El sábado 17 de enero, en Asunción, con Paraguay ejerciendo la presidencia pro tempore del Mercado Común del Sur (Mercosur) y la presencia de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, se realizó la ceremonia de la firma oficial del acuerdo entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur.
Por eso la ceremonia del sábado no debería cerrarse con un por fin, sino abrirse con un ¿y ahora qué?
Conviene subrayarlo desde el principio: la firma no equivale a la entrada en vigor del acuerdo. Abre, más bien, otro tramo delicado del proceso: la ratificación por parte del Parlamento Europeo y la subsiguiente aprobación formal por parte del Consejo de la UE. Todo esto ocurre, además, bajo presión política interna en Europa y movilizaciones del sector agrícola, visibles estos días en países como Francia y España. Cumplidas estas etapas entrará en vigor el Acuerdo Interino de Comercio, que es competencia exclusiva de la UE. Este acuerdo interino operará como texto independiente hasta que el Acuerdo de Asociación entre plenamente en vigor. El acuerdo integral, además del pilar comercial, contiene las columnas políticas y de cooperación, y debe ser aprobado por los 27 parlamentos nacionales.
Dicho esto, la firma del acuerdo no es una parada más del calendario diplomático, sino que, cuando se mire con perspectiva, marcará un antes y un después. Porque detrás de las formalidades ceremoniales, lo que se decide es algo más profundo que un acuerdo comercial: qué papel quiere desempeñar Europa en un mundo de competencia geopolítica entre grandes bloques y qué modelo de desarrollo quiere abrazar América Latina para capitalizar su enorme riqueza de recursos naturales.
Por eso el acuerdo debe leerse como una decisión fundacional. En un contexto de rivalidad geopolítica, en el que las consideraciones de seguridad económica y resiliencia de las cadenas de suministro desempeñarán un papel clave, Europa necesita socios que aporten escala, recursos, afinidad y confiabilidad; y el Mercosur necesita inversión, tecnología y acceso estable a un gran mercado para sofisticar y diversificar su matriz productiva, y promover un desarrollo que se asiente en un lenguaje de derechos, normas ambientales, trabajo decente, protección social y multilateralismo que forman parte de la agenda aspiracional de la mayoría de las sociedades del bloque regional.
De qué va el acuerdo UE-Mercosur
Conviene despejar un malentendido habitual: UE-Mercosur no es un tratado comercial más. Es un acuerdo de asociación amplio, estructurado en tres pilares –comercio, diálogo político y cooperación–, con implicaciones geopolíticas, económicas, comerciales, regulatorias y de política industrial.
En materia de acceso a mercado, el núcleo es claro: la eliminación de más del 90% de los aranceles bilaterales, acompañada de la reducción de barreras no arancelarias y de armonización regulatoria. El Mercosur, tradicionalmente un mercado protegido para la oferta europea –con aranceles elevados en automóviles, maquinaria, químicos o farmacéuticos–, suprimirá derechos de importación sobre más del 91% de los productos europeos exportados al bloque (con plazos de desgravación más largos para sectores sensibles). A su vez, la UE amplía el acceso a su mercado con un diseño que combina liberalización, contingentes arancelarios y salvaguardias para productos especialmente sensibles.
El acuerdo también ordena el cómo del comercio contemporáneo: procedimientos aduaneros y de facilitación, reglas de origen, barreras técnicas, medidas sanitarias y fitosanitarias, y disciplinas de contratación pública. En este último punto, la apertura de licitaciones públicas en los países del Mercosur a empresas europeas en condiciones de mayor igualdad puede convertirse en una palanca infrautilizada para proyectos de infraestructuras, digitalización y transición energética.
Hay, además, una dimensión que suele pasar desapercibida en el debate público: las indicaciones geográficas. Según la Comisión Europea, el Mercosur reconocerá 344 indicaciones geográficas europeas, reforzando la protección de productos de origen y calidad diferenciada. En sentido inverso, el acuerdo protege también en torno a 220 indicaciones geográficas del Mercosur. Esto consolida el comercio de alto valor añadido y reduce el espacio para imitaciones.
Por último, está la cuestión que hoy define el margen político de cualquier acuerdo comercial: la sostenibilidad. El texto integra el Acuerdo de París como elemento esencial de la relación, incorpora compromisos para combatir la deforestación y recoge obligaciones vinculadas a estándares laborales (Organización Internacional del Trabajo, OIT), además de mecanismos de seguimiento, participación y control por parte de la sociedad civil. Este capítulo se acompaña de instrumentos de apoyo: la Comisión Europea ha planteado un fondo reforzado de cooperación por valor de 1.800 millones de euros, en el marco de la Global Gateway, para acompañar la transición verde y digital.
En términos cuantitativos, la promesa tampoco es menor. Estimaciones recientes apuntan a que, una vez aplicado, el acuerdo puede elevar de forma significativa los flujos comerciales bilaterales con efectos adversos muy limitados sobre el comercio con otras regiones.
La importancia geopolítica y económica del acuerdo
En el acuerdo UE–Mercosur, la geopolítica entra por la puerta principal, en un espacio donde compiten tres modelos: el estadounidense, que ve a América Latina como perímetro de seguridad; el chino, que la concibe como fuente de recursos estratégicos; y el europeo, que la visualiza como socio estratégico.
La UE es el principal inversor en América Latina y el Caribe, con un stock de inversión directa superior a 810.000 millones de euros y con España como uno de sus grandes vectores empresariales. Esa presencia inversora –banca, telecomunicaciones, infraestructuras, servicios, energías renovables– es un activo estratégico: implica conocimiento del terreno, redes, empleo y, sobre todo, capacidad de multiplicación y transformación productiva.
La firma del acuerdo completa, además, una arquitectura de presencia preferencial de la UE. Una vez ratificado, la UE contará con una red de acuerdos comerciales en América Latina y el Caribe que cubrirá en torno al 95% del PIB regional, otorgándole un anclaje normativo y una densidad de vínculos muy superior al de otros grandes actores. En paralelo, el comercio UE–Mercosur ya parte de una base sustantiva: 100.000 millones de euros en bienes y un comercio de servicios de más de 42.000 millones de euros.
El acuerdo refleja además una complementariedad que pocas regiones pueden ofrecer hoy. El Mercosur aporta alimentos, minerales críticos y energías renovables necesarios para la transición verde y digital; Europa, por su parte, aporta capital, tecnología y know-how para desarrollar conjuntamente cadenas de producción birregionales limpias, desde minerales críticos y energías renovables hasta baterías y coches eléctricos, hidrógeno verde, manufacturas descarbonizadas e infraestructura digital, todo bajo estándares ambientales, laborales y sociales elevados.
El futuro: UE-Mercosur como plataforma
La firma de Asunción debería leerse como un inicio, no como una meta. El enorme potencial del acuerdo UE–Mercosur emerge cuando se lo concibe como plataforma para una integración más profunda con América Latina y el Caribe que apunte a crear un espacio económico birregional integrado y dinámico.
El gran obstáculo, paradójicamente, no es ideológico sino técnico: la fragmentación de reglas de origen entre los distintos acuerdos ya vigentes. En la actualidad, muchas veces no se pueden combinar insumos de distintos países o bloques latinoamericanos que tienen acuerdos bilaterales con la UE y entre sí, y mantener, al mismo tiempo, el acceso preferencial al mercado europeo. De ahí la importancia de interconectar acuerdos a través de una acumulación diagonal flexible que sin necesidad de renegociarlos haga posible producir “entre varios” y exportar “como uno” en todas las direcciones, a través del Atlántico y dentro de América Latina.
Si esa interconexión avanza, el horizonte cambia de escala: un espacio UE–América Latina y el Caribe de alrededor de 1.100 millones de personas y un PIB comparable al de Estados Unidos. En esa lógica, el acuerdo UE–Mercosur puede ser el primer ladrillo de un proyecto mayor que estimaciones recientes sugieren podría elevar significativamente el comercio birregional y el comercio intrarregional latinoamericano. El acuerdo UE-Mercosur no sólo abre mercados, abre la puerta al futuro.
A modo de conclusión
La firma del acuerdo UE–Mercosur en Asunción, el 17 de enero, condensa más de un cuarto de siglo de negociaciones y dos mensajes. Primero, que la UE todavía puede cerrar acuerdos de gran escala en un clima internacional adverso y en una atmósfera interna hostil, en los que la vocación normativa y la sostenibilidad se convierten en habilitadores del comercio, la inversión, la seguridad económica y el desarrollo. Segundo, que el Mercosur apuesta por un modelo de desarrollo exigente en términos de estándares y de modernización institucional, que se asienta en un lenguaje de derechos, normas ambientales, trabajo decente, protección social y multilateralismo que forman parte de la agenda aspiracional de la mayoría de las sociedades del bloque.
Por eso la ceremonia del sábado no debería cerrarse con un por fin, sino abrirse con un ¿y ahora qué?: ratificación, aplicación efectiva y un salto hacia la interoperabilidad técnica de los acuerdos existentes entre la UE y América Latina y el Caribe para crear un espacio económico birregional integrado y dinámico.
Si ese paso se da, la foto de Asunción no será sólo histórica: será fundacional.
