EEUU y Relaciones Transatlánticas - Real Instituto Elcano Feeds Elcano Copyright (c), 2002-2018 Fundación Real Instituto Elcano Lotus Web Content Management <![CDATA[ El auge de China: ¿un tema para la OTAN? ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari121-2019-simon-martin-auge-de-china-un-tema-para-la-otan 2019-12-20T02:36:00Z

La OTAN ha iniciado un debate de alto nivel sobre cómo abordar los desafíos estratégicos relacionados con el auge de China, que ha llegado para quedarse.

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Tema

La OTAN ha iniciado un debate de alto nivel sobre cómo abordar los desafíos estratégicos relacionados con el auge de China, y es un debate que ha llegado para quedarse.

Resumen

En su reunión de jefes de Estado y de Gobierno en Londres el 4 de diciembre de 2019, la OTAN puso a China en su punto de mira, afirmando que la “creciente influencia” del gigante asiático y “sus políticas internacionales presentan oportunidades y desafíos que deben abordarse conjuntamente”.1 Esta breve referencia ha sido el resultado de meses de debate interno y negociaciones entre los Estados miembros de la OTAN respecto a cómo abordar el desafío chino y, en última instancia, hasta qué punto le corresponde a la OTAN afrontar este tema.2 Este ARI describe dicho proceso y analiza algunos de los retos y oportunidades que el desafío chino plantea para la Alianza.

Análisis

El auge de China se ha convertido en uno de los principales vectores de cambio en las relaciones internacionales. Dicho auge está propiciando una reconfiguración de los equilibrios económicos, tecnológicos, políticos y estratégicos tanto a nivel global como en distintas regiones del mundo. En este contexto, la OTAN se ha inmerso en un proceso de reflexión sobre las posibles implicaciones estratégicas del auge de China, y de su creciente presencia en influencia en Europa y sus alrededores. En su conferencia de prensa previa a la reunión de jefes de Estado y de Gobierno en Londres, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ya avanzó que los líderes de la Alianza debatirían las implicaciones del auge de China. Stoltenberg hizo mención especial a la imponente modernización militar del país asiático, pero también resaltó su presencia creciente en el Ártico, los Balcanes y el ciber espacio y sus inversiones en infraestructuras europeas. Asimismo, Stoltenberg mencionó la importancia de las redes 5G y de acordar requisitos comunes para fortalecer la resiliencia de la Alianza frente a los retos cibernéticos.3

La reflexión de la OTAN sobre las implicaciones del auge sistémico chino ha sido en buena medida alentada por EEUU, y por una Administración Trump que define a China como competidor estratégico a largo plazo, y como la principal amenaza a EEUU y Occidente.4 El resto de países aliados parecen compartir la necesidad de reflexionar sobre el auge sistémico chino y sus posibles implicaciones estratégicas. Dicho esto, existen diversas opiniones respecto a la idoneidad de utilizar el marco de la OTAN como foro de debate sobre China. Algunos países como el Reino Unido parecen mostrarse más comprensivos al respecto y otros (como Francia y España) más reticentes. El argumento esgrimido por Francia es que la OTAN es una alianza de defensa colectiva, cuyo ámbito de acción geográfico debe girar en torno al continente europeo. Esta ha sido la posición tradicional de Francia, habitualmente reacia a que la Alianza vaya más allá del continente europeo o sobrepase el marco conceptual de la defensa colectiva.5 La insistencia de Francia y otros Estados Miembros en este sentido, parecen haber condicionado los parámetros del debate sobre China, en principio cerrando la puerta a cualquier tipo de implicación operacional por parte de la OTAN en el eje Indo-Pacifico. Por su parte, EEUU defiende que la OTAN no es sólo una alianza militar, sino que es también una comunidad política y, como tal, un importante foro de debate sobre cuestiones globales, incluido el auge de China.

La declaración de Londres supone un primer paso que abre oficialmente el debate político sobre China en el seno de la Alianza. Desde una perspectiva estadounidense, esto es ya un logro en sí mismo. EEUU percibe a la OTAN como una correa transmisora que le permite influir en el debate de China en Europa, e introducir un cariz determinado en el seno de dicho debate, resaltando el elemento competitivo y problemático del ascenso chino.6 Washington ve la apertura de un debate sobre China en el seno de la Alianza como una oportunidad para socializar a sus aliados europeos en una forma determinada de pensar y hablar sobre el gigante asiático. Por tanto, desde una perspectiva estadounidense, el simple hecho de tener una conversación en el marco OTAN sobre China y los retos que su auge constituye, es ya en sí mismo, un paso importante.

Pese a que algunos países de Europa Occidental se hayan mostrado inicialmente reticentes a abordar el auge de China en el ámbito de la OTAN, esto es seguramente un hecho inevitable. Por un lado, es China quien se acerca a la OTAN: la presencia e influencia de Pekín ha desbordado los límites geográficos de Asia, y se ha convertido en un fenómeno global con crecientes ramificaciones en Europa y sus alrededores. Por otro lado, la OTAN es una institución que acaba reflejando de una u otra forma las prioridades estratégicas de EEUU. Muchos aliados europeos entienden que ser útiles a EEUU es parte del “acuerdo transatlántico”, a través del cual EEUU garantiza la disuasión y la seguridad en Europa. Esta dinámica se pudo apreciar tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Tras dichos ataques, la Alianza mostró su solidaridad plena con EEUU, llegando incluso a activar el artículo V del Tratado de Washington y proporcionando aviones de vigilancia AWACS a EEUU. Sin embargo, países como Francia y Alemania insistieron en que, más allá de esos actos de solidaridad, la OTAN no tenía margen para jugar un papel más destacado en la “guerra contra el terrorismo” declarada por Washington. Ambos países insistieron en poner límites en su apoyo a la idea de una “OTAN global”.7

No obstante, la visión más expansiva defendida por EEUU acabo plasmándose en la cumbre de Praga en 2002, cuya declaración final respaldó una ampliación del ámbito geográfico de actuación OTAN8 y una transformación de sus capacidades militares y de tipos de misiones, destacando en particular la lucha contra el terrorismo.9 Al año siguiente de la cumbre de Praga, la OTAN se implicaría operacionalmente en Afganistán,10 donde llegaría a desplegar hasta 130.000 soldados en 2011 para la misión ISAF, en la que participaban más de 50 países miembros y socios OTAN.11 La OTAN continúa hoy en día con su implicación en Afganistán, dónde lleva 16 años involucrada. Si bien es cierto que en los últimos años la Alianza ha reducido su presencia en el país asiático, contando hoy en día con unos 17.000 efectivos de 39 países miembros y socios OTAN. Este repliegue se produjo gradualmente desde 2014, con el fin de la operación ISAF y el trasvase de competencias completas al mando afgano. Sin embargo, la OTAN va a seguir implicada en Afganistán, al menos por el momento. La declaración acordada por los jefes de Estado y de Gobierno en Londres a principios de diciembre, enfatiza el compromiso de la Alianza con la seguridad y estabilidad del país centro asiático en cuanto a entrenamiento y asistencia a las fuerzas afganas.12

Pese a las impresiones que estos datos puedan alimentar, los aliados europeos no siempre se ajustan a la línea propuesta por EEUU. Siguiendo con el ejemplo de Afganistán, si bien EEUU ha reconocido la contribución aliada a la seguridad de ese país durante más de una década, también ha matizado dicho reconocimiento alegando que la contribución europea era insuficiente y criticando sus restricciones en tareas de combate.13 Aun así, el ejemplo de Afganistán y la “guerra contra el terrorismo” sirven para ilustrar que las prioridades estratégicas de EEUU acaban reflejándose en la agenda de la OTAN, si bien nunca de la forma o al ritmo exacto que desearía Washington. Esa es la esencia de la dinámica de “tira y afloja” tan propia de la relación transatlántica, que parece también apreciarse en el debate recientemente iniciado sobre China. Dicho esto, el tema de China es susceptible de generar una mayor tirantez, ya que la percepción de amenaza que supone el país asiático no es compartida a ambos lados del Atlántico. Por otro lado, para muchos europeos China sigue siendo un socio atractivo que genera beneficios importantes de los que no quieren prescindir, por lo que seguirá habiendo resistencias al tipo de antagonismo que propone EEUU.

El epicentro de la competición estratégica entre EEUU y China (al menos tal y como ha sido definido por la Administración Trump) se centra ahora mismo en el nexo entre la tecnología, la política comercial e industrial.14 No parece claro que la OTAN tenga mucho margen de actuación en este sentido, si bien la UE goza de importantes competencias e influencia en todos estos ámbitos, lo cual resalta la importancia de la relación bilateral EEUU-UE.15 En esta línea, la nueva presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ha enfatizado que la relación transatlántica es un marco de referencia indispensable para ella.16 Sin embargo, el hecho de activar una conversación política sobre China en la OTAN, permite a EEUU influenciar indirectamente los términos del debate sobre China en la UE, debido en última instancia a que muchos de los Estados Miembros de la OTAN lo son también de la UE.

Conclusiones

La creciente presencia de China tanto a nivel global como en el vecindario europeo ha propiciado un debate estratégico en el seno de la Alianza Atlántica. Lanzar una conversación política en OTAN sobre los desafíos que plantea el auge sistémico de China cobra especial sentido para EEUU. Washington no entendería que una institución en la que invierte tanto capital político y militar desatendiese su principal preocupación actual: la competición estratégica con Pekín. Así mismo, abrir un debate sobre China es también especialmente importante para aquellos aliados europeos que sitúan a la relación transatlántica como piedra angular de su seguridad. Al fin y al cabo, la OTAN sólo es sostenible políticamente si es percibida como un instrumento útil tanto por los europeos como por los estadounidenses. Visto de este modo, la plataforma OTAN ofrece también a los aliados europeos una oportunidad de marcar su posición y establecer un diálogo estratégico con EEUU sobre China, especialmente en un momento en el que la política exterior estadounidense ha tomado un giro unilateralista. Si Washington utiliza activamente un foro multilateral para hacer valer sus posiciones, sus socios europeos podrán igualmente aprovechar la OTAN para reflejar su visión sobre China en el debate estadounidense. El debate sobre China en el seno de la Alianza no ha hecho por tanto más que comenzar.

Luis Simón
Director de la Oficina de Bruselas e investigador principal del Real Instituto Elcano | @LuisSimon

Natalia Martín
Gestora de proyectos y ayudante de investigación en la Oficina de Bruselas del Real Instituto Elcano | @nataliamartinm7


1 London Declaration, acordada por los jefes de Estado y de Gobierno que participaron en la cumbre del Consejo del Atlántico Norte en Londres, 3-4/XII/2019.

2 J. Holslag (2019), “China, NATO, and the pitfall of empty engagement”, The Washington Quarterly, vol. 42, pp. 137-150.

3 Conferencia de prensa, Jens Stoltenberg, Secretario General de la OTAN, 29/XI/2019.

5 A. Dumoulin (Dir.) (2006), “France-OTAN: vers un rapprochement doctrinal?: Au-delà du 40e anniversaire de la crise franco-atlantique”, Bruylant.

6 Sobre el debate europeo sobre China, véanse Mario Esteban y Miguel Otero Iglesias (2019), “La política europea frente al desafío Chino”, Comentario Elcano, nº 7/2019, 3/IV/2019; y Mario Esteban, “¿Deben limitarse las inversiones chinas en Europa?”, Comentario Elcano, nº 17/2018, 22/II/2018.

7 Henrik B.L. Larsen (2013), “NATO in Afghanistan: Democratization warfare, national narratives, and budgetary austerity”, Harvard Kennedy School, Belfer Center for Science and International Affairs, p. 53.

9 Henrik B.L. Larsen (2013), op. cit., p.4.

10 P. Cornish (2006), “EU and NATO: Co-operation or competition?”, Directorate General for External Policies of the Union, European Parliament.

11NATO and Afghanistan”, página oficial de la OTAN (actualizada el 5/III/2019).

12 London Declaration, op. cit.

13 S. Johnston (2019), “NATO’s lessons”, Parameters: The US Army War College Quarterly, vol 49, nº 3, pp. 11-25.

14 “Congress and the Administration have responded to national security concerns about China’s industrial policies and role in technology supply chains”. Para más información, véase “US-China trade and Economic Relations: Overview”, Congressional Research Service, 19/XI/2019.

15 L. Simón (2019), “EU-NATO cooperation in an era of great-power competition”, Policy Brief, nº 28, German Marshall Fund of the United States.

16 Ursula von der Leyen, discurso inicial ante el Parlamento Europeo, 16/VII/2019. Véase también Hans von der Burchard (2019), “Von der Leyen praises NATO in contrast to Macron”,8/XI/2019.

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<![CDATA[ EEUU: el estado de la Unión un año antes de las elecciones ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari111-2019-royo-eeuu-estado-de-la-union-un-ano-antes-de-las-elecciones 2019-11-18T11:33:58Z

Se analiza el estado de la Unión en EEUU en cuatro dimensiones: la economía, la política exterior, el juicio político a Trump y la campaña electoral.

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Tema

¿Cuál es el estado de la Unión un año antes de las elecciones?

Resumen

Este análisis examina el estado de la Unión en EEUU, enfocándose en cuatro dimensiones: la economía, la política exterior, el juicio político a Trump y la campaña electoral. También sirve como una evaluación en el punto medio de la presidencia de Trump, aunque un año es una eternidad en la política. Aún pueden pasar muchas cosas y la economía será crucial.

Análisis

La economía

La economía ha sido hasta ahora una de las áreas de más éxito para el presidente Trump y será un factor muy importante en sus esfuerzos de reelección. Pero hay nubes en el horizonte. Si bien la economía de EEUU todavía está experimentando un fuerte crecimiento, hay signos de cierta desaceleración: en el primer trimestre del año creció un 3,1%, pero sólo un 2,0% en el segundo trimestre. Los datos de empleo también son sólidos: en septiembre de 2019 la tasa de desempleo cayó al 3,5%, la más baja en casi cinco décadas, y se crearon 136.000 empleos en septiembre, más de lo esperado. Al mismo tiempo, la proporción de adultos de 25 a 54 años que están trabajando alcanzó su más alto nivel en más de 12 años.

Sin embargo, hay algunas señales de desaceleración: los empleadores han creado 154.000 empleos netos por mes en lo que va del año, un número robusto, particularmente en el contexto de una tasa de desempleo muy baja, pero aún así ha disminuido ya que se crearon 223.000 por mes durante 2018. Además, un análisis más detallado del mercado laboral también señala algunos datos preocupantes. Primero, los salarios siguen planos y el crecimiento salarial se está desacelerando a pesar de la tasa de desempleo ultra baja: las ganancias promedio por hora bajaron un centavo en septiembre y, durante el último año, las ganancias promedio por hora aumentaron sólo un 2,9%, por debajo del aumento del 3,4% en el año que terminó en febrero.

Además, las ventas minoristas generales en EEUU cayeron un 0,3% en septiembre, la mayor disminución mensual desde febrero de 2019, principalmente por la caída de ventas de automóviles, gasolina y los materiales de construcción. Por ello no es sorprendente que el sector minorista perdiera 11.000 empleos en septiembre, su octavo mes consecutivo de contracción, que sigue a una ola de quiebras y cierres de tiendas. También puede ser un indicador de que se esta debilitando el gasto del consumidor.

Además, también hay indicios de que otras partes importantes de la economía estadounidense están con problemas. Por ejemplo, el sector manufacturero, arrastrado por la guerra comercial con China que analizamos después, la caída de la economía mundial y la disminución de la confianza del consumidor, eliminó 2.000 empleos en septiembre y está experimentando la mayor tasa de contracción en el sector manufacturero desde 2009. En los últimos seis meses el sector ha agregado un promedio de solo 3.000 empleos por mes, en comparación con los 22.000 por mes en 2018. Esto refleja las consecuencias de una economía global en crisis y es también el resultado de la guerra comercial.

Finalmente, los últimos datos del mercado laboral estadounidense de septiembre muestran que el crecimiento del empleo en el sector privado fue débil, ya que 22.000 de los nuevos empleos netos en septiembre fueron con el sector público, principalmente nuevos empleos en gobiernos estatales y locales.

Una de las principales razones de estos resultados tiene que ver con la guerra comercial con China, que ha estado arrastrando las decisiones de inversión de las empresas y causando nerviosismo en los mercados bursátiles. Políticamente, ha habido un apoyo significativo para Trump, ya que millones de estadounidenses se sentían frustrados con las prácticas comerciales injustas de China y por la pérdida de empleos. Sin embargo, si bien la escala de los aranceles es moderada en relación con la escala de la economía de EEUU, esta guerra comercial está afectando a los mercados y creando volatilidad, y desde un punto de vista económico, EEUU está sintiendo la presión de la caída de las exportaciones y del mayor precio de las importaciones.

Lo que ha quedado claro es que a Trump le encantan los aranceles como un instrumento para obligar a otros países a seguir sus deseos, pero no parece tener un plan coherente ni una estrategia a largo plazo. Por el contrario, lo que es evidente es que la tensión comercial no es táctica, sino más bien la nueva normalidad.

En este momento, ambos países afrontan limitaciones políticas y económicas internas para cerrar un acuerdo, y hay mucho en juego mientras luchan por el dominio de las industrias del futuro. En EEUU la proximidad de las elecciones está presionando a Trump para que ponga fin a la guerra comercial y alivie el dolor que está causando a votantes y estados, que necesita desesperadamente ganar si quiere ser reelegido. Por ejemplo, los agricultores del Medio Oeste se han visto muy afectados por la guerra comercial, y la economía agrícola está en recesión porque China se encuentra entre los mayores mercados de exportación de soja, cerdo y maíz de EEUU. Si bien el gobierno de EEUU ya ha proporcionado dos rondas de asistencia financiera a los granjeros, no ha sido suficiente y no ha compensado la pérdida de ventas. En consecuencia, los agricultores están cada vez más inquietos. No es sorprendente que en el recién anunciado ‘acuerdo de fase uno’, China haya acordado comprar entre 40.000 millones y 50.000 millones de dólares de productos agrícolas estadounidenses anualmente.

Aún más importante, la guerra comercial está afectando las decisiones comerciales y la inversión, y está interrumpiendo las cadenas de suministro: el gasto de inversión empresarial redujo el PIB general en el segundo trimestre y, como vimos anteriormente, la creación de empleo en el sector manufacturero se ha desacelerado.

El reciente anuncio a principios de octubre de un “acuerdo de fase uno” con China ha sido bien recibido. Pero debemos ser cautelosos: desde que comenzó la guerra comercial con China, los aranceles contra ese país sólo han subido o se han mantenido estables, sin revertirse hasta ahora. Y es difícil ser optimista. Hemos visto los fracasos que siguieron a las treguas de Buenos Aires y Osaka. Lo que está claro ahora es que, a pesar de una retórica a menudo triunfalista, ambos países han peleado esta guerra comercial hasta un punto muerto, y que no hay beneficios claros en la escalada.

A medida que se acerque la elección presidencial, la presión sobre Trump continuará aumentando, liderada por el descontento de los agricultores y por la volatilidad de los mercados de valores (el desempeño del mercado de valores ha sido uno de los principales puntos de orgullo de Trump, y lo menciona constantemente). Si bien afirma que los culpables de la desaceleración son la FED y un dólar fuerte, los datos sugieren lo contrario (según el FMI la guerra comercial le costará a la economía global alrededor de 700.000 millones de dólares en 2020).

China, por su parte, confía en el calendario electoral de EEUU, pero también se enfrenta a sus propias limitaciones con las protestas de Hong Kong, y el fuerte aumento de los precios de los comestibles se está convirtiendo en un problema nacional (empeorado por una epidemia letal que afecta a los cerdos, que ha subido los precios altos del cerdo y sus alternativas como el cordero). En la sesión del Comité Central del Partido Comunista Chino que tendrá lugar a fines de este mes, Xi Jingping, quien ha tomado la iniciativa en las negociaciones y nombró a un asociado cercano suyo como negociador principal, deberá responder a los miembros del partido y mostrar algunos resultados ya que se enfrenta a una creciente presión para compartir algo de poder.

También es importante enfatizar que el reciente “acuerdo de fase uno” no resolvería las principales fuentes subyacentes de fricción que condujeron a la guerra comercial, ya que no abordaría por completo los problemas estructurales que se han planteado como las políticas industriales de China: sus subsidios, que distorsionan el mercado a las empresas estatales; el trato igualitario para las empresas extranjeras; sus políticas que obligan a ceder tecnología a las multinacionales que invierten en China; el robo cibernético; las violaciones de la propiedad intelectual; el acceso limitado para las empresas de servicios financieros; la manipulación de divisas; el conflicto con Huawei; y los límites de inversión extranjera en algunos sectores. Además, el acuerdo, si se materializa, simplemente aplazaría las nuevas sanciones, y permitiría a EEUU retener los aranceles impuestos en los últimos 16 meses. En consecuencia, la incertidumbre, con su impacto en la inversión empresarial y las cadenas de suministro, persistirá, y es probable que impulse a las empresas estadounidenses a deslocalizar su producción de China.

Por ello la conclusión, ¡y ya no es una sorpresa con Trump!, es que cualquier cosa puede suceder.

La política exterior

La política exterior de EEUU está marcada por la “gran e inigualable sabiduría” de Trump, lo que significa incertidumbre, imprevisibilidad, volatilidad, volubilidad, confusión e inestabilidad. Y lo comunica por tuits. No hay un plan claro ni un marco de acción, y la política exterior está impulsada en gran medida por los “instintos”, sus impulsos emocionales. Sus principales suposiciones son que EEUU puede hacer lo que quiera, que otros países se doblegarán a los deseos de EEUU y que el multilateralismo es una restricción en el mejor de los casos (y la mayoría de las veces, simplemente un complot contra EE UU, de ahí el impulso para socavarlo). No tiene paciencia para alianzas duraderas. Sin embargo, sigue desconfiando de las guerras y los conflictos armados (por ejemplo, retiró el ataque contra Irán después de ser “armado y cargado” en respuesta al ataque con aviones no tripulados contra los campos petroleros de Arabia Saudí). El mensaje (confirmado por su trato a los kurdos en Siria) ha sido que los amigos son desechables.

América primero” es el principio rector. Sin embargo, su promesa electoral de salir de guerras interminables y conflictos abiertos ha sido difícil de conciliar con el objetivo de hacer retroceder a los enemigos regionales, la necesidad de mantener los compromisos de seguridad de EEUU con otros países, y el papel del país en liderar el orden internacional que ha creado y liderado desde la Segunda Guerra Mundial. Las dificultades para perseguir simultáneamente objetivos tan contradictorios han surgido una y otra vez. Y Oriente Medio está en caos porque EEUU no parece tener una estrategia ni objetivos claros.

Sus inconsistencias e imprevisibilidad están envalentonando a los enemigos regionales y desconcertando a los socios estadounidenses que no saben qué esperar, ya que a menudo los sorprende. De hecho, los aliados tradicionales están reevaluando el compromiso de EEUU con su seguridad. Y sus políticas están abriendo fisuras incluso dentro del Partido Republicano (ha podido unir a Demócratas y Republicanos en una resolución contra su decisión de retirarse de Siria). Incluso se equivoca al sorprender a su propio equipo que no sabe qué esperar de él.

Por todo ello no es sorpresa que los resultados de su política exterior estén siendo abismales: a pesar de la guerra comercial, en 2018 el déficit comercial de EEUU con China fue cinco veces mayor que el del año pasado con Barack Obama, y su déficit comercial global fue de 148.000 millones de dólares más que en 2016. Tampoco ha habido progreso en Corea del Norte y Palestina; e Irán no está cediendo a las sanciones de EEUU. Las contribuciones estadounidenses a la OTAN no se han reducido, a pesar de sus constantes ataques contra sus aliados de la OTAN y sus demandas de mayores contribuciones. Sin duda, el mayor ganador de la política exterior de Trump (en Siria, Ucrania...) ha sido Rusia, que está encontrando nuevas oportunidades para reafirmar su influencia en todas partes.

EEUU ahora está actuando como un matón en defensa del mantra America First. Y esto está sucediendo en un momento en que el poder de EEUU se está erosionando y necesita más aliados. Al contrario, sus políticas hacen que le sea mucho más difícil mantenerlos.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que algunos de estos cambios son estructurales. Por ejemplo, por mucho que haya sido criticado recientemente a Trump por su decisión de retirarse de Siria y abandonar a los kurdos, Obama también abandonó a los kurdos iraquíes en Irak en 2011. De hecho, Trump representa la continuidad en la política exterior de EEUU, y la dirección de la política exterior se definió antes de la elección de Trump. Las principales diferencias son sobre el estilo, no sobre la sustancia. Si bien el mundo piensa que tiene un problema con Trump, en realidad tiene un problema estadounidense. La pax americana terminó en Irak y Afganistán, y su erosión fue acelerada por la gran recesión y el rápido surgimiento de China. Trump simplemente ha acelerado la retirada. El país ha estado girando hacia adentro durante dos décadas, y “América Primero” y la priorización de sus intereses nacionales será la nueva normalidad, independientemente de quién gane las elecciones de 2020. Como reconocen muchos observadores, el reloj no va a volver atrás. Y esta es la mayor paradoja: el mundo, después de décadas de críticas, ahora demanda el liderazgo estadounidense, y la pax americana no parece tan mala después de todo. Trump puede terminar dejando a su sucesor o sucesora un mundo que será más receptivo al liderazgo estadounidense.

Impeachment

La política interna de EEUU está consumida por el inicio del proceso de indagación para la destitución de Trump. Después de meses de presiones para comenzar el proceso, la portavoz Nancy Pelosi no tuvo otra opción, una vez que el escándalo sobre la llamada telefónica con el presidente de Ucrania se hizo público, ya que afrontaba demasiada presión del lado izquierdo del Partido Demócrata para actuar.

En esencia, este es un caso de un presidente que usa su poder para su propio beneficio político, a expensas del interés público, ya que no se conocen precedentes de que un presidente presione a otra nación para derribar a un rival político. Y no sólo se sobrepasó, sino que también trató de encubrir sus acciones. Y esto puede constituir “altos delitos y faltas”, que es la barra constitucional para la destitución. Si bien es cierto que ningún estatuto penal impide que un presidente solicite interferencia extranjera en las elecciones estadounidenses, la destitución no requiere un delito. Como Hamilton escribió en Federalist 65, la destitución se proporcionó como respuesta no sólo a crímenes, sino también a actos que fueron un “abuso o violación de cierta confianza pública”.

El riesgo para los Demócratas es que este proceso puede beneficiar a Trump, ya que puede ayudar a movilizar a su base que ve todo esto como un intento más de los Demócratas de anular los resultados de las elecciones de 2016, y/o que puede conducir a muchos estadounidenses que están agotados por la polarización y la lucha política a desconectarse y no votar. Este riesgo es real y puede costarles la próxima elección presidencial. Sin embargo, los Demócratas sintieron que no tenían otra opción porque existe un imperativo de responsabilidad constitucional, y Trump ha estado testeando las normas y límites del sistema de gobierno de EEUU.

El apoyo público a la destitución ha aumentado, pero de momento no es suficiente para presionar a los Republicanos (el partido parece firmemente unido contra el proceso de destitución y sólo el senador Mitt Romney ha expresado su voz contra Trump). Sin embargo, puede ser suficiente para evitar las consecuencias políticas más negativas para los Demócratas. Las encuestas muestran que los votantes se están tomando en serio las acusaciones. Según una encuesta del Washington Post/George Mason, los adultos apoyan la investigación por un margen de 20 puntos: 58% contra 38%. Sin embargo, el apoyo a la destitución de Trump de su cargo es menor: de acuerdo con la misma encuesta, el 49% apoya destituirlo, mientras que el 44% se opone. A pesar del proceso de destitución, el índice de aprobación de Trump se mantiene en el 42,8%, dentro del rango normal para él. Si bien esta tasa de apoyo es baja para un presidente en este momento del ciclo electoral y significaría un desastre para sus perspectivas de reelección, este no es un ciclo electoral normal, y aún puede ser reelegido, a pesar del proceso de juicio político.

De hecho, hay poca evidencia que sugiera que el apoyo a la destitución y la remoción continúe aumentando y, en ausencia de un descubrimiento dramático que pueda influir en los votantes y los Republicanos del Senado, aunque es probable que pase en la Cámara, prácticamente no hay posibilidad de que lo pueda obtener suficientes votos en el Senado.

La elección

Finalmente, la elección. Las primarias de los partidos Demócrata y Republicano están en pleno apogeo. Del lado de los Republicanos, salvo una grandísima sorpresa, es prácticamente seguro que Trump será el candidato, ya que sus opositores son figuras menores que no podrán montar un desafío sólido contra él.

En el lado Demócrata, las primarias han sido un circo con el mayor número de candidatos en la memoria. Según las últimas encuestas, hay cinco candidatos con posibilidades reales en el siguiente orden: Elizabeth Warren, Joe Biden, Bernie Sanders, Pete Buttigieg y Kamala Harris.

Los Demócratas están teniendo profundas discusiones sobre sus propuestas en temas como el seguro médico, educación, impuestos, desigualdad, o medio ambiente. Las divisiones principales son entre:

  • El cambio radical frente a posibilidad de elección.
  • Progresista frente a moderado.
  • Joven frente a viejo.
  • Mujer frente a hombre.

En este momento, la senadora Warren ha superado a Biden en las encuestas y lidera en Iowa y New Hampshire. Buttigieg, Sanders y Warren están por delante en la carrera del dinero, y Biden depende demasiado de los grandes donantes. Finalmente, Buttigieg, Sanders y Warren tienen más presencia e infraestructura en los primeros estados primarios.

El primer favorito, Biden, ha tenido una mala campaña hasta ahora, y le han perjudicado mucho las acusaciones contra su hijo, el pobre desempeño en los debates, y sus errores. También hay preocupaciones sobre su edad. Si bien aún puede recuperarse, cada vez es más difícil a medida que sigue perdiendo terreno.

Los Demócratas están presentando grandes y ambiciosas propuestas para abordar los problemas del país. Pero la pregunta principal son los costes: ¿cómo pagarlos?, ¿son realistas esas propuestas? Las más ambiciosas son en las áreas de salud, educación e infraestructura, pero requerirían grandes aumentos de impuestos. Los votantes de las primarias Demócratas se han desplazado hacia la izquierda y estas propuestas son muy populares entre la mayoría de ellos. Pero es probable que levanten mucha oposición en gran parte del país, que las considera radicales y que no se pueden pagar. Trump tendría una fiesta etiquetándolos de “socialistas” y podría capitalizar el rechazo de los votantes moderados.

En este momento, la senadora Warren es la candidata más probable: tiene un plan para todo, se expresa muy bien, ha surgido desde abajo y tiene un fuerte apoyo y entusiasmo. Está respondiendo bien a los ataques y no permite que los Republicanos y los medios le fijen la agenda. Ha aprendido de las elecciones anteriores y no está a la defensiva ni reacciona a las malas noticias, como hacía Hillary Clinton. Sin embargo, existen grandes preocupaciones sobre algunas de sus propuestas y su capacidad de elección. Todavía es posible que surja un candidato moderado (¿Buttigieg?). Muchos de los candidatos (Clinton, Obama...) en elecciones anteriores eran actores secundarios en este mismo momento.

Conclusiones

Anticipamos que esta será una elección muy cerrada. El colegio electoral volverá a ser clave. Según las encuestas, parece probable que Trump pierda el voto general por un amplio margen, pero aún tiene una manera de ganar en el Colegio Electoral. Michigan, Ohio, Pensilvania, Wisconsin y Florida serán todos clave. Pero un año es una eternidad en la política y aún pueden pasar muchas cosas: el estado de la economía será crucial.

Sebastián Royo
Visiting Scholar y Local Affiliate and co-chair of Europe in the World Seminar, Minda de Gunzburg Center for European Studies, Universidad de Harvard, y profesor del Departmento de Ciencia Política y Estudios Legales, Suffolk University

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<![CDATA[ Canadá y la integración de la diferencia: lecciones del contencioso sobre la secesión de Quebec ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari107-2019-canada-y-la-integracion-de-la-diferencia-lecciones-del-contencioso-sobre-la-secesion-de-quebec 2019-11-13T06:20:34Z

¿La experiencia canadiense ofrece lecciones que favorecen más a la causa federalista o unionista que a la independentista?

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Tema

¿La experiencia canadiense ofrece lecciones que favorecen más a la causa federalista o unionista que a la independentista?

Resumen

A menudo, la experiencia canadiense es presentada como el referente internacional a la hora de abordar conflictos identitarios en el seno de un estado democrático. Sin embargo, es frecuente encontrar visiones idealizadas de dicha experiencia, ya sea en clave federalista o nacionalista, que tienden a magnificar ciertos elementos, olvidando algunos de los claroscuros que esta presenta. Dado que España no ha sido inmune a esta tendencia, en este análisis se pretende explorar algunos de los elementos de la experiencia canadiense que pueden ser de interés para modelos como el español, pues sus lecciones podrían ayudar a desarrollar políticas a través de las que conseguir un correcto acomodo de las diferentes sensibilidades territoriales, reduciendo el apoyo a la secesión y evitando la quiebra del sistema constitucional. El mismo gira en torno a dos ejes principales: por un lado, se aborda la controversia en torno al referéndum, con el dictamen sobre la secesión y la Ley de Claridad como elementos centrales, sin perder de vista su influencia en el caso catalán; por otro, se muestran las técnicas de integración puestas en marcha en Canadá y se discute acerca de si la institucionalización de la diferencia ha supuesto un estímulo para el soberanismo.

Análisis

(1) La controversia en torno al referéndum

La experiencia canadiense ha sido construida sobre la base de los dos referéndums sobre la soberanía de Quebec (1980 y 1995) y la subsiguiente opinión consultiva del Tribunal Supremo (TS) en el Reference re Secession of Quebec, [1998] 2 S.C.R. 217. Antes de profundizar sobre esta, es preciso destacar que en la tradición británica a la que pertenece Canadá el referéndum es un instrumento excepcional, por lo que el mismo no se encuentra recogido expresamente en el texto constitucional, al ir contra la doctrina tradicional de la soberanía parlamentaria. Pese a ello, en el caso de Quebec no hubo apenas contestación acerca de la competencia del gobierno provincial para celebrar un referéndum consultivo que otorgara a este un mandato para iniciar un proceso negociador con la finalidad de modificar el encaje constitucional de Quebec.

El dictamen sobre la secesión supuso un hito en el constitucionalismo canadiense pues el TS expandió la constitución más allá del texto escrito, identificando una serie de principios estructurales: el federalismo, la democracia, el constitucionalismo y el imperio de la ley y la protección de las minorías. A partir de estos principios, el Tribunal derivó un deber recíproco de negociar de buena fe la cuestión de la secesión en el caso de que se constate la existencia de una mayoría clara, en sentido cualitativo, con respecto a una pregunta clara sobre la misma. En consecuencia, en caso de materializarse la voluntad decidida de la población de una provincia de dejar de formar parte de Canadá, los actores políticos estarán obligados a negociar la posibilidad de reformar la Constitución, por el procedimiento conveniente, para afrontar políticamente dicha voluntad de secesión.

El reconocimiento de la posibilidad de secesión bajo el derecho interno por parte del TS ha servido de base sobre la que se ha construido el relato canadiense por parte de aquellos partidarios de la independencia con la Ley de Claridad como mantra recurrente.1 Sin embargo, frecuentemente estos tienden a olvidar que el TS construye su análisis partiendo de dos premisas básicas: (a) el silencio de la Constitución de Canadá en lo relativo a la secesión de una de las provincias que la integran; y (b) la inexistencia de una cláusula que declare la unidad o indivisibilidad del territorio. Este último aspecto es capital, pues permite al sistema canadiense gozar de una flexibilidad a la hora de abordar el contencioso de la secesión de la que carece el español, en el que la indisoluble unidad de la Nación se encuentra consagrada en el artículo 2 de la Constitución. En consecuencia, como destaca el propio Stéphane Dion, Canadá se configura en lo relativo a la secesión como una anomalía –democrática, pero anomalía– producto de su diseño constitucional y no como una regla general extrapolable a otras realidades constitucionales.2 Además, no debe olvidarse que la construcción jurisprudencial realizada por el TS –la cual supone un cambio de paradigma en la forma de concebir la secesión desde el derecho interno con respecto al tradicional del federalismo estadounidense en el que la federación estaba facultada a cualquier medida para impedirla– no es pacífica en Canadá, dado que el dictamen del Tribunal Supremo dejó en nebulosa algunos aspectos de suma importancia cuya concreción debe ser materializada por los actores políticos. Este es el caso de la noción de mayoría clara, sobre la que el Tribunal no hace precisión aritmética alguna, lo que ha derivado en interpretaciones contrapuestas por parte del Parlamento federal –la célebre Ley de Claridad– y de la Asamblea Nacional de Quebec –la Ley 99– acerca del alcance de dicho concepto.

La Ley de Claridad regula las circunstancias bajo las cuales el gobierno federal puede sentarse a negociar sobre la secesión, notablemente en lo relativo a la claridad de la pregunta, la cual debe inquirir directamente sobre la secesión –prohibiendo preguntas indirectas o con opciones múltiples de naturaleza similar a la del 9N– y la mayoría. Sin embargo, la calculada ambigüedad al respecto de dichos conceptos, los cuales no desarrolla, encierra la voluntad de dificultar la secesión al máximo, hasta convertirla en prácticamente imposible. Dada esta ambigüedad, cabe cuestionarse: ¿qué debe entenderse por mayoría clara? Este concepto, que no fue aclarado ni por el TS ni por el legislador federal, responde a la finalidad de evitar que un asunto de tal complejidad como la secesión sea decidido por una mayoría flotante que podría, incluso, dejar de serlo durante el proceso de negociaciones. En consecuencia, el 50% +1 no puede ser considerado como una mayoría clara, pues desvirtuaría dicha noción, no siendo posible encontrar una mayoría no clara. Pese a la dificultad para definirla aritméticamente –aspecto nada aconsejable de fijar por adelantado pues entraña el peligro de centrar el debate en esta cuestión y no en la secesión en sí, además de exponer el resultado final a recuentos judiciales–, esta noción está conectada con la necesidad de alcanzar acuerdos amplios para modificar los textos constitucionales, dado que estos son la norma de convivencia básica de toda comunidad política. Por lo tanto, para alcanzar la secesión se necesita de un apoyo amplio y estable, no dependiente de momentos de especial tensión o crispación política. Igualmente, no debe olvidarse que una mayoría clara ayudaría a asegurar el reconocimiento internacional de un hipotético Estado quebequés independiente –aumentando la legitimidad de la pretensión soberanista–, incluso aunque la secesión no respondiera a los supuestos de derecho internacional o no respetara el marco constitucional canadiense.

Otro aspecto de gran importancia es la caracterización cualitativa que hace el TS de la noción de mayoría clara, una circunstancia tradicionalmente olvidada en España. Esta noción, en conjunción con los principios que subyacen a la Constitución, podría llegar a plantear la necesidad de discutir acerca de la divisibilidad del territorio de Quebec en caso de independencia. En particular, con respecto a aquellas zonas donde concurren circunstancias especiales, caso de los territorios donde habitan las comunidades Cree e Inuit, las cuales celebraron sus propias consultas con la finalidad de evidenciar su voluntad de continuar perteneciendo a Canadá, donde se asientan el resto de integrantes de sus pueblos, con un apoyo superior al 95%. Una eventual partición de Quebec, rechazada por los partidarios de la secesión –quienes consideran que las fronteras de Quebec deben permanecer inmutables–, podría incluso llegar a poner en duda la continuidad territorial de un hipotético Estado quebequés independiente, amenazando la viabilidad del proyecto secesionista. El olvido de esta circunstancia en España reside, a mi juicio, en que la misma no favorece a los partidarios de la secesión, pues conllevaría analizar aspectos como la distribución territorial de los apoyos a la secesión –recuérdese el fenómeno de “Tabarnia”–, la presencia de colectivos minoritarios o la participación en un referéndum, dificultando la viabilidad de la pretensión soberanista y cuestionando la caracterización de Cataluña como un sol poble.

Aunque la Ley de Claridad y el ejemplo canadiense suelen ser usados como argumento de autoridad por parte de los movimientos independentistas en España, sus tesis se encuentran más próximas a la interpretación quebequesa del dictamen del TS –la Ley 99, sur l’exercice des droits fondamentaux et des prérogatives du peuple québécois et de l’État du Québec–, que consagra el derecho de autodeterminación y establece como fórmula ganadora de un hipotético referéndum el 50% +1 de los votos. Esta visión, aunque recientemente declarada como constitucional,3 se encuentra alejada de las nociones de claridad enunciadas por el TS en el Secession Reference. Sin embargo, a pesar del conflicto entre ambas normas, el movimiento soberanista parece haber interiorizado las lecciones del dictamen del TS codificadas en la Ley de Claridad, postergando un nuevo referéndum hasta que se alcancen las conditions gagnantes, es decir hasta la constatación de que existe un apoyo estable e inequívoco a la secesión. La experiencia política posterior ha evidenciado que no sólo estas no se han alcanzado, sino que la soberanía se ha convertido en un lastre para el Parti Québécois (PQ) hasta el extremo de quedar relegado a cuarta fuerza en las elecciones de 2018, en favor del nacionalismo moderado de la Coalition Avenir Québec (CAQ).

(2) La integración de la diferencia en el seno de la federación canadiense

(2.1) El acomodo progresivo como vía de integración

Más allá del referéndum, la experiencia canadiense también nos permite observar algunas técnicas de integración que pueden servir de modelo para realidades comparadas. A la hora de analizar las medidas tendentes a buscar un mejor acomodo de la diferencia quebequesa dentro de Canadá, observamos dos períodos diferentes. El primero de ellos tenía como objetivo la aprobación de una reforma de la constitución que pusiera fin al aislamiento de Quebec tras la “patriación” constitucional de 1982. Sin embargo, la necesidad de alcanzar la unanimidad provincial para su entrada en vigor frustró la aprobación del Acuerdo del Lago Meech (1987). El fracaso de dicho acuerdo –que introducía en la constitución el reconocimiento del carácter de sociedad distinta de Quebec en forma de disposición interpretativa– se debió a diversos factores, notablemente las reticencias que la misma despertaba en otras provincias –agravadas tras la tensión lingüística que siguió al caso Ford–4 y el rechazo de las comunidades indígenas, lo que provocó que las provincias de Manitoba y Terranova retiraran su apoyo al proyecto. De igual modo, el Acuerdo de Charlottetown (1992) –en el que las demandas de Quebec se veían diluidas en pos de contentar a aquellos colectivos que se opusieron al Acuerdo del Lago Meech– tampoco prosperó, siendo finalmente rechazado en referéndum tanto a nivel nacional como en Quebec.

Una vez constatada la imposibilidad de acomodar a Quebec mediante una reforma constitucional, el gobierno federal decidió optar por medidas de naturaleza infraconstitucional con el objetivo de integrar progresivamente la diferencia quebequesa en el seno de la federación. El reconocimiento de los québécois como nación dentro de un Canadá unido en una moción aprobada por la Cámara de los Comunes, la participación de Quebec en la UNESCO a través de la delegación de Canadá o la posibilidad de que Quebec seleccione sus propios inmigrantes primando la condición francófona de estos, son algunos ejemplos de este tipo de políticas inclusivas tendentes a mejorar el acomodo de la provincia francófona dentro de la federación. Justin Trudeau ha seguido dicha estela, concluyendo un acuerdo que permite al gobierno provincial participar en el proceso de selección y nombramiento de los tres magistrados del TS procedentes del sistema de derecho civil propio de Quebec.

La flexibilidad que caracteriza al sistema federal canadiense ha permitido no sólo el reconocimiento la identidad propia de Quebec, sino también articular mecanismos para salvaguardar y promover los valores nucleares de esta, como son la lengua y cultura francesa y el sistema de derecho civil. Además, el recurso a medidas infraconstitucionales ha permitido sortear la elevada rigidez del texto constitucional –y así evitar la conflictividad con el resto de las provincias–, materializando por esta vía la mayor parte de las demandas tradicionales de Quebec sustanciadas durante la ronda constitucional del Lago Meech.

(2.2) La institucionalización de la diferencia: ¿un estímulo para el secesionismo?

La implementación de medidas tendentes a integrar a Quebec no ha estado exenta de crítica por parte de aquellos que creen que la institucionalización de la diferencia no contribuye a rebajar la tensión secesionista, sino que, por el contrario, la estimula al dotar a estos movimientos de herramientas e instituciones a través de las que vertebrar y desarrollar su proyecto.

Esta lógica fue uno de los factores que contribuyeron al fracaso de las rondas constitucionales del Lago Meech y Charlottetown con el objetivo de reintegrar a Quebec en el consenso constitucional. Medidas como la cláusula de sociedad distinta o la autonomía en materia de inmigración fueron percibidas por algunos sectores de la opinión pública y por parte de la clase política como un tratamiento privilegiado a Quebec, cuyas demandas y necesidades primaban sobre las del resto de actores, menoscabándose la igualdad entre provincias y recompensándose el chantaje de la secesión. Paradójicamente, han sido estos rechazos los que más rédito han dado al movimiento soberanista, que los ha capitalizado políticamente como catalizador del apoyo a la secesión, evidenciando los riesgos de políticas que rechacen tajantemente cualquier medida de acomodo de la diferencia. Los momentos álgidos del independentismo quebequés se han producido en circunstancias extraordinarias como la “patriación” constitucional o el fracaso del Acuerdo del Lago Meech, pues sin la frustración generada por los mismos ha sido incapaz de reeditar cotas de apoyo similares a las de 1995.

En el caso de Quebec, no puede afirmarse que la institucionalización de la diferencia haya contribuido a estimular el soberanismo, sino que, por contrario, ha sido la integración progresiva de la diferencia quebequesa la que ha contribuido a rebajar las cuotas de apoyo al mismo. Salvo el breve mandato de Marois (2012-2014) –cuya derrota se debió precisamente a hacer girar su campaña en torno a un tercer referéndum– el PQ lleva más de 15 años alejado del gobierno provincial. Además, los últimos resultados electorales muestran cómo el electorado ha preferido el nacionalismo moderado de la CAQ –replicado a nivel federal por el Bloc québécois–, que apuesta por el pragmatismo en sus relaciones con Ottawa renunciando a la soberanía, sobre las viejas formaciones que estructuraban su discurso en torno a la dicotomía federación-independencia. En cierto modo, el movimiento soberanista ha sido víctima de su propio éxito, pues han sido sus políticas identitarias las que han permitido el desarrollo del principal vector principal de la identidad québécoise: la lengua francesa.

Conclusiones

A pesar de que el ejemplo de Quebec se ha configurado tradicionalmente como el referente a imitar por parte de nacionalismos periféricos españoles, la experiencia canadiense nos ofrece lecciones que favorecen más a la causa federalista o unionista que a la independentista.

Las exigencias relativas a la claridad, especialmente en lo relativo a la mayoría, han dificultado la celebración de un nuevo referéndum hasta el extremo de que el PQ ha acabado renunciando al mismo a corto plazo, ligándolo a un segundo mandato tras una victoria electoral que por ahora no ha sido capaz de conseguir. Por otro lado, la noción cualitativa de la mayoría tampoco favorece la causa independentista que parece situarse más cerca de la Ley 99 –en aspectos como la autodeterminación o el 50% +1– que de la de Claridad pese a haber hecho bandera de esta como estándar democrático. Asimismo, el proceso gradual de integración de la diferencia quebequesa ofrece valiosas lecciones para la causa federalista acerca de cómo poner en marcha medidas que contribuyan a rebajar la tensión secesionista y mejorar el acomodo de aquellas comunidades más descontentas, permitiendo que estas salvaguarden y desarrollen sus características propias.

Todo ello ha venido a consolidar al modelo canadiense como un ejemplo, hasta la fecha exitoso, de respuesta ante una crisis secesionista –sin que se haya celebrado un tercer referéndum, manteniéndose el apoyo al soberanismo estable en torno al 30%, dentro de un proceso de declive marcado por la reducción de la tensión constitucional y un lento pero progresivo acomodo de la singularidad quebequesa dentro de Canadá– cuyas lecciones pueden servir de ejemplo a la hora de abordar la crisis constitucional que actualmente atraviesa España debido al contencioso en Cataluña.

Francisco Javier Romero Caro
Doctor en Derecho por la Universidad del País Vasco


1 Acerca de la idealización e impacto de la Ley de Claridad en España, véase Francisco Javier Romero Caro (2017), “The Spanish vision of Canada’s Clarity Act: from idealization to myth”, Perspectives on Federalism, vol. 9, nº 3, pp. 133-159.

2 Para comprender la visión de Dion en relación con la unidad canadiense, véase Stéphane Dion (2005), La política de la claridad. Discursos y escritos sobre la unidad canadiense, Alianza Editorial, Madrid.

3 Esta norma ha sido declarada conforme a la Constitución por la Cour supérieure de Quebec, al considerar que no confiere derecho alguno a una secesión unilateral o no negociada, debiendo ser sus preceptos ser interpretados como manifestaciones de la autodeterminación interna de Quebec dentro de su esfera competencial. Véase César Aguado Renedo (2019), “Mitad más uno y principio democrático. Nuevas noticias de Quebec”, Revista Española de Derecho Constitucional, nº 115, pp. 305-329.

4 En Ford v. Quebec (A. G.), [1988] 2 S.C.R. 712 el TS anuló varios preceptos de la Charte de la langue française que prohibían la rotulación comercial en idioma distinto del francés, lo que derivó en la invocación por parte de la Asamblea Nacional de Quebec de la cláusula notwithstanding (art. 33 Constitución 1982), mediante la cual se permite la inaplicación por un período de cinco años –renovables– de algunos derechos constitucionales, entre ellos, la libertad de expresión.

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La influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales. Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo.

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Índice

Introducción
Un tiempo político contra la diversidad
Un modelo cultural, ¿sin política cultural?
Acción exterior en cultura, información y educación
Un caso de éxito: el programa Fulbright
La potencia económica de la cultura estadounidense
Tres tensiones: piratería, privacidad y fiscalidad digital
La presencia cultural de España en EEUU
Las instituciones estatales
Las instituciones culturales autonómicas
El Instituto Cervantes en EEUU
Conclusiones: una relación fructífera y un contexto de dificultades
Referencias

Resumen

La influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales. Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo.

Introducción1

“Believe it or not, entertainment is part of our American diplomacy.
It’s part of what makes us exceptional, part of what makes us such a world power.”
(Barack Obama, discurso en los estudios Dreamworks, California, 26/XI/2013)

Si hay un país en el mundo que representa las capacidades del “poder suave”, ese es EEUU. No porque no disponga de “poder duro”, sino por la capacidad que el país ha tenido de combinar ambos en la consolidación de su liderazgo mundial durante décadas y, en el campo cultural, de producir una simbiosis entre las iniciativas pública y privada para conseguir ser la referencia occidental en el mundo de la post-Guerra Mundial y hasta hoy. Como cantaba Renato Carosone a los jóvenes italianos de los años 50, atraídos por el American way of life –que jugaban al béisbol, bebían whisky con soda, bailaban rock’n’roll y fumaban Camel– “te haces el americano, pero naciste en Italia”. Esa “seducción” cultural se ha etiquetado durante estas últimas décadas como una forma de dominio imperialista, como arma de propaganda masiva, o simplemente como una cultura popular irresistible. Pero, en todo caso, la influencia de la cultura estadounidense ha convertido en muchas de sus expresiones en estándares de la cultura mainstream mundial, un proceso que sólo se ha acelerado con la mundialización de los flujos en las redes digitales.

Ese proceso se ha vivido también en la relación cultural entre EEUU y España, con los matices de la particular historia de nuestro país en el último siglo. Durante la dictadura franquista, la relación bilateral tiene su punto de clivaje en las consecuencias geopolíticas de la Guerra Fría que llevan a EEUU a reconocer al régimen español con la firma de un primer acuerdo militar y de ayuda (1953, renovado en 1963) y a promover su incorporación a Naciones Unidas (la famosa “cuestión española” resuelta en 1955), con las contradicciones que eso suponía tanto frente a las fuerzas democráticas españolas, del exilio exterior e interior, como al debate público norteamericano e internacional, el llamado a veces asunto de los friendly tyrants. Los esfuerzos de acercamiento a las elites españolas (por ejemplo, los intercambios promovidos por la Comisión Fulbright desde 1958) y la diseminación de propaganda mantuvieron el principio de “avoid involvement, while maintaining sufficient flexibility to protect our interests”, como literalmente se expresaba el Departamento de Estado estadounidense en 1970. Durante más de una década, el programa Fulbright se constituye como el único vínculo institucional de los dos países en los campos académico y cultural.

Cuando en 1970 se firma el Convenio de Amistad y Cooperación, la ciencia, la educación y la cultura se incorporan como piezas de la relación que sirven para “superar el carácter estrictamente militar de los pactos de 1953”, dando origen a los Non Military Agreements (NMA) que seguirán desarrollándose en los años siguientes, en paralelo a los programas Fulbright. La firma del Tratado de Amistad y Cooperación comenzó el proceso de recuperación de una relación normalizada por las instituciones democráticas en ambos países, en la cual las dimensiones culturales, educativa y científica se apreciaban como central precisamente para diversificar una relación demasiado asentada sobre las cuestiones de defensa, y de hecho así pasaron a constituir acuerdos complementarios desde ese momento, siguiendo la directriz expresada por Kissinger en 1972 de “try to project an image of attaching importance to our non-military, as well as our defense, cooperation with Spain”. A raíz de la firma del Tratado y el siguiente Convenio, se creó un Comité Conjunto Hispano-Norteamericano para la Cooperación Cultural y Educativa que dispuso de fondos para promover actividades culturales y educativas durante los 14 años de su existencia, lo que –como explicaba hace algunos años su directora– “no tiene parangón en la historia de los intercambios culturales y educativos entre los Estados Unidos y otros países, al dedicar fondos procedentes básicamente de un tratado militar y de defensa a fines culturales y educativos”. Los términos de los acuerdos subrayan fundamentalmente la centralidad de la ciencia –en especial el apoyo a la medicina y las ciencias biológicas –, de la mejora del sistema educativo y de los programas de intercambio como el eje de la relación institucional, siguiendo la línea iniciada en 1958.

Una década después, una nueva Comisión de Intercambio Cultural, Educativo y Científico se crea a partir del Acuerdo firmado en materia de Cooperación Educativa, Cultural y Científica, prorrogado hasta 2004 y desde entonces de manera indefinida, y cuyo texto incide una vez más en las cuestiones educativas y científicas, y apenas desglosa las culturales. La centralidad de las dimensiones educativa y científica en la relación bilateral en materia de diplomacia pública es, como vemos, indiscutible, lo que si bien resulta comprensible –tanto por la importancia del tejido universitario como de la producción científica estadounidense– deja el ámbito cultural en manos de la iniciativa privada y de la sociedad civil, como ocurre con la política cultural interior.

Ángel Badillo Matos
Investigador principal de Lengua y Cultura española, Real Instituto Elcano
| @angelbadillo


1 Algunas partes de este texto reproducen un reciente informe realizado desde el Real Instituto Elcano sobre la circulación de la cultura en español en EEUU, del que son autores Jéssica Retis-Rivas, Azucena López Cobo y Ángel Badillo, que se encuentra en prensa y será publicado en 2019.
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¿Cuáles son las perspectivas de Donald Trump en EEUU para los dos próximos años y sobre las elecciones de 2021?

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Tema

¿Cuáles son las perspectivas de Trump en EEUU para los dos próximos años y sobre las elecciones de 2021?

Resumen

Este documento analiza la situación en EEUU tras las elecciones del pasado mes de noviembre y examina las perspectivas políticas, sociales, de política exterior y económicas del país. Concluye con unas reflexiones sobre las próximas elecciones presidenciales y las perspectivas para el Partido Demócrata.

Análisis

El contexto político, económica y de política exterior

Tras las elecciones de noviembre vivimos en EEUU un momento de espera y de transición. Lo más positivo es: el crecimiento de la economía, que anualizada crece por encima del 4%; los niveles récord en la reducción del desempleo (la Reserva Federal estima que el desempleo caerá al 3,5% en el 2019); y el crecimiento de los salarios, de la bolsa y del empleo en la industria y la construcción. Además, la tarta se está repartiendo un poquito mejor, ya que los salarios para los menos cualificados también suben (en algunos estados hasta un 15% en los dos últimos años, alcanzando los 14 dólares/hora). El impacto positivo de la bajada de impuestos de 2 billones de dólares se ha hecho notar en el consumo.

Pero también hay riesgos en el horizonte. Desde el punto de vista político, la mayor incertidumbre es relativa al informe final de Mueller, que pudiese incluir elementos que permitieran un posible proceso de destitución (impeachment) del presidente Trump. Al mismo tiempo, cabe esperar una intensificación del conflicto con los Demócratas, con un Congreso dividido, con la Cámara Baja dominada por los Demócratas y el Senado por los Republicanos. Desde el punto de vista económico, las mayores preocupaciones son una posible guerra comercial con China, el impacto del Brexit, la desaceleración en el mercado inmobiliario y la creciente volatilidad de los mercados.

Hay que resaltar también que en un país que históricamente se ha caracterizado por el optimismo hay un creciente miedo al futuro. El temor al impacto de la robotización y de la Inteligencia Artificial en el empleo ocupan espacio creciente en los medios. Además, la brecha generacional se está profundizando: los jóvenes norteamericanos sufren bajos salarios, subempleo y mayores niveles de endeudamiento; un reciente graduado tiene créditos equivalentes al 75% de su salario anual, comparado con un 30% en 1990. Las encuestas muestran que esta es la primera generación que piensa que va a vivir peor que sus padres.

Desde el punto de vista político caben esperar más tensiones entre el Congreso y la Casa Blanca. Serán dos años de más disfunciones en el sistema político de EEUU, y es probable que el país se divida aún más, que haya más polarización y más parálisis (gridlock), ya que un Congreso dividido hará más difícil que progresen iniciativas legislativas y que cada vez sean más nacionalistas y miren más hacia dentro.

Los Demócratas están eufóricos tras su victoria en noviembre, pero no hay muchas razones para el triunfalismo. Por un lado, es cierto que ganaron por 8 puntos en el voto popular, que consiguieron el control de la Cámara Baja con una victoria histórica y que han conseguido aumentar la diversidad: por vez primera, más de 100 congresistas son mujeres, dos de ellas musulmanas, y muchos de ellos millennials (y que el Partido Republicano sigue siendo casi todo blanco). También han logrado que nuevos votantes fueran a las urnas, y ganaron en estados clave como Michigan y Wisconsin. Pero, al mismo tiempo, hay que resaltar que no hay razones para la complacencia: los Republicanos siguen teniendo mayoría en el Senado (y aumentaron el número de senadores Republicanos); los Demócratas no consiguieron casi victorias en el sur (perdieron Florida y Georgia); y no ganaron Ohio ni Texas (estados clave en la elección presidencial). Las elecciones han confirmado que la América rural sigue apoyando a Trump, y que los votantes de Trump le siguen siendo fiel. En definitiva, el país sigue tan dividido geográficamente como en 2016. Por último, recordar que históricamente hay poca correlación entre los resultados de una elección a mitad de mandato presidencial y una elección presidencial (Clinton, Bush y Obama las perdieron y fueron reelegidos como presidentes).

Las consecuencias de la victoria Demócrata y el control de la Cámara Baja serán notables: ahora tienen el control de los comités, y el poder de citación en investigaciones que cambiarán la balanza de poder sobre Trump. Pero hay un riesgo grande de que puedan ir demasiado lejos (no hay más que recordar el ejemplo de Newt Gingrich y Clinton en los 90: Gingrich se obsesionó con el impeachment y al final los votantes se cansaron y reeligieron a Clinton). Los Demócratas necesitan encontrar el equilibrio entre el ejercicio de control sobre la Casa Blanca y Trump, y al mismo tiempo asegurarse de que avanzan iniciativas constructivas para solucionar los problemas de los ciudadanos (como infraestructuras, el aumento del salario mínimo y la mejora del Obamacare), no sólo en expulsar a Trump de la Casa Blanca. Incluso si esas iniciativas son derrotadas en el Senado, les proporcionaría a los Demócratas una plataforma de economía populista con la que ir a las elecciones de 2020. Una estrategia de tierra quemada contra Trump les puede pasar factura en 2020.

En el exterior Trump está implementando una política proteccionista, nacionalista y conservadora por todo el mundo, y se ha producido una erosión del papel de EEUU como “policía global”. Al mismo tiempo hay que reconocer que hay una cierta continuidad con Obama en relación a Europa, pero hay una hostilidad ideológica hacia la UE y su proyecto de unión. Trump es muy crítico del superávit comercial de la UE con EEUU de 100 billones de dólares y del bajo gasto en defensa, y tiene una visión de la UE como ejemplo de globalismo que limita la soberanía nacional.
Hay puntos de encuentro con muchos Demócratas sobre Irán y China, y cada vez hay más sospechas y hostilidad hacia China por parte de tanto Republicanos como Demócratas. Pero el apoyo a las alianzas se ha convertido en otra línea divisoria entre los dos partidos: de acuerdo con una encuesta del Pew Research Center, sólo un 36% de los Republicanos piensa que EEUU debe de tener en cuenta los intereses de sus aliados si esto significa que hay que llegar a compromisos, mientras que entre los Demócratas un 74% piensan que es importante.

Trump sigue apoyando a líderes y gobiernos nacionalistas y conservadores radicales de otros países como Brasil, Italia, Hungría, Polonia, la India, Arabia Saudí e Israel. Y su Administración es mucho más vocal en su apoyo a Israel: rechazó el acuerdo nuclear con Irán y lleva a cabo una política mucho más agresiva y punitiva con dicho país, y tomó la decisión de trasladar la embajada de EEUU a Jerusalén. Pero no ha sido capaz de cambiar las dinámicas del conflicto entre israelíes y palestinos. Además, EEUU está fortaleciendo el apoyo estratégico a la India para confrontar a China, incluyendo la decisión de renombrar el Comando del Pacífico como el Comando Indo-Pacífico. Rusia sigue siendo una fuente de tensiones entre la Casa Blanca y el Congreso, pero han seguido las sanciones económicas, y hay una amenaza de salir del Tratado de Armas Nucleares Intermedias (INF, en sus siglas en inglés). En Asia hay tensiones con Japón por el proteccionismo (fuera del Acuerdo de Asociación Transpacífico), pero acuerdo en seguir con la mano dura con China. Y Latinoamérica sigue siendo casi invisible.

Por último, resaltar que un Congreso dividido hará más difícil que progresen iniciativas de política exterior como tratados o acuerdos comerciales (incluyendo el nuevo NAFTA). En cualquier caso, Trump es escéptico sobre estos acuerdos porque son manifestaciones del globalismo y la pérdida de soberanía, y no son una prioridad. Es probable que haya más proteccionismo, más nacionalismo y que se mire más hacia dentro. En relación al Brexit, el proteccionismo de EEUU hace poco probable un acuerdo de libre comercio.

En definitiva, en los dos próximos años cabe esperar más confusión e inconsistencias. Pero hay que enfatizar que algunos de estos cambios pueden ser estructurales y que no son sólo de Trump. Hay elementos de las políticas de Trump que van a perdurar, como el aumento del proteccionismo, más nacionalismo, una mayor confrontación con China –marcada por iniciativas para contrarrestar su poder creciente–, así como continuidad en relación a Europa y Oriente Medio. Y hay que recordar que hay cierto seguidismo con lo que hacía Obama, que ya se comprometió a priorizar lo doméstico y la reconstrucción del país, era crítico sobre el poco gasto en defensa de sus aliados en la OTAN, jugó un papel reducido en Siria y dejó un poco de lado Oriente Medio (pues la influencia de EEUU en esa parte del mundo sigue disminuyendo). Lo que estamos viendo en EEUU desde hace años es que hay un agotamiento por una parte significativa de los ciudadanos sobre las responsabilidades (y gastos) exteriores. Esto se intensificó con la crisis de 2008. El lenguaje puede ser distinto pero el fondo de las políticas no es tan diferente, y es muy probable que no cambien con independencia de quién esté en la Casa Blanca.

Elecciones presidenciales

En relación a las próximas elecciones presidenciales de 2020, no debe haber duda de que la reelección de Trump es posible: la economía sigue creciendo y eso es su punto fuerte, y todavía tiene un apoyo muy sólido entre sus bases. Además, no debemos minimizar una vez más el talento político de Trump, pues su personalidad abrasiva, tácticas provocadoras y dominio de los medios han calado entre millones de estadounidenses.

Pero dos años son un mundo en política: la situación económica puede empeorar (el impacto de la bajada de impuestos será menor a partir de este año), puede haber conflictos internacionales, las tensiones comerciales y geoestratégicas con China se pueden intensificar, seguimos pendientes del informe de Mueller, la inflación es un riesgo por las subidas arancelarias, el bajo desempleo y el consumo, y sigue su conflicto con la Fed por las subidas de intereses.

¿Qué cabe esperar en las elecciones presidenciales?

Por un lado, serán las primarias Demócratas más abiertas en décadas, y probablemente las que tengan un mayor número de candidatos (¡más de 30 lo están considerando!). Hay una profunda división en el partido sobre quién debe ser el candidato: ¿moderado o progresista?, ¿nuevo o con mucha experiencia? (alguien nuevo, como Obama en 2008, tiene menos votos que defender), ¿hombre o mujer?, ¿minoría?

También hay una gran división sobre la táctica más efectiva para enfrentarse a Trump. ¿Será mejor meterse en el fango con Trump, o mantenerse al margen de las provocaciones y hablar sobre el futuro? (piénsese en la famosa frase de Michelle Obama: “Cuando ellos golpean bajo, nosotros vamos alto”). Es cierto que millones de estadounidenses están agotados del cinismo y de la agresividad y que están desesperados por una política más limpia y positiva, que rompa con las divisiones y la polarización y que permita superar las líneas partidistas. Hay cada vez una preocupación mayor sobre la pérdida de civismo. Todo esto abre las puertas para el surgir de una figura unificadora que se aproveche del agotamiento por la estrategia de conflicto permanente de Trump. Pero, al mismo tiempo, hay que ser realistas y aceptar que para ganar la Casa Blanca, primero hay que ganar las primarias, y los votantes de las primarias tienden a ser más radicales y progresistas. Por ello será necesario mezclar una estrategia de confrontación con un mensaje esperanzador.

Pese a que la popularidad de Trump está en los niveles del 40%, lo que le hace vulnerable, el reto será mayúsculo porque el Partido Demócrata está muy dividido entre los moderados y los más progresistas. Muchos de los candidatos que se están postulando provienen de estados azules y no entienden al votante de Trump, y eso supone un riesgo. Y será clave movilizar a los jóvenes, las mujeres y las minorías. Los Demócratas presentaron un número récord de candidatas a las recientes elecciones legislativas y esa fue una de las claves de su éxito, sobre todo porque las mujeres constituyen la mayoría del electorado, mientras que el impacto en gran parte del país del #MeToo movement ha contribuido a movilizar al electorado femenino. La movilización será clave y una prioridad para los Demócratas debe ser restaurar el voto para millones de estadounidenses que han tenido dificultades o no han podido votar en la última elección (un ejemplo es el reciente referéndum en Florida, que va a permitir votar a 1,2 millones que tienen antecedentes penales).

La lista de posibles candidatos es cada vez mayor e incluye a nuevos y viejos conocidos:

  • Michael Bloomberg, que no necesita recaudar fondos
  • Joe Biden
  • Beto O’Rourke
  • Elizabeth Warren
  • Corey Booker, senador por New Jersey
  • Hillary Clinton
  • Kirsten Gillibrand, senadora por Nueva York
  • Andrew Gillum, alcalde de Tallahassee
  • Kamala Harris, senadora por California
  • John Kerry
  • Eric Holder
  • Bernie Sanders
  • Amy Klobuchar, senadora por Minnesota

Pero es muy importante recordar que todavía es muy pronto. Cuando Obama o Clinton fueron elegidos nadie pensaba en ellos a estas alturas del ciclo electoral. Seguro que salen candidatos nuevos.

¿Qué Demócrata podría ganar?

Los Demócratas necesitan a alguien que tenga un gran talento en los detalles (una de las debilidades de Trump) y que al mismo tiempo tenga la predisposición para atacar. Trump se considera el mejor contraatacante político que hay, y el candidato Demócrata necesitará estar preparado para confrontarle a cada paso. El candidato Demócrata necesitará también un gran dominio de los medios y ser capaz de presentar su historia y su programa de una forma original e ilusionante. Nuevos estudios prueban que los anuncios tradicionales ya no son tan efectivos (uno de los más innovadores y exitosos, ilusionando y movilizando al electorado pese a perder la reciente elección al senado en Texas, fue el de Beto O’Rourke con el live streaming).

Además, el candidato Demócrata tiene que aceptar que no hay límites que Trump no esté dispuesto a traspasar para ganar (el último ejemplo fue el plan que anunció en las elecciones de noviembre de quitar la ciudadanía a los hijos de inmigrantes irregulares que nazcan en EEUU), y tiene que estar dispuesto a contratacar. Al mismo tiempo, tiene que comunicarse de una forma efectiva y a la vez decir cosas nuevas, y tener la capacidad de dictar los términos de la conversación en vez de estar constantemente respondiendo y reaccionado a lo que haga Trump.

Las últimas elecciones también deben de servir para recordar al candidato Demócrata que no debe ser condescendiente ni insultar a los votantes de Trump (no todos son irracionales, ignorantes y racistas). Al contrario, debe tratar de ganárselos con propuestas que respondan a sus preocupaciones y problemas. Tiene que recordar que muchos se sienten “extranjeros en su propia tierra” y que apoyan a Trump porque lo ven como alguien de fuera del sistema (un outsider) que está dando una patada a los políticos tradicionales y a la clase dirigente (el establishment). Es por ello que alguien que no tenga un largo historial en política y que venga de fuera de Washington (gobernador, alcalde o persona del mundo de los negocios) pueda quitarle a Trump el manto de outsider que tanto le benefició en 2016.

Por último, para derrotar a Trump, el candidato Demócrata tiene que aprender de él y adoptar mucho de lo que le hace tener éxito entre sus votantes. Trump es franco, directo, consistente y muy disciplinado (pese a que a veces parezca lo contrario). Dice lo mismo que decía en la campaña y hace lo que prometió que iba a hacer (algo que pocos esperaban). El candidato Demócrata tendrá que ser también disciplinado, directo y consistente. Además, Trump proyecta una imagen de fortaleza y constancia que le hace atractivo a los votantes en un momento de miedo e incertidumbre. El candidato Demócrata tiene que proyectar la misma fortaleza y constancia. Es lo que los votantes buscan. Por último, para ganar tendrá que pasar más tiempo con propuestas que solucionen problemas de los ciudadanos que defendiendo la victoria en votos de Hillary Clinton, acusando a los rusos o insultando a Trump y a sus votantes.

¿Cuáles serán los temas clave?

El programa de salud de Obama será uno de los temas estrella de la campaña, ya que el gasto de bolsillo en salud aumentó un 8,5% el pasado año, cuatro veces más que la inflación. Otros temas serán los impuestos a los ricos, la inmigración y las políticas de identidad. Pero la economía seguirá siendo el gran caballo de batalla. Por un lado, la línea divisoria entre los trabajadores blancos de cuello azul que votan Republicano y los educados en universidades que votan Demócrata seguirá siendo muy relevante, ya que dos tercios de los trabajos mejores pagados requieren al menos dos años de universidad. Nuevos estudios muestran que el apoyo a los Demócratas se concentra en zonas que están a unos 20 minutos de los supermercados orgánicos (y caros) de Amazon Whole Foods, mientras que Trump consiguió un 76% de sus votos en condados en los que hay un Cracker Barrel. La pregunta clave en las elecciones presidenciales con un incumbente es si uno está mejor que hace cuatro años. Pienso que la economía ofrecerá una oportunidad a los Demócratas porque cada vez la brecha entre la retórica de Trump de apoyar a los desfavorecidos y las consecuencias de sus políticas serán más evidentes en los próximos dos años. Ya hay encuestas que muestran que la bajada de impuestos no le ayudó en las recientes elecciones.

Conclusiones

Las próximas elecciones serán una oportunidad para los Demócratas, pero también un reto. No será fácil derrotar a Trump. Su victoria en 2016 se basó en una mezcla de populismo económico y cultural. En las recientes elecciones de noviembre la base de su discurso ha sido el populismo cultural y, en particular, la inmigración. Hay que reconocer que pese a que a muchos no les guste, el comportamiento de Trump es aceptado por millones de votantes. Demonizarlo y centrar el mensaje en sacarlo de la Casa Blanca a cualquier precio no va a rendir mucho más electoralmente. Para conseguir la victoria, los Demócratas deben demostrar que las políticas económicas de Trump no han ayudado a la mayoría de sus votantes, que no ha cumplido sus promesas y que hay una gran brecha entre su retórica y sus prioridades y sus acciones. Y, lo más importante, deben de ofrecer un nuevo plan económico que solucione los problemas de los votantes en las amplias zonas del país en las que se sienten abandonados. Trump se centrará en movilizar a esos votantes, que le son fieles.

La mayoría de los estadounidenses apoyan políticas que mejoran su calidad de vida y, por ello, los Demócratas harán bien en concentrarse en propuestas que disminuyan las divisiones y aumenten el consenso. Por último, tienen que recordar que el Colegio Electoral sigue vigente. No vale sólo ganar el voto popular.

Los próximos dos años serán apasionantes. Si creemos que los dos últimos años fueron difíciles, no hemos visto nada todavía.

Sebastián Royo
Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano y vicedecano en el College of Arts and Sciences de la Universidad de Suffolk en Boston

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<![CDATA[ Elecciones en Quebec: el retroceso del soberanismo abre una nueva etapa ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-romerocaro-elecciones-quebec-retroceso-soberanismo 2018-10-22T05:38:30Z

El resultado electoral abre ahora mismo la puerta a una nueva dinámica donde la competición electoral deje de girar en torno al eje soberanía-federalismo que ha dividido a la sociedad quebequesa durante 50 años, regresando al tradicional izquierda-derecha.

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El 1 de octubre la provincia canadiense de Quebec (Québec) celebró elecciones en las que Coalition Avenir Québec (CAQ), un partido autonomista de centroderecha que nunca había gobernado, consiguió una rotunda victoria: 74 escaños sobre un total de 125 (el 37,42% del voto que por efecto del sistema electoral mayoritario se multiplican en un parlamento regional que oficialmente se llama Asamblea Nacional). El federalista Partido Liberal (PLQ), fuerza hegemónica que ha gobernando 13 de los últimos 15 años, obtuvo únicamente 31 escaños (el 24,82% del voto, lo que supone un retroceso de 17 puntos con respecto a 2014). La otra gran formación política de la provincia, el independentista Parti Québécois (PQ), reunió el 17,06% de los apoyos, quedando relegado a 10 escaños, un número idéntico al obtenido por el ascendente y también soberanista Québec Solidaire (QS) que llegó al 16,10% de los votos.

La campaña electoral constituyó un hito en la historia reciente pues, por primera vez desde los años 70, no giró en torno a las cuestiones de soberanía, sino sobre políticas públicas como el medioambiente, la educación y el funcionamiento del sistema sanitario. La renuncia del PQ, liderado por Jean-François Lisée, a incluir en el programa una nueva consulta sobre la independencia, que en su caso sólo se plantearía más adelante, fue determinante para quedar en un segundo plano. Lisée, un antiguo asesor de los históricos líderes nacionalistas Parizeau y Bouchard, parecía haber interiorizado la postura de este último que, tras la derrota de 1995, se mostró partidario de aplazar un nuevo referéndum hasta que se alcanzaran las “condiciones ganadoras” necesarias para materializar la independencia. No obstante, la cuestión identitaria resurgió en los primeros días de campaña, proyectándose sobre el fenómeno migratorio. El líder de la CAQ, y flamante nuevo primer ministro, François Legault, propuso reducir la cuota de inmigrantes que recibe la provincia y expulsar a aquellos que no aprobaran un examen de francés y valores quebequeses pues consideraba que, de lo contario, se pondría en peligro la condición francófona y laica de Quebec.

“Una importante novedad de esta campaña ha sido la celebración, por primera vez en la historia, de un debate en inglés en una provincia cuya única lengua oficial es el francés”

La polémica en torno a la inmigración fue aprovechada por el resto de partidos para atacar duramente a una CAQ que partía como favorita en las encuestas. Se criticaba a su líder por ignorar que el marco constitucional, pese a los amplios poderes que otorga a la provincia en la materia, sigue reservando la expulsión como competencia exclusiva del gobierno federal. El tercer debate televisado fue decisivo para el devenir de la campaña. Legault, en un ejercicio de honradez, reconoció su falta de conocimientos sobre la política migratoria y adoptó un tono conciliador y amable con el que pretendía mostrarse como el referente del cambio político en la provincia. El dirigente caquiste volvió entonces a tomar la iniciativa presentando su pasado como empresario como garantía de continuidad del crecimiento económico ante el hasta ahora primer ministro liberal Philippe Couillard, quien, lastrado por sus políticas de austeridad, quedó a la defensiva e incapaz de dejar atrás su fama de líder frío y falto de empatía.

Otra importante novedad de esta campaña ha sido la celebración, por primera vez en la historia, de un debate en inglés en una provincia cuya única lengua oficial es el francés. Este desarrollo ha venido a evidenciar el carácter integrador de Quebec, en claro contraste con Nuevo Brunswick, la única provincia bilingüe de Canadá, que celebró elecciones una semana antes sin ningún debate en francés dada la negativa de uno de los candidatos.

Pese a que los sondeos pronosticaban un resultado ajustado entre la CAQ y el PLQ, que dejaría la gobernabilidad en manos del PQ, los votantes optaron finalmente por dar un mandato mayoritario al primero. En términos territoriales la isla de Montreal y su corona metropolitana, donde viven más angloparlantes, continúa siendo pese a todo un bastión liberal, mientras las zonas rurales y la ciudad de Quebec (capital provincial), que son más conservadoras y donde el electorado francófono es clara mayoría, han apoyado abrumadoramente al autonomista Legault en perjuicio del PQ. Lo cierto es que estas elecciones han supuesto un triunfo de los nuevos partidos (CAQ y QS) frente a las dos formaciones tradicionales que se han alternado de forma pendular al frente de la provincia sacando gran partido a la dicotomía entre federación o independencia.

“El declive electoral del PQ, cosechando su peor resultado después de las primeras elecciones a las que concurrió en 1970, reabre el debate sobre el futuro del movimiento independentista en Quebec”

El declive electoral del PQ, cosechando su peor resultado después de las primeras elecciones a las que concurrió en 1970 y perdiendo el estatus de partido con grupo parlamentario en la Asamblea Nacional, reabre el debate sobre el futuro del movimiento independentista en Quebec. Estos malos resultados electorales no pueden achacarse exclusivamente a la renuncia a perseguir la causa soberanista en el corto plazo, que quizá haya desencantado a sus votantes tradicionales por renunciar a la idea vehicular desde la creación del partido, sino que se explican por otros varios factores. A menudo, especialmente entre observadores foráneos, se suele achacar la tendencia a la baja del soberanismo a las medidas puestas en marcha por el gobierno federal tras el referéndum de 1995, notablemente el Dictamen sobre la Secesión solicitado al Tribunal Supremo y la posterior Ley de Claridad. Sin embargo, aunque estos dos hitos han tenido su impacto desincentivando la opción secesionista, el relevo generacional y la progresiva transformación de la sociedad quebequesa parecen haber ejercido una mayor influencia.

La causa independentista ha sido el proyecto de una generación, la baby-boomer integrada por aquellos nacidos entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y comienzos de los 60. Aquellos que crecieron en pleno despertar de la identidad nacional Québécois, que revindicaba el francés como lengua propia de Quebec y deseaba la creación de una clase empresarial francófona que pusiera fin al domino anglófono de la economía. A diferencia de sus padres, los hijos de estos no tienen problemas con una identidad dual quebequesa-canadiense, primando valores como la defensa del medio ambiente, la igualdad de género y la mejora del sistema educativo sobre la identidad nacional. En cierto modo, el movimiento soberanista ha sido víctima de su propio éxito, pues su impulso ha sido decisivo tanto a la hora de convertir a Quebec en una sociedad plenamente francófona tras la aprobación de la Carta de la Lengua Francesa en 1977 como de asegurar el despertar económico de Quebec tras la Revolución Tranquila. La pertenencia a Canadá ha pasado, a ojos de las nuevas generaciones, de ser una amenaza a una oportunidad, especialmente dados los beneficios del bilingüismo en una sociedad cada vez más globalizada.

Otro factor que ha contribuido al declive del PQ es la competición por el electorado progresista. En las últimas dos décadas, esta formación ha ido dejando atrás poco a poco sus postulados socialdemócratas con el objetivo de contentar a los poderes económicos, siempre recelosos de la inestabilidad económica que generaría un nuevo referéndum. Este viraje ha sido aprovechado por el nuevo y más izquierdista QS para reivindicarse como una formación anticapitalista que prioriza el medioambiente y la igualdad social por encima de cualquier otra consideración, cosechando un apoyo mayoritario entre el electorado joven.

“Sería prematuro dar al movimiento soberanista por derrotado pues el apoyo al mismo se mantiene estable en torno a un 35%”

A pesar de todo, sería prematuro dar al movimiento soberanista por derrotado pues el apoyo al mismo se mantiene estable en torno a un 35%, aunque ahora repartido entre dos formaciones. El tiempo dirá si esta reconfiguración del espacio electoral soberanista es temporal o si el electorado continúa primando las políticas públicas sobre la identidad nacional.

La postergación de la soberanía a un segundo plano no sólo ha restado apoyos al PQ, sino que también ha tenido consecuencias para el federalista PLQ. Tradicionalmente, esta formación ha aprovechado la polarización en torno a la independencia como factor de atracción del electorado contrario a la misma. Al desaparecer esta cuestión de la campaña, los liberales han perdido capacidad de movilización, hasta el extremo de ser derrotados por primera vez desde 1976 en circunscripciones del Outaouais, una región fronteriza con Ottawa donde residen multitud de funcionarios federales. El declive del PQ también podría afectar indirectamente a las relaciones entre Quebec y el gobierno federal, pues la reducción del riesgo de secesión desincentiva a éste a realizar concesiones políticas ante las demandas de mayor autonomía que la CAQ pretende formular.

El vuelco electoral que depararon los resultados se ha llevado por delante a la vieja guardia de la provincia, abriendo procesos de interinidad tanto en el PQ como en los liberales tras la dimisión de sus líderes. Ambas formaciones han expresado su voluntad de rearmarse ideológicamente con la finalidad de presentar una propuesta electoral atractiva dentro de cuatro años. Este proceso será especialmente relevante en el caso del PQ pues debe decidir si abandona definitivamente la vía soberanista o decide retomarla explorando, de nuevo, un acuerdo de colaboración con QS como le reclaman sus bases con el objetivo de cohesionar el espacio soberanista y evitar la penalización del sistema mayoritario al dividir el voto.

En cualquier caso, el resultado electoral abre ahora mismo la puerta a una nueva dinámica donde la competición electoral deje de girar en torno al eje soberanía-federalismo que ha dividido a la sociedad quebequesa durante 50 años, regresando al tradicional izquierda-derecha. Este cambio supondría poner fin a una época de alternancia entre el PQ y el PLQ en torno a la question nationale, consolidando un tetrapartidismo donde la mayoría parece concebir la apuesta por la independencia como algo del pasado, apostando por construir un Quebec más fuerte dentro de Canadá.

Francisco Javier Romero Caro
Investigador en la Universidad del País Vasco

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<![CDATA[ La UE ante la hostilidad del presidente Trump ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari109-2018-steinberg-ue-hostilidad-presidente-trump 2018-09-27T11:35:36Z

¿En qué medida la presidencia de Trump es un accidente o un síntoma de algo más profundo, y cómo debería reaccionar la UE?

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Ver también versión en inglés: The EU facing of the hostility of President Trump

Tema

¿En qué medida la presidencia de Trump es un accidente o un síntoma de algo más profundo, y cómo debería reaccionar la UE?

Resumen

Los desplantes del presidente Trump a sus socios europeos aumentan al mismo ritmo que su desprecio al orden liberal internacional que tanto valora la UE. Este trabajo analiza en qué medida Trump es simplemente un presidente atípico que pasará, o si, por el contrario, sus posiciones sobre la política exterior estadounidense son estructurales. Seguidamente, se explora cómo debería reaccionar la UE. Se insiste en la necesidad de que la Unión genere autonomía estratégica y construya una voz común en materia económica y de seguridad al margen de la relación transatlántica, lo que requiere superar sus fracturas internas y la desconfianza entre sus socios.

Análisis

La preocupación se extiende por las capitales europeas, y muy especialmente entre las instituciones comunitarias. Los cimientos sobre los que se sustenta el orden liberal internacional, que ha permitido a los países europeos alcanzar cotas de seguridad y prosperidad sin precedentes, se están tambaleando.1 Más allá de que se pudiera intuir que el declive europeo tarde o temprano llegaría porque nadie puede pasarse siglos ocupando (o compartiendo) el puesto de mando de la economía mundial, pocos esperaban una traición del amigo americano. Y esto es lo que está pasando desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2017. De hecho, a día de hoy, parece que EEUU tiene una relación más estratégica con Rusia que con la UE.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, EEUU ha sido el principal garante de la seguridad europea, un importante promotor del proceso de integración comunitario y el líder del orden económico liberal basado en reglas en que se ha apoyado gran parte de la prosperidad europea. Además, desde que el mundo se volviera económicamente más multipolar, EEUU solía ser un aliado con el que se podía contar. De hecho, con iniciativas como el acuerdo de libre comercio entre EEUU y la UE (el TTIP), que tan criticado fue por amplios segmentos de la ciudadanía europea, se pretendía dar un impulso geopolítico a la relación transatlántica que permitiera a Occidente mantener su liderazgo internacional y sentar las reglas del juego de la globalización del siglo XXI ante el auge de las potencias emergentes.2 Pero aquella iniciativa no cuajó. Trump acabó con el TTIP (aunque ahora parece querer recuperar su parte menos controvertida, la de la reducción de aranceles) y está abandonando a Europa a su suerte. No le interesa contar con el espacio transatlántico ni con sus otros aliados tradicionales para afrontar el auge de China (que percibe como la principal amenaza para la hegemonía estadounidense) y está dispuesto a socavar el entramado institucional multilateral (en especial la OTAN y la Organización Mundial del Comercio, OMC), que tan cómodamente lideraba EEUU hasta hace bien poco.

Pero lo peor para los países europeos es que, recientemente, Trump ha pasado de menospreciar a la UE a atacarla directamente.3 Y su amistad con los movimientos antieuropeistas, xenófobos e iliberales que cada vez son más populares dentro de la Unión –y amenazan con destruirla desde dentro– resulta especialmente preocupante para el establishment de Bruselas, Paris y Berlín. Para Trump, “la Unión Europea es tan mala como China; es tan sólo un poco más pequeña. Es increíble lo mal que nos tratan (los europeos). El año pasado tuvimos un déficit comercial con Europa de 151.000 millones de dólares. Y, además, nos gastamos una fortuna en la OTAN para protegerles” (entrevista a Fox News, 1/VII/2018). Incluso ha llegado a decir que “la Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en comercio” (entrevista a CBS, 15/VII/2018). Es el primer presidente de EEUU que ve a la Unión como un rival comercial en vez de como un aliado geopolítico. Además, y esto trae de cabeza a los elegantes y diplomáticos europeos, Trump se encuentra más cómodo con líderes autoritarios fuertes como Putin, Xi Jinping o Erdoğan que con los presidentes del G-7, cuyo poder se encuentra restringido por los pesos y contrapesos de la división de poderes propia del sistema democrático liberal que tanto parecen molestar a Trump.

Aunque el presidente de la Comisión europea, Jean Claude Juncker, logró pactar una tregua con Trump en la guerra comercial transatlántica en junio de 2018, la lista de desplantes y amenazas a los europeos durante los últimos meses ha sido larga.4 Exigió que se volviera a aceptar a Rusia como miembro del G-7 (lleva fuera desde que se anexionó Crimea de 2014), se ha negado a firmar los comunicados conjuntos del grupo, ha acusado a Alemania de estar sometida a Rusia por su dependencia energética, se sacó de la chistera un exigencia imposible de que los países miembros de la OTAN aumenten hasta el 4% del PIB su gasto en defensa para que EEUU mantenga su lealtad con la organización (actualmente el compromiso está en el 2% y pocos países lo cumplen) y ha afirmado en numerosas ocasiones que el Brexit –que para la UE es trágico– es algo espléndido, añadiendo que si Theresa May hubiese seguido sus consejos la negociación le habría ido mejor, y que el Reino Unido debería demandar a la UE.

En definitiva, los líderes europeos se sienten desconcertados, traicionados, incómodos y vulnerables. Conscientes de que las formas de Trump son particularmente corrosivas para la cooperación internacional en general y para la relación transatlántica en particular, dudan sobre cuál es la mejor forma de reaccionar.

Contención o confrontación

Para que la UE pueda responder a Trump, primero tiene que saber a qué se enfrenta. Por el momento, existen dos hipótesis: que Trump sea un accidente pasajero; o que, por el contrario, sea un síntoma de algo más profundo que ha llegado para quedarse, lo que obligaría a los países europeos (y sobre todo a la Unión) a modificar tanto sus alianzas como su política exterior, en particular la de seguridad y defensa. A la mayoría de los europeos les gustaría pensar que Trump es un accidente, resultado de un cúmulo de casualidades que lo llevaron de forma inesperada a la Casa Blanca, y que una vez que termine su mandato quedará en la memoria como un mal sueño. Esta hipótesis se apoya en la idea de que Trump no sería presidente si no se hubiera producido la anomalía de que un outsider hubiera ganado las primarias del partido republicano, si Hillary Clinton hubiera ganado las elecciones (como de hecho sucedió si se atiende al voto popular), o si no se hubieran “manipulado” ciertos aspectos de la campaña electoral a través de las redes sociales. Según esta interpretación, Trump, que sería el segundo presidente populista anti-establishment de la historia de EEUU (el primero fue Andrew Jackson, entre 1829 y 1837), no sería capaz de propiciar un cambio estructural y duradero de la política exterior de EEUU, y el orden liberal internacional que tanto gusta (y conviene) a los países europeos le sobreviviría. De hecho, los ocho años de Jackson en la presidencia no modificaron ni la esencia de lo que era EEUU en aquel momento, ni su papel en el mundo, que entonces era todavía marginal. Si esta hipótesis fuera correcta, lo que Europa debería hacer sería capear el temporal sin perder la dignidad al tiempo que mantiene un diálogo constante y constructivo con quienes siguen abogando por fortalecer la relación transatlántica, sobre todo los liberales internacionalistas del Partido Republicano. Debería responder (con cautela) a algunas de las bravuconadas de Trump, especialmente en materia comercial, pero sin modificar significativamente su posición, confiando en que el próximo presidente norteamericano fuera “normal”, volviera a entender el valor de la Alianza Atlántica, apoyara la integración europea y se mostrara de nuevo dispuesto a sostener, con ayuda de otros, las cada vez más necesarias estructuras de gobernanza global. De hecho, muchos europeos, tal vez confundiendo los deseos con la realidad, piensan que Trump no terminará su mandato porque en algún momento se abrirá un proceso de impeachment, y que, en todo caso, no será reelegido en 2020.

Sin embargo, existe otra posibilidad, que los europeos se resisten a aceptar pero que podría reflejar mejor lo que está ocurriendo. Que el trumpismo vaya más allá de Trump porque nos hable tanto de fracturas más profundas en la sociedad norteamericana como de una recalibración de lo que significa el interés nacional de EEUU en un mundo cada vez más multipolar y en el que Occidente está en declive. Así, es posible que la elección de Trump refleje un descontento estructural de los votantes norteamericanos con el establishment, con los liberales cosmopolitas de las costas este y oeste y con el injusto reparto de los beneficios de la globalización y el cambio tecnológico, que haya llegado para quedarse (y que también tendría su eco en Europa con el apoyo al Brexit, a partidos como la Lega en Italia, el Frente Nacional en Francia, las posiciones del actual canciller austríaco o las política iliberales que aplican los gobiernos húngaro y polaco sin que su popularidad se vea mermada).5 Más allá de que esto se vaya a traducir en electorados más proclives al cierre de fronteras y al proteccionismo (sintetizados a modo de eslogan en el America First de Trump y que ya estamos observando), esto significaría que la probabilidad de que Trump fuera reelegido en 2020 sería elevada y, además, que la política exterior estadounidense se volvería cada vez más aislacionista y centrada en frenar el auge de China, lo que sería dañino para la UE.

En este escenario, EEUU iría retirando paulatinamente el paraguas de seguridad que ha tenido desplegado sobre Europa desde hace 70 años, obligando a los europeos a hacerse responsables de su propia seguridad (y, sobre todo, de su relación con Rusia). Así, aunque el próximo presidente tuviera formas más educadas y menos agresivas que Trump, es posible que desde EEUU se interprete que ser el principal proveedor de bienes públicos globales –desde la seguridad hasta la existencia de estructuras de gobernanza económica internacional legítimas basadas en reglas– ya no le interese. Al fin y al cabo, la estadounidense es una economía bastante cerrada comparada con la de los países europeos o la de China, por lo que cierta erosión de la globalización económica puede resultarle menos nociva que a otros, especialmente cuando está camino de lograr su independencia energética, mantiene su poder estructural en el sistema financiero y todavía puede ejercer su poder para garantizar que sus intereses comerciales y tecnológicos sean respetados en una economía global donde impere la ley del más fuerte. Además, su opinión pública, desencantada con la globalización ante el aumento de la desigualdad y crecientemente proteccionista, no siente apetito por revertir este impulso aislacionista.

Desde un punto de vista geoestratégico, incluso tendría cierto sentido que, en la medida en la que el gran enfrentamiento geopolítico del siglo XXI será entre China y EEUU, a la Administración estadounidense le podría interesar debilitar a la UE para evitar que en algunos temas en disputa (especialmente los económicos) pudiera adoptar una posición equidistante entre ambos colosos. De hecho, si se analiza con cuidado la política exterior de Obama, ya se observan algunas muestras de este repliegue estratégico estadounidense. Pero como el anterior presidente norteamericano era más popular en los países de Europa Occidental que en EEUU, su giro hacia Asia y su negativa a involucrarse militarmente cerca de las fronteras europeas pasó algo desapercibido (aunque también es cierto que nunca abanderó el proteccionismo, cuestionó las instituciones internacionales o trató de debilitar la UE, aunque sí pidió a los países europeos que aumentaran su gasto en defensa).

En definitiva, EEUU lleva años prestando cada vez menos atención a los asuntos internacionales e intentando reducir su gasto en política exterior para no sufrir lo que el historiador Paul Kennedy bautizó como imperial overstretch (que podríamos traducir como “sobrecarga del Imperio”) y que históricamente ha llevado al colapso de los imperios cuando estos mantienen demasiados frentes abiertos en el exterior.6 Esta tendencia no la inició Trump, y tampoco parece que se vaya a revertir sustancialmente en el futuro.

¿Qué debe hacer la UE?

Sólo el tiempo dirá si Trump es o no un accidente, o cuánto durará su presidencia. Pero lo que sí parece claro es que, cuanto más tiempo esté en la Casa Blanca, mayor será la erosión del orden liberal multilateral, y en especial de la OMC y de la Alianza Atlántica; y más difícil le resultará a su sucesor recomponer la relación con Europa. Por ello, la UE haría bien en ponerse en el peor escenario posible –como ya ha sugerido Merkel–, buscar una mayor autonomía estratégica, repensar su relación con China y fortalecer sus alianzas con países que comparten sus valores, empezando por Canadá, Japón y los países de América Latina, pero intentando ampliar esta coalición.

El principal problema que tiene para hacerlo es que no es un Estado, por lo que carece de una auténtica estrategia de política exterior y de seguridad común e incluso proyecta su enorme poder económico de forma fragmentada y sin incorporar aspectos estratégicos. Es una potencia herbívora en un mundo cada vez más carnívoro, en el que la rivalidad entre grandes potencias le está comiendo terreno rápidamente al sistema de reglas multilaterales en el que la Unión se desenvuelve de forma más cómoda.7 En este nuevo contexto internacional, en el que el Derecho Internacional se ve cada vez más desplazado por la ley de la selva, la UE aparece como un actor dividido, lento, torpe y poco eficaz cuando se lo compara con EEUU, China, Rusia o incluso la India. Solía decirse que la UE era un gigante económico y un enano político, pero lo cierto es que su peso económico está menguando8 mientras que la nueva realidad geopolítica internacional la condena a ser cada vez más pequeña políticamente a menos que encuentre la manera de proyectarse hacia el exterior tanto en términos económicos como militares con una voz única y consistente.

En materia de defensa, por ejemplo, si bien es cierto que la suma del gasto militar de sus Estados miembros es considerable (cerca de los 200.000 millones de dólares, casi cuatro veces más que Rusia, aunque sólo un tercio de lo que gasta EEUU), no lo hace de forma conjunta, por lo que no aprovecha las economías de escala ni tiene una distribución de tareas eficiente. Por lo tanto, cualquier avance que integre con mayor celeridad estas políticas será bienvenido. De hecho, ya se han dado pasos en los últimos dos años que parecían impensables hace una década. A finales de 2017, 25 países establecieron la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) en materia de seguridad y defensa. Asimismo, nueve países, incluido el Reino Unido, han acordado la creación de una estructura multinacional de mando para facilitar la disponibilidad de tropas de refuerzo. No se trata todavía de una fuerza de intervención rápida, pero sí de una estructura en la que se comparten doctrina y equipo, lo que agiliza los procesos de decisión. Asimismo, el presupuesto europeo 2021-2027, actualmente en negociación, seguramente incluirá, por primera vez, una línea de 1.500 millones de euros anuales para investigación y desarrollo vinculados a la defensa. Pero sigue faltando desarrollar mejor el pensamiento estratégico y aumentar el nivel de ambición a escala europea ya que, a día de hoy, la defensa colectiva está descartada en la Estrategia Global Europea. En definitiva, es necesario prepararse para el peor (aunque improbable) escenario de que EEUU se retire de la OTAN sin tiempo a que se produzca un relevo ordenado y progresivo, pero también hay que preparar el terreno para que, en el caso de que EEUU mantenga su compromiso con la Alianza, los países europeos cuenten con capacidad propia para equilibrar la carga y no tengan que depender tanto de EEUU cuando haya que intervenir. El liderazgo de la Unión sería la clave para lograr este objetivo, pero para que emerja es necesario aumentar el nivel de confianza entre los Estados miembros, algo que se antoja difícil.

Donde la UE todavía es un gigante y está acostumbrada a hablar con una sola voz es en materia comercial. Por lo tanto, también podría dar pasos adicionales en este frente, aunque debería ir más allá y utilizar su peso comercial como una herramienta más activa de política exterior. Sin ir tan lejos como para aceptar la oferta de China de forjar una alianza para combatir el proteccionismo de Trump (algo que tampoco interesa a la Unión), sí que debería continuar tejiendo una red de acuerdos de libre comercio con países afines interesados en sostener un sistema multilateral de comercio abierto y basado en reglas, que sin duda necesita reformas pero que constituye un precioso bien que a la UE le interesa preservar. A los acuerdos que la Unión ha cerrado últimamente con Japón, Canadá, Singapur o México habría que añadir otros con el MERCOSUR (actualmente en negociación), Australia y otros países asiáticos (en la actualidad se están negociando, entre otros, uno con la India y otro de inversiones con China).9 Estos nuevos acuerdos deberían tener como objetivo tanto aglutinar a cuantos más países bajo el liderazgo de la Unión como plantear un modelo de relación comercial que equilibré más los intereses de empresas y ciudadanos en aspectos sensibles como la protección medioambiental y laboral y el tratamiento a los inversores con el fin de que el apoyo a los acuerdos de libre comercio en particular y a la globalización en general aumentara dentro de la Unión.

Pero estos acuerdos deberían servir también para promover dos objetivos más ambiciosos. En primer lugar, una reforma de la OMC, para la que será necesario el concurso de EEUU. Se trata de adaptar la institución a la realidad económica actual, fortalecer la vigilancia que la institución hace de las políticas comerciales de sus países para que no incumplan las reglas y asegurar un correcto funcionamiento de su sistema de resolución de disputas, actualmente bloqueado por EEUU.10 Se trataría de atraer a China a la mesa de negociaciones de la reforma de la OMC para poder acordar unas nuevas reglas que aseguren un campo de juego equilibrado y sean más legítimas, con el fin de evitar que las incipientes guerras comerciales vayan en aumento. En segundo lugar, esta red de acuerdos debería servir para comenzar a potenciar el uso del euro como moneda vehicular para los pagos de las transacciones comerciales internacionales, que sería el primer paso para aumentar el uso del euro como moneda de reserva global, tal y como planteó Juncker en el debate sobre el estado de la Unión de septiembre de 2018. Un mayor uso del euro en las finanzas internacionales, aunque requeriría sobre todo una reforma de su gobernanza interna (que desgraciadamente todavía está pendiente, y que pasa por completar las uniones bancaria y fiscal y crear eurobonos), también necesita de un impulso político para ser exitosa.11 Y el proteccionismo norteamericano, sumado a la amenaza de sanciones a las empresas europeas que hagan negocios con Irán que ha anunciado la Administración Trump, son una excelente oportunidad para darle al euro ese impulso político. Comenzar a pagar en euros el petróleo que importan los países de la Unión o construir un sistema de transferencias financieras interbancarias al margen del sistema SWIFT que controla EEUU serían dos lugares por donde empezar a abordar esa tarea.

Conclusiones

Desde que Donald Trump llegara a la Casa Blanca, la UE ha dejado de tener en EEUU su principal valedor internacional. Trump podría ser un accidente, un paréntesis de cuatro (u ocho años) en las buenas relaciones que, con altibajos, han existido entre los países de ambos lados del Atlántico Norte desde la Segunda Guerra Mundial. Pero también podría ser que la UE tenga que acostumbrarse a desenvolverse sin el paraguas de seguridad y el liderazgo en el orden liberal internacional que hasta ahora le proporcionaba EEUU, y que le ha permitido alcanzar cotas de prosperidad y seguridad sin precedentes.

Como hemos explicado, la Unión debería esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor. Aunque la Administración Trump continúe despreciando a Europa, en EEUU existen muchos políticos y actores de la sociedad civil que siguen pensando que la UE debería ser un socio preferente de EEUU, que la relación transatlántica sigue siendo clave para sostener los valores e intereses que ha representado Occidente durante las últimas décadas y que, en todo caso, es más útil trabajar juntos para redefinir el nuevo orden internacional al que nos aboca el auge de China que estar divididos. Es importante, por tanto, mantener una buena interlocución con esos actores como trabajar conjuntamente en los temas en los que se vislumbren posibles consensos. Como es poco probable que EEUU decida patear el tablero y abandonar la OTAN o la OMC, seguirá habiendo espacio para el diálogo, aunque este sea menos amigable de lo que a los líderes europeos les gustaría.

Sin embargo, los europeos deben entender que el mundo de los años 60 del siglo pasado, en el que el “amigo americano” protegía a Europa occidental, le otorgaba ventajas económicas y animaba a sus países a integrarse, no va a volver, por lo que harían bien en dejar de añorarlo. El mundo camina hacia un nuevo (des)orden internacional, en el que la UE puede aspirar a jugar un papel relevante, pero que todavía está por definir. Lo que sí parece claro es que será un mundo con un EEUU más aislacionista, una China más asertiva, una Rusia que seguirá golpeando por encima de su peso durante bastantes años y unas instituciones multilaterales más débiles. En definitiva, un mundo menos cooperativo y con una creciente rivalidad geoeconómica, en el que los países emergentes reclamarán las cuotas de mayor poder e influencia que les corresponden por su mayor peso económico (y militar). En ese contexto, la UE tiene que repensar sus herramientas de política exterior, tanto en colaboración con EEUU y sus otros socios tradicionales (e incluso algunos nuevos) como en solitario. Tiene palancas económicas y políticas a su disposición, pero debe atreverse a utilizarlas de forma estratégica para construir una auténtica política exterior. El problema principal, sin embargo, es que para conseguirlo tiene que aumentar su cohesión interna y dejar atrás las fracturas que la crisis del euro y el tema migratorio están dejando. Y eso no será fácil.

Federico Steinberg
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid
| @Steinbergf


1 Véase el especial de la revista Foreign Affairs (vol. 97, nº 4, julio/agosto de 2018) sobre las amenazas al orden liberal internacional, en el que se analizan desde distintas perspectivas en qué medida existe realmente dicho orden y cómo de resiliente podría ser ante la nueva política exterior estadounidense.

2 Véase Federico Steinberg (2013), “Negociaciones comerciales entre la UE y EEUU: ¿qué hay en juego?”, ARI nº 42/2013, Real Instituto Elcano.

3 El think-tank estadounidense Brookings lanzó en septiembre de 2018 una herramienta bautizada como Transatlantic Scorecard para evaluar el estado de la relación transatlántica. En esta primera edición la puntuó con un 3,6 sobre 10, una nota ciertamente baja.

4 En cualquier caso, la tregua es débil y los aranceles que EEUU impuso al acero y al aluminio europeos, así como las represalias que estableció la Unión sobre los productos estadounidenses, ya han entrado en vigor y, por el momento, no se van a retirar.

5 Véase el especial de The Economist sobre este tema en su edición de 15 del septiembre de 2018.

6 Véase Paul Kennedy (2004), Auge y caída de las grandes potencias, DeBolsillo.

7 Para un análisis del concepto de potencia herbívora, véase José Ignacio Torreblanca (2011), La fragmentación del poder europeo, cap. VII, Editorial Icaria/Política Exterior, Madrid.

8 Según estimaciones de Alicia García Herrero y el Banco Natixis, entre 2015 y 2025, China contribuirá al crecimiento mundial un 21%, la India un 18%, EEUU un 10% y Europa tan sólo un 6%. En este mismo período, las economías de Indonesia, Filipinas y Corea aumentarán su tamaño más que la de Alemania, y las de Myanmar, Taiwán y Malasia más que la francesa.

11 Véase Miguel Otero-Iglesias (2014), The Euro, the Dollar and the Global Financial Crisis, Routledge.

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<![CDATA[ Juncker y Trump frenan la guerra comercial y resucitan el TTIP, en versión descafeinada ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-steinberg-juncker-trump-frenan-guerra-comercial-resucitan-ttip-version-descafeinada 2018-07-30T06:03:36Z

EEUU y la UE han decidido, por el momento, frenar su guerra comercial.

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Ver también versión en inglés: Juncker and Trump end the trade war and revive a watered-down version of TTIP

EEUU y la UE han decidido, por el momento, frenar su guerra comercial. Tras una reunión en Washington el pasado 25 de julio, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se han comprometido a trabajar para conseguir una zona de libre comercio transatlántica sin aranceles, subsidios ni barreras no arancelarias (que excluye al sector del automóvil). Para empezar, aunque no está claro cómo se va a conseguir, EEUU exportará más gas natural licuado (GNL) a la Unión (lo que reducirá su dependencia energética de Rusia) y los países de la UE comprarán más productos agrícolas (sobre todo soja) norteamericanos. También se darán pasos atrás en la escalada arancelaria que comenzó hace unos meses cuando EEUU impuso aranceles a las importaciones de acero y al aluminio europeas alegando (absurdamente) razones de seguridad nacional, y que desataron represalias proporcionales por parte de la Unión. Así, mientras las negociaciones estén en marcha, no se establecerán nuevos aranceles (EEUU había prometido imponerlos sobre las importaciones de coches europeos) y se trabajará por eliminar los que acaban de aprobarse. Por último, ambas potencias van a estudiar una reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que le permita volver a jugar el papel de árbitro en la gobernanza de la globalización que, en los últimos tiempos, EEUU le había negado.

“Si el objetivo de Trump era eliminar los aranceles transatlánticos, se podría haber ahorrado este último año de tensiones comerciales”.

En definitiva, tras meses jugando al “a ver quién pestañea primero”, que se habían traducido en una peligrosa escalada arancelaria a la que no se le veía un final y que, además, minaba la confianza entre las partes, se ha optado por rebajar la tensión y buscar una solución negociada. Se trata sin duda de buenas noticias para todos. Ni “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar” ni “los aranceles son geniales” (Trump dixit, vía Twitter), y el conjunto de la economía mundial tenía mucho que perder si la situación no se reconducía. Aunque la guerra comercial no iba a generar una recesión, y sus efectos se sentirían sólo a medio y largo plazo, la escalada del conflicto era muy peligrosa porque amenazaba con destruir el sistema de reglas multilaterales de la OMC que sostiene el orden liberal internacional sobre el que se asienta gran parte de la prosperidad que se ha generado en las últimas décadas, aunque su reparto haya sido demasiado desigual. Asimismo, la dinámica de confrontación amenazaba con crear una brecha insalvable en la relación transatlántica, que ya se estaba poniendo de manifiesto tanto en la última cumbre del G-7 en Canadá como en la de la Alianza Atlántica en Bruselas.

Sin embargo, tampoco puede afirmarse que todo haya vuelto a la normalidad. Primero, porque Trump sigue siendo un nacionalista impredecible cuya palabra vale bien poco. En la medida en la que esta decisión le permita vender a su electorado que ha logrado doblegar la voluntad de la UE gracias a sus extraordinarias dotes negociadoras, mantendrá su palabra. Pero si no, puede volver a cambiar de opinión, sobre todo cuando vea que el déficit por cuenta corriente de EEUU no baja (y no lo hará mientras siga reduciendo impuestos y desincentivando la tasa de ahorro nacional) y que las exportaciones alemanas a EEUU se mantienen elevadas por el deseo de los norteamericanos de comprar coches de alta gama alemanes.

Segundo, porque lo que en realidad ha sucedido es que hemos vuelto a la agenda de negociación del tratado de comercio e inversiones entre EEUU y la UE (el olvidado TTIP), que se llevaba negociando desde 2013 y que la Administración Trump abandonó en 2017. Si el objetivo de Trump era eliminar los aranceles transatlánticos, se podría haber ahorrado este último año de tensiones comerciales. El TTIP ya había acordado la reducción de prácticamente todos los aranceles a las manufacturas y también planteaba aumentar el comercio de GNL, así como lograr cierta convergencia de estándares regulatorios. Donde se había atascado había sido en la armonización o reconocimiento mutuo de las reglas entre ambos mercados (que son esenciales para facilitar el comercio de servicios), y que se habían topado con importantes resistencias por las diferentes tradiciones regulatorias en cuanto al principio de precaución, la protección al consumidor, la seguridad alimentaria y la regulación financiera, entre otras. Y también por el rechazo de la ciudadanía europea de establecer el mecanismo de arbitraje de inversiones que promovía EEUU y de las autoridades norteamericanas a abrir su jugoso mercado de compras públicas a las empresas europeas. Como ninguno de estos temas va a desatascarse ahora (de hecho, el rechazo que Trump despierta en Europa hará mucho más difícil un ambicioso acuerdo comercial transatlántico), en el mejor de los casos podríamos encontrarnos ante un TTIP light (centrado en aranceles cero), cuyos beneficios ya estaríamos disfrutando desde hace dos años si así lo hubiéramos querido. Pero como a Trump le gusta aparecer como el gran negociador que resuelve problemas, primero tiene que generar un conflicto allí donde no existe, para luego aparentar que lo ha resuelto, cuando simplemente se ha echado atrás, y siempre con actitudes intimidatorias y de desprecio a las reglas que hacen que la convivencia internacional no sea un campo de minas.

Lo importante ahora es confiar en que EEUU y la UE, más allá de frenar su batalla comercial, puedan trabajar con Japón y otras potencias afines para adaptar las reglas del comercio internacional imbricadas en la OMC a la realidad económica actual, de forma que se pueda integrar a China en la gobernanza de la globalización sin ir a una guerra comercial con ella. Ese es el principal reto que tenemos por delante, y también el más difícil. Pero que Trump haya tratado a Juncker como un igual y haya entendido que la UE es su socio clave en esta empresa es una buena noticia.

Federico Steinberg
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y Profesor de la Universidad Autónoma de Madrid | @Steinbergf

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<![CDATA[ Las relaciones España-EEUU en el marco de la relación transatlántica ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari86-2018-tovarruiz-relaciones-espana-eeuu-marco-relacion-transatlantica 2018-07-06T12:37:44Z

La reciente visita del Rey Felipe VI a Washington permite analizar y reflexionar sobre el estado de las relaciones bilaterales que en el futuro inmediato estarán marcadas por la llegada al poder de nuevo Gobierno en España y el alejamiento entre el presidente Trump y sus aliados europeos.

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Versión en inglés: Spain-US relations and the transatlantic relationship.

Tema

La reciente visita del Rey Felipe VI a Washington permite analizar y reflexionar sobre el estado de las relaciones bilaterales que en el futuro inmediato estarán marcadas por la llegada al poder de nuevo Gobierno en España y el alejamiento entre el presidente Trump y sus aliados europeos.

Resumen

La primera visita de los Reyes a la Casa Blanca ha supuesto el segundo encuentro de primer nivel de la relación bilateral España-EEUU en tiempos de Donald Trump. Esta visita, sin embargo, se encuentra marcada por las tensiones entre EEUU y algunos aliados europeos por las discrepancias surgidas en materia de valores, defensa o, especialmente, comercio y por los cambios internos producidos en la política española. Como consecuencia, urge encontrar fórmulas que garanticen la estabilidad de dicha relación por los importantes intereses en juego y evitar que centre un nuevo debate político.

Análisis

El 19 de junio de 2018 se produjo la primera visita de los Reyes de España al presidente Trump en el Despacho Oval. En la breve comparecencia posterior a la reunión, el presidente Trump, quien además manifestó su intención de visitar España, destacó la estrecha relación entre ambos países, mencionando algunos de los aspectos, paradójicamente, más controvertidos en el marco de la relación transatlántica: el comercio y la defensa. A continuación, el Rey Felipe VI, tras manifestar la importancia del legado histórico y cultural que une a ambos países y que fue el motivo de dicha visita, que le había llevado a Nueva Orleans y San Antonio (Texas), destacó la democracia como un importante activo común a ambos Estados.

A pesar de la cordialidad manifestada y del buen estado de la relación bilateral, la visita de los reyes de España a EEUU se ha producido en el marco de una serie de debates y cambios de carácter político con consecuencias potenciales en el ámbito de la relación bilateral y con la propia UE. Estos se han producido en dos ámbitos bien diferenciados: (1) el de la relación transatlántica; y (2) los de la política interna en España.

(1) Las controversias políticas en el marco de la relación transatlántica

Los debates sustanciados en el marco de la relación transatlántica se han centrado fundamentalmente en dos aspectos principales: los relativos al comercio y los relacionados con las políticas de defensa. También sería posible plantear un tercer aspecto relacionado con las cuestiones de valores, que para los europeos no sólo tiene un carácter internacional, sino que también se ha constituido en un debate interno.

En primer lugar, cabe destacar las disputas que han mantenido el presidente estadounidense Donald Trump con sus principales aliados a raíz de los cambios en la política comercial impulsada por EEUU, con la imposición de aranceles a diferentes productos relacionados con el acero y el aluminio. Originalmente, los Estados europeos, al igual que otros aliados estadounidenses como Canadá, fueron eximidos de su aplicación; sin embargo, los aranceles fueron finalmente impuestos y la propia UE, como ya habían hecho antes otros Estados como Canadá y China, acabó adoptando medidas de represalia contra diferentes productos estadounidenses.

No es ningún secreto que el presidente Trump, ya desde su campaña presidencial, había hecho de las cuestiones comerciales y de la lucha contra el déficit una de sus banderas más importantes. Nada más llegar al poder puso fin a la presencia estadounidense en las negociaciones y al proceso de ratificación del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o TPP, pese a su destacada importancia política en el marco de las relaciones con los Estados de Asia Oriental y comenzó el proceso de renegociación del NAFTA. Más tarde, en su discurso de noviembre de 2017 ante la APEC, defendió la participación estadounidense en acuerdos de libre comercio que tuviesen un carácter preferentemente bilateral y fuesen “justos”. El propio presidente norteamericano definió la cuestión comercial como “vital” para EEUU y lo esgrimió en su gira asiática, incluso con aliados como Corea del Sur y Japón, al margen del mantenimiento de las garantías de seguridad para los mismos.

En ningún supuesto se manifestó mejor esta diferencia de planteamientos que en el marco de la reunión del G-7 en Montreal del 8 al 10 de junio, donde los planteamientos del presidente estadounidense chocaron con los de aliados europeos como Alemania y Francia. Los roces con el primer ministro canadiense llevaron incluso a la negativa del presidente estadounidense a ratificar la declaración final consensuada con carácter previo entre los dirigentes que asistieron a la Cumbre.

Si bien el comercio ha sido uno de los aspectos principales que han marcado la relación entre ambos lados del Atlántico, las cuestiones de seguridad, defensa y valores también han marcado el debate.

En el ámbito de la seguridad, las críticas estadounidenses al escaso gasto en defensa de sus aliados europeos y su renuencia a compartir la factura o los costes humanos en diferentes conflictos armados, que vienen ya de largo y de Administraciones muy anteriores, han conducido a lo que se ha presentado como un aparente intento de constituir una relación defensiva alternativa a la de la OTAN, fundamentada en una nueva política europea de seguridad y defensa que giraría en torno a la Cooperación Estructurada Permanente en materia de Defensa o PESCO. Este nuevo impulso, observado con cierta suspicacia tanto por EEUU como por la propia OTAN adolece todavía de grandes incertidumbres sobre su alcance y posibilidades de materialización como alternativa realista a la presencia estadounidense. Pese a destacadas declaraciones de líderes europeos como la alta representante Federica Mogherini sobre su compatibilidad con la OTAN, el desarrollo de la PESCO no ha contribuido a una mejora de la relación con EEUU, destacando especialmente su exclusión en la financiación de proyectos europeos en la materia.

Tampoco ciertas decisiones unilaterales estadounidenses en el ámbito diplomático, como es el de la retirada del acuerdo nuclear con Irán, más allá de las consecuencias negativas para la seguridad en la región de Oriente Próximo y del acercamiento estadounidense a aliados como Arabia Saudí e Israel, han contribuido a una mejora de la relación. A pesar de la voluntad de Estados europeos como el Reino Unido, Alemania y Francia, y de la propia UE, de permanecer en el acuerdo y garantizar la pervivencia del mismo, su supervivencia sin la presencia estadounidense, máxime teniendo en cuenta la realidad de las implicaciones del restablecimiento de las sanciones, hacen muy difícil su mantenimiento.

Los valores compartidos, tal y como es el caso de la defensa de la democracia liberal como forma de gobierno y los derechos humanos han sido un tradicional activo de la relación transatlántica. Este pilar identitario tradicionalmente compartido, sin embargo, está en crisis y, en la actualidad, sometido a debate. A este respecto, tanto la aparición de democracias calificadas como “iliberales” en Europa y el ascenso de movimientos populistas a izquierda y derecha del espectro político a ambos lados del Atlántico, han llevado a la crisis de un pilar de la relación transatlántica que anteriormente se había dado por hecho. Cabe destacar a este respecto que, independientemente de que la Administración Trump y los dirigentes principales de la UE tengan posturas contrarias a este respecto, sostener que estas divisiones meramente enfrentan a europeos con estadounidenses sería realizar una descripción enormemente simplista de la realidad.

En la actualidad, estas divisiones en relación a materias como la democracia, los derechos humanos o las cuestiones migratorias afectan a las diferentes fuerzas políticas a nivel interno en EEUU como en los Estados europeos, pero también a los Estados europeos entre sí, particularmente entre Alemania y Francia, por un lado, e Italia, Austria y los países del Este europeo por el otro. Pero incluso en Alemania estas divisiones han afectado al propio gobierno alemán, que se ha visto obligado a la realización de complejos equilibrios en la materia.

(2) Las relaciones con EEUU y la política interna de España

La moción de censura llevada a cabo el 1 de junio que ha llevado al poder a Pedro Sánchez como presidente del gobierno, ha supuesto un cambio político de calado, si bien sus consecuencias y el margen de maniobra del nuevo gobierno pueden verse limitados por la actual composición del Congreso de los Diputados y de la duración limitada de dos años aproximados que restan de legislatura.

Tal y como se ha analizado en otras ocasiones, la relación bilateral con EEUU ha estado sometida a debate político y ha marcado los disensos de la política exterior española en momentos clave como el referéndum sobre la OTAN de 1986 o el debate sobre la Guerra de Irak de 2003. A continuación, se desarrolló la posterior fría relación personal entre el presidente estadounidense George W. Bush y el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, tras algunos incidentes diplomáticos, que sólo empezaría a recuperarse tras la victoria del presidente Obama en 2008 y de importantes decisiones de Rodríguez Zapatero, como incorporar a España en el establecimiento del escudo antimisiles con la presencia de cuatro destructores estadounidenses en la base de Rota.

A partir de esta etapa la relación se ha mantenido en términos cordiales, si bien con escaso interés en la visibilización de la relación bilateral por parte estadounidense y una visita del presidente Obama a España que no se produciría sino antes de acabar su segundo mandato, para decepción de las autoridades españolas.

A pesar del riesgo potencial del resurgimiento del debate político sobre la importancia de la relación bilateral con la llegada del presidente Donald Trump al poder, el gobierno de Mariano Rajoy fue capaz de mantener una relación cordial con EEUU, recibiendo una invitación para visitar el Despacho Oval, que finalmente se materializó el 26 de septiembre de 2017 y recabar el apoyo estadounidense en relación al importante contencioso catalán, yendo en su apoyo a la posición española más allá de lo defendido por algunos socios europeos de España. Trump llegó incluso a apoyar el incremento del comercio con España, facilitado por el hecho de que la relación comercial bilateral, al contrario que en otros supuestos, favorece a EEUU. En el marco de la relación bilateral, el gobierno de Rajoy no se posicionó abiertamente con los Estados más críticos con Trump, como es el caso de Alemania, pero tampoco otorgó un apoyo incondicional a las posturas estadounidenses.

Una de las incógnitas del nuevo gobierno es el de las potenciales rupturas y continuidades que se van a plantear en el ámbito de la relación bilateral. Tradicionalmente, los intereses estadounidenses en España han ido relacionados con las cuestiones de seguridad, la economía y el comercio y la defensa de la propiedad intelectual. Desaparecida ésta última como aspecto contencioso, los otros dos elementos pueden dar lugar a controversias políticas con cierta facilidad.

En el ámbito de la seguridad, el compromiso español de llegar a un 2% del gasto en defensa que parte de la Cumbre de Cardiff de 2014, y que realmente está en el propio interés español alcanzar, ha ido enfriándose con el paso del tiempo. Ya en el marco del gobierno anterior y a pesar de los sucesivos incrementos del gasto en defensa el porcentaje calculado para este año no ha pasado del 0,91%, una cifra similar a la existente cuando Donald Trump llegó al poder en EEUU. La ex ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, ya planteó que la subida de este gasto para 2024 alcanzaría un tope del 1,53% en lugar del 2% recogido en Cardiff. Esta tendencia ha sido confirmada por la nueva ministra, Margarita Robles, que ha llegado a declarar que el objetivo de cumplir con el 2% del PIB en defensa planteado por la OTAN “no es un objetivo realista”.

Está pendiente de ver cómo esta tendencia contraria al discurso contundente de Trump en la materia, pero que supone un elemento de continuidad claro con pasadas Administraciones, puede afectar a la relación bilateral o se verá relativizado por el importante activo de las bases estadounidenses en España. Este es un elemento que podrá constatarse en la próxima Cumbre de la OTAN, a celebrar los días 11 y 12 de julio en Bruselas, donde podría producirse el primer encuentro entre el presidente estadounidense y el presidente del gobierno español.

El comercio es otro de los puntos clave, si bien más allá de la aceituna negra, es un aspecto altamente condicionado por la actitud estadounidense en esta materia hacia la UE y el objetivo planteado por la Administración estadounidense de reducción del déficit sin distinguir entre aliados y adversarios. Este es un ámbito en el que los intereses de España llevarán previsiblemente a un mayor alineamiento con el resto de Estados que componen la UE, debido a la imposición de aranceles sobre diversos productos europeos.

Se mantiene como riesgo, al igual que sucede con otros países de nuestro entorno, que ante la impopularidad del presidente Trump entre la opinión pública española en general, que le otorgan una valoración de 2,2 sobre 10 (según la última oleada del Barómetro del Real Instituto Elcano), y determinados sectores ideológicos en particular, que la relación bilateral pueda someterse a un nuevo debate político que en nada beneficiaría a los importantes intereses españoles en materia de seguridad, económicos –EEUU es el primer inversor extranjero en España– y culturales que derivan de dicha relación. Paradójicamente, y a pesar de la impopularidad del presidente Trump, una mayoría de los españoles –el 64%– considera a EEUU un buen aliado, cifra que incluso se incrementa respecto del año anterior, lo que supone una cierta ruptura en un sentido positivo respecto de posiciones tradicionales, donde la personalización de la relación bilateral en base al líder que ocupaba coyunturalmente el cargo de presidente era un elemento determinante de la relación bilateral. Es posible que el apoyo estadounidense a España en casos tan complejos como el del proceso independentista catalán contribuyese a dicho posicionamiento.

Uno de los aspectos más importantes dada la importancia de las relaciones bilaterales y de los intereses en juego, es el mantenimiento de una cierta estabilidad en la relación con independencia de quien ocupe coyunturalmente la presidencia. A este respecto y de cara a la reciente visita, el Rey puede jugar un papel determinante. Es bien sabido que EEUU ya desde hace décadas ha cultivado la relación con el Rey de España, a quien ha percibido como un importante factor de estabilidad y continuidad en la relación bilateral. La reciente visita a EEUU sólo confirma dicho posicionamiento. En circunstancias políticamente complejas como las actuales, dada la coyuntura política a nivel transatlántico y la incertidumbre producida por los cambios internos de la política española, el Rey puede jugar un papel diplomático clave a la hora de garantizar una cierta estabilidad en los lazos bilaterales con la potencia norteamericana.

Los elementos culturales han sido otro factor de la visita y han tenido cierta presencia en la relación bilateral. La asistencia al 300º aniversario de la fundación de ciudades como San Antonio y Nueva Orleans, ésta última donde la presencia histórica española (40 años, de 1763 a 1803) es más significativa de lo que usualmente se reconoce por comparación con casos como el del sudoeste estadounidense o Florida, prueba de nuevo su relevancia y permite difundir el conocimiento de la vinculación española con estados como Luisiana, generalmente postergada y recientemente revitalizada como consecuencia de la creciente difusión de símbolos propios de la relación bilateral, como es el caso de Bernardo de Gálvez.

Este viaje se realiza, además, en un momento de ciertas controversias en el ámbito migratorio con posiciones contrapuestas entre ambos Estados, pero también a nivel europeo, a lo que cabe añadir un más que posible endurecimiento de la política migratoria a nivel europeo, tal y como se espera del próximo Consejo Europeo del 28 y 29 de junio. El debate y la controversia interna en EEUU sobre la cuestión migratoria tampoco favorece la tradicional aspiración española de erigirse en representación de la población hispana, un objetivo de origen poco realista que debería subordinarse a otros objetivos de mayor importancia para el interés nacional y más similar al papel que otros Estados como Alemania, Francia e Italia realizan desde una perspectiva bilateral, que es como la actual Administración prefiere desarrollar su política internacional. Cuestión diferente es la posibilidad de encontrar puntos en común en cuestiones de interés mutuo, como es encontrar una solución a la crisis de Venezuela, donde España sí podría jugar un papel destacado.

Conclusiones

La relación bilateral España-EEUU ha sido una relación tradicionalmente controvertida, generadora de numerosos disensos. La visita de los Reyes se ha producido en un momento especialmente complejo por los numerosos debates producidos a ambos lados del Atlántico en cuestiones tan cruciales como la política migratoria, la comercial y la de defensa.

Los posicionamientos jacksonianos de la Administración Trump en estos aspectos hacen que el tratamiento respecto de sus aliados, y no sólo de los europeos, sea complejo y la ausencia de una estrategia global definida somete la política exterior estadounidense a giros bruscos y la dota de un carácter impredecible. A pesar de todo, y como se ha sostenido anteriormente, la ausencia de animadversión del presidente estadounidense hacia España reduce los efectos perniciosos de dichos factores.

España, debido a los importantes intereses de seguridad, económicos, culturales e incluso de política interna y a pesar del reiterado desconocimiento de la naturaleza vital de la relación en sus documentos estratégicos y en los posicionamientos públicos de sus líderes, está interesada en el mantenimiento de relaciones cordiales con la Administración Trump. A este respecto, el nuevo gobierno español debe evitar incurrir en errores pasados o someter de nuevo dicha relación a debate político.

Es por ello que, en lo que respecta a la relación bilateral con EEUU, es necesario aplicar una política de continuidad respecto de posicionamientos anteriores. Esto deberá permitir evitar alinearse incondicionalmente tanto con la propia Administración estadounidense como con los Estados europeos que sostienen las posiciones más extremas, teniendo presente una posición autónoma y neutral que garantice la defensa de los intereses españoles sin menoscabo de que, en aquellos supuestos donde los intereses estadounidenses y españoles choquen, se pueda reaccionar de manera bien individualizada, bien en el marco de la UE, tal y como es previsible que suceda en el ámbito de la política comercial.

Un factor importante, y que hay que tener muy presente, es la necesidad de disociar la relación bilateral de la persona que ocupe coyunturalmente el cargo de presidente de EEUU. La opinión pública española ya ha empezado a hacerlo y es capaz de compaginar su consideración negativa del presidente Trump con la percepción de EEUU como un buen aliado. Los líderes políticos españoles deberían ser capaces de realizar la misma distinción.

Las cuestiones de seguridad y defensa son aspectos importantes en el marco de la relación bilateral. Sin embargo, sería un error pensar que cuestiones como el incremento del gasto en defensa es un factor únicamente condicionado por las peticiones de Trump y sus predecesores: debe ser tenido en cuenta como una inversión estratégica que favorece las capacidades propias y la posición de España en el sistema internacional y no como una inversión impopular producida como resultado de las presiones de la Administración estadounidense.

La visita de los Reyes también permite visibilizar el importante papel diplomático jugado por el Rey en las relaciones exteriores de España. Su contribución puede jugar un papel determinante en la estabilización y la garantía de continuidad de las relaciones bilaterales, tan controvertidas, pero también tan importantes para nuestros intereses, como son en la actualidad las relaciones bilaterales España-EEUU.

Juan Tovar Ruiz
Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Burgos
| @JuanTovarRuiz

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<![CDATA[ Los Reyes en EEUU: el potencial de la relación bilateral ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido??WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-garciaencina-reyes-eeuu-potencial-relacion-bilateral 2018-06-19T11:08:20Z

La incertidumbre sobre EEUU y su papel en el mundo no debe impedir que España busque los canales adecuados para que la relación exclusivamente bilateral sea más intensa. El objetivo debe ser satisfacer todo el potencial que tiene, a pesar de la asimetría estructural en la relación.

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Hay que remontarse hasta 1778 para hablar del comienzo de las relaciones bilaterales entre España y EEUU. Entonces, la Corona española ofreció asistencia militar y financiera a la emergente nación durante la guerra de independencia, un lazo histórico que ha sido precisamente el elemento que más se ha destacado de la visita de los Reyes de España a EEUU entre el 14 y el 19 de junio de 2018. El viaje atendía principalmente a la invitación cursada en 2015 y reafirmada el año pasado para acudir al tricentenario de la ciudad texana de San Antonio, y al que se sumó la celebración del también 300 aniversario de Nueva Orleans, en Luisiana. Pero el viaje debe tener más lecturas, empezando por la oportunidad para poner en valor la imagen de la España de hoy en tierras estadounidenses.

“La deriva de Washington […] hace temer una nueva “politización” de la relación bilateral, como ocurriera años atrás con la guerra de Irak”

EEUU y España son amigos, socios y aliados, con una relación más o menos fluida e intensa según la época y los vaivenes de la historia. En los últimos años ambos gobiernos han llevado a cabo los esfuerzos necesarios para promover las relaciones bilaterales a través de la firma de acuerdos, de contactos de alto nivel y de continuas visitas entre ambas orillas del Atlántico. Se trata, eso sí, de una relación asimétrica como la que tienen casi todos los países del mundo con la gran potencia estadounidense. Por eso es importante distinguir entre lo que es la relación puramente bilateral de aquello que une a España y EEUU en los asuntos de la agenda internacional. Es en esta segunda parte de la relación donde hay que tener en cuenta el nuevo entorno estratégico, la crisis del orden liberal internacional y algunas políticas de la actual Administración estadounidense porque añaden nuevos retos a la relación. La deriva de Washington en temas como el proteccionismo, el cambio climático y el acuerdo nuclear con Irán dentro de ese terreno especulativo en el que parece querer moverse la Administración Trump hace temer una nueva “politización” de la relación bilateral, como ocurriera años atrás con la guerra de Irak.

Curiosamente es en este ámbito, el de la agenda internacional, donde EEUU ha deseado durante los últimos años una mayor implicación por parte de España, sobre todos tras nuestros primeros signos de recuperación económica y porque desde el punto de vista de Washington España cuenta con todas las papeletas y elementos para sobresalir: España es atlantista, mediterránea, europea, comprometida con la lucha contra el terrorismo, firme aliada de la OTAN y está retomando una senda de crecimiento.

Esa incertidumbre sobre EEUU y su papel en el mundo no debe, sin embargo, impedir que España busque los canales adecuados para que la relación exclusivamente bilateral sea más intensa. El objetivo debe ser satisfacer todo el potencial que tiene y que España no se conforme con ser un socio más de la lista de los aliados de EEUU, a pesar de la asimetría estructural en la relación. De hecho, el futuro de relación exclusivamente bilateral se debe mirar con creciente optimismo.

Las bases, su economía

La “pata” de defensa ha sido y es la insignia de la relación entre ambos países, hasta tal punto que se suele afirmar que ha “contaminado” todos los demás ámbitos de la relación. Basta con recordar el esperado viaje de Barack Obama a España en junio de 2016. Debido al estallido de un episodio de violencia racial en EEUU, el presidente tuvo que reducir la visita a lo mínimo indispensable. Y Rota, la base que ha simbolizado durante décadas la relación, se quedó dentro de la agenda. Un gesto que dijo mucho de la revalorización de la presencia militar estadounidense en los últimos años. Por un lado, Morón y sus Marines, que responden principalmente a los propios intereses y planes estadounidenses al ser una base operativa del AFRICOM (Mando para África del Pentágono), mientras que Rota es clave para la defensa aliada y europea. Ésta es parte destacada del Ballistic Missile Defence (BMD) de la OTAN, si bien su importancia va más allá y desde allí se realizan operaciones de seguridad marítima, ejercicios bilaterales y multilaterales, y otras acciones encaminadas todas ellas a mejorar la seguridad del teatro europeo y la estabilidad del Mediterráneo.

“No es aventurado afirmar que España es estratégicamente más importante para EEUU de lo que EEUU es para España en materia de defensa”

No es aventurado afirmar que España es estratégicamente más importante para EEUU de lo que EEUU es para España en materia de defensa. Es una excepción en el relato de que las bases de EEUU están perdiendo fuerza e importancia en el mundo y la Península Ibérica sigue siendo clave en la estrategia de defensa de EEUU de cara a Europa, África y Oriente Medio. Pero aunque el valor estratégico, especialmente de Rota, no va a cambiar en el medio plazo, hay que continuar consolidando los atributos geoestratégicos de la península principalmente en la defensa antimisiles y en la proyección de fuerzas anfibias, navales y fuerzas especiales. Y hay que ir más allá y hacer hincapié en más presupuesto, más ejercicios bilaterales y más tecnología. De hecho, esta privilegiada relación tendrá que adaptarse a los crecientes cambios tecnológicos y ampliar la densidad de la relación en el ciberespacio, en la Inteligencia Artificial, en las iniciativas con las empresas privadas y sin perder de vista a África, donde ambos países tienen puesto el foco.

Y si en defensa España es estratégicamente importante para EEUU, en el ámbito económico EEUU es claramente estratégico para España, sobre todo en inversiones.

Con la llegada de la crisis hace una década, las empresas españolas se internacionalizaron y miraron hacia el otro lado del Atlántico. Desde entonces se ha incrementado de forma vertiginosa la inversión directa española en el país norteamericano, hasta llegar a superar a la inversión directa de EEUU en España, siendo la segunda el noveno país inversor en la primera, donde está mejor posicionada que en la economía mundial.

Energía, finanzas, metalurgia, manufacturas, construcción, transporte e infraestructuras, entre otros sectores, han sido los protagonistas de la relación. En el medio plazo quizá un nuevo plan de infraestructuras estadounidense, aún poco detallado, pueda abrir novedosas oportunidades para las empresas españolas, tan bien situadas en este campo. La reciente reforma fiscal de EEUU, con una importante reducción del impuesto sobre sociedades, también puede renovar el atractivo de EEUU y atraer a más empresas españolas. Pero el futuro será, sin duda, del sector de la tecnología de la información y de la economía digital.

Sin embargo, también hay dudas y retos de cara al futuro en este ámbito. La política energética estadounidense, la asimetría regulatoria, los retos de la digitalización económica, las medidas proteccionistas, el protocolo sobre la doble imposición e incluso el cambio en las rutas de las cadenas productivas globales deberán tenerse en cuenta en las futuras relaciones económicas entre España y EEUU, tan estratégicas para la primera.

De lo federal a lo estadual

La incertidumbre que desprende la Administración de EEUU y el nuevo entorno estratégico afectará con mayor o menor intensidad a la relación exclusivamente bilateral entre Madrid y Washington. Pero quizá una de las posibles claves para suavizar su impacto pueda ser pasar del enfoque puramente federal al estadual.

Los estados de EEUU cuentan con una gran amplitud de competencias a pesar de la paulatina ampliación del alcance del gobierno federal. Incluso los estados pueden decidir no alinearse con los husos horarios que les corresponderían, como ocurre con Arizona. No hay que olvidar que la fortaleza del poder de los estados frente al poder federal está en el origen mismo de EEUU como país. Una buena prueba de ello es la10ª enmienda, que reserva a los estados y al pueblo aquellos poderes no cedidos al gobierno federal de forma expresa en la Constitución. Y la enmienda 11ª consagra la inmunidad soberana de los estados como otro rasgo del federalismo estadounidense: una soberanía que se traduce en un atributo tan fundamental como es la potestad tributaria. De hecho, los estados de EEUU tienen regímenes fiscales diferentes e incluso muy dispares entre sí. El Congreso, además, no puede saltarse la prohibición de obligar a los estados a implementar programas federales, ni tampoco poner bajo su control directo a los funcionarios públicos de los estados.

Muchos de los estados de EEUU son por sí mismos un país. Y de ahí la importancia de subrayar la visita de los Reyes a dos estados, uno de ellos Texas. Un estado republicano, con una economía que depende mucho de México con quien comparte frontera, y que registra una tasa de crecimiento anual acumulativo del 3%. Se prevé que su fuerte crecimiento continúe en las próximas décadas, fundamentalmente por el aumento de la producción de petróleo y del shale gas, a lo que hay que añadir la innovadora industria de la biotecnología y la de las telecomunicaciones. Es, además, uno de los mejores lugares del planeta para desarrollar start-ups, y el segundo estado del país en empleo tecnológico después de California.

Es un estado cada vez más urbano, con Houston, Dallas y San Antonio entre las ciudades más pobladas del país. Un estado también crecientemente diverso, con un elevado y creciente porcentaje de hispanos, y con ciudades como San Antonio, comprometidas con el Acuerdo sobre el Clima de París a pesar de la deriva de Washington.

Tal y cómo se ha podido comprobar en la visita real, Texas cuenta con una considerable presencia empresarial española en el ámbito bancario, en las energías renovables y en la gestión de autopistas, entre otros sectores. El mensaje de empezar a hacer énfasis en las relaciones con cada uno de los estados, empezando por Texas, debe empezar a cuajar.

Washington seguirá siendo clave para la agenda internacional, pero para la relación exclusivamente bilateral el enfoque debe comenzar a cambiar: en lo económico y en lo tecnológico, pero también en lo político, en lo cultural y en lo académico, los estados de EEUU deben ser la clave.

Carlota García Encina
Investigadora, Real Instituto Elcano
| @EncinaCharlie

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