Lengua y Cultura - Real Instituto Elcano Feeds Elcano Copyright (c), 2002-2018 Fundación Real Instituto Elcano Lotus Web Content Management <![CDATA[ La sociedad de la desinformación: propaganda, «fake news» y la nueva geopolítica de la información ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt8-2019-badillo-sociedad-de-desinformacion-propaganda-fake-news-y-nueva-geopolitica-de-informacion 2019-05-14T01:13:35Z

Nuevas condiciones en la producción, circulación y consumo de información han hecho de la desinformación una herramienta geoestratégica de primera magnitud que, conectada con las técnicas híbridas, requiere un replanteamiento de la acción de los Estados y de la UE en un tema que afecta de manera muy importante a la opinión pública europea.

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Índice

Tema – 3
Resumen – 3
Introducción – 3
Información y desinformación en la esfera pública – 4
Propaganda: construyendo el consenso social – 5
Los efectos sociales de los medios – 6
La revolución no será televisada: medios y política – 7
La sociedad de la (des)información – 12
Un modelo integral de desinformación – 13
Primer nivel: estratégico – 14
Segundo nivel: la producción y recolección de información – 17
Tercer nivel: la difusión de información – 17
Los medios transnacionales – 17
Las redes sociales – 19
Verificar la desinformación: la emergencia de los fact-checkers – 22
La respuesta europea a la desinformación – 25
Conclusiones: una nueva geopolítica de la información-mundo – 30
Referencias – 32

Tema

Nuevas condiciones en la producción, circulación y consumo de información han hecho de la desinformación una herramienta geoestratégica de primera magnitud que, conectada con las técnicas híbridas, requiere un replanteamiento de la acción de los Estados y de la UE en un tema que afecta de manera muy importante a la opinión pública europea.

Resumen

La desinformación ha emergido como un asunto de relevancia pública a través de varios escándalos que en el escenario internacional han recuperado el debate en torno a la circulación internacional de información, sus conexiones con los intereses geoestratégicos de ciertos países y los efectos que producen en los ciudadanos. Es un debate recurrente, pero en esta ocasión tiene ingredientes nuevos: la naturaleza de las redes digitales permite utilizarlas no solo para difundir información, sino también para atacar mediante técnicas informáticas servidores de datos (para modificarlos, robarlos o destruirlos); las redes sociales y la personalización de la información que se recibe a través de ellas suponen nuevas formas de ruptura de la esfera pública, y los ciudadanos han incorporado las prácticas de producción y consumo de información digital sin excesivo conocimiento de las lógicas de estos nuevos medios, trasladando las de los medios de comunicación tradicionales. Este texto analiza las transformaciones que han dado lugar al nuevo ecosistema y propone, desde el estudio de las iniciativas europeas sobre desinformación, un modelo de análisis de la situación y el refuerzo de la acción coordinada europea desde España.

Introducción

Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse. Y serán felices. (Ray Bradbury, Fahrenheit 451, 1953)

En 2016 los diccionarios Oxford eligieron el término post-truth (‘posverdad’) como palabra del año y la definieron así: “Relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief” (BBC, 2016). Nuestro Diccionario de la Lengua Española incorporó su equivalente en español en la revisión de finales de 2017: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. En apenas un par de años, los “hechos alternativos”, la desinformación, las fake news y la posverdad se han convertido en el eje del debate en torno a la comunicación, especialmente en el contexto internacional. La relación entre la realidad y su discurso es un debate recurrente que encuentra nuevos términos y nuevos acontecimientos para volver a la discusión pública.

Ilustración 1 . Frecuencia diaria de aparición de ciertos términos en los medios estadounidenses
Ilustración 1 . Frecuencia diaria de aparición de ciertos términos en los medios estadounidenses
Aparición de los términos disinformation, fake news y post truth en los medios nacionales estadounidenses desde el 1 de enero de 2000 hasta mayo de 2019. Los círculos representan el total; el gráfico de barras, la evolución diaria. Elaboración propia sobre datos de MediaCloud. Datos en noticias por día.

Ángel Badillo Matos
Investigador principal de Lengua y Cultura española, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 Traducción de Francisco Albelenda, editorial Planeta, 1985.

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<![CDATA[ La relación cultural de Estados Unidos y España ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt6-2019-badillo-relacion-cultural-de-estados-unidos-y-espana 2019-04-15T09:05:53Z

La influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales. Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo.

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Índice

Introducción
Un tiempo político contra la diversidad
Un modelo cultural, ¿sin política cultural?
Acción exterior en cultura, información y educación
Un caso de éxito: el programa Fulbright
La potencia económica de la cultura estadounidense
Tres tensiones: piratería, privacidad y fiscalidad digital
La presencia cultural de España en EEUU
Las instituciones estatales
Las instituciones culturales autonómicas
El Instituto Cervantes en EEUU
Conclusiones: una relación fructífera y un contexto de dificultades
Referencias

Resumen

La influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales. Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo.

Introducción1

“Believe it or not, entertainment is part of our American diplomacy.
It’s part of what makes us exceptional, part of what makes us such a world power.”
(Barack Obama, discurso en los estudios Dreamworks, California, 26/XI/2013)

Si hay un país en el mundo que representa las capacidades del “poder suave”, ese es EEUU. No porque no disponga de “poder duro”, sino por la capacidad que el país ha tenido de combinar ambos en la consolidación de su liderazgo mundial durante décadas y, en el campo cultural, de producir una simbiosis entre las iniciativas pública y privada para conseguir ser la referencia occidental en el mundo de la post-Guerra Mundial y hasta hoy. Como cantaba Renato Carosone a los jóvenes italianos de los años 50, atraídos por el American way of life –que jugaban al béisbol, bebían whisky con soda, bailaban rock’n’roll y fumaban Camel– “te haces el americano, pero naciste en Italia”. Esa “seducción” cultural se ha etiquetado durante estas últimas décadas como una forma de dominio imperialista, como arma de propaganda masiva, o simplemente como una cultura popular irresistible. Pero, en todo caso, la influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales.

Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo. Durante la dictadura franquista, la relación bilateral tiene su punto de clivaje en las consecuencias geopolíticas de la Guerra Fría que llevan a EEUU a reconocer al régimen español con la firma de un primer acuerdo militar y de ayuda (1953, renovado en 1963) y a promover su incorporación a Naciones Unidas (la famosa “cuestión española” resuelta en 1955), con las contradicciones que eso suponía tanto frente a las fuerzas democráticas españolas, del exilio exterior e interior, como al debate público norteamericano e internacional, el llamado a veces asunto de los friendly tyrants. Los esfuerzos de acercamiento a las elites españolas (por ejemplo, los intercambios promovidos por la Comisión Fulbright desde 1958) y la diseminación de propaganda mantuvieron el principio de “avoid involvement, while maintaining sufficient flexibility to protect our interests”, como literalmente se expresaba el Departamento de Estado estadounidense en 1970. Durante más de una década, el programa Fulbright se constituye como el único vínculo institucional de los dos países en los campos académico y cultural.

Cuando en 1970 se firma el Convenio de Amistad y Cooperación, la ciencia, la educación y la cultura se incorporan como piezas de la relación que sirven para “superar el carácter estrictamente militar de los pactos de 1953”, dando origen a los Non Military Agreements (NMA) que seguirán desarrollándose en los años siguientes, en paralelo a los programas Fulbright. La firma del Tratado de Amistad y Cooperación comenzó el proceso de recuperación de una relación normalizada por las instituciones democráticas en ambos países, en la cual las dimensiones culturales, educativa y científica se apreciaban como central precisamente para diversificar una relación demasiado asentada sobre las cuestiones de defensa, y de hecho así pasaron a constituir acuerdos complementarios desde ese momento, siguiendo la directriz expresada por Kissinger en 1972 de “try to project an image of attaching importance to our non-military, as well as our defense, cooperation with Spain”. A raíz de la firma del Tratado y el siguiente Convenio, se creó un Comité Conjunto Hispano-Norteamericano para la Cooperación Cultural y Educativa que dispuso de fondos para promover actividades culturales y educativas durante los 14 años de su existencia, lo que –como explicaba hace algunos años su directora– “no tiene parangón en la historia de los intercambios culturales y educativos entre los Estados Unidos y otros países, al dedicar fondos procedentes básicamente de un tratado militar y de defensa a fines culturales y educativos”. Los términos de los acuerdos subrayan fundamentalmente la centralidad de la ciencia –en especial el apoyo a la medicina y las ciencias biológicas –, de la mejora del sistema educativo y de los programas de intercambio como el eje de la relación institucional, siguiendo la línea iniciada en 1958.

Una década después, una nueva Comisión de Intercambio Cultural, Educativo y Científico se crea a partir del Acuerdo firmado en materia de Cooperación Educativa, Cultural y Científica, prorrogado hasta 2004 y desde entonces de manera indefinida, y cuyo texto incide una vez más en las cuestiones educativas y científicas, y apenas desglosa las culturales. La centralidad de las dimensiones educativa y científica en la relación bilateral en materia de diplomacia pública es, como vemos, indiscutible, lo que si bien resulta comprensible –tanto por la importancia del tejido universitario como de la producción científica estadounidense– deja el ámbito cultural en manos de la iniciativa privada y de la sociedad civil, como ocurre con la política cultural interior.

Ángel Badillo Matos
Investigador principal de Lengua y Cultura española, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 Algunas partes de este texto reproducen un reciente informe realizado desde el Real Instituto Elcano sobre la circulación de la cultura en español en EEUU, del que son autores Jéssica Retis-Rivas, Azucena López Cobo y Ángel Badillo, que se encuentra en prensa y será publicado en 2019.
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<![CDATA[ Hacia un nuevo paradigma para la diplomacia cultural española ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari8-2019-alvarezvalencia-hacia-paradigma-diplomacia-cultural-espanola 2019-01-23T01:58:33Z

La diplomacia cultural española necesita abordar un nuevo paradigma con un espíritu innovador y mediante un debate colaborativo con las diplomacias culturales de los países que trabajan con el fomento del español y de las culturas hispánicas.

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Tema

El cumplimiento de objetivos, las novedades en la escena internacional y las contradicciones políticas han dejado a la diplomacia cultural española ante la necesidad de abordar un nuevo paradigma con un espíritu innovador y mediante un debate colaborativo con las diplomacias culturales de los países que trabajan con el fomento del español y de las culturas hispánicas en el complejo contexto actual de la globalización.

Resumen

Tras una primera fase de recuperación y adaptación a las prácticas democráticas, la diplomacia cultural española acertó a diseñar, a finales de los 80 y primeros años 90 del siglo pasado una arquitectura institucional y un paradigma de actuación con el iberoamericanismo como clave de bóveda que ha sido una historia de éxito durante casi dos décadas. A pesar de las sucesivas adaptaciones, la evolución de la escena internacional, el cumplimiento de objetivos y las contradicciones políticas hacen preciso ser coherentes con las transformaciones y dar respuesta a las innovaciones mediante un debate colaborativo que culmine en una reforma institucional y fije un nuevo paradigma.

Análisis

Elaborado a finales de los años 80 y principios de los 90, el paradigma que ha regido durante los últimos 30 años la diplomacia cultural española ha sido una demostración de resiliencia y durabilidad en el campo de las estrategias de políticas públicas.

Como sucede con los paradigmas —con Thomas S. Kuhn, hablamos de un conjunto de referencias, modos de pensar y estrategias compartido por la comunidad que actúa en un campo de conocimiento o de acción, en este caso, la diplomacia cultural— también éste se fue configurando gracias a un proceso acumulativo, con ensayos y errores, durante los años de la Transición y sustituyó a aquel otro, completamente obsoleto ya desde mucho antes, que el régimen franquista había mantenido en pie con respiración asistida.

Creado con una administración socialista en el poder y en un momento de gran brillo internacional de España, su lanzamiento coincidió con los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla y el V Centenario del descubrimiento de América. Se construyó a partir de una lectura inteligente del estado de las relaciones internacionales y de la evolución de la cultura y fijaba unos objetivos ambiciosos y flexibles. Combinó una conceptualización acertada y una arquitectura institucional eficaz.

Se deja resumir en cuatro conceptos: idioma, Iberoamérica, Europa y UNESCO. Ponía el acento en el idioma español, aprovechaba la posición ventajosa que en aquellos momentos tenía España como líder de las culturas del español y del portugués, hacía valer nuestra condición de enlace con las instituciones europeas y asumía la filosofía de la UNESCO que priorizaba la cooperación y la diversidad cultural.

Aceptada como estrategia de Estado, gozó de un alto consenso político durante sus primeros 15 años, un período en el que hubo alternancia de partidos en el Gobierno, una segunda oleada de creación institucional y un aumento de la participación de los gobiernos autonómicos y locales. También creció el protagonismo de las grandes empresas multinacionales españolas, de los proyectos del tercer sector y de instituciones culturales no gubernamentales como la asociación hispanoamericana de Academias de la Lengua (ASALE). Y tuvo que dar una respuesta ex novo a los primeros grandes desafíos con origen en el proceso globalizador y en la impresionante irrupción de la galaxia digital en el mundo de la cultura.

En los 30 años transcurridos, se han cumplido muchos objetivos del paradigma. Desde la consolidación y expansión del Instituto Cervantes hasta una docena de programas de cooperación, de los que recordamos Ibermedia como ejemplo; desde la Asociación de Academias de la Lengua hasta la impresionante difusión del español en las cuatro esquinas del mundo.

Pero, tras 15 años de logros, en la segunda etapa de la vida del paradigma, las relaciones internacionales cambiaron, la cultura dio un giro espectacular y empezaron a acumularse hechos o innovaciones, para los que los recursos paradigmáticos no ofrecían una respuesta adecuada. Durante los últimos años, por la fuerza de la crisis económica y la subordinación de una estrategia específica a las exigencias impuestas por el rigor de las haciendas, la propia y la de la UE, la utilidad del paradigma se ha reducido aún más.

Ciertamente, muchos de los fallos del paradigma se han detectado y han sido sometidos a debate. La producción de conocimiento sobre la diplomacia cultural de 2004 a 2014 ha visto un persistente, e interesante, debate referido muchas veces al reparto de competencias y la arquitectura institucional.

En simultáneo, también ha habido formulaciones nuevas de interés en el conjunto de las instituciones. Iniciativas que tal vez no han llegado a completar su desarrollo pero que han ido poniendo en pie los factores de renovación suficiente para alimentar un paradigma emergente llamado a sustituir al aún en vigor.

La salida de la crisis económica y la llegada de nuevos responsables, con nuevas ideas, a las instituciones de la diplomacia cultural coinciden, desde mi punto de vista, con una necesidad perentoria de desarrollar hasta sus últimas consecuencias las tendencias emergentes y consensuar entre todos los agentes de la acción cultural exterior, tanto públicos como privados, una nueva estrategia que sustituya a la de los años 90.

Dicho en términos kuhnianos, estamos ante la oportunidad de hacer efectivo un cambio real de paradigma.

Conceptos y contextos

En el contexto actual de la globalización, la diplomacia cultural se revela como una de las apuestas estratégicas de los gobiernos para alcanzar una mejor posición de los países en un tablero internacional multilateral, de perfiles confusos y sometido a un devenir poco previsible en el plano de las noticias, la comunicación y la imagen o reputación. También es un elemento clave para facilitar el entendimiento de los Estados y mejorar la comunicación entre las sociedades contribuyendo a los avances en pos de una gobernanza global o de una solución de los conflictos y desafíos que afectan al conjunto de la humanidad tal y como quedan reflejados en la Agenda 2030.

Aunque podemos retrotraer el origen de sus prácticas a la edad clásica con momentos de esplendor en la edad moderna —al anunciar la ampliación del Museo del Prado prevista para 2019 alguien recordaba cómo los monarcas españoles usaron ese espacio para recibir a los embajadores y mostrarles el poder que expresaban las obras que les rodeaban firmadas por pintores de enorme reputación en su momento—, la noción de diplomacia cultural que manejamos actualmente fue acuñada en los años 40 del siglo XX.

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, y estando en vigor el ideal de construir un sistema de relaciones internacionales que hiciera imposible o alejara la amenaza de una nueva guerra, se pusieron en práctica dos líneas de acción en la diplomacia de las grandes potencias en las que la cultura jugaba un papel importante.

En la primera, se utilizaba la información y la propaganda para dulcificar el impacto de la fuerza militar en las opiniones públicas, influir en el escenario internacional o neutralizar a los adversarios y ampliar el número de aliados. En la segunda, se usaba la cultura nacional como una herramienta que facilitaba el entendimiento mutuo, la comunicación entre los Estados y las relaciones profundas y a largo plazo entre las sociedades.

En este contexto, a finales de 1949, Francia crea la figura de los “asesores culturales” en sus embajadas y durante esos años se reinterpreta el papel de los institutos culturales que se habían creado mucho antes o inmediatamente antes (Fundación Humboldt, Alianza Francesa y la Dante Alighieri a finales del XIX, el British Council en los años 30) y aparece la primera generación de institutos culturales tal y como los conocemos.

Los argumentos acuñados por Joseph Nye a partir del concepto de soft power o poder blando han tenido la fortuna de generar un paradigma de gran alcance mediático o académico, aunque su poder de explicación no haya llegado en ningún momento a ser completo.

Con ese contexto, al mencionar “diplomacia cultural” la primera asociación dirige a una fuente de poder que los gobiernos ponen en acción mediante el recurso a la cultura (y también a los valores que priman en la política interior y al modelo que se defiende en la política exterior) para ganar prestigio y obtener la confianza de los demás en las relaciones internacionales.

La diplomacia cultural es un componente fundamental de la diplomacia pública y sirve a las otras dimensiones de la diplomacia de una nación al ser una manifestación fácil de asimilar por cualquier público —desde los gobiernos a las grandes multitudes anónimas—, con espacio “gratuito” en los medios de comunicación y perfectamente configuradas para transmitir mensajes positivos apareciendo como una fuente casi natural de admiración.

Ángel Badillo resume las líneas de actuación y el lugar de la diplomacia cultural: (a) la difusión y enseñanza del idioma propio; (b) la cooperación internacional para el desarrollo del campo cultural; y (c) la difusión del patrimonio cultural y la creación cultural contemporánea. La diplomacia cultural forma parte de la política comunicacional exterior y en la misma la cultura desempeña una tarea central pero quedando subordinada a objetivos vinculados a la imagen exterior del país.

La diplomacia cultural es una actividad compleja. Relacionada directamente con las relaciones culturales internacionales y con la difusión o venta de productos culturales en el mercado global, exige el manejo de nociones, estrategias y exigencias éticas que deben ser conocidas por los profesionales que la ponen en práctica.

Diferentes expertos insisten en que el éxito de una diplomacia cultural depende en gran medida de que sus contenidos sean conocidos y asumidos por todos los actores no gubernamentales del país que participan de alguna manera en las relaciones internacionales y destacan también la idoneidad de intentar que haya la mayor coherencia posible entre la cultura que se hace viajar y la cultura que se promueve por medio de las políticas internas.

Fundamentadas en una filosofía compartida pero no siempre coincidente, durante las últimas décadas han proliferado diferentes maneras de diseñar y aplicar la diplomacia cultural creando un extenso rango de prácticas que podemos situar entre las estrategias de China y de Jamaica, quedando las opciones de EEUU y de los grandes países europeos como los referentes de un cierto estilo clásico.

En este sentido, los modelos francés y alemán apuestan por el idioma, el modelo británico por la mutuality y la educación, y el modelo chino por la revitalización de grandes proyectos que vinculan la cultura y el comercio, como sucede con la Ruta de la Seda.

La perspectiva española

Desde un punto de vista español, y al igual que sucedió con la política cultural, el uso de la cultura en el ejercicio de la diplomacia experimentó un proceso de profunda transformación cuando el régimen franquista fue quedando atrás y avanzaron las prácticas de la democracia.

La gran mutación llegó en la segunda mitad de los años 80 con la creación de la AECI —en la que se integró poco después la Dirección General de Relaciones Culturales— y en los primeros años 90 coincidiendo con un momento de gran irradiación internacional de España.

Esa primera oleada de institucionalización, según la terminología usada por Elvira Marco, incluyó la creación del Instituto Cervantes, el inicio de los Congresos de la Lengua, la puesta en marcha de las Cumbres Iberoamericanas, la apertura de las casas de América y Árabe y la cada vez mayor integración de la cultura española en los programas y proyectos europeos.

En el trasfondo de aquella gran operación política hubo un paradigma que contenía una lectura del estado de la cultura en el mundo, una afirmación del posicionamiento de nuestro país en el tablero internacional y una definición de objetivos y la estrategia para conseguirlos. Simultáneamente, y con el espíritu de la Transición aún vivo, hubo también una firme voluntad de preservar es paradigma como una política de Estado ya desde el principio.

La historia de ese paradigma es una historia de éxito, desde la promoción del español y de las culturas hispánicas en el mundo, la cooperación cultural con América Latina y el Caribe y el Instituto Cervantes. Esta es una valoración en la que coinciden la mayoría de los historiadores, los analistas y los que han participado en ella.

Durante las casi tres décadas transcurridas, los cambios de gobierno tuvieron un impacto mayor o menor pero el modelo pervivió. Es algo que puede decirse al considerar la segunda oleada de reformas institucionales sucedida en torno al año 2000, con la creación de las sociedades estatales para la acción cultural exterior (SEACEX, SECC y SEEI).

Y también se puede afirmar cuando se analiza con suficiente perspectiva la oscilación y la rivalidad del protagonismo entre los Ministerios de Cultura y de Asuntos Exteriores en este dominio. El cambio de Gobierno en 2004 tuvo un impacto particular y agudizó una disputa de competencias entre Ministerios que llegó a su más alto grado en 2009. Pero se resolvió con una mini crisis ministerial y con la apertura de una reflexión de conjunto sobre la arquitectura institucional y de competencias que culminó con la aprobación del Plan de Acción Cultural Exterior (PACE) en 2010.

No obstante, la suerte del PACE no fue la mejor. Llegó con la crisis económica instalada en el país y se quiso llevar a la práctica cuando en el conjunto del sector público no sólo cultural se abordaba una reducción administrativa y se tenía que hacer frente a unos cortes de financiación que iban a ser el mayor condicionante de las políticas culturales durante los años siguientes.

A lo largo de la crisis, hemos asistido a una tercera oleada de institucionalización con la fusión de las tres agencias estatales citadas en una sola empresa, Acción Cultural Española, que ha puesto en pie y mantenido el Programa de Internacionalización de la Cultura Española. También hemos visto la creación de un Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España, —que llegó con competencias pero sin presupuesto, y que desarrollaba una idea lanzada desde el Real Instituto Elcano años antes— para potenciar la promoción de la marca España conjugando todos los intereses y con prioridad para los económicos y los métodos de las relaciones públicas.

El Cervantes reaccionó ante la amenaza real que se insinuaba para el liderazgo de España en el dominio iberoamericano creando un oportuno espacio de colaboración con el SIELE y estableciendo una colaboración estrecha con los institutos de México, el Caro y Cuervo colombiano y el Inca Garcilaso de la Vega peruano. Con ello se estaba creando el embrión de lo que, —según lo expuesto por el nuevo director del Cervantes, Luis García Montero, ante la reunión del Patronato en octubre de 2018—, puede convertirse en un futuro EUNIC iberoamericano o panhispánico.

AECID centró una parte de sus esfuerzos en la elaboración del nuevo plan estratégico de cooperación, con un cambio de acento en la cooperación cultural atento a la Agenda 2030 y a las nuevas realidades de la comunicación Sur-Sur.

Por otra parte, la reflexión estratégica —siempre fundamental en este dominio— tuvo su continuación con aportaciones valiosas, pero con efecto limitado sobre las políticas —como sucedió en 2014 con el documento dedicado a la acción exterior en su conjunto promovido por el Instituto Elcano—. Pero señaló salidas de futuro en medio del duro impacto que la crisis económica tenía, y siguió teniendo, debido a la austeridad de los recursos y la subordinación de la diplomacia cultural a la diplomacia económica.

Conclusiones

Todos estos son elementos que podemos considerar propios de una situación de crisis, pero también factores característicos de un paradigma emergente.

Por lo demás, la creación de un nuevo paradigma no depende sólo de la creación institucional ni del reparto de competencias. Es extraordinariamente importante que acierte a la hora de identificar los cambios y las innovaciones que se han producido o se están produciendo en el campo en que nos movemos y de la capacidad que tenga para darles una respuesta adecuada. Innovaciones que, sin ánimo de ser exhaustivo, podrían incluir las siguientes:

  1. Una nueva valoración y nuevo uso, tanto social como político, de la identidad cultural de las naciones (o comunidades supra o subnacionales) condicionados en gran medida por ciertas dinámicas de la globalización, el impacto de las migraciones y el crecimiento de los movimientos xenófobos.
  2. La extensión de las políticas culturales a nivel mundial, gracias en parte al empuje de la UNESCO, que incluye una mayor conciencia de la importancia que la diplomacia cultural tiene para todos los países, también los más pequeños. En ese mismo sentido, la necesidad de incorporar todas las prácticas culturales, también las de acción exterior, a los objetivos de la sostenibilidad.
  3. El reforzamiento de los mecanismos y experiencias de cooperación, intercambio y coproducción en el campo cultural con la incorporación cada vez más sólida de las dinámicas Sur-Sur.
  4. El fortalecimiento de una visión distinta de la dinámica de las culturas conforme se van asentado más y más los efectos de la dialéctica entre lo global y lo local.
  5. La transformación profunda de las redes y los medios digitales de distribución y difusión de la cultura con el crecimiento de las grandes plataformas y la hipertrofia de “la cultura del autorretrato” como una de las prácticas omnipresentes en las redes sociales.
  6. La dificultad cada vez mayor para establecer un canon o un repertorio de cada cultura nacional con un alto nivel de consenso entre académicos, instituciones y creadores. De manera paradójica, esas elecciones se hacen automáticas cuando se recurre pura y simplemente a la agitación de los “estereotipos nacionales”.
  7. Los cambios en el escenario de la diplomacia cultural global con la ofensiva de China, la irrupción de los BRIC, los nuevos ensayos de la UE y la consolidación de los países del África subsahariana como actores de interés para el diálogo intercultural.
  8. La evolución del concepto mismo de diplomacia cultural con la separación entre una visión teórica dominante y un conjunto de prácticas cada vez más heterogéneas y complejas.
  9. El cuestionamiento cada vez más firme de la idea de que el liderazgo de la promoción global del español le corresponde a España por ser el único Estado con capacidad y recursos para hacerlo.
  10. Unido a los progresos de la diplomacia cultural en países como México, Colombia, Perú y Chile y la aparición de una visión diferente de los recursos y de las relaciones desde Iberoamérica con los países de la Cuenca del Pacífico. Y todo ello ligado a los avances sustantivos de la diplomacia cultural la región América Latina de la mano de la SEGIB y gracias a otras dinámicas regionales.
  11. La entrada de otros países de la UE, (Francia, Italia y Alemania) en programas de colaboración hasta hace poco sólo iberoamericanos, junto al nuevo papel de España en la relación de la UE con América Latina y el Caribe.
  12. Los cambios en la demografía de las lenguas con las excelentes perspectivas de la lusofonía en África. Un hecho que merece la revisión de las relaciones entre las políticas de promoción del español y del portugués y que podrían afectar a la continuidad de las políticas iberoamericanas según se vienen practicando desde los años 90 del siglo pasado.
  13. Los cambios notables de la situación del español y de las culturas hispánicas en EEUU y Brasil con retrocesos y desafíos que exigen respuestas de nuevo tipo.
  14. Los reajustes de la cooperación cultural europea motivados por el Brexit y el nuevo reparto de cartas que supone la entrada en acción de los mecanismos culturales del Servicio Exterior Europeo.
  15. Por último, pero no en último lugar, un hecho nuevo pero de enorme importancia para la acción cultural exterior española lo constituye la dinámica de la diplomacia cultural impulsada por el gobierno de coalición de la Generalitat de Cataluña. La nueva diplomacia cultural española debe encontrar una solución inteligente e innovadora también para este tipo de cuestiones.

No es una panorámica exhaustiva ni pretende serlo. Pero contiene bastantes de los hechos, de las preguntas, que, correctamente interpretados, deben ser tenidas en cuenta en ese proceso de producción de un nuevo paradigma de la diplomacia cultural española en el que están embarcados los agentes gubernamentales de la diplomacia española.

Los cambios anunciados en la política presupuestaria, y una percepción generalizada de que España está dejando atrás la crisis económica, coinciden con la renovación en la dirección de las instituciones públicas y con la sensación de que hemos entrado en una coyuntura en la que se puede abordar la cuarta oleada de reforma institucional —un proceso iniciado con el salto de Marca España a España Global— al tiempo que se forja un nuevo consenso con la participación de los agentes públicos y la sociedad civil.

Transformar el paradigma emergente al que me he referido hasta consolidarlo como un nuevo paradigma normalizado para los próximos 10 o 15 años es una tarea que adquiere, además, toda su dimensión cuando se piensa como tarea española y como tarea de todos los países históricamente condicionados a actuar en el seno de una alianza de diplomacias culturales.

Una alianza que tendrá como prioridad la continuidad de proyectos tan interesantes y exigentes como la difusión del español en medios donde crecen los obstáculos del ultranacionalismo, obligada a actuar en momentos en que los circuitos digitales desvalorizan la dimensión presencial de la distribución cultural o inmersa en un contexto global desde el que parece obligado dirigir todas las miradas, también las de la acción cultural exterior, a las prioridades de la Agenda 2030.

Joan Álvarez Valencia
Director de la Cátedra de Diplomacia Cultural del Instituto Europeo de Estudios Internacionales

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<![CDATA[ “El español se cuida solo”: desafíos para una geopolítica lingüística del español ante el horizonte multilateral ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt2-2019-badillo-hernandez-espanol-cuida-solo-politica-linguistica-multilateral 2019-01-18T01:30:40Z

El reto ahora es trasladar la política panhispánica del ámbito estrictamente lingüístico al de la acción cultural, delimitando un espacio institucional de coordinación de todos los países hispanohablantes que permita diseñar e implementar estrategias multilaterales.

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Índice

(1) Introducción
(2) La situación actual: el festín de los indicadores
(3) Elementos e instrumentos: geopolítica de las lenguas
(4) Un aprovechamiento eficaz del multilateralismo
(5) La esperanza en los resultados de un tiempo de incertidumbres
(6) Referencias

Introducción1

En una visita a los estudios cinematográficos Dreamworks en Glendale, California, el presidente de EEUU Barack Obama expresó una idea central para la acción exterior de cualquier país en materia de cultura:

“Lo crean o no, el entretenimiento es parte de nuestra diplomacia estadounidense. Es parte de lo que nos hace excepcionales, parte de lo que nos hace tal poder global. […] Cientos de millones de personas puede que nunca pisen EEUU, pero gracias a ustedes han experimentado una pequeña parte de lo que nos hace un país especial. Han aprendido algo sobre nuestros valores. Hemos dado forma a una cultura mundial a través de ustedes”.2

En estas pocas palabras, el presidente Obama apuntaba muchas de las claves de este campo: la importancia de la cultura en el poder global, la centralidad del entretenimiento como herramienta de seducción de públicos externos y el papel del sector cultural privado en esos procesos. En las últimas décadas, universidades y centros de investigación han contribuido al reconocimiento de la importancia de la combinación de las formas tradicionales con los nuevos instrumentos “suaves” o “blandos” de influencia exterior. Muchos países han comprendido las ventajas de la diplomacia pública, tanto porque se beneficia de la transferencia de valores procedentes de campos como la cultura, la educación o la ciencia, como porque sus costes son indudablemente más bajos que los de otras formas de proyección exterior. Y unos pocos, además, han conseguido vincular las políticas culturales interiores con las exteriores para promover, junto a la influencia exterior, una mayor oferta para sus ciudadanos mientras se impulsar el crecimiento económico y de empleo de los sectores culturales y creativos.

Con una limitada capacidad de influencia global, una industria cultural modesta –con la excepción de un sector editorial bien asentado en América Latina, mientras afronta con incertidumbre la transición digital– y un aparato institucional de acción cultural exterior cuyas competencias se reparten sin un objetivo estratégico claro,3 España ha puesto en las últimas décadas toda su esperanza en el español como el pedestal desde el que podía asomarse a la circulación global de la cultura, en términos de influencia, y promover el crecimiento de su sector cultural industrial. Cuando España comenzó a tomar conciencia del papel de la cultura como herramienta de acción exterior, muchos países hispanohablantes no lo habían hecho aún, lo que dio a nuestro país una posición pionera, si no entre los países europeos, sí en el contexto de los que comparten el español como idioma.

Ángel Badillo
Investigador principal del Real Instituto Elcano
| @angelbadillo

Rosana Hernández
Investigadora de la Fundación Rafael del Pino en el Observatorio del Instituto Cervantes en la Universidad de Harvard (2016-2018)


1 Las ideas expresadas en este texto reflejan los puntos de vista de sus autores.

2 Palabras de Barack Obama en visita a los estudios Dreamworks en California, 26/XI/2013 (la traducción es de los autores).

3 Véase Lamo de Espinosa y Badillo (2016).

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<![CDATA[ El español como lengua universal ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari124-2018-villanueva-espanol-lengua-universal 2018-11-16T01:45:38Z

El español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín, lo que representa un 7,8% de la población mundial.

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Tema

El español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín, lo que representa un 7,8% de la población mundial.

Resumen

En la historia del español es obligado considerar tres momentos trascendentales: la constitución del romance castellano y su expansión por la Península; la publicación de la Gramática de Nebrija y la llegada de Colón a América en 1492; y el proceso de la independencia y constitución de las Repúblicas americanas a partir de finales del segundo decenio del siglo XIX, que hace del español una lengua ecuménica, la segunda por el número de hablantes nativos en todo el mundo. Este texto revisa algunos de los desafíos actuales del español en el contexto de la globalización, el papel de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y la tan compleja como esperanzadora situación del español en EEUU.

Análisis

Los paleontólogos de Atapuerca certifican que, de acuerdo con la información aportada por los fósiles de este yacimiento burgalés de relevancia mundial, los humanos que allí residieron eran ya capaces de hablar. Sus hioides −los huesos situados en la base de la lengua y encima de la laringe− eran ya muy distintos a los de los chimpancés, y su evolución posibilitaba, junto a otros elementos anatómicos relacionados con la fonación, articular los sonidos en modulaciones muy amplias que, asociadas al significado, darían paso a la comunicación interpersonal entre los individuos.

Aunque con frecuencia usemos en español ambas palabras como sinónimas, cabe atribuir significados diferentes a “lenguaje” y “lengua”.

El “lenguaje” se apoya en una facultad que nos da la naturaleza, mientras que la “lengua” es cosa adquirida y convencional. Se trata, pues (el lenguaje), de esa dotación genética que todos los humanos poseemos en virtud de nuestra anatomía y configuración neuronal. De hecho, no se ha encontrado nunca una comunidad humana, por primitiva y remota que fuese, cuyos individuos no se sirviesen de aquella competencia lingüística para comunicarse entre ellos. Otra cosa ocurre en el caso de los llamados “niños bravíos” o “selváticos” –el más famoso de todos, Victor de l’Aveyron, hallado en los bosques del Languedoc en 1799 y estudiado por el doctor Jean Itard–, que aparecen desprovistos del habla por haber permanecido aislados de los humanos los primeros años de su vida.

Por el contrario, la lengua existe en virtud de una especie de contrato implícitamente suscrito entre los miembros de una determinada comunidad. A este respecto, es igualmente muy famoso el caso de las gemelas californianas Grace y Virginia Kennedy, que hasta los ocho años utilizaron una lengua privada, convenida entre ellas, en la que sus respectivos nombres eran Poto y Cabenga, como resultado del aislamiento a que su familia las había sometido, con los padres ausentes y la única atención adulta de su abuela materna, que no hablaba inglés.

Estamos, pues, ante un fenómeno complejo, que tiene que ver con el resultado de la evolución de una especie privilegiada, con la sociabilidad y socialización de los individuos, y, finalmente, con la apropiación por cada uno de ellos del sistema consensuado de la lengua para realizar, conforme a sus reglas, la competencia personal del lenguaje. Biología, sociología y psicología a la vez. En todo caso, un hecho que roza el prodigio y que, sobre todo, puede ser calificado como radicalmente igualitario y democrático. Salvo condicionantes patológicos, toda persona es dueña de, al menos, una lengua, a cuyas reglas comunales debe someterse, pero que ejecuta −y puede modificar− mediante el ejercicio de su habla soberana.

Este verdadero prodigio incrementa considerablemente su alcance si reparamos en una nueva perspectiva. En la realización verbal del lenguaje es inevitable que actúe la función representativa de la realidad junto a la emotiva −o expresiva− por la que manifestamos nuestros sentimientos, y la llamada función apelativa de la que nos servimos para incidir sobre la conciencia y la conducta de los demás. Pero, a la vez, el ejercicio de la palabra ha ido acompañado del poder demiúrgico no solo de reproducir la realidad, sino también de crearla.

No es casual, pues, que en el libro del Génesis la creación del mundo se justifique en términos acordes con el Tractatus de Wittgenstein. Yaveh la realiza allí mediante una operación puramente lingüística, cuando “Dijo Dios: ‘Haya luz’; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero”. Del mismo modo es creado el firmamento, las aguas, la tierra, y así sucesivamente.

Mas, en términos muy similares al Génesis judeo-cristiano, la llamada “Biblia” de la civilización maya-quiché, el Popol-Vuh o Libro del Consejo, narra la Creación de este modo: “Tal fue en verdad el nacimiento de la tierra existente, ‘Tierra’, dijeron los Poderosos del Cielo, y enseguida nació”. Y no muy diferente resulta el comienzo del Enuma elish, el Poema babilónico de la Creación, que data de la Mesopotamia de hacia los años 1200 antes de Cristo.

En la historia de nuestra lengua común es obligado considerar tres momentos trascendentales. El primero es, obviamente, el fundacional, la constitución del romance castellano y su expansión por la Península ocupada por los árabes. El segundo comienza en 1492, el año de la Gramática de Nebrija, con la llegada de Colón a América. Y el tercero es el que hace del español una lengua ecuménica, la segunda por el número de hablantes nativos en todo el mundo: con este tercer momento me refiero al proceso de la independencia y constitución de las Repúblicas americanas a partir de finales del segundo decenio del siglo XIX.

Momento crítico en el que ciertos augures vaticinaban un desarrollo semejante a lo que con la caída del Imperio Romano representó la fragmentación lingüística de la Romania. Y no fue así porque las nuevas Repúblicas soberanas, al tiempo que consolidaban el Estado, la nacionalidad, fijaban sus respectivos territorios y fronteras, organizaban la administración y abordaban el reto de la enseñanza de su ciudadanía creyeron útil el castellano o español como instrumento de cohesión, de integración nacional. De unidad. El español es la lengua que hoy es no por la Colonia, sino por la Independencia. Los sociolingüistas certifican que en 1820 hablaban español solo un 20% de los habitantes en la América hispana.

En la unidad de nuestra lengua universal, bien perceptible hoy gracias a la fluida comunicación que la movilidad de las personas y la transmisión a través de los medios de nuestras respectivas hablas facilita, tuvo mucho que ver, en este trascendental siglo XIX, la labor académica.

Hace ahora 147 años, cinco decenios después de las independencias, la Real Academia Española, que ya había nombrado como miembro suyo correspondiente al gran maestro de nuestra lengua en el siglo XIX, el venezolano/chileno Andrés Bello, elaboró un Reglamento para la fundación de Academias Americanas correspondientes, aprobado por la Junta de 24 de noviembre de 1870 a propuesta del director, el Marqués de Molíns, y de otros académicos.

El sucinto reglamento de 11 artículos viene precedido de una exposición de motivos que parece escrita desde un profundo sentimiento de fraternidad y exigencia de unidad, como bien se percibe en esta frase: “Los lazos políticos se han roto para siempre; de la tradición histórica misma puede en rigor prescindirse; ha cabido, por desdicha, la hostilidad, hasta el odio entre España y la América que fue española; pero una misma lengua hablamos, de la cual, si en tiempos aciagos que ya pasaron usamos hasta para maldecirnos, hoy hemos de emplearla para nuestra común inteligencia, aprovechamiento y recreo”.

Y como fruto de este espíritu, se creó en 1871 la Academia Colombiana de la Lengua Española, la decana, detrás de la RAE, de las hoy existentes.

Encuentro en este texto fundamental el germen de la inspiración panhispánica que hoy felizmente rige la actividad de todas nuestras Academias. Fue en 1950 cuando el entonces presidente mexicano Miguel Alemán Valdés promovió la iniciativa de un primer “congreso de Academias de habla española”. Las sesiones se celebraron en abril de 1951 y dieron origen a la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

Pero ya en 1871 se hablaba, por ejemplo, de la necesidad de “activas y regulares comunicaciones”, pero sobre todo se afirmaba que “la Academia Española ha reconocido y proclamado que, sin el concurso de los españoles de América, no podrá formar el grande y verdadero Diccionario Nacional de la lengua. Para ello convoca a sus hermanos, nacidos y puestos al otro lado de los mares...”. Se llega a formular, en la misma línea, el desideratum de una futura organización como ASALE, que llegará por parte de las Academias “formando entre todas una federación natural que no reconozca límites ni barreras dondequiera que sea lengua patria la lengua de Cervantes, cuyos pueblos [...] podrán formar diversas naciones, pero nunca perderán esta robusta y poderosa unidad, nunca dejarán de ser hermanos”.

A la Academia decana, la colombiana, seguirán la ecuatoriana, la mexicana y otras más constituidas tanto en el siglo XIX como en el XX. Están todas las de los países americanos, incluidas la de Puerto Rico y la Academia Norteamericana de la Lengua Española, que este año cumple 45 desde su creación. De 1924 data la Academia filipina, y la última establecida hasta el momento, ya en pleno siglo XXI, ha sido la del único país de África que tiene el español como lengua oficial: la Academia Ecuatoguineana.

Sería de desear que esa nómina se cerrase con una vigesimocuarta Academia, que no sería otra que la del judeoespañol, la lengua que los judíos sefardíes, expulsados de España en 1492, mantuvieron viva hasta hoy en sus comunidades extendidas por gran parte de Europa, por el Imperio Otomano y algunos enclaves del Nuevo Mundo. A tal fin se ha celebrado ya una importante convención preparatoria de la Academia Nacional del Judeoespañol o ladino en Israel.

El próximo año 2019 se conmemorará el quinto centenario del comienzo de la expedición marina capitaneada por Fernando de Magallanes y concluida tres años más tarde con la llegada a Sanlúcar de Barrameda de la nao Victoria al mando de Juan Sebastián Elcano. Se completaba así la primera circunnavegación del globo terráqueo, la fundamentación inicial de lo que hoy se ha dado en llamar, precisamente, globalización. Se trata de la característica más determinante de nuestra época, y de una civilización decisivamente marcada por los avances tecnológicos de la sociedad de la comunicación, en la que el mundo ha devenido en lo que el pensador canadiense Marshal McLuhan denominaba la “aldea global”. En 2019 tendrán lugar, asimismo, dos importantes acontecimientos para nuestra comunidad: el VII Congreso internacional de la lengua española que estamos organizando para marzo en Córdoba, República Argentina, bajo el rubro de “América y el futuro del español: Cultura y Educación, tecnología y emprendimiento”, y el XVI Congreso de las Academias de ASALE en octubre y en Sevilla.

Quisiera mencionar un ejemplo práctico de esta globalización que afecta a nuestra lengua común. Hasta ahora, y desde su primera edición de 1780, el Diccionario de la lengua española ha sido un libro que en 2002 se digitalizó y se ofreció gratuitamente en nuestras páginas web. En lo que va de 2018 se está consolidando la media mensual de consultas en la cifra de 65 millones, y en el conjunto del año pasado, 2017, fueron 750 millones las consultas que se hicieron desde 200 países del mundo, no solo desde dispositivos fijos como las computadoras, sino también desde tabletas o teléfonos inteligentes. Nunca, en su historia plurisecular, esta obra ha podido ejercer tanta influencia sobre los hispanohablantes como ahora lo hace. Pero la próxima edición que haremos entre todos ya no será un libro digitalizado, sino un diccionario concebido sobre una planta y un formato digital del que pensamos seguir haciendo libros. Pero el orden de los factores va a cambiar radicalmente, y las oportunidades que se nos ofrecen son extraordinarias. Un diccionario digital no tiene, como el impreso, limitaciones de espacio, está abierto a otras bases de datos gracias a la hipertextualidad, y puede renovarse con toda la inmediatez que la fluencia de la lengua nos exija.

The Ethnologue: Languages of the World es una publicación impresa y virtual elaborada por un instituto dedicado a documentar estadísticamente la realidad de unas 6.900 lenguas de todo el mundo. En lo que se refiere al español, contamos también con el anuario que publica el Instituto Cervantes, que no contradice, lógicamente, los datos aportados por The Ethnologue.

Según esta referencia, ajena en su elaboración a cualquier organismo hispánico, el español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín, lo que representa un 7,8% de la población mundial. Ocupa el mismo lugar en cuanto al número de sus estudiantes no nativos, más de 20 millones, importante rubro en el que hay que destacar el creciente interés por el español en Asia y el África subsahariana (el hasta hace poco embajador del Reino de España en Costa de Marfil me proporcionó los siguientes datos referente a este país: 568.561 estudiantes de nuestra lengua y 2.319 profesores, solo en media y secundaria). Es la tercera lengua en Internet, la segunda en Facebook y Twitter. Y según las previsiones de la Insead Business School, en 2030 se convertirá en la segunda lengua de intercambio comercial tras el chino. En cifras totales, somos 572 millones las personas que hoy utilizamos nuestro idioma común, y las previsiones para 2050 se sitúan en los 750 millones.

Además de la robustez demográfica de México, con sus 124 millones de hispanohablantes, los académicos y sociolingüistas estamos fascinados, y a la vez expectantes, acerca de la situación actual del español en EEUU, y su previsible evolución.

Como no podría ser de otro modo, hay a este respecto opiniones diversas, a veces encontradas. Frente a los que proclaman la endeblez de los argumentos estadísticos, sociales, políticos, económicos y culturales esgrimidos, yo me sitúo en el grupo de los que creemos en la firmeza del futuro latino o hispano de este gran país, y acudimos a esta VI convención de líderes para pulsar in situ la realidad de nuestra comunidad y de nuestra lengua, y sus perspectivas de futuro.

Aquí, más de 40 millones de personas hablan español con pleno dominio y otros 15 millones poseen una competencia más o menos amplia. Repárese que la tercera lengua del país, el chino, es hablado tan solo por unos tres millones de personas. Según un estudio del Pew Research Center, nuestro idioma es el más utilizado en los hogares estadounidenses tanto en la comunidad hispana como en las demás, solo superado por el inglés. Por otra parte, el español es el más estudiado, con ocho millones de alumnos, la mitad preuniversitarios.

Entre 1990 y 2016 el crecimiento porcentual de los hispanohablantes, que también, por supuesto, conocen mayoritariamente el inglés, se sitúa en un 130%. Hoy, casi el 18% de la población en EEUU es hispana.

Otros datos encierran no menor interés. La Oficina del Censo certificaba en 2016 que la edad media de nuestra comunidad era la más joven, en torno a los 28 años, muy por debajo de la siguiente en este rango, la afroamericana, con 34 años de media. Y el Observatorio de la lengua española y las culturas hispánicas en los Estados Unidos del Instituto Cervantes y la Universidad de Harvard afirma que el 76% de los hispanos domina el español o es bilingüe. Pero incluso me parece más interesante que ahora, y no siempre fue así, el 95% de esta población considere muy importante que los jóvenes, hispanos o no, hablen español.

La propia Oficina del Censo espera que el crecimiento de nuestra comunidad continúe a un ritmo estable. En el último año, uno de cada dos nacimientos es hispano. En 2050 se calcula que la población de EEUU será de 398 millones de personas, de la cuales 106 millones serían hispanas.

Y no menor importancia tiene el peso político que la comunidad hispanohablante va cobrando con creciente intensidad. En las últimas elecciones de 2016 hubo 27,3 millones de hispanos con derecho a voto, un aumento de un 70% si se compara con los datos de 2000. Ello quiere decir que el 11% del voto nacional fue hispano, mientras que, por ejemplo, en 2004 había sido solo un 4%, tal y como apunta un reciente y utilísimo informe sobre el español en la política de EEUU elaborado por Daniel Ureña, presidente de The Spanish Council, y Jesús Álvarez Frías.

Mucho se ha avanzado, sin duda, en la presencia de nuestra lengua en la vida política norteamericana desde las elecciones de 1960 entre John F. Kennedy y Richard Nixon, las primeras en las que entró el español de la mano de Jackie Kennedy, que pidió el voto en español para su marido. Bien es cierto que en este momento parecen soplar vientos poco favorables, pero la solidez de las cifras electorales y el creciente empoderamiento de la comunidad hispana inspiran confianza, así como la consideración muy generalizada que el español es una lengua universal, que transmite además valores firmes y crecientes en los planos económico, social, periodístico y comunicativo, político, cultural, deportivo o científico. Canales de televisión como Univisión, Estrella TV o Telemundo ya compiten en audiencia con las grandes cadenas del país, y se publican periódicos en español en California, Florida, Illinois, Nueva York y Texas.

Permítanme, finalmente, volver al terreno en el que me siento más seguro. Por lo que se refiere al castellano o español, los hispanohablantes, cada uno de los hispanohablantes, se siente con toda legitimidad dueño de la lengua. Reside en ella como quien ocupa un lugar en el mundo. Sabe también que las palabras que la componen no solo sirven para decir, sino también para hacer; para crear, incluso, realidades. Y de esta condición vienen las tensiones que de hecho se producen en la valoración popular de los acuerdos que las Academias toman en cuanto al Diccionario, la Gramática o la Ortografía. Hay quien reclama mayor energía normativa; para otros, la RAE y sus Academias hermanas se extralimitan con sus decisiones como si olvidaran que –según la frase así acuñada– la lengua no es propiedad de nadie, sino que pertenece al pueblo. Este lema, sin embargo, está siempre presente en el trabajo que todos los académicos realizamos en nuestras comisiones y plenos durante todo el año.

Una manifestación de creciente incidencia en este terreno viene derivada de lo que en el mundo angloparlante se ha dado en llamar “corrección política”. Ya el preámbulo de la 22ª edición del DLE advertía, en 2001, que “con frecuencia se solicita, y a veces de manera apremiante, que sean borrados del Diccionario términos o acepciones que resultan hirientes para la sensibilidad social de nuestro tiempo”. Para salir al paso de tales diatribas, la Academia recordaba que la obra estaba concebida “para la comprensión de textos escritos desde el año 1500”, y que, las voces molestas recogidas lo eran “sin que ello suponga prestar aquiescencia a lo que significan ahora o significaron antaño”. La constante revisión del Diccionario permite matizar cada una de sus definiciones de acuerdo con la sensibilidad del momento, pero, siempre, “sin ocultar arbitrariamente los usos reales de la lengua”. Usos que el Diccionario ilustra, además, con marcas en abreviatura que, antes de la definición, indican si se trata de una voz o acepción coloquial, despectiva, desusada, eufemística, inusual, jergal, malsonante, peyorativa o vulgar.

Los redactores del primer diccionario académico, popularmente conocido como Diccionario de autoridades, en su prólogo de 1726 en el que comienzan declarando que “el principal fin que tuvo la Real Academia Española para su formación fue hacer un Diccionario copiosso y exacto, en que se viese la grandeza y poder de la lengua”, afirman, sin que les temblara el pulso, que, además de los nombres propios de personas y lugares, más propios de una enciclopedia, “se han excusado también todas las palabras que significan desnudamente objeto indecente”. Y, en efecto, resulta ocioso buscar en las páginas de sus seis tomos cualquier vocablo referente al sexo o la escatología. Mantener hoy por hoy semejante reserva sería expresión de una pudibundez inaceptable. Pero expurgar el Diccionario para hacerlo seráfico y biempensante no dejaría tampoco de ser una reiterada expresión de una nueva forma de censura difusa, no impuesta por el Estado, el Partido o la Iglesia sino por la etérea instancia que decreta lo políticamente correcto.

Así, se le ha reprochado a la Academia la cuarta acepción, y última, de la palabra cáncer, definida como “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”, a lo que se añade este ejemplo: “La droga es el cáncer de nuestra sociedad”. Quienes lo han hecho consideran que este uso, muy común en el español oral y escrito, representa un agravio a las víctimas de dicho mal. También personas identificadas con las Historia y cultura de Japón protestan que el nombre de los heroicos pilotos suicidas en la segunda guerra mundial, los kamikazes, sirva en la prensa, radio y televisión hispanohablantes para designar personas que se juegan la vida realizando una acción temeraria –por ejemplo, un conductor kamikaze que circula en dirección contraria por una autopista– o a un terrorista suicida del ISIS.

Esta última consideración a propósito de la corrección política, asunto de tanta actualidad, remite inexcusablemente a esas dos dimensiones del lenguaje que son lo individual y lo social, el escenario en el que actúan las 23 academias de la lengua española reunidas desde 1951 en ASALE.

Precisamente, iré concluyendo con una cita tomada de la Biblia de Ferrara, traducción de los libros sagrados de la religión mosaica realizada en 1553 por los sefardíes asentados en esa ciudad italiana. Lo que en el Eclesiastés latino es una frase que se ha vuelto proverbial, Nihil novum sub sole, en el original hebreo del Kohélet se convierte en una expresión pleonástica de gran belleza y eficacia: “Y no nada nuevo debaxo del sol”.

Pues bien, las tensiones aludidas a propósito de la actual corrección política estaban ya previstas en la tercera obra de Aristóteles, junto a la Poética y la Retórica, que trata de eso mismo: el gran teatro del lenguaje. Leemos así, en el libro primero de la Política, “la razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo o lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad”.

Me gustaría subrayar, finalmente, esta última frase del filósofo de Estagira porque conviene a mi argumentación actual acerca de la indeseable censura de cualquier Diccionario, pero que habla también de las ineludibles implicaciones políticas y sociales de todo lo que tiene que ver con la palabra. Otros traductores de la Πολιτικα cierran el párrafo que he citado con la referencia a la familia y el Estado, en vez de la casa y la ciudad. Esto es, lo individual y lo social, los dos órdenes entre los que se realiza el prodigio del lenguaje.

Los lingüistas diferencian entre dos situaciones distintas en lo que al contacto entre lenguas se refiere: el bilingüismo y la diglosia. Detrás del distingo están las relaciones de poder. Una cosa es la convivencia de dos lenguas en un plano de razonable equidad y otra cuando la lengua A, así denominada por los expertos, representa la riqueza, el poder y el prestigio social, mientras que la lengua B aparece subordinada como perteneciente a quienes también lo están en una determinada sociedad.

Tengo para mí que, aparte de los datos estadísticos, que sin duda son muy positivos, y al margen incluso de un cierto enrarecimiento del clima político en lo que a nuestra lengua común se refiere desde hace algo más de un año, el español está afianzando su posición como un idioma en modo alguno subalterno, sino que está en condiciones de servir sin limitación alguna a la sociedad norteamericana en convivencia bilingüe con el inglés. Y ello no es mérito de ninguna Academia, sino de los millones de mujeres y de hombres, niños, jóvenes y mayores, que hacen de una lengua universal como es la nuestra la herramienta de sus trabajos y de sus días, pero también el emblema de pertenencia a una comunidad extendida por cuatro continentes, acrisolada por una Historia compleja y fructífera, y abierta a un futuro prometedor.

Darío Villanueva
Director de la Real Academia Española (RAE) y presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE)


Conferencia pronunciada durante la VI Convención de Líderes Hispanos en los Estados Unidos, reunida en San Antonio (Texas) el 17 de junio de 2018.

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<![CDATA[ We, the media?: la polarización política en los medios estadounidenses ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-badillomatos-we-the-media-polarizacion-poltica-medios-eeuu 2018-06-05T04:32:47Z

No parece sencillo descifrar si la polarización política ha alimentado la polarización mediática o si el proceso ha sido inverso, pero el paralelismo cronológico e ideológico entre ambas ha servido para consolidar y legitimar las ideas de la agenda política del presidente Trump.

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El año de Trump ha cambiado también el paisaje mediático en EEUU: por un lado, la consolidación de la radio de opinión (talk radio) ultraconservadora que ha contribuido a la movilización del voto en las elecciones de 2016; por otro, los grandes medios que han encontrado en el dedo acusador de Trump un poco de oxígeno en el contexto más delicado de la historia de los medios estadounidenses, ahogados por la tormenta digital en la que su modelo de negocio está permanentemente en entredicho.

El número de medios se ha multiplicado, consecuencia del abaratamiento de los costes de producción y distribución, e incluso como resultado de la lentitud de algunos actores para adaptarse al entorno digital. El acceso a los ordenadores táctiles de bolsillo que –por comodidad– llamamos “teléfonos” móviles ha hecho a cualquier ciudadano potencial productor de información y las redes sociales (YouTube, Facebook, Twitter) han simplificado hasta el extremo la capacidad para difundir esa información sobre una audiencia. Sin embargo, los costes de mantener una estructura permanente de producción y distribución de información siguen siendo suficientemente altos como para requerir un cierto nivel de profesionalización e institucionalización, lo que sigue poniendo en crisis a los medios más pequeños (como los locales) y hace necesariamente transitoria la actual fórmula de gratuidad a la que las audiencias contemporáneas están tan acostumbradas. En esta metamorfosis los medios están descubriendo nuevas potencialidades (cualquier medio es ahora mundial, instantáneo, permanente) y los nuevos riesgos que implica un ecosistema en el que han sido desplazados de la cima de la pirámide.

Ese cambio, silencioso, se produce en la aparición de los nuevos intermediarios, que gestionan entre un tercio y la mitad de los beneficios generados por la industria de los contenidos, sean estos producidos por aficionados o por estructuras profesionales. Por más que el contenido final sea elaborado por los medios tradicionales, el acceso a los contenidos se canaliza a través de estos nuevos intermediarios, propietarios de la tecnología de acceso (los sistemas operativos móviles), de las plataformas de agregación y combinación de contenidos, o de las redes sociales en las que compartimos las noticias que consideramos relevantes con nuestros amigos. Y en ese proceso modifican el contenido incorporando mensajes publicitarios personalizados, individualizando el menú de noticias con unas u otras intenciones, o tomando a cambio de la gratuidad del acceso toda la información posible acerca de los usuarios. Los datos de comScore para EEUU ponen a estos nuevos actores por delante de los medios tradicionales: los cinco sitios con más visitas en octubre de 2017 fueron Google-Alphabet, Verizon, Facebook, Microsoft y Amazon, con ventaja sobre NBC, CBS y Time Warner.1

En este cambio de jugadores, los cinco grandes –Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft, o GAFAM, por sus iniciales– no sólo han conseguido situarse en la intermediación de todo el sistema comunicacional, sino que esa importancia es reconocida por el mercado con una talla económica inédita hasta hoy. Google-Alphabet y Apple se disputan en 2018 el honor de convertirse en la primera empresa de la historia en alcanzar la valoración de 1 billón (europeo) de dólares en bolsa (aproximadamente el 80% del PIB español). Una cifra que ni lejanamente podrían alcanzar las grandes industrias tradicionales de la cultura y la comunicación, pero que tampoco alcanzaron las de sectores como la energía o la banca.

Figura 1. Valor en bolsa (NASDAQ), 28/V/2018
  Valor bursátil (miles de millones de dólares)
Apple 926,9
Amazon 781,29
Microsoft 755,72
Alphabet 752,95
Facebook 535,27
Fuente: el autor.

Al lado del valor de las grandes compañías que combinan el hardware y el contenido (productos y servicios digitales), las empresas de medios parecen hoy pequeñas. Disney (una de las históricas y más grandes) vale hoy en el mercado lo mismo que Netflix, una pequeña empresa de alquiler de DVD por correo, reconvertida en proveedor global de contenidos en vídeo. De hecho, salvo que las medidas anticoncentración –cada vez más suavizadas– lo impidan, la tendencia a que estos nuevos actores absorban a los productores de contenidos podría conducir a la integración de las industrias culturales tradicionales en los GAFAM. Es algo que ya ocurrió en otros momentos del siglo pasado en la industria musical, o la cinematográfica, y que en estos últimos años está ocurriendo con los operadores de telecomunicaciones que absorben a productores y gestores de contenido audiovisual (en España, Telefónica compró Canal+; y en EEUU, AT&T intentó la compra de TimeWarner). Con los casi 300.000 millones de dólares que Apple ha generado y repatriado en los últimos años, la compañía podría comprar cualquiera (o varias) de las mayores compañías de medios estadounidenses. Y lo mismo podría decirse hoy de cualquiera de las GAFAM.

Figura 2. Valor en bolsa (NASDAQ), 28/V/2018
  Valor bursátil (miles de millones de dólares)
Disney 152,33
Comcast 146,1
Time Warner 73,67
21st Century Fox 71,32
Charter Communications 64,17
Fuente: el autor.

Sin embargo, el sector de los medios estadounidense está integrándose por sí mismo. AT&T hizo una oferta por TimeWarner, bloqueada por el Departamento de Justicia (DOJ) por exceso de concentración en el mercado, Disney ha iniciado la compra de 21st Century Fox (y parece que Comcast igualará la oferta, mientras ambos grupos pelean por otro de los grandes activos de Rupert Murdoch, la televisión de pago británica Sky) y, en menor escala, Sinclair compró Tribune Media, todo en 2017.

No son sólo fusiones económicas, sino también políticas. Algunos medios entendieron que la decisión del DOJ de bloquear la fusión de TimeWarner y AT&T tenía detrás la sombra de Donald Trump,2 preocupado por el tamaño que podría adquirir la editora de CNN. Y, del mismo modo, la Casa Blanca confirmó la llamada de Donald Trump al dueño de Fox, Rupert Murdoch, cuando se anunció la voluntad de Disney de comprar la firma, y algunos medios informaron de que su principal preocupación era qué pasaría con uno de sus principales valedores mediáticos, la conservadora cadena de noticias por cable Fox News.

“Mientras la radio buscaba nuevas formas para competir con los servicios de música en streaming, la radio de opinión política emergió como una solución sencilla, barata y de gran impacto”

En este contexto de transformación en la producción, circulación y consumo de información, los medios son aún (percibidos como) poderosas estructuras de influencia sobre la opinión pública, más aún en una sociedad estadounidense que ha pasado de entender que los medios se guiaban por el interés público –los editores de diarios o los presentadores de noticiarios se enorgullecían de que nadie supiera cuáles eran sus preferencias políticas– a asumir que la polarización política y social ha permeado también las estructuras mediáticas, prisioneras de lo que algunos llaman el “pluralismo polarizado” que tan bien conocemos en el sur de Europa.

Sin remontarnos demasiado atrás, un primer cambio se produjo cuando en 1987 la Administración estadounidense dejó de aplicar la Fairness Doctrine, una norma de los años 40 que obligaba a los medios audiovisuales a presentar cualquier asunto de relevancia pública ofreciendo todas las perspectivas. La desaparición de la norma produjo una explosión de emisoras y programas en la radio estadounidense de corte ultraconservador –y más tarde en la televisión–, conocidos genéricamente como talk radio. Mientras la radio estadounidense buscaba nuevas formas para competir con los servicios de música en streaming –como Pandora o Spotify– la radio de opinión política emergió como una solución sencilla, barata y de gran impacto para producir programas luego “sindicados” (revendidos) a emisoras por todo el país. De ese proceso emergieron Rush Limbaugh (The Rush Limbaugh Show, Premiere Radio), Sean Hannity (The Sean Hannity Show, ahora en Fox News), Glenn Beck (que pasó de la radio a crear la cadena audiovisual conservadora The Blaze), Michael Savage (The Savage Nation) y Laura Ingraham (que también pasó de la radio a Fox News). La radio es clave en el proceso, lo que nos permite recordar su importancia en ciertos sectores de la sociedad estadounidense: los canales de noticias y talk radio son los más escuchados entre los mayores de 55 años (el segundo puesto entre los de 35-54 años) y la radio tiene hoy una penetración superior a la televisión.3

Muchas de las estrellas de la talk radio en los últimos 20 años han cimentado la opinión pública ultraconservadora estadounidense y algunas son los actuales referentes de Fox News, el canal que mejor despliega los argumentarios de la alt-right estadounidense en los medios. No parece sencillo descifrar si la polarización política ha alimentado la polarización mediática o si el proceso ha sido inverso, pero el paralelismo cronológico e ideológico entre ambas ha servido para consolidar y legitimar las ideas de la agenda política del presidente Trump. Y también ha contribuido a extremar las posiciones en las percepciones de las líneas editoriales de los medios estadounidenses. Las declaraciones del presidente –tanto como candidato como después de asumir el cargo– acerca de las noticias falsas (fake news) son parte del discurso anti-establishment que le ha llevado al liderazgo republicano y a la Casa Blanca. Como decía en un tuit de principios de mayo de 20184:

El trabajo de Pew Research (2014) sobre polarización política en EEUU nos permite comprender la dimensión de la “batalla” mediática en términos de orientación ideológica. A partir de la pregunta en torno a la confianza/desconfianza de los ciudadanos en ciertos medios, encontramos dos polos diferenciados:

  1. El de los medios apreciados por los progresistas (liberals) y despreciados por los conservadores: los públicos National Public Radio (NPR) y Public Broadcasting Corporation (PBS), los diarios The New York Times y The Washington Post, los canales de noticias CNBC y CNN, la revista The New Yorker y las tres grandes redes de televisión generalista, ABC, CBS y NBC.
  2. El de los medios apreciados por los conservadores y despreciados por los progresistas, encabezados siempre con mucha diferencia por Fox News (el canal de noticias del grupo 21st Century News), el canal The Blaze o los programas de radio de Rush Limbaugh.
Figura 3. Medios con más y menos confianza para “muy liberales” y “muy conservadores”, 2014
Figura 3. Medios con más y menos confianza para “muy liberales” y “muy conservadores”, 2014

La gestión del primer año de Trump no ha servido para mitigar esta tendencia, más bien los ataques constantes del presidente a los medios tradicionales siguen reforzando este clivaje, engrosando los bandos de estos divided states of America. Aunque los datos de audiencia de Fox News en 2017 son casi idénticos a los del año anterior, MSNBC ha crecido de forma sobresaliente, los ingresos por suscripción digital de The New York Times5 crecieron en 2017 un 47% (el año en que superó los 3 millones de suscriptores totales por primera vez) y The Washington Post batió su récord de suscriptores (1 millón de abonados digitales en 2017, la mayor cifra de su historia).

Consciente del factor económico en el contexto de la crisis digital, el propio Trump lo subrayaba en diciembre del año pasado.6 Sus palabras resumen el contexto de crisis y polarización de la comunicación estadounidense.

“We’re going to win another four years for a lot of reasons, most importantly because our country is starting to do well again and we’re being respected again. But another reason that I’m going to win another four years is because newspapers, television, all forms of media will tank if I’m not there because without me, their ratings are going down the tubes. Without me, The New York Times will indeed be not the failing New York Times, but the failed New York Times. So they basically have to let me win. And eventually, probably six months before the election, they’ll be loving me because they’re saying, ‘Please, please, don’t lose Donald Trump’. OK.”

Figura 4. Ubicación ideológica de las audiencias de ciertos medios en EEUU, 2014
Figura 4. Ubicación ideológica de las audiencias de ciertos medios en EEUU, 2014

Ángel Badillo Matos
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 Véase Advertising Age (2018), Marketing Fact Pack 2018, Ad Age.

2 Véase, por ejemplo, la reacción de Rudolph Giuliani: “Giuliani says Trump ‘denied’ the AT&T-Time Warner deal, then backtracks”.

3 Reach semanal (número de personas que conectan con el medio al menos una vez), según los datos de Nielsen para 2017, aunque el tiempo de consumo de televisión diario dobla en tiempo al de la radio. Sólo en el grupo de edad más anciano la televisión supera en penetración a la radio por 1 punto porcentual. Véase Nielsen (2018), Audio Today 2018: How America Listens, The Nielsen Company. Véanse también los informes cuatrimestrales de Nielsen, “The Nielsen Total Audience Report” para 2017.

6 Entrevista de Donald Trump a The New York Times, 28/XII/2017.

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<![CDATA[ Los riesgos del español en Brasil ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-badillo-malamud-riesgos-espanol-brasil 2018-05-29T11:27:47Z

La historia de la reciente debilidad del español en Brasil refuerza una conclusión inevitable: la necesidad de apoyarse en la cooperación multilateral panhispánica para defender nuestro recurso cultural más preciado.

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Aunque resultan cotidianas las referencias al futuro del español en EEUU –con los cambios demográficos de los hispanos y el nuevo clima social, furiosamente adverso a la multiculturalidad–, otro de los gigantes continentales está mostrando cambios que merecen ser señalados. Brasil no es un coloso sólo en América, sino más bien en el mundo: es el quinto país del mundo en extensión y población, y su PIB es mayor que el de Canadá, Corea del Sur, Rusia y España. Tras EEUU es, por tanto, el mayor país americano en habitantes, riqueza y tamaño. Su población escolar, 50 millones de niños y jóvenes, es mayor que toda la de España.

Figura 1. La presencia global de Brasil
Figura 1. La presencia global de Brasil

Brasil empieza por “B” de BRICS, el afortunado acrónimo con que Goldman Sachs bautizó, hace más de una década, a los países cuyas economías encabezarían el crecimiento global del siglo XXI. Hoy, sin embargo, no gozan de la misma buena prensa que en el pasado y el color de las expectativas ha cambiado de raíz. La crisis a la que los brasileños han hecho frente en el último lustro tiene muchos frentes. El primero es el económico: después de los años del “milagro brasileño” con la presidencia de Lula Da Silva, con crecimientos anuales del PIB superiores al 7%, la economía brasileña experimentó un violento frenazo en 2014 y dos años de retrocesos en 2015 y 2016. Son los mismos años en los que la corrupción en torno a Petrobras y la constructora de Marcelo Odebrecht no sólo implicó a dirigentes, autoridades y representantes de todo el espectro político brasileño y a muchos de sus principales empresarios y gestores económicos, sino que también salpicó de fango a cuadros políticos y empresariales de todo el continente. La crisis política, con la destitución de Dilma Rousseff tras el correspondiente juicio político, sucedida por su vicepresidente Michel Temer, y el encarcelamiento de Lula en abril de 2018 han sumido al país en el desánimo social, en los años en los que el calendario hubiera previsto una resaca menos violenta del “milagro”, el Mundial de fútbol (2014) y los Juegos Olímpicos de Río (2016).

“En un país con un poderoso sector cultural apoyado en un fortísimo mercado interno, la recesión también ha llegado a ese campo”

En un país con un poderoso sector cultural apoyado en un fortísimo mercado interno –que nunca ha sido capaz de desarrollar el suficiente músculo exterior más que en el audiovisual– la recesión también ha llegado a ese campo. Entre 2012 y 2015, Brasil exportó a la UE un 35% menos de productos y servicios culturales y, por supuesto, las importaciones brasileñas de cine, libros y bienes creativos han sufrido descensos muy significativos, debilitando a todo el tejido cultural. A esto hay que agregar la pérdida de fuelle de la política exterior brasileña y su menor implicación en el contexto regional, marcado básicamente por las relaciones con sus vecinos. Es importante señalar que Brasil tiene fronteras comunes con todos los países sudamericanos (la práctica mayoría de ellos hispanohablantes), salvo dos, Chile y Ecuador.

En este contexto atronador, quizá no haya tenido eco suficiente la decisión del gobierno Temer de desactivar la “Ley del español”, promulgada por Lula en 2005. Como parte de los esfuerzos por promover la conexión de la economía y la sociedad brasileña con sus vecinos, con Mercosur como principal andamiaje multilateral, la Lei 11.161 obligaba a todos los estudiantes de secundaria a aprender un idioma extranjero, y a todos los centros públicos a ofertar el español. El resultado, una década después, era muy desigual en cada uno de los estados, obligados a afrontar contrataciones de profesorado muy importantes. Primero la Medida Provisória 746 y, unos meses después, la Lei 13.415 de 2017 restituían al inglés como lengua única en la oferta de la enseñanza secundaria brasileña, dejando a los centros la posibilidad de ofertar otros idiomas (“preferentemente el español, de acuerdo con la disponibilidad de oferta, locales y horarios”). Otra pieza más, esta vez en (des)integración cultural, para la crisis del Mercosur.

El Instituto Cervantes mantiene en Brasil más centros que en ningún otro país del mundo (ocho, tras el cierre en 2011 de Florianópolis), procedentes de los años de expansión latinoamericana durante la gestión de César Antonio Molina, a mediados de la década pasada. Y, mientras tanto, el Cervantes sigue sin añadir nuevos centros a la red desde 2009. En estos últimos nueve años sólo ha cerrado sedes. O sólo ha cerrado tres en medio de la crisis, como se prefiera (Florianópolis, Damasco y Gibraltar). Escrita con la letra de las crisis económica y política, y el debilitamiento de la integración regional, la historia de la reciente debilidad del español en Brasil refuerza una conclusión inevitable: la necesidad de apoyarse en la cooperación multilateral panhispánica para defender nuestro recurso cultural más preciado en los países en los que (como EEUU y Brasil) parece estar hoy más en riesgo. Y, en este caso, España debería valorar junto a los mayores países hispanohablantes –Argentina, Colombia y México– qué medidas tomar para que el parlamento de Brasil reconsidere la restitución de la “Ley del español”.

Figura 2. El Instituto Cervantes en Brasil
Figura 2. El Instituto Cervantes en Brasil

Ángel Badillo
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo

Carlos Malamud
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @CarlosMalamud

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<![CDATA[ Torres y muros frente al multiculturalismo: hispanos y español en la presidencia de Donald Trump ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari11-2018-badillomatos-torres-muros-multiculturalismo-hispanos-espanol-trump 2018-01-26T12:22:22Z

La elección de Donald Trump ha supuesto nuevas tensiones para el uso público del español en EEUU y, sobre todo, para la multiculturalidad.

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Ver también versión en inglés: Towers and walls against multiculturalism: Hispanics and Spanish in the Trump Presidency

Tema

La elección de Donald Trump ha supuesto nuevas tensiones para el uso público del español en EEUU y, sobre todo, para la multiculturalidad.

Resumen

La llegada a la Casa Blanca de Donald Trump ha supuesto nuevas tensiones para el uso público del español en EEUU, pero sobre todo para la multiculturalidad como paradigma de las políticas públicas en ese país. El español ha sido utilizado por el presidente Trump para visibilizar el riesgo que supone un idioma y una comunidad, la hispana, en la que la asimilación cultural no parece, por razones diversas, tan efectiva como otras. Este análisis revisa la delicada relación entre los hispanos, el español, el ascenso del paleoconservadurismo y Donald Trump en los últimos 12 meses, tras la toma de posesión del 45º presidente de EEUU.

Análisis

“¿Acaso la sinrazón no vale tanto como la razón?”
(Alfred Jarry, Ubú, rey, 1896)

Doce meses. No parece tiempo suficiente, aún, para que gran parte de la sociedad estadounidense y de la comunidad internacional asimilen la victoria electoral de Donald Trump como candidato del Partido Republicano. En 2016, Trump encontró un escenario de enorme fractura política y social en la que el propio GOP había sufrido las tensiones derivadas de la ascensión del populismo en sus propias filas desde la elección, en 2008, de la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como candidata a vicepresidenta junto a John McCain. En las semanas previas a la elección presidencial, la crisis bancaria de las hipotecas sub-prime, el hundimiento de Lehman Brothers, el rescate bancario1 realizado por George W. Bush y la victoria de Obama reforzaron a los sectores más radicales del partido, organizados enseguida en torno al Tea Party.

El descontento republicano por el rescate a los bancos –que muchos entendieron como una traición a los principios del libre mercado y un acto de sumisión de Bush, McCain y Obama al establishment económico y al intervencionismo estatal–, combinado con las políticas de Obama y los efectos de la transformación de la economía estadounidense fueron progresivamente dando suelo a movimientos ultranacionalistas en el espacio político del republicanismo que cimentaron el cambio de ciclo político de las elecciones presidenciales de 2016 a partir de lo que el renovador del pensamiento conservador norteamericano, el filósofo y politólogo Paul E. Gottfried, bautizó en 2008 como alternative Right (derecha alternativa, llamada también alt-right). La revisión del pensamiento conservador resume bien algunas claves de la agenda de Trump, tanto en la campaña como en los primeros meses en el despacho oval: nacionalismo, liberalismo fuertemente antiestatalista y anti-establishment (político o mediático), rebelión contra el multiculturalismo2 o antifeminismo. Gottfried identifica claramente a los adversarios:

“En Europa Occidental y América del Norte, el Estado3 basa su poder en una multitud de seguidores: una clase baja (y ahora media) subvencionada por el Estado del bienestar, un firme sector público y una vanguardia de defensores públicos entre los medios y los periodistas. Sobre esta base, el régimen y sus defensores han podido marginar a su oposición”.4

Si las últimas dos décadas estuvieron marcadas por la hegemonía neoconservadora en el Partido Republicano, este nuevo período parece estar dominado por el llamado “paleoconservadurismo” (paleoconservatism), que se aleja de la tradición liberal estadounidense de los “padres fundadores”:

“La diferencia fundamental entre los neoconservadores y los paleoconservadores es esta: los neoconservadores pertenecen a la tradición modernista liberal-demócrata de Montesquieu, Madison y Tocqueville; los paleoconservadores son herederos del medievalismo cristiano y aristocrático, de San Agustín, Tomás de Aquino y Hooker. Los principios del neoconservadurismo son la libertad individual, el autogobierno y la igualdad de oportunidades; los del paleoconservadurismo son la fe religiosa –el cristianismo en particular–, la jerarquía y la prescripción”.5

Numerosas organizaciones han ido configurando este proceso de rearme ideológico, tanto en el campo académico-universitario como en las organizaciones políticas y sociales, muy próximas en algunos casos a las tesis supremacistas y a la extrema derecha, lo que ha producido episodios de violencia o exaltaciones radicales, como los gritos de Heil Trump con los que se saludó la victoria republicana en un acto del National Policy Institute de Richard Spencer.6 Estos movimientos sociales y políticos de la ultraderecha encontraron en Donald Trump un icono liberal-populista capaz de desafiar tanto al establishment del Partido Republicano como al resto de los actores dominantes, en el escenario nacional e internacional.

La torre de Trump: una “hipérbole verosímil”

Trump, presidente, no es la misma persona para el norteamericano que lo ha visto crecer –volver a crecer, y desmoronarse para poder crecer de nuevo–, evitar en helicóptero el atasco neoyorquino y batallar sus divorcios, y para quienes lo han descubierto ya en la política, como el campeón de la clase media dispuesta a ajusticiar al establishment capitalino.

Pese a la omnipresencia de la cultura popular estadounidense, el mundo descubrió a Trump durante las campañas electorales –la republicana y la presidencial– del año 2016. Para el estadounidense corriente, sin embargo, Trump formaba parte desde muchos años atrás del viscoso flujo electrónico de los programas de televisión y de la tinta de la prensa popular de las últimas cuatro décadas, cuando el star-system exportado por la industria cultural estadounidense lo integraban aún solamente actores y actrices de cine o televisión. Hoy, la familia Kardashian o los empleados de una casa de empeños de Las Vegas forman parte del imaginario televisivo de todo el mundo y la espectacularización de lo cotidiano ha convertido a los personajes de la “telerrealidad” en el elenco de los contenidos de cientos de canales. Pero en los 80 y los 90 el star-system social estadounidense no había saltado aún a la “telerrealidad”, y se servía como dieta doméstica en televisiones y tabloides locales, como el New York Post o el Daily News.

En las portadas de diarios apilados frente a metros y autobuses, Trump fue construyendo su personaje público de hombre de éxito adornado con las tramas del Olimpo de la ciudad: sus proyectos inmobiliarios y sus mesas de juego en el Taj Mahal7 de Atlantic City, sus divorcios y matrimonios, sus traiciones y victorias, sus bancarrotas y sus constantes resurrecciones minuciosamente diseccionadas en las columnas de sociedad de los diarios populares neoyorquinos. Como decía en 1987, “no me importa la controversia, y mis negocios tienden a ser ambiciosos. Además, conseguí mucho cuando era joven, y elegí vivir de una cierta manera. El resultado es que la prensa siempre ha querido escribir sobre mí”.8 La puesta en pie de la Trump Tower en Manhattan (1979-1983) ratifica simbólicamente su asentamiento entre los multimillonarios de “la gran manzana”, el triunfo del mito estadounidense del hombre hecho a sí mismo, por mucho que este nieto de emigrantes alemanes e hijo de emigrante escocesa tuviera una infancia y una vida de privilegios arropada por el éxito económico de los negocios inmobiliarios de su padre, Fred Trump. Pero la Trump Tower es sobre todo la metáfora de su famosa “hipérbole verosímil” (truthful hyperbole), la base de su estrategia de comunicación, “una forma inocente de exageración, pero una muy efectiva forma de promoción”.9 Desde entonces, los rascacielos con su nombre escrito han servido como símbolos del su éxito empresarial en Chicago, Honolulu, Las Vegas, Washington, Sunny Isles, White Plains, Estambul, Pune, Kolkata, Vancouver y Panamá –con otras en Punta del Este, Mumbai y Manila a punto de terminarse–.

Figura 1. Portadas de prensa popular sobre Trump en los años 90

Es su recurrencia en televisión y cine (con apariciones en series y películas, su programa de “telerrealidad” The Apprentice y anuncios de McDonalds, Nike, PizzaHut y Visa) la clave que le sirvió para salvaguardar su presencia en la cultura popular estadounidense, consciente de que el elemento central de la marca de sus empresas no era otro que él mismo, enfundado en su inconfundible traje (del que produjo una colección para la cadena de grandes almacenes Macy’s). Es el modo en el que se construyen las mitologías de la cultura popular, compartiendo los altibajos de las vidas privada y pública. “Mejor la mala publicidad que ninguna, la controversia vende”.10 Y, sobre todo, la controversia garantiza la cobertura mediática, como mostraba el estudio de la consultora MediaQuant que valoró en 5.000 millones de dólares el coste de la presencia mediática de Trump en campaña.11 Las 14 temporadas de The Apprentice12 y la permanente recuperación de sus tramas en los programas de tertulias y crónica social de NBC, asentaron una masa de espectadores-votantes, y se convirtieron en el escenario semanal en el que Trump construía su personaje público de éxito, liderazgo y firmeza. El Trump presidente parece proyectar esa concepción del liderazgo personal en todas sus dimensiones, l’état c’est Trump, como brillantemente resumía Roger Cohen en el New York Times.

Los “estados divididos” de América: “Nobody builds walls better than me”

En un contexto que combina la crisis financiera de 2007-2008, la aceleración de la desregulación, la mundialización de flujos y procesos económicos, la digitalización y la automatización, las clases media y media-baja estadounidenses han atravesado unos años de debilidad como hacía décadas que no se vivían, con la tasa de desempleo13 alcanzando el 10% en octubre de 2009, una cifra que sólo se había sobrepasado en la recesión de los primeros 80 (1982-1983). La emigración se ha convertido fácilmente en el objeto de la ira del presidente Trump, proyectando sobre ella los miedos de los ciudadanos más débiles del país.

La atracción de personas de todo el mundo hacia las condiciones sociales, políticas y económicas de EEUU sigue siendo muy alta, fruto también del esfuerzo permanente del país por proyectar una imagen idílica a través de sus instrumentos de poder blando. Los datos de la Oficina de Migraciones muestran cómo en los últimos años la admisión legal de emigrantes ha sido intensísima, sólo equiparable –en la serie histórica– a la de 1910-1920: entre 2005 y 2016 al menos un millón de emigrantes legales llegaba cada año al país.14 Los extranjeros suponen hoy el 13,5% de la población estadounidense total –un peso relativo similar15 al de la década de 1920– aunque, con 43,7 millones, el tamaño absoluto de este grupo de población es el mayor de la historia del país. A ellos hay que añadir los emigrantes no documentados, que alcanzan los 11 millones según la estimación del Migration Policy Institute, la mitad (56%) procedentes de México16 y el 80% latinoamericanos.

Figura 2. Evolución de la procedencia mayoritaria de los emigrantes a los estados de EEUU

Figura 2. Evolución de la procedencia mayoritaria de los emigrantes a los estados de EEUU

Fuente: Pew Research Centre (2015).

La combinación de la intensa llegada de extranjeros en la última década con la crisis económica con más impacto en el desempleo desde principios de los 80 ha producido un escenario en el que el discurso populista-polarizador de Donald Trump ha prendido rápida y fácilmente. Excluidos de los procesos políticos –aunque parte esencial de los económicos– los emigrantes son una víctima débil y sencilla para este tipo de mensaje electoralista. De los 43,7 millones de extranjeros que residían en EEUU en 2015 registrados por el Census Bureau, el 51% procedía de América Latina y de ellos el 27% de México.17 Poner la mira en el español es, de hecho, ponerla en los hispanos, el estereotipo más identificable de la emigración para el ciudadano medio estadounidense.

La lista de agravios del presidente hacia los hispanos se remota muy atrás, pero nos limitaremos a los últimos dos años. El 16 de junio de 2015, envuelto por los mármoles y dorados de su castillo neoyorquino, Trump anunciaba su carrera presidencial dedicando una parte central del mensaje a la migración mexicana:

“Cuando México manda a su gente, no manda a los mejores. No le mandan a usted, o a usted, mandan personas que tienen muchos problemas, y que nos traen esos problemas. Envían drogas, crimen, son violadores… y –asumo que también hay gente buena– he hablado con los guardias de frontera y me han explicado lo que pasa. Y es de sentido común: no nos mandan a la gente buena… Y eso se va a acabar, y se va a acabar rápido.”

Esas palabras evocaban en la memoria colectiva norteamericana la llegada de los “marielitos” de Cuba en 1980, y mantenían la línea de su afirmación, en 2013, de que el aumento de los delitos en EEUU se debía a blacks and hispanics.18 Quizá por ello, en ese mismo acto, Trump anunció la construcción de un gran muro (“y nadie construye muros mejor que yo”, dijo) en la frontera sur, “y haré que México lo pague, tomen nota de mis palabras”.19 La emigración hispana se convertía para Trump, en símbolo de “lo no americano”, de lo extranjero, lo (malo) venido de afuera que su presidencia se empeñaría en erradicar para regresar a un pasado mejor, dándole a la lengua inglesa el estatus de signo central de (una determinada) identidad nacional.

El español es ajeno, foráneo, otro. En un mitin en Keene (New Hampshire), Trump acusaba a Marco Rubio de querer abrir las fronteras: “lo dijo en un discurso no hace mucho… no quería que os enterarais, así que lo dijo en español”.20 Tocqueville señalaba en el siglo XIX la unidad lingüística como una de las claves del éxito de EEUU,21 pero mucho ha cambiado desde entonces; como subraya Hernández Nieto, EEUU afronta el problema colectivo de que un 8% de su población –el 18,9% en California– “no comprende la lengua mayoritaria del país y la lengua de la administración pública, o sólo puede mantener una comunicación muy básica en la misma”.22 Para Trump, la división de EEUU no es política, o económica: es identitaria, con la pérdida del inglés como señal de alarma. Esta división es el fruto de las erróneas acciones del pasado, no la consecuencia de la propia acción política de Trump, pese a que parezca servirse de la polarización como el eje de toda su estrategia de comunicación política.

Levantando un muro administrativo: “Speak English, not Spanish!”

Aunque la Constitución de EEUU no reconoce ninguna lengua como oficial,23 los intentos para que el inglés lo fuera se remontan a 1923, y desde 1981 distintos miembros del Partido Republicano han encabezado seis iniciativas que, si bien no han tenido éxito a nivel federal, han sido mejor acogidas en muchos estados, gracias a organizaciones como US English24 y su intensa tarea de lobby. Este movimiento conocido como English only –más bien English official, porque en muchos casos no promueve la prohibición de otras lenguas, sino el estatus predominante del inglés– se ha extendido por todo el país25 y ha conseguido que la mayor parte de los estados tengan leyes de oficialidad del inglés, lo que ha ocurrido en al menos tres periodos:26 hasta finales del siglo XX, con cinco estados declarando el inglés como lengua oficial (en Massachusetts la ley fue declarada inconstitucional); los últimos 20 años del pasado siglo (con el movimiento English Only y 20 estados aprobando leyes al respecto) y el repunte que se está produciendo en los últimos años (ocho estados con nuevas leyes), anunciando y reflejando las tensiones lingüísticas y migratorias que viven muchos territorios.

En 2017 son 32 los estados que tienen algún tipo de legislación de oficialidad del inglés.27 En la mayor parte de los casos se trata de declaraciones simbólicas, de importancia política, pero cuyo impacto práctico –sobre el derecho electoral, laboral, tributario o sanitario– es muy matizable,28 gracias a los característicos checks and balances del sistema político estadounidense.

Figura 3. Aprobación de leyes de oficialidad del inglés

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Como puede suponerse, existe una relación directa entre estas iniciativas legislativas y el volumen de población migrante, pero una reciente investigación señala un desencadenante clave: “cuando la inmigración recibe mucha cobertura mediática, la visibilidad del tema parece impulsar a los estados… a responder con legislación que haga al inglés idioma oficial”. Frente al llamado melting pot en el que las lenguas de los emigrantes se habían diluido durante décadas, el español parecía resistir gracias a la intensa emigración de la década hispana de los 90 y al valor económico que, para las empresas privadas, el idioma español supone como herramienta de acercamiento a los 50 millones de hispanos y su poder de compra. Caso aparte es la situación política del estado libre asociado de Puerto Rico. El republicano Rick Santorum –más tarde competidor de Trump en las primarias republicanas– declaraba, antes del referéndum portorriqueño de 2012, que si la isla quería convertirse en estado, debía tener al inglés como idioma principal29 (la Constitución de 1952 sólo exige conocer inglés o español a los miembros de la Asamblea Legislativa).30

La tensión cultural mono/multilingüismo derivada de una sociedad norteamericana cada vez más diversa no es, por lo tanto, ninguna novedad. Muestra, más bien, los permanentes equilibrios y reequilibrios que el sistema estadounidense mantiene entre la política federal y la estatal, y recalca la complejidad de un país compuesto por 50 estados, con sus propias constituciones y legislaciones, y con realidades históricas y sociales más diversas de lo que en ocasiones parece. El actual contexto internacional en materia de política cultural favorece una perspectiva respetuosa con lo multicultural, y así lo reconoce el motor central de UNESCO desde 2005, la “Convención para la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales”. Sin embargo, EEUU sigue sin suscribir el acuerdo y, más aún, hace unos meses anunció su decisión de abandonar, nuevamente, UNESCO como respuesta a las decisiones tomadas por la organización en materia de patrimonio en contra del criterio de Israel. La decisión no es sólo una forma de apoyo a Israel, ni un nuevo rechazo a los instrumentos multilaterales en el campo internacional, sino una declaración de disconformidad con el paradigma multicultural que define la actividad de UNESCO desde hace más de una década.

La presidencia de Trump ha asumido esta línea defendiendo la asimilación cultural31 de las culturas no anglófonas y rechazando el uso del español. Durante la campaña de primarias republicana, llamó la atención a su rival Jeb Bush por utilizar el español en sus mítines: “Debería dar ejemplo y hablar en inglés en EEUU”.32 O en su cuenta de Twitter: “Jeb Bush está loco, a quién le importa que hable mexicano, esto es América, ¡inglés!” [sic].33 Más clarificadoras fueron sus palabras en el debate de primarias del 16 de septiembre de 2015 en la Ronald Reagan Library de California:

“Tenemos un país en el que para asimilarte, tienes que hablar inglés… Tenemos que tener asimilación, para tener un país tenemos que tener asimilación. No soy el primero en decirlo, muchas personas lo han dicho durante muchos años: este es un país en el que se habla inglés, no español [aplausos]”.34

Esta legitimación del rechazo público al uso del español –de hecho, de cualquier idioma distinto al inglés– ha producido multitud de pequeños incidentes de violencia social xenófoba, como los reportados por el sitio web documentinghate.org, de la ONG ProPublica: reproches a latinos por hablar español en la calle o las escuelas, insultos cada vez más habituales –a menudo usando el término despectivo spic35 o los gritos políticos usados como forma de agresión, como el caso de los aficionados blancos de un instituto que gritaban “Trump, Trump, Trump” a los jugadores del equipo contrario, mayoritariamente latinos y afroamericanos. Como trágicamente resumía el The New York Times,36 el nombre del presidente se ha convertido en un abucheo racista.

El muro comunicacional: “The page you’re looking for can’t be found”

Igual que el desprecio a lo hispano estaba en los primeros minutos de su presentación como candidato, o que el muro fronterizo formaba parte de su campaña electoral, el muro comunicacional comenzaba a las pocas horas de la toma de posesión, el mismo 23 de enero: la Casa Blanca eliminó la traducción al español de su sitio web –como la información sobre el cambio climático o la dedicada a los colectivos LGTBI–, que era sustituida por el mensaje, en inglés, “the page you are looking for can’t be found” (“no se encuentra la página que busca”). Pese a las declaraciones del secretario de prensa de la Casa Blanca, que afirmaba ese mismo día que era solo una medida temporal de ajuste del contenido del sitio web, un año después la página en español de la Casa Blanca sigue mostrando el mensaje de contenido inexistente. Curiosamente, un grupo de voluntarios ha comenzado a trabajar en una traducción de la página, que ofrecerán en whespanol.com.

Figura 4. La web en español de la Casa Blanca

Nota: tres momentos de la página en español de la Casa Blanca entre 2001 y 2017: durante la presidencia de George W. Bush, en 2001; durante la presidencia de Barack Obama, en 2010; y la página que se mostraba desde el día de toma de posesión de Donald Trump. La dirección consultada fue, en todos los casos, http://whitehouse.gov/espanol.

La herramienta de comunicación favorita de Trump sigue siendo la red social Twitter, que el presidente emplea como permanente mecanismo de bypass mediático. La cuenta de Trump en la red social @realDonaldTrump es seguida por más de 46 millones de personas y ocupa el 20º puesto entre las más seguidas en todo el mundo.37 La cuenta en español de la presidencia en Twitter,38 @LaCasaBlanca, no fue cerrada tras la toma de posesión, pero en todo el primer año apenas publicó 184 mensajes, con una ratio de seguidores por tuit de apenas 21.000, cifras difícilmente comparables con la cuenta en inglés, @WhiteHouse, que en el mismo periodo publicó 2.800 mensajes con una ratio de 1,3 millones de seguidores por tuit. Muchos de los tuits de la cuenta @LaCasaBlanca fueron publicados en inglés, y muchos otros contenían faltas de ortografía o eran malas traducciones de otros mensajes en inglés.

La misma posición se ha trasladado a la relación con los medios de comunicación, bien hispanos o bien calificados de “progresistas” por el presidente, a los que Trump acusa de ser instrumentos al servicio de la elite política tradicional. La comunicación pública de Trump se ha esforzado en mostrar que, frente a la agenda mediática, existía una perspectiva distinta sobre los acontecimientos que la consejera del presidente, Kellyanne Conway, calificó de “hechos alternativos” (alternative facts).39] La polarización política del país ha conducido en los últimos años a una evolución hacia un “pluralismo polarizado” en los medios,40 con Fox News (la red de noticias de la compañía 21st Century Fox, y ahora en proceso de venta a Disney41), varios sitios de internet y la siempre politizada talk radio42 como principales defensores del discurso de Trump, frente al resto de cadenas de televisión que han mantenido una posición crítica con la presidencia de Trump. La referencia mediática de la comunidad hispana, Univisión, ha sido frecuente objeto de las iras del presidente, desde tiempo antes de la campaña.43 El enfrentamiento más visible fue el que se produjo entre el periodista Jorge Ramos y Trump durante una rueda de prensa en Iowa, el 25 de agosto de 2015, cuando pidió a los miembros de seguridad que expulsaran al periodista de Univisión de la sala,44 mientras le decía: “Vuélvete a Univisión”.

Conclusiones

Torres y muros contra el multiculturalismo

El discurso público de Trump ha utilizado constantemente a la emigración, a los hispanos, y al español para simplificar las causas de la crisis económica de la clase media estadounidense y atraer el voto del descontento. Pese a ello, las encuestas mostraban un considerable apoyo de votantes latinos a su candidatura, y los sondeos a pie de urna reflejaban que el apoyo de los votantes hispanos a Trump fue muy similar45 (28%) al que obtuvo el anterior candidato republicano a la Casa Blanca, Mitt Romney, en 2012. Sin embargo, esas encuestas no fueron diseñadas metodológicamente para investigar conjuntos de población tan específicos y, a la luz de trabajos publicados en estos últimos meses, sobreestimaron el voto latino a Trump.46

Y, pese a todo, muchos latinos le votaron. Como hemos explicado en varios análisis anteriores, la comunidad hispana de EEUU es mucho más compleja de como frecuentemente es retratada. El descenso de la emigración ha hecho que más mexicanos salgan de EEUU de los que entran,47 las generaciones más lejanas al proceso migratorio familiar pierden progresivamente el español (más del 26% ya no lo habla en el hogar)48 y una gran mayoría de los hispanos no cree que sea necesario hablar español para serlo49 (el 71%). La comunidad hispana en EEUU está cambiando –no necesariamente hacia la asimilación– y esa transformación hace más complejo analizar el (minoritario, pese a todo) apoyo hispano a Trump desde los estereotipos tradicionales.

Es difícil hacer proyecciones futuras, pero algunas reacciones permiten pensar que la batalla entre el multiculturalismo y el paleoconservadurismo será larga. Como recuerda el último informe del Observatorio en EEUU del Instituto Cervantes, el mismo día que Donald Trump ganaba las elecciones, los californianos votaban en referéndum mayoritariamente a favor (73,52%) de recuperar la educación bilingüe, y hace pocas semanas Massachusetts hacía lo mismo,50 mientras seguía creciendo en muchos estados (ahora 29, más Washington DC) el “sello de bilingüismo” (Seal of Biliteracy),51 un certificado que se otorga a los estudiantes que demuestran el conocimiento de dos o más lenguas al llegar a su graduación de bachillerato, y los datos generales de enseñanza del español lo colocan como la lengua más estudiada en EEUU, en todos los niveles.52 En cualquier caso, la distancia de Trump con el español y lo hispano está claramente marcada. El presidente está decidido a que su mandato levante muros contra la emigración ilegal, contra la diversidad cultural que amenaza la grandeza de EEUU, contra el establishment político y económico que no cuida de los intereses de la clase media, muros que continúen atrayendo el pensamiento paleoconservador emergente en muchos sectores del país. Pero esos muros están contribuyendo a marcar más fuertemente aún las divisiones –ideológicas, étnicas, económicas– de la sociedad estadounidense.

La hipérbole, la bravata que confesaba en 1987 como esencia de su comunicación pública, no parece el mejor modo de hacer política doméstica ni internacional. La mayor parte de los observadores prefiere ver más bravatas e hipérboles en el primer año de Trump que amenazas efectivas; “don’t read too much in it”, como al parecer recomendaban los miembros de la Administración53 sobre las amenazas a Corea del Norte. Pero los efectos de esas acciones son reales, y pueden terminar siendo incontrolables. La personalización máxima, la identidad entre la nación y Trump –que Lakoff54 señala como metáfora clave de este período– da ante todo razones para la preocupación, afanado como parece el presidente más por el éxito inmediato, por la victoria en cada pulso, que por decisiones que tengan a medio o largo plazo otros objetivos distintos al de reforzar la (supuestamente perdida) hegemonía norteamericana. En sus clases del año 1975, el sociólogo francés Michel Foucault introdujo un concepto para reunir miserabilidad, ridículo y maiestas: “ubuesco”, el retrato grotesco del poder imaginado por Alfred Jarry en 1896 en Ubú, rey. Ningún adjetivo resumiría mejor, ni con más estupor, estos 12 meses.

Ángel Badillo Matos
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 El rescate bancario recibió el nombre de Troubled Asset Relief Program (TARP) y requirió una inversión de 205.000 millones de dólares. Véase al respecto “The Legacy of TARP’s Bank Bailout Known as the Capital Purchase Program”, revisión realizada por el Special Inspector General for the Troubled Asset Relief Program en enero de 2015.

2Such a society does not arise unbidden but to a large extent is molded by government policies toward particular minorities and through the promotion of Third World immigration as an instrument of internal change… In the new multicultural as opposed to conventional multiethnic situation, the state glorifies differences from the way of life associated with the once majority population”. En P. Gottfried (2004), Multiculturalism and the Politics of Guilt, University of Missouri, p. 16.

3 En el original, “this state” se refiere al “managerial state” (traducido a veces como “Estado gerencial”, o “gobierno de gerentes”), término peyorativo con el que algunos autores critican que la gestión pública se haya convertido en un fin en sí misma y que se pretenda asentar en ella la renovación del estado del bienestar.

4In Western Europe and North America, this state rests its power upon a multitiered following: an underclass and now middle-class welfariate, a self-assertive public sector, and a vanguard of media and journalistic public defenders. Upon the basis of this following, the regime and its apologists have been able to marginalize their opposition”. En P.E Gottfried (1999), After Liberalism: Mass Democracy in the Managerial State, Princeton University Press, Princeton, p. 139.

5The fundamental difference between neoconservatism and paleoconservatism is this: neoconservatives belong to the tradition of liberal-democratic modernity, the tradition of Montesquieu, Madison, and Tocqueville; paleoconservatives are the heirs to the Christian and aristocratic Middle Ages, to Augustine, Aquinas, and Hooker. The principles of neoconservatism are individual liberty, self-government, and equality of opportunity; those of paleoconservatism are religious –particularly Christian– belief, hierarchy, and prescription”. En G.L. Schneider (2013), Conservatism in America Since 1930: A Reader, NYU Press, Nueva York, p. 388.

6 Véase, por ejemplo “‘Hail Trump!’: white nationalists salute the President-Elect”, The Atlantic, 21/XI/2016.

7 El hotel, rebautizado como Hard Rock Hotel & Casino Atlantic City, reabrirá sus puertas en el verano de 2018.

8I don’t mind controversy, and my deals tend to be somewhat ambitious. Also, I achieved a lot when I was very young, and I chose to live in a certain style. The result is that the press has always wanted to write about me”. En Donald J. Trump y Tony Schwartz (1987), Trump: The Art of the Deal”, Random House.

9I call it truthful hyperbole. It’s an innocent form of exaggeration – and a very effective form of promotion”, ibid.

10Good publicity is preferable to bad, but from a bottom-line perspective, bad publicity is sometimes better than no publicity at all. Controversy, in short, sells”, ibid.

11 Mary Harris (2016), “A media post-mortem on the 2016 presidential election”, MediaQuant, 14/XI/2016.

12 El programa se emitió por primera vez en NBC el 8 de enero de 2004; a partir de la séptima temporada (2008) pasó a llamarse The Celebrity Apprentice (el famoso-aprendiz), y su emisión se interrumpió en 2015, tras la emisión de la 14ª temporada, para regresar en 2017 ya sin Donald Trump al frente, sustituido por el actor y ex gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.

14 Entre 1904 y 1914, EEUU concedió estatus legal a casi 11 millones de emigrantes; este acumulado de 10 años sólo fue superado en la década 1999-2009. Véase Migration Policy Institute (2017), “Annual number of new legal permanent residents, fiscal years 1820 to 2016”.

15 El porcentaje de emigrantes en EEUU era del 13,2% de la población y en 2016 el 13,5%.

17 Datos de American Community Surveys (IPUMS).

18Sadly, the overwhelming amount of violent crime in our major cities is committed by blacks and Hispanics – a tough subject-must be discussed”, @realDonaldTrump en Twitter.

19 La transcripción de CSPAN de esa parte de la intervención es: “I would build a great wall, and nobody builds walls better than me, believe me, and I’ll build them very inexpensively, I will build a great, great wall on our southern border. And I will have Mexico pay for that wall. Mark my words”.

20 En la transcripción de CSPAN: “Made a speech not so long ago, in Spanish, saying he wants to open up the borders essentially. he didn’t want you people hearing it. So he made the speech in Spanish. That’s true”.

21 “Los emigrantes que vinieron, en diferentes períodos, a ocupar el territorio que cubren hoy día EEUU de América, diferían unos de otros en muchos puntos; su objetivo no era el mismo, y se gobernaban según principios diversos. Esos hombres tenían sin embargo entre sí rasgos comunes, y se encontraban todos en situación análoga. El lazo del lenguaje es tal vez el más fuerte y más durable que pueda unir a los hombres. Todos los emigrantes hablaban la misma lengua; eran todos hijos de un mismo pueblo”. En A de Tocqueville (1835), La democracia en América.

22 R. Hernández Nieto (2017), “La legislación lingüística en los Estados Unidos”, Observatorio de la Lengua Española y las Culturas Hispánicas en EEUU, Instituto Cervantes, Boston.

23 La mayoría de los estados federados ha pasado leyes de oficialidad del idioma inglés, mientras otros tienen varios idiomas oficiales o no lo es ninguno.

25 Amy H. Liu y A.E. Sokhey (2014), “When and why do US states make English their official language?”, The Washington Post, 18/VI/2014; y A.H. Liu et al. (2014), “Immigrant threat and national salience: understanding the ‘English official’ movement in the United States”, Research & Politics, vol. 1, nº 1, pp. 1-8.

26 Véase Hernández Nieto (2017), pp. 12 y siguientes.

28 Véase Hernández Nieto (2017), pp. 88 y siguientes.

29 Santorum aclaró unos días después que sus declaraciones habían sido tergiversadas: “Sea o no la lengua de aquí, el inglés debe enseñarse” (EFE, 16/III/2012). El referéndum de Puerto Rico, celebrado en 2012, terminó con la victoria de los partidarios de que el país se convierta en estado de la unión.

31 El término “asimilación cultural” se utiliza en sociología de la cultura para definir la incorporación de una cultura foránea dentro de otra que la acoge, contemplando este proceso como beneficioso para ambas, y fue utilizado en la primera mitad del siglo XX para explicar la homogeneización cultural en EEUU como un proceso no conflictivo. Uno de sus orígenes es el concepto de melting pot (crisol, o crisol de culturas), popularizado por la obra de Israel Zangwill “America is God’s Crucible, the great Melting-Pot where all the races of Europe are melting and re-forming” (The Melting Pot, 1908).

33Jeb Bush is crazy, who cares that he speaks Mexican, this is America, English !!”, 25/VIII/2015, 3:14, @realDonaldTrump.

34 En la transcripción de The Washington Post: “We have a country, where, to assimilate, you have to speak English… We have to have assimilation – to have a country, we have to have assimilation. I’m not the first one to say this, Dana. We’ve had many people over the years, for many, many years, saying the same thing. This is a country where we speak English, not Spanish”.

35 En opinión de la investigadora Frances Negrón-Muntaner, el término es muy anterior al de Hispanic y fue generado por los estadounidenses durante la construcción del canal de Panamá, para referirse a los trabajadores locales que no hablaban inglés (no speak English), y ha ido evolucionando hasta la forma actual, spic.

36 D. Barry y J. Eligon (2017), “‘Trump, Trump, Trump!’ How a President’s name became a racial jeer”, The New York Times, 16/XII/2017.

37 El dato es de enero de 2018; en ese momento la cuenta más seguida en Twitter era la de la cantante Katy Perry (108 millones de seguidores), seguida por el también cantante Justin Bieber (105 millones) y el ex presidente norteamericano Barack Obama (98 millones).

38 Ambas cuentas de Twitter, @WhiteHouse y @LaCasaBlanca fueron creadas en enero de 2017.

39 Declaraciones al programa de NBC Meet the Press, 22/I/2017.

40 Usando la terminología de Daniel Hallin y Paolo Mancini. Véase D.C. Hallin y P. Mancini (2004), Comparing Media Systems: Three Models of Media and Politics, Cambridge University Press, Cambridge.

42 Talk radio es el nombre que reciben las emisoras de la radio estadounidense que emiten sobre todo programación basada en contenidos hablados y participación de la audiencia. La talk radio se extendió a partir de los años 90, después de que la Fairness Doctrine (el principio que obligaba a los radiodifusores a mantener el equilibrio ideológico en los contenidos) fuese declarada inconstitucional en 1987.

43 En 2015 Trump demandó a Univisión cuando, tras las palabras de anuncio de su candidatura a la presidencia, la cadena hispana decidió rescindir el contrato que tenía para la difusión de los contenidos del concurso de Miss Universo.

45 Hillary Clinton tuvo menos respaldo del electorado hispano que Barack Obama (66% frente al 71%), según esas mismas encuestas. Véanse los trabajos al respecto de Pew Research.

46 Véanse, por ejemplo, M. Barreto y G. Segura (2017), “Understanding Latino voting strength in 2016 and beyond: why culturally competent research matters”, Journal of Cultural Marketing Strategy, vol. 2, nº 2, pp. 190-201. Véase también “Did Latino voters actually turn out for Trump in the election? Not really”, Los Angeles Times, 11/I/2017.

48 Véase J.M. Krogstad, R. Stepler y M.H. López (2015), “English proficiency on the rise among Latinos”, Pew Research Center, 12/V/2015.

52 Véase el “Mapa Hispano de los Estados Unidos 2017” que anualmente elabora el Observatorio de la Lengua Española y las Culturas Hispánicas del Instituto Cervantes, pp. 30-32.

53 Según el comentario del analista político Josh Dawsey, en Twitter.

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<![CDATA[ El Instituto Cervantes y la diplomacia cultural en España: una reflexión sobre el modelo ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/lamodeespinosa-badillo-instituto-cervantes-diplomacia-cultural-espana-reflexion 2017-12-01T02:53:11Z

La diplomacia cultural española tiene importantes desafíos. Uno de los más inmediatos es contribuir a la conformación de una diplomacia cultural europea.

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Extracto del artículo “El Instituto Cervantes y la diplomacia cultural en España: una reflexión sobre el modelo”, de Emilio Lamo de Espinosa y Ángel Badillo Matos, publicado originariamente en el libro El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2016, con ISBN 978-84-92632-68-8, publicado por el Instituto Cervantes y la AEBOE en octubre de 2016, disponible hoy en formato digital en https://cvc.cervantes.es/lengua/anuario/anuario_16/.

4. Los desafíos del modelo español de acción cultural exterior

No se trata solo del retrato de un diseño inconcluso: en el último lustro, la agudización de la crisis económica ha complicado aún más esta situación reduciendo la aportación estatal dedicada a la acción cultural exterior. El Instituto Cervantes pasó de noventa millones de aportación pública en 2009 a apenas cincuenta en 2014, mientras en AECID el descenso fue aún más dramático, de dieciocho millones en 2010 a apenas tres en 2014. Los últimos años de fuerte retracción de gasto público se han traducido también en una ralentización de la creación de nuevos centros culturales y nuevas sedes del Instituto Cervantes.

Es difícil no observar este marasmo sin aspirar a que se produzca el consenso de todas las fuerzas políticas en torno a una reforma de nuestro modelo de acción cultural exterior que no solo garantice la integración de los objetivos de las políticas cultural y exterior, sino también presupuestos plurianuales y sostenidos que permitan tanto una planificación estratégica de objetivos y medios como el sostenimiento de una presencia de España acorde al papel que nuestro país aspira a tener en el escenario internacional. Esta inaplazable reflexión debería abordar no solo la delicada coordinación y distribución competencial, sino también el rol reservado a la colaboración público-privada, que por ejemplo –aunque con un modelo susceptible de numerosas críticas– ha convertido a la Alliance Française en la red de enseñanza de idiomas más importante del mundo, un modelo de «franquicia» que merece ser estudiado para España, pues permitiría un desarrollo rápido del Instituto Cervantes en muchos países con fuerte demanda actual a la que las limitaciones presupuestarias no permiten responder con suficiente agilidad. Y recordemos que la demanda del español tiene hoy una ventana de oportunidad que podría cerrarse en pocos años, como veremos a continuación.

Los riesgos de no afrontar, sin más retrasos, una reflexión en profundidad de los medios y los objetivos de la presencia cultural española en el exterior son tan graves como numerosos, desde la pérdida de influencia en la escena internacional hasta las oportunidades de crecimiento y empleo desaprovechadas por nuestras industrias culturales en el contexto de la sociedad del conocimiento, pero hay uno especialmente relevante: el futuro del español, y muy particularmente la decisión sobre qué papel quiere España tener en ese futuro. El español debe estar en el centro de toda reflexión en torno al futuro de la diplomacia cultural de nuestro país, y a estas alturas cabe incluso preguntarse si España sabrá estar a la altura de la responsabilidad que supone haber heredado un tesoro patrimonial de las dimensiones históricas y culturales del español, y de asumir la responsabilidad de liderar, junto a los países con quienes lo compartimos y enriquecemos, una estrategia que garantice su presencia en el mundo, sin perder de vista la riqueza lingüística de nuestro país, garantizada por la misma Constitución.

El extenso trabajo desarrollado por García Delgado et al. (2012) para la Fundación Telefónica ha contribuido en los últimos años a profundizar en la comprensión del «apretado lazo» que une lengua y desarrollo, «una vigorosa interrelación hoy acentuada por la emergencia de nuevos grandes actores en el mercado internacional y por la recomposición del mapa estratégico mundial» (García Delgado et al., 2012: 193). Ese «recompuesto» mapa mundial neowestfaliano está lleno de oportunidades para el español, como recordaban por ejemplo en 2013 Board y Tinsley, que en el informe Languages for the Future para el British Council identificaban los diez idiomas «de crucial importancia para la prosperidad, seguridad e influencia» del Reino Unido en el largo plazo, con el español en una destacada primera posición, muy por encima del chino, el francés o el árabe (Board y Tinsley, 2013). Sin embargo, al español le sigue costando crecer como segunda lengua de enseñanza en la propia Unión Europea (Lamo de Espinosa y Noya, 2002; Eurostat, 2016), y a escala global la demografía no juega a favor.

Lamentablemente para el futuro de la lengua española, las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) auguran que a mitad de siglo la mitad del crecimiento de la población mundial se producirá en África, lo que conllevaría un aumento del número de hablantes de francés y del portugués, ambas linguae francae en numerosos países africanos, donde compiten solo con las lenguas nativas (OIF, 2014; Lamo de Espinosa, 2014). El área latinoamericana ralentizará su crecimiento o incluso perderá población para finales de siglo (ONU, 2015; ONU, 2004; CEPAL, 2015), mientras que Estados Unidos continuará con un crecimiento sostenido, muy por encima de Europa o del sudeste asiático, superando en 2050 los 400 millones de habitantes: «Debido en parte a la migración internacional, en los próximos decenios las tasas de crecimiento de América del Norte y las de Oceanía rebasarán las de Asia y las de América Latina y el Caribe» (ONU, 2014). Las proyecciones permiten pensar en Estados Unidos como el primer país hispanohablante del mundo para 2050, lo que sin duda explica las palabras, que hacemos nuestras, de Víctor García de la Concha, para quien Estados Unidos «es hoy el marco espaciotemporal en el que está en juego la consolidación del español como segunda lengua de comunicación internacional» (García de la Concha, 2013: 116).

Hoy, uno de cada diez hablantes nativos de español vive en Estados Unidos y los últimos datos del Census Bureau estadounidense marcan un nuevo récord: 55,38 millones de hispanos, el 17,4% de la población, con un incremento de 1,2 millones (el 2,1%) en el último año, y ello pese a que la ralentización de la emigración mexicana en la última década ha llevado a que haya más mexicanos saliendo de Estados Unidos que cruzando hacia el norte la frontera (Passel et al., 2012).

Es particularmente importante no leer estos datos con un exceso de autocomplacencia. Aunque la resiliencia del español es muy alta entre los hispanos emigrados a Estados Unidos, la pervivencia del idioma en las segundas y terceras generaciones es mucho menos esperanzadora (Steinmetz et al. 2015); dicho de otro modo, el español sigue dependiendo más de los flujos migratorios que de la resistencia de sus hablantes a adoptar el inglés (como avanzaba Veltman, 1990), cuando el crecimiento de la población hispana en Estados Unidos parece fundamentarse hoy más en los nacimientos que en la emigración (Ortman y Shin, 2011). Más ventajas para el melting pot, frente a la hipótesis de una sociedad estadounidense multicultural y bilingüe (Moreno Fernández, 2006a). La circulación de contenidos culturales en español tiene que luchar no solo con una competencia formidable, sino también con unas políticas culturales y educativas que, aunque con grandes diferencias entre estados (Alonso et al. 2014), no favorecen la persistencia del español. Como resultado, pese a la importancia de la comunidad hispana y su evolución reciente, hoy uno de cada cuatro hispanos en Estados Unidos no habla español en su hogar (Krogstad et al., 2015; Steinmetz et al., 2015).

Si buena parte del futuro del español en el mundo se juega en Estados Unidos, el diseño de la estrategia adecuada de protección y promoción del español en ese país es de especial importancia para el futuro de la diplomacia cultural española. Destacamos dos excelentes iniciativas: la primera, la creación del Observatorio de la lengua española y las culturas hispánicas en los Estados Unidos del Instituto Cervantes en la Universidad de Harvard, orientado tanto a la investigación acerca del español en el mundo como, muy probablemente, a corregir la percepción del español como un idioma que ha perdido cierto prestigio en los campus estadounidenses (véase Gold, 2015). La segunda iniciativa son sendos acuerdos suscritos con la Secretaría de Relaciones Exteriores de México en 2012 y con la UNAM en 2013, para aprovechar de forma conjunta tanto los institutos españoles como los centros y espacios culturales mexicanos, los cincuenta consulados y los cuatro centros que la UNAM tiene en Estados Unidos. Adicionalmente, la UNAM se ha convertido en aliada estratégica del Instituto Cervantes –junto con la Universidad de Salamanca– para el esperado lanzamiento en 2016 del SIELE, el nuevo examen en línea de español. México se ha convertido de esta manera, en los últimos tres años, en el primer socio estratégico –es previsible que otros países sigan pronto esa misma línea– en la protección y promoción del español en el mundo. Considerando que dos terceras partes de los hispanos norteamericanos son de origen mexicano, parece evidente que toda política de promoción de la lengua en ese país debe ir de la mano y con el apoyo de instituciones mexicanas. No olvidemos, finalmente, que México, con casi 120 millones de habitantes, es el primer país hispanohablante del mundo, y tiene aún bastante recorrido demográfico. En todo caso, la prioridad de Estados Unidos que señalaba García de la Concha –sumada al riesgo de que el melting pot americano confirme una vez más el principio de que ese país es un «cementerio de lenguas»– enfatiza la urgencia de actuar ya, adoptando procedimientos ágiles que, más allá del derecho público y las exigencias administrativas, exploren tanto la colaboración internacional como la público-privada y permitan un desarrollo mucho más rápido que el actual.

Esta estrategia panhispanista viene emergiendo espontáneamente desde las propias instituciones culturales del mundo de habla española, en particular desde el intento de articular la «hispanofonía» en los Congresos Internacionales de la Lengua Española (4, la consensuada Ortografía de la lengua española revisada por las Academias de la Lengua Española (Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2010), pero sobre todo desde que en 2004 estas fijaran en el documento «La nueva política lingüística panhispánica» una agenda conjunta para los próximos años, y el objetivo común de «garantizar el mantenimiento de la unidad básica del idioma, que es, en definitiva, lo que permite hablar de la comunidad hispanohablante, haciendo compatible la unidad del idioma con el reconocimiento de sus variedades internas y de su evolución» (Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004: 3).

Es indudable que la creación de una comunidad de intereses geoestratégicos para la promoción y protección del español necesita, primero, de un consenso básico en torno a su propio objeto. Y el paso dado en este sentido para el reconocimiento de un modelo internacional del español es histórico. Pese a todo, el consenso en torno al enfoque panhispanista no puede hacer perder de vista los riesgos implícitos que conlleva, particularmente una posible lectura neocolonial del proceso (Moreno Fernández, 2006b) –aunque también puede y debe ser visto al contrario– o las consecuencias de orientar el Instituto Cervantes exclusivamente hacia el panhispanismo, diluyendo al tiempo su agenda como institución central de la diplomacia cultural de España.

Por último, la diplomacia cultural española tiene otro importante desafío inmediato: contribuir a la conformación de una diplomacia cultural europea. Después de la resolución del Parlamento Europeo de 2011 y la acción preparatoria (2013-14) desarrollada por los institutos culturales británico, francés, danés y alemán, los acontecimientos se han acelerado en los últimos dos años y el Consejo ha pedido a la Comisión y a la Alta Representante un enfoque estratégico para la cuestión (Consejo de Europa, 2014; Consejo de Europa, 2015), que se traducirá en 2016 en una estrategia europea de diplomacia cultural. La Unión Europea se ha apoyado durante ese periodo naciente en la red de institutos culturales europeos (EUNIC, presidida desde junio de 2015 por el secretario general del Instituto Cervantes, Rafael Rodríguez-Ponga, por los doce meses correspondientes a este mandato), aunque un reciente informe encargado por la Comisión alerta de «los riesgos potenciales derivados de que temas y prioridades diplomáticas europeos rara vez están integrados en las estrategias globales y los programas de trabajo de cada instituto» (KEA, 2016). En todo caso, la participación de las instituciones españolas en una futura diplomacia cultural europea debería servir para enfatizar el papel histórico de España en la historia europea –hoy injustamente olvidado–, al tiempo que contribuimos a reforzar el papel de Europa en la construcción del mundo contemporáneo que, si bien es ya claramente posteuropeo en términos de poder económico o político, ha sido claramente europeizado en términos culturales e institucionales (Lamo de Espinosa, 2010).

Emilio Lamo de Espinosa
Presidente, Real Instituto Elcano
| @PresidenteRIE

Ángel Badillo Matos
Investigador principal de Lengua y Cultura, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


4 En 2014, Alemania era el país cuya influencia mundial era percibida más positivamente (60%), seguido por Canadá, el Reino Unido y Francia. Véase: http://downloads.bbc.co.uk/mediacentre/country-rating-poll.pdf.

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<![CDATA[ La buena salud de los derechos culturales ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari89-2017-barreirocarril-buena-salud-derechos-culturales 2017-11-13T04:31:05Z

“Nadie puede invocar la diversidad cultural para vulnerar los derechos humanos garantizados por el derecho internacional ni para limitar su alcance”.

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Tema

“Nadie puede invocar la diversidad cultural para vulnerar los derechos humanos garantizados por el derecho internacional ni para limitar su alcance”.

Resumen

Que los derechos culturales ya han superado los obstáculos que les impedían gozar de la misma posición teórica-jurídica que los demás derechos humanos es algo a día de hoy indiscutible. Cuestión distinta es la de su respeto y aplicación en la práctica. Así, “la mala prensa” que han padecido los derechos culturales todavía no ha sido, a día de hoy, completamente eliminada.

Análisis

Que los derechos culturales ya han superado los obstáculos que les impedían gozar de la misma posición teórica-jurídica que los demás derechos humanos es algo a día de hoy indiscutible. Cuestión distinta es la de su respeto y aplicación en la práctica, no sólo porque, como sucede en relación con los demás derechos humanos –civiles, políticos, económicos y sociales–, las normas que los protegen no gozan del mayor nivel de obligatoriedad y efectividad en el Derecho Internacional, sino porque, todavía, la superación de esos obstáculos referidos y el marco jurídico que se ha establecido en consecuencia, no son bien conocidos entre los decisores y diseñadores de políticas públicas. Es así que “la mala prensa”1 que han padecido los derechos culturales todavía no ha sido, a día de hoy, completamente eliminada.

Este ARI se centra en uno de esos obstáculos2 que ha hecho difícil para los derechos culturales estar a la par de los otros derechos: el constituido por una noción errónea de cultura. Así, se abordarán dos nuevos mecanismos de Derecho Internacional: el constituido por las actividades y procedimientos de la relatora especial de Derechos Culturales y por el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) a través de su Observación General sobre el derecho a participar en la vida cultural –que manejan una concepción dinámica y abierta de la cultura–. Se pretende así explicar esta concepción para contribuir a la dotación de legitimidad del marco jurídico conformado por los derechos culturales y colaborar, en definitiva, a su aplicación práctica. Se precisa dar mayor visibilidad a los avances conceptuales que ofrece el marco internacional de derechos culturales, en concreto en lo relacionado con las prácticas que, invocando la cultura, tratan de ampararse de forma errónea en la categoría de derechos culturales. Esto facilitará el diseño de políticas públicas que resulten adecuadas para los retos que la diversidad supone para nuestras sociedades.

En el marco del Derecho Internacional y, en concreto, en el marco del Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH) que se va construyendo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta nuestros días, la relación más común que, en general, durante mucho tiempo, estos derechos han mantenido con la cultura ha sido de tensión, si no de confrontación. En documentos como la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación hacia la Mujer yace implícita este tipo de relación cuando se llama a los Estados Parte a “modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres”3 que se basen en la inferioridad de la mujer respecto del hombre. Por su parte, el límite impuesto por el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH) a las prácticas culturales que atenten contra los derechos humanos universalmente reconocidos ha sido consagrado en muchos textos jurídicos de distinta índole, desde la Declaración de Viena aprobada en la Conferencia Mundial de Derechos Humanos en 19934 hasta la más reciente Convención para la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales de 2005.5

Del esencialismo al dinamismo

Sin embargo, esta relación de inexorable tensión o contraposición entre los derechos humanos y la cultura empieza a cambiar de forma paulatina, al tiempo que el propio DIDH empieza a cambiar su concepción de cultura. Ello queda asentado de forma definitiva en los trabajos de la experta independiente (ahora relatora especial) de las Naciones Unidas sobre derechos culturales, cuyo nombramiento se produjo por la Asamblea General en 2009 y por la Observación General sobre el derecho a participar en la vida cultural emitida por el Comité de DESC de las Naciones Unidas, también en 2009. Ambos órganos manejan una visión dinámica y abierta de la cultura, que considera a las expresiones culturales capaces de evolucionar y también de generar elementos compartidos. Lejos quedan las visiones cerradas y esencialistas de la cultura que determinan el destino del ser humano de forma inevitable. Veamos algunas implicaciones de esta visión.

De las culturas y las comunidades al individuo

En primer lugar, esta nueva visión se caracteriza por poner énfasis en el individuo. Son las personas, no las culturas, las que tienen derechos. Ésta es una precisión esencial que tiene importantes consecuencias. Una de ellas es que el objeto de protección de los derechos culturales está constituido por la posibilidad del individuo de gozar de la cultura, de identificarse con una expresión cultural determinada y de participar en la vida cultural de una comunidad en concreto. En este sentido, el individuo tiene también la posibilidad, a través de esa participación, de contribuir a producir cambios en una cultura determinada. El individuo es, pues, el sujeto del derecho y como tal puede decidir, incluso, no ejercer el mismo. En esta línea ambos órganos reconocen que los derechos culturales incluyen el derecho a no realizar una práctica cultural determinada6 y también el derecho a abandonar una comunidad cultural. La noción de libertad es esencial, por tanto, para los derechos culturales.

Del qué al quién

Esta nueva visión de los derechos culturales pone el foco en el sujeto individual –por mucho que quede claro que sin el contexto que le proporcionan las comunidades no podría ejercer tales derechos–, que es quien, en definitiva, está legitimado para y tiene derecho a definir los elementos de la cultura participando e influyendo en las formas en que éstos se generan. Se aparta así de concepciones simplistas de la cultura que sólo se fijan en la práctica cultural como tal, sin entrar a preguntarse por sus mecanismos de formación. La nueva visión de los derechos culturales pasa del “qué” al “quién”. Como señala la relatora especial, “deben tomarse en consideración las diferencias de poder, por cuanto afectan la capacidad de los individuos y los grupos para contribuir efectivamente a la identificación, el desarrollo y la interpretación de lo que se ha de considerar una ‘cultura’ común o un patrimonio cultural compartido”.7

Derechos en conflicto ¿conflictos reales o “aparentes”?8

Este cambio de foco (del “qué” al “quién”, del objeto al sujeto) permite resolver de una forma bastante sencilla muchos de los conflictos entre derechos humanos y prácticas (a veces sólo supuestamente) culturales que hasta ahora parecían irresolubles. Así, ante los tan comunes casos en que una práctica cultural es invocada como excusa para vulnerar los derechos humanos (sobre todo de la mujer –integridad sexual, libertad, igualdad etc.–) la nueva visión de los derechos culturales exige realizar una operación previa a la ponderación de derechos: examinar rigurosamente si la práctica cultural invocada encaja en el contenido de un derecho cultural reconocido. Por ponderación de derechos entendemos la operación o proceso destinado a “decidir qué derecho se sacrifica, y cómo, cuando en un caso determinado chocan varios contrapuestos”.9 Es una operación propia del terreno judicial.

Así, cuando los jueces se enfrentan a casos de conflictos entre dos derechos humanos, antes de realizar la operación jurídica de ponderación entre ambos y decidir, en su caso, a cuál de los dos da prioridad, y cuál resulta “sacrificado,” es necesaria, con carácter preliminar, la realización de otra operación jurídica: examinar si las pretensiones en cuestión encajan en el contenido de los derechos implicados. Porque si tal no es el caso el conflicto es sólo “aparente”,10 y no es necesaria, por tanto, la posterior operación de ponderación. Es interesante ejemplificar este tipo de situaciones a través del análisis de la relación entre dos derechos que a menudo parecen estar en conflicto, el derecho a la libertad de información y el derecho al honor, relación que está exenta de las dificultades que muchas veces presenta la relación entre los derechos culturales y otros derechos humanos individuales, debido, como se indicó, a la inadecuada comprensión de los derechos culturales, y en último término, de la noción de cultura.

Es cierto que hay ocasiones en que puede existir un “conflicto real”11 entre tales derechos. Pero, en muchos casos, lo que sucede es que una de las dos pretensiones, la que se ampara en el derecho a la libre información o la que se ampara en el derecho al honor, no encaja en el contenido del derecho en cuestión. Uno de los requisitos, de hecho, para que una pretensión pueda ampararse en la libertad de información es que ésta sea “veraz”. Con independencia de que la libertad de información encuentra expresamente como límite el derecho al honor –por ejemplo, en nuestra Constitución española–, si la información en cuestión no cumple tal requisito de veracidad, no encaja en el contenido del derecho a la libertad de información.12 Si de esta operación preliminar que consiste en examinar rigurosamente si la pretensión invocada encaja en el contenido del derecho en cuestión se concluye que tal no es el caso, por ejemplo, porque la información no es veraz (por falta, por ejemplo, de contraste adecuado) entonces, ya no hay que realizar la posterior operación de “ponderación”.

Pretensiones que no encajan en el contenido de los derechos culturales

La distinción de estos dos pasos –examen del “encaje de la pretensión en el contenido de los derechos invocados”, de un lado, y “ponderación”, por otro–, si necesaria y altamente útil para analizar la relación entre pretensiones de derechos humanos en general, es esencial cuando uno de tales derechos es, o se pretende, de índole cultural. En estos casos, distinguir entre estos dos pasos es fundamental. Debido a que el derecho a participar en la vida cultural incluye el derecho a participar en la definición de los elementos de las propias prácticas culturales –y a cambiar de cultura, o a abandonar una cultura o comunidad cultural particular– la aplicación de estas dos operaciones jurídicas de forma separada y distinta permitirá desvelar que muchos de los casos de conflicto entre un supuesto derecho cultural y otro derecho humano (pensemos en los matrimonios convenidos o en matrimonios entre un adulto y una niña, o en los crímenes de honor) constituirán solamente un conflicto “aparente”.

Y ello porque, ante todo, para que las pretensiones en cuestión encajen en el contenido de un derecho cultural éstas deben examinarse atendiendo a la óptica del individuo, en este caso, la mujer involucrada, que es quien debe establecer si la práctica en cuestión es considerada por ella parte de sus derechos culturales. Como ya se señaló, no hay derechos de las culturas. En cuanto a las comunidades culturales, la relatora especial ya ha avanzado que considera importante “interrogarse acerca del significado preciso de términos como “comunidades” e “identidades” en la esfera de los derechos culturales, que se suelen emplear sin definirlos”.13 Es consciente de que “la centralidad y el significado de las identidades colectivas, así como la manera de caracterizarlas, son nociones controvertidas”. Y advierte de que “lo que, desde la perspectiva de un dirigente comunitario o de una persona ajena a la comunidad, es “central” para la identidad, podría no corresponderse con las elecciones y las realidades de los miembros de estas”.14 En opinión de la relatora especial, “los derechos culturales nunca deben utilizarse” para “perpetuar situaciones de opresión” derivadas de las definiciones por parte de dirigentes o representantes de comunidades que “por excluyentes y homogéneas no reconozcan “el dinamismo existente al interior de los grupos”.15

Reconociendo el conflicto, abrazando la complejidad

Aun así, es posible –y lo será con certeza, pues las sociedades tienden a ser cada vez más plurales en términos culturales–, que surjan conflictos reales entre derechos culturales y otros derechos humanos o valores que la sociedad pueda entender esenciales a su sistema jurídico-político. Pero es necesario insistir en que este tipo de situaciones no se da solamente en el terreno cultural o identitario. De nuevo, recurriendo a Urías, conflictos reales entre el derecho a la información y otros derechos —honor, intimidad— se presentan con frecuencia. Y en esos casos en los cuales realmente se tiene que “sacrificar” a uno de ellos, el sistema jurídico dispone de fórmulas suficientes para resolver la situación, siempre atendiendo a su contexto particular.

Puede ser, por ejemplo, que se recurra a un valor fundamental del sistema jurídico-político en cuestión –como, por ejemplo, al valor democrático– y se argumente que, “en principio”, la libertad de información pudiera tener “valor preferente” cuando colisione con otro derecho, debido a su papel fundamental para la existencia de la democracia.16 Habría que “naturalizar” los conflictos que, de una forma una otra, involucran a la cultura. Porque, como magistralmente pone en evidencia el antropólogo Jordi Moreras:

“Nuestras sociedades contemporáneas se sienten incómodas ante el conflicto, y es por ello que lo afrontan con el imperativo de su urgente resolución. No obstante, cada vez es más difícil negar que el conflicto, en tanto que situación que provoca el tensionamiento entre los intereses y valores de dos o más grupos, no sea constitutivo de nuestra sociedad. El conflicto tiene más de estructural que de coyuntural. La idea de que el conflicto viene a alterar un supuesto orden social existente explica que se inviertan más esfuerzos a erradicarlo (pues se temen sus efectos) que a entenderlo (ignorando sus causas).”17

La complejidad es, además, una característica propia de los derechos culturales. Como señala la relatora especial, “cada persona es portadora de una identidad múltiple y compleja, que hace que sea un ser humano singular y único, y que al mismo tiempo le permite ser parte de comunidades de cultura compartida”.18

Conclusiones

El nuevo marco de derechos culturales ofrece herramientas conceptuales que permiten comprender de forma más clara el contenido de los derechos culturales, y, en concreto, excluir de su ámbito de aplicación ciertas prácticas vulneradoras de los derechos humanos universalmente reconocidos. En relación con la cuestión del universalismo, al igual que los instrumentos que se han mencionado al inicio de este ARI –Declaración de Viena, Convención de diversidad cultural–, tanto la relatora especial como la Observación dejan claro que “nadie puede invocar la diversidad cultural para vulnerar los derechos humanos garantizados por el derecho internacional ni para limitar su alcance”. 19 No hay dudas, por tanto, en este sentido: el reconocimiento de los derechos culturales no trae aparejado un menoscabo de otros derechos humanos. Sin embargo, lo más relevante de este nuevo marco de derechos culturales es que no se queda en esa mera afirmaciónque da prioridad a los demás derechos humanos sobre las prácticas culturales, en lo que pudiera ser una declaración de un universalismo en abstracto y, por tanto, “vacío”.20 Las palabras de la relatora son luminosas en este sentido cuando señala que:

“Desde una perspectiva de derechos humanos, no es si… la cultura y la tradición prevalecen por encima de los derechos humanos de las mujeres y cómo lo hacen, sino cómo llegar a un punto en el que las mujeres tengan en sus manos tanto su cultura… como sus derechos humanos. La lucha en pro de los derechos humanos de la mujer no es una lucha en contra de… la cultura. Las culturas son el resultado colectivo de una reflexión crítica y de la participación sostenida de las personas en respuesta a un mundo en constante evolución. La tarea que hay que abordar es la de determinar la forma en que los derechos humanos en general, y los derechos culturales iguales en particular, permitan a las mujeres encontrar caminos que les permitan ver las tradiciones con ojos nuevos, de una forma tal que no vulneren sus derechos y que restauren su dignidad, y que modifiquen aquellas tradiciones que menoscaban su dignidad”.21

Estas consideraciones deben ser tenidas en cuenta no sólo por los jueces, cuando se enfrenten a conflictos entre derechos humanos que involucren a la cultura, sino, además y sobre todo, por quienes diseñan las políticas públicas. Asumir la complejidad que trae aparejada la diversidad y tratar de entenderla, para establecer pautas para su adecuada gestión es también un imperativo de los derechos culturales.

Beatriz Barreiro Carril
Profesora de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Universidad Rey Juan Carlos


1 Por utilizar la expresión de Jesús Prieto. Véase Jesús Prieto (2007), Excepción y diversidad cultural, Fundación Alternativas, p. 31.

2 La comprensión de la superación de los otros obstáculos es más sencilla: la consideración de que la cultura debía ser considerada como un “lujo” a satisfacer sólo cuando otras necesidades más “básicas” estuviesen cubiertas ha quedado relegada por los instrumentos que reconocen los vínculos entre cultura y desarrollo y las políticas y prácticas que evidencia resultados al respecto. Por su parte, el argumento de que el reconocimiento de derechos culturales podría conllevar riesgos para la integridad territorial de los Estados se ha descartado en términos generales al resultar evidente que las reclamaciones de los pueblos indígenas se plasman, en general, en forma del reclamo del derecho a la autodeterminación canalizado normalmente a través del derecho al consentimiento previo, libre e informado respecto a las decisiones que les afecten, no de la demanda de secesión.

7 Ibid., pár. 6.

8 Se está tomando la acertada expresión de un experto en derecho de la información: Joaquín Urías (2014), Principios de Derecho de la Información, Tecnos, Madrid, p. 200.

9 Ibid., p. 202.

10 Ibid., p. 200.

11 Ibid., p. 201.

12 Ibid., p. 200.

13 Relatora especial Sobre Derechos Culturales (2016), Informe de la Relatora Especial sobre los derechos culturales, A/HRC/31/59, pár. 11.

14 Ibid., pár. 13.

15 Ibid., pár. 15.

16 Urías (2014), op. cit., p. 204.

17 Jordi Moreras (2017), “La gobernanza de conflictos relacionados con la pluralidad religiosa”, Documentos del Observatorio de Pluralismo Religioso, p. 5.

18 Experta independiente (2010), op. cit., pár. 23.

20 G. Carbó y B. Barreiro (2016), “Universal Declaration of Human Rights (UDHR)”, en A.J. Wiesand et al., Culture and Human Rights: The Wroclaw Commentaries, De Gruyter, Berlín/Boston, y ARCult Media, Colonia, p. 281.

21 Relatora especial sobre Derechos Culturales (2012), Informe sobre mujer y derechos culturales,A/67/287, pár. 4.

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