EEUU sigue jugando con fuego con el escudo antimisiles

Escudo antimisiles. Mapa de las capacidades de defensa antimisiles de la OTAN. Fuente: BBC.com
Mapa de las capacidades de defensa antimisiles de la OTAN. Fuente: BBC.com.
Escudo antimisiles. Mapa de las capacidades de defensa antimisiles de la OTAN. Fuente: BBC.com
Mapa de las capacidades de defensa antimisiles de la OTAN. Fuente: BBC.com.

La espoleta la activó George W. Bush en diciembre de 2001, cuando decidió denunciar (y, por tanto, invalidar) el Tratado ABM (Tratado sobre Misiles Antibalísticos), firmado en mayo de 1972 entre Washington y Moscú para limitar el desarrollo de los desestabilizadores de misiles antibalísticos nucleares. Desde entonces, y con el antecedente previo de la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) de Ronald Reagan, hemos llegado al actual Sistema de Defensa de Misiles Balísticos (Ballistic Missile Defense, BDM por sus siglas en inglés), cuya segunda fase del componente desplegado en Europa acaba de ser declarado operativo en la base rumana de Deveselu el pasado día 12 de mayo.

Aquella decisión de hace quince años supuso eliminar una de las piezas básicas de la seguridad nuclear. En el marco del inquietante equilibrio del terror en el que aún vivimos, el Tratado ABM sirvió para frenar en buena medida una incesante carrera armamentística que, entre otras cosas, buscaba saturar cualquier posible escudo antimisiles construido para escapar a la terrorífica idea de la destrucción mutua asegurada que, en esencia, implicaba que las armas nucleares no podían dar la victoria a ningún bando. De ahí que, aunque se suele presentar como una medida defensiva contra potenciales agresores, su desarrollo esconde también la pretensión de convertir a los ingenios nucleares en armas de batalla. Ideado para anular los efectos de un primer golpe enemigo, permite soñar con que su blindaje permitirá realizar un segundo golpe de efectos devastadores.

Eso es básicamente lo que entiende Moscú, consciente de que el despliegue en su vecindad puede cuestionar su disuasión nuclear al aumentar la capacidad de primer golpe estadounidense y de que sus penurias económicas no le permiten acelerar aún más la modernización de su triada nuclear (algo similar a lo que ya vivió Gorbachov con la apuesta reaganiana de la IDE). De ahí que Vladimir Putin se haya apresurado a declarar que la entrada en funcionamiento de los sistemas Aegis Ashore desplegados en Rumania –con una estación radar SPY-1D, tres baterías con 24 misiles interceptores SM-3 y lanzaderas verticales Mark-41–constituye una amenaza directa a su seguridad que no puede quedar sin respuesta.

La administración Obama insiste en que ese despliegue –con un coste estimado en algo más de 800 millones de euros y bajo control operativo del comandante de la VI Flota estadounidense, al igual que los cuatro destructores con base en Rota– no afecta a los misiles balísticos intercontinentales rusos, por tratarse de sistemas únicamente eficaces contra misiles de corto y medio alcance lanzados por otros países, con Irán como referencia más destacada. Pero lo cierto es que Irán ya no es hoy el Estado “gamberro” que propició la excusa perfecta para decidir el despliegue hace ya casi diez años- aunque sigue adelante con su programa misilístico-, que las lanzaderas Mark-41 pueden ser usadas con misiles crucero de mayor alcance y que los SM-3 ya han demostrado que pueden eliminar un satélite en órbita baja volando a velocidades similares a las de un ICBM.

Para complicar aún más la situación, y de paso echar abajo los propios argumentos occidentales cuando se pretende convencer a Moscú de que el despliegue no tiene nada que ver con Rusia, se suceden declaraciones como las del secretario general de la OTAN, Jen Stoltenberg, y del presidente rumano, Klaus Iohanis. Ambos, traicionados quizás por su inconsciente, no perdieron la ocasión en paralelo a los fastos de la entrada en servicio operativo de las instalaciones de Deveselu de sacar a relucir los movimientos militares rusos tanto en Ucrania como en el espacio de sus anteriores “satélites” de la Europa central y oriental. Si a todo eso se le suma que el pasado día 13 de mayo comenzaron los trabajos para el despliegue de la tercera fase, prevista para finales de 2018 en el territorio polaco de Redzikow, cercano al territorio ruso de Kaliningrado, poco puede extrañar que la tensión siga en aumento.

De momento, los gobernantes rusos se apresuran a dejar claro que el despliegue será contrarrestado de inmediato. Así, por un lado, el propio Putin anuncia ya planes para contar con un misil balístico intercontinental que pueda penetrar cualquier escudo antimisiles y, por otro, parece dispuesto a seguir aumentando la presión sobre sus vecinos más inmediatos, Ucrania incluida. Por supuesto, no cabe conceder derecho de veto a Rusia sobre los planes de la Alianza Atlántica o de Estados Unidos en territorio europeo, pero tampoco resulta conveniente excitar aún más a quien se siente asediado; sobre todo, si luego, como ocurre al menos en el conjunto de los aliados europeos, no hay voluntad para mantener el pulso cuando Moscú eleve el nivel de la tensión. De igual modo, en la medida en que ambas potencias disponen aún del 95% de las cabezas nucleares aún existentes, tampoco parece aconsejable jugar con un fuego que puede acabar quemándonos, alimentado derivas proliferadoras que no auguran nada bueno.