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estudios internacionales y estratégicos

Causas del rechazo a la globalización: más allá de la desigualdad y la xenofobia

Miguel Otero Iglesias y Federico Steinberg. ARI 81/2016 - 22/11/2016

Ver también versión en inglés: Reasons for rejecting globalisation: beyond inequality and xenophobia

Tema

Los autores analizan las razones que explican el creciente descontento con la globalización y el establishment liberal en las democracias avanzadas.

Resumen

En este trabajo planteamos cinco hipótesis que explican el apoyo a partidos y movimientos anti-establishment y anti-globalización. A la percepción dominante de que el declive económico de las clases medias y la creciente xenofobia imperante en Occidente explican la victoria de Donald Trump en EEUU, el Brexit o el auge del Frente Nacional en Francia, ente otros, añadimos otras tres causas: la mala digestión que grandes capas de la población están haciendo del cambio tecnológico, la crisis del Estado del Bienestar y el creciente desencanto con la democracia representativa.

Análisis

Hace décadas que existe un consenso entre las principales fuerzas políticas de EEUU y Europa en torno a la idea de que la apertura económica es positiva. Así, de forma paulatina, se han ido liberalizando los flujos de comercio e inversión y, en menor medida, de trabajadores. Gracias a este orden liberal, las sociedades occidentales se han vuelto más prósperas, más abiertas y más cosmopolitas. Aunque la apertura económica generaba perdedores, la mayoría de los votantes estaban dispuestos a aceptar un mayor nivel de globalización. Podían, como consumidores, adquirir productos más baratos de países como China y, además, entendían que el Estado del Bienestar les protegería de forma suficiente si, transitoriamente, caían del lado de los perdedores (en economía política esto se llama la “hipótesis de la compensación”,1 según la cual los países más abiertos tienden a tener Estados más grandes y que redistribuyen más). Los países en desarrollo, por su parte, también se han venido beneficiando de la globalización económica exportando productos al rico mercado transatlántico (que cada vez es más abierto) y enviando remesas desde Occidente a sus países de origen. El invento parecía funcionar.

Sin embargo, en los últimos años, y muy especialmente desde la crisis financiera global y la crisis de la zona euro, los defensores de estas políticas (social-demócratas, demócrata-cristianos y liberales) se encuentran cada vez más acorralados electoralmente por nuevos partidos extremistas que abogan, en mayor o menor medida, por el cierre de fronteras, tanto al comercio como a la inmigración. En su mayoría se trata de partidos de extrema derecha (aunque también los hay de extrema izquierda), que reivindican la recuperación de la soberanía nacional que sienten que han perdido a manos de los mercados globales, de una disfuncional UE o de unas políticas migratorias que consideran demasiado liberales. “Recuperar el control del país” es un eslogan que comparten Trump en EEUU, los partidarios más nacionalistas del Brexit en el Reino Unido y el Frente Nacional francés. Todos ellos aspiran a conseguirlo reduciendo el comercio internacional y expulsando a los inmigrantes. Sus mensajes proteccionistas, nacionalistas y xenófobos, pretenden dar soluciones simples a cuestiones complejas, y están atrayendo a cada vez más votantes desencantados con la marcha de sus sociedades.

En las siguientes páginas planteamos cinco hipótesis que explican el apoyo a estos nuevos partidos. A la idea de que el declive económico de las clases medias y la creciente xenofobia imperante en Occidente explican la victoria de Donald Trump en EEUU, el Brexit o el auge del Frente Nacional en Francia, ente otros, añadimos otras tres: la mala digestión que grandes capas de la población están haciendo del cambio tecnológico; la crisis del Estado del Bienestar; y el creciente desencanto con la democracia representativa.

Declive económico y xenofobia

En general, los expertos y medios de comunicación se centran en dos hipótesis (no necesariamente contradictorias) para explicar por qué el electorado está apoyando con cada vez más intensidad a los nuevos partidos y movimientos anti-establishment. Por una parte, tenemos a quienes sostienen que la revuelta populista se alimenta de votantes de clase media y baja que ven como sus ingresos están estancados y que están convencidos de que sus hijos vivirán peor que ellos. Como ha demostrado Branko Milanovic2 (véase el Gráfico 1), estos son los perdedores de la globalización. Se trata en su mayoría de trabajadores poco cualificados de los países occidentales, que no se están pudiendo adaptar a la nueva realidad económica y tecnológica global y que, al perder sus empleos por la competencia de los productos de países con salarios bajos y ver cómo el Estado del Bienestar no les ayuda lo suficiente, optan por dar su apoyo a quienes prometen protegerlos cerrando las fronteras. Esta hipótesis explicaría por qué, por ejemplo, el Frente Nacional francés se nutre cada vez más de votantes socialistas, de clase trabajadora o incluso de clase media, desencantados con las políticas económicas de Hollande, o por qué muchos trabajadores en paro o mal pagados de zonas en declive industrial, tradicionalmente laboristas, apoyaron el Brexit con la esperanza de que una Gran Bretaña fuera de la UE y con mayor margen de maniobra político podría protegerlos mejor de la competencia exterior.

Gráfico 1. Ganadores y perdedores de la globalización

La segunda hipótesis, también plausible, es que los votantes no se están yendo a la derecha por cuestiones económicas, sino por elementos identitarios y culturales. Así, el racismo y la xenofobia latentes que siempre han existido en Occidente (pero cuyas expresiones eran políticamente incorrectas desde el final de la Segunda Guerra Mundial) estarían saliendo del armario debido al impacto social y cultural del aumento de la inmigración de las últimas décadas. Los votantes apoyarían así a partidos con líderes fuertes (cuyos postulados rozan el autoritarismo, como vemos en el caso de Orbán en Hungría) que ofrecen recetas para proteger la “identidad nacional” y frenar el proceso de cambio y disolución de los valores y la cultura tradicionales que la apertura y el multiculturalismo han traído. El miedo a los ataques terroristas de grupos islámicos extremistas facilita este discurso porque permite concentrar el odio al extranjero en el inmigrante de origen musulmán (que se mezcla con el debate sobre los refugiados en Europa) colocando a la seguridad en el centro del debate político, algo que no sucedía desde hace mucho tiempo en Europa. Así, los líderes fuertes y con ideas simples y claras (con discursos como el “nosotros contra ellos”) seducen al votante temeroso, alimentando la ilusión de que la respuesta a sus miedos pasa por colocar a un padre protector al frente del gobierno, cuyo máximo exponente sería Putin en Rusia, figura a la que tanto Trump como Le Pen dicen admirar.

Por el momento, existe evidencia empírica para corroborar ambas hipótesis. En un reciente estudio, la consultora Mckinsey mostraba que entre 2005 y 2014, la renta real en los países avanzados se había estancado o había caído para más del 65% de los hogares, unos 540 millones de personas.3 Asimismo, varios estudios demuestran que aquellas regiones de EEUU que importan más productos de China tienden a desindustrializarse más rápido, generando bolsas de desempleados que, lejos de encontrar trabajo rápidamente en otros sectores, se ven excluidos del mercado laboral de forma permanente. Además, son precisamente esas zonas las que tienden a votar a políticos más radicales y con propuestas más proteccionistas.4

Por otra parte, otros estudios han demostrado que los votantes de los partidos de extrema derecha en Europa y de Trump en EEUU, lejos de ser los perdedores de la globalización, son en su mayoría clases medias y altas blancas cada vez más abiertamente xenófobas. Así, según un estudio de comportamiento electoral en siete democracias europeas, el mejor predictor del voto de extrema derecha sería el apoyo a las políticas restrictivas contra la inmigración, no las preferencias económicas de centro-derecha o la desconfianza hacia los políticos en general o hacia las instituciones europeas en particular. Otro estudio demostró también que los hombres son más proclives a apoyar a estos partidos que las mujeres, aunque sean estas últimas quienes más perjudicadas se han visto por el aumento del libre comercio al ocupar en mayor medida empleos de salarios bajos.5

Para muchos, discernir cuál de las dos hipótesis es correcta es importante para poder diseñar políticas públicas que hagan frente al auge de los partidos anti-establishment que amenazan con revertir décadas de políticas económicas que han generado riqueza y prosperidad. Pero tal vez ambas hipótesis sean correctas, en cuyo caso habría que atajar las dos causas conjuntamente. Sin embargo, es posible que reducir el problema al declive económico, la desigualdad y la xenofobia sea demasiado reduccionista. La realidad es más compleja y hay otras razones que podrían explicar el rechazo a la globalización y orden liberal. A continuación las exploramos.

El impacto de las nuevas tecnologías

La robotización y la inteligencia artificial se presentan normalmente como grandes avances para nuestras sociedades. Aumentan la productividad y generan enormes oportunidades. El robot está presente en muchos sectores, desde la industria del automóvil y la aeronáutica hasta los astilleros. En el futuro conducirá por nosotros, cocinará y reparará averías en el hogar. El simple uso cotidiano del teléfono móvil ya nos ha liberado de muchos quebraderos de cabeza. Desde él, podemos chatear instantemente, realizar operaciones bancarias, ver un partido de fútbol o una película y saber cómo llegar lo más rápidamente posible a cualquier lugar. La llegada de Uber como sustituto del taxi convencional, así como otras aplicaciones, están transformando nuestra vida. Pero justamente este progreso, y lo rápido que avanza, asusta a mucha gente. En Nueva York el sindicato de conductores ya ha anunciado que va a luchar contra la implantación de coches sin conductor de Uber. Y el sector hotelero está inquieto ante el crecimiento de Airbnb.

La tecnología aumenta la productividad, pero también reduce empleo en el corto plazo, sobre todo el rutinario que no requiere de una alta cualificación. Esto lleva a muchos ciudadanos de clase obrera, pero también cada vez más de clase media, a mirar con desconfianza o incluso resistirse a la modernidad y los grandes cambios tecnológicos que promueve el orden liberal, como ya hiciera el movimiento ludita que abogaba por la destrucción de las máquinas durante la Revolución Industrial. Los robots ya no sustituyen sólo a los empleados en las cadenas de montaje, poco a poco están desplazando también a los trabajadores administrativos como las secretarias, los empleados de banca, los contables e incluso los abogados y los asesores financieros (véase el Gráfico 2).

Grafico 2. Profesiones amenazadas por la automatización (probabilidad en %)

Muchos millenials (nacidos entre 1980 y el 2000), por ejemplo, raramente van a la sucursal del banco y la gestión de la cartera de sus ahorros la hacen a través del logaritmo de un robo-advisor (es decir, a través de la pantalla del ordenador). Todo esto está creando una brecha tecnológica importante entre los profesionales más cualificados, que ven cómo sus ingresos suben y por lo tanto se encuentran cómodos en un mundo cada vez más competitivo, cosmopolita y globalizado, y los que no lo están. Esta división explica en parte por qué el medio rural haya votado a favor de Trump y el Brexit mientras que las grandes ciudades se hayan decantado por Hillary Clinton y la pertenencia del Reino Unido a la UE.6

En este caso, el temor que se expresa en el voto de protesta no refleja tanto un rechazo a los empleos perdidos, sino el miedo a perder los empleos del futuro o a entrar en la categoría de los trabajadores pobres. Millones de votantes poco cualificados o del mundo rural sienten que el Estado no se preocupa suficientemente de ayudarles a subirse al tren de la modernidad. Cada vez hay una brecha formativa mayor. Los que se pueden permitir invertir en una educación que los prepare para el siglo XXI, tienen todas las de ganar. Quienes no puedan, tendrán cada vez más dificultades para encontrar trabajo y se quedarán en la cuneta, incluso si tienen un título universitario. Esto crea una enorme frustración y podría explicar el voto anti-sistema.

El Estado del Bienestar crea proteccionismo

Otra posible causa del descontento de una gran parte del electorado es la apuntada por Robert Gilpin en los años 80: que el progresivo aumento del Estado del Bienestar puede crear grupos de interés proteccionistas.7 Pensemos en los pensionistas. Otto von Bismarck introdujo el primer sistema de pensiones en 1881. Entonces, la gente se jubilaba a los 65 años porque la esperanza de vida en aquella época estaba justamente en los 65 años. Hoy, sin embargo, la jubilación se mantiene en los 65 años (o se ha subido a los 67), pero la esperanza de vida en la mayoría de los países desarrollados está en el entorno de los 80 años. En un mundo cada vez más competitivo y globalizado, ese nivel de gasto social es difícil de mantener. Habría que subir la edad de jubilación, aumentar los años de cotización o reducir el valor de las pensiones, pero la resistencia es enorme. En muchos países europeos la mayoría de la población considera las pensiones como un derecho adquirido irrenunciable. Para protegerlas, se plantea como solución levantar aranceles a los productos provenientes de Asia, introducir controles de capital para retener la riqueza dentro el país y aumentar los impuestos para sufragar el gasto social.

Otro grupo que se podría estar volviendo cada vez más proteccionista es el de los funcionarios. Hasta ahora, los trabajadores del sector público estaban mucho menos expuestos a la competencia foránea que los del sector privado, lo que permitía que sus salarios fueran relativamente altos. Sin embargo, una vez que la globalización de la actividad económica pasa del sector secundario de las manufacturas industriales al sector servicios, incluidos los servicios públicos, la competencia se va a notar también en el sector público. Y como los funcionarios tienen sindicatos más organizados, la resistencia a la liberalización tendrá a ser mayor. La reciente oposición al acuerdo de libre comercio entre EEUU y la UE (TTIP, por sus siglas en inglés) y al TISA (acuerdo plurilateral de liberalización de servicios negociado en el seno de la Organización Mundial del Comercio), que son acuerdos que buscan liberalizar servicios, se puede explicar desde este ángulo. Del mismo modo, la apertura del mercado de la contratación pública a proveedores extranjeros se ve como una amenaza porque se entiende que la tendencia a privatizar los servicios públicos puede empezar por concesiones de años limitados que actúen como caballos de Troya para privatizar completamente sectores como la educación, la sanidad y el agua.

Precisamente, los profesores –trabajadores– y estudiantes de la educación pública forman otro grupo de interés que se resiste cada vez más a la globalización. Los primeros no quieren verse expuestos a la competencia que hay en el sector privado. Y los segundos demandan educación pública, de calidad y apoyada con fondos públicos. Al igual que muchos pensionistas, consideran que se debe impedir la competencia en salarios con los países emergentes y retener vía control de capitales la generación de riqueza y su tributación para poder costear la educación pública. De nuevo, esta lógica explicaría el rechazo que se ve en muchas universidades a los tratados de libre comercio y servicios como el TTIP y el TISA. La sensación es que la globalización beneficia sobre todo a las clases altas del establishment porque pueden dar una mejor educación a sus hijos e integrarlos en la elite transnacional ganadora de la globalización. Pueden costearles una educación en Harvard o Berkeley en EEUU, Oxford, Cambridge y la London School of Economics en el Reino Unido o las Grandes Écoles en Francia, por poner solo algunos ejemplos, mientras que los hijos de las clases medias y medias-bajas se educan en universidades públicas con recursos menguantes.

La crisis de la democracia representativa

Finalmente, la quinta causa que puede explicar el rechazo al orden liberal es la creciente desconfianza que amplios grupos de la población tienen en las instituciones democráticas. Esto se debe a varios factores. Por un lado, en muchos países occidentales se ha desarrollado una especie de partitocracia,8 principalmente de los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que ha dominado excesivamente la vida política. Para muchos electores, este centro liberal se turna en el poder, pero sus políticas son muy parecidas. Además, existe cada vez más la sensación de que esta partitocracia está a merced de una plutocracia, formada por grandes intereses económicos, que se beneficia desproporcionadamente del funcionamiento del sistema. Esto hace que haya una falta de conexión y confianza entre las elites y el resto de la población. El principio de autoridad mismo está en entredicho. Muchos ciudadanos piensan que la clase política no los representa, que no tienen voz (ni altavoces para expresar sus ideas como lo hacen a través de las redes sociales) y además piensan que los expertos forman parte de esa elite que se beneficia del sistema actual, por lo que no ofrecen soluciones que vayan a favor de la mayoría.

Según esta hipótesis, la crisis financiera global de 2008 y su gestión posterior habrían tenido unos efectos sociales cuya dimensión solo estaríamos empezando a vislumbrar. La credibilidad de los expertos, sobre todo de los economistas, la profesión más influyente en el debate público, se ha visto dañada al no ser capaces de predecir la crisis. Acto seguido, la percepción de que el sistema político y judicial actual beneficia a las elites se habría visto confirmada cuando el contribuyente tuvo que rescatar a los bancos mientras que muy pocos de sus gestores han tenido que pagar por sus errores. Al contrario, la sensación de muchos votantes es que los altos directivos de la banca se han llevado unas compensaciones por jubilación anticipada de millones de dólares o euros, mientras que el trabajador común tiene que trabajar toda su vida y nunca podrá llegar a esas cifras. La reputación de los expertos se ha visto todavía más dañada después de la crisis. Muchos telespectadores o lectores de periódicos se dieron cuenta que los expertos no eran neutrales. Cada experto explicaba las causas de la crisis desde un ángulo muy distinto y aportaba soluciones en muchos casos contrapuestas. Unos pedían más estímulo fiscal, mientras que otros defendían la austeridad. Eso ha creado mucha confusión, al tiempo que ha deslegitimado el papel de los expertos. Para muchos, la sensación es que cada experto tiene su propia agenda, y que casi todos defienden el orden liberal porque les beneficia. Del mismo modo, se piensa que muchos de estos expertos, formados en las mejores universidades y por lo tanto muy distantes del ciudadano medio, tienen valores liberales en relación a la religión, el aborto, el matrimonio homosexual, la diversidad racial y la equidad de género que no son compartidos por gran parte de la población, sobre todo en EEUU.9

La deslegitimación de los expertos y los tecnócratas es consecuencia de la falta de soluciones políticas a los problemas de nuestras sociedades. Durante mucho tiempo, los políticos se han escondido bajo el velo de las soluciones técnicas. Han acordado que los bancos centrales sean independientes y encabezados por tecnócratas protegidos del escrutinio público y democrático. También han delegado la negociación de tratados de libre comercio e inversiones a expertos y cedido soberanía a organizaciones internacionales coma la Organización Mundial de Comercio y el Fondo Monetario Internacional. En el caso de Europa, este traspaso de soberanía al Banco Central Europeo y la Comisión Europea (todavía muy distantes del votante) ha sido todavía mayor. Esta delegación funcionó bien mientras la economía y el empleo crecían. Pero con la llegada de la crisis, la autoridad y la legitimidad de los tecnócratas se ha empezado a cuestionar mucho más, sobre todo porque, a falta de una respuesta política, estos han acaparado cada vez más poder. Hasta el punto de que se puede decir que los políticos han dejado que los bancos centrales resolvieran la crisis con las inyecciones monetarias. Pero, lamentablemente, se está haciendo cada vez más evidente que sólo con política monetaria no se pueden resolver los problemas estructurales que tienen las sociedades desarrolladas.

Todo este cuestionamiento ha llevado a que se ponga en duda la sociedad abierta y que muchos votantes estén dispuestos a dar su apoyo a candidatos que usan un lenguaje más próximo al ciudadano de a pie y que prometen soluciones fáciles a problemas complejos. El discurso anti-sistema logra así aglutinar a una amalgama de votantes muy heterogéneos, pero con una base cada vez más amplia. Engloba a aquellos que se sienten desprotegidos y dejados atrás, pero también a quienes les va bien económicamente pero que están desilusionados con los políticos y los tecnócratas y que, por lo tanto, quieren reducir el peso del Estado y su establishment para liberar a las fuerzas del mercado. El cuestionamiento de los expertos ha quedado evidente, sobre todo en la campaña del Brexit.10

Conclusiones

La victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU, el Brexit británico y el auge de partidos como el Frente Nacional francés o Alternativa por Alemania han sorprendido al establishment y han puesto en cuestión décadas de alternancia política entre fuerzas moderadas en los países de Occidente. Las causas de este fenómeno son múltiples. Engloban desde el enfado de los perdedores de la globalización, el temor de muchos a la pérdida de la identidad nacional en sociedades cada vez más diversas y cosmopolitas, la ansiedad en relación al cambio tecnológico y su impacto sobre el empleo, la frustración ante los menguantes recursos para mantener el Estado del Bienestar y la indignación ante la falta de representatividad de muchos aspectos del sistema democrático en un mundo cada vez más globalizado que ha dejado obsoleto el concepto de soberanía nacional.

Todas ellas se combinan y amenazan a la sociedad abierta y al orden internacional que ha imperado durante décadas y que ha generado un espectacular desempeño económico pero que producido también crecientes desigualdades materiales y de oportunidades en las sociedades avanzadas.

Dar respuesta a los fundados temores de la ciudadanía es tal vez el reto más importante al que se enfrentan los países occidentales. La deriva nacionalista, proteccionista, xenófoba y autoritaria de los nuevos planteamientos de muchos de los partidos anti-establishment debería ser combatida atendiendo a las causas que las originan. Mirar para otro lado esperando que capeara el temporal, como se ha venido haciendo en los últimos años, es una receta para el fracaso. Desarrollar mejores políticas de integración de los emigrantes y refugiados es clave en este sentido. También es necesario redistribuir mejor los enormes niveles de riqueza que genera la globalización, subrayar las ventajas de la diversidad y preparar a la ciudadanía contra el cambio tecnológico dándole recursos para adaptarse al cambio. No se trata tanto de proteger frente a los efectos de la globalización como de empoderar a los ciudadanos para que puedan aprovecharla lo máximo posible. Finalmente, también hay que explicar mejor los límites a los que se enfrenta el Estado del Bienestar y qué reformas necesita para poder ser sostenible y abrir nuevos espacios y canales públicos para que la ciudadanía pueda sentirse más y mejor representada.

Miguel Otero Iglesias
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @miotei

Federico Steinberg
Investigador principal, Real Instituto Elcano
| @Steinbergf


1 Véase Dani Rodrik (1998), “Why Do More Open Economies Have Bigger Governments?”, Journal of Political Economy, nº 106, pp. 997-1032.

2 Branco Milanovic (2016), Global Inequality. A New Approach for the Age of Globalization, Harvard University Press.

3 Mackinsey Global Institute (2016), Poorer than their parents. A new perspective on income inequality, junio.

4 David Dorn y Gordon H. Hanson (2013), “The China Syndrome: Local Labor Market Effects of Import Competition in the United States”, American Economic Review, vol. 103, nº 6, pp. 2121-2168; David Dorn y Gordon Hanson (2016), “Importing political polarization? The electoral consequences of rising trade exposure”, Working Paper nº 22637, NBER; y Yi Che, Yi Lu, Justin R. Pierce, Peter K. Schott y Zinghan Tao (2016), “Does trade liberalization with China influence US elections?”, Working Paper nº 22178, NBER.

5 Estos y otros ejemplos se encuentran sintetizados en Zack Beauchamp, “White Riot”.

6 Un buen resumen del impacto de la tecnología sobre el mercado laboral se puede encontrar en David Rotman (2013), “How technology is destroying jobs”, MIT Technology Review, 12/VI/2013.

7 Véase el segundo capítulo de Robert Gilpin (1987), The Political Economy of International Relations, Princeton University Press, Princeton.

8 Para este concepto, véase Peter Mair (2013), Ruling the Void: the Hollowing of Western Democracy, Verso Books, Nueva York y Londres.

9 Esta idea está explicada en Charles Camosy (2016), “Trump won because college-educated Americans are out of touch”, The Washington Post, 9/XI/2016.

10 Sobre el auge y la caída de la figura de los expertos, véase Sebastian Mallaby (2016), “The cult of the expert – and how it collapsed”, The Guardian, 20/X/2016.