La tendencia alcista de los presupuestos de defensa parece no sólo imparable, sino también acelerada por la generalizada sensación de inseguridad que define nuestros días. Por un lado, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) fija como objetivo inmediato que todos sus miembros dediquen el 5% del PIB a la defensa, en tanto que el presidente estadounidense Donald Trump presenta al Congreso una propuesta para elevar el presupuesto militar hasta los 1,5 billones de dólares (lo que supone una subida de casi el 40% con respecto a un año antes), el presidente francés Emmanuel Macron anuncia que ha ordenado un incremento del número de cabezas nucleares de sus arsenales estratégicos y el canciller alemán Friedrich Merz insiste en que la Bundeswehr serán las Fuerzas Armadas más potentes de Europa al final de esta década. Se intensifica así una pauta de comportamiento que sigue desafortunadamente atada al tradicional mantra de si vis pacem para bellum –mientras se trata de ocultar que ese esfuerzo se va a hacer en detrimento de políticas públicas vitales para mantener la paz social– y a la injustificada creencia de que más armas significa automáticamente más seguridad.
Mientras que con su propuesta Trump deja claro lo que entiende por “paz mediante la fuerza” y Macron no parece reparar en que su orden contraviene directamente el Tratado de No Proliferación, el caso alemán revive un debate en el que entremezclan fantasmas del pasado con visiones equivocadas sobre las necesidades militares de la Unión Europea (UE). En términos históricos, la OTAN respondía en su origen a la idea de tener “a Estados Unidos dentro, a la Unión Soviética fuera y a Alemania debajo”, por el temor a un nuevo rearme germánico que pudiera asustar a sus vecinos. Por su parte, la UE se imaginó como una vía para encajar a Berlín en un proyecto que desactivara definitivamente su potencial desestabilizador, haciéndole entender que la mejor manera de garantizar su seguridad era apostando por una Europa políticamente integrada. El motor franco-alemán era el núcleo fundamental de dicho proyecto (hoy ya no es suficiente, pero sigue siendo necesario), con un reparto de papeles que informalmente otorgaba a París el liderazgo político y a Bonn (hoy Berlín) el económico.
El camino que Alemania ha emprendido suscita, inevitablemente, la aprensión de muchos de sus vecinos, marcados por una historia violenta derivada de aquel demonizado Lebensraum (espacio vital), acuñado ya a finales del siglo XIX por el geógrafo y etnógrafo alemán Friedrich Ratzel y reconvertido en clave expansionista por los nazis. Del mismo modo, queda por ver cómo reacciona Francia ante la perspectiva de que Alemania no sólo se consolide, aun a pesar de su crisis actual, como la primera potencia económica de los Veintisiete, sino que, además, se atreva a liderar política y militarmente la Unión. Y no basta para neutralizar esa intranquilidad con su énfasis en que la apuesta se plantea, sobre todo, pensando en Rusia como amenaza principal, haciéndose eco de informes de inteligencia que apuntan incluso a un conflicto directo a gran escala en el horizonte de apenas tres años. Tampoco calma la inquietud la insistencia en que el esfuerzo sólo busca contar con el mejor ejército “convencional” del continente, dado que eso no supone una renuncia expresa a dotarse algún día de armas nucleares, ante el temor a que el paraguas nuclear estadounidense deje de ser creíble o que la colaboración en este terreno con Francia no termine de fructificar.
En todo caso, el problema más serio que plantea el plan impulsado por la coalición gubernamental liderada por Merz es, una vez más, que se trata de un programa estrictamente nacional. Al igual que ocurre con el Plan Rearme 2030 (ahora renombrado Preparación 2030) de la UE, aprobado en marzo del pasado año y en el que el grueso del esfuerzo recae en los Estados miembros, Berlín vuelve a mostrar su escaso entusiasmo por impulsar la Europa de la Defensa, planificando en común y mutualizando la carga que haya que asumir. Como si no estuviera suficientemente claro que ninguno de los Veintisiete tiene posibilidad alguna de neutralizar individualmente las amenazas que les afectan y como si la OTAN no estuviera dando preocupantes señales de disfuncionalidad, la opción alemana (y la de tantos otros miembros de la UE) resulta inadecuada y, de hecho, cuestiona el propio proyecto para que la UE sea algún día un actor con voz propia en el escenario internacional, contando con sus propios medios para defender sus propios intereses.
Seguir pensando y actuando a escala nacional, calculando simplemente cómo salir del paso ante un Estados Unidos declaradamente antieuropeísta y tratando de preservar un sector industrial de defensa a escala nacional no sólo no desemboca en una UE más fuerte, sino que lleva directamente a la irrelevancia. Y Alemania, que debería marcar y liderar la dirección a seguir, no parece desgraciadamente dispuesta a asumir la tarea.
