África Subsahariana - Real Instituto Elcano Feeds Elcano Copyright (c), 2002-2018 Fundación Real Instituto Elcano Lotus Web Content Management <![CDATA[ España en el mundo en 2021: perspectivas y desafíos ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/policy-paper-espana-en-mundo-2021-perspectivas-desafios 2021-02-25T12:20:50Z

Novena edición del trabajo colectivo que elabora anualmente el Real Instituto Elcano para analizar la posición internacional de España durante 202, cuya coyuntura viene lógicamente marcada por la pandemia del COVID-19, y hacer balance de lo ocurrido durante el anterior.

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Ver también:

Resumen

Ésta es la novena edición del trabajo que elabora el equipo de investigadores del Real Instituto Elcano para analizar los principales rasgos del escenario internacional en el nuevo año y los desafíos a los que debe enfrentarse España durante 2021. La coyuntura viene lógicamente marcada por la pandemia y el análisis se centra en cómo su impacto afectará en los próximos meses a la posición internacional del país, a la Unión Europea (UE) y al resto del mundo. El documento arranca con un panorama general de la política exterior española donde destaca el propósito del Gobierno de impulsar, en un contexto de crisis sanitaria y económica y de fuerte polarización política interna, una nueva Estrategia de Acción Exterior. En esta primera sección también se analizan las cuestiones relativas a la presencia global de España, la gestión de la imagen del país y la diplomacia cultural.

A continuación, se examinan los efectos sobre España de las perspectivas económicas mundiales en sus distintas facetas (estímulos fiscales, estabilidad financiera, comercio, energía, demografía y dinámicas migratorias) y las principales amenazas a la seguridad. Esa dimensión está marcada por la rivalidad geopolítica dominante entre Estados Unidos (EEUU) y China, que entra en una nueva etapa por la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, e incluye el tratamiento de las cuestiones de defensa y del terrorismo yihadista. La tercera sección analiza el papel de España en los asuntos globales y en los foros de gobernanza multilateral, donde este año adquiere singular importancia la gestión de la salud pública y la transformación tecnológica, mientras la Agenda 2030 sirve de marco para articular los contenidos relativos a la cooperación al desarrollo, la acción climática, la promoción de los derechos humanos y la igualdad de género. En cuarto lugar, se examina el momento actual de la UE y sus esfuerzos para dar respuesta a la crisis junto a otros asuntos como la Conferencia sobre el futuro de Europa, la nueva relación con el Reino Unido o la rivalidad con Rusia. El documento realiza finalmente un repaso a los desafíos de la acción exterior española en los diferentes espacios regionales: EEUU, América Latina, Magreb y Oriente Medio, África Subsahariana y Asia–Pacífico, para cerrar con unas conclusiones.

Contenidos

Presentación: ¿qué podemos esperar de 2021?

  1. La acción exterior entre la pandemia y la renovación estratégica
  2. Perspectivas económicas y de seguridad
  3. España y los desafíos globales
  4. España y los desafíos europeos
  5. España y los desafíos regionales

Conclusiones

Presentación: ¿qué podemos esperar de 2021?

Por noveno año consecutivo, el Real Instituto Elcano publica un documento que examina las perspectivas y desafíos internacionales del nuevo año desde un enfoque español. Aunque estas palabras de presentación siempre han tenido un contenido institucional dominante, me ha gustado añadir también una breve reflexión de fondo sobre el año y de ahí la apostilla “¿qué podemos esperar?” que invariablemente he introducido en estas casi 10 ediciones de la serie. La cuestión es que, en 2021, más que esperar, desesperamos, y lo que hacemos es ansiar que termine la espera. Pocos sentimientos más nítidos y compartidos literalmente por todo el mundo que ese anhelo de recuperar cuanto antes la situación de relativa normalidad que la pandemia nos ha arrebatado. De volver, simplemente, a la situación de hace justo un año.

No obstante, y para demostrar que las sensaciones de desazón son siempre relativas, recuerdo que antes incluso de que el coronavirus fuese una noticia secundaria que los corresponsales de prensa en China mencionaban en la sección de internacional de periódicos o telediarios, ya pensábamos que vivíamos malos tiempos. En mi felicitación navideña que precedió al malhadado 2020, decía que todo a nuestro alrededor parecía desmoronarse. Quién podía pensar que las dos grandes democracias del mundo, el Reino Unido y EEUU, a las que he admirado siempre, estarían en la deplorable situación del Brexit o de una presidencia de Trump que parecía no tener fin. Que Francia ardía casi cada semana, que Italia no sabíamos por dónde caminaba, que América Latina se arrastraba desde el Rio Grande a la Patagonia entre revueltas populares y Estados fallidos, o casi. Y que aquí en casa, cuando creíamos por fin haber normalizado España (otro país europeo más, una democracia aburrida, como debe ser), resulta que sí, que éramos otro país europeo más, pero con todos sus problemas y pocas de sus soluciones. Europa no es ya la solución de nuestros problemas, como vaticinó Ortega, sino una más de nuestras cuitas.

A veces digo que el futuro no es lo que era, pero, como se ve, resulta que el pasado tampoco. Idealizamos la situación de hace tan solo 365 días, que no era en absoluto envidiable, y tal vez tendemos a exagerar los males presentes, sin reparar quizá en sus lados esperanzadores. Ya he advertido otros años en esta sección sobre esa tendencia a fijarnos solo en los aspectos negativos de la realidad mundial y no apreciar los avances o el simple transcurrir sin graves sobresaltos. Es un efecto del sesgo de los medios de comunicación. Good news is no news, las buenas noticias no venden aunque, como señalaba el viejo Hegel, los períodos felices de la humanidad carecen de historia, en ellos no pasa gran cosa. Justo al contrario de lo que ahora nos ocurre, anegados de noticias, usualmente no buenas. Una pequeña anécdota personal: cuando me llegan las noticias sobre España de la prensa extranjera, que elabora a diario el Real Instituto Elcano, casi las valoro al peso. Mucho peso, mucho papel, mala cosa.

Por supuesto que, para todas aquellas tragedias que ha supuesto la enfermedad, ese mal de muchos no es consuelo, y resulta casi frívolo querer sugerir tal cosa. No lo estoy haciendo. Sin duda, el COVID–19 quedará en nuestra memoria para siempre como un azote que nos arrebató muchas vidas, generó mucho dolor (todavía por estallar), agotó a sanitarios y servidores públicos, arruinó negocios, dificultó la educación e impidió a todos disfrutar de muchos abrazos. Pero sí quiero decir que, como analistas, siempre hay que sobreponerse a esa tentación (tan alimentada por las redes sociales) de explotar el miedo.

Ahora tenemos perspectiva para valorar que, sin perjuicio de los graves problemas que existían, tampoco estábamos tan terriblemente mal hace un año. Y estoy seguro de que pronto valoraremos también las luces que se encendieron mientras padecíamos la sombra generalizada de muertes, urgencias hospitalarias abarrotadas y confinamiento. Podemos fijarnos en la enorme vulnerabilidad que 2020 nos ha mostrado, pero también en el hecho de que la humanidad entera haya tomado conciencia de que se enfrentaba a una misma experiencia y que debía responder unida (algo que ni siquiera puede predicarse del otro gran desafío global que es el cambio climático). Y, entre otras alegrías que matizan la calamidad, hemos asistido al espectacular desarrollo tecnocientífico de la vacuna, celebrado el paso adelante en la integración europea y el final del Brexit y, sobre todo, respirado aliviados por el relevo en la Casa Blanca. Aquí en casa, aunque no puedo evitar la preocupación por un panorama tan polarizado y esa duradera tormenta perfecta de crisis económica, política y territorial, la calidad del sistema democrático inaugurado en 1978 encaja golpes, fuertes, pero resiste, pese a quien pese. Y nuestra política exterior, aunque también sufre por un contexto doméstico muy delicado, no se desvía de los parámetros estratégicos euroatlánticos.

Pues bien, nuestra voluntad con esta publicación es, una vez más, hacer esa mirada ponderada. Advertir peligros y debilidades. Pero también apuntar avances y fortalezas. Y, al mismo tiempo que se hace un repaso a los grandes temas del contexto internacional y europeo en el momento actual o que se explora cierta prospectiva sobre cómo evolucionará la agenda en el horizonte inmediato, introducir una mirada específicamente española. Dónde se coloca nuestro país en cada uno de los ejes temáticos y geográficos que examinamos; y qué es lo que podría hacerse para defender mejor, a corto, pero también a medio–largo plazo, nuestros intereses y valores. El equipo completo de investigadores, desde el campo de especialización de cada uno, bajo la coordinación de Ignacio Molina, pero conformando un producto coral, analiza todo eso de modo simultáneo y con el máximo rigor posible.

Un enfoque riguroso que es ya marca del Real Instituto Elcano y que no deja de proporcionar satisfacciones, incluso en un año tan complicado donde la mayor parte de nuestras actividades tuvieron que realizarse de modo virtual, sin que, por cierto, eso impidiese la visita presencial de SSMM los Reyes a final de mayo a la sede del Instituto, justo cuando acababa el estado de alarma, para analizar con expertos internacionales la situación de la pandemia en el mundo. Ahora que se van a cumplir 20 años desde nuestra fundación, es imposible no agradecer ese apoyo activo de quien durante todo este tiempo ha sido y es nuestro presidente de honor, primero como Príncipe de Asturias y luego como Rey Felipe VI. Un apoyo que tratamos de corresponder trabajando a favor de los intereses y valores de España en el mundo. Reflexionando con rigor e independencia intelectuales sobre los cambios que se están produciendo en el orden internacional, en el proceso de integración europea y en el papel que nuestro país puede y debe desempeñar en ambos.

El teletrabajo ha potenciado nuestra productividad con numerosas publicaciones y un sinfín de actos virtuales. La audiencia de nuestra producción ha aumentado significativamente. Las visitas a la web se han incrementado hasta superar los dos millones en 2020. Y las menciones en medios de comunicación se han casi duplicado hasta llegar a más de 4.000, destacando especialmente la presencia en medios de comunicación internacionales (casi la mitad de las totales). Además, 2020 nos ha traído la gran satisfacción de saber que el Real Instituto Elcano ha ascendido, al menos en lo que se refiere a reputación entre sus pares, al segundo puesto de think-tanks de Europa Occidental y al 11º del mundo de los dedicados a Política Exterior y Relaciones Internacionales, según el 2020 Global Go To Think Tanks Index (GGTTI) que elabora cada año la Universidad de Pensilvania. Un reconocimiento que debe servir como acicate e incentivo. No es verdad, y lo sabemos: no somos mejores que Chatham House o la alemana SWP, pero quizá podemos hacer que este vaticinio acabe siendo una profecía autocumplida.

Pero no nos paramos en los éxitos logrados. De cara a 2021, nuestro Plan de Actuación es más nutrido que nunca y está lógicamente marcado por el COVID–19 y el análisis de cómo afectará al devenir de nuestro país, de la UE y del resto del mundo. Abordaremos de manera prioritaria y transversal los esfuerzos que se deberán realizar desde España para aprovechar los recursos e iniciativas impulsados desde el ámbito europeo en respuesta a la crisis, y que ofrecen una oportunidad única para acelerar (y reorientar, al menos en algunos ámbitos) la imprescindible modernización económica, social e institucional de nuestro país. Este reto otorga mayor sentido, si cabe, al trabajo que ya veníamos impulsando sobre el ecosistema de influencia de España en la UE desde nuestra Oficina de Bruselas, que nos está permitiendo comprender mejor cómo se pueden moldear algunas de las grandes políticas europeas, como son las tecnológicas e industriales, o las centradas en la energía y el cambio climático, sin olvidar las que han adquirido un renovado protagonismo a raíz de la crisis, como las dedicadas a la dimensión social del proyecto europeo, las migraciones, la sanidad o la cooperación al desarrollo.

Por otro lado, seguiremos estudiando el papel que la UE puede desempeñar en el escenario internacional. La pandemia ha recrudecido la rivalidad entre EEUU y China, por lo que resulta obligado analizar el posicionamiento de la UE ante dicho fenómeno, sobre todo a la luz de la llegada de Joe Biden a la presidencia estadounidense que permite pensar en una relación transatlántica más equilibrada. A su vez, ello podría influir en el debate actualmente en curso sobre el futuro de la OTAN, al que también prestaremos atención. Y a las consecuencias de la rivalidad geopolítica entre Washington y Pekín para la relación de la Unión y sus Estados miembros con las distintas regiones relevantes para España, como América Latina, el Magreb, Asia–Pacífico y África Subsahariana (españoles por favor, volvamos a mirar al sur de una vez). A nivel global, la pandemia parece también haber acelerado algunas de las grandes tendencias que ya veníamos examinando, como la digitalización, la desinformación, el proteccionismo, las debilidades de la gobernanza multilateral y la dualización de nuestras sociedades (globalizados versus territorializados) generando mayor desigualdad e incluso pobreza absoluta.

Por supuesto, la crisis sanitaria, económica y geopolítica derivada del virus no puede hacernos perder de vista otras temáticas importantes no directamente relacionadas, como el terrorismo yihadista, la agresividad de Rusia o el Brexit. Por último, cabe mencionar que inauguraremos una nueva línea de trabajo sobre el papel de las ciudades globales, como Madrid o Barcelona, en el orden internacional, aprovechando la reciente incorporación del Ayuntamiento de Madrid a nuestro Patronato. Seguimos cansinamente pensando el mundo como un orden de Estados (eso nos dicen las estadísticas), como si fueran mónadas auto–subsistentes, cuando la globalización muestra que la estructura profunda del mundo –el verdadero deep state– es un orden de flujos societarios entre grandes (ya inmensas y crecientes) áreas metropolitanas. El mundo futuro, al menos su infraestructura, puede que sea más de las áreas metropolitanas que de los Estados.

Antes de terminar, no puedo obviar una nota personal porque estas palabras, que son de presentación, también tienen que servir de despedida. Son las últimas en mi calidad de presidente y quiero aprovechar para expresar mi satisfacción y gratitud a toda la comunidad que conforma el Real Instituto Elcano por estos nueve años. Al Patronato y su Comisión Ejecutiva, a los miembros del Consejo Científico, al vicepresidente y al director, y por supuesto a todo el equipo humano que ha hecho posible tanto logro. Creo poder afirmar que el Instituto está hoy consolidado. En la parte investigadora, lo demuestra la ambición de los proyectos, el impresionante y creciente número de publicaciones, el plantel de brillantes investigadores (que es multidisciplinar y roza la igualdad de género), las numerosas actividades desarrolladas, o los 24 Grupos de Trabajo que funcionan en la actualidad (integrados por un conjunto de 800 especialistas). En la parte institucional, destaca un Manual de Transparencia y Buenas Prácticas cuyos contenidos se respetan, una participación en las más importantes redes internacionales de think-tanks, o una financiación sólida y diversificada (17% de patronos públicos, 66% de privados y un 17% de otras fuentes, incluyendo proyectos competitivos) que nos otorga estabilidad y autonomía. Pero todavía queda mucho margen para la mejora y estoy seguro de que el nuevo presidente, José Juan Ruiz, liderará nuevos progresos. Desde aquí le deseo la mejor de las suertes y mi total colaboración desde el Patronato.

Y les dejo ya con la lectura del trabajo. Verán que en 2021 el protagonismo seguirá siendo de la pandemia o, más rigurosamente, de su impacto. Hace unos meses reflexionaba sobre las consecuencias duraderas que tendrá, no sólo en el ámbito sanitario o económico sino también en el social y político. Y expresaba mi temor de que ahora se impusiera el instinto de buscar refugio en lo conocido, en la tribu, la nación, la religión, las comunidades “naturales”, para intentar blindarse, en paradójica negación de la indiscutible experiencia cosmopolita que se ha vivido. Pues sociedad tras sociedad, y ante el miedo y la incertidumbre hemos buscado refugio envolviéndonos como caracoles asustados en una doble concha institucional: las familias y los hogares, de una parte y, sobre todo, los Estados, que salen enormemente fortalecidos de la pandemia.

En las relaciones internacionales ya hemos asistido a algo de eso y ni siquiera el área Schengen ha resistido el cierre de fronteras. A corto plazo, a pesar del esfuerzo contra la enfermedad que ha compartido toda la humanidad, no ha avanzado el multilateralismo y ni siquiera la globalización, sino que más bien se han reforzado fronteras y Estados. La pandemia primero, y la crisis económica después, están generando una poderosa re–estatalizacion, justo cuando, a consecuencia de la globalización, parecían estar perdiendo protagonismo, y que está siendo aprovechada por los malos para una verdadero “asalto a la democracia”, como ha denunciado Freedom House en su informe La democracia confinada.

No tenemos aún perspectiva para saber si esa tendencia de regreso al pasado, a una Westfalia global, y al particularismo se confirmará. Si a partir de ahora tendremos más populismos, nacionalismos y conflictividad, o si la gobernanza europea y global saldrá vencedora. Sólo tengo la certeza de que España debe recobrar la mirada que la sacó del ensimismamiento y la lanzó a los 40 años mejores de nuestra historia tras la Constitución de 1978. De una parte, mirar afuera, al mundo, a Europa y más allá (al sur), abandonando tentaciones endogámicas y particularistas. Y de otra, mirar más al futuro que al pasado, para abordar los problemas de nuestros hijos y nietos antes de las querellas de los abuelos. Pues, de momento, les dejamos a los jóvenes una terrible herencia de duda pública.

Pero aunque todo puede empeorar indefinidamente, y a veces ocurre, no tiene por qué ser así. Es más, depende de nosotros evitarlo.

Emilio Lamo de Espinosa
Presidente del Real Instituto Elcano
| @EmilioLamo

Conclusiones

Pocos años han suscitado tantas esperanzas como el que empezamos hace unas semanas. 2020 se ha instalado ya en el imaginario colectivo como una cifra maldita y hay ganas de superarlo, aunque es obvio que un pésimo balance anual en absoluto garantiza que el siguiente ejercicio vaya a ser mejor. Los historiadores podemos dar cuenta de muchos casos de expectativas frustradas en el pasado y, por tanto, sabemos bien que los acontecimientos no se detienen ni transforman por el mero hecho de haber cambiado de almanaque en la pared. Cuando acababa 1914 y los europeos pensaban en el año tan desagradable que dejaban atrás, tras la decisión alemana de romper las hostilidades atacando rápidamente a Francia en verano para golpear luego a Rusia, todos imaginaban que la tragedia sería corta (como tantas otras que habían ocurrido en el viejo continente durante el siglo XIX) y deseaban superar cuanto antes el conflicto con no demasiadas muertes y los consabidos reequilibrios diplomáticos. Pero la “guerra de movimientos” fracasó y al arrancar 1915 todavía quedaban casi cuatro años más de pesadilla en las trincheras y de ampliación del número de beligerantes por prácticamente todo el mundo. Es más, como bien sabemos, a la desdicha de la Gran Guerra se le sumó una mortífera pandemia (infaustamente conocida como “Gripe Española”) que duró de marzo de 1918 a abril de 1920, y dejó casi 50 millones de muertes adicionales.

No conviene, pues, pecar de optimistas, aunque tampoco hay que caer en el pesimismo que podría dejar traslucir el párrafo anterior y creer que estamos condenados a un período largo de desgracias como las que vivieron nuestros antepasados hace un siglo. El comienzo de un nuevo año no conlleva ninguna magia sanadora, pero sí es momento oportuno para hacer un balance reposado del anterior, un análisis equilibrado de dónde estamos y una proyección razonada de lo que nos espera a partir de ahora. No sirve para conjurar los males, pero sí permite prepararse para el inmediato futuro, deslizando junto al análisis objetivo de los hechos algunos elementos prescriptivos que permitan mejorar la capacidad de respuesta. Contribuir a ello es el objetivo de este ejercicio. Solo intentarlo, en momentos tan complicados de desazón, ya hace que valga la pena. Un ejercicio de coyuntura y prospectiva sobre la acción exterior de España que venimos desarrollando desde hace casi 10 años con un elevado grado de acierto en las predicciones.

Es verdad que decimos eso con mucha cautela porque los pronósticos son siempre arriesgados y hay que tener la modestia para reconocer que, si la edición del año pasado se hubiese publicado en febrero en vez de en marzo, habríamos sido incapaces de adivinar el extraordinario y terrible impacto del coronavirus en lo que quedaba de año. Baste recordar que en enero de 2020 se aventuraba un año tranquilo, de tregua olímpica y relativa bonanza económica global. Había razones para esperar que las relaciones EEUU-China disfrutasen una distensión temporal, que la nueva legislatura en la UE alcanzase con cierta calma su velocidad de crucero tras resolver el Brexit, y que nuestra diplomacia pudiera aprovechar el tiempo perdido después de un 2019 con el Gobierno en funciones. La realidad fue la contraria: un desplome brutal de la prosperidad mundial, un deterioro generalizado del multilateralismo en la gobernanza de la salud, los intercambios comerciales, los flujos migratorios o la convivencia cultural (incluyendo el simbólico aplazamiento de los Juegos de Tokio), una exacerbación de las tensiones Washington-Pekín, ni un instante de tranquilidad para las instituciones europeas y una acción exterior española sometida de modo súbito a enormes desafíos: fronteras, turismo, acción consular, reputación y la crucial negociación en Bruselas de un plan de recuperación.

No obstante, me alegra constatar que, una vez que el COVID–19 apareció en nuestras vidas, el equipo Elcano fue capaz de apuntar muy rápidamente a unos escenarios que requieren poca enmienda once meses después. Y todavía es más grato recalcar que los escenarios que entonces dibujábamos no sucumbían al catastrofismo y señalaban algunos desarrollos positivos que podría traer la pandemia y que se han confirmado. Merece citarse la previsión de que la enfermedad podría ayudar a tomar más conciencia de nuestra fragilidad y facilitar consensos en la acción climática y otros aspectos de la Agenda 2030, incluyendo por supuesto los necesarios esfuerzos sanitarios compartidos. También se auguraba un paso adelante en el proceso de integración que se ha producido tanto ad intra, con esa apuesta ambiciosa por el fondo Next Generation EU, como externamente, tomando por fin en serio el debate sobre la autonomía estratégica en el terreno tecnológico, industrial y de la seguridad. Y en esta misma sección de conclusiones se acariciaba la derrota electoral de Donald Trump evocando a un posible nuevo presidente que volviera a querer proyectar a EEUU como a city upon a Hill, y a ser respetado por sus aliados como antaño.

Este es un producto coral que, sobre todo, pretende asociar los acontecimientos europeos y mundiales con la posición de España. Con la doble necesidad de conectar mejor lo externo con los desarrollos domésticos y de proyectar más nuestro país hacia fuera. Como dijimos hace un año, la urgencia de derrotar la pandemia no debe hacer perder de vista que nuestro país también tiene la obligación de comparecer en los debates y procesos de decisión sobre la globalización, la UE y las demás regiones que nos importan, empezando por América Latina y el norte de África. Y que hace falta abordar con rigor la necesidad de mejorar la capacidad española para moldear las relaciones internacionales y el futuro de Europa de acuerdo con nuestros intereses nacionales y los valores mayoritariamente compartidos. En ese sentido, es satisfactorio observar que, pese a las terribles exigencias del corto plazo, el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación acaba de renovar la programación estratégica de la acción exterior.

Desde su autonomía intelectual, el Real Instituto Elcano procura contribuir a hacer posible una España más internacionalizada y un mundo más español. Cumplimos ahora 20 años en ese empeño, que además coinciden, como recordaba hace poco nuestro presidente de honor, SM el Rey, en su reciente recepción al Cuerpo Diplomático acreditado en España, con el quinto centenario de la gesta de Juan Sebastián Elcano surcando los océanos de los cinco continentes. Números redondos para las efemérides que, ya que no está el contexto para celebraciones festivas, sí deben al menos servir para conmemorar que la trayectoria navegando por el mundo ya es larga. En el caso del Instituto, este año no puedo evitar una mención al presidente saliente, Emilio Lamo de Espinosa, que contribuyó a fundarlo como primer director y entre otras muchas aportaciones, lanzó esta serie anual.

Comienza ahora una nueva etapa donde solo cabe renovar nuestro compromiso de seguir contribuyendo (con análisis, valoraciones y recomendaciones) a una conversación colectiva y enriquecedora. Con el Gobierno, pero también con el conjunto de las fuerzas políticas representadas en las Cortes, con las empresas del patronato y con los demás actores sociales, con el mundo académico y, por supuesto, con el conjunto de la ciudadanía individual. Queremos ayudar a estar mejor informados y preparados para nuevos retos. Si son oportunidades, para aprovecharlas, y si son otros infortunios, para superarlos cuanto antes. Al fin y al cabo, en la Primera Guerra Mundial ganó quien fue más capaz de resistir.

Charles Powell
Director del Real Instituto Elcano
| @CharlesTPowell

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<![CDATA[ El mundo tras la tormenta: como un caracol dentro de su concha… ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt22-2020-lamodeespinosa-el-mundo-tras-la-tormenta-como-un-caracol-dentro-de-su-concha 2020-11-20T01:00:06Z

Este documento de trabajo trata de abordar un análisis transversal de los efectos de la pandemia, antes de intentar territorializar esos efectos en un análisis geopolítico, todo ello desde la perspectiva de las consecuencias y enseñanzas de la pandemia.

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Índice

(1) Un comentario inicial: desprevenidos pero avisados – 3

(2) Solidaridad global frente a vulnerabilidad – 5

(3) Como un caracol en su concha: la familia y el Estado – 6

(4) Con cuatro consecuencias en el medio plazo – 9
(4.1) Crisis económica – 10
(4.2) Digitalización – 10
(4.3) Desglobalización limitada – 11
(4.4) Desigualdad y pobreza – 14

(5) Y una poderosa aceleración geopolítica – 16

A finales del año 2019 apareció en Wuhan, una inmensa ciudad china hasta entonces casi desconocida en Europa (pero de más de 10 millones de habitantes y donde se habían instalado 300 de las mayores empresas del mundo), un nuevo virus de la familia de los coronavirus, bautizado como COVID-19 , que pronto se extendió por toda China, después por Asia, y llegó a Europa a comienzos de 2020, para saltar posteriormente a América y África. Cuando escribo estas líneas no ha terminado su expansión futura, que dependerá de dos variables: encontrar medicación adecuada y/o la vacuna, que pueden retrasarse meses.

Nada nuevo. Ha habido muchas zoonosis en el pasado, y habrá otras en el futuro.

En todo caso, un millón y medio de muertes sobre unos 7.000 millones de habitantes del planeta. Para poder comparar, la gripe española de 1918 causó unas 50 millones de muertes y anualmente mueren en el mundo más de 17 millones de personas por enfermedades cardiovasculares, 9 millones de cáncer, casi 4 millones de enfermedades respiratorias y 1,5 millones a causa de accidentes de tráfico.

Este documento de trabajo trata de abordar, primero, un análisis transversal de los efectos de la pandemia –un análisis institucional–, antes de intentar territorializar esos efectos en un análisis geopolítico, todo ello desde la perspectiva de las consecuencias y enseñanzas de la pandemia.

(1) Un comentario inicial: desprevenidos pero avisados

Para comenzar hay que destacar que se trata de una experiencia nueva que el mundo no había sufrido desde la gran gripe llamada “española”, experiencia que ha succionado sociedad tras sociedad como un agujero negro, y que no sabemos bien ni cuándo nos liberará ni en qué condiciones lo hará. Miles de millones de personas encerradas en sus casas, calles vacías, universidades, escuelas, teatros, calles y aeropuertos desérticos, como en una pesadilla distópica. Una catástrofe sanitaria que ha obligado a un confinamiento y paralización total durante semanas (la “Gran Pausa”) y que trae consigo una crisis económica global nunca vista, con caídas del PIB superiores al 10%, que sin duda será seguida después por otra crisis social e, inevitablemente, política, de un alcance actualmente difícil de prever. Condiciones, pues, en las que es no ya difícil, sino inútil, hacer previsiones de futuro y menos un pronóstico o una terapia; incertidumbre radical o incertidumbre “knightiana” (identificada en 1921 por Frank H. Knight)1 la llaman los economistas.

Pero es importante señalar que en absoluto se trata de un evento inesperado. Al contrario, y por ello, Nassim Taleb considera que el COVID-19 no es un cisne negro, porque era previsible.2 Epidemiólogos y expertos en sanidad pública, organismos internacionales como la OMS, think tanks y analistas de la globalización, y todas las estrategias de seguridad nacional de los países, advertían de la pandemia como un riesgo sistémico global, a la par con el cambio climático. Así, por ejemplo, la española Estrategia de Seguridad Nacional (de 2017) señalaba entre los desafíos a tratar “la inestabilidad económica, la vulnerabilidad energética, los movimientos migratorios, las emergencias y catástrofes, las epidemias y pandemias y el cambio climático”. Y añadía acertadamente:

“España, un país que recibe más de 75 millones de turistas al año, con puertos y aeropuertos que se cuentan entre los de mayor tráfico del mundo, un clima que favorece cada vez más la extensión de vectores de enfermedades, con una población envejecida y una situación geopolítica polarizada, no está exenta de amenazas y desafíos asociadas a enfermedades infecciosas, tanto naturales como intencionadas.”

Como es evidente ahora, un análisis más que acertado y preciso. Y esta es la primera enseñanza de la pandemia del COVID-19: que se menosprecia a los expertos. Se sabía y se esperaba, pero no nos preparamos pues no planificamos, ni para el largo plazo (como el cambio climático) ni para lo poco probable (aunque seguro) como son como las zoonosis.3

Como ocurre con el cambio climático, se hace pues imprescindible generar, en el marco de la OMS, un sistema internacional de vigilancia y control más sensible que el actual, que disponga de un stock de material sanitario y/o de una red actualizada de proveedores que pueda activarse a corto plazo. La siguiente pandemia no debería coger desprevenida a la humanidad.

¿Qué consecuencias puede tener esta pandemia? A pesar de las enormes dificultades, debemos intentar otear el futuro (o al menos el presente) y algo sensato sí se puede decir. Y, como siempre, tenemos dos escuelas sobre las consecuencias de la pandemia.

Para algunos, nada será igual tras la pandemia (por ejemplo, J. Gray y H. Kissinger), que se percibe como un game changer radical. Otros, más escépticos o prudentes, aseguran que se trata más bien de un acelerador de tendencias ya existentes, un catalizador (por ejemplo, Richard Haas y Josep Borrell). Parece que las dos cosas al tiempo: un acelerador de tendencias ya existentes, pero que nos lleva a un mundo en buena parte nuevo. Es cierto que la historia tiene una fuerte dependencia de senda, y nadie puede librarse de la mochila de su pasado, ni los individuos ni las sociedades. Pero el cambio salta de la cantidad a la calidad, y la prolongación de la pandemia está haciendo aflorar escenarios nuevos por mucho que lleven décadas gestándose.

Y puede –es una hipótesis, sólo algo más que una conjetura– que a la larga los efectos de la pandemia sean mayores en el ámbito micro, de la vida cotidiana, que en el macro, en la vida de los Estados y los países. Pues efectivamente –como veremos– tanto el teletrabajo como la digitalización en general están cambiando hábitos y rutinas cotidianas, desde el modo de consumir o disfrutar del ocio a las culturas empresariales, los modos de hacer negocios o de relacionarse, los viajes y los transportes urbanos, las pautas residenciales, la educación en todos sus niveles e incluso en la mayor informalidad en el vestir. En qué medida estos nuevos hábitos persistirán cuando acabe la pandemia es hoy discutible, pero no parece irrazonable sospechar que muchos han llegado para quedarse, y se están arraigando con profundidad.

Pero nos interesa hoy más lo que está ocurriendo en el ámbito macro, y aquí la continuidad se manifiesta de entrada en que las consecuencias del COVID-19 se solapan sobre las consecuencias aun no resueltas de la Gran Recesión de 2008. Como ha escrito Roubini,

“Después de la crisis financiera de 2007-09, los desequilibrios y los riesgos que prevalecen en la economía mundial se vieron exacerbados por errores de política… los gobiernos en su mayoría patearon la lata en el futuro, creando importantes riesgos a la baja que hicieron inevitable otra crisis. Y ahora que ha llegado, los riesgos son cada vez más agudos.”4

Es decir, si esta crisis es tan determinante es porque, en realidad, no habíamos superado aún la anterior y, más en concreto, el alto endeudamiento que generó. Volveremos sobre esto, pero conviene no olvidar que esta crisis sanitaria viene a reforzar la crisis económica de 2008 de la que el mundo (al menos muchos países, y sin duda España) no se había recobrado aún.

(Descargar PDF para leer todo el documento)

Emilio Lamo de Espinosa
Catedrático emérito de Sociología (UCM) y presidente del Real Instituto Elcano | @PresidenteRIE


1 Frank H. Knight (1921), Risk, Uncertainty and Profit, Houghton Mifflin Company, Boston y Nueva York.

2 “El cisne blanco del coronavirus era previsible”, entrevista a N. Taleb, en Bloomberg, 31/III/2020.

3 Ya en 2019, en el blog que mantenían Gary Becker y Richard Posner, se discutieron los riesgos y las consecuencias económicas de una posible pandemia global. Puede verse en https://www.becker-posner-blog.com/2009/05/the-economics-of-the-flu-epidemic--posner.html.

4 Nouriel Roubini (2020), The Coming Greater Depression of the 2020s, Project Syndicate, 28/IV/2020.

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<![CDATA[ La empresa española en África Subsahariana: estrategias, experiencias y riesgos ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/policy-paper-empresa-espanola-en-africa-subsahariana-estrategias-experiencias-y-riesgos 2020-11-11T04:08:51Z

El informe pretende poner de relevancia las estrategias, riesgos reales y percibidos, y perspectivas de las empresas españolas que ya realizan negocios en los mercados africanos y que contribuyen a entender la importancia estratégica y potencial del continente.

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Ver también:

Contenidos

Introducción – 5

Sumario ejecutivo – 7

1. Diagnóstico de las relaciones económicas España-África – 11

2. África en los indicadores de riesgo empresarial – 19

3. Percepciones de riesgo de negocio en África – 23

4. Obstáculos para los negocios – 27

5. Estrategias de internacionalización: sabiduría colectiva – 39

6. Conclusiones y recomendaciones – 43

Agradecimientos – 45

Referencias bibliográficas – 47

Anexo I. Notas metodológicas del cuestionario – 49

Anexo II. Contenido del cuestionario – 51

Introducción

Un primer diagnóstico rápido, pero incompleto, puede llevar a considerar el continente africano como de escasa relevancia en las relaciones económicas internacionales españolas. Si bien es cierto que los volúmenes relativos de comercio e inversiones entre España y los países africanos son reducidos, también lo es que el número de empresas que invierte en los mercados africanos, así como las exportaciones españolas de mercancías, aumentan progresivamente en la última década, y deberían seguir aumentando en el futuro.

Para muchas empresas españolas, África es todavía una región de atractivo económico menor. La falta de experiencia de negocio en los países africanos puede contribuir a explicar esta realidad, pero es probable, además, que la percepción de mayor riesgo que se tiene de los mercados africanos, frente a otros destinos más tradicionales, explique en buena medida este menor interés de la empresa española en el continente.

Este informe pretende poner de relevancia las estrategias, riesgos reales y percibidos y perspectivas de las empresas españolas que ya realizan negocios en los mercados africanos y que, por tanto, contribuyen a entender la importancia estratégica y potencial del continente. También pretende analizar las perspectivas de riesgo y de negocio de las empresas que aún no han tenido experiencia en mercados africanos.

Para ello, se realiza un primer diagnóstico de tendencias favorables y desfavorables de las relaciones comerciales y de inversión entre España y África. A continuación, se analizan diferentes indicadores objetivos de riesgo empresarial, para determinar el nivel de riesgo de los negocios en mercados africanos en comparativa con otras regiones. La siguiente sección recoge las percepciones de riesgo de las empresas españolas, a través de una encuesta realizada a empresas españolas –con y sin negocio– en países africanos. A continuación, se exponen las diferentes aproximaciones estratégicas y recomendaciones de la empresa española en los mercados africanos. El último apartado concluye con algunas recomendaciones y conclusiones sobre las experiencias de las empresas analizadas. También se incluyen algunas reflexiones sobre el coste de oportunidad de no aprovechar el potencial de estos mercados, en los que la percepción de riesgo –erróneamente generalizado como muy alto para todo el continente– puede socavar los esfuerzos institucionales de reforzar los lazos económicos con África.

Sumario ejecutivo

Un primer diagnóstico rápido, pero incompleto, puede llevar a considerar el continente africano como de escasa relevancia en las relaciones económicas internacionales españolas. Sin embargo, este análisis esconde algunos cambios en las tendencias tradicionales de la exportación española de los últimos años y una importancia creciente de los países africanos en términos sectoriales, exportadores y de inversión.

Las exportaciones de mercancías de España con destino África han mostrado una evolución positiva y creciente en los últimos 10 años y un número importante de países africanos ha más que duplicado sus compras a España en la última década. Respecto a la inversión, a pesar de la escasa importancia relativa, España se sitúa como 10º país inversor en el ranking por proyectos en África.

Por otro lado, si bien es cierto que la exportación española de servicios hacia África no acaba de despegar –como ha sucedido hacia otras regiones del mundo– gracias a los flujos de comercio y las tendencias exportadoras de mercancías, el continente se posiciona paulatinamente como mercado relevante en la internacionalización empresarial española.

Impulsar el aprovechamiento de las oportunidades que ofrecen algunos mercados africanos no es sólo potencialmente ventajoso para las empresas españolas, sino que es además una necesidad estratégica para poder diversificar los mercados exteriores de España, excesivamente concentrados en Europa. El papel del sector exterior para la recuperación en momentos de ciclo económico débil es cada vez más relevante, por lo que poner la atención de mercados de mayor crecimiento, como los africanos, es parte de esta lógica que ya han adoptado otros países y empresas del mundo.

Las oportunidades más claras de los mercados africanos son: (1) su población y urbanización creciente; (2) su crecimiento en renta per cápita y clase media; (3) su progresiva industrialización; (4) el impulso africano en potenciar sus infraestructuras; (5) el interés en explotar sus recursos de forma eficiente; y (6) la creciente conectividad de la población africana. Estos factores nos ayudan a entender que las empresas españolas, muy competitivas en algunos de los sectores relacionados con estas oportunidades de negocio, no pueden quedar al margen de la atracción económica que despierta África en el resto del mundo.

Sin embargo, a pesar de estas oportunidades, y analizando los diferentes indicadores de riesgo, este informe no puede afirmar que los países africanos sean mercados sencillos para los negocios. Sin embargo, sí se constatan importantes diferencias en los niveles de riesgos entre países africanos, que presentan similar riesgo –o incluso menor– al de otros países latinoamericanos y asiáticos. Aun así, obviando la heterogeneidad continental, las empresas españolas mantienen todavía una percepción de riesgo muy elevado para el continente en su conjunto. Generalizar el nivel de riesgos de negocios como alto en los países africanos sería un error, a la vista de la heterogeneidad de los resultados de los diferentes indicadores de riesgo.

En esta línea, es fundamental resaltar que los resultados del análisis realizado en este informe muestran que la percepción de riesgo elevado de hacer negocios disminuye, no obstante, de manera significativa entre las empresas españolas que ya tienen negocios con los mercados africanos, en comparación con las empresas que no los tienen. Es posible deducir entonces que las mayores percepciones de riesgo se deben a la falta de experiencia –y por tanto conocimiento– de la empresa española sobre África. Por ello, parece necesario potenciar el acercamiento entre empresas y reducir la visión estereotipada del continente africano desde una perspectiva realista, que no infravalore los obstáculos encontrados en estos mercados.

La administración española no puede jugar un papel definitivo en la solución de los principales obstáculos señalados por las empresas que tienen que ver con el país de destino, como la burocracia y otras barreras administrativas, los problemas de cobros y pagos o la corrupción. Sin embargo, algunas acciones de la administración si serían importantes en esta línea, como el asesoramiento reforzado sobre estas barreras y la mayor cobertura de los riesgos, sobre todo teniendo en cuenta la falta de recursos financieros propios, que apuntan como obstáculo muy importante más de la mitad de las empresas del estudio, en su mayoría pymes.

La dificultad para encontrar talento en el país de destino, una barrera a los negocios que han señalado como importante el 52% de las empresas analizadas, abre las puertas a una posible vía de colaboración formativa entre las empresas y los países africanos mediante becas o contratos en prácticas. Estas acciones permitirían aprovechar las oportunidades del talento local, y darían a las empresas españolas un mejor conocimiento del entorno.

La “sabiduría colectiva” que aportan las recomendaciones estratégicas de las empresas con experiencia africana que recoge este informe de forma detallada, resaltan en general la importancia de estudiar muy bien el país y contar con socios locales que faciliten los cobros y la canalización del negocio. Por otro lado, tener paciencia y constancia es una recomendación muy repetida. El cobro por adelantado o incluso presentarse a proyectos con financiación de instituciones internacionales son algunas de las recomendaciones apuntadas para solventar uno de los riesgos más importantes de las operaciones internacionales no sólo en África, sino en otras partes del mundo. El probable incremento de la financiación europea para proyectos e inversiones en países africanos debería ser aprovechado por las empresas españolas, y para ello la administración española tiene la oportunidad de identificar las dificultades de acceso para fortalecer las opciones a estos fondos.

Los esfuerzos realizados por la administración española, Ministerio de Asuntos Exteriores y Ministerio de Industria, Comercio y Turismo (mediante el III Plan África y la reciente estrategia comercial y financiera “Horizonte África”) y los diferentes documentos y comunicaciones de las asociaciones empresariales (como el Club de Exportadores o la CEOE), muestran que tanto las empresas como la política exterior española están alineadas en la necesidad y oportunidad de reforzar la presencia de España en el continente africano.

En un contexto desfavorable –al menos a corto y medio plazo– por la pandemia del COVID-19 (con un impacto sanitario menor de lo esperado, pero que ha hundido el crecimiento económico de los países africanos), la percepción de riesgo que penaliza de forma generalizada a todos los países casi por igual puede ser una cortapisa a los esfuerzos institucionales y financieros que se realicen para fomentar las relaciones económicas con el continente.

Finamente, hay que resaltar el coste de oportunidad que supone no tomar posiciones en los mercados africanos, que, aunque no exentos de riesgos, son de entre los más dinámicos y de mayor potencial del mundo. Este supone perder un espacio que será ocupado por otros, y que será difícilmente recuperado en el futuro.

Ainhoa Marín Egoscozábal
Investigadora principal del Real Instituto Elcano
| @ainhoamarine

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<![CDATA[ Claves del impacto económico del coronavirus en África ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari44-2020-marin-claves-del-impacto-economico-del-coronavirus-en-africa 2020-04-14T06:04:47Z

La expansión del COVID-19 en el continente africano en general, y en África Subsahariana en particular, tendrá efectos económicos sin precedentes.

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Tema

La expansión del COVID-19 en el continente africano en general, y en África Subsahariana en particular, tendrá efectos económicos sin precedentes. Los países africanos están tomando medidas sanitarias y económicas anticipadas, pero los vectores económicos de impacto de la pandemia son poderosos.

Resumen

Acostumbrada a ser foco de enfermedades endémicas y brotes epidémicos, África parecía permanecer a salvo del coronavirus al inicio del año. Sin embargo, el panorama ha cambiado rápidamente en semanas y con casos ya confirmados en casi todos los países africanos, el coronavirus se expande por el continente. De momento se estima que el mayor impacto se podría dar sobre las economías exportadoras de petróleo, pero otros factores, como la caída de las remesas y los ingresos del turismo, y el descenso del comercio y de la inversión, entre otros factores, afectarán a la totalidad de países africanos. La balanza de consecuencias de la pandemia se inclina, además, desfavorablemente hacia la población africana más vulnerable. Es una circunstancia desafortunada porque 2020 marcaba el inicio de una década de altas expectativas para el continente y la continuidad del ciclo económico expansivo.

Análisis

Situación actual de la epidemia en África

Aunque con semanas de retraso, la pandemia del coronavirus se ha extendido rápidamente por el continente africano. Actualmente (a 7 de abril de 2020), los cuatro países con más casos comunicados son Sudáfrica (1.686), Argelia (1.423), Egipto (1.322) y Marruecos (1.141) y sólo quedan dos países que no hayan comunicado casos de contagio (todavía): Lesoto y las islas Comoras. Teniendo en cuenta la disparidad poblacional africana, con países de 200 millones de habitantes (como Nigeria) frente a países de menos de un millón (como, por ejemplo, Cabo Verde) una mirada al número de casos por cada millón de habitantes nos proporciona una dimensión diferente de los afectados por la pandemia (o quizá de los mejores preparados en términos de detección del virus), situando a islas Mauricio, Seychelles, Yibuti y Túnez a la cabeza de casos comunicados (Figura 2).

Figura 1. Casos confirmados de COVID-19 en África, 5/IV/2020
Figura 1. Casos confirmados de COVID-19 en África, 5/IV/2020. Fuente: elaboración propia a partir de Johns Hopkins University
Fuente: elaboración propia a partir de Johns Hopkins University.

 

Figura 2. Casos confirmados de COVID-19 por millón de habitantes, 5/IV/2020
Figura 2. Casos confirmados de COVID-19 por millón de habitantes, 5/IV/2020. Fuente: elaboración propia a partir de Johns Hopkins University
Fuente: elaboración propia a partir de Johns Hopkins University.

Se comenta con frecuencia que entre los factores que pueden jugar a favor de los países africanos destaca el contar con una población mayoritariamente joven, que según los patrones del comportamiento en otras regiones es menos vulnerable al coronavirus. Se otorga además a África una ventaja de partida por la mayor experiencia en gestión de epidemias. Sin embargo, buena parte de la población africana cuenta con patologías previas (malaria, tuberculosis o VIH, por ejemplo) y otros condicionantes (como la malnutrición, los campos de refugiados y el acceso al agua). Es cierto igualmente que el tiempo de anticipación y de preparación frente a la pandemia ha sido mayor para los países africanos, pero también lo es que las infraestructuras sanitarias de los países son muy deficientes. Incluso en los países mejor preparados, como es el caso de Sudáfrica, y a pesar del confinamiento decretado por el presidente Cyril Ramaphosa el pasado 23 de marzo, el sistema sanitario se encuentra bajo amenaza de colapso.

Previsiones para el continente y vectores de impacto: ¿el trienio perdido?

En marzo, la Comisión Económica para África de Naciones Unidas (UNECA) apuntó una caída del crecimiento económico africano del 3,2% al 1,8% para el año 2020 a consecuencia de la pandemia. El 22 de marzo, en la petición de emergencia firmada por los ministros de finanzas africanos y dirigida a la Comunidad Internacional, se decía además que sobre la base de los resultados de pronósticos ya realizados sobre una selección de países (Marruecos, Senegal, Etiopía, Sudáfrica, Ghana y Costa de Marfil, entre otros), en el escenario más optimista los países africanos reducirían entre 2 y 3 puntos porcentuales el crecimiento de su Producto Interior Bruto (PIB) en 2020. En algunos de los estudios realizados, se pronosticaron caídas más duras, de tasas negativas de hasta dos dígitos, sobre todo para los países africanos exportadores de petróleo.

Estos pronósticos vienen a frenar abruptamente la senda de crecimiento económico en la que se encontraban la mayoría de países africanos. Es más, durante el año 2019, varias economías africanas habían despuntado como las de mayor crecimiento económico del mundo (Figura 3).

Figura 3. Top-10 del crecimiento mundial en 2019
  Variación % del PIB
Dominica 9,4
Sudan del Sur 7,9
Ruanda 7,8
Bangladesh 7,8
Costa de Marfil 7,5
Ghana 7,4
Etiopía 7,4
Nepal 7,0
Camboya 6,9
Mauritania 6,6
Media mundial 2,4
Fuente: elaboración propia a partir de FMI-WEO.

Al igual que la década de los años 80 fue considerada para África la “década perdida” por el deterioro de las economías y de la calidad de vida de los africanos, África podría afrontar de nuevo ahora un período varios años perdidos. Es pronto para anticipar la duración, pero es posible afirmar que antes de dos o tres años sería complicada la recuperación de los niveles actuales de crecimiento. Estaríamos, por tanto, ante un “trienio perdido” para muchas economías africanas.

Los canales o vectores de impacto económico de la pandemia del coronavirus sobre los países africanos no serán de igual incidencia. Los más importantes serán los siguientes: (1) la caída de la demanda y de los precios del petróleo; (2) el descenso de las remesas de emigrantes procedentes del exterior; (3) El derrumbe de los ingresos del turismo; y (4) otros factores, como la caída de las exportaciones, la interrupción de las cadenas de valor y los cambios en las prioridades de inversión.

Vector 1: caída de la demanda y los precios de petróleo

El descenso de la demanda mundial de petróleo es para un importante número de países africanos el principal factor de impacto de la crisis del coronavirus. Aunque los países africanos representan apenas un 9% de la producción mundial de petróleo, este escenario de caída de los precios afecta de pleno a los exportadores africanos, que deberán frenar su producción para ajustarla al nuevo escenario de demanda mundial. Además de Nigeria, principal productor de crudo continental (con una producción por encima de los 2.000 barriles diarios en 2018), los efectos negativos serán significativos para el resto de exportadores: Angola, Argelia, Libia, Egipto y Congo, entre otros. Para algunos de ellos, como es el caso de Nigeria, los ingresos del crudo representan la mayoría de los ingresos por exportaciones (el 95% en el caso de Nigeria), por lo que la vulnerabilidad fiscal es muy elevada.

Figura 4. Mayores productores de petróleo en África, 2018
Países Miles de barriles diarios % respecto a la producción mundial
Nigeria 2.051 2,2
Angola 1.534 1,6
Argelia 1.510 1,6
Libia 1.010 1,1
Egipto 670 0,7
R. Congo 333 0,4
Gabón 194 0,2
Guinea Ecuatorial 190 0,2
Sudan del Sur 131 0,1
Chad 101 0,1
Sudan 100 0,1
Túnez 50 0,1
Otros 320 0,3
Total África 8.193 8,6
Fuente

El impacto del derrumbe de los precios del crudo será especialmente importante no sólo para los grandes productores, sino además para aquellos países africanos para los que las rentas del petróleo (la diferencia entre el valor del petróleo en términos de precios mundiales y los costes de producción) son importantes en relación al tamaño de su economía. Este es el caso de países como Libia, República del Congo, Sudán del Sur y Guinea Ecuatorial, que desde esta perspectiva podrían ver su crecimiento económico incluso más reducido que los grandes exportadores (Figura 5):

Figura 5. Mayores receptores de rentas del petróleo africanos, 2017
Países Rentas del petróleo (%PIB)
Libia 37,3
R. Congo 36,7
Sudan del Sur 31,3
Guinea Ecuatorial 19,2
Angola 15,8
Gabón 15,3
Chad 15,3
Argelia 12,3
Nigeria 6,1
Egipto 4,1
Túnez 1,5
Sudan 1,0

Otro factor negativo a tener en cuenta es la disminución de la entrada de dólares en los países exportadores de crudo. Esta escasez de divisas tiende a devaluar las monedas nacionales. Este es, por ejemplo, el caso del naira nigeriano, que aunque oficialmente mantiene un tipo de cambio fijo, se está depreciando en el mercado negro, donde ya es difícil obtenerlo desde el inicio de la pandemia. El problema de la escasez de dólares es que muchos sectores y empresas necesitan a su vez divisas para pagar los inputs de sus productos, por lo que el “efecto petróleo” acaba contagiándose a otros sectores de negocio.

Vector 2: el descenso de las remesas

El descenso de las entradas de ingresos en los países africanos por la caída de las remesas es un canal adicional que impactará negativamente sobre el crecimiento del PIB de la mayoría de los países africanos. El parón económico de los países europeos, así como el incremento del desempleo (temporal o permanente) provoca de forma automática el descenso de las remesas enviadas por la diáspora africana hacia sus familias. A pesar de que los ministros de Finanzas africanos han anunciado una suspensión temporal de las tasas aplicadas a las remesas, los efectos sobre las rentas de las familias y su capacidad de gasto van a ser muy importantes. Países como las islas Comoras, Lesoto, Gambia, Liberia y Cabo Verde reciben proporcionalmente la mayor cantidad de remesas y sufrirán más este impacto (Figura 6).

Figura 6. Países africanos con mayores ingresos por remesas en 2019
Países Valor de las remesas (en % del PIB)
Comoras 19,3
Lesoto 15,7
Gambia 13,5
Liberia 12,8
Cabo Verde 12,1
Senegal 9,9
Togo 9,1
Egipto 8,8
Zimbabue 8,0
Sudan del Sur 6,7
Marruecos 5,8
Nigeria 5,7
Ghana 5,5
Mali 5,4
Túnez 5,3
Fuente: elaboración propia a partir de Annual remmitances data del Banco Mundial, 2019.

Vector 3: el impacto sobre el turismo

El sector turístico, en expansión en los últimos 20 años, afronta una recesión sin precedentes. La Organización Mundial del Turismo (OMT) ha pronosticado una caída de las llegadas de turistas de entre el 20% y el 30% a nivel mundial a consecuencia de la pandemia. Aunque los países africanos no están entre los principales destinos turísticos mundiales, el turismo ha sido para África un sector en auge y una importante fuente de creación de empleo, muy por encima de la de otros sectores, como el industrial. El crecimiento “robusto” del sector turístico en África hasta 2020 se ha debido en buena parte a la recuperación del turismo en Túnez y el continuado crecimiento de Marruecos, principal foco de atracción en el norte de África. También contribuyen a explicar esta tendencia el mayor número de visitantes en algunos países de África Subsahariana, sobre todo en los Estados insulares (islas Mauricio, Seychelles, Comoras y Cabo Verde) y otros como Kenia y Uganda. Esta tendencia continental contrasta, sin embargo, con la del sector turístico en Sudáfrica, la gran potencia turística continental, que pierde fuerza frente a la competencia de otros destinos más baratos en África Oriental.

Según datos de la OMT el continente africano recibió 67 millones de turistas en el año 2018, con un incremento del 7% respecto al año anterior, siendo la contribución del turismo al PIB africano de aproximadamente el 9% y suponiendo el 7% del empleo total. Los mayores receptores de turismo internacional en África son Marruecos, Sudáfrica y Túnez, que de forma conjunta absorben más del 46% del total de entradas de turistas internacionales (Figura 7), seguidos de Zimbabue, Costa de Marfil, Uganda, Kenia y Mauricio.

Figura 7. Mayores receptores de turismo internacional en África, 2019 (en % sobre el total africano)
Figura 7. Mayores receptores de turismo internacional en África, 2019 (en % sobre el total africano). Fuente: elaboración propia a partir de OMT-UNWTO, 2019
Fuente: elaboración propia a partir de OMT-UNWTO, 2019.

Aunque no constituyen grandes potencias turísticas, las economías más dependientes del turismo son Seychelles, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe y Gambia, donde este sector aporta de forma directa a su economía un 25,7%, 17,7%, 10,6% y 8,2%, respectivamente (Figura 8). De forma indirecta, la contribución del PIB puede llegar incluso al 67% para Seychelles y al 46% para Cabo Verde. Estos países son los que, en términos relativos, más sufrirán el impacto negativo del coronavirus. Además, las pérdidas en las aerolíneas continentales van a ser muy significativas para los países que poseen las compañías más potentes, como son Etiopía en primer lugar, seguido de Marruecos, Egipto, Kenia y Túnez.

Figura 8. Contribución del turismo a las economías africanas, 2018
Países Contribución directa de viajes y turismo al PIB (en %)
Seychelles 25,7
Cabo Verde 17,7
Santo Tomé y Príncipe 10,6
Gambia 8,2
Marruecos 8,2
Mauricio 7,2
Túnez 7,0
Lesoto 6,2
Madagascar 6,2
FMI 5,5
Fuente: elaboración propia a partir de Banco Mundial, TCdata 360.

Países más expuestos al riesgo económico por vectores combinados

La comparativa conjunta de los países más vulnerables en tres vectores de impacto del coronavirus en África (rentas del petróleo, ingresos por remesas e ingresos del turismo) nos permite señalar un grupo de países más vulnerables. Destaca el caso de Egipto y Túnez, que sufrirán el efecto combinado de los tres vectores, al tiempo que países como Nigeria, Sudán del Sur, Lesoto, Gambia, Cabo Verde y Marruecos son vulnerables a dos factores, sea petróleo/remesas, o petróleo/turismo.

Figura 9. Rentas del petróleo, 2020 (en % del PIB)
Figura 9. Rentas del petróleo, 2020 (en % del PIB). Fuente: elaboración propia a partir de Banco Mundial 2020

 

Figura 10. Ingresos por remesas, 2020 (en % del PIB)
Figura 10. Ingresos por remesas, 2020 (en % del PIB). Fuente: elaboración propia a partir de Banco Mundial 2020

 

Figura 11. Ingresos directos del turismo, 2020 (en % del PIB)
Figura 11. Ingresos directos del turismo, 2020 (en % del PIB). Fuente: elaboración propia a partir de Banco Mundial 2020

Otros efectos económicos: comercio y cadenas globales de valor

La UE y China son los principales socios comerciales de los países africanos. Debido a la suspensión de la actividad económica en estos países y la caída generalizada de la demanda, en el año 2020 se reducirán las exportaciones africanas de la mayoría de los productos con destino a estos países. Esta caída de la demanda está produciendo a su vez un descenso de los precios de algunos metales clave para la producción industrial china (como el aluminio o el cobre), al tiempo que el parón de la producción económica está interrumpiendo las cadenas globales de valor. En Kenia, por ejemplo, se están destruyendo toneladas de flores que tenían como destino ser exportadas a los mercados europeos y que no tienen salida en los mercados regionales africanos.

Figura 12. Principales socios comerciales de África, 2018 (exportaciones)
Figura 12. Principales socios comerciales de África, 2018 (exportaciones). Fuente: UNCTAD
Fuente: UNCTAD.

Al igual que sucede en Europa o EEUU, la fuerte dependencia de las economías africanas de los mercados exteriores se observa también en el suministro de los productos más necesarios para la lucha contra el coronavirus. Todos los países africanos son importadores netos de medicamentos y productos sanitarios, que además provienen en gran parte de países muy afectados por la pandemia (sobre todo la UE y la India). Como en otros países del mundo, en África se están propiciando cambios productivos y en Sudáfrica, por ejemplo, los fabricantes de máscaras para el sector minero y agrícola están empezando a fabricar máscaras sanitarias.

Otras consecuencias económicas posibles incluyen el probable cambio en las prioridades de las inversiones de los países africanos durante el segundo semestre del 2020, probablemente en detrimento de inversiones en infraestructuras o la lucha contra otras epidemias. Para Naciones Unidas, además, el coronavirus va a tener como consecuencia un deterioro de las estadísticas en los países africanos, donde la mayoría de la recolección de datos es física.

Conclusiones

La llegada tardía de la pandemia al continente africano había generado una expectativa de que el continente podría estar más protegido que otras regiones del mundo. Sin embargo, el crecimiento de casos registrados está siendo exponencial y, por tanto, es de esperar que para el año 2020 se vaya a producir el fin de ciclo económico expansivo del continente y una nueva situación en la que las economías afrontarán una intensa recesión económica, con perspectivas de recuperación que no serán cortoplacistas.

El impacto económico se va a producir de forma más intensa en los colectivos más vulnerables. Esto es, los que dependen de la economía informal para su subsistencia diaria (según la Organización Internacional del Trabajo, el 66% del total de la población en África Subsahariana), los que viven en peores condiciones en las ciudades más congestionadas, los habitantes en el medio rural aislado y sin acceso a agua o infraestructuras sanitarias, las mujeres –grandes protagonistas del comercio intrafronterizo– y los confinados en campos de refugiados, entre otros, sufrirán los peores efectos de la pandemia.

Los principales vectores o canales de impacto del COVID-19 sobre las economías africanas van a afectar de forma desigual a los países y algunos sufrirán de forma combinada varios de ellos. El factor de impacto aparentemente más relevante para África, esto es, la caída de los precios del crudo, tendrá sin embargo un efecto ambiguo sobre el continente. Para los países exportadores de petróleo (como Nigeria, Libia, Argelia, Angola, Congo y Sudán del Sur, entre otros) la caída de los precios y la escasez de divisas es una pesadilla económica, pero para la mayoría de países africanos, importadores netos de petróleo, el contexto de precios bajos es beneficioso y puede ayudar a equilibrar los déficits comerciales.

En el ámbito político, los líderes africanos están reclamando ayuda internacional para la lucha contra la pandemia. Algunos países están poniendo en marcha estímulos fiscales y moratorias en pagos de impuestos (como Nigeria, Cabo Verde y Egipto), pero los subsidios de emergencia para la población, el fortalecimiento de los sistemas sanitarios y la compra de equipamiento necesitan de recursos financieros adicionales que difícilmente pueden afrontar los países africanos sin asistencia externa. La suspensión temporal de los pagos de intereses de la deuda externa (que ya ha sido reclamada por los ministros de Finanzas africanos) y paquetes extraordinarios de ayuda procedentes de países o instituciones internacionales (como la UE o el paquete de rescate que prepara el G20) son soluciones indispensables ante las limitadas capacidades de los mecanismos nacionales de financiación africanos. También se ha solicitado la contribución de la comunidad internacional al nuevo fondo continental puesto en marcha por la Unión Africana.

En este contexto de desajustes comerciales e interrupción de las cadenas globales de valor, parece cobrar especial relevancia el Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA por sus siglas en inglés), proyecto estrella de la Unión Africana, en vigor desde 2019 y cuyo régimen comercial sin aranceles estaba previsto para el próximo 1 de julio. Se espera que esta fecha se retrase, lo que tiene cierto sentido por la urgencia de dedicar todos los recursos financieros y humanos disponibles a afrontar la pandemia (y no a las cuestiones arancelarias). Sin embargo, puede estar igualmente condicionado por los intereses proteccionistas de varios países africanos que vienen de antes de la pandemia, lo que no sería tan positivo.

De una forma u otra, lo que es cierto es que los líderes africanos están enfatizando la necesidad de implementar el AfCFTA como instrumento clave para la sustitución de los proveedores internacionales por productos y proveedores africanos. Sin embargo, y para que esto suceda, se han de producir importantes cambios productivos que permitan a los países producir lo que otros vecinos demandan. La actual pandemia está favoreciendo en este sentido el inicio de la producción de productos sanitarios a nivel africano. Sin embargo, para que el AfCFTA sirva para fortalecer las cadenas de valor regionales y contribuya a incrementar el comercio intra-africano –que se encuentra entre los más bajos del mundo–, se requiere no sólo retórica política sino además transformaciones económicas y mejora en la red de infraestructuras.

Finalmente, en un momento de creciente importancia estratégica de África en el mundo, con actores internacionales que llevan más de una década en pugna por mantener o incrementar su relevancia económica y estratégica en el continente, está por ver si las consecuencias económicas de la pandemia traerán cambios geopolíticos. La presencia de China podría verse fortalecida como proveedor indispensable de material sanitario durante esta crisis y lo cierto es que la UE, inmersa en sus propios problemas de lucha contra la pandemia, está siendo lenta en llevar a la práctica acciones concretas de solidaridad con África. La nueva estrategia para África de la Comisión Europea, anunciada para el próximo noviembre, podría brindar una nueva oportunidad de recuperar la influencia económica y política perdida en el continente, pero los líderes africanos reclaman medidas inmediatas y no promesas de futuro.

Ainhoa Marín Egoscozábal
Investigadora principal del Real Instituto Elcano y profesora de la Universidad Complutense de Madrid (UMC) | @ainhoamarine

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<![CDATA[ El Sahel: un enfoque geoestratégico ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari95-2018-losada-sahel-enfoque-estrategico 2018-08-02T02:22:42Z

La importancia geoestratégica del Sahel ha motivado la movilización de la Comunidad Internacional, pero la respuesta a los desafíos exige un esfuerzo a largo plazo que tendrá un profundo impacto en la propia naturaleza de la acción exterior de los actores, incluida la UE.

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Tema

La importancia geoestratégica del Sahel ha motivado la movilización de la Comunidad Internacional, pero la respuesta a los desafíos exige un esfuerzo a largo plazo que tendrá un profundo impacto en la propia naturaleza de la acción exterior de los actores, incluida la UE.

Resumen

El Sahel se enfrenta a un polígono de crisis de todo tipo –política, económica, de seguridad, social, medioambiental, migratoria, de radicalización, de desarrollo…–, que pueden resultar en un espacio sin ley en una región estratégica a las puertas de España y Europa. La promoción de la estabilidad en la región pasa por una redefinición del enfoque geopolítico aplicado por los diferentes actores.

Análisis

La definición de las fronteras del Sahel

La primera dificultad a la hora de abordar los múltiples desafíos que afronta la región reside en la definición de sus límites. El Sahel es una realidad multiforme que incluye como mínimo tres acepciones, tal y como he establecido tras años trabajando con la región.

Sahel significa borde o costa en árabe. Este término ya nos da una pista acerca de una realidad geográfica y ecológica, que constituye la primera acepción del término. Desde este punto de vista, el Sahel sería una franja de un 5.000 km de largo que se extendería desde Océano Atlántico hasta el Mar Rojo. Al norte, el límite lo marcaría la isoyeta1 que corresponde a 100 o 150 mm por año –por debajo de este umbral comenzaría el desierto–. Como frontera meridional los expertos señalan la isoyeta 500 o 600, a partir de la cual se extiende el bosque tropical.

En cambio, estos límites carecen de sentido cultural, histórico o económico. Incluyen en torno a 12 países con realidades muy diferentes, como Etiopía, Sudán del Sur y Senegal. Por ello, esta acepción de Sahel no suele utilizarse y no será empleada en este análisis.

A lo largo de este documento, cuando se utilice el término Sahel, se referirá a lo que denomino Sahel institucional, que incluye a los países agrupados en una nueva institución, la organización internacional G5 Sahel creada en 2014. Se trata de Mauritania, Mali, Níger, Burkina Faso y Chad.

La ventaja de esta acepción de Sahel radica en que agrupa a países con características históricas, económicas, culturales y sociales comunes que han tomado la decisión de agruparse para afrontar los desafíos en el ámbito de la seguridad y el desarrollo. Desde el punto de vista histórico, estas áreas formaron parte de los grandes imperios sahelianos basados en el comercio transahariano. Posteriormente fueron colonizados por Francia, que dejó un legado político –sistemas presidenciales, centralizados y laicos salvo en el caso mauritano– y cultural –amplio empleo del idioma francés– común. Y este legado convive con el papel fundamental del islam como religión mayoritaria en toda la región.

Estos países hacen frente además a retos comunes derivados de la inmensidad de sus territorios –en su conjunto, tienen una superficie 10 veces superior a la española–. Ello plantea desafíos ligados a la presencia y consolidación del Estado, exacerbados por una gran debilidad desde el punto de vista económico y la gobernanza.

Ahora bien, existen otros Estados parcialmente sahelianos desde el punto de vista geográfico, como Senegal, Argelia y Nigeria, que, pese a su distinta experiencia histórica y situación actual, influyen de forma determinante en la evolución de los acontecimientos del Sahel. Por ello cabe hablar de una tercera acepción geopolítica del Sahel, que abarcaría a estos actores junto con las organizaciones internacionales regionales como el propio G5 Sahel y la CEDEAO.

El Sahel frente a la tormenta perfecta

El Sahel –en su acepción institucional– ocupa las portadas de distintos medios desde hace al menos un lustro, cuando el impacto de la crisis libia contribuyó al estallido de una insurrección armada en el norte de Mali que fue aprovechada por elementos yihadistas para hacerse con el control de la mitad del país.

La decidida intervención francesa a través de las operaciones Serval y Barkhane logró frenar el avance islamista. Pero la región sigue haciendo frente a toda una serie de debilidades estructurales.

El primer elemento de este peligroso cóctel es una precaria situación económica: el Sahel reúne a los países más pobres de África y, por tanto, del mundo. El PIB per cápita medio de los cinco países que forman el G5 Sahel a precios corrientes fue de 642 dólares2 en 2016. Esta cifra apenas supone el 43% del PIB per cápita del África Subsahariana, que ya es de por sí el continente más pobre del planeta. Y un 2,5% del PIB per cápita español.

A esta debilidad económica estructural se une una desaceleración económica coyuntural que afecta a determinados países debido a la caída del precio de las materias primas. A modo de ejemplo, la economía chadiana se contrajo un 7% en 2016.

Esta situación económica se había visto tradicionalmente compensada por una relativa estabilidad política y una situación en materia de derechos humanos más positiva que la de otras regiones de África.

En cambio, la región se ha visto sacudida por importantes cambios políticos como el golpe de Estado en Mali en 2012 –donde la situación fue reconducida tras elecciones democráticas– y el derrocamiento del presidente burkinés Blaise Compaoré en 2014, tras 27 años en el poder.

La crisis política está íntimamente unida al deterioro de la estabilidad en la región, donde se ha formado un triángulo de inseguridad centrado en tres focos terroristas: uno septentrional en Libia, donde opera el autodenominado Estado Islámico, otro meridional en la cuenca del Lago Chad, en la que Boko Haram continúa cometiendo atentados, y un tercer foco central en Mali, donde proliferan organizaciones armadas con vínculos a al-Qaeda en el Magreb Islámico que se nutren de las rivalidades étnicas y tribales de ese país.

No es de extrañar, por tanto, que la situación social del Sahel sea sumamente delicada. Tres de los cuatro países con menor Índice de Desarrollo Humano en 2016 son sahelianos. El país de la región que obtiene mejor puntuación en este índice es Mauritania, ocupando el puesto 157.

Estos desafíos estructurales desde el punto de vista social se han agudizado debido al aumento de la inseguridad mencionado anteriormente. A modo de ejemplo, Níger ha debido reducir un 30% el presupuesto de su programa estrella de seguridad alimentaria –Les Nigériens nourrissent les Nigériens– para financiar el coste creciente de los servicios de seguridad.

La precaria situación social se ve agudizada también debido al elevado número de refugiados –en torno a 140.0003 debido a la crisis maliense– y desplazados internos –más de un millón y medio en la Cuenca del Lago Chad– que huyen de las consecuencias de los conflictos que azotan la región.

A la triple crisis política, económica y social se une una crisis medioambiental que afecta al Sahel desde hace años:

Por un lado, la desertificación hace avanzar el desierto en detrimento de la vegetación saheliana. Ello está ligado a las consecuencias del cambio climático que, según un estudio reciente,4 ha provocado la desaparición de uno de cada seis árboles del Sahel desde la década de los 50.

A este avance imparable del desierto hay que añadir la enorme variabilidad de la superficie del Lago Chad, cuyas causas son todavía discutidas. Entre 1963 y 2013 el Lago Chad perdió el 90% de su superficie, pasando de 25.000 a 2.500 km2.5

Y, finalmente, esta cuádruple crisis política, económica, social y medioambiental puede verse agravada por la enorme explosión demográfica. Los países de la región tienen las tasas de fecundidad más altas del mundo –más de siete hijos por mujer en Níger, por ejemplo–. Según las predicciones de Naciones Unidas,6 la población del Sahel institucional alcanzará en 2050 una cifra cercana al triple de la actual, pasando de 75 millones a 198 millones de habitantes.

El rápido aumento de la población en el contexto de crisis múltiple supone una amenaza de primer orden para la estabilidad de la región. Los menores de 24 años suponen hoy entre el 60% y el 70% en los cinco países del Sahel mencionados y estas cifras se mantendrán en las próximas décadas. Si no se proporcionan alternativas a esta juventud, ello favorecerá dos fenómenos de muy distinta índole, pero con profundo impacto en Europa, como son la migración y la radicalización.
La acción de la UE en el Sahel

Dada la situación descrita anteriormente, no es de extrañar que existan al menos 17 estrategias para hacer frente a la situación de la región.

La primera estrategia fue la de la UE publicada en 2011. Este documento se basa en el binomio seguridad-desarrollo e identifica cuatro tipos de problemas en el Sahel relativos a la gobernanza, desarrollo y resolución de conflictos, a los problemas de coordinación a nivel político regional, a la seguridad y al Estado de Derecho y a la prevención y lucha contra el extremismo violento y la radicalización. La estrategia fue revisada en 2014 para incluir a Burkina Faso y Chad, cubriendo así los cinco países del Sahel institucional.

Posteriormente, la UE desarrolló un Plan de Acción Regional en 2015, que fija el marco necesario para implementar la estrategia y adaptarla a la nueva situación del Sahel. El Plan se concentra en cuatro líneas de acción prioritarias: (1) prevención y lucha contra la radicalización; (2) juventud; (3) migración, movilidad y control de fronteras; y (4) lucha contra los tráficos ilícitos y el crimen transnacional organizado.

Para la puesta en marcha de esa estrategia, la UE cuenta con una serie de instrumentos financieros, institucionales y relativos a la Política Común de Seguridad y Defensa.

En cuanto a los instrumentos financieros, la UE es el primer donante de AOD en el Sahel, con aproximadamente 5.000 millones de euros destinados a los cinco países del Sahel institucional para el período 2014-2020. Si se tiene en cuenta a los Estados Miembros, la cifra aumenta a 8.000 millones de euros. Esta cantidad supone en torno a un quinto del PIB de la región, lo que demuestra el papel fundamental que juegan los instrumentos financieros en el Sahel.

Entre estos instrumentos, además del Fondo Europeo de Desarrollo, destaca el Fondo Fiduciario de la UE para África,7 creado en la Cumbre de La Valeta sobre Migración de 2015. Esta novedosa ha herramienta ha impulsado 86 proyectos en África Occidental por valor de aproximadamente 1.500 millones de euros.

Tampoco debe olvidarse la utilización en el Sahel de la Facilidad Africana de Paz. Este instrumento fue creado en 2004 a solicitud de los jefes de Estado africanos y juega un papel creciente en la región en el ámbito de la seguridad. La Facilidad Africana de Paz apoyará por valor de 100 millones de euros a la Fuerza Militar Conjunta del G5 Sahel.

Esta Fuerza fue anunciada en la Cumbre del G5 Sahel de Yamena en 2015 y ha sido puesta en marcha en 2017 con un cuádruple objetivo: (1) luchar contra el terrorismo y el tráfico de drogas y seres humanos; (2) contribuir a la restauración de la autoridad del Estado y el retorno de refugiados y desplazados; (3) facilitar las operaciones humanitarias y el reparto de ayuda a las poblaciones afectadas; y (4) contribuir a la puesta en marcha de acciones que favorezcan el desarrollo del Sahel. La Fuerza ha sido sancionada por el Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana (Comunicado de su reunión número 679) y acogida favorablemente por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (Resolución 2391).

Junto a los instrumentos financieros, los hay también institucionales.

Entre ellos figura la oficina del representante especial de la UE para el Sahel. Este cargo fue creado en 2013, en aplicación del artículo 33 del Tratado de la UE. El papel del representante especial, en estrecha relación con el SEAE y la Comisión, consiste en desarrollar y aplicar y coordinar todos los esfuerzos de la Unión en la región, con especial énfasis en el Proceso de Paz de Mali –siendo miembro de la mediación internacional– y las relaciones con el G5 Sahel.

Finalmente, juegan un papel fundamental las misiones de Política Común de Seguridad y Defensa en la región –dos de carácter civil y una militar–, actualmente en proceso de regionalización para adaptarse a la nueva realidad del G5 Sahel.

La primera misión fue EUCAP Sahel Níger, en el año 2012. Su objetivo es apoyar y reforzar la capacidad de las fuerzas de seguridad nigerinas en su lucha contra el terrorismo, el crimen organizado y la migración irregular.

Sobre el modelo de esta misión, se creó en 2015 otra, EUCAP Sahel Mali, para apoyar a las fuerzas de seguridad de Mali en su salvaguarda del orden constitucional y democrático de tal manera que se sienten las bases para una paz duradera y se extienda la autoridad del Estado en todo el territorio maliense.

Ambas misiones civiles coexisten con una de índole militar, EUTM Mali. Esta misión, creada en 2013, apoya la reconstrucción de las fuerzas armadas malienses, sin estar involucrada en misiones de combate. Contribuye igualmente al proceso de desarme, desmovilización y reintegración de los grupos armados. España realiza una aportación fundamental y ostenta en la actualidad el mando de la misma, que desempeña el brigadier general Enrique Millán Martínez.

La UE es uno de los principales actores en el Sahel, pero no el único. La acción comunitaria se suma a la de los Estados Miembros, entre los que destaca la significativa aportación española. Existen importantes sinergias entre la acción de Bruselas y la de otras capitales, como demuestra el proyecto GAR-SI Sahel, que replica el modelo de éxito en materia de lucha contra el terrorismo de la Guardia Civil española en los países africanos.

La UE coordina su acción con otros actores en la región en distintos foros institucionales y no institucionales. Entre los institucionales destacan las Naciones Unidas, cuyo Consejo de Seguridad ha examinado en varias ocasiones la cuestión. Y entre los no institucionales, la Alianza para el Sahel, lanzada en el Consejo franco-alemán de 13 de julio de 2017, en la que participan junto a la UE, Francia y Alemania, el PNUD, el Banco Mundial, el Banco Africano de Desarrollo, España, Italia y el Reino Unido.

Conclusiones

La acción de la UE y otros actores de la comunidad internacional está teniendo un impacto indudable en el Sahel, otorgando un apoyo fundamental a los países de la región para superar el polígono de crisis al que se enfrentan.

El Sahel se ha convertido en un laboratorio para la acción exterior de la Unión, tal y como afirmó la alta representante de Política Exterior y de Seguridad Común, Federica Mogherini, en la tercera Reunión Ministerial UE-G5 celebrada en Bamako en 2017. La aplicación de un enfoque multidisciplinar, que combina elementos de cooperación, diplomacia y defensa, constituye un ejemplo para abordar crisis complejas en otras áreas geográficas.

De forma paralela, la acción en el Sahel es pionera en cuanto al binomio seguridad-desarrollo. La propia naturaleza de la cooperación está siendo modificada y está estrechamente vinculada a los objetivos en materia de seguridad. A sensu contrario, la seguridad del Sahel pasa por el vínculo con la población local, que sólo será reforzado a través del despliegue de servicios básicos por parte del Estado y de la Comunidad Internacional.

El desarrollo de una Fuerza Militar Conjunta del G5 Sahel supone una novedad en la región que tendrá un profundo impacto sobre el terreno, así como en la acción de la Comunidad Internacional. Ya se han desarrollado una serie de instrumentos innovadores para apoyarla financiera y estratégicamente como el coordination hub de la UE, que podrán ser replicados en otras zonas del mundo.

La consecución de los objetivos estratégicos de la UE en el Sahel sólo será posible a largo plazo y exigirá la presencia continuada en la región, así como la adaptación constante de la acción europea a los nuevos desafíos de la misma. Los Estados Miembros más sensibles a la situación de seguridad del Sahel, como España, jugarán un papel fundamental para lograr mantener la sostenibilidad y el compromiso continuado de Bruselas.

La relevancia estratégica del Sahel aumentará a lo largo de las próximas décadas de la mano de su mayor peso demográfico en el seno del islam global. La batalla por un islam moderado a nivel mundial se juega, sobre todo, en el Sahel y su desenlace tendrá consecuencias profundas mucho más allá de la región.

El impacto en España de una mayor desestabilización del Sahel sería enorme, como demuestra el crecimiento sostenido en los últimos meses de la llegada de inmigrantes por la ruta del Mediterráneo Occidental. Mayor aun serían las consecuencias en términos de seguridad si el Sahel se convirtiera en un refugio seguro de yihadistas provenientes de Oriente Medio.

En cualquier caso, la amplitud de los fenómenos migratorios seguirá probablemente creciendo debido al enorme porcentaje de población joven unido a la gigantesca brecha en términos de renta per cápita ya comentada. No existen soluciones simplistas para este desafío, cuya resolución exige un modelo de gestión de flujos migratorios a largo plazo compartido con los países de origen.

Además del apoyo continuado de la UE y sus Estados Miembros, la resolución de los problemas del Sahel exige un nuevo enfoque geoestratégico basado en una cooperación triangular UE-Magreb-Sahel. La implicación de los países magrebíes es fundamental para la resolución de los desafíos de la región. La definición de intereses magrebíes comunes en el Sahel puede contribuir, además, a la estabilidad y desarrollo de todo el Norte de África.

Esta redefinición del enfoque geoestratégico pasa necesariamente por una solución para la crisis libia, sin la cual el Sahel continuará albergando todo tipo de tráficos ilícitos hacia Europa. Pero el enquistamiento de la crisis libia no ha de impedir el esfuerzo continuado de la Comunidad Internacional en el Sahel para hacer frente a las consecuencias de la misma.

Ángel Losada Fernández
Representante Especial de la UE para el Sahel | @AngelLosadaEU


1 Una isoyeta es una línea que une puntos con similar nivel de precipitaciones.

2 Todas las cifras económicas utilizan como fuente las estadísticas del Banco Mundial.

3 Cifras de OCHA.

4 Patrick González (2012), “Tree density and species decline in the African Sahel attributable to climate”, Journal of Arid Environments, vol. 78, marzo, p. 55-64.

5 Según cifras del PNUMA.

6 World Population Review 2017.

7 Su nombre completo es “Fondo fiduciario de emergencia de la Unión Europea para la estabilidad, que permita hacer frente a las causas profundas de la migración irregular y del desplazamiento de personas en África”.

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<![CDATA[ ¿Por qué África?: desentrañando la geopolítica criminal del tráfico ilícito de cocaína entre América Latina y Europa (vía España) ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt7-2018-sansorubertpascual-africa-geopolitica-transito-cocaina-america-latina-europa-espana 2018-04-12T06:04:25Z

¿Cómo se pueden interpretar los procesos de expansión territorial de la criminalidad organizada desde América Latina hacia África y sus repercusiones dentro del espacio regional africano?

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Índice

(1) Aproximación preliminar en clave de geopolítica criminal – 3
(2) Una composición con lo que sabemos (o creemos saber) sobre el escenario de criminalidad organizada vigente en África Occidental – 18
(3) Rutas del tráfico de cocaína – 38
(4) ¿Qué representa la cocaína para África? – 50

(1) Aproximación preliminar en clave de geopolítica criminal

¿Cómo se pueden interpretar los procesos de expansión territorial de la criminalidad organizada desde América Latina hacia África y sus repercusiones dentro del espacio regional africano?

La necesidad de entender la dinámica de los tráficos ilícitos entre América Latina y Europa (vía España), sus repercusiones en el escenario internacional vigente, su evolución y el papel desempeñado por cada uno de los elementos partícipes al respecto, resulta determinante a efectos de articular estrategias para su prevención, contención y erradicación. En este caso concreto, el elemento que suscita una pluralidad de interrogantes que requieren de oportunas respuestas es, ¿por qué África?: ¿qué circunstancias han motivado la inclusión de este continente en el trasiego de cocaína desde Latinoamérica hacia Europa?; ¿obedece al azar o existe una estrategia criminal bien definida?; y, si es así, ¿podemos explicarla?

Múltiples cuestiones demandan la satisfacción de las carencias actuales de conocimiento científico y no meramente descriptivo/estimativo sobre aquellas manifestaciones criminales organizadas que actualmente operan en el continente africano, con especial interés por las que participan del tráfico ilícito de cocaína proveniente de América Latina. Pero aunque ciertamente la criminología constituye una herramienta indispensable, no resulta suficiente. La criminalidad transnacional organizada se distribuye geográficamente de manera muy desigual por todo el mundo, dependiendo tanto de condiciones regionales o locales como del tipo de actividad criminal desempeñada. Aprehender adecuadamente su configuración espacial, al igual que sus motivaciones para desplazarse y asentarse en según qué lugar, exige combinar varios niveles o escalas de análisis (desde lo local a lo global), así como del recurso a disciplinas tradicionalmente ajenas a su estudio pero actualmente indispensables, como la geopolítica.

Básicamente, se trata de responder a los interrogantes de cómo y por qué se producen los nexos criminales y desentrañar a qué motivaciones estratégicas responde la inclusión de África en las rutas de tráfico ilícito de cocaína, concretamente su vertiente atlántica, esto es, África Occidental.

Como punto de partida se adoptará la máxima de que cualquier intento de explicar el mapa geográfico de la criminalidad organizada y sus vínculos entre América Latina y África exige entender una pluralidad de factores, metodologías expansivas e intereses. No en vano, el fenómeno delictivo, lo mismo que cualquier otro hecho social, está estrechamente relacionado con las realidades que lo circundan. La delincuencia no se genera en “abstracto”, sino que se materializa en un contexto espacio-temporal concreto. Tiene lugar en unas determinadas condiciones sociales de desarrollo tecnológico, político y humano que influyen decisivamente en la forma en cómo esa delincuencia se produce, en sus modos y maneras de manifestarse, en su cantidad, su intensidad y en todas sus connotaciones y peculiaridades.

Es importante reseñar que no todos los factores que potencian el desplazamiento de las estructuras criminales obedecen a motivaciones positivas. También existen supuestos de movimientos involuntarios de las organizaciones criminales cuando la razón obedece a la presión gubernamental o a enfrentamientos con otras organizaciones. La competencia criminal puede degenerar en confrontaciones violentas (disputas por el control de áreas geoestratégicas, mercados, por los corredores y rutas para tráficos ilícitos, pasos fronterizos, nudos de comunicaciones, puertos…), con el resultado de facciones u organizaciones vencedoras y vencidas. La reubicación en otros países obedece a una necesidad de supervivencia como escapatoria de la prisión o de la muerte. Éste, a priori, no parece ser el caso que nos ocupa. El negocio de la exportación de cocaína hacia Europa es lo suficientemente fructífero como para dar cabida a todos los partícipes latinoamericanos en calidad de proveedores, al menos por el momento. El Océano Atlántico es igualmente amplio como para no suscitar la disputa de rutas y los posibles países de destino en África Occidental. Son variados y con características ventajosas muy similares (Guinea-Bissau, Ghana, Nigeria, Costa de Marfil, Benín, Togo, Guinea-Conakry, Guinea Ecuatorial, Gambia, Senegal, Cabo Verde, Mauritania y Marruecos) como para permitir operar con flexibilidad, circunstancias que no implican que este escenario del narcotráfico, siempre cambiante, no se deteriore en un futuro o que las organizaciones criminales latinoamericanas extrapolen rencillas locales, como la lucha por el control del territorio entre cárteles mexicanos, al espacio africano tratando de ocasionar daños a los intereses de las organizaciones contrincantes. [...]

Daniel Sansó-Rubert Pascual
Centro de Estudios de Seguridad (CESEG), Universidad de Santiago de Compostela

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<![CDATA[ ¿Qué hay detrás del milagro africano?: implicaciones para la cooperación europea ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari2-2018-lippolis-que-hay-detras-milagro-africano-implicaciones-cooperacion-europea 2018-01-12T12:46:11Z

El desempeño de las economías africanas tras el fin del boom de las materias primas ha estado marcado por una creciente heterogeneidad. La cooperación de la UE debe adaptarse a las nuevas realidades vigentes en el continente.

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Ver también versión en inglés: What is behind the African miracle? Implications for European cooperation

Tema

El desempeño de las economías africanas tras el fin del boom de las materias primas ha estado marcado por una creciente heterogeneidad. La cooperación de la UE debe adaptarse a las nuevas realidades vigentes en el continente. Sobre todo, debe reconocer la especificidad de las condiciones políticas en cada país, y actuar en consecuencia.

Resumen

En los años 2000 la mayoría de las economías africanas lograron recuperarse de la profunda crisis de los 80 y 90, impulsadas por mejoras en sus políticas internas y unas condiciones económicas globales más favorables. A pesar de un movimiento gradual hacia un ambiente político más democrático, la calidad institucional no ha acompañado al crecimiento económico, e incluso se han visto algunos retrocesos, especialmente entre los países dependientes de los recursos naturales. Tras la moderación de precios de las materias primas ocurrida en 2013, las trayectorias económicas se han diferenciado. Mientras que la mayoría de los exportadores de petróleo han entrado en crisis y otros países dependientes de los recursos naturales han tenido un desempeño variado, un tercer grupo sigue creciendo a un ritmo elevado. No obstante, con la excepción de un pequeño número de “Estados desarrollistas”, las condiciones políticas en el continente todavía no favorecen un crecimiento basado en ganancias de productividad.

Europa ha sido tradicionalmente el actor externo con la presencia más significativa en África, y, como tal, tiene la capacidad de ayudar con la transformación económica del continente. Sin embargo, tanto la importancia como la efectividad de esta relación han decaído a lo largo de los años. Actualmente, la política europea hacia África persiste en su adhesión a modelos anticuados y en priorizar sus necesidades por encima de las aspiraciones de los líderes africanos. Además, la cooperación europea para el desarrollo sigue partiendo del postulado de que las elites de los países receptores tienen un interés sincero en el desarrollo, e ignora sus incentivos políticos. Si pretende tener un impacto positivo en África, la UE debe empezar a incorporar estas variables a sus operaciones. Para tal fin, tendrá que superar la incoherencia causada por la variedad de incentivos institucionales en el seno de las instituciones europeas.

Análisis

El “milagro africano”: afro-optimistas y afro-pesimistas

El cambio de trayectoria de las economías africanas en la década de los años 2000, sucediéndose a la debacle de los 80 y 90, renovó el optimismo de la comunidad internacional hacia el continente. Ya se ha tornado célebre el contraste entre la portada de una edición de The Economist en el año 2000, caracterizando a África como The Hopeless Continent (el continente sin esperanza), y la del año 2011, con el título Africa Rising (África ascendente), replicado por la revista Time en 2012.

Figura 1. Pobreza en términos relativos y absolutos en África

Detrás del entusiasmo por el potencial de la región se notaba, de hecho, una mejoría en los principales indicadores económicos, acompañada por una rápida urbanización y una fuerte expansión del mercado interno. Estos cambios llevaron a una marcada reducción de la pobreza en términos relativos, aunque no en términos absolutos, debido al alto crecimiento poblacional (Figura 1). Además, en ese período muchos gobiernos africanos emitieron eurobonos por primera vez, obteniendo una alta demanda, en especial por parte de inversores europeos y norteamericanos.1 Sin embargo, muchos seguían opinando que el desempeño económico africano se debía únicamente al aumento de los precios de las materias primas generado por el vertiginoso crecimiento chino. De hecho, desde la caída de los precios globales de las materias primas en 2015 y el consecuente deterioro de los términos de intercambio de los países africanos, se puede observar una clara desaceleración en sus tasas de crecimiento (Figura 2).

Figura 2. Covariación del PIB, la cuenta corriente y los términos de intercambio en África Subsahariana (%)

Si bien la contribución de la demanda de materias primas a la mejoría del desempeño económico del continente africano es innegable, atribuirlo únicamente a esto no sería apropiado. Los países africanos se beneficiaron en los años 2000 de una serie de políticas introducidas en las dos décadas precedentes como respuesta a una profunda crisis económica. Estas políticas, en gran medida impuestas por el Banco Mundial y el FMI por medio de programas de ajuste estructural, se centraban en corregir distorsiones económicas que supuestamente frenaban el desarrollo africano. Entre ellas podemos destacar la estabilización macroeconómica, el cese de la financiación de los bancos centrales a sus gobiernos, importantes ajustes fiscales y marcadas mejorías en el ambiente de negocios. Dichos cambios coincidieron con una mayor estabilidad política y una reducida incidencia de conflictos armados en el continente. Finalmente, hay que resaltar la importancia de programas como el Heavily Indebted Poor Countries Initiative (HIPC) y el Multilateral Debt Relief Initiative (MDRI), que, al perdonar las deudas externas de muchos países africanos, permitieron que se liberaran sus presupuestos para la inversión pública y los gastos sociales.

Figura 3. PIB per cápita en las diferentes regiones del mundo en desarrollo en relación a 1980 (2011 USD, PPA 1980=100)

Tales cambios se han mantenido en su mayoría hasta el presente, impidiendo una mayor deceleración como consecuencia del deterioro de los términos de intercambio. No obstante, es importante no sobreestimar la magnitud de la aceleración económica de los últimos 15 años. Aunque es verdad que el período desde el comienzo del nuevo milenio ha estado marcado por un crecimiento más elevado, en los primeros años este crecimiento apenas sirvió para recuperar el terreno perdido en las dos décadas precedentes. En la Figura 3 se puede ver que África no recuperó su nivel real de ingresos per cápita de 1980 hasta 2005. Además, es importante destacar la dudosa fiabilidad de los datos macroeconómicos africanos, como consecuencia de la escasez de fondos destinados a las oficinas estadísticas y de las dificultades para recoger datos en economías predominantemente informales y agrícolas.2

El marco institucional

Dado el notable crecimiento económico observado en África durante el boom de las materias primas, y la década de reformas y democratización que lo precedió, sería natural esperar una mejoría en los indicadores de desarrollo institucional en el continente. Sin embargo, esa no es la imagen que nos transmite la Figura 4, donde se ve que la mayoría de los indicadores de gobernanza se han mantenido estables o se han deteriorado en los últimos 20 años. La única excepción es la categoría voice and accountability, que se puede interpretar como un indicador de la medida en la que el gobierno responde a las demandas de la población. Es interesante señalar que, para todos los indicadores, los valores en 2006 son más altos que en 2016, lo que podría sugerir que la calidad institucional también acompañó las oscilaciones del precio de las materias primas. Teniendo en cuenta que el banco de datos está compuesto por 214 países, de los cuales 48 están en África Subsahariana, la posición mínima a la que podría llegar el ranking medio de la región es el percentil 22. La Figura 4 muestra que, para la mayoría de los indicadores, África Subsahariana se encuentra cerca del percentil 30, llegando al percentil 26 en lo que se refiere a la eficacia gubernamental, lo que implica que los países del continente están cada vez más aglomerados en la parte inferior del ranking.

Figura 4. Posición media de África Subsahariana en los indicadores globales de gobernanza

Hay que interpretar este tipo de indicador con un cierto escepticismo, dada las dificultad de medir variables políticas con indicadores numéricos, su subjetividad inherente y el hecho de que los indicadores globales de gobernanza midan la posición relativa de los países africanos, por lo que es posible que simplemente hayan mejorado menos que los demás países. Dependiendo del indicador, y de la variable institucional que nos interese, podemos observar trayectorias distintas. Por ejemplo, el índice Polity (Figura 5) muestra una mejoría gradual en la calidad media de la democracia en el continente africano, mientras que según el índice CPIA del Banco Mundial la calidad de la administración pública y de las instituciones se ha deteriorado entre 2005 y 2016. Por tanto, aun teniendo en cuenta las imperfecciones de indicadores numéricos de desempeño institucional, las evidencias no nos permiten hablar de un crecimiento económico movido por el fortalecimiento de las instituciones, sino de un crecimiento que ha ocurrido a pesar de la persistencia de marcos institucionales muy débiles.

Figura 5. Puntuación media de África Subsahariana en el índice Polity de calidad democrática

Diferenciando las economías africanas

A partir de 2013, con la moderación en los precios de las materias primas, y principalmente desde la caída del precio del petróleo en 2015, se ha podido empezar a discernir con mayor claridad la solidez del “milagro africano”. El crecimiento de la economía del continente bajó de un 5,1% en 2014 a un 3,4% en 2015 y a un 1,4% en 2016. El FMI estima que este año el crecimiento alcanzará el 2,6%, pero aun así se quedaría por debajo del promedio mundial del 3,6%, así como del 4,6% previsto para mercados emergentes y países en desarrollo. El Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo prevén números similares. Teniendo en cuenta el 2,7% de crecimiento poblacional previsto por la ONU en 2017, esto implicaría un estancamiento del ingreso per cápita. Otros indicadores económicos han seguido la misma tendencia: la cuenta corriente se ha deteriorado, las monedas se han desvalorizado, los spreads hanaumentado y el déficit fiscal se ha ampliado. Aunque estos movimientos hayan sido más acentuados en 2015, y que en 2016 y 2017 se haya notado una recuperación, todavía estamos lejos de lo que se vivió durante el boom de las materias primas.

A pesar de la facilidad con que el milagro económico africano parece haber acabado, los números agregados esconden la creciente diversidad del continente, pues se ven muy influidos por el desempeño de las tres economías más importantes: Sudáfrica, Nigeria y Angola. Estas economías no son para nada representativas del continente tomado en su conjunto; por ejemplo, Sudáfrica es la principal economía africana, una de las pocas que ha alcanzado un nivel de renta medio, y tiene la estructura industrial más diversificada del continente. En los últimos años, se ha visto marcada por un crecimiento estancado, altas tasas de desempleo, desindustrialización, presiones inflacionarias y en la balanza de pagos, y la permanencia del legado de alta desigualdad dejado por el apartheid.

La situación es muy distinta en las otras dos grandes economías africanas. Nigeria y Angola son los mayores productores africanos de petróleo, que constituye casi la totalidad de sus exportaciones, por lo que naturalmente se han visto más afectados por la caída brusca de su precio. En ambos países, el deterioro macroeconómico ha sido peor que la media africana, sobre todo con respecto al crecimiento (las dos economías se redujeron en 2016), el cambio en la cuenta corriente (que hasta 2013 mostraba un elevado superávit), presiones cambiarias y el aumento de la inflación. En un esfuerzo por preservar el valor de sus monedas, sus gobiernos impusieron restricciones en el mercado de divisas, que han llevado a un aumento del spread con el mercado paralelo, y que han sido duramente criticadas por la comunidad internacional por perjudicar la actividad económica local. Sin embargo, se prevé que las dos economías vuelvan a crecer este año, aunque a tasas inferiores a las observadas durante el boom de las materias primas.3 La situación es parecida entre otros exportadores de petróleo (Figura 4).

Figura 6. Comparación del crecimiento durante y después del boom de las materias primas

La distinción que se hace aquí entre países exportadores de petróleo y el resto de los países africanos ilustra la importancia de una diferenciación basada en el tipo de inserción en la economía internacional. Los análisis del panorama económico en el continente africano suelen diferenciar entre los exportadores de petróleo, otros países dependientes de los recursos naturales y países que no dependen de ellos. La Figura 4 presenta una comparación de las tasas medias de crecimiento durante y después del boom de las materias primas. La mayoría de los países se encuentra aglomerada en el centro del gráfico, pero los exportadores de petróleo se destacan en la parte inferior derecha por la acentuada caída de sus tasas de crecimiento tras el fin del boom. En las esquinas del gráfico destacan la República Centroafricana, Zimbabue y Sierra Leona, países que han sufrido graves convulsiones internas. Finalmente, en la parte superior derecha se encuentran países que han conseguido mantener su buen desempeño económico, destacando Etiopía, Ruanda y Tanzania, así como Costa de Marfil, cuyo crecimiento parece haberse acelerado tras el cese de su conflicto interno. Mozambique también sobresale, aunque su éxito en los próximos años parece dudoso por la gravedad del escándalo de ocultación de la deuda del gobierno y el retorno de enfrentamientos armados.4

Los modelos de crecimiento

Para entender a fondo los impulsores del crecimiento africano reciente, el potencial de la región a medio y largo plazo, y discernir un posible papel para la AOD, es necesario entender los diferentes “modelos de crecimiento” vigentes en África actualmente. Con este término nos referimos a una visión unificada de los procesos económicos que mueven el crecimiento de un país. A su vez, la valoración de las potencialidades de la región también requiere la comprensión de la relación entre la economía y el plano político. Por lo tanto, incluimos algunas características políticas en nuestro breve panorama del escenario económico africano, donde clasificamos los países según su inserción en la economía internacional. Al abstraer las características de cada país para separarlos en grupos, nos arriesgamos a ignorar especificidades importantes; no obstante, de esta manera se hace posible navegar la geografía de una región muy variada y poco conocida en España.

El primer modelo de desarrollo a destacar es el modelo petro-exportador de Nigeria, Angola y países del CEMAC como Gabón, Congo-Brazzaville y Guinea Ecuatorial. A pesar de las diferencias entre ellos, todos poseen una economía política basada en la distribución de rentas del petróleo. Por lo tanto, se caracterizan por elevados niveles de corrupción, incluso para parámetros africanos, y sus gobiernos carecen de incentivos para diversificar la economía y proveer bienes públicos para la población.5 En la Figura 7, vemos que, en términos de gestión pública y calidad institucional, estos países están lejos de ser los peores de África, aunque Gabón y Guinea Ecuatorial estén entre los países con la renta per cápita más alta del continente.

Figura 7. Índice CPIA de calidad institucional y de la gestión pública

Sudáfrica constituye un caso aparte en lo que se refiere a modelos de desarrollo. Por detrás de su desempeño mediocre en los últimos años hay factores estructurales como un déficit educativo, problemas logísticos y de infraestructura, la mala gestión de empresas públicas, y aumentos salariales desproporcionados con una baja productividad. La inercia económica se debe en gran medida a un equilibrio político en el que grandes empresarios del sector minero, líderes sindicales y partes de la coalición gubernamental perpetúan un modelo económico intensivo en capital y privilegian a una minoría, sin generar el empleo que la población anhela.6 De hecho, recientemente se puede observar un notable deterioro institucional, con repetidos escándalos de corrupción que afectan al gobierno de Jacob Zuma y acusaciones de que el Estado ha sido “capturado” por intereses privados. Estas preocupaciones llevaron a las agencias de calificación crediticia Fitch y Standard and Poor’s a reducir en abril de 2017 la calificación de la deuda soberana sudafricana a un estatus “basura”.

Fuera de las tres principales economías del continente y de los petro-exportadores, hay una serie de países pequeños o con una geografía adversa, y otros más grandes que, pese a su potencial, tienen graves problemas de inestabilidad política. Este grupo de países está constituido o por Estados depredadores, donde los gobernantes buscan únicamente extraer recursos de su población para su beneficio personal, o Estados fallidos, donde no queda ni un resquicio de autoridad estatal sobre el territorio. En estos países, la cooperación internacional puede hacer muy poco en lo que a desarrollo económico se refiere, y el reto fundamental es el restablecimiento de la paz y de la autoridad estatal.7

Las trayectorias económicas más prometedoras del continente africano actualmente se encuentran en un grupo de países de África oriental y occidental cómo Etiopía, Ruanda, Tanzania, Costa de Marfil, Senegal, Kenia y Mali. El crecimiento de estos países se debe a una combinación de inversión pública, transferencias externas y ganancias de productividad en el sector agrícola, los cuales han fomentado el crecimiento del sector urbano de servicios.8/sup> A pesar de las frecuentes referencias a “leones africanos”, este modelo de crecimiento es muy diferente del modelo asiático de exportación de bienes manufacturados. Se prevé que el grupo de países en rápido crecimiento siga esta misma trayectoria durante los próximos años, aunque hay algunas dudas sobre su sostenibilidad, dado que el modelo se caracteriza por rendimientos decrecientes. En algún momento, las ganancias de productividad gracias al cambio estructural se van a agotar y la productividad de los sectores urbanos tendrá que crecer.

Hay dudas sobre si la política e instituciones de esos países posibilitan intervenciones económicas más ambiciosas por parte de sus gobiernos. En ellos, como en la mayoría de los países del continente africano, la fragmentación del poder político, la debilidad de estructuras gubernamentales y las limitadas capacidades productivas de las empresas llevan a la prevalencia de una política clientelista, poco propicia para la elaboración de estrategias a largo plazo.9 Además, en democracias como Ghana y Kenia, el patrón de competencia política lleva a riesgos de irresponsabilidad fiscal, especialmente en el primero, que está sujeto a un programa del FMI. En los demás países de ese grupo también permanecen una serie de riesgos políticos, lo que en cierta forma es natural dado su bajo nivel de desarrollo. Un ejemplo reciente es la controversia en las elecciones presidenciales en Kenia.

Entre los países con una tasa más alta de crecimiento, Etiopía y Ruanda constituyen las únicas excepciones en lo que se refiere a sus equilibrios políticos. Ambos países son gobernados por regímenes autoritarios que buscan trascender divisiones étnicas internas y legitimarse a través del crecimiento económico. Sus aparatos estatales son relativamente eficaces, y responden a las prioridades desarrollistas de sus gobernantes; entre ellas, podemos destacar la ambición de fortalecer el aparato estatal.10 Además, su importancia geoestratégica, su eficacia militar y la percepción externa de que son serios con respecto al desarrollo les ha proporcionado abundantes recursos provenientes de la cooperación externa,11 llegando al 80% del presupuesto gubernamental en Ruanda. No obstante, a pesar de su éxito en canalizar recursos para aumentar la productividad agrícola y extender servicios a la población, la industrialización de ambos países ha sido limitada hasta el momento y persisten los riesgos provenientes de tensiones étnicas.

Este breve análisis de las perspectivas económicas en África nos demuestra que, tras el fin del boom de las materias primas, la región se ha caracterizado cada vez más por su heterogeneidad, la cual no se manifiesta sólo en el ámbito económico sino también en el ámbito político, con la coexistencia de varias formas de gobierno, incluyendo democracias más o menos consolidadas, dictaduras personalistas, gobiernos autoritarios desarrollistas y Estados fallidos. Esto subraya la necesidad de entender cada contexto específico, renunciando a la tentación de generalizar en un continente tan vasto y tan poco conocido en Occidente. De todos modos, no se pueden olvidar los retos compartidos por la mayoría de los países africanos, como la necesidad de expandir y mejorar sus sistemas de educación e infraestructura, fortalecer el sector privado, ampliar su capacidad recaudatoria y atenuar la vulnerabilidad a choques climáticos de economías todavía predominantemente agrícolas.

Implicaciones para la acción externa: el papel del análisis político en la AOD

Como hemos mencionado, el impacto de la AOD pasa por sus interacciones con el contexto político del país receptor. Frecuentemente, tal contexto no es propicio a la inversión en proyectos que promuevan el crecimiento económico o que sean benéficos para la población en general. Una intervención externa, aunque bien intencionada, no puede tener éxito si va en contra de los incentivos inherentes a las circunstancias políticas locales. En esos casos, es posible que los recursos de la cooperación sean usados para fines políticos, y que acaben beneficiando a elites con poco interés en el desarrollo económico. Además, la dependencia de recursos externos puede agravar la debilidad de los Estados africanos, puesto que reduce el imperativo de fortalecer las estructuras estatales a fin de ampliar su capacidad recaudatoria.12

En los últimos años, siguiendo el ejemplo del DFID británico, el Banco Mundial y algunas agencias de cooperación del norte de Europa han empezado a integrar el análisis político a sus operaciones.13 Este tipo de análisis puede prestarse a muchos propósitos, entre ellos la formulación de visiones estratégicas y la identificación de obstáculos a la implementación de proyectos. El análisis político también puede servir de punto de partida para una visión más dinámica, que plantee cambios económicos, sociales y políticos a largo plazo. Dada la interdependencia entre la política y la economía, tal visión debe basarse en el reconocimiento de que cada país seguirá un recorrido distinto hacia el desarrollo, a la vez que busca identificar patrones comunes entre las trayectorias de diferentes países.14

A pesar del potencial del análisis político para la promoción de una agenda de desarrollo más eficaz, ha resultado difícil institucionalizarlo, debido a los incentivos burocráticos presentes en las agencias de cooperación.15 Además, es natural que los jefes de Estado en los países receptores no vean con buenos ojos la idea de que actores externos interfieran con los equilibrios políticos locales. Este tipo de interferencia tampoco auxilia países extranjeros que buscan ampliar su presencia política, diplomática o económica en el continente africano. Por ello, en la próxima sección, analizamos con más detalle los retos para la implantación de un marco de cooperación más eficaz en el seno de las instituciones europeas.

La relación UE-África

Como consecuencia de los lazos coloniales, Europa tiene una fuerte presencia en el continente africano. En lo que se refiere a la UE y a sus predecesores, la componente central de las relaciones con África desde 1975 son las instituciones del ACP (Estados de África, del Caribe y del Pacífico), que agrupan a países africanos y pequeños Estados insulares en desarrollo. En sus orígenes, el conjunto de instituciones que reunía la ACP y la UE tenía importantes funciones en el comercio, la cooperación para el desarrollo y la cooperación política. Sin embargo, la importancia y la efectividad de esta relación han decaído a lo largo de los años debido a cambios en la geopolítica global, la creciente regionalización de las relaciones internacionales, la heterogeneidad entre los países del ACP y la expansión de la UE.16 El acuerdo de Cotonou de 2000 buscó corregir algunos de estos problemas y adaptar la relación al siglo XXI, pero ha tenido poco éxito, sobre todo en lo que se refiere a la polémica sobre la ratificación de los EPA (Acuerdos de Cooperación Económica). Por tanto, se discute si tras el fin del acuerdo de Cotonou en 2020 será posible mantener la forma actual de cooperación ACP-UE.

A la vez, la relación directa entre la UE y la Unión Africana (UA) ha ganado una mayor preeminencia desde la divulgación de la Joint Africa-EU Strategy (JAES, Estrategia Conjunta África-UE) en 2007. La UE también ha promulgado otras iniciativas, como el Emergency Trust Fund, el Africa Investment Facility, el Plan de Inversión Externa y una serie de acuerdos sub-regionales. La multiplicidad de modalidades de relaciones UE-África resulta en una arquitectura compleja y poco coherente, donde se mezclan elementos de realpolitik y de cooperación para el desarrollo. Tal incoherencia deriva de la variación de los incentivos institucionales entre los diferentes órganos internos de la UE.17 A esta confusión se añaden los intereses divergentes de los Estados miembros, especialmente entre las ex potencias coloniales y el resto de los países europeos.

Los problemas en el marco de las relaciones UE-África crean importantes obstáculos para la promoción e institucionalización de una política de cooperación más pragmática y consciente de los retos reales en los países receptores. Pese a las evidencias de que la forma actual de cooperación ha dado pocos resultados concretos, los líderes europeos siguen dando prioridad a cumbres formales donde proliferan declaraciones de buenas intenciones en detrimento de acciones más concretas para crear condiciones políticas favorables al desarrollo.18 Un ejemplo reciente es la idea alemana de ofrecer un “plan Marshall para África”,19 ignorando las evidencias de que es improbable que una simple inyección de dinero sea capaz de promover el desarrollo del continente (al contrario, sólo acentuaría la dependencia de recursos externos por parte de las elites africanas y reduciría sus incentivos para transformar la economía). Tales iniciativas responden más a imperativos mediáticos o de proyección de poder, y no evidencian un esfuerzo serio para entender los retos del desarrollo. Frecuentemente, también expresan preocupaciones de los países europeos con temas como democracia o derechos humanos y, contrariamente a las intenciones expresadas en las diferentes cumbres, no tienen en cuenta las preocupaciones primariamente económicas de los países africanos. Como consecuencia, se crea un clima de desconfianza entre las dos partes, se cierran las vías de diálogo y se abre espacio para actores del sur global como China, que dan un papel central a la autodeterminación en su política africana.

Conclusiones

Para aumentar la efectividad de su cooperación con África, es esencial que la UE reconozca la creciente heterogeneidad del continente y adapte sus políticas a las nuevas realidades emergentes. Estas políticas deben ser pautadas por un mayor realismo y el reconocimiento de los intereses que están en juego. Es especialmente importante abandonar una agenda de imposición de ideales normativos europeos en contextos donde las instituciones informales no los soportan, y pensar en estrategias a largo plazo para alcanzar estos ideales. La UE tiene un papel fundamental. Sin embargo, la importancia y la efectividad de esta relación han decaído a lo largo de los años en el futuro de África, pues es el actor externo con la mayor presencia en el continente y su principal donante para la cooperación internacional.

Los retos para el continente africano son muchos, pero desde el punto de vista del crecimiento económico, las prioridades varían según el modelo de crecimiento y el régimen político. Por ejemplo, en países exportadores de petróleo, los principales retos son la buena gestión de los recursos provenientes del petróleo y la diversificación de la economía. En Estados frágiles o afectados por conflictos, el objetivo clave es el restablecimiento de Estados viables. En los Estados con patrones de política clientelista –el caso modal en África Subsahariana– puede ser que las intervenciones más prometedoras sean las que consigan establecer “islas de excelencia”, sea en términos de industrias específicas o de entes burocráticos más eficaces. Finalmente, los marcos tradicionales de cooperación pueden ser más exitosos en los llamados “Estados desarrollistas”. En ellos, hay un interés real de los gobiernos en expandir la oferta de servicios públicos a la población, y es probable que los esfuerzos para aumentar la competitividad de la economía sean correspondidos por los gobiernos receptores, siempre que no reduzcan su control del poder. Estos son ejemplos del tipo de consideración que una política de cooperación puede hacer, pero es evidente que el análisis político de la cooperación debe usar un marco teórico más complejo.20

Para mejorar la calidad de la cooperación europea, será necesario que se superen los problemas de acción colectiva inherentes a una institución compleja y fragmentada como la UE y se cree una arquitectura institucional que permita un análisis del desarrollo más realista. Actualmente, los incentivos políticos e institucionales no son propicios a tales innovaciones, y parece improbable que esta situación cambie radicalmente a corto o medio plazo.21 Sin embargo, la ausencia de incentivos no implica la imposibilidad del cambio; en estos casos, es necesario que “emprendedores políticos”22 tomen la iniciativa para reformar las instituciones. En Europa, el Reino Unido, los Países Bajos y las naciones nórdicas ya han reformulado sus políticas de cooperación para que se tenga en cuenta la complejidad del proceso de desarrollo. Si España pretendiera realmente convertirse en policy maker y no limitarse a ser policy taker, esta es una agenda a la que se podría comprometer, formando coaliciones con otros actores reformistas.

Nicolás Lippolis
Investigador, Centre for the Study of African Economies, Blavatnik School of Government, Universidad de Oxford
| @nicolaslippolis


1 John Mbu (2016), “Why Eurobonds are an important source of finance for Africa”, World Economic Forum, 12/II/2016.

2 Morten Jerven (2013), Poor Numbers, Cornell University Press, Ithaca.

3 El FMI prevé que en 2017 Nigeria crecerá un 0,8% y que Angola crecerá un 1,5%, mientras que según el Banco Mundial el crecimiento será del 1,2% en ambas economías.

4 Joseph Cotterill (2017), “State loans at heart of Mozambique debt scandal”, Financial Times, 25/VI/2017.

5 Para un análisis clásico de los efectos políticos del petróleo, véase Terry Lynn Karl (1997), The Paradox of Plenty: Oil Booms and Petro-States, University of California Press, Berkeley. El caso africano se ilustra también en Ricardo Soares de Oliveira (2007), Oil and Politics in the Gulf of Guinea, Hurst, Londres.

6 Veáse el análisis de Haroon Bhorat, Aalia Cassim y Alan Hirsch (2014), “Policy co-ordination and growth traps in a middle-income country setting: the case of South Africa”, UNU-Wider Working Paper, nº 2014/155.

7 La reconstrucción de estados tras conflictos es otro campo fértil en el debate sobre la cooperación internacional, pero aquí estamos más interesados en la cooperación estrictamente en el campo económico.

8 Xenshin Diao, Margaret McMillan y Dani Rodrik (2017), “The recent growth boom in developing countries: a structural change perspective”, NBER Working Paper, nº 23132.

9 Para un análisis del papel de “equilibrios políticos” (political settlements) en la política industrial africana, véase Lindsay Whitfield, Ole Therkildsen, Lars Buur y Anne Mette Kjaer (2015), The Politics of African Industrial Policy, Cambridge University Press, Cambridge.

10 Will Jones, Ricardo Soares de Oliveira y Harry Verhoeven (2013), “Africa’s Illiberal state-builders”, Oxford Refugee Studies Centre Working Paper Series, nº 89.

11 Jonathan Fisher y David M. Anderson (2015), “Authoritarianism and the securitization of development in Africa”, International Affairs, vol. 91, nº 1, pp. 131-151.

12 Véase Todd Moss, Gunilla Pettersson Gilander y Nicolas Van de Walle (2006), “An aid-institutions paradox? A review essay on aid dependency and state building in Sub-Saharan Africa”, Center for Global Development Working Paper, nº 74.

13 Para un relato sobre la experiencia del Banco Mundial en la aplicación de análisis políticos a programas de cooperación, véase Verena Fritz, Brian Levy y Rachel Ort (eds.) (2014), Problem-Driven Political Economy Analysis: The World Bank’s Experience, Banco Mundial, Washington DC.

14 Para un ejemplo de este tipo de estudio, véase Brian Levy (2014), Working with the Grain: Integrating Governance and Growth in Development Strategies, Oxford University Press, Oxford.

15 Para un análisis de los obstáculos a la institucionalización de análisis políticos en agencias de desarrollo, véase Pablo Yanguas y David Hulme (2014), “Can aid bureaucracies think politically? The administrative challenges of political economy analysis (PEA) in DFID and the World Bank”, ESID Working Paper, nº 33.

16 Véanse los análisis del European Center for Development Policy Management (ECPDM) “ACP-EU relations beyond 2020: engaging the future or perpetuating the past?” y “The future of ACP-EU relations: a political economy analysis”.

17 Véase, por ejemplo, Maurizio Carbone (2011), “The European Union and China’s rise in Africa: Competing visions, external coherence and trilateral cooperation”, Journal of Contemporary African Studies, vol. 29, nº 2.

18 Para un análisis más profundizado de este tema, véase Jean Bossuyt (2017), “Can EU-Africa relations be deepened? A perspective on power relations, interests and incentives”, ECDPM Briefing Note, nº 97.

19 Para más detalles, véanse Germany's 'Marshall Plan with Africa', Devex, y el acuerdo de colaboración entre el G20 y África presentado en la última cumbre del G20.

20 Para estudios sobre la cooperación externa con un abordaje de los intereses políticos, véanse Pablo Yanguas (2014), “Leader, protester, enabler, spoiler: aid strategies and donor politics in institutional assistance”, Development Policy Review, vol. 32, nº 3, pp. 299-312; y Pablo Yanguas (2016), “The role and responsibility of foreign aid in recipient political settlements”, ESID Working Paper, nº 56.

21 Para un análisis más completo de las relaciones UE-África, véase Maurizio Carbone (2013) (ed.), The European Union in Africa: Incoherent policies, asymmetric partnership, declining relevance?, Manchester University Press, Manchester.

22 Dani Rodrik (2013), “The Tyranny of Political Economy”, Project Syndicate.

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<![CDATA[ África: prioridad estratégica ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/castro-africa-prioridad-estrategica 2017-05-16T11:03:16Z

Discurso de inauguración de Ildefonso Castro, secretario de Estado de Asuntos Exteriores, en la conferencia internacional “África en la perspectiva del G20”, celebrada en Madrid el 27 de abril de 2017.

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Discurso de inauguración de la conferencia internacional “África en la perspectiva del G20”, celebrada en Madrid el 27 de abril de 2017.

Hoy la prioridad estratégica de España es Europa, que ha pasado de ser política exterior a política doméstica. Es difícil imaginar un proyecto colectivo como país fuera de la UE: preservar su unidad y su fortaleza es esencial para España.

Ahora bien, el principal desafío estratégico de nuestra Política Exterior de mañana es África. Y mañana ha llegado. En 2050 habrá 2.400 millones de africanos, mayoritariamente jóvenes. En Europa seremos 700 millones, algo más envejecidos. Al sur del Mediterráneo millones de jóvenes estarán buscando la forma de ganarse la vida y prosperar, como hacen todos los jóvenes en todas partes. Si la encuentran, contribuirán a su propio bienestar y a la riqueza del continente. Si no la encuentran, florecerá la inestabilidad política y social y probablemente los conflictos.

África como riesgo/amenaza

Tenemos que cambiar la forma de ver África. En 2000 el Economist llamó a África Subsahariana the hopeless continent. Una fuente de guerra, dictaduras, genocidios, enfermedades y pobreza. La respuesta fue la cooperación al desarrollo, y eso hizo España junto a sus socios europeos. África era vista como un riesgo –algunos lo presentan como una amenaza– cada vez más directo y claro a medida que aumentaba la presión migratoria. La inestabilidad africana resultó ser exportable por vía marítima, en frágiles cayucos.

La respuesta exigía ir más allá de la cooperación al desarrollo, y eso es lo que se hizo. España reforzó las embajadas de la región, se negociaron nuevos marcos de diálogo político y las fuerzas armadas y de seguridad españolas incrementaron su presencia en ámbitos multilaterales y bilateralmente con el objetivo de apoyar la estabilidad.

España era uno de los pocos países que sufría este fenómeno. No había antecedentes comparables y tuvimos que desarrollar un modelo propio basado en la colaboración en pie de igualdad con los gobiernos africanos sin dar lecciones, creando confianza para reemplazar una situación perjudicial para ambas partes por una mutuamente beneficiosa.

Esto se hizo –y se hace– colaborando en materia de seguridad, reforzando las propias capacidades africanas, utilizando las herramientas de la cooperación al desarrollo para crear alternativas a la emigración y cooperando con las policías locales para desmontar las redes de tráfico de personas. El éxito de este enfoque integral es tratar las causas profundas del problema colaborando con los países de origen y tránsito. Hay que trabajar cotidianamente y a largo plazo. Mucho de lo que España aprendió hace algunos años tuvo que reaprenderlo el resto de Europa con la crisis de Libia. La UE ha adoptado progresivamente las principales líneas del modelo español. España tiene otra ventaja sobre algunos países europeos: la xenofobia no tiene cabida en la sociedad española y, por ello, tampoco en la vida política. Ello es un bien en sí mismo y además permite trabajar a largo plazo, sin atajos.

África como oportunidad

Año 2050: 2.400 millones de africanos carentes de canales para expresarse políticamente, emplearse productivamente y desarrollarse como personas. Es la visión de “África como riesgo”.

Yo veo África como oportunidad. Según el Banco Mundial, entre 2000 y 2010 África creció a un promedio del 5,4%. Desde 2010, con el fin del superciclo de las materias primas, esa tasa de crecimiento cayó al 3,3% de media, frenado sobre todo por las economías del norte de África, pero sigue por encima del crecimiento de las economías desarrolladas. El FMI predice para África un crecimiento medio del 4,3% en los próximos cinco años. Además, las nuevas tecnologías le permiten a África saltarse etapas del desarrollo y vencer algunas de las limitaciones que le imponen su geografía y sus débiles infraestructuras. África crece y lo hace de forma sólida y cada vez más diversificada. Quizá les sorprenda: España comercia más con África que con América Latina.

África es la próxima frontera de la globalización. Su abundante mano de obra joven la convierte en el candidato ideal para competir con Asia por el liderazgo manufacturero global. Empieza a haber deslocalización hacia África. Su abundancia de tierra cultivable no trabajada ofrece otra oportunidad más. Los propios africanos tienen clara estas oportunidades, plasmadas en la Agenda 2063, y han desarrollado un plan de infraestructuras, con el respaldo del Banco Africano de Desarrollo y la propia UA, para integrar a África en las cadenas globales de valor.

Saludamos que Alemania haya hecho de África la prioridad de su presidencia del G20 y ha anunciado un “Plan Marshall para África” haciendo hincapié en las oportunidades que el continente presenta. África es el continente que más rápido se urbaniza: en los próximos 10 años: 187 millones de africanos se mudarán a las ciudades, donde su productividad media es tres veces mayor que en el campo y se integrarán en la creciente clase media africana. Estas tendencias explican por qué el consumo privado ha crecido al 4,2% en los últimos cinco años, superando el crecimiento de la propia economía. Más de 400 empresas africanas facturan por encima de los 1.000 millones de dólares al año.

Si todas estas tendencias continúan, podemos imaginar un continente que en 2050 no será un riesgo sino que será capaz de absorber la energía de la joven población africana –incluidas las mujeres que deben tener un mayor protagonismo– y transformarla en prosperidad y bienestar para esa misma población y para la de sus socios comerciales. Sería, igualmente, un enorme nuevo mercado para nuestras empresas, a unos pocos kilómetros de distancia.

Alternativa inevitable: amenaza u oportunidad

No podemos ser tan optimistas como para pasar directamente del enfoque de “África como riesgo” al enfoque de “África como oportunidad” sin paradas intermedias. Creo que ahora mismo la visión debe ser la de “África: riesgos y oportunidades”. Ninguna de las visiones se ha impuesto, pero es previsible que una de las dos sea preponderante en los próximos 30 años. Huelga decir cuál de las dos visiones prefieren los propios africanos y, por supuesto, España.

Como decía antes, a pesar del rápido incremento de la inmigración nuestro país no ha producido partidos xenófobos, por lo que debemos, colectivamente, felicitarnos. Pero no significa que seamos inmunes al populismo: si no somos capaces colectivamente de materializar la oportunidad que supone África, se hará realidad su potencial riesgo. La inestabilidad y la presión migratoria darán alas a los que creen que podemos aislarnos del mundo y a los que predican la intolerancia. Los problemas de África son los problemas de España. Construir la España que queremos implica necesariamente ayudar a los africanos a construir la África que ellos desean. Debemos tomar el tren de África como oportunidad o nos arrollará lo que los pesimistas llaman África como amenaza.

Ese es el desafío estratégico para España y para Europa. Nadie alberga dudas sobre el enorme crecimiento de la joven población africana. Eso supone un caudal de energía imparable. Si logramos canalizarlo, convertirá África en la próxima dinamo del planeta.

No es imposible: paralelismo con AL, papel de España

¿Cómo acompañar a África hacia ese futuro deseado? No faltarán los escépticos. Un repaso rápido: la deuda externa supera el 50% del PIB. El 48% de la población está por debajo de la línea de la pobreza. Hay guerras en tres países y conflictos armados en otros cinco, y regímenes autoritarios en 11 países, de los que la mitad son dictaduras militares. Desde luego que el panorama no es alentador. Lo que pasa es que lo que he descrito no corresponde a la situación actual de África, sino a la de América Latina a comienzos de los 80.

En realidad, la situación actual de África es algo mejor. Su deuda externa es similar, en torno al 50% del PIB; su crecimiento es superior al que registraba América Latina en los 80. Según el Banco Mundial, en 2012 la población bajo el umbral de la pobreza en África era del 43%, menos del 48% que registraba América Latina en 1990. Hay conflictos en el continente, subsisten regímenes autocráticos en varios países, pero en los últimos meses hemos visto desarrollos positivos: el autócrata de Gambia cedió el poder tras perder unas elecciones y Somalia ha elegido a su primer presidente democrático. Mucho se debe a los propios africanos y a sus organizaciones regionales como la CEDEAO y la UA.

De hecho, se podría argumentar que el desafío era mayor en América Latina en los 80. El marxismo y la Guerra Fría alimentaban los conflictos. El narcotráfico tampoco facilitó la tarea. Es cierto que en África tenemos el problema del yihadismo y del cambio climático. En cualquier caso, en América Latina 35 años después las dictaduras han ido desapareciendo y los regímenes populistas dejan paso a sociedades más abiertas. La pobreza ha caído al 28% en 2014. Una clase media pujante y urbanizada ha transformado América Latina, que es tierra de oportunidad que las empresas españolas saben aprovechar.

Si se pudo hacer en América Latina, ¿es posible hacerlo en África? Ya hemos visto que las condiciones son similares o incluso un poco mejores. Los propios africanos son conscientes del desafío y han desarrollado su Agenda 2063, su hoja de ruta para llevar a cabo esa transformación. España y Europa debemos emplearnos a fondo para hacer realidad una África próspera.

Líneas básicas de una política exterior hacia África

África necesita lo mismo que todos: niveles mínimos de seguridad; respeto de los derechos humanos y de las reglas democráticas; y erradicación la pobreza. Y sobre eso construir institucionalidad.

Seguridad: ahí está el creciente papel de nuestras Fuerzas Armadas y de Seguridad en misiones en África. Un ejemplo reciente es GAR SI Sahel, un proyecto europeo liderado por nuestra Guardia Civil. Desplegaremos más de 500 guardias civiles para formar a sus homólogos en esos cinco países.

A largo plazo sólo la participación política y la defensa de los derechos humanos garantizan una estabilidad verdadera. La democracia es el mejor baluarte contra los extremismos.

La cooperación al desarrollo es un instrumento clave, pero por sí sola no puede impulsar el crecimiento económico sostenido. Se requieren instituciones abiertas a la competencia, al comercio y a la inversión, capaces de movilizar los recursos de los propios países y de atraer los de otros. La UA así lo ha reconocido en su propia hoja de ruta y desde España apoyaremos sus esfuerzos para crear un marco estable, seguro y propicio a la inversión. Incrementar la renta per cápita es la mejor cooperación al desarrollo y ampliar la clase media es defender la democracia.

España tiene importantes activos que aportar a África. Nuestra sociedad civil es extremadamente dinámica, y apuesta por “África como oportunidad”. Unas 600 empresas españolas están implantadas en África subsahariana y 1.500 tienen actividad comercial en la región. Entre 2010 y 2014 el número de empresas instaladas en el continente se ha multiplicado por siete. Tenemos instituciones como Casa África, que ahora cumple 10 años y realiza una gran labor de diplomacia pública. Es necesario que nuestros centros de pensamiento, como este mismo Real Instituto Elcano, presten más atención a África; este seminario es una buena noticia y espero que sigan por este camino, realzando su perfil africano. Y, por supuesto, es necesario elevar el perfil africano en la administración y en ello estamos trabajando, se lo garantizo. Durante cinco años fui el consejero diplomático del presidente del Gobierno y les aseguro que, para él, África es prioritaria: cree en una visión positiva de África; África como oportunidad.

Conclusión: de nosotros depende

Rara vez tenemos la oportunidad de reconocer las encrucijadas de la Historia. Habitualmente pasan bastantes años hasta que los historiadores logran señalar el momento preciso en que las cosas podían haber sido de otro modo. Hoy conocemos el desafío histórico que África nos planteará en los próximos años. De nosotros depende colaborar decididamente para que África persevere en sus esfuerzos y logre convertirse en un continente de oportunidades, dinamismo, crecimiento, estabilidad, democracia y prosperidad.

Por eso empezaba estas palabras diciendo que África es el principal desafío estratégico que enfrentaremos en el futuro y por eso he tratado de explicar por qué creo que España –y Europa– pueden ser actores relevantes a la hora de construir el futuro que los africanos persiguen y merecen. Tenemos experiencia en desafíos similares y nos va casi tanto en la apuesta como a los propios africanos. Queremos ser sus socios en pie de igualdad, sin cargas históricas ni agendas ocultas. Queremos lo mismo que ellos. Su éxito será nuestro éxito.

Ildefonso Castro
Secretario de Estado de Asuntos Exteriores

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<![CDATA[ La Grand Inga Dam: a través del corazón de África ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/comentario-escribano-grand-inga-dam-a-traves-corazon-africa 2016-10-26T01:48:23Z

El caso de la Grand Inga Dam en la República Democrática del Congo es poco conocido, pero ilustra una dimensión diferente de la seguridad energética, relacionada con la microgeopolítica de la seguridad humana.

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Poco imaginaban Stanley o Brazza cuando exploraban el impetuoso río Congo con las dificultades expuestas en Through the Dark Continent y Au Coeur de l’Afrique, que siglos después su cauce se vería interrumpido por presas y turbinas. Ya se han analizado en Elcano las tensiones en las aguas del Nilo a cuenta de la construcción en Etiopía de la Grand Ethiopian Renaissance Dam, con una capacidad de 6.000 MW. El caso de la Grand Inga Dam en la República Democrática del Congo (nada menos que 40.000 MW) es menos conocido, pero ilustra una dimensión diferente de la seguridad energética, menos relacionada con la gran geo-estrategia y más con la micro-geopolítica de la seguridad humana.

El río Congo es el segundo mayor río africano (sólo por detrás del Nilo), el más profundo del mundo y en parte por ello el más potente de África, con un caudal de 42.000 metros por segundo, lo que brinda un enorme potencial de generación hidroeléctrica. El Congo se utiliza desde hace años para generar electricidad y, por tanto, junto con otros proyectos hidroeléctricos en Egipto, China, el Mekong o Paraguay, es uno de los primeros casos de estudio sobre la geopolítica de los flujos transfronterizos de electricidad de origen renovable. En el caso del Congo, estos flujos se producen, además, en una de las regiones más conflictivas del mundo. Baste apuntar aquí que su curso discurre por 4.700 kilómetros y que su cuenca hidrográfica abarca ocho países: Angola, Camerún, Gabón, República Centroafricana, República Democrática del Congo, República del Congo, Tanzania y Zambia.

“Las críticas de la sociedad civil y de buena parte  de la comunidad académica dificultaron mucho el apoyo del Banco Mundial”

Su gran potencial hidroeléctrico, especialmente en los rápidos de Inga en el Bajo Congo, empezó a explotarse con la presa Inga 1 (350 MW) en 1972, a la que siguió la Inga 2 (1.750 MW) en 1982. Ese mismo año se terminó el corredor de alta tensión (HVDC) Inga-Kolwezi, que simboliza el potencial de la integración eléctrica regional, pese a los problemas de mantenimiento de Inga 1 y 2. En 1995, el Banco Mundial apoyó la creación del Southern African Power Pool (SAPP) para impulsar la integración del mercado eléctrico regional. El Grand Inga está formado por una serie de presas a construir en varias fases, de las cuales la siguiente es la Inga 3. Como ya se ha apuntado, una vez concluido el proyecto generaría unos 40.000 MW, más del doble que la presa de la Tres Gargantas en China, más de la tercera parte del total de electricidad generada actualmente en África y el equivalente al total de la demanda eléctrica de Sudáfrica (este último dato, como se verá, no tiene sólo propósitos comparativos).

El proyecto contó con el apoyo de la comunidad internacional para financiar un coste previsto en unos 80.000 millones de dólares, y ha sido considerado prioritario por varias organizaciones regionales y organismos financieros multilaterales (por ejemplo, Southern Africa Development Community-SADC, New Partnership for African Development-NEPAD, SAPP, y el World Energy Council). Sin embargo, las críticas de la sociedad civil (destacando el activismo de la ONG International Rivers) y de buena parte de la comunidad académica, que lo consideran un proyecto propio de un modelo de desarrollo desfasado que prima a las empresas mineras (compradoras de buena parte de la electricidad generada en las fases ya construidas) y los mercados de exportación a expensas de los pobres, dificultaron mucho el apoyo del Banco Mundial. En 2014, el Banco Mundial aprobó un primer crédito pese a la abstención de EEUU y a que el propio Banco destacó la existencia de “riesgos de implementación significativos”. Finalmente, en julio de 2016 el Banco Mundial suspendió la financiación del proyecto aumentando la incertidumbre sobre su futuro.

Desde la perspectiva clásica de la seguridad energética, un proyecto como la Grand Inga Dam afronta dos vulnerabilidades clave: la del comprador único por el lado de la seguridad de demanda; y la de la sobre-dependencia de una única fuente energética por el lado de la seguridad de oferta. Por el lado de la demanda, la prevalencia de los contratos firmados por Sudáfrica, de lejos el mayor comprador de la electricidad a generar en la Grand Inga además de participar en su construcción y financiación, sesgará el poder de negociación de un país como la República Democrática del Congo, cuyo PIB equivale a una décima parte del sudafricano. Por el lado de la oferta, la ausencia de diversificación del suministro por fuentes y por orígenes geográficos es uno de los vectores de vulnerabilidad más perniciosos para la seguridad energética, puesto que en caso de ataque o sabotaje, o simplemente de un mal mantenimiento, no habría alternativas disponibles.

“Las rentas derivadas de la exportación de  electricidad pueden abonar comportamientos corruptos y rentistas”

Pero, además, se ha argumentado que la seguridad energética en África, y por tanto de la Grand Inga Dam, debe enfocarse a través del prisma del desarrollo, el acceso a la energía y el buen gobierno de los recursos energéticos. Con dichos criterios, es evidente que los mega-proyectos suponen un vector importante de modernización y creación de empleo, pero en un contexto de pobreza energética y mala gobernanza sus beneficios en materia de accesibilidad y buen gobierno pueden ser limitados o incluso contra-producentes. Debe considerarse que en la República Democrática del Congo poco más de un 10% de la población tiene acceso a la red eléctrica, y la pobreza energética no se circunscribe al mundo rural, sino que la red ni siquiera llega a algunas ciudades importantes. Además, las rentas derivadas de la exportación de electricidad pueden abonar comportamientos corruptos y rentistas, reproduciendo el conocido mecanismo económico de la “enfermedad holandesa” y político de la “maldición de los recursos”.

Este aspecto es interesante, pues introduce un elemento frecuentemente pasado por alto en el debate sobre las implicaciones estratégicas de las energías renovables, especialmente de las que comportan esquemas de generación muy centralizados como es el caso de la hidroelectricidad (aunque no sólo, como también hemos tratado ya en Elcano). A saber, que en un contexto de baja calidad institucional pueden darse situaciones de “rentismo renovable” equiparables en casos extremos a las consecuencias que padecen los ciudadanos de los países en desarrollo productores de hidrocarburos. Finalmente, si a algún lector de este comentario los problemas de gobernanza de la hidroelectricidad en el río Congo le parecen excesivamente distantes, quizá cambie de opinión al conocer la presencia de empresas españolas en uno de los consorcios interesados en la construcción de la Grand Inga Dam.

Gonzalo Escribano
Director del Programa Energía y Cambio Climático del Real Instituto Elcano
| @g_escribano

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<![CDATA[ Política exterior y presencia global: las estrategias de Australia y Sudáfrica ]]> http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari71-2015-garciacalvo-politica-exterior-presencia-global-estrategias-australia-sudafrica 2015-12-03T01:41:00Z

Este ARI estudia cómo ha sido la inserción en la globalización de Australia y Sudáfrica en términos de presencia global, preguntándose si ésta se corresponde con el modelo reflejado en sus documentos estratégicos de política exterior.

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Ver también versión en inglés: Foreign policy and global presence: the strategies of Australia and South Africa

Tema

Este ARI estudia cómo ha sido la inserción en la globalización de Australia y Sudáfrica en términos de presencia global, preguntándose si ésta se corresponde con el modelo reflejado en sus documentos estratégicos de política exterior.

Resumen

¿Definen efectivamente las estrategias de política exterior el perfil de los países más allá de sus fronteras? ¿Evolucionan los perfiles de política exterior de acuerdo a los objetivos dibujados en los documentos estratégicos? Para responder a estas cuestiones analizaremos las características de la proyección exterior (a partir de sus documentos de referencia) y los resultados de presencia global de dos países que reflejan sendas formas de “existir” en la globalización: una potencia media, Australia, y otra emergente, Sudáfrica. El análisis del caso australiano expone una inserción exterior basada en la economía, con protagonismo de bienes primarios y energéticos, que sigue la senda marcada por sus documentos estratégicos. Sudáfrica, por su parte, considera el ejercicio del liderazgo regional como el cimiento de su influencia en el orden internacional pero, en términos de presencia global, podría parecer que Nigeria le habría arrebatado este liderazgo debido al crecimiento experimentado de los últimos años.

Análisis

En diversas latitudes del planeta, muchos son los países que han reflexionado sobre el papel que pueden jugar en el complejo tablero internacional caracterizado por la globalización, tratando de identificar las oportunidades y riesgos que éste les brinda en la persecución de su interés nacional. De este modo, algunos países han sido capaces de identificar sus fortalezas y debilidades, recogiendo en documentos estratégicos o libros blancos una serie de objetivos y mecanismos a desarrollar con el fin de optimizar su posicionamiento en el ámbito global, en un ejercicio de planificación que busca no sólo responder a las transformaciones del escenario internacional, sino también contribuir a una política exterior más transparente, inclusiva y previsible.1

Además de una herramienta útil para escrutar el proceso de globalización –su evolución y tendencias–, el Índice Elcano de Presencia Global es también un eficaz instrumento para el análisis de la política exterior. Determinando la presencia global de los distintos países estudiados en el índice en las tres dimensiones y diversas variables que la componen, podemos trazar los perfiles de presencia por países o bloques. Así, comprobaremos si un Estado (o conjunto de ellos) configura su proyección exterior sobre variables de la dimensión blanda –como la investigación científica, la cooperación al desarrollo o el turismo– o si, por el contrario, la define mediante las dimensiones duras, económica o militar –como la energía, las inversiones o el equipamiento militar–. Los perfiles de presencia representan, por tanto, una radiografía que nos permite conocer la naturaleza de la inserción exterior –fortalezas y debilidades– al detallar en la práctica la forma en que los Estados extienden internacionalmente su concepción de la globalización y del papel que estos pueden jugar en ella, tratando de maximizar las oportunidades que esta le ofrece en pos de su interés nacional, ya esté éste orientado bien al ejercicio de influencia, bien a la consecución de agendas nacionales.

Hacia una Australia próspera: la “liberalización competitiva” de los mercados

Los principios filosóficos y prácticos que guían la política exterior y de comercio australiana se recogen por primera vez en 1997 en el documento In the National Interest,2 cuya revisión y, por el momento, única actualización se publicó en el año 2003 bajo el título Advancing the National Interest: Australia’s Foreign and Trade Policy White Paper. Desde entonces se han sucedido diversos documentos, igualmente estratégicos, si bien sectoriales, que no ofrecen una panorámica de su amplitud.

En el libro blanco, el país se define como una potencia media inserta en la globalización, la cual analiza de manera ciertamente optimista, como una oportunidad en “tiempos de incertidumbre” que comporta sustanciales ganancias para los países. Australia continua definiéndose como “una democracia liberal orgullosa de su compromiso con los valores de la libertad política y económica” que ha fortalecido su lugar en el mundo. Un país que, dado su origen inmigrante y su comunidad multicultural, mira más allá de sus fronteras. Un Estado insular, occidental, ubicado en la región Asia-Pacífico, con grandes afinidades y lazos con América del Norte y Europa, cuyo interés nacional es “la seguridad y prosperidad de Australia y los australianos”.3

Los objetivos estratégicos de su inserción internacional pasan, de este modo, fundamentalmente por la integración económica. El documento propone una ambiciosa agenda comercial de “liberalización competitiva” de los mercados –teniendo en cuenta “los canales bilaterales y multilaterales”– ante la competencia que suponen los países en desarrollo, no sólo en lo referido a los productos agrícolas o textiles sino también por la creciente puesta en el mercado de productos manufacturados. Así, se proponen una inserción netamente económica, basada en las exportaciones de bienes primarios (productos agrícolas, minería y vino), servicios y manufacturas (relacionadas, por ejemplo, con su incipiente sector automotriz) y energéticas, así como en las inversiones.4

Dentro de la dimensión blanda, se señala el potencial de la sociedad multicultural australiana para establecer las “relaciones interpersonales que contribuyen a nuestro estatus internacional”,5 otro objetivo estratégico. En este sentido, se cuenta tanto con los australianos nacidos en el exterior como los residentes en terceros países, así como también en la capacidad de atracción de estudiantes extranjeros, y el turismo. También se busca proyectar la imagen de un país exitoso y sofisticado a través de sus aportaciones al conocimiento científico y los logros deportivos. La cooperación al desarrollo entra en la agenda blanda australiana en tanto que “deber moral para erradicar la pobreza”, aunque está primordialmente focalizada en la buena gobernanza en la región.

En lo referente al particular de la seguridad, Australia muestra en su documento estratégico un firme compromiso con la guerra contra el terrorismo impulsada por su aliado EEUU tras los atentados del 11-S en Nueva York y Washington.6

¿Ha evolucionado la naturaleza de la proyección exterior australiana de acuerdo a estas orientaciones estratégicas?

En 2005, dos años después de la aprobación de su libro blanco, Australia, ocupaba el 12º puesto del ranking de presencia global de los 80 países que cuantifica y ordena el Índice Elcano de Presencia Global. Su perfil de presencia estaba entonces principalmente construida sobre la dimensión blanda, que representaba el 54,1%, seguida de la económica (43,9%) y la militar (2%). Transcurridos cinco años, en 2010, mantiene idéntica posición, si bien las variables económicas incrementan su peso en 3,7 puntos porcentuales, en detrimento de blandas y militares, que decrecen 3,2 y 0 puntos, respectivamente. En el último Índice (2014), el país desciende un puesto en el ranking general, ocupando la 13ª posición, al tiempo que se consolida la tendencia hacia un perfil económico de proyección exterior (Gráfico 1). Por vez primera dicha dimensión supera a la blanda, suponiendo más de la mitad de la presencia global australiana (concretamente, el 56,3%). La contribución relativa de la presencia militar continúa descendiendo, no quedando reflejada en términos de presencia la participación australiana en la guerra contra el terrorismo global.

Gráfico 1. Contribuciones de cada dimensión a la presencia global de Australia (2014, %)

Este giro económico también se refleja si lo analizamos en valor índice (Gráfico 2). Partiendo de valores similares en 2005 (93,8 y 97,0 respectivamente), en los casi 10 años hasta 2014, el valor del área económica se incrementó en 134,4 puntos frente a los 48,2 de la blanda. La mayor expansión del conjunto de variables económicas se produjo en el lustro 2010-2014, en el cual dicha dimensión se incrementó 68,5 puntos más que la blanda (Gráfico 2).

Gráfico 2. Variación simple de presencia económica y blanda por subperiodos (en valor índice)

Por último, es interesante señalar cómo en el tablero global, esto es, en competición con los restantes 79 países que componen el Índice, la cuota de presencia económica australiana se incrementó, pasando del 2,0% al 2,3%, entre 2005 y 2010, en un contexto de expansión generalizada de la globalización –eminentemente económica– en el que los países emergentes han absorbido parte del espacio económico que ocupaban las potencias postindustriales tradicionales (el caso paradigmático es el de China).

Atendiendo a las variables definitorias del perfil australiano más allá de sus fronteras, vemos que en el año 2005 estas eran fundamentalmente cuatro: (a) educación, cuya contribución relativa era del 17,5%; (b) bienes primarios (17,4%); (c) deportes (15,3%); y (d) energía (11,9%). Estos fueron los factores más relevantes entre 2005 y 2014, si bien su evolución difiere a lo largo del período estudiado. En 2010 las variables de la dimensión blanda crecieron mínimamente –educación (17,7%)– o decrecieron –deportes (12,6%)–, mientras que las dos económicas se incrementaron –bienes primarios (18,8%) y energía (13,9%)–, una tendencia que se mantuvo en 2014, cuando los bienes primarios se afianzaron como la variable más importante (siendo su peso relativo del 27,0%, como muestra el Gráfico 3), las exportaciones de productos energéticos ocuparon el segundo lugar (15%) y la educación, pese a descender 4,5 puntos porcentuales respecto a 2005, ocupó el tercero, con un 13%. En el grupo de “otros” destaca la evolución de las variables de servicios, que permanecen prácticamente invariables a lo largo de los casi 10 años, y la de cooperación al desarrollo, cuya presencia relativa se incrementa en 1,6 puntos (Gráfico 3).

Gráfico 3. Contribución de las principales variables a la presencia global de Australia (2014, %)

En resumen, el análisis por variables expone una inserción exterior basada en las exportaciones de bienes primarios –principalmente productos agrícolas–, sector estratégico del país continental, y la energía, igualmente señalada como clave en la relación con Asia, un área de influencia prioritaria. La educación como forma de establecer vínculos con el exterior es otra de las grandes fortalezas de Australia. En este sentido, el descenso de su contribución relativa a la presencia global debe de interpretarse teniendo en cuenta tanto el elevado valor del que partía en 2005 como el crecimiento de otras variables económicas que han ido dando forma a los objetivos estratégicos identificados en su documento de referencia.

Tras analizar la evolución la naturaleza de la presencia global australiana desde 2005 por áreas y variables podemos concluir que ésta ha seguido, en la práctica, la senda marcada por el documento de 2003, conectando el buen desempeño internacional con el objetivo de una Australia más próspera y segura.

El caso sudafricano: ¿liderazgo regional para una mayor influencia global?

El año 2005 marca un punto de inflexión en la política exterior sudafricana, al señalar “el comienzo de la segunda década de democracia, coincidiendo con el 50 aniversario de la proclamación de la Carta de Libertad en el Congreso del Pueblo”, tal y como refleja el plan estratégico de la política exterior del país para 2005-2008,7 que recoge la visión y los objetivos de la misma a medio plazo. Poniendo de manifiesto su vocación de líder regional, el compromiso sudafricano se concentra en el continente africano, articulado sobre “la construcción de una nueva África donde exista una paz y seguridad duradera, se profundice en la democracia y en la prosperidad, lo que significa la continua mejora en la calidad de vida de los africanos”.

En 2009 el Ministerio de Asuntos Exteriores cambió su denominación por la de Departamento de Relaciones Internacionales y Cooperación (DIRC, en sus siglas en inglés), en un giro estratégico que pretendía conectar en mayor medida el proyecto nacional con el exterior, ahora más comprehensivo. Se inició asimismo un período de reflexión que culminaría con la elaboración de un documento de referencia para la acción exterior, un libro blanco, publicado en la página web del DIRC en 2011, bajo el título Building a Better World: The Diplomacy of Ubuntu,8 aprobado por el gabinete y actualmente en debate parlamentario.

Dicho libro blanco reafirma los principios básicos del espíritu sudafricano plasmados en 2005, centrados en el respeto a las naciones, gentes y culturas (la llamada diplomacia Ubuntu)9 y la cooperación Sur-Sur como contraposición al colonialismo. El objetivo último del documento no es otro que el de preparar al país para ser una “nación ganadora en el S. XXI”,10 estando su interés nacional intrínsecamente vinculado a la “estabilidad, unidad y prosperidad de África”, precisando que “la posición continental y global de Sudáfrica en el futuro va a estar determinada por cómo el país permanece fiel a sus valores imperecederos, el éxito económico y el continuo liderazgo continental”.11 Vemos pues, cómo el liderazgo regional se define como objetivo estratégico prioritario sobre el que promover una mayor influencia en el orden global.

La visión de sí mismos en el horizonte 2025 es, por tanto, la de un país influyente tanto del continente africano como en la comunidad internacional, sustentándose en sus valores y en una economía global competitiva y sostenible.12 Así, la diplomacia económica del país deberá guiar al gobierno y demás actores de la acción exterior para, principalmente, tratar de acabar con las barreras para los productos sudafricanos, identificar y abrir nuevos mercados y atraer inversiones y turismo, lo que implica mejorar la competitividad de bienes y servicios generados en el país, al tiempo que mantener su reputación como proveedor estable y responsable. Para ello, establecen como fines estratégicos, a grandes rasgos, la integración y diversificación en los mercados globales, la apuesta por sus recursos naturales, la generación de un mejor entorno para los negocios, la innovación para afrontar nuevas oportunidades de mercado y la implementación de medidas dirigidas a la atracción de turismo.13

¿Podemos hablar, en términos de presencia, de liderazgo regional sudafricano?

Como hemos visto, Sudáfrica considera su liderazgo regional como el cimiento de su influencia en el orden global. Atendiendo al ranking de presencia global, advertimos que no es Sudáfrica, sino Nigeria, el país mejor posicionado de la región del África Subsahariana, bloque que incluye también a Angola y Sudán. Nigeria ha escalado 13 posiciones desde el primer año para el que se calcula el índice, 1990, ocupando en la última edición el puesto 36. Sudáfrica, por su parte, se sitúa actualmente dos puestos por debajo, en el 38 (Cuadro 1), habiendo sido su progresión algo menor, al ascender cuatro posiciones desde entonces. Angola y Sudán se encuentran muy por debajo, ya en la segunda mitad de la tabla, en las posiciones 54 y 77, respectivamente.

Atendiendo al posicionamiento por dimensiones de los dos primeros clasificados regionales, Sudáfrica lidera el ranking de presencia blanda, si bien es superada por Nigeria en las dimensiones económica y militar. Mientras que Nigeria no varía su posición en el ranking económico, la república austral desciende 14 puestos desde 1990, que, en cambio, gana 11 en la dimensión blanda, en contraste con los 10 perdidos por Nigeria. En la dimensión militar ambos países escalan posiciones desde comienzos de los 90.

Cuadro 1. Ranking de presencia global y por dimensiones de África Subsahariana (2014)

En base a estos rankings, en términos de presencia, no sería Sudáfrica sino Nigeria el líder regional. Sin embargo, entrando en detalle en la naturaleza de su proyección exterior, esto es, analizando cómo contribuyen cada una de las dimensiones y variables a la presencia global, advertimos que dichos resultados pueden interpretarse de manera diferente.

La proyección exterior de los cuatro países del bloque descansa mayoritariamente en la dimensión económica (Cuadro 2), indicando los porcentajes de Angola (95,6%), Nigeria (84,1%) y Sudán (60,3%), una mayor relevancia que en el caso sudafricano, cuya aportación relativa de la presencia económica es del 51,0%. Las dimensiones blanda y militar suponen, respectivamente, el 47,1% y el 1,9%, mientras que para Nigeria la blanda supone tan solo el 13,3% y la militar el 2,6%. La suya es, por tanto, una presencia muy focalizada en la dimensión económica.

Cuadro 2. Contribuciones de cada dimensión a la presencia global de África Subsahariana (2014, %)

Descendiendo al nivel de las variables, puede apreciarse como la presencia global de Nigeria (Gráfico 4) descansa de manera abrumadora en la energía, que constituye el 79%, siendo la siguiente en importancia la cultura, con apenas un 5%. En cuanto a Sudáfrica, las variables que articulan su proyección exterior son mucho más diversas, siendo las principales los bienes primarios, la educación y el turismo (aunque un total de otras 13 variables suman el 28%). Así, presenta un perfil mucho más diversificado, lo que, no sólo no le hace dependiente de la evolución de los precios internacionales, sino que denota el desempeño de un proyecto interno que, en conexión con el orden global, apuesta por desarrollar los diversos sectores estratégicos identificados en el libro blanco (exportación de bienes primarios y atracción de turistas, principalmente), como base de una proyección regional y global, en beneficio del interés nacional.

Gráfico 4. Contribución de las principales variables a la presencia global de Nigeria y Sudáfrica (2014, en %)

Nigeria es el país del África Subsahariana que presenta mejores resultados de presencia global. En cambio, un análisis pormenorizado de la naturaleza de la proyección exterior de ambos países pone de manifiesto cómo la eventual influencia de Sudáfrica, sustentada sobre unas bases diversificadas, denota una proyección más sólida y sostenible y una inserción estratégica conectada a la globalización no sólo a través de una dimensión económica sino, también, de la atracción de estudiantes a sus universidades, del turismo y los deportes, variables blandas que denotan un patrón más sofisticado, adecuado al contexto de unas relaciones internacionales crecientemente complejas tras el fin de la Guerra Fría.

Conclusiones

Tal y como hemos visto, el Índice Elcano de Presencia Global es una herramienta útil para analizar la política exterior de los países para los que se calcula. En el caso de Australia, la conexión es evidente: el giro hacia un perfil internacional más económico, con acento liberal, en una región –Asia/Pacífico– que se ha convertido en el epicentro de la actividad económica mundial, explica hasta cierto punto el hecho de que la dimensión económica se haya convertido en la definitoria de su proyecto nacional para sacar el máximo beneficio posible de la globalización. En cuanto a Sudáfrica, su principal fortaleza, y la base para ejercer su influencia regional (o incluso global), ha sido la diversificación de su presencia global en variables económicas y blandas, lo que le proyecta de una manera más compleja y sofisticada en la competición por el liderazgo regional que mantiene con Nigeria quien está basando su proyección fundamentalmente en las exportaciones energéticas.

Carola García-Calvo
Investigadora del Real Instituto Elcano
| @carolagc13


1 Ignacio Molina (coord.) (2014), Hacia una renovación estratégica de la política exterior española, Informe Elcano, nº 15, Real Instituto Elcano, Madrid.

3 Advancing the National Interest, pp. vii-ix.

4 Advancing the National Interest, pp. 25-30.

5 Advancing the National Interest, p. 13.

6 Advancing the National Interest, p. 13.

7 Department of Foreign Affairs, Republic of South Africa (2005), South Africa Foreign Policy Strategic Plan: 2005-2008.

8 Department of Foreign Affairs, Republic of South Africa (2011), White Paper on South African Foreign Policy - Building a Better World: The Diplomacy of Ubuntu.

9 Para más información, véase Building a Better World, preámbulo.

10 Building a Better World, p. 3.

11 Building a Better World, p. 26.

12 Building a Better World, p. 18.

13 Building a Better World, p. 26.

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