlamentarios taiwaneses, también se ha reunido con prominentes disidentes chinos.

Esperemos que en el futuro también se pueda extraer de esta crisis una lección similar a la que extrajo John Culver, oficial de inteligencia de la CIA durante 35 años, de la tercera crisis del estrecho de Taiwán. Entonces, una diplomacia desarrollada con empatía estratégica permitió que las tres partes involucradas (China, EEUU y Taiwán) pudiesen alcanzar una solución beneficiosa para todas ellas. La gran pregunta es si los líderes actuales tendrán voluntad para ello o si las relaciones se han deteriorado tanto que preferirán aceptar situaciones perjudiciales con el convencimiento de que la otra parte se vea todavía más perjudicada.


Imagen: Isla de Taiwán iluminada en la noche – Foto: NASA Jhonson, Flickr.