Mensajes clave
- La economía mundial afronta 2026 con un crecimiento moderado pero frágil, que exhibe fuertes divergencias entre economías emergentes (que crecen más) y avanzadas (que se muestran menos dinámicas, sobre todo en la zona euro).
- El escenario central de crecimiento moderado está rodeado de riesgos a la baja entre los que destacan la intensificación de las tensiones geopolíticas (incluida la mayor probabilidad de conflictos bélicos ante la quiebra del orden liberal internacional), nuevas escaladas arancelarias y los conflictos regulatorios entre grandes bloques, la vulnerabilidad de los mercados financieros ante una posible corrección del sector tecnológico, el deterioro de las finanzas públicas en las principales economías avanzadas y el impacto económico creciente de los fenómenos climáticos extremos.
- Estados Unidos (EEUU) sigue actuando como principal motor del crecimiento, impulsado por la inversión en inteligencia artificial, la expansión fiscal y la desregulación, aunque con crecientes riesgos fiscales, financieros e inflacionarios.
- China mantiene un fuerte dinamismo exportador, pero su crecimiento se ve limitado por desequilibrios estructurales internos, especialmente la debilidad del consumo y la crisis inmobiliaria. La India, por su parte, sigue siendo la economía emergente con mayores oportunidades.
- La economía europea tendrá un comportamiento más dinámico que en años pasados, pero continúa atrapada en un escenario de bajo crecimiento potencial, con crecientes tensiones fiscales, una convergencia al alza de las primas de riesgo soberanas y retos estructurales diferenciados entre países.
- España destaca por su mayor crecimiento relativo, apoyado en la demanda interna y el empleo, aunque persisten debilidades estructurales en productividad y cuentas públicas.
Análisis
La economía mundial ante el 2026: crecimiento moderado, divergencias persistentes y riesgos latentes
La economía mundial afronta el año 2026 en un contexto de desaceleración, aunque menos intensa de lo que se temía en abril de 2025, cuando el presidente Donald Trump anunció su batería de aranceles. Según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), el crecimiento global se situará en el 3,1% en 2026, una tasa moderada que, no obstante, aleja por ahora los temidos escenarios de fuerte desaceleración y demuestra la resiliencia del crecimiento global. De hecho, resulta sorprendente que el aumento de la incertidumbre geopolítica, la creciente fragmentación económica global y la cada vez más evidente ruptura del orden multilateral basado en reglas no afecte con mayor intensidad al crecimiento económico mundial.
Este crecimiento seguirá siendo muy desigual entre países y regiones. Como muestra la Figura 1, las economías emergentes continuarán creciendo a un ritmo muy superior al de las economías avanzadas. La India será la economía más dinámica, con una tasa superior al 6%, seguida de China, cuyo crecimiento se sitúa en torno al 4%, por debajo de años anteriores, pero muy por encima de lo esperado para las principales economías avanzadas.
El menor dinamismo de China refleja la persistencia de desequilibrios estructurales, en particular, de crisis inmobiliaria y financiera y fuerte debilidad del consumo interno. De hecho, tal y como se muestra en la Figura 2, las exportaciones chinas han resistido francamente bien a lo largo de 2025, con un superávit comercial en récord histórico, siendo sobre todo la debilidad de la demanda interna la que resta dinamismo a la economía. De hecho, China se muestra cada vez más asertiva en el escenario geopolítico global y pretende aumentar su autonomía importando cada vez menos al tiempo que hace a otras potencias más dependientes de sus exportaciones. Esto plantea a la Unión Europea (UE) la difícil decisión de redefinir su estrategia comercial hacia China para evitar un nuevo shock de importaciones.
Más allá de China, el buen comportamiento de otras economías emergentes, especialmente en Asia, contribuye a sostener una narrativa de convergencia entre economías avanzadas y emergentes que se había visto interrumpida tras la pandemia, aunque de forma todavía incompleta y heterogénea. Aún así, los países de América Latina volverán a tener un crecimiento limitado, con Brasil y México por debajo del 2%.
En contraste, entre los países avanzados, sólo EEUU y España tendrán un crecimiento destacado, por encima del 2%. Las grandes economías europeas
–Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia– crecerán en el entorno o por debajo del 1%. Japón, por su parte, se mantiene claramente por debajo de ese umbral.
Los relativamente bajos precios del petróleo, la expansión fiscal en los países avanzados, especialmente en EEUU (aunque también en Europa en el sector de la defensa) y, sobre todo, la enorme inversión en inteligencia artificial y centros de datos sostendrán el dinamismo de la economía mundial.
Aun así, a lo largo del año se anticipa un crecimiento frágil que estará constantemente amenazado por riesgos de diversa índole. En primer lugar, están los riesgos geopolíticos, cada vez más relevantes en un contexto de crisis del multilateralismo, colapso del orden liberal internacional y creciente rivalidad entre grandes potencias. La guerra en Ucrania posiblemente continuará, la tregua en la guerra en Gaza sigue siendo débil y en Venezuela se abre un horizonte de incertidumbre política. En particular, la intervención de EEUU en Venezuela, sin cumplir con los estándares mínimos de derecho internacional público, agita la incertidumbre y podría abrir la puerta a nuevas intervenciones militares estadounidenses en el continente americano (y en Groenlandia), además de elevar el riesgo a que otros actores puedan sentirse más legitimados a iniciar conflictos bélicos.
Todo ello podría retraer la inversión al tiempo que eleva el riesgo de proliferación nuclear en países tan diversos como Japón, Corea del Sur, Irán, Filipinas e incluso Polonia. Aun así, conviene destacar que el colapso del orden liberal y del derecho internacional basado en reglas, por muy negativo que sea desde un punto de vista europeo y de gobernanza global, no tiene necesariamente que ser devastador para el crecimiento económico. Fragmentará aún más la economía global y acelerará las dinámicas neo-mercantilistas, pero puede abrir oportunidades para las empresas en los nuevos mercados emergentes, especialmente en los asiáticos, que continuarán exhibiendo un elevado dinamismo.
En segundo lugar, a pesar de que la Administración estadounidense ha llegado a múltiples acuerdos políticos de contenido comercial e inversor con distintos países del mundo –muchas veces bajo amenazas–, el riesgo de nuevas subidas arancelarias permanece. En concreto, en el caso de la UE, la aplicación de la normativa digital, fiscal y de competencia, con posibles consecuencias financieras para las grandes tecnológicas estadounidenses, podría generar tensiones entre los dos bloques de resultado incierto. En la medida en la que la Administración Trump ha declarado que las multas a sus empresas tecnológicas son inaceptables, al tiempo que la UE mantiene que no modificará su normativa, el conflicto está servido.
En tercer lugar, el neo-mercantilismo y la rivalidad geoeconómica y tecnológica entre China y EEUU contribuirán a una mayor fragmentación de la economía mundial, mientras que la propia desaceleración económica en China (y tal vez en EEUU) podría arrastrar a la economía mundial hacia menores tasas de crecimiento en 2026 y 2027.
A estos riesgos se suman, como en años anteriores, el aumento de la frecuencia de fenómenos climáticos extremos generados por el calentamiento global, los elevados niveles de deuda tanto en países avanzados como en algunas economías en desarrollo y emergentes, así como el creciente peso de la financiación en la sombra, al margen de la supervisión financiera. En este sentido, el auge de las stablecoins (criptomonedas estables) promovidas por EEUU podría generar problemas de inestabilidad financiera.
Pero el riesgo del que se habla con más frecuencia pasa por una fuerte corrección de los índices bursátiles en EEUU, en particular en el sector tecnológico y concentrado en las llamadas siete magníficas –Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet (Google), Meta (Facebook), Nvidia y Tesla–, así como en las inversiones en centros de datos. No puede hablarse de una “burbuja tecnológica” homogénea, pero sí de una elevada concentración bursátil en las siete magníficas que, como se observa en la Figura 3, representan casi el 40% de la capitalización del índice bursátil S&P 500. En todo caso, de producirse una corrección, ya sea brusca o gradual, no está claro si afectaría al conjunto de la economía o si su efecto sería limitado, como ya sucedió con el estallido de la burbuja puntocom en el año 2000.
EEUU: fortaleza cíclica, incertidumbre estructural
El desempeño de la economía estadounidense es difícil de anticipar por las erráticas políticas económicas del presidente Trump, por el debilitamiento del Estado de derecho (incluido el futuro de la independencia de la Reserva Federal) y, sobre todo, por la incertidumbre que rodea al sector tecnológico y al de la inversión en centros de datos, en los que no se sabe si se está desarrollando una burbuja que podría estallar.
La economía estadounidense cerró 2025 con una aceleración del crecimiento, en parte debido al adelanto de importaciones para constituir inventarios antes del aumento de aranceles. No obstante, los datos del mercado de trabajo son cada vez más decepcionantes (como se muestra en la Figura 4; en cuatro de los seis últimos meses se destruyó empleo privado). Además, cada vez capas más amplias de la población se muestran decepcionadas con las políticas económicas de Trump. Tienen cada vez más dificultades para acceder a la vivienda, costearse los seguros médicos y mantener sus estándares de consumo pasados.
La inflación está por encima del objetivo del 2% y existe elevada incertidumbre en cuanto a su evolución, pero la mayoría de los analistas coinciden en que seguirá subiendo a lo largo del año conforme las empresas trasladen al consumidor el aumento del coste de las importaciones generado por los aranceles. Como muestra la Figura 5, el arancel medio ha subido más de 10 puntos hasta situarse alrededor de un 17% y mucho más para China, con la que se ha alcanzado una tregua en la guerra comercial hasta las elecciones de medio mandato en EEUU de noviembre de 2026.
Asimismo, las deportaciones están reduciendo la oferta de trabajo y generando problemas en sectores como la agricultura, la construcción y la hostelería, lo que en último término podría desencadenar una subida de los salarios, con el consiguiente efecto sobre la inflación. Dado el elevado peso del consumo privado en el PIB estadounidense (por encima del 70%), una dinámica alcista de precios debería restar crecimiento a la economía.
La inversión en centros de datos e inteligencia artificial ha despertado los llamados animal spirits (teoría de los espíritus animales en economía, de John Maynard Keynes) y constituye, hoy en día, el principal motor de la economía, empujando la formación bruta de capital, llevando las valoraciones bursátiles a máximos históricos y sosteniendo la demanda privada por el efecto riqueza. Si esto se combina con el efecto fiscal expansivo de la ley tributaria One Big Beautiful Bill y con el aumento de los beneficios generado por la ola de desregulación, la economía de EEUU estará muy lejos de la recesión que los más pesimistas pronosticaban a principios de 2025, pero la desigualdad –ya muy elevada– seguirá subiendo.
En todo caso, existe un consenso creciente en que EEUU ha entrado en una trayectoria fiscal poco sostenible y que los riesgos para la estabilidad financiera están aumentando. La relación deuda/PIB del país, ya en el entorno del 100%, seguirá creciendo rápidamente por los recortes de impuestos y el aumento del gasto. A esto se añade la incertidumbre derivada de la sentencia pendiente del Tribunal Supremo que podría conllevar la anulación de la mayoría de los aranceles impuestos por la Administración Trump bajo la excusa de la emergencia económica nacional, con devoluciones masivas de ingresos e incertidumbre. A lo largo de 2025 se ha registrado una importante caída de las rentabilidades de la deuda pública de EEUU, coherente con el periodo de progresiva relajación monetaria de la Reserva Federal. No obstante, un análisis más detenido de la evolución del conjunto de la curva de tipos estadounidense (reflejada en la Figura 6) ofrece una lectura algo más compleja.
Los datos muestran una transmisión efectiva de la política monetaria en el tramo corto y medio: el tipo a seis meses ha caído 66 puntos básicos (de 4,27% a 3,61%); el de dos años, 78 puntos básicos (de 4,27% a 3,49%) y el de cinco años, 72 puntos básicos (de 4,42% a 3,70%). Incluso el tipo a 10 años ha cedido 61 puntos básicos, situándose en el 4,15%. Sin embargo, el tramo ultra largo permanece prácticamente inmóvil: el tipo a 30 años apenas ha bajado dos puntos básicos, manteniéndose en 4,83%.
Esta rigidez del tramo de 30 años apunta a varios factores estructurales, destacando las expectativas de inflación persistentemente más elevadas y creciente preocupación por la prima de riesgo fiscal ante las políticas presupuestarias de la Administración estadounidense.
Incluso si el incremento continuo de la deuda pública sobre PIB no desemboca en una crisis, debilitará los cimientos del crecimiento a medio y largo plazo. Además, los ataques a la Reserva Federal, cuyo presidente será sustituido en mayo (probablemente por alguien de la confianza de Trump, proclive a querer bajar los tipos de interés a pesar de los riesgos inflacionistas), y a otros organismos independientes hacen difícil anticipar la evolución de los tipos de interés y de los tipos de cambio.
Europa: bajo crecimiento, heterogeneidad persistente y tensiones fiscales al alza
Precisamente, la evolución de la cotización del dólar estadounidense con respecto al euro es algo que la UE deberá seguir muy de cerca durante 2026. La pérdida de competitividad-precio de las exportaciones de las empresas europeas en EEUU, derivada de unos mayores aranceles, se ha visto agravada por la fuerte depreciación del dólar con respecto al euro en 2025, superior al 13%, tal y como se observa en la Figura 7.
Los países europeos seguirán teniendo un crecimiento débil, aunque algo mayor que en años pasados. Según las últimas previsiones del FMI, la zona euro crecerá en torno al 1,1% en 2026, pero con elevada heterogeneidad entre países: mientras que Alemania, Francia e Italia crecerán entre el 0,8% y el 0,9%, las perspectivas de crecimiento para España se encuentran entorno al 2%. En el caso del Reino Unido, apenas superará el 1%.
A pesar de las reducidas expectativas de crecimiento del PIB para las principales economías de la UE, sus desafíos económicos son de distinta naturaleza. Alemania se enfrenta a una importante crisis industrial, elevados costes energéticos –que arrastra desde su “desconexión” del gas ruso–, mercados globales más cerrados y enormes problemas en su sector del automóvil, que no puede competir con los vehículos eléctricos chinos. En el lado positivo, Alemania cuenta con un gobierno estable de gran coalición que ha tomado la decisión de poner en marcha un plan de inversiones públicas de hasta 500.000 millones de euros para los próximos 10 años y que, si se aplica bien, contribuirá a mejorar las infraestructuras del país, con el consiguiente efecto positivo sobre la inversión privada. Francia, por su parte, tiene un elevado, crónico y creciente déficit público al que por el momento no se ha logrado poner freno. Hasta hace poco, los “reducidos” costes de financiación y unas tasas de crecimiento económico relativamente dinámicas permitían que la situación fiscal fuera sostenible. Pero este equilibrio es cada vez más difícil, especialmente ante la ralentización de la economía. Además, la situación política sigue siendo muy incierta y el gobierno no cuenta con los apoyos suficientes para aplicar el necesario plan de consolidación fiscal, habiendo incluso acordado suspender temporalmente la reforma de las pensiones que, entre otras cuestiones, conllevaba el aumento de la edad de jubilación de 62 años a los 64.
Así, como se muestra en la Figura 8, a 3 de enero de 2026, la rentabilidad del bono francés a 10 años se encontraba ya por encima de los bonos portugués, español y griego y al nivel del italiano, dando lugar así al final de la distinción entre países periféricos y centrales instaurada a raíz de la crisis de deuda soberana de la zona euro.
Figura 8. Evolución del rendimiento de la deuda pública a 10 años en distintos países
| Rendimiento deuda pública a 10 años | 3/12/2026 | Con respecto a 1 año (puntos básicos) |
|---|---|---|
| Alemania | 2,90 | 47,6 |
| Francia | 3,61 | 32,4 |
| Italia | 3,61 | 2,5 |
| España | 3,34 | 23,17 |
| Portugal | 3,20 | 29,79 |
| Grecia | 3,50 | 25,4 |
En este contexto, la UE deberá demostrar en 2026 que es capaz de consolidar su giro geoeconómico y avanzar en la integración para lograr ser un actor relevante
–y no sólo el campo de juego– en la rivalidad geopolítica entre grandes potencias. Y dada la animadversión que la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de EEUU ha mostrado hacia la UE, esto resulta cada vez más urgente. Primero, la UE necesita aprobar nuevos acuerdos comerciales, comenzando por el del Mercado Común del Sur (Mercosur), para compensar el menor acceso al mercado estadounidense y dar una clara señal de liderazgo que permita reconstituir, aunque sea de forma fragmentada, un sistema comercial basado en reglas. Segundo, necesita aumentar su apoyo a Ucrania y su coordinación en política de seguridad y defensa. La emisión de eurobonos anunciada en diciembre (en la que participarán 24 de los 27 Estados miembros, lo que es una importante novedad) es una buena señal. Tercero, debe mejorar el funcionamiento del mercado interior y avanzar en la unión bancaria y de los mercados de capitales en línea con lo propuesto por los Informes Letta y Draghi.
Sólo así la UE logrará aumentar su dinamismo económico y dar respuesta a la creciente ansiedad que viven sus ciudadanos. Ahora bien, nada garantiza que con el auge de los partidos de extrema derecha que quieren limitar la integración esto vaya a ser posible.
España: crecimiento por encima de la media, con debilidades estructurales
España vuelve a destacar como la economía con mejor comportamiento de la eurozona gracias a la fortaleza de la demanda interna. Tras varios años creciendo mucho más rápido que sus principales socios europeos, 2026 debería ser, de nuevo, un buen año en términos macroeconómicos. En particular, el consumo privado se ha convertido en el principal motor del crecimiento, impulsado por la renta disponible de los hogares, el empleo y los flujos migratorios, aunque se anticipa una desaceleración gradual a medida que estos factores pierdan impulso y la tasa de ahorro, aun reduciéndose, se mantenga por encima de su promedio histórico.
Junto al consumo, la inversión mantiene un crecimiento robusto, apoyada en el despliegue de los fondos NextGenerationEU (2026 constituye el último año de ejecución), unas condiciones de financiación favorables, el dinamismo de la construcción (que debería acelerarse en 2026 para comenzar a dar respuesta a la crisis de la vivienda) y la adquisición de activos intangibles. El consumo público, por su parte, realiza una aportación estable al crecimiento, en línea con el crecimiento tendencial del gasto público. Todo ello ha permitido cerrar 2025 con un crecimiento cercano al 3% y con otro año de superávit por cuenta corriente. Estas dos circunstancias han vuelto a reducir hasta alrededor del 40% la posición financiera neta internacional (negativa), lo que sin duda constituye una excelente noticia y muestra que el modelo de crecimiento de la economía española está experimentando notables cambios.
Aun así, el crecimiento de España tiene un importante componente extensivo: se apoya más en el aumento del empleo que en mejoras continuadas de la productividad. En el segundo trimestre de 2025, el PIB, el PIB per cápita y el PIB por hora trabajada se situaban, respectivamente, en los 9,4, 4,9 y 2,9 puntos porcentuales por encima de los niveles previos a la pandemia. Sin embargo, la productividad por ocupado ha mostrado una marcada atonía en los últimos trimestres. Las proyecciones apuntan a que esta debilidad de la productividad se prolongará hasta comienzos de 2026 para posteriormente repuntar y estabilizarse en tasas moderadas y cercanas a su promedio histórico, con un comportamiento algo más favorable de la productividad por hora trabajada, en un contexto de ligera reducción de las horas por trabajador.
El crecimiento del PIB español apoyado en el empleo ha sido posible, en gran medida, gracias a los flujos migratorios. El número total de inmigrantes residentes en España podría acercarse a los 10 millones en 2026, en torno al 20% de la población total, lo que impulsará, más si cabe y de forma notable, el crecimiento de la población activa y de las afiliaciones a la Seguridad Social. Esta inmigración ha ocupado la mayor parte de los nuevos puestos de trabajo creados en el sector privado en los últimos años, concentrándose fundamentalmente en sectores de menor productividad. En el horizonte de proyección, no obstante, se espera una desaceleración progresiva del ritmo de creación de empleo, coherente con la moderación del crecimiento económico, con tasas de crecimiento del empleo inferiores a las del PIB y una reducción de la tasa de paro cada vez más gradual.
Por último, España comparte con el resto de las economías europeas una serie de retos estructurales de primer orden, entre los que destacan la necesidad de aumentar la baja productividad, sobre todo en las empresas medianas y pequeñas; la sostenibilidad del sistema de pensiones en un contexto de cambios demográficos; el alto nivel de deuda pública, que se está reduciendo pero continúa siendo elevado, y la necesidad de reorientar la inversión hacia la innovación, la educación y la transición energética. A estos desafíos se unen las limitadas oportunidades para los jóvenes y las dificultades para construir consensos políticos amplios que permitan aprobar presupuestos y avanzar en las reformas necesarias para aumentar el potencial de crecimiento a largo plazo.
Conclusiones: crecer en un mundo con menos márgenes de error
La economía mundial encara 2026 con un crecimiento sostenido sujeto a fuertes incertidumbres, especialmente de índole geopolítico. El dinamismo económico global será moderado y desigual, con las economías emergentes, especialmente en Asia, creciendo más que las avanzadas.
EEUU continuará desempeñando un papel clave en el crecimiento global, impulsado por la inversión en inteligencia artificial, la expansión fiscal y la fortaleza de la demanda privada. Sin embargo, este dinamismo convive con desequilibrios fiscales crecientes, inflación y un malestar ciudadano cada vez más extendido, riesgos para la estabilidad financiera y una erosión de la estabilidad institucional de consecuencias todavía inciertas.
Europa, por su parte, seguirá atrapada en un escenario de bajo crecimiento, marcado por una combinación de debilidad industrial, tensiones fiscales y dificultades para profundizar en una integración cada vez más necesaria. 2026 debería ser un año de importantes decisiones políticas que le permitan mejorar sus herramientas geoeconómicas y tener una actitud más asertiva en el complicado escenario internacional. Sin embargo, nada asegura que vaya a ser capaz de hacerlo.
España destaca por su mayor crecimiento relativo dentro de la eurozona, apoyado en la demanda interna y el empleo. Pero, sin nada más que impulse la inversión en capital humano, la innovación y la transición energética, este mayor dinamismo corre el riesgo de no ser sostenible.
En conjunto, el escenario para 2026 apunta a una economía global que sigue creciendo, pero con menos colchón frente a shocks adversos. La gestión de los riesgos geopolíticos, fiscales, financieros y climáticos será determinante para evitar que un crecimiento ya de por sí moderado derive en un nuevo episodio de inestabilidad económica global. Pero como nos adentramos en un mundo cada vez más multipolar y, sin embargo, con cada vez menos multilateralismo, no será fácil hacer frente a los riesgos compartidos.
