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estudios internacionales y estratégicos

Irak se rompe: la insurgencia suní se aprovecha del desgobierno de Maliki

Félix Arteaga. Comentario Elcano 43/2014 - 11/6/2014


Félix Arteaga. Investigador principal / Senior Analyst. Elcano 2013

Irak está pasando de la descomposición a la fragmentación. La insurgencia suní acaba de ocupar Mosul, la segunda ciudad de Irak, tras ocupar y retener otras ciudades como Faluya, Ramadi y Samarra en los últimos meses, demostrando la incapacidad del gobierno del presidente Nouri Maliki para controlar su territorio. No es de extrañar porque en sus dos legislaturas, su gobierno ha sido incapaz también de elevar la renta per cápita, los servicios públicos y el nivel de desarrollo humano de su población. No ha sabido reconciliar a los contendientes tras una cruenta guerra ni articular un sentimiento nacional de identidad, con lo que ha crecido la desafección al gobierno, primero, y al Estado después. Por el contrario, su desgobierno ha agudizado el sectarismo, las injusticias, la corrupción, la violencia y el deterioro de los derechos humanos. La falta de gobernanza y la inseguridad han creado una situación de violencia estructural que se ha retroalimentado con la creciente violencia de la oposición política, el terrorismo yihadista y el separatismo kurdo, convirtiendo a Irak en uno de los países más violentos de la tierra (2.495 atentados en 2013 –por delante de los 1.920 de Pakistán y de los 1.144 de Afganistán).

En la insurgencia confluyen diversos grupos por motivos distintos. Las más agresivas son las milicias yihadistas del Estado Islámico de Irak y el Levante/Siria (ISIL o ISIS en sus siglas inglesas) que cuentan sobre el terreno con unos 2.000 combatientes según el Departamento de Estado de EEUU (Country Report on Terrorism, 2013). Su mayor ventaja es su experiencia militar y la existencia de santuarios en Siria desde los que actúan con impunidad, aunque también han establecido campos de entrenamiento en Irak y combinado las acciones terroristas con las armadas para disputar el control territorial del oeste y norte del país, especialmente en las regiones alrededor de grandes ciudades como Kirkuk, Tikrit, Bagdad y Mosul.

Los yihadistas no son los únicos que forman parte de la insurgencia suní –aunque el presidente Maliki insista en meter a todos en el mismo saco calificándoles de terroristas– ya que también se han incorporado a ella las milicias de autodefensa de los Consejos locales, a las que hay que unir los antiguos baasistas (JRTN en sus siglas inglesas) y a sectores escindidos de las milicias anti-yihadistas (Hijos de Irak y Awakening).

Frente a ellos se encuentran las Fuerzas de Seguridad de Irak, las decenas de miles de combatientes suníes a sueldo del gobierno de Bagdad y una cantidad similar de combatientes (peshmerga) kurdos (75.000) de los que sólo la mitad recibe paga del presupuesto iraquí. Juntos, pero no revueltos, con los anteriores se encuentran los combatientes chiíes que, independientemente de su apoyo u oposición al presidente, se han visto alentados a la lucha armada para defender a sus correligionarios en Siria en los últimos años o en Irak en los últimos meses frente a las agresiones suníes.

El presidente Maliki se las había arreglado hasta 2013 para contener el yihadismo a costa de delegar la lucha contra el yihadismo en las milicias locales (Consejos del Despertar) que se rebelaron contra al-Qaeda ya en tiempos de la ocupación estadounidense y a los que el gobierno iraquí ha seguido pagando por controlar su territorio. La población suní de la provincia de Anbar ha sido tan hostil a la presencia de combatientes yihadistas como a la de las fuerzas gubernamentales, pero tras las elecciones municipales de 2013 se acentuaron las movilizaciones contra el gobierno central. Aprovechando la situación, los combatientes yihadistas fueron ganando libertad de acción, aumentando sus atentados y ataques al gobierno y exacerbando los enfrentamientos religiosos y étnicos. Comenzaron por acciones aisladas contra objetivos blandos a las que siguieron acciones selectivas contra objetivos simbólicos como el asalto en julio de 2013 de la famosa cárcel de Abu Graib donde liberaron centenares de yihadistas y pusieron en cuestión la solvencia de las Fuerzas Iraquíes de Seguridad.

En lugar de discriminar entre las reivindicaciones de la población suní y las acciones terroristas, Maliki cometió el error de sofocar las protestas suníes por la fuerza, con lo que ofreció a los yihadistas la oportunidad de capitalizar la insurgencia armada, tal y como ocurrió en Ramadi y Faluya a finales de 2013, cuando los combatientes yihadistas se hicieron fuertes dentro de las ciudades en detrimento de las milicias locales.

La caída de Mosul no se explica si no es por la desmoralización de las Fuerzas de Seguridad iraquíes, ya que superan en número y equipamiento a la insurgencia. La descomposición general del país se ha traducido en una aversión al riesgo de unas tropas sin identificación con el Estado y que sólo se encuentran cómodas en zonas de afinidad étnica. Su profesionalización y capacidad operativa se ha deteriorado tras la partida de las fuerzas estadounidenses y, todo hay que decirlo, son el objetivo preferente de la insurgencia (sólo durante 2013 pusieron 8.000 de las 9.000 víctimas mortales, siendo el resto civiles). El acoso terrorista, la hostilidad de la población, la dificultad de combatir a la insurgencia en entornos urbanos y la creciente polarización suní-chií de las tropas han incrementado la deserción y la incorporación a la insurgencia entre sus filas.

El futuro de Irak no depende de la recuperación de una ciudad, aunque sea tan importante como Mosul, sino de la recuperación del equilibrio. La insurgencia ha conseguido quebrar la expectativa de un Irak viable y capaz de integrar a todos los iraquíes y ahora esos ciudadanos deberán calcular si les conviene apoyar al gobierno central o a quienes creen que acabarán controlando las zonas donde viven. El presidente Maliki se ha colocado en una situación delicada porque si recurre a la fuerza militar para enfrentarse a la insurgencia provocará más víctimas entre los civiles y perderá el frágil apoyo de la población suní. Pero si no lo hace, acabará perdiendo el apoyo de los combatientes kurdos y dará alas al Gobierno Regional del Kurdistán para independizarse. De nada le va a servir al presidente Maliki haber ganado las elecciones generales para su tercer mandato si Irak se rompe bajo la presión combinada de las franquicias yihadistas, la insurgencia suní y el nacionalismo kurdo.

Félix Arteaga es investigador principal de Seguridad y Defensa | @rielcano