Comentarios Elcano - Real Instituto Elcano Feeds Elcano Copyright (c), 2002-2018 Fundación Real Instituto Elcano Lotus Web Content Management <![CDATA[ La adicción de la UE a los falsos dilemas en el Mediterráneo ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-amirah-adiccion-de-ue-a-falsos-dilemas-en-el-mediterraneo 2020-07-24T01:16:29Z

¿Qué ha impedido a la Unión Europea tener más éxito a la hora de transformar el Mediterráneo?

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(*) Este comentario fue publicado originalmente en inglés en el dossier A Geopolitical Sea: The New Scramble for the Mediterranean, editado por Giuseppe Dentice y Valeria Talbot, y publicado por ISPI el 17/VII/2020.

Hay algo profundamente viciado en las relaciones de la UE con su vecindario mediterráneo. Después de más de 50 años de cooperación, acuerdos, declaraciones y planes europeos con el sur del Mediterráneo y los países árabes, tan sólo ha surgido un nuevo Estado democrático (Túnez). Un observador benévolo diría que ese proceso de democratización no se inició precisamente gracias al apoyo decidido que la UE brindó a una población que pedía liberarse de un régimen autoritario. Un observador más franco concluiría, por el contrario, que la sociedad tunecina logró derrocar a su antiguo autócrata a pesar del apoyo que éste recibió de ciertos poderes europeos hasta el último minuto. Ese es el resumen de décadas de retórica pro-democracia por parte europea.

“El Mediterráneo es una de las zonas en las que la UE ha hecho más esfuerzos (…) para replantearse los marcos de cooperación. Sin embargo, ha fracasado en el cumplimiento de todos y cada uno de los objetivos anunciados en la Declaración de Barcelona de 1995”.

El Mediterráneo es una de las zonas en las que la UE ha hecho más esfuerzos y a las que ha dedicado más creatividad e imaginación para replantearse los marcos de cooperación. Sin embargo, la UE ha fracasado en el cumplimiento de todos y cada uno de los objetivos anunciados en la Declaración de Barcelona de 1995. Veinticinco años después, el Mediterráneo está hoy lejos de ser “un espacio común de paz, estabilidad y prosperidad compartida”. La “zona de libre comercio euromediterránea”, anunciada para 2010, ni existe ni se espera que exista en un futuro cercano. La “consolidación de la democracia y el respeto de los derechos humanos” pertenece al terreno de la ficción. La “colaboración euromediterránea para una mayor comprensión y acercamiento entre los pueblos” deja mucho que desear. En resumen, el fracaso es innegable y la frustración generada, profunda. Ni la Política Europea de Vecindad (PEV) ni la Unión para el Mediterráneo (UpM) han cambiado esas realidades para mejor.

Entonces, ¿qué ha impedido a la UE tener más éxito a la hora de transformar el Mediterráneo? Una de las principales razones que explican las inconsistencias y la falta de coherencia entre los discursos de la UE y el resultado de sus políticas se encuentra en una idea excesivamente simplificadora y muy extendida. Durante decenios, la UE ha estado atrapada en lo que percibe como un “dilema entre valores e intereses”: si quería ser fiel a sus valores, tendría que presionar para lograr una auténtica reforma democrática, pero si trataba de defender sus intereses inmediatos, tendría que mantener relaciones amistosas con las autocracias.

El problema de este percibido “dilema entre valores e intereses” radica en la definición de los intereses. Los valores parecen ser más fáciles de identificar y de ubicar en un marco temporal. Sin embargo, la forma en que se definen los intereses depende de factores tales como: (1) quién define esos intereses; (2) el período de tiempo para evaluar si se han logrado con éxito o no; y (3) quién evalúa los costes y beneficios de anteponer esos intereses a los valores. Desde hace muchos años, el problema de la definición de los intereses ha generado una falsa dicotomía entre la seguridad y la democratización en la vecindad mediterránea de Europa. Huelga decir que los regímenes no democráticos se sienten cómodos con esa dicotomía y la promueven activamente.

Se puede argumentar que los intereses a corto plazo son más fáciles de identificar que los intereses a más largo plazo. Este cortoplacismo ha guiado las políticas y acciones europeas durante años, mientras que las condiciones regionales se han ido deteriorando. En la última década, el mundo ha sido testigo del surgimiento de fenómenos alarmantes generados en la región árabe. Entre ellos figuran guerras civiles, conflictos bélicos regionales, guerras por delegación, carreras armamentísticas, crisis migratorias, oleadas de refugiados, el uso de armas de destrucción masiva, el aumento del sectarismo y del extremismo religioso, la aparición de proyectos totalitarios como el autoproclamado Estado islámico, el reforzamiento del autoritarismo represivo y el deterioro de las relaciones entre los Estados y las sociedades en varios países. El número de Estados fallidos o en proceso de quiebra en el sur y el este del Mediterráneo no ha hecho más que aumentar, y no hay motivos para creer que esa tendencia haya tocado techo.

“Al definir sus intereses, la UE ha sido incapaz de medir los efectos secundarios de contemporizar con regímenes cuya naturaleza va en contra del buen gobierno y el Estado de derecho”.

Al definir sus intereses, la UE ha sido incapaz de medir los efectos secundarios de contemporizar con regímenes cuya naturaleza va en contra del buen gobierno y el Estado de derecho. Al apoyar la estabilidad a corto plazo a cualquier precio, la UE se ha dedicado de hecho a preservar el statu quo mediante el apoyo a “autocracias iliberales”. Esos regímenes practican el capitalismo de amiguetes, se apoyan en la corrupción y el nepotismo, producen una distribución muy desigual del poder y la riqueza y, en última instancia, generan frustración y resentimiento entre sus poblaciones. Es hora de que la UE evalúe si esos efectos secundarios comprometen sus intereses, el bienestar y la seguridad de los Estados y las sociedades europeas a más largo plazo.

Debido a su adicción a los falsos dilemas y a las dicotomías engañosas (“seguridad frente a democratización”, “cooperación con los gobiernos o con las sociedades”), la UE ha perdido muchas oportunidades y se ha hecho menos relevante como impulsora de una transformación positiva en su vecindad inmediata al sur. Es evidente que ni la UE ni sus Estados miembros pueden por sí solos democratizar esos países; sin embargo, tienen suficiente influencia para desempeñar un papel crucial en el avance del buen gobierno y la democracia, algo que no están utilizando.

Algunas de las consecuencias de la adicción de la UE a los falsos dilemas es que se apoderan de su voluntad política para defender sus valores, la hacen incurrir en prácticas que tienen efectos adversos a largo plazo y le impiden desarrollar una visión clara sobre cómo proteger sus intereses futuros.

“(...) la pandemia del COVID-19 puede ser un factor agravante de los problemas y un multiplicador de los conflictos que existen en torno al Mediterráneo”.

En el nuevo contexto internacional marcado por una emergencia mundial, la pandemia del COVID-19 puede ser un factor agravante de los problemas y un multiplicador de los conflictos que existen en torno al Mediterráneo. Los países del sur y el este ya estaban sometidos a una gran presión debido a la debilidad de los sistemas de protección social y a la elevada tasa de desempleo juvenil, incluso antes de que fueran golpeados por el coronavirus. Es muy probable que las consecuencias económicas y de seguridad de la pandemia causen una mayor desestabilización en esa región tan volátil. Este debería ser el momento de claridad para que la UE se desintoxique de su adicción a los falsos dilemas y comience una corrección de rumbo, largamente esperada, en sus relaciones con el Mediterráneo. El riesgo de no hacerlo es que podría tener que lidiar pronto con un vecindario más fracturado, conflictivo e inestable.

Sea cierto o no que Albert Einstein definió la locura como “hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”, no se requiere de un genio para darse cuenta de que actuar constantemente sobre la base de falsos dilemas y dicotomías engañosas termina por producir resultados indeseados y contraproducentes.

Haizam Amirah Fernández
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor asociado del Instituto Empresa (IE) | @HaizamAmirah

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<![CDATA[ La construcción de la autonomía estratégica de la UE ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-steinberg-construccion-de-autonomia-estrategica-de-ue 2020-07-15T02:06:39Z

Tras la pandemia del COVID-19, el cambio de orientación de la política exterior europea se ha vuelto imprescindible.

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Una versión de este texto fue publicada el 9/7/2020 en Expansión.

La pandemia del COVID-19 ha acelerado una serie de tendencias internacionales en marcha, desde la digitalización y la desigualdad hasta la rivalidad entre China y EEUU y la crisis del multilateralismo. Aunque se abre una puerta para aumentar la cooperación en materia sanitaria (y tal vez climática), lo cierto es que el mundo camina hacia un nuevo (des)orden internacional, con un EEUU más aislacionista, una China más asertiva, una Rusia que seguirá golpeando por encima de su peso y unas instituciones económicas internacionales más débiles. Esto supone un cambio profundo en el sistema internacional, que deja a la UE, que estaba cómoda en un mundo de reglas y cooperación, descolocada.

“(…) la Unión tiene que repensar sus herramientas de política exterior para avanzar hacia una autonomía estratégica que le permita actuar de forma independiente y promover sus valores e intereses sin someterse a las presiones de EEUU o China”.

Por lo tanto, la Unión tiene que repensar sus herramientas de política exterior para avanzar hacia una autonomía estratégica que le permita actuar de forma independiente y promover sus valores e intereses sin someterse a las presiones de EEUU o China. Tiene palancas económicas, tecnológicas y políticas a su disposición, pero debe atreverse a utilizarlas de forma más asertiva, asumiendo que esto puede generar roces y conflictos con los demás.

Este cambio ya era necesario antes de la pandemia, cuando era evidente que EEUU estaba dispuesto a explotar la dependencia europea en materia de seguridad para lograr objetivos comerciales, que Rusia iba a utilizar la energía como arma geopolítica, que Turquía haría lo mismo con la inmigración o que China usaría su creciente poder económico e inversor para obtener ventajas políticas y dividir a los europeos. Una vez que las principales potencias han dejado de confiar en la cooperación y las instituciones, la UE jugará con desventaja si no cambia de estrategia y se sigue comportando como una potencia “herbívora” (y blanda) en un mundo de potencias cada vez más “carnívoras” (y duras). Aquel diagnóstico impulsó hace unos meses la retórica sobre una “Comisión Europea Geopolítica” y la necesidad de que la UE, en palabras de su alto representante Josep Borrell, comenzara a utilizar “el lenguaje del poder”.

Pero tras la pandemia, el cambio de orientación de la política exterior europea se ha vuelto imprescindible. Si no logra cambiar de estrategia, la Unión corre el riesgo de ser parte del menú internacional en vez de ser uno de los comensales.

Autonomía estratégica

La autonomía estratégica tiene varias caras, y todas ellas conducen a reducir la vulnerabilidad y la dependencia, poder actuar sin someterse a los dictados de otros y aumentar la soberanía y la capacidad de ejercer el poder en el sistema internacional. Suele vincularse a la defensa, pero va mucho más allá, porque en un mundo en el que el recurso al poder duro (militar) es cada vez menos frecuente, las capacidades económicas y tecnológicas son cada vez más relevantes. En todo caso, a nadie escapa que la Unión necesita crear ciertas capacidades en materia de seguridad y defensa, aunque también es verdad que esto es lo más difícil de conseguir dadas las diferentes “culturas estratégicas” de sus Estados miembros y la dificultad en la definición de objetivos comunes, que son necesarios mientras no se modifique la regla de la unanimidad para la política exterior y de seguridad.

En materia económica es donde la UE tiene sus mayores fortalezas. La principal es el mercado interior, con casi 450 consumidores (post Brexit), que aparece como un enorme activo sobre el que proyectar poder e influencia porque todos los países están dispuestos a dar algo para acceder a él. Pero aunque en el ámbito económico la estrategia europea esté mejor dibujada, es necesario refinar sus instrumentos, sobre todo ahora que la pandemia llevará a la redefinición del concepto de sector (y reservas) estratégico(as), revertirá parcialmente las cadenas de suministro globales, hará más difícil el mantenimiento de la competencia y del campo de juego equilibrado debido a las ayudas de Estado, acelerará la digitalización y la carrera por el control del 5G y podría derivar en un recrudecimiento de los conflictos comerciales y de divisas.

“(…) la UE tiene la difícil tarea de reposicionarse en el mundo y consolidar una posición propia, autónoma e independiente”.

En este contexto, la UE necesita acelerar la vinculación entre la política comercial y otras patas de la política exterior. Así, la política comercial ya no puede pensarse de forma aislada. Como instrumento de política económica exterior, tiene que estar íntimamente vinculada con la de defensa, la industrial y de innovación tecnológica, la de internacionalización del euro e incluso la climática. En paralelo, la UE necesita reforzar sus instrumentos económicos defensivos, desde el control (y eventual bloqueo) de inversiones extranjeras hasta la aplicación de su normativa de ayudas de Estado para empresas no europeas (en particular chinas), el arancel sobre las importaciones de bienes producidos con estándares medioambientales bajos –que es una pata esencial del Pacto Verde Europeo– o el desarrollo (y exportación) de las innovaciones de empresas tecnológicas europeas, en particular en lo relativo al 5G o las baterías eléctricas.

En los últimos años se han aprobado iniciativas en estos campos, pero es de esperar que, como consecuencia del coronavirus, habrá nuevos avances. En particular, el Fondo de Recuperación europeo, que se financiará con enormes emisiones de eurobonos, podría ser una de las palancas tanto para la internacionalización del euro, como para la creación de “campeones europeos”, en particular en el campo tecnológico, aunque estas iniciativas no deben poner en peligro el campo de juego equilibrado dentro del mercado interior. Todas estas medidas crearán animadversión y resistencias en terceros países, y supondrán una actitud menos acomodaticia y cooperativa de la UE en el panorama económico internacional (se nos percibirá como menos amables), pero son esenciales para que las grandes potencias comiencen a ver a la Unión como un bloque que realmente entiende el lenguaje del poder.

En definitiva, la UE tiene la difícil tarea de reposicionarse en el mundo y consolidar una posición propia, autónoma e independiente. Debe trabajar para impulsar un renacer del multilateralismo que permita a la globalización no sufrir una súbita reversión y a la comunidad internacional enfrentar retos que sólo se pueden abordar mediante una actuación concertada, como la lucha contra las pandemias, el cambio climático o los paraísos fiscales. Pero también tiene que estar preparada para navegar en un mundo más anárquico y menos cooperativo, enseñando los dientes cuando sea necesario sobre la base de la cohesión interna.

Federico Steinberg
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la UAM | @steinbergf

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<![CDATA[ Un llamamiento a la presidencia alemana: invierta con valentía e inteligencia en el futuro de Europa ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-pirozzi-tekin-toygur-un-llamamiento-a-la-presidencia-alemana 2020-06-30T02:07:51Z

Hay muchas expectativas y esperanzas de que la próxima presidencia alemana del Consejo de la UE muestre liderazgo y dé contenido a la declaración “Juntos por la recuperación de Europa”.

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Original en inglés: A plea for the German Presidency: invest boldly and smartly in the future of Europe.

Versión en italiano en Euractive Italia y en alemán en Euractive Alemania.

La presidencia alemana del Consejo de la UE comienza oficialmente el 1 de julio de 2020.1 Hay muchas expectativas y esperanzas de que esta presidencia muestre liderazgo, y que la presidencia dé contenido a la declaración “Juntos por la recuperación de Europa”. Alemania tiene ante sí la nada envidiable tarea no sólo de guiar a la Unión en el camino de la salida de las crisis generadas por la pandemia del COVID-19, sino también de alentar el diseño de una estrategia creíble para una reforma a largo plazo. De hecho, la emergencia sanitaria ha puesto de manifiesto las numerosas grietas que tiene el proyecto europeo y que afectan a su capacidad de responder a las necesidades de los ciudadanos, lo que plantea dudas sobre la supervivencia de la UE. En este sentido, la pandemia ha servido de voz de alarma, recordando a los europeos que no hay más opciones que cambiar o desintegrase.

“Llevar a cabo reformas valientes no es fácil y exige la suma de varios elementos: voluntad política por parte de los líderes, acción valerosa de las instituciones y apoyo de los ciudadanos”.

La larga lista de la agenda estratégica requiere un cuidadoso manejo de las expectativas de lo que la presidencia alemana será capaz de lograr. Llevar a cabo reformas valientes no es fácil y exige la suma de varios elementos: voluntad política por parte de los líderes, acción valerosa de las instituciones y apoyo de los ciudadanos. El gobierno alemán ya ha dado una muestra de su impulso político con la iniciativa franco-alemana para la recuperación europea, que allanó el camino para una propuesta sin precedentes de la Comisión Europea. No obstante, el motor franco-alemán es una condición necesaria pero no suficiente para un resultado exitoso. Una tarea fundamental para la presidencia alemana es tender puentes entre los Estados miembros.

Por ello, la presidencia alemana debería empezar por convencer a los Estados miembros, en particular a los “cuatro frugales”, de que apoyen el plan de recuperación de la Comisión Europea denominado Próxima Generación UE, así como un ambicioso Marco Financiero Plurianual (MFP) para 2021-2027, incluyendo también el instrumento presupuestario de convergencia y competitividad (BICC), una herramienta permanente que sigue siendo un importante mecanismo para la durabilidad del euro. También son importantes las posibles reformas a largo plazo sobre la gobernanza económica de la UE, empezando por la conversación tanto tiempo evitada sobre el mandato y la rendición de cuentas del Banco Central Europeo. Nos jugamos no sólo los distintivos simbólicos de la integración de la UE, en concreto la moneda común y la Eurozona, sino, sobre todo, el bienestar de los ciudadanos europeos. La cohesión social debería estar en el centro de este plan.

“La presidencia alemana también necesita fortalecer el papel de la UE en el mundo post-pandemia”.

La recuperación del COVID-19 brinda un espacio de oportunidad para reforzar la sostenibilidad del modelo de desarrollo de la UE. Ello significa que la acción contra el cambio climático tiene que ser un objetivo central de los planes de recuperación y que la UE no debe desviarse de las aspiraciones del Pacto Verde y debe ser consciente y transparente sobre las desventajas potenciales inherentes en términos de aceptación económica. La presidencia alemana necesita activar todo el potencial de la diplomacia climática de la UE para restablecer los planes globales enfocados a incrementar los compromisos de contribución nacionales bajo el Acuerdo de París.

Una rápida transición digital también tendría que ocupar una buena parte de la agenda de la presidencia –así como en el plan de recuperación– como inversión fundamental para el futuro. Esta transición está directamente relacionada con el concepto más amplio de autonomía estratégica. La soberanía digital y tecnológica deberían ser asuntos claves de la agenda.

Si la UE desea reforzar su capacidad de resistencia y de adaptación en tiempos de crisis tendrá que reforzar su resiliencia. Esto consistiría principalmente en mantener los valores esenciales europeos: la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos, la libertad y la igualdad. Por encima de todo, es esencial la búsqueda de consensos básicos sobre el Estado de derecho que sean compartidos por todos los Estados miembros como condición previa para el futuro de Europa. Mucho antes de la pandemia del COVID-19, la UE inició la tramitación del Artículo 7 contra Polonia y Hungría. La pandemia ha intensificado los desafíos a los valores comunes de la UE. La presidencia alemana necesita romper el silencio sobre este asunto. Por otro lado, la condicionalidad en materia del Estado de derecho debe convertirse en una característica básica no sólo del MFP sino también del plan de recuperación. Si los valores comunes están en peligro, el futuro de la UE lo estará también.

Ha habido informaciones de violaciones de derechos humanos en las fronteras exteriores de la UE antes y después de la pandemia. Junto con la apertura de las fronteras interiores y exteriores de la zona Schengen, el Sistema Europeo Común de Asilo (SECA) necesita urgentemente una reforma en aras de la solidaridad compartida.

La presidencia alemana también necesita fortalecer el papel de la UE en el mundo post-pandemia. Tanto las elecciones de EEUU en noviembre como la evolución de las rivalidades chino-estadounidenses deberían ser objeto de atención. A la vez que mira más lejos, la UE debe diseñar una estrategia más eficaz para su propio entorno: desde los Balcanes occidentales a Turquía, desde la zona mediterránea a África hay varios asuntos en la agenda. El Brexit es otra cuestión inaplazable de esta lista. La presidencia alemana tendrá que abordar este problema, ya que el gobierno del Reino Unido no está dispuesto a prolongar el período de transición.

La respuesta fragmentada y tardía europea tras el estallido de la pandemia, sumada a las profundas consecuencias económicas y sociales, podría minar la confianza de los ciudadanos respecto a las instituciones europeas, reavivando el euroescepticismo. Recuperar los corazones y las mentes de los ciudadanos europeos, requerirá una iniciativa simbólica potente para hacer que la UE sea más visible en sus vidas cotidianas. Una Conferencia sobre el Futuro de Europa revisada, con unos plazos más cortos, objetivos claros, y un sistema de movilización creíble podría preparar el terreno para una vacuna metafórica para la UE.

Las decisiones que se tomen en la segunda mitad de 2020 están destinadas a tener un impacto duradero en Europa y sus ciudadanos: la presidencia alemana tiene que elegir con cuidado sus prioridades para poder invertir con valentía e inteligencia en el futuro de la UE.

Nicoletta Pirozzi
Istituto Affari Internazionali
| @NicolePirozzi

Funda Tekin
Institut für Europäische Politik
| @FundaTekin17

Ilke Toygür
Real Instituto Elcano
| @ilketoygur


1 Una versión de este texto en castellano fue publicada el 30/6/2020 en EURO EFE Euraactiv. Una versión anterior en inglés fue publicada como parte de la publicación de la Trans European Policy Studies Association (TEPSA) “Recommendations from the members of the TEPSA network to the incoming German Presidency”. Los autores desean agradecer sus aportaciones a Michele Chang, del College of Europe, Gaby Umbach, del European University Institute, y Saila Heinikoski y Niklas Helwig, del Finnish Institute for International Affairs.

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<![CDATA[ Las elecciones generales en Serbia y el futuro de Kosovo ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-milosevich-elecciones-generales-en-serbia-y-futuro-de-kosovo 2020-06-26T09:39:40Z

Era previsible la muy convincente victoria del Partido Serbio Progresista en las elecciones generales serbias del pasado 21 de junio, lo que refleja cierta estabilidad en la política interior y añade continuidad en la exterior.

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Era previsible la muy convincente victoria del Partido Serbio Progresista (en serbio Srpska Napredna Stranka, SNS) en las elecciones generales serbias del pasado 21 de junio , lo que refleja cierta estabilidad en la política interior y añade continuidad en la exterior.

“La victoria del SNS en los comicios supone una mayor deriva hacia un régimen híbrido”.

Lo nuevo de estas elecciones ha sido que se han celebrado también en el norte de Kosovo, de mayoría serbia, así como la reducción del 5% de los votos al 3% como condición para obtener representación en el parlamento. Lo que no ha resultado insólito es el número elevado de los partidos participantes, 21, que denota una fragmentación política mucho mayor que en las democracias consolidadas, así como el boicot de tres partidos de la oposición que afirmaban haber sido perjudicados por la manipulación gubernamental de los medios de comunicación. El SNS obtuvo el 63% de los votos (191 escaños de los 250 del Parlamento Serbio). Aparte del SNS, sólo cuatro partidos más contarán con representación en el hemiciclo. El segundo partido más votado, el Partido Socialista Serbio, obtuvo algo más de 10% de los votos. La mayoría absoluta del SNS es incuestionable.

Algunos de los principales factores del triunfo del SNS, cuyo eslogan electoral era Za Nasu Decu (“para nuestros hijos”) son el hecho de que su candidatura estuviera encabezada por el actual presidente de la República , Aleksandar Vučić, que presentó los éxitos del gobierno de coalición (con el Partido Socialista Serbio) como responsabilidad de su propio partido, la buena gestión gubernamental de la crisis del COVID-19 (hasta mediados de junio se han registrado solo 250 muertos y alrededor de 12.000 contagiados en una población de 7 millones), los buenos resultados económicos, la baja participación ciudadana por el miedo al COVID-19 y un discurso nacionalista y ambiguo sobre Kosovo y la UE, respectivamente.

Vučić, en la campaña electoral, y a pesar de las previsiones del Fondo Monetario Internacional de que la economía serbia sufrirá una recesión del 3% en 2020, ha prometido a los serbios que la economía crecerá entre un 0,5% y un 1%. Su optimismo se basa en que el PIB serbio creció un 4,4% en 2018 y un 4,2% en 2019 , en la confianza en que la crisis será amortiguada por la inversión pública y los pagos de emergencia a los hogares serbios (cada serbio adulto recibió un cheque de 100 euros durante la pandemia) y en la decisión de mantener la deuda pública siempre por debajo del 60% del PIB. La tasa de desempleo del 10% de la población activa no entra en estos cálculos.

“El ambiguo discurso sobre la UE del gobierno Serbio se debe a la falta de perspectivas cercanas de entrada en la UE, pero sobre todo a la cuestión de Kosovo”

Durante la crisis del COVID-19, el gobierno de Vučić destacó la ayuda sanitaria y humanitaria de China y de Rusia, y acusó abiertamente a la UE de abandonar a Serbia a su suerte. El ingreso en la UE ya no es la principal prioridad política de su gobierno. Serbia ha sido responsable de retrasos y errores en el cumplimiento de las condiciones para la adhesión a la UE y la Unión es ambivalente sobre la admisión de nuevos miembros. Pero los hechos hablan por sí mismos: en 2019 el 46,9% de todas las importaciones serbias procedieron de la UE, y sólo un 9,1% de Rusia y un 8,8% de China; y de sus exportaciones, un 52,4% han tenido como destino los países de la UE, mientras que sólo el 5% fueron a Rusia y menos del 1% a China. El ambiguo discurso sobre la UE del gobierno Serbio se debe a la falta de perspectivas cercanas de entrada en la UE, pero sobre todo a la cuestión de Kosovo , cuyo no reconocimiento como Estado independiente necesita el apoyo incondicional de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU. Así que Vučić apuesta por disfrutar a la vez de las ventajas económicas de la UE y de las políticas de ser amigo de Vladimir Putin y Xi Jinping, imitando a Viktor Orbán, otro de los políticos con quien siente una especial afinidad.

La victoria del SNS en los comicios supone una mayor deriva hacia un régimen híbrido (el desarrollo de la democracia formal sin la consolidación de la democracia sustancial), más control gubernamental de los medios de comunicación y menos libertad de expresión.

La campaña de Vučić ha estado profundamente marcada por la reunión organizada por la Administración de Donald Trump, entre él y su homólogo albano-kosovar Hashim Thaçi, para el 27 de junio, porque el presidente serbio pedía el voto como señal de apoyo para su capacidad negociadora y su política hacia la cuestión de Kosovo. Sin embargo, lo más probable es que la reunión sea suspendida, porque el Tribunal Internacional de la Haya ha publicado, en referencia a los crímenes cometidos en Kosovo, su decisión (aún no ratificada por un juez) de acusar formalmente a Hashim Thaçi por los crímenes de guerra cometidos contra serbios, gitanos y albaneses en 1999. El primer ministro Avdullah Hoti ha declinado la invitación de la Casa Blanca de sustituir a Thaçi en la reunión, alegando que la inestabilidad política de su país exige su presencia.

La Administración Trump organizó las conversaciones como un gesto de la política exterior estadounidense de cara a la campaña preelectoral de Trump, con el objetivo de conseguir un acercamiento económico entre las dos partes y no de solucionar, por ahora, las grandes cuestiones sobre el mutuo reconocimiento de los dos Estados. La suspensión de la reunión tiene sus aspectos positivos, porque ninguna de las partes involucradas podría tomar decisiones adecuadas y duraderas. Tanto Thaçi como Hoti representarían un país muy debilitado por la situación política inestable (el gobierno del primer ministro Albin Kurti ha sufrido una moción de censura sólo cuatro meses después de su formación) y tendrían que enfrentarse con el hecho de que su mayor valedor, EEUU, condiciona cualquier acuerdo a la retirada de los aranceles del 100% a los productos serbios que el gobierno kosovar decretó el año pasado. La imputación de Thaçi, que es considerado por la mayoría de sus compatriotas como un héroe, desestabilizará aún más la situación política kosovar. La camisa de fuerza de Vučić es de otra naturaleza. Él, como cualquier político serbio, no puede aceptar la independencia de Kosovo, lo que representaría su muerte civil, y depende excesivamente de Rusia por su apoyo en la ONU, lo que implica que no tomará ninguna decisión que pueda desagradar a Putin, el líder extranjero mejor valorado por los serbios.

Se ha perdido otra oportunidad para trazar un camino hacia una solución del conflicto de Kosovo.

Mira Milosevich-Juaristi
Investigadora principal del Real Instituto Elcano y profesora asociada de Russia's Foreign Policy del Instituto de Empresa (IE University)
| @MiraMilosevich1

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<![CDATA[ Algunos apuntes sobre el fondo de recuperación europeo ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-steinberg-algunos-apuntes-sobre-fondo-de-recuperacion-europeo 2020-06-04T11:21:12Z

Se ha generado cierta confusión alrededor del fondo de recuperación europeo, tanto de sus cifras como de si llevará asociada condicionalidad (y de qué tipo) para los países de la Unión.

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“(…) se ha generado cierta confusión alrededor del fondo, tanto de sus cifras como de si llevará asociada condicionalidad (y de qué tipo) para los países de la Unión”.

La crisis del coronavirus ha puesto a la UE contra las cuerdas. Sin embargo, tras los titubeos iniciales, Francia y Alemania lanzaron una propuesta de fondo de recuperación de medio billón de euros, que fue recogida y ampliada por la Comisión Europea en lo que ya se conoce como el programa Next Generation EU. Se trata de una iniciativa muy relevante y que, sin ser un enorme salto adelante en la integración, si que supone una respuesta significativa que permite que la UE sea claramente parte de la solución (y no del problema) en la resolución de la crisis económica derivada de la pandemia.

En cualquier caso, se ha generado cierta confusión alrededor del fondo, tanto de sus cifras como de si llevará asociada condicionalidad (y de qué tipo) para los países de la Unión. El objetivo de las próximas líneas es intentar aclarar algunas de estas dudas.

Lo primero es subrayar que el ambicioso paquete planteado por la Comisión todavía no está aprobado. Tiene que pasar por un Consejo Europeo en junio (y tal vez por otro más adelante si no hay acuerdo), donde los Países Bajos, Dinamarca, Austria y Suecia le pondrán pegas. Además, tiene que ser aprobado por el Parlamento Europeo. En cualquier caso, seguramente saldrá adelante con pequeñas modificaciones porque una vez que Francia y Alemania plantean una propuesta, que además en este caso tiene el apoyo de España e Italia (y de muchos otros países), es difícil que quede bloqueada.

El fondo de recuperación se añade a los que ya se han aprobado en los últimos meses: el paquete de compra de activos del BCE (1,35 billones de euros ampliables), la nueva línea de créditos del MEDE (240.000 millones de euros) para hacer frente a gastos asociados a la pandemia casi sin condicionalidad, el programa SURE de préstamos de la Comisión Europea para hacer frente a los ERTEs (100.000 millones de euros) y los fondos del Banco Europeo de Inversiones para apoyo a empresas (200.000 millones de euros).

Además, en paralelo, se están negociando los presupuestos plurianuales de la UE, que cubrirán el período 2021-2027 y ya no tendrán financiación del Reino Unido, y cuya cuantía ascenderá a unos 1,1 billones de euros en las partidas tradicionales (cohesión, agricultura, etc.) pero con nuevas prioridades, sobre todo en transición ecológica, digitalización y política exterior y de seguridad. Este paquete presupuestario, que como siempre generó grandes disputas entre los Estados miembros a principios de 2020, tendrá que ser aprobado también por los parlamentos nacionales.

En todo caso, el fondo de recuperación que nos ocupa, aún siendo de una cuantía considerable, en la práctica no ascenderá a los 1,35 billones de euros que han circulado en los titulares de prensa. Se compone de unos 440.000 millones de euros de inversión/gasto directo en los Estados miembros repartidos en distintos fondos y partidas, y de alrededor de 310.000 millones de euros en préstamos, que ahora no son relevantes porque los Estados tienen acceso a los mercados financieros a tipos de interés muy bajos.

El fondo de recuperación se financiará con cuasi-Eurobonos emitidos por la Comisión, que se devolverán con recursos propios (nuevos impuestos europeos) y la garantía de los Estados miembros hasta 2058. Esto es clave: es la primera vez que la Comisión se endeuda en esa cuantía y a tan largo plazo.

Esto no va a acabar con la crisis, pero es mucho dinero. Son fondos nuevos y las inversiones/gastos llegarán a lo largo de tres años, hasta 2024. Teniendo en cuenta los límites preliminares planteados por país, a España le podrían corresponder más de 65.000 millones de euros. Sería, junto a Italia, de los países más beneficiados en términos absolutos, aunque los países pequeños del este serán los que más reciban en porcentaje de su PIB.

Este gasto no aumentará la deuda de los países europeos, pero estará asociado a cierta condicionalidad. En cualquier caso, la condicionalidad será distinta que la de los rescates del pasado. Los países tendrán que presentar reformas y proyectos y acordar su aprobación e implementación con la Comisión Europea. Tendrán prioridad los proyectos verdes, digitales y los vinculados con la inclusión.

Una vez acordadas las reformas y proyectos, los desembolsos irán llegando según se vayan aprobando e implementando. Y si no, no llegarán. Por ejemplo, si España solicita fondos para reformar su educación y digitalizar las aulas, el dinero vendrá de la UE. Si reforma el mercado de trabajo y las políticas activas de empleo y necesita gastar para implementar la reforma, también. Si realiza una reforma tributaria y necesita medios para implementarla, también puede beneficiarse de fondos europeos. Y si quiere hacer infraestructuras digitales o acondicionamiento de edificios para luchar contra el cambio climático, también. Y, por su puesto, si se hace una reforma del sistema de salud para volverlo más sólido y resistente a las crisis sanitarias, también podrá contar con fondos comunitarios.

“Se trata de una gran oportunidad para España. Necesitamos reformas y estos fondos sólo vendrán si las hacemos”.

Por lo tanto, la clave es presentar reformas ambiciosas, con amplio apoyo político y alineadas con las recomendaciones que la Comisión Europea hace cada año a través del Semestre Europeo, en las que cabe casi todo, siempre que se programe bien la ejecución y demuestre valor añadido europeo porque es dinero de la UE y estará fiscalizado por las instituciones comunes. Y después cumplir lo que se acuerda.

Se trata de una gran oportunidad para España. Necesitamos reformas y estos fondos sólo vendrán si las hacemos. Y si no las hacemos y no aumentamos nuestro crecimiento potencial, esos fondos no vendrán y tendremos que hacer ajustes en el futuro.

El reto, por tanto, es recuperar el círculo virtuoso de los años 80, cuando España entro en las Comunidades Europeas, llegaron enormes fondos que contribuyeron a transformar nuestra economía y creció el apoyo a la integración europea.

Federico Steinberg
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid | @steinbergf

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<![CDATA[ El futuro de la globalización ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-steinberg-el-futuro-de-la-globalizacion 2020-05-21T11:35:32Z

Lo que en último término definirá la suerte que corra la globalización será en qué medida se produce un cambio en las ideas dominantes sobre la necesidad de tener un mundo menos interconectado y con fronteras menos porosas.

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Una versión de este texto fue publicada el 20/5/2020 en Expansión.

La pandemia del coronavirus está generando una recesión global y sincronizada de una profundidad nunca vista por nadie que esté hoy vivo. A la caída de la actividad económica, que en la zona euro este año seguramente superará el 10%, hay que sumar un colapso de los intercambios internacionales, que la Organización Mundial del Comercio cifra en hasta un 32% en 2020 . Y las cosas todavía podrían ser peores porque nos movemos en un escenario de incertidumbre radical en el que los modelos de predicción son poco fiables y hay cada vez más cosas que podrían ir a peor, desde rebrotes de la pandemia hasta una crisis financiera generada por impagos en la economía real, pasando por problemas de deuda en los mercados emergentes. Si a esto añadimos que la crisis nos coge con instituciones de cooperación multilateral muy debilitadas, que las fronteras están cerradas (y no se sabe cuándo se volverán a abrir), que EEUU ya ha amenazado a China con nuevos aranceles y que es posible que a la crisis económica le siga una crisis política que alimente las tesis nacionalistas, no debería sorprendernos que se esté hablando del fin de la globalización . De hecho, los historiadores no se cansan de recordar que la globalización es un fenómeno reversible. La anterior, la que arrancó bajo hegemonía británica en el siglo XIX y que antes de la primera guerra mundial parecía imparable, se vino abajo por la letal combinación de crisis económica, nacionalismo y conflictos bélicos.

“(…) las cosas todavía podrían ser peores porque nos movemos en un escenario de incertidumbre radical en el que los modelos de predicción son poco fiables y hay cada vez más cosas que podrían ir a peor (…)”

Pero nada está escrito. Cuando la pandemia quede superada, algo que tarde o temprano ocurrirá, la economía se reactivará, las fronteras se volverán a abrir y, aunque subamos con menos frecuencia a un avión y teletrabajemos más, recuperaremos cierta normalidad. De hecho, es posible que el comercio de ciertos servicios, sobre todo los relacionados con el mundo digital, se expanda de forma acelerada.

Sin embargo, lo que en último término definirá la suerte que corra la globalización será en qué medida se produce un cambio en las ideas dominantes entre la ciudadanía, sobre todo, entre las elites políticas y económicas, sobre la necesidad de tener un mundo menos interconectado y con fronteras menos porosas. Y también será crucial hasta qué punto, a la salida de la crisis, el Estado, además de ser más grande y más proclive a regular y recaudar impuestos para cuadrar las cuentas públicas, estará gobernado por individuos más nacionalistas y menos proclives a la cooperación internacional. Y eso todavía no lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que, antes de la crisis del COVID-19, ya estaba en marcha un cuestionamiento de la globalización , o más concretamente, de la hiperglobalización de los últimos 30 años, que se abrió con la caída del Muro de Berlín y la hegemonía del modelo de capitalismo anglosajón y redefinió el equilibrio entre el mercado y el Estado a favor del primero, dando lugar a lo que a veces se conoce como neoliberalismo. Este modelo, cada vez más criticado incluso por muchos de sus antiguos partidarios –como Martin Wolf y Larry Summers– por generar demasiada desigualdad, fomentar un individualismo que ha debilitado el sentimiento de comunidad y predicar una igualdad de oportunidades cada vez más inexistente por el vaciado de las bases fiscales tradicionales, quedó deslegitimado por la crisis financiera global y sufrirá ahora un nuevo descrédito al ponerse de manifiesto que el mercado tiene grandes dificultades para responder a situaciones excepcionales e inesperadas. Los ciudadanos reivindicarán, con razón, mayor protección, tanto en términos sanitarios como económicos. Además, las autoridades, independientemente de su color político, considerarán que es necesario tener reservas estratégicas de algunos productos (ahora, por ejemplo, las tenemos de petróleo pero no de mascarillas), depender menos de otros países para bienes y servicios tan diversos como los medicamentos, los componentes de automóvil, las redes de telecomunicaciones o las nubes datos y avanzar hacia una mayor autonomía estratégica, que España sólo puede alcanzar como parte de Europa , nunca de forma aislada.

“(…) lo que en último término definirá la suerte que corra la globalización será en qué medida se produce un cambio en las ideas dominantes entre la ciudadanía, sobre todo, entre las elites políticas y económicas, sobre la necesidad de tener un mundo menos interconectado y con fronteras menos porosas (…)”

Todo esto llevará a cierto repliegue de las cadenas de suministro global, a una repatriación parcial de parte de la producción (utilizando las nuevas tecnologías como la impresión 3D y la automatización), a una redefinición y ampliación de lo que se consideran sectores estratégicos (con el consiguiente bloqueo de algunas inversiones extranjeras), a la nacionalización de muchas empresas que necesitarán ser rescatadas y a un aumento, en el medio plazo, de los impuestos (tanto los tradicionales como algunos nuevos, sobre todo verdes, digitales y sobre las transacciones financieras), para asegurar la sostenibilidad de las cuentas públicas. Todo ello vendrá acompañado por el auge de prácticas hasta hoy consideradas heterodoxas en política económica, desde un nuevo papel para los bancos centrales hasta incrementos en la regulación y el activismo público para poner, en algunos casos, la eficacia por encima de la eficiencia.

Si estos cambios se llevaran adelante con amplios consensos sociales y de forma cooperativa, tanto dentro de los países como a nivel europeo y entre grandes potencias, veríamos una transformación tanto de los anquilosados contratos sociales domésticos como del sistema internacional, que sería perfectamente compatible con el mantenimiento de la globalización, aunque esta sería menos intensa, pero tal vez más equitativa. Esto es difícil, pero posible, ya que los grandes shocks devastadores suelen permitir que se forjen grandes pactos que dan lugar a reformas y transformaciones al aumentar el sentimiento de comunidad y predisponer a las clases medias y altas a pagar más impuestos .

Pero nada asegura que vayamos a seguir ese camino. Si la crisis económica da lugar a un nacionalismo exacerbado, el natural refugio en el Estado y la familia se convierte en xenofobia y la rivalidad entre China y EEUU reaviva las guerras comerciales y de divisas y termina por matar el ya debilitado sistema internacional, entonces sí que podríamos estar ante el fin de la globalización. Esperemos que no sea así porque ni las pandemias ni el cambio climático pueden abordarse sin cooperación internacional.

Federico Steinberg
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid | @steinbergf

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<![CDATA[ Dos instantáneas sobre las noticias del COVID-19 ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-badillo-dos-instantaneas-sobre-noticias-covid-19 2020-05-19T05:05:54Z

¿Cómo se ha informado acerca del COVID-19? ¿Qué países comenzaron a informar antes y cuáles más tarde? ¿Cuál es la presión informativa de este tema sobre la opinión pública?

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¿Cómo se ha informado acerca del COVID-19? ¿Qué países comenzaron a informar antes y cuáles más tarde? ¿Cuál es la presión informativa de este tema sobre la opinión pública? Para responder a algunas de estas preguntas venimos analizando, de forma intensiva, las noticias publicadas en algunos de los mayores países del mundo en busca del modo en el que la noticia sobre la nueva epidemia pasó a ocupar el centro de la conversación pública.1

“Las implicaciones políticas, económicas y de todo orden que tienen tanto la fecha efectiva del descubrimiento del virus como de la difusión de noticias sobre él son incalculables”.

Primero: los plazos. Los datos disponibles a la fecha de redacción de este texto permiten afirmar que las primeras hospitalizaciones por la neumonía en Wuhan se produjeron en torno a mediados de diciembre de 2019. Coincidiendo con el fin de año occidental, el 31 de diciembre, la agencia oficial de noticias china difundió por primera vez la noticia de los 27 casos de neumonía detectados en Wuhan, la capital de la provincia de Hubei, todos relacionados con el mercado de pescado de la ciudad. La nota es recogida inmediatamente por las principales agencias internacionales. Tras un primer comunicado ese mismo día, la Organización Mundial de la Salud (OMS) comenzó en los siguientes días a publicar boletines regulares acerca del brote y la situación en Wuhan, primero hablando del nCoV (novel-coronavirus) y, desde el 11 de febrero, de COVID-19, las siglas en inglés de la enfermedad del coronavirus 2019 (Coronavirus Disease 2019).

Las implicaciones políticas, económicas y de todo orden que tienen tanto la fecha efectiva del descubrimiento del virus como de la difusión de noticias sobre él son incalculables, y seguirán ocupando, no cabe duda, una parte vertebral del debate en torno a la pandemia durante meses. Ante todo, por la responsabilidad de las autoridades chinas en el control de la información relativa al virus en un país cuyas restricciones permanentes a la libre circulación de información son permanentemente denunciadas por las organizaciones internacionales. China ocupa el puesto 177 (de 180 países) en la clasificación internacional de libertad de expresión y sigue teniendo a día de hoy más de 100 periodistas encarcelados, recuerda RSF. Amnistía Internacional fue muy explícita al respecto a principios de febrero: "Los profesionales médicos de China trataron de dar la alarma sobre el virus. Si el Gobierno no hubiera intentado minimizar el peligro, el mundo podría haber respondido a la propagación del virus a tiempo". El oftalmólogo del Hospital Central de Wuhan, Li Wenliang, denunció el 30 de diciembre de 2019 la presencia de una nueva enfermedad, similar al temible SARS de 2002, y la noticia saltó de los grupos privados de WeChat a Weibo al día siguiente, dando inicio al año de la pandemia. Gracias al valor de Li Wenliang, las autoridades de Wuhan se vieron obligadas a reconocer la existencia de 27 pacientes afectados por una nueva enfermedad “prevenible y controlable”. Li fue obligado, el 3 de enero, a firmar una declaración asegurando que las informaciones que había difundido eran falsas; a los pocos días fue contagiado por una de sus pacientes en el hospital, mientras las autoridades trataban de reprimir el uso del hashtag “#WuhanSARS” en las redes sociales. El 7 de febrero, Li falleció por coronavirus. En ese momento, la enfermedad que trató de desvelar había matado ya a casi 600 personas en China.

Fueron esas primeras –y valientes– filtraciones las que obligaron al Estado chino a desvelar las primeras informaciones sobre la nueva enfermedad el 31 de diciembre, pusieron en alerta a los gobiernos de todo el mundo y activaron a las instituciones internacionales. Los medios occidentales le prestaron muy poca atención al coronavirus en esas primeras semanas, aunque el aparato ruso de desinformación sí comenzó entonces a difundir algunos de los bulos que comenzaron a circular por las redes, especialmente el que se refería a la autoría estadounidense del virus como arma biológica, transportada a China durante los juegos militares que se habían celebrado en Wuhan en octubre de 2019, destinada a acabar selectivamente con los enemigos de EEUU –se llegó a hablar de un diseño biológico destinado a ser especialmente mortal en China–, destruir a la UE e instaurar un nuevo orden internacional. La implicación de las grandes farmacéuticas, el papel de Bill Gates como cerebro de la trama (“Gates of hell”, era el lema de esos mensajes) y el objetivo último de reducir la población mundial son algunas de las apocalípticas ideas que circularon durante esas semanas en las redes sociales.

“Los medios occidentales le prestaron muy poca atención al coronavirus en esas primeras semanas, aunque el aparato ruso de desinformación sí comenzó entonces a difundir algunos de los bulos que comenzaron a circular por las redes”.

La mayor parte de la catarata de paranoia que circuló durante las primeras semanas en las redes sociales de occidente procedía de Rusia, como ha venido mostrando el observatorio de desinformación de la UE. Hay, sin embargo, una diferencia sustancial: la participación china replicando las técnicas y los instrumentos que habíamos visto en Rusia. Un reciente –y controvertidoinforme europeo del Servicio de Acción Exterior subraya que, aunque en menor medida, China está acompañando el esfuerzo ruso de dirigir campañas de desinformación sobre el coronavirus hacia Europa y su vecindario. Buena parte de esas campañas se dirigen, comprensiblemente, a lo que más que desinformación debemos llamar soft power; en palabras del SEAE “desviar cualquier responsabilidad por el estallido de la pandemia y subrayar la ayuda bilateral”. En la medida en que no puede probarse –a día de hoy– que el virus no haya aparecido de forma natural, es más que comprensible la preocupación china por evitar que al virus se le atribuya el gentilicio “chino” como a la gripe de 1918 se la etiquetó de “española”. Las referencias al virus como “gripe china” o incluso como Kung flu que surgieron de la Casa Blanca fueron rápidamente rechazadas por las autoridades del país. La decisión, el 11 de febrero, de la OMS de llamar COVID-19 a la enfermedad obedece a denominarla con un término que "pueda pronunciarse y no aluda a una localización geográfica específica, un animal o un grupo de personas".

COVID-19 en los medios del mundo

El intensivo seguimiento que desde el Real Instituto Elcano estamos haciendo de la pandemia y sus consecuencias geopolíticas nos permite tener algunas impresiones rápidas del modo en el que esta coyuntura excepcional se está reflejando en los medios mundiales en los últimos –y vertiginosos– cuatro meses. Y las diferencias son muy significativas.

Hemos trasladado esos datos a una herramienta en línea que permite ver, día a día, la cantidad de noticias dedicadas a la pandemia de COVID-19 desde el 1 de enero al 25 de abril de 2020. El gráfico activo permite seleccionar la fecha dentro de los últimos cuatro meses y observar la presión informativa en torno al COVID-19 en los medios nacionales y locales de una treintena de países.

 

Comprensiblemente, los medios de comunicación asiáticos fueron los primeros en ocuparse del nuevo virus, primero los chinos (en torno al comienzo de la cuarentena en Wuhan, el 23 de enero) y, más tarde y en menor medida, Corea del Sur y Japón. Conforme la epidemia se convertía en una amenaza internacional y con su llegada a Europa, los medios de nuestro entorno empezaron a tratar el asunto ya de un modo central. Los datos permiten apreciar claramente tres períodos:

  1. Un primer momento, desde inicios de enero hasta el final de febrero, en que el virus es tratado intensivamente por los medios asiáticos, pero apenas fuera de la región. Hacia el 22 de febrero, la situación en Italia hace que en ese país ya la mitad de las informaciones de los medios se dediquen al COVID; para entonces, los medios del resto de los países revisados ya están dedicando el 20% de su agenda a la enfermedad.
  2. Entre el 6 y el 10 de marzo se produce una variación muy importante, con los medios de muchos países dedicando la mitad de su repertorio informativo al virus, en un contexto internacional ya desbordado y con la presión informativa en Europa superando el 60%-80% de la agenda diaria. Es el sur de Europa donde esa presión es más importante, pero a partir de esos días son los medios europeos los que más atienden a la pandemia. Solamente a partir de la segunda mitad del mes de marzo los medios norteamericanos lideran la presión informativa, cercana al 80% de media. Curiosamente, en esas fechas Japón y Corea del Sur se mantienen en torno al 40%. Contemplando todos los países revisados, el 24 de marzo se produjo la mayor atención mediática, con el 61,4% de las noticias dedicadas a la epidemia en la treintena de países revisados.
  3. Finalmente, la presión informativa comienza también su agotamiento y su desescalada a partir del 10 de abril, con la mayor parte de los países revisados mostrando indicadores cercanos al 50%.

España en las noticias mundiales del COVID-19

La otra pregunta que nos hemos formulado revisando la información circulante en los medios internacionales sobre el COVID-19 es la del riesgo reputacional para España de aparecer en el centro del escenario, como consecuencia del grave impacto que la enfermedad está teniendo en nuestro país. Ya explicamos en un texto anterior que la enfermedad emergió en las agendas públicas con China en el centro del escenario hasta la irrupción de Italia que, para finales de febrero, pasó a convertirse en el principal punto de interés para los medios mundiales. Los medios británicos y alemanes son quienes mayor atención prestaron a la situación italiana, más incluso que a China a partir de esa fecha. Irán, en las primeras semanas de la pandemia, y el Reino Unido desde la primera semana de abril, se incorporaron también a la agenda mediática de los países que revisamos. Estudiando las noticias publicadas por medios nacionales del Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y EEUU, España es el tercer país más mencionado, siempre por detrás de China e Italia, cuando se trata la actualidad del COVID-19.

Los datos sobre la presencia de España en las noticias mundiales del COVID-19 nos hacen preguntarnos también en qué momentos nuestro país ha ocupado el escenario. Para ello, hemos revisado expresamente las informaciones sobre COVID en las que se mencionaba a España en Alemania, EEUU, Italia, Portugal, el Reino Unido y Francia.

 

La entrada de España en el escenario informativo internacional se produce en torno al 1 de febrero, con la aparición de los primeros casos en Europa, también en nuestro país. Un día después, la confirmación del segundo caso tiene también la atención de los medios internacionales. El segundo pico de atención inicial se produce con las primeras muertes confirmadas por coronavirus en los primeros días de marzo, con especial atención a la situación en la Comunidad de Madrid. La declaración del estado de alarma el 14 de marzo marca la culminación del crescendo de las noticias sobre la pandemia en España en los días anteriores.

Hay que subrayar la atención que dedican el Reino Unido, EEUU o Alemania a la situación española ese día (siempre tras Portugal, cuya atención a España es siempre muy elevada). El volumen de noticias dedicado por los medios alemanes o británicos a España es desde entonces muy notable.

Es imprescindible seguir observando el interés de los medios internacionales por la incidencia de la pandemia –al menos en esta fase– en España para comprender adecuadamente el impacto que puede tener no sólo en el corto plazo sino en la reputación a medio y largo término. Como bien saben los especialistas en comunicación pública, los medios no sólo definen, sino que resaltan (y también relajan) las condiciones de las crisis. Si esta es una crisis sanitaria mundial sin precedentes, comprender el modo en el que es presentada y representada por los medios debe ser parte del análisis complejo del fenómeno.

Ángel Badillo
Investigador principal, Real Instituto Elcano | @angelbadillo


1 Unas primeras notas sobre esta cuestión se publicaron en el blog del Real Instituto Elcano, “COVID-19: una gripe sin gentilicio”. La base de datos utilizada es Media Cloud, un proyecto del MIT Center for Civic Media y el Berkman Klein Center for Internet and Society de la Universidad de Harvard. Distribuidos en colecciones nacionales, los medios revisados han sido un total de 20.518 para 28 países. Los gráficos presentados en este análisis pueden consultarse en línea en https://public.tableau.com/profile/angel5981#!/vizhome/COVIDnews_2020/Dashboard1?publish=yes.

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<![CDATA[ Desde España para Europa: propuestas para una recuperación verde a la crisis del COVID-19 ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-lazaro-escribano-desde-espana-para-europa-propuestas-recuperacion-verde-crisis-covid-19 2020-05-18T01:48:29Z

Cabe plantearse qué tipo de propuestas podría aportar España para contribuir simultáneamente a su recuperación económica y al Pacto Verde Europeo.

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En los próximos días se anunciará el Marco Financiero Plurianual 2021-2027 de la UE, en el que se espera un papel muy importante para las estrategias de recuperación verde y el reforzamiento del Pacto Verde Europeo. España es uno de los países que ha demandado esa dimensión verde de las propuestas de recuperación desde un contexto difícil por la situación sanitaria, social y económica del país, pero más favorable desde la perspectiva de la política energética y climática española. Los objetivos de España en materia de descarbonización son de los más ambiciosos de la UE si se tiene en cuenta el esfuerzo que debe hacer España desde 2017 hasta 2030.

“España es uno de los países que ha demandado esa dimensión verde de las propuestas de recuperación desde un contexto difícil por la situación sanitaria, social y económica del país, pero más favorable desde la perspectiva de la política energética y climática española”.

Así se refleja en el Plan Nacional Integrado Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030, el documento de base que debe guiar las decisiones de inversión para la transformación del modelo económico de España hasta 2030. Su objetivo es avanzar en la descarbonización y para ello hace especial énfasis en el ámbito energético, ya que es el sector que genera las tres cuartas partes de las emisiones. La inversión requerida por el PNIEC es de 241.412 millones de euros desde 2021 hasta 2030, el 80% de la cual provendría del sector privado. Algunas de las medidas clave del plan son:

  • La transformación del sector eléctrico para que en 2030 el 74% de la electricidad y el 42% de la energía final provenga de fuentes renovables. El objetivo es alcanzar 161GW de potencia renovable instalada en 2030: 50GW de energía eólica, 39GW de solar fotovoltaica, 16GW de hidráulica, 9,5GW de bombeo y 7GW de solar termoeléctrica, si bien el PNIEC indica que la distribución por tecnologías dependerá de los costes relativos, entre otros.
  • La renovación de edificios (envolvente térmica de 1,2 millones de edificios y calefacción y ACS de 300.000 edificios al año hasta 2030), aunque hay problemas por solventar, pues nunca hemos sido capaces de llevar a cabo una renovación a semejante escala y hay que buscar fórmulas aceptables para financiarla.
  • Respecto al transporte, el objetivo es alcanzar 5 millones de vehículos eléctricos en 2030. Aunque la bajada en el coste de las baterías hace esperar la paridad en el precio de compra de los vehículos con motor de combustión interna y los vehículos eléctricos entre 2023 y 2024, estas cifras pueden resultar optimistas y hay que contar con la aprobación de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética para poner en marcha la red de recarga en todo el territorio.

En este doble contexto español de dificultades económicas y claras oportunidades de salida verde de la crisis, cabe plantearse qué tipo de propuestas podría aportar España para contribuir simultáneamente a su recuperación económica y al Pacto Verde Europeo. Según un análisis recientemente publicado por Hepburn et al. (2020), en el que se analizan 700 políticas de estímulo propuestas o adoptadas desde 2008 y se presentan los resultados de una encuesta a 231 expertos que trabajan en bancos centrales y ministerios de finanzas, se destaca que entre las medidas que generan un mayor impacto positivo para el clima y mayor efecto multiplicador a largo plazo se incluyen: la inversión en energías renovables y en infraestructuras limpias, la inversión en I+D+i (en general y enfocada a la descarbonización) y la inversión en educación.

Figura 1. Impacto en la economía y en el clima de distintas políticas de estímulo
Figura 1. Impacto en la economía y en el clima de distintas políticas de estímulo
Fuente: Hepburn et al. (2020).

Además, la opinión pública española es claramente favorable a esas medidas. Según el último Barómetro del Real Instituto Elcano (BRIE), la lucha contra el cambio climático es la primera prioridad en materia de política exterior para los españoles, la mayoría de los cuales piensa que estamos ante una emergencia climática (61%) o en una situación grave en relación con el cambio climático (31%). De hecho, en relación con las partidas presupuestarias que deben incrementarse en el próximo presupuesto europeo 2021-2027, los españoles revelan su prioridad por invertir más en ciencia y tecnología, y en energías renovables, seguidas por la política agraria y el apoyo a las regiones menos desarrolladas de la UE.

Figura 2. Preferencias para el presupuesto europeo
Preferencias para el presupuesto europeo. Áreas en las que la UE debe invertir más. 41ª Oleada BRIE, abril 2020
Fuente: Real Instituto Elcano (2020), p. 19.

En paralelo, una parte significativa de la comunidad empresarial, a través del Grupo Español de Crecimiento Verde, que representa casi la mitad del IBEX-35, apoya firmemente una estrategia de salida verde a la crisis del COVID-19 en una declaración publicada recientemente. Los partidos políticos, por su parte, con la única excepción de VOX, tienden a estar razonablemente alineados (para los estándares políticos españoles) respecto a la necesidad de promover una salida verde a la crisis del coronavirus. Al igual que los partidos de coalición del gobierno, el Partido Popular y Ciudadanos firmaron la Alianza Europea para la Recuperación Verde promovida por Pascal Canfin, presidente de la Comisión de Medio Ambiente del Parlamento Europeo.

En consecuencia, parece oportuno que España plantee propuestas ambiciosas de recuperación verde para Europa, que incluirían los siguientes elementos:

  1. Sería necesario contar con los análisis que permitan priorizar las inversiones propuestas en el PNIEC incorporando los nuevos datos económicos post-COVID-19 y utilizando dicho plan como una herramienta clave de la recuperación económica alineada con nuestros compromisos climáticos. Sería necesario establecer un diálogo con el sector privado para determinar si ese 80% de inversión contemplado en el PNIEC sigue siendo factible en el nuevo contexto de la crisis del COVID-19, o si incluso pudiera aumentarse por parte de algunos sectores y empresas. También sería importante proporcionar un marco regulatorio adecuado para el despliegue de las renovables, incluyendo las subastas por tecnologías (Mora et al., 2017).
  2. Debe asegurarse una salida verde a la crisis de suerte que las inversiones se centren en aquellos sectores con mayor potencial de creación de empleo a corto plazo, con mayor impacto en la reducción de emisiones y con mayor efecto multiplicador a largo plazo. Para ayudar a alinear las inversiones con los objetivos climáticos el Grupo de Expertos Técnicos en Finanzas Sostenibles (TEG) de la Comisión Europea ha desarrollado tres herramientas entre 2018 y 2020 con el fin de ayudar a guiar las inversiones tanto de gobiernos como del sector privado, y que pueden servir de guía en la salida del COVID-19: la Taxonomía Sostenible, el estándar de Bonos Verdes y los índices de referencia de Transición Climática y Alineados con París. Según la literatura académica y nuestro PNIEC, esto supondría apostar por invertir en el despliegue de renovables, con la priorización que indiquen los nuevos análisis del PNIEC, si los hubiera. También supondría implementar los objetivos de mejora de la eficiencia energética en edificios, impulsando el sector de la construcción sostenible.
  3. Debería trabajarse para consolidar la electrificación del transporte en el nuevo contexto. También debe apostarse por establecer zonas de bajas emisiones en las ciudades que mejoren la calidad del aire, que aporta importantes co-beneficios para la salud de los ciudadanos, además de contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (medida que cuenta, además, con un fuerte apoyo ciudadano, como se observa en la Figura 3). Ello requeriría nuevas medidas de movilidad sostenible, incluyendo mejores infraestructuras de transporte público, el fomento de nuevos modelos de movilidad urbana, como el despliegue de flotas sostenibles para el transporte individual compartido, la peatonalización y más carriles bici.
     
    Figura 3. Apoyo ciudadano a las restricciones al tráfico en el centro de las ciudades
    Grado de apoyo a la restricción al tráfico en el centro de las ciudades. Escala 0-10.41ª Oleada BRIE, abril 2020
    Fuente: Real instituto Elcano (2020), p. 27.

  4. Deberían establecerse criterios claros relativos a la condicionalidad de las ayudas que eventualmente puedan recibir los sectores y empresas intensivos en emisiones: transporte pesado, aviación, refino, química, acero, fertilizantes, cemento y cal, cerámica, papel, vidrio y metales no ferrosos, entre otros. Estos sectores deberían presentar planes de descarbonización con el objetivo de alcanzar la neutralidad en carbono en 2050. Deberían además indicar objetivos intermedios de descarbonización a 2030 y 2040. El progreso en la consecución de estos objetivos debería ser evaluado periódicamente. Si los objetivos de descarbonización no se cumplieran se podría plantear que la financiación se recuperase vía participaciones en las empresas (Hepburn et al., 2020).
  5. Finalmente, los resultados del proyecto H2020 MUSTEC (Market Uptake of Solar Termal Electricity through Cooperation), en el que participa el Real Instituto Elcano , indican que España se convertiría en el mayor exportador de electricidad de origen renovable de la UE si se cumplen todos planes de descarbonización de manera cooperativa entre Estados miembros. Para poder exportar esa electricidad, según las modelizaciones preliminares manejadas en el proyecto, necesitamos aumentar nuestra capacidad de interconexión hasta cerca de 25GW en 2030 y a 40GW a mediados de siglo. Esto supone multiplicar varias veces nuestra capacidad de interconexión actual con Francia. Sería necesario contar con la financiación suficiente para asegurar estas interconexiones si España aspira a exportar electricidad renovable en base a sus ventajas comparativas naturales y empresariales (estáticas y dinámicas), y contribuir así a la recuperación económica de la UE y a cumplir con sus objetivos de energía y clima.

Lara Lázaro
Investigadora principal del Real Instituto Elcano y profesora de Teoría Económica en el Centro de Enseñanza Superior Cardenal Cisneros (adscrito a la Universidad Complutense de Madrid) | @lazarotouza

Gonzalo Escribano
Director del Programa de Energía y Cambio Climático del Real Instituto Elcano y profesor titular de Política Económica en el Departamento de Economía Aplicada de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) | @g_escribano

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<![CDATA[ ¿España lo está haciendo bien o mal en su respuesta a la COVID19? ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-gonzalezenriquez-espana-lo-esta-haciendo-bien-o-mal-en-su-respuesta-covid19 2020-04-24T02:16:48Z

Según el GRID Index, que pretende comparar la calidad de la respuesta de los Estados a la COVID19, España aparece en último lugar. ¿Tiene alguna base esa comparación en la que salimos malparados?

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Versión en inglés: Is Spain doing well or badly in its response to COVID-19?

Dice el dicho que las comparaciones son odiosas, y, sin embargo, a todos nos gustan. De hecho, nos gustan tanto que producir comparaciones se ha convertido en una forma de obtener visibilidad en los medios y las redes sociales, una forma de hacerse un lugar en el mundo e, incluso, en ocasiones, una forma de ganarse la vida. Cuando esas comparaciones son sistemáticas y cuantificadas y pretenden abarcar todos los países (o todas las empresas de un sector, o todas las Universidades del mundo, o cualquier otra cosa comparable) se denominan rankings o índices y su producción en los últimos años es abundantísima. Uno de los más recientes es el llamado GRID Index (Global Response to Infectious Diseases, GRIDTM), elaborado en Australia, que pretende comparar la calidad de la respuesta de los Estados a la COVID19.  En ese índice, España aparece en último lugar y el dato ha sido reproducido con abundancia en nuestro país, bien como munición interna en el debate político, bien para mostrar una vez más lo dispuestos que estamos los españoles a hablar mal de nuestro país. Tras su primer éxito mediático, el índice ya ha sido desprestigiado por su inconsistencia.

Pero ¿tiene alguna base esa comparación en la que salimos malparados?  Para valorar la calidad de la respuesta de los Estados ante cualquier problema hace falta, en primer lugar, conocer bien la naturaleza del problema. En segundo lugar, hay que tener una vara de medir, es decir, hay que saber cuáles son las medidas apropiadas para resolverlo. Y, en tercer lugar, hay que contar con información veraz, completa y homogénea sobre los datos básicos (a cuántos afecta el problema, qué impacto tienen las medidas que se toman). Como se señala a continuación, ninguno de estos tres requisitos se cumple en el caso de la COVID19.

“(…) la falta de homogeneidad en la contabilización afecta no sólo a las muertes sino, mucho más aún, a los contagios”.

Es cierto que, según los datos que publican los propios Estados, España encabeza, junto con Bélgica, la lista de muertes per capita por COVID19. En concreto, según los datos a día de hoy (29 de abril de 2020), en Bélgica han muerto por la pandemia 647 personas por cada millón de habitantes, mientras que en España lo han hecho 510. En esta lista les siguen Italia (453) y Francia (362). Todos los países de Europa occidental están en la parte alta de esta lista, con una mortalidad por encima de la media mundial, que, actualmente, es de 28 muertes por millón de personas. China, pese a ser el origen de la pandemia, sólo reporta 4.633 muertes, o 3 por millón, muy por debajo de la media.

El primer problema con estos datos es que no existe homogeneidad en su elaboración: algunos países dan por supuesto que todas las muertes de ancianos producidas en residencias o en su domicilio durante la pandemia son debidas a la COVID19, mientras que otros hacen lo contrario, dar por supuesto que los ancianos han muerto por sus dolencias anteriores, y, lo que es aún más confuso, algunos países han contabilizado esas muertes de ancianos primero de una forma y luego de otra. Para añadir más oscuridad, en la mayoría de los países no se cuenta con datos procedentes de autopsias, porque no se están realizando para evitar el riesgo de contagio, de modo que con frecuencia no se sabe de qué murieron esas personas. ¿Todos los que murieron por neumonía lo hicieron porque tenían el virus que causa la COVID19? No se sabe. Podrían incluso haberse contagiado, pero morir por otra causa.  Por eso, ante la falta de autopsias o de diagnósticos claros, en epidemiología se usa a menudo como indicador la mortalidad diferencial para cada periodo; es decir, la comparación entre cuántas personas en cada grupo de edad solía morir cada mes antes de la pandemia y cuántas mueren cada mes en el periodo de la pandemia.

Pero la falta de homogeneidad en la contabilización afecta no sólo a las muertes sino, mucho más aún, a los contagios. Los sistemas de salud de todo el mundo, desbordados por la atención a los enfermos con síntomas, no están teniendo capacidad ni instrumentos de medida suficientes para conocer la extensión del contagio. En este sentido algunos países han sido mucho más capaces que otros de desplegar los medios para identificar y cuantificar los contagios (Alemania es un buen ejemplo), quizá porque sus sistemas médicos no han estado tan desbordados por la atención a los ya infectados, pero incluso en esos países no se conoce con exactitud el número de contagiados.

Esto nos lleva a otro terreno: ¿cuántos de los infectados desarrollan la enfermedad con síntomas y cuántos de éstos necesitan atención hospitalaria, UCIs, respiradores y demás? Para medir la calidad y eficacia de las respuestas de los Estados habría que tener una respuesta a esta pregunta, pero esa respuesta no existe, sólo hay conjeturas. La más citada es la de que el 80% de los contagiados no tiene síntomas, el 17% desarrolla síntomas ya sean leves o tratables con los medios actuales, y el 3% muere (la OMS calcula un 3,4%). De nuevo, sin saber cuántos son los contagiados, estos porcentajes son sólo estimaciones con una base endeble.

Puesto que el virus se transmite de persona a persona, es claro que hay ciertas condiciones que lo convierten en más transmisible: la densidad habitacional y las formas de sociabilidad son las más evidentes. Eso podría explicar en parte la baja prevalencia de la enfermedad en países de muy baja densidad humana o, dentro de cada país, la concentración en las zonas metropolitanas (Londres, Milán, Barcelona, Madrid, Nueva York), o incluso, dentro de las ciudades, en los barrios de mayor hacinamiento. A su vez, este último aspecto, el hacinamiento habitacional en algunos barrios, está relacionado con la inmigración, y en general con ingresos bajos. En Singapur, por ejemplo, que creía haber controlado la extensión de la pandemia, ésta ha reaparecido con fuerza en barrios de gran densidad habitados por inmigrantes. En Madrid, la mortalidad por la COVID19 es muy diferente según barrios, y esas diferencias corresponden grosso modo al nivel de ingresos y a la concentración de inmigrantes.

En cuanto a las formas de sociabilidad, hay países que mantienen de forma habitual una distancia interpersonal que supera el metro y medio (acercarse más se considera intrusivo), y otros, como el nuestro, que tienden a la cercanía física y a los saludos que implican el contacto de manos, caras y cuerpos.

Desde esta perspectiva, cualquier política sanitaria que imponga el aislamiento social será más eficaz a corto plazo que otra que permita los contactos. Pero, como han explicado las autoridades sanitarias de todo el mundo, ese aislamiento es sólo una medida transitoria para evitar que la acumulación de casos sobrepase la capacidad de respuesta de los sistemas de salud. Las medidas de aislamiento social no pueden impedir que más adelante, cuando el aislamiento acabe, se sigan produciendo los contagios.

Como ya es bien conocido, la estructura de edad es uno de los elementos más determinantes en la mortalidad causada por esta pandemia: la COVID19 afecta de forma mucho más grave a las personas de mayor edad, de modo que, si se comparan dos países del mismo tamaño, en igualdad de las demás condiciones, el que tenga una población más envejecida será el que más muertes sufra por esta causa. No todos los virus son así (la llamada “gripe española” mataba sobre todo a los adultos jóvenes) pero en el caso del SARS-CoV2 esta relación está bien establecida. Desde esta perspectiva, España, uno de los países más envejecidos del mundo, está en desventaja. También está demostrado que las mujeres sufren menos que los hombres las consecuencias del contagio. Pero esta diferencia de género no afecta a las comparaciones internacionales porque prácticamente todos los países tienen la misma distribución por género.

Es decir, en igualdad de condiciones, los países más afectados por la pandemia deberían ser los más envejecidos, los más densamente poblados y los que tengan una sociabilidad de mayor cercanía física. Sin embargo, los datos no confirman esto: Japón, el país más envejecido del mundo, con una gran densidad de población, y además cercano a China, está muy por debajo de la media en cuanto a la mortalidad por esta pandemia: sólo 3 muertes por millón de habitantes. ¿Significa esto que Japón lo ha hecho mucho mejor que Francia o que España? Es posible que el uso habitual de mascarillas para protegerse de la contaminación, del sol y de los contagios en todo el Sudeste Asiático y en el Extremo Oriente haya sido una medida protectora muy relevante. Y, sin duda, el uso de los móviles para rastrear los movimientos de los contagiados se ha demostrado eficaz para disminuir la difusión del virus. Pero también es posible que haya otros factores en juego.

De hecho, desde la genética se está apuntando la hipótesis de que el SARS-CoV2, el virus que causa la COVID19, puede tener diferentes impactos en distintos grupos de población en función de los haplotipos más frecuentes, es decir, de las variantes genéticas. Eso contribuiría a entender por qué la población de Extremo Oriente está sufriendo una mortalidad mucho menor que la europea. O por qué en EEUU la pandemia está afectando de modo desproporcionado a la población negra. La aplicación de esta hipótesis al interior del territorio europeo resulta también interesante y explicaría por qué países con similares pirámides de población y de densidad habitacional tienen, sin embargo, una mortalidad muy diferente achacable a la COVID19. Toda Europa del este y suroriental (Grecia, por ejemplo), está sufriendo mucho menos por la pandemia que la Europa occidental.

También desde la genética, aplicada en este caso al propio virus y sus mutaciones, se presentan hipótesis que indicarían que la variedad del virus que ha llegado a Europa o EEUU es más dañina que la que ha afectado a otras áreas del mundo.

“La pregunta sobre en qué fase está un país respecto a la COVID19 no tiene por ahora respuesta clara”.

Otro aspecto que hace imposible por ahora valorar qué gobiernos han sido más eficaces es la diferente fase en que se encuentra la pandemia en los distintos países. Los países africanos, por ejemplo, tienen por ahora muy poca mortalidad achacable al virus. ¿Es porque la pandemia está ahora comenzando a extenderse por el continente africano? ¿Es porque el calor desactiva el virus? (algo que aún no se ha confirmado) ¿Es, como han sugerido algunos, porque África tiene más experiencia que otros continentes en responder a las pandemias? 

La pregunta sobre en qué fase está un país respecto a la COVID19 no tiene por ahora respuesta clara: para contestar a esta pregunta habría que saber qué porcentaje de la población se ha contagiado. Hoy en día, ni España ni la mayoría de los países saben con certeza qué porcentaje de su población ha sido contagiada (en teoría, España lo sabrá a finales de junio, cuando termine el estudio que están realizando el Instituto Carlos III y el INE). Por tanto, un bajo número de muertes por la pandemia en un país en un momento dado puede significar que ha tomado las medidas apropiadas o puede igualmente significar que el país está aún en una fase inicial de extensión de la pandemia.

Por otra parte, aún no está claro si la enfermedad produce o no inmunidad en los que la superan y éste es un aspecto clave, porque, si no la produce, y mientras no exista vacuna, el aislamiento perpetuo se convierte en la única garantía de no contagio, algo insostenible social y económicamente. Además, si la enfermedad no produce inmunidad, el desarrollo de una vacuna resulta mucho más difícil, porque las vacunas se basan en esa capacidad del cuerpo humano de inmunizarse ante el ataque de un virus.

Con esta acumulación de incógnitas, resulta imposible valorar la calidad de las diferentes medidas que toman los Estados. Los gobiernos actúan en esta oscuridad basándose en indicios que provienen de las lecciones extraídas de otros países, de modo que todos están aprendiendo de los demás en un proceso acumulativo de experiencias, éxitos y fracasos. Por suerte, la misma globalización que ha permitido al virus llegar desde China hasta el resto del mundo en pocas semanas, permite también la trasmisión rápida de lecciones y la cooperación científica internacional en la búsqueda de la vacuna y de medicamentos antivíricos.

En estos momentos, la producción de nueva información relacionada con la COVID19 es intensísima, con datos sobre la prevalencia de la enfermedad actualizándose a diario, con miles de científicos en todo el mundo investigando y publicando a la vez, produciendo hallazgos muy relevantes sobre cómo se transmite la enfermedad, sobre cómo actúa o muta el virus, o sobre el éxito de unos u otros tratamientos médicos. Nunca en la historia de la humanidad ha habido una concentración semejante de esfuerzo intelectual destinado a resolver un mismo problema. El resultado es que cada día, literalmente cada día, sabemos más. Mientras tanto, conviene ignorar a los que meten ruido de forma oportunista.

Carmen González Enríquez
I
nvestigadora principal del Real Instituto Elcano

[Actualizado: 29/4/2019]

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<![CDATA[ COVID-19: ¿amenaza u oportunidad para la OTAN? ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-garciaencina-covid-19-amenaza-u-oportunidad-para-la-otan 2020-04-16T12:23:55Z

La universalidad del coronavirus hace que la OTAN deba defender a los 30 como si fueran uno solo, pasando del “uno para todos y todos para uno” al “todos para todos”, algo completamente nuevo.

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Desde el final de la Guerra Fría y el desmembramiento de la Unión Soviética, la OTAN ha buscado un interés de seguridad común que mantuviera unidos a sus países miembros. Un camino nada fácil por las diferentes percepciones de los gobiernos de los riegos y amenazas de cada momento, por la fina línea entre los asuntos domésticos y externos, por los dilemas sobre la seguridad o por lo que significaba una situación límite o no. El terrorismo fue y continúa siendo uno de los frentes comunes, con la dificultad añadida de que es intermitente en el tiempo; el resurgimiento de la amenaza convencional rusa preocupa a los países de Europa Oriental, mientras que los países de Europa meridional miran su frontera sur; y en el caso del ascenso de China en el actual marco de competición entre grandes potencias, los esfuerzos por parte de la OTAN han sido imprecisos.

“La universalidad del coronavirus hace que la OTAN deba defender a los 30 como si fueran uno solo, pasando del “uno para todos y todos para uno” al “todos para todos”, algo completamente nuevo”.

Mientras la Alianza buscaba el equilibrio entre las diferentes percepciones, preocupaciones y compromisos de los aliados –sin olvidar las divisiones políticas internas– la pandemia del COVID-19 se ha presentado como una amenaza a la seguridad y la prosperidad económica de la totalidad de los países miembros, sin discriminar como incluso hacen los desastres naturales. Esta vez no se trata de uno o unos pocos países mientras que el resto –los no afectados– van en su ayuda. La universalidad del coronavirus hace que la OTAN deba defender a los 30 como si fueran uno solo, pasando del “uno para todos y todos para uno” al “todos para todos”, algo completamente nuevo. Es una amenaza que, además, ya se ha mostrado más destructiva que cualquier otro acto deliberado de agresión. La respuesta de la OTAN no puede ser la represalia –el enemigo es invisible– sino la asistencia y el apoyo a la recuperación. Esta vez debe dar seguridad desde dentro y no desde fuera.

¿Qué ha hecho la OTAN?

Si bien desde hace unos años hay conciencia de las implicaciones para la seguridad de un brote de enfermedad, ya sea de origen natural o intencionado, las pandemias nunca han figurado en la lista de los retos emergentes de la OTAN ni tampoco aparecen mencionadas en los varios conceptos estratégicos que se han desarrollado desde el final de la Guerra Fría (afortunadamente, algunos países lo abordan en sus documentos de estrategia de seguridad y defensa nacionales). Las nuevas amenazas identificadas hasta ahora por la OTAN tenían más que ver con los ciberataques, con la seguridad energética, con las guerras híbridas, con la Inteligencia Artificial y con los misiles supersónicos. El adversario atacaba desde la sombra, con tácticas para dividir y desestabilizar, y abusando de las nuevas tecnologías para socavar el modo de vida de los aliados. La seguridad colectiva ya no estaba centrada en la protección de las fronteras exteriores, sino que se iba reinterpretando como la solidaridad para apoyar el orden interno y la resiliencia. Recientemente también se había prestado algo más de atención a las implicaciones para la seguridad del cambio climático, principalmente como multiplicador de las amenazas al incrementar los efectos nocivos sobre el desarrollo y seguridad de las poblaciones. Fue la respuesta armada al tsunami en el sudeste asiático en 2004, al huracán Katrina en 2005 y al terremoto de Haití en 2010 donde el papel del sector militar en la salud global ganó visibilidad. Sin embargo, la pandemia cogió a la Alianza con la guardia cambiada.

Desde el primer momento, los esfuerzos de la OTAN frente al COVID-19 se han centrado en la seguridad del personal para lograr el objetivo principal de no ver mermada su capacidad operativa y mantener su postura de disuasión y defensa. Al mismo tiempo, la Alianza ha respondido a la solicitud de ayuda tanto de aliados como de socios a través de la Euro-Atlantic Disaster Response Coordination Centre (EADRCC), principal mecanismo de respuesta a emergencias civiles de la organización.

Debido a que la OTAN no dispone de existencias propias de suministros médicos –que corresponde a las naciones–, la EADRCC ha coordinado las peticiones y ofertas de asistencia de manera rápida, poniendo en contacto a proveedores y solicitantes. Cinco aliados y cinco socios han solicitado hasta ahora asistencia: Ucrania, España, Montenegro, Italia, Albania, Norte de Macedonia, Moldavia, Bosnia y Herzegovina, Georgia y Colombia (por orden de petición). La ayuda les ha ido llegando gracias al apoyo de los activos nacionales pero también a la activación de dos mecanismos de apoyo para el transporte aéreo –la Strategic Airlift Capability (SAC) y los Strategic Airlift International Solutions (SALIS)– y a la activación de la iniciativa Rapid Air Mobility (RAM), posible gracias a la cooperación entre OTAN y EUROCONTROL, que simplifica los procedimientos de los vuelos.

Así, la República Checa y Turquía enviaron ayuda a España e Italia; Alemania envió ventiladores a España y trasladó a sus hospitales a pacientes italianos y franceses; doctores polacos y albaneses volaron en apoyo de sus colegas italianos; la República Checa, Eslovaquia y Rumanía importaron suministros de China y Corea del Sur; y EEUU envió suministros médicos a los hospitales del norte de Italia, país que ha recibido también ayuda de Polonia. La NATO Support and Procurement Agency (NSPA), que gestiona el programa SALIS, dio apoyo logístico a Luxemburgo –país que a su vez envió ayuda a España– para incrementar su capacidad hospitalaria con hospitales de campaña, y en Italia coopera con una start-up local para disponer de impresoras 3D que produzcan respiradores y máscaras.

Por último, hay otro instrumento de la OTAN que debería jugar un papel en esta crisis pero que permanece en silencio, que es el denominado Comité de Planes Civiles de Emergencia (CEPC, por sus siglas en inglés). Se trata de un órgano consultivo sobre la protección de la población civil en caso de crisis, que supervisa y evalúa el impacto de dichas crisis en los países y facilita el intercambio de información relativa a las posibilidades y recursos de los Estados miembros para dar una respuesta más eficaz.

“(…) el secretario general de la OTAN insiste en que no debe eclipsar por completo las actividades que venía realizando la organización porque los problemas estratégicos presentes cuando se desató el virus no han desparecido”.

La OTAN ha respondido a la pandemia del COVID-19 a pesar de algunas dudas iniciales sobre la solidaridad aliada tras el acaparamiento de equipos y suministros médicos por parte de algunos países europeos. Con la pregunta de si la OTAN podía hacer aún más –sobre todo porque cuenta con una fantástica infraestructura militar de mando y control que garantiza un mínimo de coherencia logística y operacional de los países miembros–, el 2 de abril los ministros de Asuntos Exteriores de la organización se reunieron por videoconferencia. En dicha reunión se decidió organizar de forma más estructurada la ayuda, nombrando para ello al comandante supremo aliado (SACEUR, por sus siglas en inglés), el general Tod D. Wolters, que a partir de ahora coordina el apoyo militar para acelerar e incrementar la asistencia. Para ello, deberá identificar con mayor precisión la capacidad de transporte aéreo, coordinar los excesos de stocks y combinar eficientemente las peticiones de ayuda con las ofertas de aliados y socios. La singularidad de esta crisis, que no discrimina países, no exime a la OTAN de prestar más atención a aquellos países que puedan estar peor preparados para hacer frente a ella, ya sea por la carencia de ciertas infraestructuras o por tener sistemas sanitarios débiles y que por tanto necesitan que les llegue más ayuda.

A pesar de la centralidad de la crisis del coronavirus, el secretario general de la OTAN insiste en que no debe eclipsar por completo las actividades que venía realizando la organización porque los problemas estratégicos presentes cuando se desató el virus no han desparecido. Los ataques a tropas británicas y norteamericanas en Irak cuando el COVID-19 ya estaba haciendo estragos en Europa recuerdan que todavía hay retos de seguridad que afrontar. Sin olvidar que algunos adversarios pueden tratan de sacar provecho de esta situación en la que los países aliados están centrados en sus respectivas crisis nacionales. Pero lo que quizá más preocupa en Bruselas es Rusia, que ha incrementado las actividades militares cerca del territorio aliado: barcos británicos siguieron a siete embarcaciones rusas en el Canal de la Mancha y el Mar del Norte, la fuerza aérea belga interceptó un avión militar ruso cerca del espacio aéreo aliado, y Rusia notificó a la OTAN un repentino ejercicio militar con la intención de testar sus capacidades para apoyar la respuesta civil al COVID-19. A ello se suma la propagación de desinformación sobre la pandemia, tanto por parte del régimen ruso como del chino, según ha denunciado la UE y la OTAN. El objetivo de dichas informaciones es incrementar las desavenencias y la desunión entre los aliados y los europeos, cuestionando el valor de ambas instituciones y poniendo en entredicho la solidaridad de sus miembros. Además, el envío de suministros médicos de Rusia al norte de Italia ha brindado a los rusos la oportunidad de instalar una célula militar en Bérgamo, cerca de la base área de la OTAN de Vicenza, lo que mantiene en alerta a los aliados. La Alianza, por tanto, suma a la lucha contra el COVID-19 el trabajo que está realizando para asegurar el acceso público a información transparente, en tiempo real y precisa, combatiendo la desinformación.

Las fuerzas armadas vuelven a casa

Es a nivel doméstico donde las fuerzas armadas de los países aliados han tenido el principal impacto. Los gobiernos europeos las han movilizado para apoyar los esfuerzos civiles en la lucha por frenar la propagación del coronavirus de varias maneras: proporcionando capacidades médicas adicionales; transportando equipos, personal y pacientes; controlando pasos fronterizos; desinfectando espacios públicos; evacuando y repatriando población; y levantando hospitales de campaña. Las fuerzas armadas han mostrado su valor en una crisis de esta magnitud y su efectividad.

Algunos de estos efectivos seguramente se encontraban poco antes desplegados en alguna misión en el exterior. La pandemia ha empujado a muchos países a frenar los movimientos de sus tropas y a restringir o cancelar la formación y las operaciones y misiones internacionales.

Noruega canceló el ejercicio regional Cold Response 2020 en la que hubieran participado hasta 15.000 tropas de la OTAN, y el mayor ejercicio de la OTAN este año, el Defender-Europe 20, que debía mostrar la capacidad de EEUU de desplegarse con rapidez en el continente europeo, ha restringido significativamente su envergadura y alcance. Turquía ha limitado los movimientos de sus tropas en Siria, los franceses han cancelado las misiones marítimas no esenciales y se han reducido los contingentes internacionales de Afganistán e Irak antes de los previsto.

“La OTAN deberá, por tanto, revisar su planificación operativa para tener más capacidad de respuesta y redistribuir de manera rápida los efectivos”.

La seguridad y la salud de los propios efectivos ha sido el principal motivo, siendo las fuerzas marítimas las más vulnerables: un buque de propulsión nuclear de EEUU está  en Guam inmovilizado con una tripulación de 4.000 personas acechadas por el coronavirus; un submarino holandés tuvo que regresar a casa por el COVID-19; dos corbetas alemanas detuvieron sus operaciones; y el capitán del portaaviones estadounidense Theodore Roosevelt envió una carta desesperada para salvar las vidas de sus marineros, donde las condiciones del buque hacían imposible cumplir con la cuarentena y el distanciamiento necesario.

Así, estos dos elementos –la movilización de las fuerzas armadas para apoyar los esfuerzos civiles nacionales, y su repliegue del exterior para proteger la salud de las tropas frente al COVID-19– están teniendo ya un impacto en las principales actividades de la OTAN. Por un lado, el mantenimiento de los niveles de disposición militar (readiness), que se apoyan fundamentalmente en el continuo entrenamiento, puede verse afectado tanto a nivel estratégico como táctico. Por otro, se entrevé una tendencia que presumiblemente se mantendrá en un futuro próximo: los aliados tendrán que encontrar el frágil equilibrio entre las operaciones expedicionarias y las misiones internas, entre las amenazas externas y las obligaciones nacionales. No es inimaginable que haya un repunte u otra crisis de similares características, en cuyo caso las fuerzas armadas deberán de nuevo distribuirse entre funciones domésticas y externas, lo que implica una mayor presión, un mayor ritmo de las operaciones, menor formación y menos tiempo de recuperación. La OTAN deberá, por tanto, revisar su planificación operativa para tener más capacidad de respuesta y redistribuir de manera rápida los efectivos.

Resiliencia

Según el artículo 3 del Tratado del Atlántico Norte, los aliados están comprometidos con forjar la resiliencia nacional. La idea es que la fortaleza de la Alianza reposa en la solidez de las instituciones y capacidades civiles de cada uno de sus miembros, lo que facilita a la dimensión militar el cumplimiento de sus tareas fundamentales. Es decir, la resiliencia podría ser la otra cara de la moneda de la disuasión –que abarcaría la dimensión militar– y hoy en día es un elemento esencial de la defensa colectiva.

Que las sociedades estén preparadas –infraestructuras, abastecimiento y capacidad de gestión, pero también aptitudes, valores y cultura para absorber o gestionar un desafío disruptivo– no debería ser un objetivo sino un proceso y una estrategia. Y la OTAN adoptó una serie de medidas encaminadas a ella desde 2014 tras la invasión rusa de Crimea, pero los avances no han sido significativos.

“La pandemia del COVID-19 ha puesto en evidencia la carencia de una resiliencia básica entre los aliados de la OTAN”.

Según Judy Dempsey, la resiliencia es “tener un enfoque a largo plazo para proteger las infraestructuras esenciales para la seguridad, la estabilidad y dar tranquilidad a los ciudadanos. Eso significa invertir en investigación, energía, salud y educación”. La pandemia del COVID-19 ha puesto en evidencia la carencia de una resiliencia básica entre los aliados de la OTAN, evidenciada, entre otras cosas, por la falta de respiradores, la poca empatía en algunas ocasiones y la falta de cooperación entre ambas orillas del Atlántico. Mientras a los europeos les caían las mayores críticas, EEUU no ha mostrado interés en hacer uso de la OTAN para sacar adelante un frente común contra el COVID-19, alejando aún más ese liderazgo que se le presuponía. Mejorar la resiliencia aliada se perfila como uno de los grandes retos a corto y medio plazo.

El futuro

Al secretario general de la OTAN le gusta insistir en la idea de que deben evitar que la crisis de salud creada por la pandemia del COVID-19 se convierta en una crisis de seguridad, apuntando así a la necesidad de mantener las actividades y misiones que estaban en curso sin bajar la guardia. Sin embargo, ya hay una crisis de seguridad desde el momento en el que los gobiernos se han visto sobrepasados y se van a mantener sobrecargados durante meses gestionando las consecuencias de la propagación del virus. El futuro va a ser diferente al business as usual también para la OTAN.

En primer lugar, porque la crisis económica en la que nos adentramos y la presión sobre las finanzas públicas van a priorizar el gasto en sanidad y la recuperación económica frente a las prioridades de seguridad y defensa. Se da por hecho que habrá una disminución de los presupuestos de defensa precisamente ahora que habían empezado a recuperarse después de las presiones de EEUU sobre los aliados europeos. Una nueva bajada podría volver a erosionar la cohesión de la OTAN a no ser que los aliados traten de coordinarse para controlar tales bajadas y su impacto en las capacidades actuales y futuras.

“Si la Alianza, por tanto, pivota para hacer frente a futuras pandemias, sin olvidar los retos estratégicos presentes y contando con menores gastos en defensa, requerirá una nueva combinación de capacidades militares y mayor resiliencia”.

A ello habrá que sumar la búsqueda de cada aliado de un equilibrio entre la respuesta a las crisis internacionales y a las necesidades nacionales, sobre todo porque no se pueden descartar pandemias futuras o acontecimientos climáticos extremos que lleven a crisis de similares características a la actual y que vuelvan a reclamar el apoyo de las fuerzas armadas a nivel nacional.

Si la Alianza, por tanto, pivota para hacer frente a futuras pandemias, sin olvidar los retos estratégicos presentes y contando con menores gastos en defensa, requerirá una nueva combinación de capacidades militares y mayor resiliencia. En cualquier caso, se trataría de una agenda muy pesada que correría el riesgo de ver proyectadas las divisiones políticas que ya existían dentro de la Alianza cuando apareció el coronavirus. La próxima reunión de la OTAN, prevista para dentro de unas semanas, tiene como objetivo empezar ya a abordar el impacto a más largo plazo de la pandemia.

A veces las crisis abren ventanas de oportunidad. Las organizaciones que salgan con éxito de la actual serán aquellas que no sólo hayan actuado veloz y eficazmente, sino también aquellas que hayan aprovechado la crisis para adaptar sus misiones y su modelo de negocio. La OTAN ha sido capaz de responder en primera instancia, coordinando la ayuda entre aliados y socios. Pero sólo ha sido el principio de una situación cuyas implicaciones estratégicas pueden ser enormes y en las que la OTAN debe empezar a trabajar ya.

Carlota García Encina
Investigadora principal, Real Instituto Elcano | @EncinaCharlie

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