Todas las guerras son híbridas, pero la guerra y lo híbrido han cambiado.

Todas las guerras son híbridas, pero la guerra y lo híbrido han cambiado. Peón de ajedrez de madera. Foto: George Becker.
Todas las guerras son híbridas, pero la guerra y lo híbrido han cambiado. Peón de ajedrez de madera. Foto: George Becker.
Peón de ajedrez de madera. Foto: George Becker.

Se está abusando del término “guerra híbrida” desde que en 2007 lo puso en boga Frank Hoffman, y muy especialmente desde la anexión rusa de Crimea en 2014. Pero todo no es guerra, ni híbrida, pese a que vivamos tiempos híbridos. Por ejemplo, lo que está pasando en la frontera entre Bielorrusia y Polonia, con el uso de inmigrantes o refugiados traídos de Irak u otros lugares, que se puede describir como un “arma de inmigración masiva”, como hace Mark Leonard en su enriquecedor libro The Age of Unpeace. Sí corresponde a una “zona gris”, pero no es una guerra, ni siquiera híbrida, aunque detrás esté la sombra de Rusia, muy ducha en ese terreno entre la paz y la guerra. En este caso, despierta el recuerdo de una guerra occidental nada híbrida como la de la invasión de Irak en 2003 y lo que siguió. Jugar con la inmigración irregular, además, envalentona a la extrema derecha y radicaliza en este tema a la derecha en Europa (véase en Francia).

Rusia sí tiene un concepto de “guerra híbrida” que, según Mathieu Boulège y Alina Polyakova, es una “aplicación táctica” de la “estrategia del caos”: “Se trata”, explican, “de una guerra de espectro completo que despliega una mezcla de medios convencionales y no convencionales con el fin de afectar a los cambios de objetivo sobre el terreno, al tiempo que trata de evitar la confrontación militar directa con los Estados occidentales”. Pero la fracasada guerra de Vietnam, con su contrainsurgencia (luego desarrollada en otros conflictos), también tuvo mucho de híbrido en este sentido, desde EEUU.

Un reciente informe de Rand prefiere hablar de “amenazas irregulares” por parte de Rusia, que no son todas noveles, aparte de los ciberataques (algo nuevo, en lo que también participan actores privados en busca de beneficios, por ejemplo, con el ransomware, el secuestro de datos y sistemas). Incluyen la desinformación en diversas dimensiones, el impulso de la subversión política y el uso de la violencia o la amenaza indirecta de violencia para socavar el orden político e influir en gobiernos vulnerables, además de soldados irregulares, pero siempre los ha habido. Hay mucho mercenario ruso por el mundo, y sus soldados sin uniforme oficial en Crimea y en el Donbás tampoco fueron una novedad (la verdadera novedad fue lo bien preparados que estaban). Estos son instrumentos que se han usado casi desde siempre. Como la manipulación informativa por parte del editor William Randolph Hearst ante la guerra hispano-estadounidense de 1898, o las llamadas quintas columnas en diversos conflictos. La propaganda la promueven no sólo gobiernos, sino actores privados, a menudo con fines privados.

Hoy hay instrumentos de mayor alcance. Si para Clausewitz la guerra era la continuación de la política por otros medios, esos medios se han transformado. El orden digital –de momento (pues hay otras dimensiones tecnológicas)– impone otras lógicas, o gramáticas, término que prefería usar el pensador militar prusiano. Hay a la vez mucho de nuevo, pero también mucho de viejo o de sempiterno.

Si hay muchos estudios sobre desinformación y sus numerosas campañas por parte de unos u otros (con Rusia a la cabeza), escasean los que miden su impacto real. La realidad es que Rusia no ha conseguido muchos de sus objetivos, no ha sido capaz de traducir esas medidas en logros estratégicos (con la gran excepción de Crimea, por la que ha pagado un precio en sanciones). Putin, más que ganar, a menudo busca influir de forma permanente. Pero en contra de los deseos u objetivos de la Rusia de Putin, como indica el informe de Rand y diversas encuestas, la confianza pública en la OTAN (no tanto en la UE ni en EEUU como tales) en muchos países occidentales ha mejorado desde 2010. Los gobiernos occidentales han mantenido un frente bastante unido frente a Rusia, como ejemplifican las sanciones y los despliegues militares de países de la Alianza Atlántica (España incluida). Hay más unión que frente a Pekín, que en Europa no se percibe como una amenaza militar sino como un competidor económico, tecnológico y de conectividad en sus diversas dimensiones, más que en la tradicional geopolítica. China nos es necesaria en diversos aspectos. Europa no busca un desacoplamiento radical de ese país-civilización (de hecho, la economía estadounidense tampoco).

Los elementos que se suelen incluir en la llamada “guerra híbrida” no son tanto fenómenos nuevos como un refuerzo y mezcla de posibilidades, gracias a la revolución en la conectividad (digital y física) que vivimos. Influidos por el pensamiento y la política estadounidense, además, todo se califica de “guerra” (contra la droga, contra el terrorismo, etc.). Incluso “fría” al hablar ahora de la competencia entre EEUU y China, que, sí, tiene una componente de carrera de armamentos, pero discurre sobre todo en otros terrenos (el dominio de las nuevas tecnologías, no sólo las digitales, en primer lugar, y la influencia geográfica en un segundo término). De ahí que, correctamente, Leonard hable de “no-paz” (unpeace) y evite el término “guerra fría”. Aunque hay guerras calientes, con crecientes posibilidades, por ejemplo, entre Rusia y Ucrania. China sí valora el concepto estratégico (derivado de Sun Tzu) de someter al enemigo sin librar una guerra directa. Las mejores batallas se ganan sin librarlas. Pero Occidente (y la India) lo analizan bajo el concepto de “guerra híbrida” china. De hecho, los expertos chinos llevan años hablando de “guerra no militar” (non-military warfare).

También el concepto de paz ha cambiado, pero no por ello se habla de una “paz híbrida”. Como indica el Índice Normandía, elaborado por los servicios del Parlamento Europeo, que aspira a medir el nivel de amenazas a la paz, la seguridad y la democracia en el mundo, la paz se refiere ya hoy en día no a la ausencia de guerra sino a una dimensión positiva que incluye mejoras en el bienestar de los ciudadanos.

Incluso el uso, manipulación, de migrantes y refugiados para objetivos políticos no es algo nuevo. Leonard cita un estudio según el cual desde que entró en vigor la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, ha habido al menos 75 intentos a nivel mundial por parte de actores estatales (a menudo dictaduras) y no estatales de utilizar a las personas desplazadas como armas políticas, desde millares a varios millones, por parte de regímenes diversos (Pakistán en 1971, el libio Gaddafi con amenazas para sacarle dinero a Europa, el turco Erdoğan después a la UE por los refugiados de Siria, o el reciente caso marroquí en Ceuta). De nuevo, no es ni guerra ni híbrida. Pero en todos los casos hay una cierta mezcla, una hibridación de métodos políticos, económicos, sociales y, en algunos, militares.

El concepto no ya de guerra, sino de seguridad ha ganado en dimensiones y en complejidad, cuando los límites entre lo civil y lo militar se han difuminado, solapándose en ocasiones. “Vivimos en un mundo en el que todo puede ser un arma”, señala Josep Borrell, el alto representante para la Política Exterior y de Seguridad de la UE. Puede bastar un cuchillo para cometer actos de terrorismo. Las amenazas irregulares requieren a menudo de prevenciones o defensas a su vez también irregulares, si bien, en el caso de nuestras democracias, conformes a la ley nacional, europea e internacional.