Cultura: una e híbrida

Instalación de arte en TeamLab Borderless, museo de arte digital en Tokio (Japón). Foto: Patrick Vierthaler (CC BY-NC 2.0).

En su famosa conferencia de 1959 sobre las “Dos Culturas”, C.P. Snow lamentó la gran división que separa dos grandes áreas de la actividad intelectual humana, la “ciencia” y las “artes”. Snow argumentó que los profesionales en ambas áreas debían construir puentes entre ellos, para promover el progreso del conocimiento humano y beneficiar a la sociedad en su conjunto. Y en ello, finalmente, estamos, o intentamos estar, en lo que el empresario y crítico John Brockman llamó en 1995 la tercera cultura, o lo que ahora podríamos calificar de cultura híbrida, que va más lejos de esa separación relativamente reciente entre lo que son dos formas de conocimiento.

Conviene recordar que en la cultura única –tan propia en la Europa del Renacimiento– los filósofos eran matemáticos y físicos y estos eran filósofos. Isaac Newton, padre de la física moderna, se consideró a sí mismo esencialmente un filósofo. La separación se produjo después, fruto de lo que Ortega y Gasset llamó la “barbarie de la especialización”, que se hace inevitable ante la complejidad creciente de las materias. Muy pocos pueden permitirse ser transversales, aunque debería existir una educación universitaria transversal básica, como proponía el filósofo español en su Misión de la Universidad, para un primer curso básicamente común. Y evitar que el corte entre los tipos de cultura se dé tan pronto, en el bachillerato.

Las preocupaciones de los ingenieros con la ética y otros aspectos están creciendo, a lo que se responde con un número creciente de cursos sobre estas materias en sus escuelas. La ética de la Inteligencia Artificial (IA) es ahora un tema candente no sólo para los expertos, sino también para los gobiernos. Esta hibridación queda clara en las conversaciones con científicos, tecnólogos, humanistas y artistas de renombre, en los diálogos entre disciplinas, en el libro de Adolfo Plasencia, defensor de la “tercera cultura”, De neuronas a galaxias (2021), para el cual la investigación se mueve rápidamente, es intelectualmente híbrida y científicamente promiscua. La transversalidad –la transdisciplinariedad, más que la multidisciplinariedad– se da más frecuentemente en equipos de personas que en individuos. Muchas investigaciones científicas y tecnológicas, incluso métodos de gestión económica o política son transdisciplinares, requieren expertos de varias disciplinas trabajando juntos y generando inteligencia colectiva, y sí, en cierta forma cultura colectiva que va más allá de lo interdisciplinario. Esta hibridación ha de mejorar la relación entre la universidad y los centros de investigación, en cooperación con las empresas y preparar mejor conjuntamente las habilidades inherentes a las nuevas profesiones que surgen de las fronteras tecnológicas y en el mercado.

Al mismo tiempo, muchos en las humanidades, las artes y la política siguen contentos viviendo dentro de los muros del analfabetismo científico. Pues también hay un analfabetismo científico y tecnológico. Y matemático (los anglosajones hablan de innumeracy, Manuel Alfonseca de “anumeralismo”). La responsabilidad por la separación de culturas no es sólo de los científicos. También de lo que antes se llamaba “las letras”. Aunque la revolución tecnológica, las reflexiones sobre ella, han entrado en el mundo literario y artístico y, cada vez más, menos pueden escapar a ellas. Véanse, como ejemplos entre otros, la última novela de Kazuo Ishiguro, Klara y el Sol, y la de Michel Houellebecq, Anéantir.

Se están multiplicando en el mundo –en el anglosajón con más flexibilidad– las dobles carreras híbridas como Físicas y Sociología, o Matemáticas y Finanzas. Un problema grave en España es la caída en los estudios STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus conocidas siglas en inglés) por parte de las mujeres. Según los últimos informes publicados por el Ministerio de Ciencia e Innovación las mujeres representan un 24% del personal investigador en Ingeniería y Tecnología –una cifra que va a la baja– y un 34% en Ciencias Naturales. Esta separación entre dos culturas no es pues neutra desde el punto de vista del género.

Tampoco es políticamente neutra. Está detrás también de algunos populismos y de algunos nuevos tipos de violencia, mucho más atomizada, pero no por ello menos peligrosa. Es lo que algunos llaman un creciente “anti-intelectualismo”, de rechazo a los científicos y expertos. Este anti-intelectualismo, por ejemplo, ha dificultado la respuesta global al COVID-19. Es parte de ese fenómeno que aqueja a nuestros tiempos, a saber, la posverdad. Muchos habrán visto la película No mires arriba, reflejo crítico de cómo una amplia capa de gente –incluidos algunos en gobiernos– no creen en lo que les dicen los científicos. En la película es un cometa que llega contra la Tierra, pero podría haber sido una pandemia, o el cambio climático. Las redes sociales provocan esas distorsiones y polarizaciones, y empoderan a las minorías radicales: la fuerza de los pocos, que se multiplica de forma exponencial. Estudiarlas y luchar contra este fenómeno requiere hibridación.

Hay otra manera de ver este tema de la, o las, cultura(s) híbrida(s), y es tratar la ciencia y la tecnología y las artes desde las diversas culturas que hay en el mundo y evitar así las guerras culturales globales, en las que estamos y que parecen ir a más. No tenemos la misma forma de enfocar la robotización o la IA, el papel de las máquinas, desde, por ejemplo, sociedades que ven la actual tecnología de una manera (que incluye la asequibilidad a la tecnología) que otras que la ven de otra forma; desde Europa que desde las Américas o desde Asia, o las Asias, pues hay varias. Desde sociedades democráticas y desde sociedades no democráticas. Desde sociedades con alfabetos y desde sociedades con ideogramas. Desde sociedades con culturas cristianas, a otras con base budista o sintoísta. Y, sin embargo, si queremos enfoques globales, necesitamos ese diálogo entre culturas. Una reconciliación de filosofías, antes que una reconciliación de ciencias y tecnologías. “Tenemos que aprender a coexistir con potencias motivadas por valores que no compartimos”, afirma Mark Leonard en su libro The Age of Un-Peace.

La hibridación es cada vez más necesaria. Lo estamos viendo, por ejemplo, en la creciente necesidad para la economía, y para las empresas, de empaparse de geopolítica. Y viceversa. O cómo impacta la revolución tecnológica en la política, en democracia o dictadura.

Pero esa cultura híbrida, o única, ya no es cosa de únicamente de los humanos, sino de los humanos y las máquinas. Las máquinas y nuestra interacción con las máquinas nos pueden abrir nuevas dimensiones, nuevos territorios, que ni siquiera podemos sospechar. Eso también es cultura híbrida desde una nueva dimensión transhumana. Lo artificial ha sido durante mucho tiempo lo fabricado por los humanos. Ahora puede ser también lo ideado y fabricado por máquinas de forma autónoma. Como señalan Henry Kissinger, Eric Schmidt y Daniel Huttenlocher –ejemplo de colaboración híbrida– en The Age of AI: And Our Human Future (2021), “los humanos están creando y proliferando formas no humanas de lógica con un alcance y una agudeza que, al menos en los entornos discretos para los que fueron diseñados, pueden superar la nuestra”. Citan el caso del ordenador AlphaZero (de DeepMind de Google) que, en 2017, aprendiendo solo –no de jugadas de humanos–, generó nuevas formas de jugar al ajedrez que los grandes maestros no habían visto nunca antes, y de las que estos pueden aprender. “La llegada de la IA nos obliga a enfrentarnos a si existe una forma de lógica que los humanos no han alcanzado o no pueden alcanzar, explorando aspectos de la realidad que nunca hemos conocido ni podremos conocer directamente”, dicen estos autores para los cuales a las formas de conocimiento que suponen la ciencia y las artes, hay que sumar ahora otra: la propia IA. Estamos empezando a aprender de las máquinas. Una cuarta cultura, ya no sólo humana, que hace aún más necesaria la hibridación, para volver a una única, y no perdernos en el camino.


Imagen: Instalación de arte en TeamLab Borderless, museo de arte digital en Tokio (Japón). Foto: Patrick Vierthaler (CC BY-NC 2.0).