EEUU y Relaciones Transatlánticas - Real Instituto Elcano Feeds Elcano Copyright (c), 2002-2018 Fundación Real Instituto Elcano Lotus Web Content Management <![CDATA[ La relación cultural de Estados Unidos y España ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt6-2019-badillo-relacion-cultural-de-estados-unidos-y-espana 2019-04-15T09:05:53Z

La influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales. Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo.

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Índice

Introducción
Un tiempo político contra la diversidad
Un modelo cultural, ¿sin política cultural?
Acción exterior en cultura, información y educación
Un caso de éxito: el programa Fulbright
La potencia económica de la cultura estadounidense
Tres tensiones: piratería, privacidad y fiscalidad digital
La presencia cultural de España en EEUU
Las instituciones estatales
Las instituciones culturales autonómicas
El Instituto Cervantes en EEUU
Conclusiones: una relación fructífera y un contexto de dificultades
Referencias

Resumen

La influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales. Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo.

Introducción1

“Believe it or not, entertainment is part of our American diplomacy.
It’s part of what makes us exceptional, part of what makes us such a world power.”
(Barack Obama, discurso en los estudios Dreamworks, California, 26/XI/2013)

Si hay un país en el mundo que representa las capacidades del “poder suave”, ese es EEUU. No porque no disponga de “poder duro”, sino por la capacidad que el país ha tenido de combinar ambos en la consolidación de su liderazgo mundial durante décadas y, en el campo cultural, de producir una simbiosis entre las iniciativas pública y privada para conseguir ser la referencia occidental en el mundo de la post-Guerra Mundial y hasta hoy. Como cantaba Renato Carosone a los jóvenes italianos de los años 50, atraídos por el American way of life –que jugaban al béisbol, bebían whisky con soda, bailaban rock’n’roll y fumaban Camel– “te haces el americano, pero naciste en Italia”. Esa “seducción” cultural se ha etiquetado durante estas últimas décadas como una forma de dominio imperialista, como arma de propaganda masiva, o simplemente como una cultura popular irresistible. Pero, en todo caso, la influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales.

Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo. Durante la dictadura franquista, la relación bilateral tiene su punto de clivaje en las consecuencias geopolíticas de la Guerra Fría que llevan a EEUU a reconocer al régimen español con la firma de un primer acuerdo militar y de ayuda (1953, renovado en 1963) y a promover su incorporación a Naciones Unidas (la famosa “cuestión española” resuelta en 1955), con las contradicciones que eso suponía tanto frente a las fuerzas democráticas españolas, del exilio exterior e interior, como al debate público norteamericano e internacional, el llamado a veces asunto de los friendly tyrants. Los esfuerzos de acercamiento a las elites españolas (por ejemplo, los intercambios promovidos por la Comisión Fulbright desde 1958) y la diseminación de propaganda mantuvieron el principio de “avoid involvement, while maintaining sufficient flexibility to protect our interests”, como literalmente se expresaba el Departamento de Estado estadounidense en 1970. Durante más de una década, el programa Fulbright se constituye como el único vínculo institucional de los dos países en los campos académico y cultural.

Cuando en 1970 se firma el Convenio de Amistad y Cooperación, la ciencia, la educación y la cultura se incorporan como piezas de la relación que sirven para “superar el carácter estrictamente militar de los pactos de 1953”, dando origen a los Non Military Agreements (NMA) que seguirán desarrollándose en los años siguientes, en paralelo a los programas Fulbright. La firma del Tratado de Amistad y Cooperación comenzó el proceso de recuperación de una relación normalizada por las instituciones democráticas en ambos países, en la cual las dimensiones culturales, educativa y científica se apreciaban como central precisamente para diversificar una relación demasiado asentada sobre las cuestiones de defensa, y de hecho así pasaron a constituir acuerdos complementarios desde ese momento, siguiendo la directriz expresada por Kissinger en 1972 de “try to project an image of attaching importance to our non-military, as well as our defense, cooperation with Spain”. A raíz de la firma del Tratado y el siguiente Convenio, se creó un Comité Conjunto Hispano-Norteamericano para la Cooperación Cultural y Educativa que dispuso de fondos para promover actividades culturales y educativas durante los 14 años de su existencia, lo que –como explicaba hace algunos años su directora– “no tiene parangón en la historia de los intercambios culturales y educativos entre los Estados Unidos y otros países, al dedicar fondos procedentes básicamente de un tratado militar y de defensa a fines culturales y educativos”. Los términos de los acuerdos subrayan fundamentalmente la centralidad de la ciencia –en especial el apoyo a la medicina y las ciencias biológicas –, de la mejora del sistema educativo y de los programas de intercambio como el eje de la relación institucional, siguiendo la línea iniciada en 1958.

Una década después, una nueva Comisión de Intercambio Cultural, Educativo y Científico se crea a partir del Acuerdo firmado en materia de Cooperación Educativa, Cultural y Científica, prorrogado hasta 2004 y desde entonces de manera indefinida, y cuyo texto incide una vez más en las cuestiones educativas y científicas, y apenas desglosa las culturales. La centralidad de las dimensiones educativa y científica en la relación bilateral en materia de diplomacia pública es, como vemos, indiscutible, lo que si bien resulta comprensible –tanto por la importancia del tejido universitario como de la producción científica estadounidense– deja el ámbito cultural en manos de la iniciativa privada y de la sociedad civil, como ocurre con la política cultural interior.

Ángel Badillo Matos
Investigador principal de Lengua y Cultura española, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 Algunas partes de este texto reproducen un reciente informe realizado desde el Real Instituto Elcano sobre la circulación de la cultura en español en EEUU, del que son autores Jéssica Retis-Rivas, Azucena López Cobo y Ángel Badillo, que se encuentra en prensa y será publicado en 2019.
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<![CDATA[ EEUU: perspectivas para 2020 ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari20-2019-eeuu-perspectivas-para-2020 2019-02-14T05:59:11Z

¿Cuáles son las perspectivas de Donald Trump en EEUU para los dos próximos años y sobre las elecciones de 2021?

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Tema

¿Cuáles son las perspectivas de Trump en EEUU para los dos próximos años y sobre las elecciones de 2021?

Resumen

Este documento analiza la situación en EEUU tras las elecciones del pasado mes de noviembre y examina las perspectivas políticas, sociales, de política exterior y económicas del país. Concluye con unas reflexiones sobre las próximas elecciones presidenciales y las perspectivas para el Partido Demócrata.

Análisis

El contexto político, económica y de política exterior

Tras las elecciones de noviembre vivimos en EEUU un momento de espera y de transición. Lo más positivo es: el crecimiento de la economía, que anualizada crece por encima del 4%; los niveles récord en la reducción del desempleo (la Reserva Federal estima que el desempleo caerá al 3,5% en el 2019); y el crecimiento de los salarios, de la bolsa y del empleo en la industria y la construcción. Además, la tarta se está repartiendo un poquito mejor, ya que los salarios para los menos cualificados también suben (en algunos estados hasta un 15% en los dos últimos años, alcanzando los 14 dólares/hora). El impacto positivo de la bajada de impuestos de 2 billones de dólares se ha hecho notar en el consumo.

Pero también hay riesgos en el horizonte. Desde el punto de vista político, la mayor incertidumbre es relativa al informe final de Mueller, que pudiese incluir elementos que permitieran un posible proceso de destitución (impeachment) del presidente Trump. Al mismo tiempo, cabe esperar una intensificación del conflicto con los Demócratas, con un Congreso dividido, con la Cámara Baja dominada por los Demócratas y el Senado por los Republicanos. Desde el punto de vista económico, las mayores preocupaciones son una posible guerra comercial con China, el impacto del Brexit, la desaceleración en el mercado inmobiliario y la creciente volatilidad de los mercados.

Hay que resaltar también que en un país que históricamente se ha caracterizado por el optimismo hay un creciente miedo al futuro. El temor al impacto de la robotización y de la Inteligencia Artificial en el empleo ocupan espacio creciente en los medios. Además, la brecha generacional se está profundizando: los jóvenes norteamericanos sufren bajos salarios, subempleo y mayores niveles de endeudamiento; un reciente graduado tiene créditos equivalentes al 75% de su salario anual, comparado con un 30% en 1990. Las encuestas muestran que esta es la primera generación que piensa que va a vivir peor que sus padres.

Desde el punto de vista político caben esperar más tensiones entre el Congreso y la Casa Blanca. Serán dos años de más disfunciones en el sistema político de EEUU, y es probable que el país se divida aún más, que haya más polarización y más parálisis (gridlock), ya que un Congreso dividido hará más difícil que progresen iniciativas legislativas y que cada vez sean más nacionalistas y miren más hacia dentro.

Los Demócratas están eufóricos tras su victoria en noviembre, pero no hay muchas razones para el triunfalismo. Por un lado, es cierto que ganaron por 8 puntos en el voto popular, que consiguieron el control de la Cámara Baja con una victoria histórica y que han conseguido aumentar la diversidad: por vez primera, más de 100 congresistas son mujeres, dos de ellas musulmanas, y muchos de ellos millennials (y que el Partido Republicano sigue siendo casi todo blanco). También han logrado que nuevos votantes fueran a las urnas, y ganaron en estados clave como Michigan y Wisconsin. Pero, al mismo tiempo, hay que resaltar que no hay razones para la complacencia: los Republicanos siguen teniendo mayoría en el Senado (y aumentaron el número de senadores Republicanos); los Demócratas no consiguieron casi victorias en el sur (perdieron Florida y Georgia); y no ganaron Ohio ni Texas (estados clave en la elección presidencial). Las elecciones han confirmado que la América rural sigue apoyando a Trump, y que los votantes de Trump le siguen siendo fiel. En definitiva, el país sigue tan dividido geográficamente como en 2016. Por último, recordar que históricamente hay poca correlación entre los resultados de una elección a mitad de mandato presidencial y una elección presidencial (Clinton, Bush y Obama las perdieron y fueron reelegidos como presidentes).

Las consecuencias de la victoria Demócrata y el control de la Cámara Baja serán notables: ahora tienen el control de los comités, y el poder de citación en investigaciones que cambiarán la balanza de poder sobre Trump. Pero hay un riesgo grande de que puedan ir demasiado lejos (no hay más que recordar el ejemplo de Newt Gingrich y Clinton en los 90: Gingrich se obsesionó con el impeachment y al final los votantes se cansaron y reeligieron a Clinton). Los Demócratas necesitan encontrar el equilibrio entre el ejercicio de control sobre la Casa Blanca y Trump, y al mismo tiempo asegurarse de que avanzan iniciativas constructivas para solucionar los problemas de los ciudadanos (como infraestructuras, el aumento del salario mínimo y la mejora del Obamacare), no sólo en expulsar a Trump de la Casa Blanca. Incluso si esas iniciativas son derrotadas en el Senado, les proporcionaría a los Demócratas una plataforma de economía populista con la que ir a las elecciones de 2020. Una estrategia de tierra quemada contra Trump les puede pasar factura en 2020.

En el exterior Trump está implementando una política proteccionista, nacionalista y conservadora por todo el mundo, y se ha producido una erosión del papel de EEUU como “policía global”. Al mismo tiempo hay que reconocer que hay una cierta continuidad con Obama en relación a Europa, pero hay una hostilidad ideológica hacia la UE y su proyecto de unión. Trump es muy crítico del superávit comercial de la UE con EEUU de 100 billones de dólares y del bajo gasto en defensa, y tiene una visión de la UE como ejemplo de globalismo que limita la soberanía nacional.
Hay puntos de encuentro con muchos Demócratas sobre Irán y China, y cada vez hay más sospechas y hostilidad hacia China por parte de tanto Republicanos como Demócratas. Pero el apoyo a las alianzas se ha convertido en otra línea divisoria entre los dos partidos: de acuerdo con una encuesta del Pew Research Center, sólo un 36% de los Republicanos piensa que EEUU debe de tener en cuenta los intereses de sus aliados si esto significa que hay que llegar a compromisos, mientras que entre los Demócratas un 74% piensan que es importante.

Trump sigue apoyando a líderes y gobiernos nacionalistas y conservadores radicales de otros países como Brasil, Italia, Hungría, Polonia, la India, Arabia Saudí e Israel. Y su Administración es mucho más vocal en su apoyo a Israel: rechazó el acuerdo nuclear con Irán y lleva a cabo una política mucho más agresiva y punitiva con dicho país, y tomó la decisión de trasladar la embajada de EEUU a Jerusalén. Pero no ha sido capaz de cambiar las dinámicas del conflicto entre israelíes y palestinos. Además, EEUU está fortaleciendo el apoyo estratégico a la India para confrontar a China, incluyendo la decisión de renombrar el Comando del Pacífico como el Comando Indo-Pacífico. Rusia sigue siendo una fuente de tensiones entre la Casa Blanca y el Congreso, pero han seguido las sanciones económicas, y hay una amenaza de salir del Tratado de Armas Nucleares Intermedias (INF, en sus siglas en inglés). En Asia hay tensiones con Japón por el proteccionismo (fuera del Acuerdo de Asociación Transpacífico), pero acuerdo en seguir con la mano dura con China. Y Latinoamérica sigue siendo casi invisible.

Por último, resaltar que un Congreso dividido hará más difícil que progresen iniciativas de política exterior como tratados o acuerdos comerciales (incluyendo el nuevo NAFTA). En cualquier caso, Trump es escéptico sobre estos acuerdos porque son manifestaciones del globalismo y la pérdida de soberanía, y no son una prioridad. Es probable que haya más proteccionismo, más nacionalismo y que se mire más hacia dentro. En relación al Brexit, el proteccionismo de EEUU hace poco probable un acuerdo de libre comercio.

En definitiva, en los dos próximos años cabe esperar más confusión e inconsistencias. Pero hay que enfatizar que algunos de estos cambios pueden ser estructurales y que no son sólo de Trump. Hay elementos de las políticas de Trump que van a perdurar, como el aumento del proteccionismo, más nacionalismo, una mayor confrontación con China –marcada por iniciativas para contrarrestar su poder creciente–, así como continuidad en relación a Europa y Oriente Medio. Y hay que recordar que hay cierto seguidismo con lo que hacía Obama, que ya se comprometió a priorizar lo doméstico y la reconstrucción del país, era crítico sobre el poco gasto en defensa de sus aliados en la OTAN, jugó un papel reducido en Siria y dejó un poco de lado Oriente Medio (pues la influencia de EEUU en esa parte del mundo sigue disminuyendo). Lo que estamos viendo en EEUU desde hace años es que hay un agotamiento por una parte significativa de los ciudadanos sobre las responsabilidades (y gastos) exteriores. Esto se intensificó con la crisis de 2008. El lenguaje puede ser distinto pero el fondo de las políticas no es tan diferente, y es muy probable que no cambien con independencia de quién esté en la Casa Blanca.

Elecciones presidenciales

En relación a las próximas elecciones presidenciales de 2020, no debe haber duda de que la reelección de Trump es posible: la economía sigue creciendo y eso es su punto fuerte, y todavía tiene un apoyo muy sólido entre sus bases. Además, no debemos minimizar una vez más el talento político de Trump, pues su personalidad abrasiva, tácticas provocadoras y dominio de los medios han calado entre millones de estadounidenses.

Pero dos años son un mundo en política: la situación económica puede empeorar (el impacto de la bajada de impuestos será menor a partir de este año), puede haber conflictos internacionales, las tensiones comerciales y geoestratégicas con China se pueden intensificar, seguimos pendientes del informe de Mueller, la inflación es un riesgo por las subidas arancelarias, el bajo desempleo y el consumo, y sigue su conflicto con la Fed por las subidas de intereses.

¿Qué cabe esperar en las elecciones presidenciales?

Por un lado, serán las primarias Demócratas más abiertas en décadas, y probablemente las que tengan un mayor número de candidatos (¡más de 30 lo están considerando!). Hay una profunda división en el partido sobre quién debe ser el candidato: ¿moderado o progresista?, ¿nuevo o con mucha experiencia? (alguien nuevo, como Obama en 2008, tiene menos votos que defender), ¿hombre o mujer?, ¿minoría?

También hay una gran división sobre la táctica más efectiva para enfrentarse a Trump. ¿Será mejor meterse en el fango con Trump, o mantenerse al margen de las provocaciones y hablar sobre el futuro? (piénsese en la famosa frase de Michelle Obama: “Cuando ellos golpean bajo, nosotros vamos alto”). Es cierto que millones de estadounidenses están agotados del cinismo y de la agresividad y que están desesperados por una política más limpia y positiva, que rompa con las divisiones y la polarización y que permita superar las líneas partidistas. Hay cada vez una preocupación mayor sobre la pérdida de civismo. Todo esto abre las puertas para el surgir de una figura unificadora que se aproveche del agotamiento por la estrategia de conflicto permanente de Trump. Pero, al mismo tiempo, hay que ser realistas y aceptar que para ganar la Casa Blanca, primero hay que ganar las primarias, y los votantes de las primarias tienden a ser más radicales y progresistas. Por ello será necesario mezclar una estrategia de confrontación con un mensaje esperanzador.

Pese a que la popularidad de Trump está en los niveles del 40%, lo que le hace vulnerable, el reto será mayúsculo porque el Partido Demócrata está muy dividido entre los moderados y los más progresistas. Muchos de los candidatos que se están postulando provienen de estados azules y no entienden al votante de Trump, y eso supone un riesgo. Y será clave movilizar a los jóvenes, las mujeres y las minorías. Los Demócratas presentaron un número récord de candidatas a las recientes elecciones legislativas y esa fue una de las claves de su éxito, sobre todo porque las mujeres constituyen la mayoría del electorado, mientras que el impacto en gran parte del país del #MeToo movement ha contribuido a movilizar al electorado femenino. La movilización será clave y una prioridad para los Demócratas debe ser restaurar el voto para millones de estadounidenses que han tenido dificultades o no han podido votar en la última elección (un ejemplo es el reciente referéndum en Florida, que va a permitir votar a 1,2 millones que tienen antecedentes penales).

La lista de posibles candidatos es cada vez mayor e incluye a nuevos y viejos conocidos:

  • Michael Bloomberg, que no necesita recaudar fondos
  • Joe Biden
  • Beto O’Rourke
  • Elizabeth Warren
  • Corey Booker, senador por New Jersey
  • Hillary Clinton
  • Kirsten Gillibrand, senadora por Nueva York
  • Andrew Gillum, alcalde de Tallahassee
  • Kamala Harris, senadora por California
  • John Kerry
  • Eric Holder
  • Bernie Sanders
  • Amy Klobuchar, senadora por Minnesota

Pero es muy importante recordar que todavía es muy pronto. Cuando Obama o Clinton fueron elegidos nadie pensaba en ellos a estas alturas del ciclo electoral. Seguro que salen candidatos nuevos.

¿Qué Demócrata podría ganar?

Los Demócratas necesitan a alguien que tenga un gran talento en los detalles (una de las debilidades de Trump) y que al mismo tiempo tenga la predisposición para atacar. Trump se considera el mejor contraatacante político que hay, y el candidato Demócrata necesitará estar preparado para confrontarle a cada paso. El candidato Demócrata necesitará también un gran dominio de los medios y ser capaz de presentar su historia y su programa de una forma original e ilusionante. Nuevos estudios prueban que los anuncios tradicionales ya no son tan efectivos (uno de los más innovadores y exitosos, ilusionando y movilizando al electorado pese a perder la reciente elección al senado en Texas, fue el de Beto O’Rourke con el live streaming).

Además, el candidato Demócrata tiene que aceptar que no hay límites que Trump no esté dispuesto a traspasar para ganar (el último ejemplo fue el plan que anunció en las elecciones de noviembre de quitar la ciudadanía a los hijos de inmigrantes irregulares que nazcan en EEUU), y tiene que estar dispuesto a contratacar. Al mismo tiempo, tiene que comunicarse de una forma efectiva y a la vez decir cosas nuevas, y tener la capacidad de dictar los términos de la conversación en vez de estar constantemente respondiendo y reaccionado a lo que haga Trump.

Las últimas elecciones también deben de servir para recordar al candidato Demócrata que no debe ser condescendiente ni insultar a los votantes de Trump (no todos son irracionales, ignorantes y racistas). Al contrario, debe tratar de ganárselos con propuestas que respondan a sus preocupaciones y problemas. Tiene que recordar que muchos se sienten “extranjeros en su propia tierra” y que apoyan a Trump porque lo ven como alguien de fuera del sistema (un outsider) que está dando una patada a los políticos tradicionales y a la clase dirigente (el establishment). Es por ello que alguien que no tenga un largo historial en política y que venga de fuera de Washington (gobernador, alcalde o persona del mundo de los negocios) pueda quitarle a Trump el manto de outsider que tanto le benefició en 2016.

Por último, para derrotar a Trump, el candidato Demócrata tiene que aprender de él y adoptar mucho de lo que le hace tener éxito entre sus votantes. Trump es franco, directo, consistente y muy disciplinado (pese a que a veces parezca lo contrario). Dice lo mismo que decía en la campaña y hace lo que prometió que iba a hacer (algo que pocos esperaban). El candidato Demócrata tendrá que ser también disciplinado, directo y consistente. Además, Trump proyecta una imagen de fortaleza y constancia que le hace atractivo a los votantes en un momento de miedo e incertidumbre. El candidato Demócrata tiene que proyectar la misma fortaleza y constancia. Es lo que los votantes buscan. Por último, para ganar tendrá que pasar más tiempo con propuestas que solucionen problemas de los ciudadanos que defendiendo la victoria en votos de Hillary Clinton, acusando a los rusos o insultando a Trump y a sus votantes.

¿Cuáles serán los temas clave?

El programa de salud de Obama será uno de los temas estrella de la campaña, ya que el gasto de bolsillo en salud aumentó un 8,5% el pasado año, cuatro veces más que la inflación. Otros temas serán los impuestos a los ricos, la inmigración y las políticas de identidad. Pero la economía seguirá siendo el gran caballo de batalla. Por un lado, la línea divisoria entre los trabajadores blancos de cuello azul que votan Republicano y los educados en universidades que votan Demócrata seguirá siendo muy relevante, ya que dos tercios de los trabajos mejores pagados requieren al menos dos años de universidad. Nuevos estudios muestran que el apoyo a los Demócratas se concentra en zonas que están a unos 20 minutos de los supermercados orgánicos (y caros) de Amazon Whole Foods, mientras que Trump consiguió un 76% de sus votos en condados en los que hay un Cracker Barrel. La pregunta clave en las elecciones presidenciales con un incumbente es si uno está mejor que hace cuatro años. Pienso que la economía ofrecerá una oportunidad a los Demócratas porque cada vez la brecha entre la retórica de Trump de apoyar a los desfavorecidos y las consecuencias de sus políticas serán más evidentes en los próximos dos años. Ya hay encuestas que muestran que la bajada de impuestos no le ayudó en las recientes elecciones.

Conclusiones

Las próximas elecciones serán una oportunidad para los Demócratas, pero también un reto. No será fácil derrotar a Trump. Su victoria en 2016 se basó en una mezcla de populismo económico y cultural. En las recientes elecciones de noviembre la base de su discurso ha sido el populismo cultural y, en particular, la inmigración. Hay que reconocer que pese a que a muchos no les guste, el comportamiento de Trump es aceptado por millones de votantes. Demonizarlo y centrar el mensaje en sacarlo de la Casa Blanca a cualquier precio no va a rendir mucho más electoralmente. Para conseguir la victoria, los Demócratas deben demostrar que las políticas económicas de Trump no han ayudado a la mayoría de sus votantes, que no ha cumplido sus promesas y que hay una gran brecha entre su retórica y sus prioridades y sus acciones. Y, lo más importante, deben de ofrecer un nuevo plan económico que solucione los problemas de los votantes en las amplias zonas del país en las que se sienten abandonados. Trump se centrará en movilizar a esos votantes, que le son fieles.

La mayoría de los estadounidenses apoyan políticas que mejoran su calidad de vida y, por ello, los Demócratas harán bien en concentrarse en propuestas que disminuyan las divisiones y aumenten el consenso. Por último, tienen que recordar que el Colegio Electoral sigue vigente. No vale sólo ganar el voto popular.

Los próximos dos años serán apasionantes. Si creemos que los dos últimos años fueron difíciles, no hemos visto nada todavía.

Sebastián Royo
Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano y vicedecano en el College of Arts and Sciences de la Universidad de Suffolk en Boston

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<![CDATA[ Elecciones en Quebec: el retroceso del soberanismo abre una nueva etapa ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-romerocaro-elecciones-quebec-retroceso-soberanismo 2018-10-22T05:38:30Z

El resultado electoral abre ahora mismo la puerta a una nueva dinámica donde la competición electoral deje de girar en torno al eje soberanía-federalismo que ha dividido a la sociedad quebequesa durante 50 años, regresando al tradicional izquierda-derecha.

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El 1 de octubre la provincia canadiense de Quebec (Québec) celebró elecciones en las que Coalition Avenir Québec (CAQ), un partido autonomista de centroderecha que nunca había gobernado, consiguió una rotunda victoria: 74 escaños sobre un total de 125 (el 37,42% del voto que por efecto del sistema electoral mayoritario se multiplican en un parlamento regional que oficialmente se llama Asamblea Nacional). El federalista Partido Liberal (PLQ), fuerza hegemónica que ha gobernando 13 de los últimos 15 años, obtuvo únicamente 31 escaños (el 24,82% del voto, lo que supone un retroceso de 17 puntos con respecto a 2014). La otra gran formación política de la provincia, el independentista Parti Québécois (PQ), reunió el 17,06% de los apoyos, quedando relegado a 10 escaños, un número idéntico al obtenido por el ascendente y también soberanista Québec Solidaire (QS) que llegó al 16,10% de los votos.

La campaña electoral constituyó un hito en la historia reciente pues, por primera vez desde los años 70, no giró en torno a las cuestiones de soberanía, sino sobre políticas públicas como el medioambiente, la educación y el funcionamiento del sistema sanitario. La renuncia del PQ, liderado por Jean-François Lisée, a incluir en el programa una nueva consulta sobre la independencia, que en su caso sólo se plantearía más adelante, fue determinante para quedar en un segundo plano. Lisée, un antiguo asesor de los históricos líderes nacionalistas Parizeau y Bouchard, parecía haber interiorizado la postura de este último que, tras la derrota de 1995, se mostró partidario de aplazar un nuevo referéndum hasta que se alcanzaran las “condiciones ganadoras” necesarias para materializar la independencia. No obstante, la cuestión identitaria resurgió en los primeros días de campaña, proyectándose sobre el fenómeno migratorio. El líder de la CAQ, y flamante nuevo primer ministro, François Legault, propuso reducir la cuota de inmigrantes que recibe la provincia y expulsar a aquellos que no aprobaran un examen de francés y valores quebequeses pues consideraba que, de lo contario, se pondría en peligro la condición francófona y laica de Quebec.

“Una importante novedad de esta campaña ha sido la celebración, por primera vez en la historia, de un debate en inglés en una provincia cuya única lengua oficial es el francés”

La polémica en torno a la inmigración fue aprovechada por el resto de partidos para atacar duramente a una CAQ que partía como favorita en las encuestas. Se criticaba a su líder por ignorar que el marco constitucional, pese a los amplios poderes que otorga a la provincia en la materia, sigue reservando la expulsión como competencia exclusiva del gobierno federal. El tercer debate televisado fue decisivo para el devenir de la campaña. Legault, en un ejercicio de honradez, reconoció su falta de conocimientos sobre la política migratoria y adoptó un tono conciliador y amable con el que pretendía mostrarse como el referente del cambio político en la provincia. El dirigente caquiste volvió entonces a tomar la iniciativa presentando su pasado como empresario como garantía de continuidad del crecimiento económico ante el hasta ahora primer ministro liberal Philippe Couillard, quien, lastrado por sus políticas de austeridad, quedó a la defensiva e incapaz de dejar atrás su fama de líder frío y falto de empatía.

Otra importante novedad de esta campaña ha sido la celebración, por primera vez en la historia, de un debate en inglés en una provincia cuya única lengua oficial es el francés. Este desarrollo ha venido a evidenciar el carácter integrador de Quebec, en claro contraste con Nuevo Brunswick, la única provincia bilingüe de Canadá, que celebró elecciones una semana antes sin ningún debate en francés dada la negativa de uno de los candidatos.

Pese a que los sondeos pronosticaban un resultado ajustado entre la CAQ y el PLQ, que dejaría la gobernabilidad en manos del PQ, los votantes optaron finalmente por dar un mandato mayoritario al primero. En términos territoriales la isla de Montreal y su corona metropolitana, donde viven más angloparlantes, continúa siendo pese a todo un bastión liberal, mientras las zonas rurales y la ciudad de Quebec (capital provincial), que son más conservadoras y donde el electorado francófono es clara mayoría, han apoyado abrumadoramente al autonomista Legault en perjuicio del PQ. Lo cierto es que estas elecciones han supuesto un triunfo de los nuevos partidos (CAQ y QS) frente a las dos formaciones tradicionales que se han alternado de forma pendular al frente de la provincia sacando gran partido a la dicotomía entre federación o independencia.

“El declive electoral del PQ, cosechando su peor resultado después de las primeras elecciones a las que concurrió en 1970, reabre el debate sobre el futuro del movimiento independentista en Quebec”

El declive electoral del PQ, cosechando su peor resultado después de las primeras elecciones a las que concurrió en 1970 y perdiendo el estatus de partido con grupo parlamentario en la Asamblea Nacional, reabre el debate sobre el futuro del movimiento independentista en Quebec. Estos malos resultados electorales no pueden achacarse exclusivamente a la renuncia a perseguir la causa soberanista en el corto plazo, que quizá haya desencantado a sus votantes tradicionales por renunciar a la idea vehicular desde la creación del partido, sino que se explican por otros varios factores. A menudo, especialmente entre observadores foráneos, se suele achacar la tendencia a la baja del soberanismo a las medidas puestas en marcha por el gobierno federal tras el referéndum de 1995, notablemente el Dictamen sobre la Secesión solicitado al Tribunal Supremo y la posterior Ley de Claridad. Sin embargo, aunque estos dos hitos han tenido su impacto desincentivando la opción secesionista, el relevo generacional y la progresiva transformación de la sociedad quebequesa parecen haber ejercido una mayor influencia.

La causa independentista ha sido el proyecto de una generación, la baby-boomer integrada por aquellos nacidos entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y comienzos de los 60. Aquellos que crecieron en pleno despertar de la identidad nacional Québécois, que revindicaba el francés como lengua propia de Quebec y deseaba la creación de una clase empresarial francófona que pusiera fin al domino anglófono de la economía. A diferencia de sus padres, los hijos de estos no tienen problemas con una identidad dual quebequesa-canadiense, primando valores como la defensa del medio ambiente, la igualdad de género y la mejora del sistema educativo sobre la identidad nacional. En cierto modo, el movimiento soberanista ha sido víctima de su propio éxito, pues su impulso ha sido decisivo tanto a la hora de convertir a Quebec en una sociedad plenamente francófona tras la aprobación de la Carta de la Lengua Francesa en 1977 como de asegurar el despertar económico de Quebec tras la Revolución Tranquila. La pertenencia a Canadá ha pasado, a ojos de las nuevas generaciones, de ser una amenaza a una oportunidad, especialmente dados los beneficios del bilingüismo en una sociedad cada vez más globalizada.

Otro factor que ha contribuido al declive del PQ es la competición por el electorado progresista. En las últimas dos décadas, esta formación ha ido dejando atrás poco a poco sus postulados socialdemócratas con el objetivo de contentar a los poderes económicos, siempre recelosos de la inestabilidad económica que generaría un nuevo referéndum. Este viraje ha sido aprovechado por el nuevo y más izquierdista QS para reivindicarse como una formación anticapitalista que prioriza el medioambiente y la igualdad social por encima de cualquier otra consideración, cosechando un apoyo mayoritario entre el electorado joven.

“Sería prematuro dar al movimiento soberanista por derrotado pues el apoyo al mismo se mantiene estable en torno a un 35%”

A pesar de todo, sería prematuro dar al movimiento soberanista por derrotado pues el apoyo al mismo se mantiene estable en torno a un 35%, aunque ahora repartido entre dos formaciones. El tiempo dirá si esta reconfiguración del espacio electoral soberanista es temporal o si el electorado continúa primando las políticas públicas sobre la identidad nacional.

La postergación de la soberanía a un segundo plano no sólo ha restado apoyos al PQ, sino que también ha tenido consecuencias para el federalista PLQ. Tradicionalmente, esta formación ha aprovechado la polarización en torno a la independencia como factor de atracción del electorado contrario a la misma. Al desaparecer esta cuestión de la campaña, los liberales han perdido capacidad de movilización, hasta el extremo de ser derrotados por primera vez desde 1976 en circunscripciones del Outaouais, una región fronteriza con Ottawa donde residen multitud de funcionarios federales. El declive del PQ también podría afectar indirectamente a las relaciones entre Quebec y el gobierno federal, pues la reducción del riesgo de secesión desincentiva a éste a realizar concesiones políticas ante las demandas de mayor autonomía que la CAQ pretende formular.

El vuelco electoral que depararon los resultados se ha llevado por delante a la vieja guardia de la provincia, abriendo procesos de interinidad tanto en el PQ como en los liberales tras la dimisión de sus líderes. Ambas formaciones han expresado su voluntad de rearmarse ideológicamente con la finalidad de presentar una propuesta electoral atractiva dentro de cuatro años. Este proceso será especialmente relevante en el caso del PQ pues debe decidir si abandona definitivamente la vía soberanista o decide retomarla explorando, de nuevo, un acuerdo de colaboración con QS como le reclaman sus bases con el objetivo de cohesionar el espacio soberanista y evitar la penalización del sistema mayoritario al dividir el voto.

En cualquier caso, el resultado electoral abre ahora mismo la puerta a una nueva dinámica donde la competición electoral deje de girar en torno al eje soberanía-federalismo que ha dividido a la sociedad quebequesa durante 50 años, regresando al tradicional izquierda-derecha. Este cambio supondría poner fin a una época de alternancia entre el PQ y el PLQ en torno a la question nationale, consolidando un tetrapartidismo donde la mayoría parece concebir la apuesta por la independencia como algo del pasado, apostando por construir un Quebec más fuerte dentro de Canadá.

Francisco Javier Romero Caro
Investigador en la Universidad del País Vasco

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<![CDATA[ La UE ante la hostilidad del presidente Trump ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari109-2018-steinberg-ue-hostilidad-presidente-trump 2018-09-27T11:35:36Z

¿En qué medida la presidencia de Trump es un accidente o un síntoma de algo más profundo, y cómo debería reaccionar la UE?

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Ver también versión en inglés: The EU facing of the hostility of President Trump

Tema

¿En qué medida la presidencia de Trump es un accidente o un síntoma de algo más profundo, y cómo debería reaccionar la UE?

Resumen

Los desplantes del presidente Trump a sus socios europeos aumentan al mismo ritmo que su desprecio al orden liberal internacional que tanto valora la UE. Este trabajo analiza en qué medida Trump es simplemente un presidente atípico que pasará, o si, por el contrario, sus posiciones sobre la política exterior estadounidense son estructurales. Seguidamente, se explora cómo debería reaccionar la UE. Se insiste en la necesidad de que la Unión genere autonomía estratégica y construya una voz común en materia económica y de seguridad al margen de la relación transatlántica, lo que requiere superar sus fracturas internas y la desconfianza entre sus socios.

Análisis

La preocupación se extiende por las capitales europeas, y muy especialmente entre las instituciones comunitarias. Los cimientos sobre los que se sustenta el orden liberal internacional, que ha permitido a los países europeos alcanzar cotas de seguridad y prosperidad sin precedentes, se están tambaleando.1 Más allá de que se pudiera intuir que el declive europeo tarde o temprano llegaría porque nadie puede pasarse siglos ocupando (o compartiendo) el puesto de mando de la economía mundial, pocos esperaban una traición del amigo americano. Y esto es lo que está pasando desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2017. De hecho, a día de hoy, parece que EEUU tiene una relación más estratégica con Rusia que con la UE.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, EEUU ha sido el principal garante de la seguridad europea, un importante promotor del proceso de integración comunitario y el líder del orden económico liberal basado en reglas en que se ha apoyado gran parte de la prosperidad europea. Además, desde que el mundo se volviera económicamente más multipolar, EEUU solía ser un aliado con el que se podía contar. De hecho, con iniciativas como el acuerdo de libre comercio entre EEUU y la UE (el TTIP), que tan criticado fue por amplios segmentos de la ciudadanía europea, se pretendía dar un impulso geopolítico a la relación transatlántica que permitiera a Occidente mantener su liderazgo internacional y sentar las reglas del juego de la globalización del siglo XXI ante el auge de las potencias emergentes.2 Pero aquella iniciativa no cuajó. Trump acabó con el TTIP (aunque ahora parece querer recuperar su parte menos controvertida, la de la reducción de aranceles) y está abandonando a Europa a su suerte. No le interesa contar con el espacio transatlántico ni con sus otros aliados tradicionales para afrontar el auge de China (que percibe como la principal amenaza para la hegemonía estadounidense) y está dispuesto a socavar el entramado institucional multilateral (en especial la OTAN y la Organización Mundial del Comercio, OMC), que tan cómodamente lideraba EEUU hasta hace bien poco.

Pero lo peor para los países europeos es que, recientemente, Trump ha pasado de menospreciar a la UE a atacarla directamente.3 Y su amistad con los movimientos antieuropeistas, xenófobos e iliberales que cada vez son más populares dentro de la Unión –y amenazan con destruirla desde dentro– resulta especialmente preocupante para el establishment de Bruselas, Paris y Berlín. Para Trump, “la Unión Europea es tan mala como China; es tan sólo un poco más pequeña. Es increíble lo mal que nos tratan (los europeos). El año pasado tuvimos un déficit comercial con Europa de 151.000 millones de dólares. Y, además, nos gastamos una fortuna en la OTAN para protegerles” (entrevista a Fox News, 1/VII/2018). Incluso ha llegado a decir que “la Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en comercio” (entrevista a CBS, 15/VII/2018). Es el primer presidente de EEUU que ve a la Unión como un rival comercial en vez de como un aliado geopolítico. Además, y esto trae de cabeza a los elegantes y diplomáticos europeos, Trump se encuentra más cómodo con líderes autoritarios fuertes como Putin, Xi Jinping o Erdoğan que con los presidentes del G-7, cuyo poder se encuentra restringido por los pesos y contrapesos de la división de poderes propia del sistema democrático liberal que tanto parecen molestar a Trump.

Aunque el presidente de la Comisión europea, Jean Claude Juncker, logró pactar una tregua con Trump en la guerra comercial transatlántica en junio de 2018, la lista de desplantes y amenazas a los europeos durante los últimos meses ha sido larga.4 Exigió que se volviera a aceptar a Rusia como miembro del G-7 (lleva fuera desde que se anexionó Crimea de 2014), se ha negado a firmar los comunicados conjuntos del grupo, ha acusado a Alemania de estar sometida a Rusia por su dependencia energética, se sacó de la chistera un exigencia imposible de que los países miembros de la OTAN aumenten hasta el 4% del PIB su gasto en defensa para que EEUU mantenga su lealtad con la organización (actualmente el compromiso está en el 2% y pocos países lo cumplen) y ha afirmado en numerosas ocasiones que el Brexit –que para la UE es trágico– es algo espléndido, añadiendo que si Theresa May hubiese seguido sus consejos la negociación le habría ido mejor, y que el Reino Unido debería demandar a la UE.

En definitiva, los líderes europeos se sienten desconcertados, traicionados, incómodos y vulnerables. Conscientes de que las formas de Trump son particularmente corrosivas para la cooperación internacional en general y para la relación transatlántica en particular, dudan sobre cuál es la mejor forma de reaccionar.

Contención o confrontación

Para que la UE pueda responder a Trump, primero tiene que saber a qué se enfrenta. Por el momento, existen dos hipótesis: que Trump sea un accidente pasajero; o que, por el contrario, sea un síntoma de algo más profundo que ha llegado para quedarse, lo que obligaría a los países europeos (y sobre todo a la Unión) a modificar tanto sus alianzas como su política exterior, en particular la de seguridad y defensa. A la mayoría de los europeos les gustaría pensar que Trump es un accidente, resultado de un cúmulo de casualidades que lo llevaron de forma inesperada a la Casa Blanca, y que una vez que termine su mandato quedará en la memoria como un mal sueño. Esta hipótesis se apoya en la idea de que Trump no sería presidente si no se hubiera producido la anomalía de que un outsider hubiera ganado las primarias del partido republicano, si Hillary Clinton hubiera ganado las elecciones (como de hecho sucedió si se atiende al voto popular), o si no se hubieran “manipulado” ciertos aspectos de la campaña electoral a través de las redes sociales. Según esta interpretación, Trump, que sería el segundo presidente populista anti-establishment de la historia de EEUU (el primero fue Andrew Jackson, entre 1829 y 1837), no sería capaz de propiciar un cambio estructural y duradero de la política exterior de EEUU, y el orden liberal internacional que tanto gusta (y conviene) a los países europeos le sobreviviría. De hecho, los ocho años de Jackson en la presidencia no modificaron ni la esencia de lo que era EEUU en aquel momento, ni su papel en el mundo, que entonces era todavía marginal. Si esta hipótesis fuera correcta, lo que Europa debería hacer sería capear el temporal sin perder la dignidad al tiempo que mantiene un diálogo constante y constructivo con quienes siguen abogando por fortalecer la relación transatlántica, sobre todo los liberales internacionalistas del Partido Republicano. Debería responder (con cautela) a algunas de las bravuconadas de Trump, especialmente en materia comercial, pero sin modificar significativamente su posición, confiando en que el próximo presidente norteamericano fuera “normal”, volviera a entender el valor de la Alianza Atlántica, apoyara la integración europea y se mostrara de nuevo dispuesto a sostener, con ayuda de otros, las cada vez más necesarias estructuras de gobernanza global. De hecho, muchos europeos, tal vez confundiendo los deseos con la realidad, piensan que Trump no terminará su mandato porque en algún momento se abrirá un proceso de impeachment, y que, en todo caso, no será reelegido en 2020.

Sin embargo, existe otra posibilidad, que los europeos se resisten a aceptar pero que podría reflejar mejor lo que está ocurriendo. Que el trumpismo vaya más allá de Trump porque nos hable tanto de fracturas más profundas en la sociedad norteamericana como de una recalibración de lo que significa el interés nacional de EEUU en un mundo cada vez más multipolar y en el que Occidente está en declive. Así, es posible que la elección de Trump refleje un descontento estructural de los votantes norteamericanos con el establishment, con los liberales cosmopolitas de las costas este y oeste y con el injusto reparto de los beneficios de la globalización y el cambio tecnológico, que haya llegado para quedarse (y que también tendría su eco en Europa con el apoyo al Brexit, a partidos como la Lega en Italia, el Frente Nacional en Francia, las posiciones del actual canciller austríaco o las política iliberales que aplican los gobiernos húngaro y polaco sin que su popularidad se vea mermada).5 Más allá de que esto se vaya a traducir en electorados más proclives al cierre de fronteras y al proteccionismo (sintetizados a modo de eslogan en el America First de Trump y que ya estamos observando), esto significaría que la probabilidad de que Trump fuera reelegido en 2020 sería elevada y, además, que la política exterior estadounidense se volvería cada vez más aislacionista y centrada en frenar el auge de China, lo que sería dañino para la UE.

En este escenario, EEUU iría retirando paulatinamente el paraguas de seguridad que ha tenido desplegado sobre Europa desde hace 70 años, obligando a los europeos a hacerse responsables de su propia seguridad (y, sobre todo, de su relación con Rusia). Así, aunque el próximo presidente tuviera formas más educadas y menos agresivas que Trump, es posible que desde EEUU se interprete que ser el principal proveedor de bienes públicos globales –desde la seguridad hasta la existencia de estructuras de gobernanza económica internacional legítimas basadas en reglas– ya no le interese. Al fin y al cabo, la estadounidense es una economía bastante cerrada comparada con la de los países europeos o la de China, por lo que cierta erosión de la globalización económica puede resultarle menos nociva que a otros, especialmente cuando está camino de lograr su independencia energética, mantiene su poder estructural en el sistema financiero y todavía puede ejercer su poder para garantizar que sus intereses comerciales y tecnológicos sean respetados en una economía global donde impere la ley del más fuerte. Además, su opinión pública, desencantada con la globalización ante el aumento de la desigualdad y crecientemente proteccionista, no siente apetito por revertir este impulso aislacionista.

Desde un punto de vista geoestratégico, incluso tendría cierto sentido que, en la medida en la que el gran enfrentamiento geopolítico del siglo XXI será entre China y EEUU, a la Administración estadounidense le podría interesar debilitar a la UE para evitar que en algunos temas en disputa (especialmente los económicos) pudiera adoptar una posición equidistante entre ambos colosos. De hecho, si se analiza con cuidado la política exterior de Obama, ya se observan algunas muestras de este repliegue estratégico estadounidense. Pero como el anterior presidente norteamericano era más popular en los países de Europa Occidental que en EEUU, su giro hacia Asia y su negativa a involucrarse militarmente cerca de las fronteras europeas pasó algo desapercibido (aunque también es cierto que nunca abanderó el proteccionismo, cuestionó las instituciones internacionales o trató de debilitar la UE, aunque sí pidió a los países europeos que aumentaran su gasto en defensa).

En definitiva, EEUU lleva años prestando cada vez menos atención a los asuntos internacionales e intentando reducir su gasto en política exterior para no sufrir lo que el historiador Paul Kennedy bautizó como imperial overstretch (que podríamos traducir como “sobrecarga del Imperio”) y que históricamente ha llevado al colapso de los imperios cuando estos mantienen demasiados frentes abiertos en el exterior.6 Esta tendencia no la inició Trump, y tampoco parece que se vaya a revertir sustancialmente en el futuro.

¿Qué debe hacer la UE?

Sólo el tiempo dirá si Trump es o no un accidente, o cuánto durará su presidencia. Pero lo que sí parece claro es que, cuanto más tiempo esté en la Casa Blanca, mayor será la erosión del orden liberal multilateral, y en especial de la OMC y de la Alianza Atlántica; y más difícil le resultará a su sucesor recomponer la relación con Europa. Por ello, la UE haría bien en ponerse en el peor escenario posible –como ya ha sugerido Merkel–, buscar una mayor autonomía estratégica, repensar su relación con China y fortalecer sus alianzas con países que comparten sus valores, empezando por Canadá, Japón y los países de América Latina, pero intentando ampliar esta coalición.

El principal problema que tiene para hacerlo es que no es un Estado, por lo que carece de una auténtica estrategia de política exterior y de seguridad común e incluso proyecta su enorme poder económico de forma fragmentada y sin incorporar aspectos estratégicos. Es una potencia herbívora en un mundo cada vez más carnívoro, en el que la rivalidad entre grandes potencias le está comiendo terreno rápidamente al sistema de reglas multilaterales en el que la Unión se desenvuelve de forma más cómoda.7 En este nuevo contexto internacional, en el que el Derecho Internacional se ve cada vez más desplazado por la ley de la selva, la UE aparece como un actor dividido, lento, torpe y poco eficaz cuando se lo compara con EEUU, China, Rusia o incluso la India. Solía decirse que la UE era un gigante económico y un enano político, pero lo cierto es que su peso económico está menguando8 mientras que la nueva realidad geopolítica internacional la condena a ser cada vez más pequeña políticamente a menos que encuentre la manera de proyectarse hacia el exterior tanto en términos económicos como militares con una voz única y consistente.

En materia de defensa, por ejemplo, si bien es cierto que la suma del gasto militar de sus Estados miembros es considerable (cerca de los 200.000 millones de dólares, casi cuatro veces más que Rusia, aunque sólo un tercio de lo que gasta EEUU), no lo hace de forma conjunta, por lo que no aprovecha las economías de escala ni tiene una distribución de tareas eficiente. Por lo tanto, cualquier avance que integre con mayor celeridad estas políticas será bienvenido. De hecho, ya se han dado pasos en los últimos dos años que parecían impensables hace una década. A finales de 2017, 25 países establecieron la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) en materia de seguridad y defensa. Asimismo, nueve países, incluido el Reino Unido, han acordado la creación de una estructura multinacional de mando para facilitar la disponibilidad de tropas de refuerzo. No se trata todavía de una fuerza de intervención rápida, pero sí de una estructura en la que se comparten doctrina y equipo, lo que agiliza los procesos de decisión. Asimismo, el presupuesto europeo 2021-2027, actualmente en negociación, seguramente incluirá, por primera vez, una línea de 1.500 millones de euros anuales para investigación y desarrollo vinculados a la defensa. Pero sigue faltando desarrollar mejor el pensamiento estratégico y aumentar el nivel de ambición a escala europea ya que, a día de hoy, la defensa colectiva está descartada en la Estrategia Global Europea. En definitiva, es necesario prepararse para el peor (aunque improbable) escenario de que EEUU se retire de la OTAN sin tiempo a que se produzca un relevo ordenado y progresivo, pero también hay que preparar el terreno para que, en el caso de que EEUU mantenga su compromiso con la Alianza, los países europeos cuenten con capacidad propia para equilibrar la carga y no tengan que depender tanto de EEUU cuando haya que intervenir. El liderazgo de la Unión sería la clave para lograr este objetivo, pero para que emerja es necesario aumentar el nivel de confianza entre los Estados miembros, algo que se antoja difícil.

Donde la UE todavía es un gigante y está acostumbrada a hablar con una sola voz es en materia comercial. Por lo tanto, también podría dar pasos adicionales en este frente, aunque debería ir más allá y utilizar su peso comercial como una herramienta más activa de política exterior. Sin ir tan lejos como para aceptar la oferta de China de forjar una alianza para combatir el proteccionismo de Trump (algo que tampoco interesa a la Unión), sí que debería continuar tejiendo una red de acuerdos de libre comercio con países afines interesados en sostener un sistema multilateral de comercio abierto y basado en reglas, que sin duda necesita reformas pero que constituye un precioso bien que a la UE le interesa preservar. A los acuerdos que la Unión ha cerrado últimamente con Japón, Canadá, Singapur o México habría que añadir otros con el MERCOSUR (actualmente en negociación), Australia y otros países asiáticos (en la actualidad se están negociando, entre otros, uno con la India y otro de inversiones con China).9 Estos nuevos acuerdos deberían tener como objetivo tanto aglutinar a cuantos más países bajo el liderazgo de la Unión como plantear un modelo de relación comercial que equilibré más los intereses de empresas y ciudadanos en aspectos sensibles como la protección medioambiental y laboral y el tratamiento a los inversores con el fin de que el apoyo a los acuerdos de libre comercio en particular y a la globalización en general aumentara dentro de la Unión.

Pero estos acuerdos deberían servir también para promover dos objetivos más ambiciosos. En primer lugar, una reforma de la OMC, para la que será necesario el concurso de EEUU. Se trata de adaptar la institución a la realidad económica actual, fortalecer la vigilancia que la institución hace de las políticas comerciales de sus países para que no incumplan las reglas y asegurar un correcto funcionamiento de su sistema de resolución de disputas, actualmente bloqueado por EEUU.10 Se trataría de atraer a China a la mesa de negociaciones de la reforma de la OMC para poder acordar unas nuevas reglas que aseguren un campo de juego equilibrado y sean más legítimas, con el fin de evitar que las incipientes guerras comerciales vayan en aumento. En segundo lugar, esta red de acuerdos debería servir para comenzar a potenciar el uso del euro como moneda vehicular para los pagos de las transacciones comerciales internacionales, que sería el primer paso para aumentar el uso del euro como moneda de reserva global, tal y como planteó Juncker en el debate sobre el estado de la Unión de septiembre de 2018. Un mayor uso del euro en las finanzas internacionales, aunque requeriría sobre todo una reforma de su gobernanza interna (que desgraciadamente todavía está pendiente, y que pasa por completar las uniones bancaria y fiscal y crear eurobonos), también necesita de un impulso político para ser exitosa.11 Y el proteccionismo norteamericano, sumado a la amenaza de sanciones a las empresas europeas que hagan negocios con Irán que ha anunciado la Administración Trump, son una excelente oportunidad para darle al euro ese impulso político. Comenzar a pagar en euros el petróleo que importan los países de la Unión o construir un sistema de transferencias financieras interbancarias al margen del sistema SWIFT que controla EEUU serían dos lugares por donde empezar a abordar esa tarea.

Conclusiones

Desde que Donald Trump llegara a la Casa Blanca, la UE ha dejado de tener en EEUU su principal valedor internacional. Trump podría ser un accidente, un paréntesis de cuatro (u ocho años) en las buenas relaciones que, con altibajos, han existido entre los países de ambos lados del Atlántico Norte desde la Segunda Guerra Mundial. Pero también podría ser que la UE tenga que acostumbrarse a desenvolverse sin el paraguas de seguridad y el liderazgo en el orden liberal internacional que hasta ahora le proporcionaba EEUU, y que le ha permitido alcanzar cotas de prosperidad y seguridad sin precedentes.

Como hemos explicado, la Unión debería esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor. Aunque la Administración Trump continúe despreciando a Europa, en EEUU existen muchos políticos y actores de la sociedad civil que siguen pensando que la UE debería ser un socio preferente de EEUU, que la relación transatlántica sigue siendo clave para sostener los valores e intereses que ha representado Occidente durante las últimas décadas y que, en todo caso, es más útil trabajar juntos para redefinir el nuevo orden internacional al que nos aboca el auge de China que estar divididos. Es importante, por tanto, mantener una buena interlocución con esos actores como trabajar conjuntamente en los temas en los que se vislumbren posibles consensos. Como es poco probable que EEUU decida patear el tablero y abandonar la OTAN o la OMC, seguirá habiendo espacio para el diálogo, aunque este sea menos amigable de lo que a los líderes europeos les gustaría.

Sin embargo, los europeos deben entender que el mundo de los años 60 del siglo pasado, en el que el “amigo americano” protegía a Europa occidental, le otorgaba ventajas económicas y animaba a sus países a integrarse, no va a volver, por lo que harían bien en dejar de añorarlo. El mundo camina hacia un nuevo (des)orden internacional, en el que la UE puede aspirar a jugar un papel relevante, pero que todavía está por definir. Lo que sí parece claro es que será un mundo con un EEUU más aislacionista, una China más asertiva, una Rusia que seguirá golpeando por encima de su peso durante bastantes años y unas instituciones multilaterales más débiles. En definitiva, un mundo menos cooperativo y con una creciente rivalidad geoeconómica, en el que los países emergentes reclamarán las cuotas de mayor poder e influencia que les corresponden por su mayor peso económico (y militar). En ese contexto, la UE tiene que repensar sus herramientas de política exterior, tanto en colaboración con EEUU y sus otros socios tradicionales (e incluso algunos nuevos) como en solitario. Tiene palancas económicas y políticas a su disposición, pero debe atreverse a utilizarlas de forma estratégica para construir una auténtica política exterior. El problema principal, sin embargo, es que para conseguirlo tiene que aumentar su cohesión interna y dejar atrás las fracturas que la crisis del euro y el tema migratorio están dejando. Y eso no será fácil.

Federico Steinberg
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid
| @Steinbergf


1 Véase el especial de la revista Foreign Affairs (vol. 97, nº 4, julio/agosto de 2018) sobre las amenazas al orden liberal internacional, en el que se analizan desde distintas perspectivas en qué medida existe realmente dicho orden y cómo de resiliente podría ser ante la nueva política exterior estadounidense.

2 Véase Federico Steinberg (2013), “Negociaciones comerciales entre la UE y EEUU: ¿qué hay en juego?”, ARI nº 42/2013, Real Instituto Elcano.

3 El think-tank estadounidense Brookings lanzó en septiembre de 2018 una herramienta bautizada como Transatlantic Scorecard para evaluar el estado de la relación transatlántica. En esta primera edición la puntuó con un 3,6 sobre 10, una nota ciertamente baja.

4 En cualquier caso, la tregua es débil y los aranceles que EEUU impuso al acero y al aluminio europeos, así como las represalias que estableció la Unión sobre los productos estadounidenses, ya han entrado en vigor y, por el momento, no se van a retirar.

5 Véase el especial de The Economist sobre este tema en su edición de 15 del septiembre de 2018.

6 Véase Paul Kennedy (2004), Auge y caída de las grandes potencias, DeBolsillo.

7 Para un análisis del concepto de potencia herbívora, véase José Ignacio Torreblanca (2011), La fragmentación del poder europeo, cap. VII, Editorial Icaria/Política Exterior, Madrid.

8 Según estimaciones de Alicia García Herrero y el Banco Natixis, entre 2015 y 2025, China contribuirá al crecimiento mundial un 21%, la India un 18%, EEUU un 10% y Europa tan sólo un 6%. En este mismo período, las economías de Indonesia, Filipinas y Corea aumentarán su tamaño más que la de Alemania, y las de Myanmar, Taiwán y Malasia más que la francesa.

11 Véase Miguel Otero-Iglesias (2014), The Euro, the Dollar and the Global Financial Crisis, Routledge.

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<![CDATA[ Juncker y Trump frenan la guerra comercial y resucitan el TTIP, en versión descafeinada ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-steinberg-juncker-trump-frenan-guerra-comercial-resucitan-ttip-version-descafeinada 2018-07-30T06:03:36Z

EEUU y la UE han decidido, por el momento, frenar su guerra comercial.

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Ver también versión en inglés: Juncker and Trump end the trade war and revive a watered-down version of TTIP

EEUU y la UE han decidido, por el momento, frenar su guerra comercial. Tras una reunión en Washington el pasado 25 de julio, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se han comprometido a trabajar para conseguir una zona de libre comercio transatlántica sin aranceles, subsidios ni barreras no arancelarias (que excluye al sector del automóvil). Para empezar, aunque no está claro cómo se va a conseguir, EEUU exportará más gas natural licuado (GNL) a la Unión (lo que reducirá su dependencia energética de Rusia) y los países de la UE comprarán más productos agrícolas (sobre todo soja) norteamericanos. También se darán pasos atrás en la escalada arancelaria que comenzó hace unos meses cuando EEUU impuso aranceles a las importaciones de acero y al aluminio europeas alegando (absurdamente) razones de seguridad nacional, y que desataron represalias proporcionales por parte de la Unión. Así, mientras las negociaciones estén en marcha, no se establecerán nuevos aranceles (EEUU había prometido imponerlos sobre las importaciones de coches europeos) y se trabajará por eliminar los que acaban de aprobarse. Por último, ambas potencias van a estudiar una reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que le permita volver a jugar el papel de árbitro en la gobernanza de la globalización que, en los últimos tiempos, EEUU le había negado.

“Si el objetivo de Trump era eliminar los aranceles transatlánticos, se podría haber ahorrado este último año de tensiones comerciales”.

En definitiva, tras meses jugando al “a ver quién pestañea primero”, que se habían traducido en una peligrosa escalada arancelaria a la que no se le veía un final y que, además, minaba la confianza entre las partes, se ha optado por rebajar la tensión y buscar una solución negociada. Se trata sin duda de buenas noticias para todos. Ni “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar” ni “los aranceles son geniales” (Trump dixit, vía Twitter), y el conjunto de la economía mundial tenía mucho que perder si la situación no se reconducía. Aunque la guerra comercial no iba a generar una recesión, y sus efectos se sentirían sólo a medio y largo plazo, la escalada del conflicto era muy peligrosa porque amenazaba con destruir el sistema de reglas multilaterales de la OMC que sostiene el orden liberal internacional sobre el que se asienta gran parte de la prosperidad que se ha generado en las últimas décadas, aunque su reparto haya sido demasiado desigual. Asimismo, la dinámica de confrontación amenazaba con crear una brecha insalvable en la relación transatlántica, que ya se estaba poniendo de manifiesto tanto en la última cumbre del G-7 en Canadá como en la de la Alianza Atlántica en Bruselas.

Sin embargo, tampoco puede afirmarse que todo haya vuelto a la normalidad. Primero, porque Trump sigue siendo un nacionalista impredecible cuya palabra vale bien poco. En la medida en la que esta decisión le permita vender a su electorado que ha logrado doblegar la voluntad de la UE gracias a sus extraordinarias dotes negociadoras, mantendrá su palabra. Pero si no, puede volver a cambiar de opinión, sobre todo cuando vea que el déficit por cuenta corriente de EEUU no baja (y no lo hará mientras siga reduciendo impuestos y desincentivando la tasa de ahorro nacional) y que las exportaciones alemanas a EEUU se mantienen elevadas por el deseo de los norteamericanos de comprar coches de alta gama alemanes.

Segundo, porque lo que en realidad ha sucedido es que hemos vuelto a la agenda de negociación del tratado de comercio e inversiones entre EEUU y la UE (el olvidado TTIP), que se llevaba negociando desde 2013 y que la Administración Trump abandonó en 2017. Si el objetivo de Trump era eliminar los aranceles transatlánticos, se podría haber ahorrado este último año de tensiones comerciales. El TTIP ya había acordado la reducción de prácticamente todos los aranceles a las manufacturas y también planteaba aumentar el comercio de GNL, así como lograr cierta convergencia de estándares regulatorios. Donde se había atascado había sido en la armonización o reconocimiento mutuo de las reglas entre ambos mercados (que son esenciales para facilitar el comercio de servicios), y que se habían topado con importantes resistencias por las diferentes tradiciones regulatorias en cuanto al principio de precaución, la protección al consumidor, la seguridad alimentaria y la regulación financiera, entre otras. Y también por el rechazo de la ciudadanía europea de establecer el mecanismo de arbitraje de inversiones que promovía EEUU y de las autoridades norteamericanas a abrir su jugoso mercado de compras públicas a las empresas europeas. Como ninguno de estos temas va a desatascarse ahora (de hecho, el rechazo que Trump despierta en Europa hará mucho más difícil un ambicioso acuerdo comercial transatlántico), en el mejor de los casos podríamos encontrarnos ante un TTIP light (centrado en aranceles cero), cuyos beneficios ya estaríamos disfrutando desde hace dos años si así lo hubiéramos querido. Pero como a Trump le gusta aparecer como el gran negociador que resuelve problemas, primero tiene que generar un conflicto allí donde no existe, para luego aparentar que lo ha resuelto, cuando simplemente se ha echado atrás, y siempre con actitudes intimidatorias y de desprecio a las reglas que hacen que la convivencia internacional no sea un campo de minas.

Lo importante ahora es confiar en que EEUU y la UE, más allá de frenar su batalla comercial, puedan trabajar con Japón y otras potencias afines para adaptar las reglas del comercio internacional imbricadas en la OMC a la realidad económica actual, de forma que se pueda integrar a China en la gobernanza de la globalización sin ir a una guerra comercial con ella. Ese es el principal reto que tenemos por delante, y también el más difícil. Pero que Trump haya tratado a Juncker como un igual y haya entendido que la UE es su socio clave en esta empresa es una buena noticia.

Federico Steinberg
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y Profesor de la Universidad Autónoma de Madrid | @Steinbergf

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<![CDATA[ Las relaciones España-EEUU en el marco de la relación transatlántica ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari86-2018-tovarruiz-relaciones-espana-eeuu-marco-relacion-transatlantica 2018-07-06T12:37:44Z

La reciente visita del Rey Felipe VI a Washington permite analizar y reflexionar sobre el estado de las relaciones bilaterales que en el futuro inmediato estarán marcadas por la llegada al poder de nuevo Gobierno en España y el alejamiento entre el presidente Trump y sus aliados europeos.

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Versión en inglés: Spain-US relations and the transatlantic relationship.

Tema

La reciente visita del Rey Felipe VI a Washington permite analizar y reflexionar sobre el estado de las relaciones bilaterales que en el futuro inmediato estarán marcadas por la llegada al poder de nuevo Gobierno en España y el alejamiento entre el presidente Trump y sus aliados europeos.

Resumen

La primera visita de los Reyes a la Casa Blanca ha supuesto el segundo encuentro de primer nivel de la relación bilateral España-EEUU en tiempos de Donald Trump. Esta visita, sin embargo, se encuentra marcada por las tensiones entre EEUU y algunos aliados europeos por las discrepancias surgidas en materia de valores, defensa o, especialmente, comercio y por los cambios internos producidos en la política española. Como consecuencia, urge encontrar fórmulas que garanticen la estabilidad de dicha relación por los importantes intereses en juego y evitar que centre un nuevo debate político.

Análisis

El 19 de junio de 2018 se produjo la primera visita de los Reyes de España al presidente Trump en el Despacho Oval. En la breve comparecencia posterior a la reunión, el presidente Trump, quien además manifestó su intención de visitar España, destacó la estrecha relación entre ambos países, mencionando algunos de los aspectos, paradójicamente, más controvertidos en el marco de la relación transatlántica: el comercio y la defensa. A continuación, el Rey Felipe VI, tras manifestar la importancia del legado histórico y cultural que une a ambos países y que fue el motivo de dicha visita, que le había llevado a Nueva Orleans y San Antonio (Texas), destacó la democracia como un importante activo común a ambos Estados.

A pesar de la cordialidad manifestada y del buen estado de la relación bilateral, la visita de los reyes de España a EEUU se ha producido en el marco de una serie de debates y cambios de carácter político con consecuencias potenciales en el ámbito de la relación bilateral y con la propia UE. Estos se han producido en dos ámbitos bien diferenciados: (1) el de la relación transatlántica; y (2) los de la política interna en España.

(1) Las controversias políticas en el marco de la relación transatlántica

Los debates sustanciados en el marco de la relación transatlántica se han centrado fundamentalmente en dos aspectos principales: los relativos al comercio y los relacionados con las políticas de defensa. También sería posible plantear un tercer aspecto relacionado con las cuestiones de valores, que para los europeos no sólo tiene un carácter internacional, sino que también se ha constituido en un debate interno.

En primer lugar, cabe destacar las disputas que han mantenido el presidente estadounidense Donald Trump con sus principales aliados a raíz de los cambios en la política comercial impulsada por EEUU, con la imposición de aranceles a diferentes productos relacionados con el acero y el aluminio. Originalmente, los Estados europeos, al igual que otros aliados estadounidenses como Canadá, fueron eximidos de su aplicación; sin embargo, los aranceles fueron finalmente impuestos y la propia UE, como ya habían hecho antes otros Estados como Canadá y China, acabó adoptando medidas de represalia contra diferentes productos estadounidenses.

No es ningún secreto que el presidente Trump, ya desde su campaña presidencial, había hecho de las cuestiones comerciales y de la lucha contra el déficit una de sus banderas más importantes. Nada más llegar al poder puso fin a la presencia estadounidense en las negociaciones y al proceso de ratificación del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o TPP, pese a su destacada importancia política en el marco de las relaciones con los Estados de Asia Oriental y comenzó el proceso de renegociación del NAFTA. Más tarde, en su discurso de noviembre de 2017 ante la APEC, defendió la participación estadounidense en acuerdos de libre comercio que tuviesen un carácter preferentemente bilateral y fuesen “justos”. El propio presidente norteamericano definió la cuestión comercial como “vital” para EEUU y lo esgrimió en su gira asiática, incluso con aliados como Corea del Sur y Japón, al margen del mantenimiento de las garantías de seguridad para los mismos.

En ningún supuesto se manifestó mejor esta diferencia de planteamientos que en el marco de la reunión del G-7 en Montreal del 8 al 10 de junio, donde los planteamientos del presidente estadounidense chocaron con los de aliados europeos como Alemania y Francia. Los roces con el primer ministro canadiense llevaron incluso a la negativa del presidente estadounidense a ratificar la declaración final consensuada con carácter previo entre los dirigentes que asistieron a la Cumbre.

Si bien el comercio ha sido uno de los aspectos principales que han marcado la relación entre ambos lados del Atlántico, las cuestiones de seguridad, defensa y valores también han marcado el debate.

En el ámbito de la seguridad, las críticas estadounidenses al escaso gasto en defensa de sus aliados europeos y su renuencia a compartir la factura o los costes humanos en diferentes conflictos armados, que vienen ya de largo y de Administraciones muy anteriores, han conducido a lo que se ha presentado como un aparente intento de constituir una relación defensiva alternativa a la de la OTAN, fundamentada en una nueva política europea de seguridad y defensa que giraría en torno a la Cooperación Estructurada Permanente en materia de Defensa o PESCO. Este nuevo impulso, observado con cierta suspicacia tanto por EEUU como por la propia OTAN adolece todavía de grandes incertidumbres sobre su alcance y posibilidades de materialización como alternativa realista a la presencia estadounidense. Pese a destacadas declaraciones de líderes europeos como la alta representante Federica Mogherini sobre su compatibilidad con la OTAN, el desarrollo de la PESCO no ha contribuido a una mejora de la relación con EEUU, destacando especialmente su exclusión en la financiación de proyectos europeos en la materia.

Tampoco ciertas decisiones unilaterales estadounidenses en el ámbito diplomático, como es el de la retirada del acuerdo nuclear con Irán, más allá de las consecuencias negativas para la seguridad en la región de Oriente Próximo y del acercamiento estadounidense a aliados como Arabia Saudí e Israel, han contribuido a una mejora de la relación. A pesar de la voluntad de Estados europeos como el Reino Unido, Alemania y Francia, y de la propia UE, de permanecer en el acuerdo y garantizar la pervivencia del mismo, su supervivencia sin la presencia estadounidense, máxime teniendo en cuenta la realidad de las implicaciones del restablecimiento de las sanciones, hacen muy difícil su mantenimiento.

Los valores compartidos, tal y como es el caso de la defensa de la democracia liberal como forma de gobierno y los derechos humanos han sido un tradicional activo de la relación transatlántica. Este pilar identitario tradicionalmente compartido, sin embargo, está en crisis y, en la actualidad, sometido a debate. A este respecto, tanto la aparición de democracias calificadas como “iliberales” en Europa y el ascenso de movimientos populistas a izquierda y derecha del espectro político a ambos lados del Atlántico, han llevado a la crisis de un pilar de la relación transatlántica que anteriormente se había dado por hecho. Cabe destacar a este respecto que, independientemente de que la Administración Trump y los dirigentes principales de la UE tengan posturas contrarias a este respecto, sostener que estas divisiones meramente enfrentan a europeos con estadounidenses sería realizar una descripción enormemente simplista de la realidad.

En la actualidad, estas divisiones en relación a materias como la democracia, los derechos humanos o las cuestiones migratorias afectan a las diferentes fuerzas políticas a nivel interno en EEUU como en los Estados europeos, pero también a los Estados europeos entre sí, particularmente entre Alemania y Francia, por un lado, e Italia, Austria y los países del Este europeo por el otro. Pero incluso en Alemania estas divisiones han afectado al propio gobierno alemán, que se ha visto obligado a la realización de complejos equilibrios en la materia.

(2) Las relaciones con EEUU y la política interna de España

La moción de censura llevada a cabo el 1 de junio que ha llevado al poder a Pedro Sánchez como presidente del gobierno, ha supuesto un cambio político de calado, si bien sus consecuencias y el margen de maniobra del nuevo gobierno pueden verse limitados por la actual composición del Congreso de los Diputados y de la duración limitada de dos años aproximados que restan de legislatura.

Tal y como se ha analizado en otras ocasiones, la relación bilateral con EEUU ha estado sometida a debate político y ha marcado los disensos de la política exterior española en momentos clave como el referéndum sobre la OTAN de 1986 o el debate sobre la Guerra de Irak de 2003. A continuación, se desarrolló la posterior fría relación personal entre el presidente estadounidense George W. Bush y el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, tras algunos incidentes diplomáticos, que sólo empezaría a recuperarse tras la victoria del presidente Obama en 2008 y de importantes decisiones de Rodríguez Zapatero, como incorporar a España en el establecimiento del escudo antimisiles con la presencia de cuatro destructores estadounidenses en la base de Rota.

A partir de esta etapa la relación se ha mantenido en términos cordiales, si bien con escaso interés en la visibilización de la relación bilateral por parte estadounidense y una visita del presidente Obama a España que no se produciría sino antes de acabar su segundo mandato, para decepción de las autoridades españolas.

A pesar del riesgo potencial del resurgimiento del debate político sobre la importancia de la relación bilateral con la llegada del presidente Donald Trump al poder, el gobierno de Mariano Rajoy fue capaz de mantener una relación cordial con EEUU, recibiendo una invitación para visitar el Despacho Oval, que finalmente se materializó el 26 de septiembre de 2017 y recabar el apoyo estadounidense en relación al importante contencioso catalán, yendo en su apoyo a la posición española más allá de lo defendido por algunos socios europeos de España. Trump llegó incluso a apoyar el incremento del comercio con España, facilitado por el hecho de que la relación comercial bilateral, al contrario que en otros supuestos, favorece a EEUU. En el marco de la relación bilateral, el gobierno de Rajoy no se posicionó abiertamente con los Estados más críticos con Trump, como es el caso de Alemania, pero tampoco otorgó un apoyo incondicional a las posturas estadounidenses.

Una de las incógnitas del nuevo gobierno es el de las potenciales rupturas y continuidades que se van a plantear en el ámbito de la relación bilateral. Tradicionalmente, los intereses estadounidenses en España han ido relacionados con las cuestiones de seguridad, la economía y el comercio y la defensa de la propiedad intelectual. Desaparecida ésta última como aspecto contencioso, los otros dos elementos pueden dar lugar a controversias políticas con cierta facilidad.

En el ámbito de la seguridad, el compromiso español de llegar a un 2% del gasto en defensa que parte de la Cumbre de Cardiff de 2014, y que realmente está en el propio interés español alcanzar, ha ido enfriándose con el paso del tiempo. Ya en el marco del gobierno anterior y a pesar de los sucesivos incrementos del gasto en defensa el porcentaje calculado para este año no ha pasado del 0,91%, una cifra similar a la existente cuando Donald Trump llegó al poder en EEUU. La ex ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, ya planteó que la subida de este gasto para 2024 alcanzaría un tope del 1,53% en lugar del 2% recogido en Cardiff. Esta tendencia ha sido confirmada por la nueva ministra, Margarita Robles, que ha llegado a declarar que el objetivo de cumplir con el 2% del PIB en defensa planteado por la OTAN “no es un objetivo realista”.

Está pendiente de ver cómo esta tendencia contraria al discurso contundente de Trump en la materia, pero que supone un elemento de continuidad claro con pasadas Administraciones, puede afectar a la relación bilateral o se verá relativizado por el importante activo de las bases estadounidenses en España. Este es un elemento que podrá constatarse en la próxima Cumbre de la OTAN, a celebrar los días 11 y 12 de julio en Bruselas, donde podría producirse el primer encuentro entre el presidente estadounidense y el presidente del gobierno español.

El comercio es otro de los puntos clave, si bien más allá de la aceituna negra, es un aspecto altamente condicionado por la actitud estadounidense en esta materia hacia la UE y el objetivo planteado por la Administración estadounidense de reducción del déficit sin distinguir entre aliados y adversarios. Este es un ámbito en el que los intereses de España llevarán previsiblemente a un mayor alineamiento con el resto de Estados que componen la UE, debido a la imposición de aranceles sobre diversos productos europeos.

Se mantiene como riesgo, al igual que sucede con otros países de nuestro entorno, que ante la impopularidad del presidente Trump entre la opinión pública española en general, que le otorgan una valoración de 2,2 sobre 10 (según la última oleada del Barómetro del Real Instituto Elcano), y determinados sectores ideológicos en particular, que la relación bilateral pueda someterse a un nuevo debate político que en nada beneficiaría a los importantes intereses españoles en materia de seguridad, económicos –EEUU es el primer inversor extranjero en España– y culturales que derivan de dicha relación. Paradójicamente, y a pesar de la impopularidad del presidente Trump, una mayoría de los españoles –el 64%– considera a EEUU un buen aliado, cifra que incluso se incrementa respecto del año anterior, lo que supone una cierta ruptura en un sentido positivo respecto de posiciones tradicionales, donde la personalización de la relación bilateral en base al líder que ocupaba coyunturalmente el cargo de presidente era un elemento determinante de la relación bilateral. Es posible que el apoyo estadounidense a España en casos tan complejos como el del proceso independentista catalán contribuyese a dicho posicionamiento.

Uno de los aspectos más importantes dada la importancia de las relaciones bilaterales y de los intereses en juego, es el mantenimiento de una cierta estabilidad en la relación con independencia de quien ocupe coyunturalmente la presidencia. A este respecto y de cara a la reciente visita, el Rey puede jugar un papel determinante. Es bien sabido que EEUU ya desde hace décadas ha cultivado la relación con el Rey de España, a quien ha percibido como un importante factor de estabilidad y continuidad en la relación bilateral. La reciente visita a EEUU sólo confirma dicho posicionamiento. En circunstancias políticamente complejas como las actuales, dada la coyuntura política a nivel transatlántico y la incertidumbre producida por los cambios internos de la política española, el Rey puede jugar un papel diplomático clave a la hora de garantizar una cierta estabilidad en los lazos bilaterales con la potencia norteamericana.

Los elementos culturales han sido otro factor de la visita y han tenido cierta presencia en la relación bilateral. La asistencia al 300º aniversario de la fundación de ciudades como San Antonio y Nueva Orleans, ésta última donde la presencia histórica española (40 años, de 1763 a 1803) es más significativa de lo que usualmente se reconoce por comparación con casos como el del sudoeste estadounidense o Florida, prueba de nuevo su relevancia y permite difundir el conocimiento de la vinculación española con estados como Luisiana, generalmente postergada y recientemente revitalizada como consecuencia de la creciente difusión de símbolos propios de la relación bilateral, como es el caso de Bernardo de Gálvez.

Este viaje se realiza, además, en un momento de ciertas controversias en el ámbito migratorio con posiciones contrapuestas entre ambos Estados, pero también a nivel europeo, a lo que cabe añadir un más que posible endurecimiento de la política migratoria a nivel europeo, tal y como se espera del próximo Consejo Europeo del 28 y 29 de junio. El debate y la controversia interna en EEUU sobre la cuestión migratoria tampoco favorece la tradicional aspiración española de erigirse en representación de la población hispana, un objetivo de origen poco realista que debería subordinarse a otros objetivos de mayor importancia para el interés nacional y más similar al papel que otros Estados como Alemania, Francia e Italia realizan desde una perspectiva bilateral, que es como la actual Administración prefiere desarrollar su política internacional. Cuestión diferente es la posibilidad de encontrar puntos en común en cuestiones de interés mutuo, como es encontrar una solución a la crisis de Venezuela, donde España sí podría jugar un papel destacado.

Conclusiones

La relación bilateral España-EEUU ha sido una relación tradicionalmente controvertida, generadora de numerosos disensos. La visita de los Reyes se ha producido en un momento especialmente complejo por los numerosos debates producidos a ambos lados del Atlántico en cuestiones tan cruciales como la política migratoria, la comercial y la de defensa.

Los posicionamientos jacksonianos de la Administración Trump en estos aspectos hacen que el tratamiento respecto de sus aliados, y no sólo de los europeos, sea complejo y la ausencia de una estrategia global definida somete la política exterior estadounidense a giros bruscos y la dota de un carácter impredecible. A pesar de todo, y como se ha sostenido anteriormente, la ausencia de animadversión del presidente estadounidense hacia España reduce los efectos perniciosos de dichos factores.

España, debido a los importantes intereses de seguridad, económicos, culturales e incluso de política interna y a pesar del reiterado desconocimiento de la naturaleza vital de la relación en sus documentos estratégicos y en los posicionamientos públicos de sus líderes, está interesada en el mantenimiento de relaciones cordiales con la Administración Trump. A este respecto, el nuevo gobierno español debe evitar incurrir en errores pasados o someter de nuevo dicha relación a debate político.

Es por ello que, en lo que respecta a la relación bilateral con EEUU, es necesario aplicar una política de continuidad respecto de posicionamientos anteriores. Esto deberá permitir evitar alinearse incondicionalmente tanto con la propia Administración estadounidense como con los Estados europeos que sostienen las posiciones más extremas, teniendo presente una posición autónoma y neutral que garantice la defensa de los intereses españoles sin menoscabo de que, en aquellos supuestos donde los intereses estadounidenses y españoles choquen, se pueda reaccionar de manera bien individualizada, bien en el marco de la UE, tal y como es previsible que suceda en el ámbito de la política comercial.

Un factor importante, y que hay que tener muy presente, es la necesidad de disociar la relación bilateral de la persona que ocupe coyunturalmente el cargo de presidente de EEUU. La opinión pública española ya ha empezado a hacerlo y es capaz de compaginar su consideración negativa del presidente Trump con la percepción de EEUU como un buen aliado. Los líderes políticos españoles deberían ser capaces de realizar la misma distinción.

Las cuestiones de seguridad y defensa son aspectos importantes en el marco de la relación bilateral. Sin embargo, sería un error pensar que cuestiones como el incremento del gasto en defensa es un factor únicamente condicionado por las peticiones de Trump y sus predecesores: debe ser tenido en cuenta como una inversión estratégica que favorece las capacidades propias y la posición de España en el sistema internacional y no como una inversión impopular producida como resultado de las presiones de la Administración estadounidense.

La visita de los Reyes también permite visibilizar el importante papel diplomático jugado por el Rey en las relaciones exteriores de España. Su contribución puede jugar un papel determinante en la estabilización y la garantía de continuidad de las relaciones bilaterales, tan controvertidas, pero también tan importantes para nuestros intereses, como son en la actualidad las relaciones bilaterales España-EEUU.

Juan Tovar Ruiz
Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Burgos
| @JuanTovarRuiz

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<![CDATA[ Los Reyes en EEUU: el potencial de la relación bilateral ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-garciaencina-reyes-eeuu-potencial-relacion-bilateral 2018-06-19T11:08:20Z

La incertidumbre sobre EEUU y su papel en el mundo no debe impedir que España busque los canales adecuados para que la relación exclusivamente bilateral sea más intensa. El objetivo debe ser satisfacer todo el potencial que tiene, a pesar de la asimetría estructural en la relación.

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Hay que remontarse hasta 1778 para hablar del comienzo de las relaciones bilaterales entre España y EEUU. Entonces, la Corona española ofreció asistencia militar y financiera a la emergente nación durante la guerra de independencia, un lazo histórico que ha sido precisamente el elemento que más se ha destacado de la visita de los Reyes de España a EEUU entre el 14 y el 19 de junio de 2018. El viaje atendía principalmente a la invitación cursada en 2015 y reafirmada el año pasado para acudir al tricentenario de la ciudad texana de San Antonio, y al que se sumó la celebración del también 300 aniversario de Nueva Orleans, en Luisiana. Pero el viaje debe tener más lecturas, empezando por la oportunidad para poner en valor la imagen de la España de hoy en tierras estadounidenses.

“La deriva de Washington […] hace temer una nueva “politización” de la relación bilateral, como ocurriera años atrás con la guerra de Irak”

EEUU y España son amigos, socios y aliados, con una relación más o menos fluida e intensa según la época y los vaivenes de la historia. En los últimos años ambos gobiernos han llevado a cabo los esfuerzos necesarios para promover las relaciones bilaterales a través de la firma de acuerdos, de contactos de alto nivel y de continuas visitas entre ambas orillas del Atlántico. Se trata, eso sí, de una relación asimétrica como la que tienen casi todos los países del mundo con la gran potencia estadounidense. Por eso es importante distinguir entre lo que es la relación puramente bilateral de aquello que une a España y EEUU en los asuntos de la agenda internacional. Es en esta segunda parte de la relación donde hay que tener en cuenta el nuevo entorno estratégico, la crisis del orden liberal internacional y algunas políticas de la actual Administración estadounidense porque añaden nuevos retos a la relación. La deriva de Washington en temas como el proteccionismo, el cambio climático y el acuerdo nuclear con Irán dentro de ese terreno especulativo en el que parece querer moverse la Administración Trump hace temer una nueva “politización” de la relación bilateral, como ocurriera años atrás con la guerra de Irak.

Curiosamente es en este ámbito, el de la agenda internacional, donde EEUU ha deseado durante los últimos años una mayor implicación por parte de España, sobre todos tras nuestros primeros signos de recuperación económica y porque desde el punto de vista de Washington España cuenta con todas las papeletas y elementos para sobresalir: España es atlantista, mediterránea, europea, comprometida con la lucha contra el terrorismo, firme aliada de la OTAN y está retomando una senda de crecimiento.

Esa incertidumbre sobre EEUU y su papel en el mundo no debe, sin embargo, impedir que España busque los canales adecuados para que la relación exclusivamente bilateral sea más intensa. El objetivo debe ser satisfacer todo el potencial que tiene y que España no se conforme con ser un socio más de la lista de los aliados de EEUU, a pesar de la asimetría estructural en la relación. De hecho, el futuro de relación exclusivamente bilateral se debe mirar con creciente optimismo.

Las bases, su economía

La “pata” de defensa ha sido y es la insignia de la relación entre ambos países, hasta tal punto que se suele afirmar que ha “contaminado” todos los demás ámbitos de la relación. Basta con recordar el esperado viaje de Barack Obama a España en junio de 2016. Debido al estallido de un episodio de violencia racial en EEUU, el presidente tuvo que reducir la visita a lo mínimo indispensable. Y Rota, la base que ha simbolizado durante décadas la relación, se quedó dentro de la agenda. Un gesto que dijo mucho de la revalorización de la presencia militar estadounidense en los últimos años. Por un lado, Morón y sus Marines, que responden principalmente a los propios intereses y planes estadounidenses al ser una base operativa del AFRICOM (Mando para África del Pentágono), mientras que Rota es clave para la defensa aliada y europea. Ésta es parte destacada del Ballistic Missile Defence (BMD) de la OTAN, si bien su importancia va más allá y desde allí se realizan operaciones de seguridad marítima, ejercicios bilaterales y multilaterales, y otras acciones encaminadas todas ellas a mejorar la seguridad del teatro europeo y la estabilidad del Mediterráneo.

“No es aventurado afirmar que España es estratégicamente más importante para EEUU de lo que EEUU es para España en materia de defensa”

No es aventurado afirmar que España es estratégicamente más importante para EEUU de lo que EEUU es para España en materia de defensa. Es una excepción en el relato de que las bases de EEUU están perdiendo fuerza e importancia en el mundo y la Península Ibérica sigue siendo clave en la estrategia de defensa de EEUU de cara a Europa, África y Oriente Medio. Pero aunque el valor estratégico, especialmente de Rota, no va a cambiar en el medio plazo, hay que continuar consolidando los atributos geoestratégicos de la península principalmente en la defensa antimisiles y en la proyección de fuerzas anfibias, navales y fuerzas especiales. Y hay que ir más allá y hacer hincapié en más presupuesto, más ejercicios bilaterales y más tecnología. De hecho, esta privilegiada relación tendrá que adaptarse a los crecientes cambios tecnológicos y ampliar la densidad de la relación en el ciberespacio, en la Inteligencia Artificial, en las iniciativas con las empresas privadas y sin perder de vista a África, donde ambos países tienen puesto el foco.

Y si en defensa España es estratégicamente importante para EEUU, en el ámbito económico EEUU es claramente estratégico para España, sobre todo en inversiones.

Con la llegada de la crisis hace una década, las empresas españolas se internacionalizaron y miraron hacia el otro lado del Atlántico. Desde entonces se ha incrementado de forma vertiginosa la inversión directa española en el país norteamericano, hasta llegar a superar a la inversión directa de EEUU en España, siendo la segunda el noveno país inversor en la primera, donde está mejor posicionada que en la economía mundial.

Energía, finanzas, metalurgia, manufacturas, construcción, transporte e infraestructuras, entre otros sectores, han sido los protagonistas de la relación. En el medio plazo quizá un nuevo plan de infraestructuras estadounidense, aún poco detallado, pueda abrir novedosas oportunidades para las empresas españolas, tan bien situadas en este campo. La reciente reforma fiscal de EEUU, con una importante reducción del impuesto sobre sociedades, también puede renovar el atractivo de EEUU y atraer a más empresas españolas. Pero el futuro será, sin duda, del sector de la tecnología de la información y de la economía digital.

Sin embargo, también hay dudas y retos de cara al futuro en este ámbito. La política energética estadounidense, la asimetría regulatoria, los retos de la digitalización económica, las medidas proteccionistas, el protocolo sobre la doble imposición e incluso el cambio en las rutas de las cadenas productivas globales deberán tenerse en cuenta en las futuras relaciones económicas entre España y EEUU, tan estratégicas para la primera.

De lo federal a lo estadual

La incertidumbre que desprende la Administración de EEUU y el nuevo entorno estratégico afectará con mayor o menor intensidad a la relación exclusivamente bilateral entre Madrid y Washington. Pero quizá una de las posibles claves para suavizar su impacto pueda ser pasar del enfoque puramente federal al estadual.

Los estados de EEUU cuentan con una gran amplitud de competencias a pesar de la paulatina ampliación del alcance del gobierno federal. Incluso los estados pueden decidir no alinearse con los husos horarios que les corresponderían, como ocurre con Arizona. No hay que olvidar que la fortaleza del poder de los estados frente al poder federal está en el origen mismo de EEUU como país. Una buena prueba de ello es la10ª enmienda, que reserva a los estados y al pueblo aquellos poderes no cedidos al gobierno federal de forma expresa en la Constitución. Y la enmienda 11ª consagra la inmunidad soberana de los estados como otro rasgo del federalismo estadounidense: una soberanía que se traduce en un atributo tan fundamental como es la potestad tributaria. De hecho, los estados de EEUU tienen regímenes fiscales diferentes e incluso muy dispares entre sí. El Congreso, además, no puede saltarse la prohibición de obligar a los estados a implementar programas federales, ni tampoco poner bajo su control directo a los funcionarios públicos de los estados.

Muchos de los estados de EEUU son por sí mismos un país. Y de ahí la importancia de subrayar la visita de los Reyes a dos estados, uno de ellos Texas. Un estado republicano, con una economía que depende mucho de México con quien comparte frontera, y que registra una tasa de crecimiento anual acumulativo del 3%. Se prevé que su fuerte crecimiento continúe en las próximas décadas, fundamentalmente por el aumento de la producción de petróleo y del shale gas, a lo que hay que añadir la innovadora industria de la biotecnología y la de las telecomunicaciones. Es, además, uno de los mejores lugares del planeta para desarrollar start-ups, y el segundo estado del país en empleo tecnológico después de California.

Es un estado cada vez más urbano, con Houston, Dallas y San Antonio entre las ciudades más pobladas del país. Un estado también crecientemente diverso, con un elevado y creciente porcentaje de hispanos, y con ciudades como San Antonio, comprometidas con el Acuerdo sobre el Clima de París a pesar de la deriva de Washington.

Tal y cómo se ha podido comprobar en la visita real, Texas cuenta con una considerable presencia empresarial española en el ámbito bancario, en las energías renovables y en la gestión de autopistas, entre otros sectores. El mensaje de empezar a hacer énfasis en las relaciones con cada uno de los estados, empezando por Texas, debe empezar a cuajar.

Washington seguirá siendo clave para la agenda internacional, pero para la relación exclusivamente bilateral el enfoque debe comenzar a cambiar: en lo económico y en lo tecnológico, pero también en lo político, en lo cultural y en lo académico, los estados de EEUU deben ser la clave.

Carlota García Encina
Investigadora, Real Instituto Elcano
| @EncinaCharlie

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<![CDATA[ We, the media?: la polarización política en los medios estadounidenses ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-badillomatos-we-the-media-polarizacion-poltica-medios-eeuu 2018-06-05T04:32:47Z

No parece sencillo descifrar si la polarización política ha alimentado la polarización mediática o si el proceso ha sido inverso, pero el paralelismo cronológico e ideológico entre ambas ha servido para consolidar y legitimar las ideas de la agenda política del presidente Trump.

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El año de Trump ha cambiado también el paisaje mediático en EEUU: por un lado, la consolidación de la radio de opinión (talk radio) ultraconservadora que ha contribuido a la movilización del voto en las elecciones de 2016; por otro, los grandes medios que han encontrado en el dedo acusador de Trump un poco de oxígeno en el contexto más delicado de la historia de los medios estadounidenses, ahogados por la tormenta digital en la que su modelo de negocio está permanentemente en entredicho.

El número de medios se ha multiplicado, consecuencia del abaratamiento de los costes de producción y distribución, e incluso como resultado de la lentitud de algunos actores para adaptarse al entorno digital. El acceso a los ordenadores táctiles de bolsillo que –por comodidad– llamamos “teléfonos” móviles ha hecho a cualquier ciudadano potencial productor de información y las redes sociales (YouTube, Facebook, Twitter) han simplificado hasta el extremo la capacidad para difundir esa información sobre una audiencia. Sin embargo, los costes de mantener una estructura permanente de producción y distribución de información siguen siendo suficientemente altos como para requerir un cierto nivel de profesionalización e institucionalización, lo que sigue poniendo en crisis a los medios más pequeños (como los locales) y hace necesariamente transitoria la actual fórmula de gratuidad a la que las audiencias contemporáneas están tan acostumbradas. En esta metamorfosis los medios están descubriendo nuevas potencialidades (cualquier medio es ahora mundial, instantáneo, permanente) y los nuevos riesgos que implica un ecosistema en el que han sido desplazados de la cima de la pirámide.

Ese cambio, silencioso, se produce en la aparición de los nuevos intermediarios, que gestionan entre un tercio y la mitad de los beneficios generados por la industria de los contenidos, sean estos producidos por aficionados o por estructuras profesionales. Por más que el contenido final sea elaborado por los medios tradicionales, el acceso a los contenidos se canaliza a través de estos nuevos intermediarios, propietarios de la tecnología de acceso (los sistemas operativos móviles), de las plataformas de agregación y combinación de contenidos, o de las redes sociales en las que compartimos las noticias que consideramos relevantes con nuestros amigos. Y en ese proceso modifican el contenido incorporando mensajes publicitarios personalizados, individualizando el menú de noticias con unas u otras intenciones, o tomando a cambio de la gratuidad del acceso toda la información posible acerca de los usuarios. Los datos de comScore para EEUU ponen a estos nuevos actores por delante de los medios tradicionales: los cinco sitios con más visitas en octubre de 2017 fueron Google-Alphabet, Verizon, Facebook, Microsoft y Amazon, con ventaja sobre NBC, CBS y Time Warner.1

En este cambio de jugadores, los cinco grandes –Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft, o GAFAM, por sus iniciales– no sólo han conseguido situarse en la intermediación de todo el sistema comunicacional, sino que esa importancia es reconocida por el mercado con una talla económica inédita hasta hoy. Google-Alphabet y Apple se disputan en 2018 el honor de convertirse en la primera empresa de la historia en alcanzar la valoración de 1 billón (europeo) de dólares en bolsa (aproximadamente el 80% del PIB español). Una cifra que ni lejanamente podrían alcanzar las grandes industrias tradicionales de la cultura y la comunicación, pero que tampoco alcanzaron las de sectores como la energía o la banca.

Figura 1. Valor en bolsa (NASDAQ), 28/V/2018
  Valor bursátil (miles de millones de dólares)
Apple 926,9
Amazon 781,29
Microsoft 755,72
Alphabet 752,95
Facebook 535,27
Fuente: el autor.

Al lado del valor de las grandes compañías que combinan el hardware y el contenido (productos y servicios digitales), las empresas de medios parecen hoy pequeñas. Disney (una de las históricas y más grandes) vale hoy en el mercado lo mismo que Netflix, una pequeña empresa de alquiler de DVD por correo, reconvertida en proveedor global de contenidos en vídeo. De hecho, salvo que las medidas anticoncentración –cada vez más suavizadas– lo impidan, la tendencia a que estos nuevos actores absorban a los productores de contenidos podría conducir a la integración de las industrias culturales tradicionales en los GAFAM. Es algo que ya ocurrió en otros momentos del siglo pasado en la industria musical, o la cinematográfica, y que en estos últimos años está ocurriendo con los operadores de telecomunicaciones que absorben a productores y gestores de contenido audiovisual (en España, Telefónica compró Canal+; y en EEUU, AT&T intentó la compra de TimeWarner). Con los casi 300.000 millones de dólares que Apple ha generado y repatriado en los últimos años, la compañía podría comprar cualquiera (o varias) de las mayores compañías de medios estadounidenses. Y lo mismo podría decirse hoy de cualquiera de las GAFAM.

Figura 2. Valor en bolsa (NASDAQ), 28/V/2018
  Valor bursátil (miles de millones de dólares)
Disney 152,33
Comcast 146,1
Time Warner 73,67
21st Century Fox 71,32
Charter Communications 64,17
Fuente: el autor.

Sin embargo, el sector de los medios estadounidense está integrándose por sí mismo. AT&T hizo una oferta por TimeWarner, bloqueada por el Departamento de Justicia (DOJ) por exceso de concentración en el mercado, Disney ha iniciado la compra de 21st Century Fox (y parece que Comcast igualará la oferta, mientras ambos grupos pelean por otro de los grandes activos de Rupert Murdoch, la televisión de pago británica Sky) y, en menor escala, Sinclair compró Tribune Media, todo en 2017.

No son sólo fusiones económicas, sino también políticas. Algunos medios entendieron que la decisión del DOJ de bloquear la fusión de TimeWarner y AT&T tenía detrás la sombra de Donald Trump,2 preocupado por el tamaño que podría adquirir la editora de CNN. Y, del mismo modo, la Casa Blanca confirmó la llamada de Donald Trump al dueño de Fox, Rupert Murdoch, cuando se anunció la voluntad de Disney de comprar la firma, y algunos medios informaron de que su principal preocupación era qué pasaría con uno de sus principales valedores mediáticos, la conservadora cadena de noticias por cable Fox News.

“Mientras la radio buscaba nuevas formas para competir con los servicios de música en streaming, la radio de opinión política emergió como una solución sencilla, barata y de gran impacto”

En este contexto de transformación en la producción, circulación y consumo de información, los medios son aún (percibidos como) poderosas estructuras de influencia sobre la opinión pública, más aún en una sociedad estadounidense que ha pasado de entender que los medios se guiaban por el interés público –los editores de diarios o los presentadores de noticiarios se enorgullecían de que nadie supiera cuáles eran sus preferencias políticas– a asumir que la polarización política y social ha permeado también las estructuras mediáticas, prisioneras de lo que algunos llaman el “pluralismo polarizado” que tan bien conocemos en el sur de Europa.

Sin remontarnos demasiado atrás, un primer cambio se produjo cuando en 1987 la Administración estadounidense dejó de aplicar la Fairness Doctrine, una norma de los años 40 que obligaba a los medios audiovisuales a presentar cualquier asunto de relevancia pública ofreciendo todas las perspectivas. La desaparición de la norma produjo una explosión de emisoras y programas en la radio estadounidense de corte ultraconservador –y más tarde en la televisión–, conocidos genéricamente como talk radio. Mientras la radio estadounidense buscaba nuevas formas para competir con los servicios de música en streaming –como Pandora o Spotify– la radio de opinión política emergió como una solución sencilla, barata y de gran impacto para producir programas luego “sindicados” (revendidos) a emisoras por todo el país. De ese proceso emergieron Rush Limbaugh (The Rush Limbaugh Show, Premiere Radio), Sean Hannity (The Sean Hannity Show, ahora en Fox News), Glenn Beck (que pasó de la radio a crear la cadena audiovisual conservadora The Blaze), Michael Savage (The Savage Nation) y Laura Ingraham (que también pasó de la radio a Fox News). La radio es clave en el proceso, lo que nos permite recordar su importancia en ciertos sectores de la sociedad estadounidense: los canales de noticias y talk radio son los más escuchados entre los mayores de 55 años (el segundo puesto entre los de 35-54 años) y la radio tiene hoy una penetración superior a la televisión.3

Muchas de las estrellas de la talk radio en los últimos 20 años han cimentado la opinión pública ultraconservadora estadounidense y algunas son los actuales referentes de Fox News, el canal que mejor despliega los argumentarios de la alt-right estadounidense en los medios. No parece sencillo descifrar si la polarización política ha alimentado la polarización mediática o si el proceso ha sido inverso, pero el paralelismo cronológico e ideológico entre ambas ha servido para consolidar y legitimar las ideas de la agenda política del presidente Trump. Y también ha contribuido a extremar las posiciones en las percepciones de las líneas editoriales de los medios estadounidenses. Las declaraciones del presidente –tanto como candidato como después de asumir el cargo– acerca de las noticias falsas (fake news) son parte del discurso anti-establishment que le ha llevado al liderazgo republicano y a la Casa Blanca. Como decía en un tuit de principios de mayo de 20184:

El trabajo de Pew Research (2014) sobre polarización política en EEUU nos permite comprender la dimensión de la “batalla” mediática en términos de orientación ideológica. A partir de la pregunta en torno a la confianza/desconfianza de los ciudadanos en ciertos medios, encontramos dos polos diferenciados:

  1. El de los medios apreciados por los progresistas (liberals) y despreciados por los conservadores: los públicos National Public Radio (NPR) y Public Broadcasting Corporation (PBS), los diarios The New York Times y The Washington Post, los canales de noticias CNBC y CNN, la revista The New Yorker y las tres grandes redes de televisión generalista, ABC, CBS y NBC.
  2. El de los medios apreciados por los conservadores y despreciados por los progresistas, encabezados siempre con mucha diferencia por Fox News (el canal de noticias del grupo 21st Century News), el canal The Blaze o los programas de radio de Rush Limbaugh.
Figura 3. Medios con más y menos confianza para “muy liberales” y “muy conservadores”, 2014
Figura 3. Medios con más y menos confianza para “muy liberales” y “muy conservadores”, 2014

La gestión del primer año de Trump no ha servido para mitigar esta tendencia, más bien los ataques constantes del presidente a los medios tradicionales siguen reforzando este clivaje, engrosando los bandos de estos divided states of America. Aunque los datos de audiencia de Fox News en 2017 son casi idénticos a los del año anterior, MSNBC ha crecido de forma sobresaliente, los ingresos por suscripción digital de The New York Times5 crecieron en 2017 un 47% (el año en que superó los 3 millones de suscriptores totales por primera vez) y The Washington Post batió su récord de suscriptores (1 millón de abonados digitales en 2017, la mayor cifra de su historia).

Consciente del factor económico en el contexto de la crisis digital, el propio Trump lo subrayaba en diciembre del año pasado.6 Sus palabras resumen el contexto de crisis y polarización de la comunicación estadounidense.

“We’re going to win another four years for a lot of reasons, most importantly because our country is starting to do well again and we’re being respected again. But another reason that I’m going to win another four years is because newspapers, television, all forms of media will tank if I’m not there because without me, their ratings are going down the tubes. Without me, The New York Times will indeed be not the failing New York Times, but the failed New York Times. So they basically have to let me win. And eventually, probably six months before the election, they’ll be loving me because they’re saying, ‘Please, please, don’t lose Donald Trump’. OK.”

Figura 4. Ubicación ideológica de las audiencias de ciertos medios en EEUU, 2014
Figura 4. Ubicación ideológica de las audiencias de ciertos medios en EEUU, 2014

Ángel Badillo Matos
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 Véase Advertising Age (2018), Marketing Fact Pack 2018, Ad Age.

2 Véase, por ejemplo, la reacción de Rudolph Giuliani: “Giuliani says Trump ‘denied’ the AT&T-Time Warner deal, then backtracks”.

3 Reach semanal (número de personas que conectan con el medio al menos una vez), según los datos de Nielsen para 2017, aunque el tiempo de consumo de televisión diario dobla en tiempo al de la radio. Sólo en el grupo de edad más anciano la televisión supera en penetración a la radio por 1 punto porcentual. Véase Nielsen (2018), Audio Today 2018: How America Listens, The Nielsen Company. Véanse también los informes cuatrimestrales de Nielsen, “The Nielsen Total Audience Report” para 2017.

6 Entrevista de Donald Trump a The New York Times, 28/XII/2017.

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<![CDATA[ Un desafío para Donald Trump: la seguridad hemisférica en crisis y el futuro de la guerra al narcotráfico ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari69-2018-benitezmanaut-trump-seguridad-hemisferica-crisis-futuro-guerra-narcotrafico 2018-05-25T02:10:59Z

La política de Donald Trump en relación a la cooperación de EEUU con América Latina para combatir el narcotráfico está demostrando ser errática.

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Tema

La política de Donald Trump en relación a la cooperación de EEUU con América Latina para combatir el narcotráfico está demostrando ser errática.

Resumen

Este documento analiza la política de seguridad del presidente Donald Trump hacia América Latina, en particular la relacionada con la guerra al narcotráfico. En este sentido, cabe señalar una importante diferencia con respecto a las Administraciones pasadas. En EEUU la cooperación en seguridad hacia los países iberoamericanos reviste un consenso bipartidista donde los programas tienen una lógica de continuidad sostenida en la política federal de “Guerra a las Drogas”, impulsada desde 1969 por el presidente Richard Nixon. Sin embargo, en el momento actual, desde enero de 2017, al arribar a la presidencia Donald Trump, es evidente un cambio. Se desarrolla una relación errática, que pone a los países latinoamericanos en posición defensiva, debido a las declaraciones presidenciales muchas veces contradictorias y ofensivas. Se abre una lucha entre las burocracias y el establishment en Washington, que tratan de sostener la “coherencia” del pasado en las políticas de seguridad, con las nuevas políticas de la Casa Blanca. En el Congreso de EEUU, sectores importantes de los partidos Demócrata y Republicano, además de las burocracias profesionales del Pentágono, el Departamento de Comercio, el Departamento de Estado y el de Seguridad de la Patria (Homeland Security) tratan de evitar las rupturas y la profundización de la crisis en las relaciones hemisféricas, a fin de neutralizar los pronunciamientos del presidente. Después de un año de gobierno de Trump, estas burocracias tratan de aminorar las fricciones que continuamente se abren con sus declaraciones. De esta manera, la relación hemisférica oscila entre la cooperación y el conflicto, siendo la guerra al narcotráfico una de las monedas de cambio de los gobiernos de América Latina con EEUU.

Análisis

El fin de la Guerra Fría y la guerra al narcotráfico en América Latina

El fin de la Guerra Fría modificó sustancialmente los conceptos de seguridad nacional en todos los países de América Latina. Ello llevó a que las doctrinas de defensa, misiones, estructura y organización de las fuerzas armadas se transformaran. Los ejércitos pasan a desplegar misiones técnicas de seguridad interior, básicamente policiacas. Así, el combate al narcotráfico y el crimen organizado emergen como misión fundamental de los aparatos castrenses, y también las instituciones policiacas modifican su entrenamiento y doctrina para el mismo fin. En el caso de México, las fuerzas armadas antes renuentes a la cooperación con EEUU, inician gradualmente programas atendiendo el nuevo ambiente binacional de cordialidad en las relaciones que se abrió con el inicio de las negociaciones para la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), desde 1992.

El presidente William Clinton redefinió la cooperación militar despolitizándola y haciéndola funcional a las llamadas “nuevas amenazas asimétricas”, donde el combate a las organizaciones criminales se volvió objetivo prioritario de las políticas de cooperación en seguridad en el continente. En este contexto adquirió relevancia el Plan Colombia, donde ingresa el ejército en respaldo –y en ocasiones sustitución– de la policía como parte del diseño de la cooperación de EEUU. El desmantelamiento a inicios de los años 90 del siglo XX de las dos grandes organizaciones criminales colombianas, los cárteles de Medellín y Cali, fue posible por la participación directa de EEUU. Entre el año 2000 y el 2016, la cooperación a Colombia es la más cuantiosa en todo el hemisferio, superando la cifra de 10.000 millones de dólares sólo en fondos de los Departamentos de Estado y de Defensa. En el caso del Departamento de Estado, entre 2010 y 2017 la cantidad de fondos de asistencia fue de 2.992,9 millones de dólares. Entre los programas relevantes destacan los de lucha contra el terrorismo y cooperación en inteligencia.1 Ello se debe a que las FARC fueron clasificadas simultáneamente como organización de tráfico de drogas y terrorista.

Bajo el programa de cooperación “US-Colombia Action Plan on Regional Security Cooperation (USCAP)’, que incluye el entrenamiento de integrantes de las fuerzas de seguridad de Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras y Panamá, se entrenó a 11.181 efectivos entre 2013 y 2016. El objetivo es la intercepción de cocaína desde Colombia. En el caso de la cooperación con los países de América Central, estos esfuerzos antidrogas abarcan la lucha contra las pandillas.

Para la Iniciativa Mérida, desde 2008 EEUU otorgó a México sólo 2.737 millones de dólares entre 2008 y 2017, razón que explicaría, entre otros factores, el bajo impacto de esta ayuda en lograr controlar y reducir a las organizaciones criminales, dadas las dimensiones del país. En el caso de Centroamérica, los programas Central America Regional Security Initiative (CARSI-2008-2015) y Estrategia Centroamericana (2016-2018) destinaron 2.915 millones de dólares a los siete países del istmo.2 En esta región tampoco se ha reducido la violencia ni el papel del istmo como principal región de tránsito de cocaína entre los países andinos y México.

Es preciso tener presente la posición estratégica de México ante las rutas criminales abiertas desde fines de los años 80 para hacer llegar a EEUU entre el 60% y el 65% de la cocaína producida en Colombia. Para ello se emplean dos corredores: el Pacífico-Centroamérica y la cadena de islas del Caribe, teniendo puntos importantes en República Dominicana, Haití y Puerto Rico. En ambas rutas, México es el principal punto de ingreso para llegar a EEUU y la modalidad para facilitar el cruce de las fronteras es por la vía terrestre, lo que llevó al fortalecimiento de las organizaciones criminales mexicanas Cártel del Golfo y el Cártel de Sinaloa. Cuando en México se decretó la guerra a las drogas por el presidente Felipe Calderón en 2007, empleando fundamentalmente a las fuerzas armadas, crecieron a siete los grandes grupos criminales.

En la lucha contra el crimen organizado y en particular el narcotráfico (principalmente en México, Centroamérica, Caribe y países andinos) las fuerzas armadas y las guardias de protección de costas colaboran ampliamente entre sí y con EEUU, en la intercepción aérea y naval en las aguas del Caribe y el Golfo de México. Esto se desarrolla intensamente desde los años 90, incluso con la participación activa de Cuba. A ello se le agrega la responsabilidad de los militares para participar de forma creciente en la seguridad pública. En la mayoría de los países las fuerzas armadas combaten la inseguridad en las calles debido a los acelerados cambios legales para permitir su empleo. Esto se debe al incremento de la delincuencia en casi todos los países, provocado por la ampliación de los mercados ilegales, la incorporación de delincuentes a las actividades criminales asociadas al tráfico de drogas y a que se rebasa rápidamente la capacidad de los cuerpos de policía.

A inicios del siglo XXI, en parte por la revolución bolivariana impulsada por Hugo Chávez desde Venezuela, tres países andinos se separaron de la lógica de cooperación en la guerra a las drogas de EEUU: Venezuela, Ecuador y Bolivia. Por su lado, países de América del Sur como Argentina y Brasil, mediante políticas exteriores independientes de EEUU, buscaron diferentes mercados en su comercio exterior. Las organizaciones criminales en estos países buscaron rutas alternativas para la exportación de cocaína y heroína, para alcanzar los mercados europeos de forma directa (vía aérea y naval), y de forma indirecta a través de África Occidental. Las mafias colombianas, por ejemplo, emplean rutas a través de Cabo Verde, Mauritania y Marruecos. De igual manera, los sistemas bancarios en Chile, Uruguay, Panamá y los paraísos financieros en el Caribe son instrumentos para el lavado de dinero de las organizaciones mexicanas y colombianas pudiendo eludir el peligro que podría suponer depositar sus recursos en instituciones financieras de EEUU. Por lo anterior, ante la re-dirección de los mercados criminales y rutas de drogas, hacia muchos países de América del Sur, EEUU ya no es tan importante en su geopolítica y geoeconomía, quedando bajo su órbita de influencia tradicional Colombia, el Caribe, Centroamérica y México. Esto se refleja de forma similar en los mercados ilegales y el narcotráfico.

Burocracias en conflicto, diplomacia hemisférica devaluada

Desde el inicio de su campaña electoral en 2015, Donald Trump afirmó que México sólo envía criminales, drogas y violadores. En una reciente declaración, Trump sostuvo que a los narcotraficantes “realmente malos” se les debe aplicar la pena de muerte, sin embargo, ese castigo no existe en la mayoría de los países latinoamericanos, lo que podría afectar una de las políticas de cooperación en justicia más exitosas, como son las extradiciones de los líderes de las grandes organizaciones criminales. En el caso de México, a pesar de las fricciones, las relaciones de seguridad y defensa siguen su curso planteado en los últimos 25 años.3 Esto mismo se puede afirmar para Colombia y Perú, así como los países de América Central y el Caribe.

Con la llegada de Trump a la presidencia en enero de 2017, la imagen y la diplomacia de EEUU en el hemisferio se ha devaluado. Por ejemplo, la percepción de influyentes oficiales del ejército que trabajaron en la región desde los años del presidente Clinton como comandantes del Comando Norte y del Comando Sur, sostienen que “El NAFTA ha establecido marcos de confianza entre las tres partes, llevando a una cercana cooperación para resolver una variedad de importantes asuntos relacionados con el tráfico de drogas, terrorismo, seguridad cibernética, crimen organizado y migración”. Los 10 comandantes afirman que debilitar el acuerdo comercial podría afectar de forma seria la seguridad nacional de EEUU”.4 El general Barry McCaffrey, por su parte, ha sido más enfático señalando que “El presidente Trump es una grave amenaza a la seguridad nacional de EEUU”.5 Así, las burocracias de los Departamentos de Estado, Seguridad de la Patria, Defensa y Justicia buscan que las políticas presidenciales no afecten los acuerdos de cooperación existentes en materia de seguridad y defensa en el continente.

La guerra perdida y el ocaso de la cooperación contra las drogas

En EEUU, la guerra a las drogas y su capítulo latinoamericano ha tenido muchos altibajos. De igual manera, el presidente Trump ha sido enfático –hasta el momento sólo en el discurso– buscando, incluso a través de medios militares, un cambio de gobierno en Venezuela y ha revisado los acuerdos con Cuba firmados por el presidente Obama. La militarización del combate al narcotráfico en los países andinos desde los años 80 del siglo XX no logró los resultados esperados, por lo que tres de ellos, Venezuela, Bolivia y Ecuador suspendieron la cooperación.

Para afrontar el problema del abasto de cocaína, la Drug Enforcement Administration (DEA) sostiene que en 2017 se registraron los envíos más importantes de cocaína hacia EEUU, por la suspensión de las campañas de erradicación de plantíos en ese país, como parte de la implementación del proceso de paz de Colombia. En el caso de la heroína se han incrementado dramáticamente el número de muertos por sobredosis en EEUU. Sólo en 2017 se registraron 67.000 muertes por consumo de heroína de alta pureza.

Entre las organizaciones criminales más importantes que realizan tráfico de drogas hacia EEUU, la DEA señala que los grupos colombianos y los mexicanos se han asociado, agregándose las mafias dominicanas y puertorriqueñas por su presencia en la costa éste de EEUU.6 Estos factores justificarían la estrategia de Trump de tratar de endurecer más las políticas antidrogas y los programas de cooperación, a pesar de que se han debilitado los dos programas principales: la Iniciativa Mérida en México y el Plan Colombia. En EEUU, además de la falta de acuerdo en el Congreso de ese país, están los frágiles consensos y acuerdos hemisféricos, que en definitiva no terminan por comprometer a los gobiernos para desarrollar una sólida cooperación. Esto ha favorecido a las redes criminales para desarrollar el mercado de las drogas.

Según la DEA, en el caso de los mexicanos se menciona al cártel de Sinaloa, el de Jalisco nueva Generación, el de Juárez, del Golfo, los Zetas, el cártel Beltrán Leyva, y en el caso de la exportación de heroína, desde el estado de Guerrero, el de “Guerreros Unidos”. Respecto a los colombianos, la organización más importante es Los Urabeños, así como células operativas de las FARC no desmovilizadas, quienes tienen el control de los embarques por el mar Caribe y a través de Ecuador y Venezuela, para evadir los controles de radares. En el caso de los grupos criminales dominicanos, existen muchas organizaciones pequeñas que compran cargamentos a los colombianos, y las trasladan a la costa noreste de EEUU, controlando la ruta 1-95 (autopista costera) desde Florida hasta Nueva York. En las tendencias cambiantes del tráfico de drogas, se debe incluir el fentanyl, las metanfetaminas (que se producen en México con insumos asiáticos) y otras drogas químicas. 7

Los funcionarios de las agencias del gobierno de EEUU, que están a favor de moderar el discurso presidencial de su presidente, se consideran asimismo “pragmáticos”, pues la ruptura o enfriamiento que podría darse entre los gobiernos afectaría a la estrategia contra las drogas en el propio territorio de EEUU, dado que sería muy difícil controlar o reducir el número de muertos por sobredosis. En 2014 la Corporación Rand calculó que los adictos a la heroína gastan aproximadamente 27.000 millones de dólares al año, un aumento con respecto a los 20.000 millones por año en el año 2000.8 Esto sólo se supera por el mercado de la marihuana, que crecientemente se está legalizando. Las diferencias que sobresalen entre los responsables de las agencias especializadas en la guerra contra las drogas y el discurso del presidente Trump están, por ejemplo, las declaraciones del administrador de la DEA Robert Patterson en su viaje a México en febrero de 2018, que cuestionó que el Muro en la frontera pueda acabar con el tráfico de drogas.9

La visita que realizó el secretario de Estado Rex Tillerson a la región en febrero de 2018 a México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica, se sostuvo en enfatizar que los lazos de cooperación de EEUU son sólidos y muy importantes. En todos los países se refirió a que los objetivos son garantizar la cooperación en seguridad, el tema de los energéticos y la revisión de los acuerdos de comercio, sobre la base de garantizar los intereses de las partes. En Colombia hizo énfasis a la necesidad de fortalecer la destrucción de plantaciones de coca y también puso en la agenda su preocupación por la crisis de Venezuela. En el Perú mencionó la necesidad del combate a la corrupción como imprescindible para lograr buenas relaciones de seguridad entre los países, poniendo énfasis en este tema que sin duda es el más incómodo para los gobernantes de la mayoría de los países. Al respecto, por ejemplo, en la sexta ronda de negociaciones del TLCAN, celebrada en enero de 2018 en Montreal, se acordó poner cláusulas anticorrupción, impulsadas por los gobiernos de Canadá y EEUU. La corrupción favorece gran cantidad de actividades criminales, entre ellas el tráfico de drogas.

Continente dividido y con graves crisis de gobernabilidad, la guerra contra las drogas se debilita

Uno de los mayores problemas para el éxito en las políticas de control del narcotráfico son las grandes diferencias que existen entre los países en relación a las políticas de drogas. En el caso del consumo de drogas, en EEUU, sobresale la diferencia entre las políticas del gobierno federal de mano dura y los castigos a narcotraficantes, con las políticas estatales de legalización de la marihuana para fines médicos y recreativos. En la elección del 8 de noviembre de 2016, según todos los observadores, la marihuana fue la gran ganadora. En cinco estados se aprobó el consumo de marihuana con fines recreativos: Arizona, California, Maine, Massachusetts y Nevada; y con fines medicinales se aprobó en Arkansas, Florida, Montana y Dakota del Norte. El uso medicinal de la marihuana está aprobado en 28 de los 50 estados, y la tendencia es a la generalización gradual en el resto. El primer efecto de lo anterior es el cambio de la dirección del comercio de marihuana, ya que ahora la hierba de alta calidad se exporta hacia México.

En el continente, la facilidad con que el crimen organizado realiza sus actividades se debe a dos factores: por un lado, la debilidad en la mayoría de los gobiernos de sus sistemas judiciales, policiacos y de inteligencia, lo que lleva a buscar soluciones militares y de mano dura; y, por el otro, que EEUU no hace lo suficiente en su territorio en tres asuntos: el lavado de dinero, el control de la venta de armas, y en la reducción del consumo.

La coyuntura actual en diferentes países tampoco favorece la cooperación en la lucha contra las drogas. Las elecciones presidenciales de 2018 en Colombia y México son cruciales, pues los presidentes salientes no se atreven a tomar decisiones políticas importantes. A esto se agrega la profunda crisis que vive el régimen político venezolano, que impacta directamente en la actividad criminal en los países vecinos, además de la participación de las fuerzas armadas venezolanas en los envíos de cocaína hacia EEUU, según denuncian insistentemente los medios de comunicación.

Conclusiones

En las relaciones entre EEUU y América Latina se ha pasado de un “abandono” desde los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama a una diplomacia débil y errática de Donald Trump. Su política hemisférica oscila entre continuar estrechando los lazos en seguridad y defensa con los “socios estratégicos” construidos desde los años 90, como son México, Colombia, los países de Centroamérica y la mayoría del Caribe, con el abandono y en ocasiones agresiones verbales hacia el resto de los países o a estos mismos aliados.

Los compromisos de seguridad de EEUU con los países del continente siguen teniendo continuidad. Sin embargo, las elites políticas de América Latina señalan que sería muy difícil continuar cooperando con EEUU si en los otros aspectos de la relación, sobre todo en el nivel comercial, se dieran rupturas, cuestionamientos y revisiones. Esto fue evidente con la realización de la Cumbre de Las Américas, celebrada en Perú los días 13 y 14 de abril de 2018, donde el presidente Trump canceló su asistencia a último momento por la crisis de Siria.

Es un hecho que la guerra contra las drogas en América Latina es un fracaso en cuanto a su eficacia para evitar la producción y exportación hacia los principales centros de consumo, a lo que se agrega que las políticas diferenciadas de EEUU, de mano blanda y legalización en su interior, y de mano dura y contención en lo internacional, no guardan coherencia entre sí. Además, la mano dura que aplican la mayoría de los gobiernos latinoamericanos inició una reformulación con el cambio en la política de drogas en Uruguay, legalizándose el cultivo y la distribución y despenalizándose el consumo. De igual forma, el gobierno boliviano ha dejado de destruir cultivos de hoja de coca y no se penaliza su consumo y transformación en productos manufacturados.

El gobierno de Donald Trump, al tener una agresiva política anti-mexicana y anti-migración, así como nacionalista en el nivel comercial, cuestionando los tratados de libre comercio vigentes, abre una “brecha” de conflicto, donde es muy difícil para muchos gobiernos en el hemisferio seguir recibiendo la asistencia militar y policiaca anti-criminal. Las fuerzas políticas, sociedad civil y gobiernos están cuestionando la buena relación militar y de seguridad, debido a la insistencia en las agresiones hacia los migrantes, la militarización de la frontera sur de EEUU y la construcción del Muro fronterizo.

Así, las relaciones de cooperación están en una profunda crisis debido a la errante diplomacia hemisférica de Donald Trump y a las debilidades y divisiones de los países latinoamericanos. Se da una especie de enfrentamiento, día a día, entre las burocracias profesionales del aparato de seguridad de EEUU, buscando evitar a toda costa que el activismo anti-hemisférico de la Casa Blanca frene o debilite la cooperación.

Si éste fuera el caso, más de 25 años de cooperación para emprender la guerra contra las drogas entre EEUU y América Latina estarían viendo su fin. Esto a pesar de que la mayoría de los análisis insisten en que la guerra a las drogas ha fracasado y que su continuidad sólo conlleva mayor violencia entre la población en muchos países latinoamericanos. En otras palabras, con la apertura de heridas en las relaciones hemisféricas, los únicos beneficiados serían los grupos criminales.

Raúl Benítez Manaut
Centro de Investigaciones sobre América del Norte-Universidad Nacional Autónoma de México
| @benitez_manaut


1 June Beitel (2017), “Colombia Background and US Relations”, CRS, R43813, Washington, 14/XI/2017, pp. 30-31.

2 Peter J. Meyer (2017), “US Strategy for Engagement in Central America: Policy Issues for Congress”, CRS Report to the Congress, Washington DC, 8/VI/2017.

3 Véase Craig Deare (2017), A Tale of Two Eagles. The US-Mexico Bilateral Defense Relationship Post Cold War, Roeman & Littlefield, Lanham.

4 “Letter to President Trump on NAFTA by former SOUTHCOM and NORTHCOM Commanders”, 15I/III/2018. Véase también Retired 4-Star General Says Trump Is ‘Serious’ Threat To National Security, CBS Los Angeles. Carta firmada por los comandantes del Comando Sur generales Barry McCaffrey, Bantz Craddock, Douglas Frazery James Hill, y los almirantes William Gortney y Timothy Keating, y por los comandantes del Comando Norte, directamente vinculados al trabajo de cooperación y defensa con México, Victor Renuart, James Stravidis, Charles Wilheim y el almirante James Winnifield.

5 Retired 4-Star Army General Calls Trump A 'Serious Threat To National Security', The Huffington Post. Véase también Barry R. McCaffrey (@mccaffreyr3).

6 US Department of Justice, Drug Enforcement Administration (DEA) (2017), 2017 National Drug Threat Assessment, Washington DC, octubre, p. v.

7, DEA (2017), 2017 National Drug Threat Assessment, op. cit, p. 2-6.

8 Beau Kilmer et al. (2014), “How Big is the US Market for Illegal Drugs”, Rand Corporation, Santa Mónica.

9 “Cuestiona la DEA utilidad de muro”, Reforma, México, 4/II/2018.

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<![CDATA[ Trump lleva su Embajada a Jerusalén: ¿Dónde está la transacción? ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-amirahfernandez-trump-lleva-embajada-jerusalen-donde-esta-transaccion 2018-05-16T06:40:12Z

Parecería que en este caso Trump hizo un “gran trato” a cambio de nada. Simplemente, ignoró todas las voces que le recomendaron no hacerlo o, al menos, hacerlo en otras condiciones más equilibradas y un contexto de avances hacia la resolución del conflicto.

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Donald Trump prometió que, si llegaba a la Casa Blanca, trasladaría la Embajada de EEUU en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Tan sólo 16 meses después de ser proclamado presidente, hizo efectiva esa promesa. Con su decisión, Trump rompía con décadas de política estadounidense bipartidista al reconocer Jerusalén como la capital del Estado de Israel. También rompía con el consenso internacional de no precondicionar el estatus final de esa ciudad triplemente sagrada antes de que israelíes y palestinos alcanzaran un acuerdo de paz negociado.

Se dice que Trump entiende la política –incluida la política exterior– como una relación de tipo transaccional. Este presidente se ve a sí mismo como un artista alcanzando “tratos” que le permiten avanzar su agenda a partir de un intercambio de intereses. Si esto es así, lo que resulta chocante es que el paso dado por Trump en Jerusalén no hace avanzar los intereses nacionales y de seguridad del país que preside. Parecería que en este caso hizo un “gran trato” a cambio de nada. Simplemente, ignoró todas las voces –numerosas y cualificadas– que le recomendaron no hacerlo o, al menos, hacerlo en otras condiciones más equilibradas y un contexto de avances hacia la resolución del conflicto de Oriente Medio.

Ni las objeciones de la mayoría de los aliados más próximos a EEUU (incluidos los principales países de la UE), ni los llamamientos a la mesura de algunos socios árabes de EEUU (sólo algunos), ni la oposición de buena parte del establishment de seguridad nacional estadounidense lograron modificar los cálculos del neófito político convertido en presidente. Tampoco sirvieron de nada la oposición del Papa Francisco, las condenas de los patriarcas y líderes de 13 iglesias cristianas jerosolimitanas ni las denuncias de la Organización para la Cooperación Islámica. Trump tenía que cerrar un “gran trato” y nada ni nadie se lo iba a impedir.

El pasado diciembre, cuando el presidente norteamericano anunció el reconocimiento de Jerusalén (toda la ciudad, no sólo la parte occidental) como capital de Israel, éste recurrió a un argumento que no dejó a nadie indiferente. Dijo que su decisión serviría para promover la paz entre israelíes y palestinos, pues “retiraba la cuestión de Jerusalén de la mesa de negociaciones”. Los acontecimientos de los últimos cinco meses indican más bien todo lo contrario, pues la Ciudad Santa ha vuelto a estar en el foco de atención de todo el mundo. Tampoco ha explicado Trump cómo se consigue avanzar la paz cuando la parte más fuerte ve todos sus deseos concedidos, mientras se ignora y se castiga a la parte más débil.

Una muestra del rechazo internacional al movimiento de Trump fue la severa derrota que éste cosechó en la Asamblea General de la ONU el pasado 21 de diciembre. Un total de 128 Estados miembros votaron a favor de una resolución que rechaza la declaración del presidente Trump reconociendo Jerusalén como capital de Israel. EEUU tan sólo logró el apoyo de siete países de insignificante peso internacional (cuatro de los cuales son microestados insulares del Pacífico), además de Israel. Hubo 35 abstenciones, después de que Washington amenazara de forma poco sutil con retirar su ayuda a los países que respaldaran la resolución. El enfoque transaccional que le sirvió a Trump como hombre de negocios no le dio los resultados que esperaba en el principal foro internacional, para enfado suyo y de su embajadora Nikki Haley.

”Los principales países del sistema internacional y socios de EEUU mostraron su disconformidad no acudiendo a la ceremonia de inauguración”

El traslado de la Embajada de la discordia se realizó a toda prisa (en poco más de cinco meses, cuando inicialmente se había hablado de un año o más), y se escenificó con una ceremonia el pasado 14 de mayo, coincidiendo con el 70 aniversario del establecimiento del Estado de Israel. Trump no asistió en persona, como habría sido de esperar. La delegación oficial de su país estuvo compuesta casi íntegramente por ciudadanos estadounidenses judíos que han financiado asentamientos de colonos en los Territorios Ocupados. La cabeza visible fueron la hija del presidente, Ivanka, y el yerno, Jared Kushner, quien mantiene importantes negocios y relaciones con las elites políticas conservadoras y con diversos actores económicos de Israel. Una vez más, los principales países del sistema internacional y socios de EEUU mostraron su disconformidad no acudiendo a la ceremonia de inauguración.

La decisión de trasladar la Embajada y su ejecución han tenido lugar en un contexto muy concreto, tanto a nivel interno en EEUU como a nivel regional en Oriente Medio. Internamente, el “factor Trump” conlleva unas formas y unas decisiones que rompen con políticas establecidas por sus predecesores (sobre todo, si se trata de algo que hizo Barack Obama). Para empezar, la diplomacia estadounidense ha sufrido severos recortes, una fuga de cerebros y un fuerte desprestigio en poco más de un año. Este presidente atípico se ha rodeado de asesores leales a sus tesis, pero no necesariamente experimentados ni mesurados en el papel que desempeñan, como son su hija y yerno, su asesor para Israel, Jason Greenblatt, y su embajador en Israel, David Friedman. Además, existen unos enormes conflictos de intereses, pues se entremezclan sus funciones gubernamentales con sus intereses y negocios familiares, todos vinculados a la Organización Trump (un grupo de aproximadamente 500 empresas, de las cuales el actual presidente es el único o principal propietario, y donde sus hijos y asesores tienen o han tenido puestos clave).

El equipo de Trump incluye a numerosas personas con conexiones estrechas con las elites políticas y económicas de Israel, bien sea por motivos familiares, económicos, ideológicos o mesiánicos. En esta última categoría se incluye a buena parte de los seguidores de las iglesias evangélicas estadounidenses, cuyos votantes suelen ser pro-sionistas militantes y apoyan toda política que favorezca el fortalecimiento del Estado de Israel. Para los sectores más conservadores de esos votantes, representados en la Casa Blanca por el vicepresidente Mike Pence, el apoyo a Israel representa el cumplimiento de una profecía bíblica, que anticipa la llegada del Mesías y anuncia la proximidad del Apocalipsis. Trump no quiere perder a esa base electoral altamente ideologizada y fiel.

En cuanto al contexto en Oriente Medio, puede que la región esté atravesando el período más destructivo desde la aparición del sistema de Estados regionales al término de la Primera Guerra Mundial. Un número creciente de conflictos y fracturas recorren Oriente Medio y el norte de África. Israel se ha encontrado con una convergencia de intereses con algunos países árabes (principalmente Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto), que se centran en su oposición conjunta a la creciente influencia regional de Irán. En ese contexto, Israel siente que no encontrará ninguna oposición seria de los gobiernos árabes a sus políticas defendidas desde Washington.

“El actual presidente y sus asesores más cercanos han demostrado no tener ningún interés en avanzar un proceso de paz en el que el gobierno de Israel no obtenga la totalidad de sus demandas”

Hubo un tiempo en que EEUU se presentaba como un intermediario honrado (honest broker) entre las partes enfrentadas en el conflicto israelo-palestino. Muchos dudan de que alguna vez lo fuera. Sin embargo, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha sacudido muchas cosas, incluida la apariencia de que esté actuando como intermediario honrado. El actual presidente y sus asesores más cercanos han demostrado no tener ningún interés en avanzar un proceso de paz en el que el gobierno de Israel no obtenga la totalidad de sus demandas y exigencias.

No hay nada nuevo en que una Administración estadounidense asuma las tesis del gobierno israelí de turno. Lo que sí es novedoso es el nivel de presión al que se está sometiendo a la parte palestina, tanto de forma directa (mediante una campaña de aislamiento y retirada de ayuda a los refugiados palestinos), como indirectamente (según algunas informaciones, a través de presiones ejercidas por países árabes del Golfo cuyos gobernantes están en sintonía con la Administración Trump). Si el objetivo de esas presiones es que los palestinos acepten cualquier “trato del siglo” que les ofrezca Trump en términos de “o lo tomas o lo dejas”, difícilmente esta vía conducirá a la paz. El riesgo de que la región salga más desestabilizada es real.

En el tema de la Embajada, como en la retirada unilateral del acuerdo nuclear entre las grandes potencias e Irán, Trump ha optado por ir por libre (o, mejor dicho, de la mano de Israel). Ningún miembro de la OTAN, de la UE, de la Liga Árabe, de la Organización para la Cooperación Islámica, ni siquiera del Consejo de Cooperación del Golfo ha dado su apoyo explícito a su medida unilateral en Jerusalén. El presidente estadounidense ha podido llegar a la conclusión de que a algunos líderes árabes no les importan mucho los palestinos. En eso puede no estar del todo equivocado, pero sí se equivocaría si se creyera que las poblaciones árabes y musulmanas también se desentienden de lo que ocurre en Palestina. Los recientes pasos dados por Trump no hacen que la paz esté más cerca, ni garantizan más seguridad a EEUU, ni tampoco mejoran su imagen mundial. Más bien queda como un Estado con problemas de fiabilidad y de previsibilidad.

Si es cierto que la política exterior de Trump está marcada por su carácter transaccional, cabe preguntarse a cambio de qué ha concedido semejante deseo al gobierno de Netanyahu. Nada indica que haya habido ninguna contrapartida israelí de cara a una reanudación de las negociaciones de paz con los palestinos. Más bien, parece que se premia que este primer ministro haya liquidado de facto la solución de “dos Estados para dos pueblos”. Seguramente Trump sí haya empleado un enfoque transaccional en el tema de Jerusalén, pero dando prioridad a los intereses de la familia y su entorno por delante de los intereses nacionales.

Haizam Amirah Fernández
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @HaizamAmirah

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