El renovado interés de Estados Unidos (EEUU) por Groenlandia y su indiscutible importancia estratégica ha convertido a la isla en el símbolo más tangible de un Ártico en transformación. Esta evolución está impulsada tanto por el cambio climático como por el fin del denominado “excepcionalismo ártico”, caracterizado durante décadas por la cooperación entre los Estados ribereños y un bajo nivel de tensión geopolítica, y que se ha visto erosionado como consecuencia directa de la guerra en Ucrania.
Moscú no busca convertir el Ártico en un escenario de confrontación abierta, pero sí garantizar libertad de acción, profundidad estratégica y capacidad de disuasión frente a EEUU y la OTAN.
Groenlandia se perfila, así, como un auténtico microcosmos en el que convergen el impacto acelerado del cambio climático, la intensificación de la competencia geopolítica y las tensiones entre soberanía formal y dependencia estratégica. La relación entre el Ártico y Groenlandia es de naturaleza estructural y resulta clave para comprender la nueva geopolítica ártica que está emergiendo.
Desde 2014 y de forma acelerada tras 2022, el Ártico se ha transformado en un espacio de confrontación estratégica, marcado por la militarización rusa, la ruptura de los mecanismos de gobernanza regional y un giro progresivo de Moscú hacia Asia, en particular hacia China. La región ártica comienza así a integrarse en una lógica geoestratégica más amplia, conectada con el Indo-Pacífico. La renovada atención de EEUU hacia Groenlandia responde directamente a esta realidad y reactiva la importancia estratégica que la isla ya tuvo durante la Guerra Fría. En aquel contexto, Groenlandia fue un elemento clave de la defensa frente a los submarinos soviéticos, centrada en el control de la brecha GIUK (Groenlandia, Islandia y el Reino Unido), es decir, las aguas entre Groenlandia e Islandia y entre Islandia y el Reino Unido, que conectan el Atlántico con el mar de Barents. Se trataba de la única ruta por la que los submarinos soviéticos podían acceder al Atlántico, y su control resultaba esencial para contener una hipotética invasión soviética de Europa. Groenlandia, por su ubicación geográfica en el extremo occidental del Ártico, sigue siendo un punto avanzado de vigilancia, detección y control del acceso tanto al Atlántico norte como al Ártico central. Su valor estratégico reside en su capacidad para sostener sistemas de alerta temprana, seguimiento de movimientos estratégicos y apoyo a operaciones de disuasión en un entorno en el que Rusia mantiene capacidades aéreas, navales y nucleares significativas.
Rusia es el actor central y dominante en el Ártico. Controla la mayor parte del litoral ártico gracias a una extensa frontera de más de 24.000 km. Como refleja el documento “Principios de la Política Estatal en el Ártico” (Ob Osnovakh gosudarstvennoi politiki Rossiiskoi Federatsii v Arktike, 2020), adoptado en marzo de 2020 y actualizado desde 2022 mediante varios textos complementarios, el Ártico es concebido por Moscú como la base futura del poder ruso, tanto en su dimensión económica como estratégica y militar. Este marco doctrinal, conocido como “Estrategia Ártica 2035”, identifica tres prioridades centrales del Kremlin: el refuerzo de la defensa militar, la explotación de los recursos naturales y el control del Corredor Marítimo del Norte, también denominado paso del Noreste.
Uno de los cambios más significativos del documento publicado en 2020 respecto a las estrategias rusas anteriores para el Ártico es la reintroducción explícita de la seguridad militar tradicional. El texto reconoce el aumento del potencial de conflicto en la región y establece la necesidad de incrementar de forma sostenida las capacidades militares. El núcleo de esta postura estratégica es la península de Kola, pieza central tanto de la doctrina nuclear rusa como de la estrategia del bastión de submarinos balísticos. A lo largo de la costa ártica se han desplegado radares, sistemas antiaéreos y misiles costeros, reforzando la capacidad de control del espacio marítimo y aéreo. En este contexto, la península de Kola y Groenlandia se consolidan como puntos clave para la proyección de poder y la defensa. Ambas son extensiones terrestres significativas en el extremo norte. Groenlandia ocupa una posición central entre el Atlántico Norte y el Ártico, mientras que la península de Kola conecta el mar Báltico con el Ártico ruso. Kola constituye la base estratégica fundamental de Rusia, al albergar la Flota del Norte y capacidades nucleares estratégicas esenciales para su disuasión. Groenlandia, por su parte, es vital para la defensa occidental y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como punto avanzado de vigilancia y posible interceptación de amenazas procedentes del Ártico, incluidas las que podrían originarse en la península de Kola.
El eje económico de la Estrategia se centra en la explotación de los recursos naturales, en particular los hidrocarburos. El Ártico produce más del 80% del gas natural ruso y cerca del 17% del petróleo, y el potencial de su subsuelo, tanto terrestre como marino, es presentado como una reserva estratégica clave para el futuro del país. La Estrategia prevé el lanzamiento de múltiples proyectos mineros y energéticos, con un énfasis especial en el gas natural licuado, cuya producción debería multiplicarse de manera sustancial hasta 2035. Para Moscú, el desarrollo del Ártico constituye una prioridad económica nacional, ya que representa entre el 15 y el 20% del PIB y casi una cuarta parte de las exportaciones energéticas del país. Además, en el contexto de las sanciones occidentales, el Ártico se ha convertido en un refugio de recursos y en una vía alternativa para sostener los ingresos energéticos y reforzar la cooperación con China.
El documento redefine de manera significativa el papel del Corredor Marítimo del Norte. Este corredor discurre a lo largo de la costa rusa y conecta el Atlántico con el Pacífico y ofrece una alternativa más corta al canal de Suez. Su importancia geopolítica y comercial ha aumentado de forma notable como consecuencia del deshielo del Ártico y de la apuesta conjunta de Rusia y China (Ruta Polar de la Seda) por reducir los tiempos de tránsito entre Europa y Asia. Aunque el volumen total de carga previsto se multiplica, el tránsito extranjero queda deliberadamente limitado. El control efectivo del corredor es presentado como un objetivo estratégico central. Para alcanzarlo, se concede un papel clave a la flota de rompehielos nucleares, al desarrollo de infraestructuras portuarias y a los sistemas de búsqueda y rescate. Esta apuesta se apoya en una clara superioridad material: Rusia dispone de entre 40 y 50 rompehielos, incluidos varios de propulsión nuclear, mientras que Canadá cuenta con 18 unidades y está ampliando su flota, EEUU sólo dispone de dos y ha firmado un acuerdo con Finlandia para construir 11 más. Finlandia, por su parte, mantiene una flota estable de nueve rompehielos y es líder industrial en su producción.
Aislada en el plano regional tras la invasión de Ucrania, Moscú está redefiniendo su política ártica para integrarla de forma más estrecha en el espacio asiático. La Estrategia Ártica 2035 se adapta para priorizar relaciones bilaterales con los denominados “Estados amigos”, en particular con los países BRICS ampliados. El Paso del Noreste se concibe como el eje de nuevos corredores marítimos y logísticos que conecten el Ártico con el océano Índico y el Pacífico. En este contexto, China emerge como un socio indispensable, tanto en el ámbito energético como en infraestructuras, transporte y, de forma creciente, en materia de seguridad. Pekín respalda proyectos energéticos rusos afectados por las sanciones y amplía su presencia económica en las regiones árticas bajo soberanía rusa.
Rusia dispone así de una estrategia integral que combina control territorial, infraestructura crítica y capacidad militar sostenida. Su dominio de la mayor parte de la costa ártica, junto con la consolidación del Corredor Marítimo del Norte como una ruta estratégica bajo control nacional, le otorga una ventaja estructural frente a cualquier otro actor. Moscú no busca convertir el Ártico en un escenario de confrontación abierta, pero sí garantizar libertad de acción, profundidad estratégica y capacidad de disuasión frente a EEUU y la OTAN. La defensa de los intereses estratégicos en el Ártico es concebida como condición previa para cualquier desarrollo económico y seguirá siendo un eje central de su pensamiento estratégico a largo plazo.
Zbigniew Brzeziński afirmó que «Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático”. Sin embargo, el control del Ártico podría devolverle esa condición.
