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estudios internacionales y estratégicos

El esperpento de Trump

Miguel Otero Iglesias. Opinión - 2/12/2016


(*) Publicado el 29/11/2016 en Expansión.

Por su excentricidad y libertinaje, el nuevo presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, puede lograr algo que pocos consideraban posible: superar las trincheras ideológicas para reanimar la economía mundial. Ha-Joon Chang, profesor de Economía de la Universidad de Cambridge, lleva años pidiendo que los políticos combinen diferentes escuelas económicas para salir de la crisis. Trump puede ser el hombre indicado. Al ser un outsider, su mochila ideológica no viene cargada con dogmas, y por lo tanto su programa económico –aunque errático y todavía por esbozar– tiene el potencial de desatascar la situación de esclerosis económica actual.

Por el lado de la demanda, Trump tiene la intención de seguir los consejos de keynesianos como Paul Krugman y Larry Summers. Aprovechar los bajos tipos de interés para realizar un estímulo fiscal en infraestructuras de cerca de un billón (un trillón americano) de dólares. En principio, esto es una buena noticia. Las autopistas, los aeropuertos, las escuelas y los hospitales del país no se han tocado en décadas y necesitan una renovación. Además, lo bueno es que Trump tiene mucha experiencia en el sector de la construcción por lo que es muy probable que las obras se realicen a través de consorcios público-privados. Una colaboración muy deseable.

“Con los años los americanos se han vuelto keynesianos muy eficientes en la industria militar, pero en infraestructuras tienen la maquinaría oxidada”

Al mismo tiempo, por el lado de la oferta, Trump pretende hacer lo que llevan pidiendo desde hace años economistas de inspiración más hayekiana como Martin Feldstein o Bruce Caldwell. Bajar impuestos y reducir la burocracia y la regulación. Esto también debería ser positivo. Como ha señalado Lloyd Blankfein, el CEO de Goldman Sachs, éste es un discurso muy probusiness. Y eso explica la euforia que hay en los mercados. El Dow Jones acaba de superar un nuevo record histórico y se acerca a los 20.000 puntos. El análisis de muchos inversores es que después de tantos años de estancamiento (peligrosamente secular) la combinación trumpista de Keynes y Hayek logre desatar los hasta ahora maniatados espíritus animales y crear un círculo virtuoso.

Según esta lógica, el gasto en infraestructuras crearía todavía más empleo, estimularía la demanda y generaría más negocio. Si la Fed no pisa demasiado fuerte sobre los frenos subiendo tipos aceleradamente, el crecimiento puede llegar al 4% y podríamos estar cerca del pleno empleo. El cuadro macro sería muy positivo, tanto para Estados Unidos, como para el resto del mundo. La posible apreciación del dólar por el atractivo de la economía americana podría acelerar las exportaciones del resto de países y EEUU se convertiría de nuevo en el consumidor de última instancia de la economía mundial.

Sin embargo, este espejo puede distorsionar la realidad. El estímulo en infraestructuras podría tener menos éxito de lo que se piensa. Estados Unidos no es Francia o China, donde el aparato administrativo del estado es mucho más centralizado y está más acostumbrado a realizar este tipo de programas a nivel nacional. En Estados Unidos el Estado está mucho más descentralizado y por lo tanto hay muchos más intermediarios y actores con poder de veto (y si hay agentes privados todavía más), lo que va a hacer que mucho del gasto se derrame sin conseguir su objetivo final. Es decir, con los años los americanos se han vuelto keynesianos muy eficientes en la industria militar (y eso seguro que seguirá con Trump) pero en infraestructuras tienen la maquinaría oxidada. Aparte, las infraestructuras generan trabajo temporalmente. Una vez que se acaben, ¿qué se va a hacer después con todos esos trabajadores poco cualificados?

“La desregulación en el sector financiero y energético puede traer serios problemas”

La sensación es que el programa de Trump va a generar crecimiento a corto plazo pero no va a resolver los graves problemas estructurales que tiene el país. La desregulación en el sector financiero y energético, por ejemplo, puede traer serios problemas. Los excesos en las finanzas han sido una de las causas de la crisis más reciente. Parece un tanto atrevido volver a darles rienda suelta. Apostar de nuevo por el carbón y los hidrocarburos tampoco parece lo más adecuado para mejorar la calidad del aire y enfrentarse a uno de los mayores desafíos que tiene la humanidad: el cambio climático. Además, en el contexto actual de enorme concentración en muchos sectores, la desregulación por si sola beneficia a las grandes empresas ya que la mayor competencia se produce en los estratos más inferiores de las cadenas de valor, es decir, en el sector de las pymes, pero no desbanca a las grandes multinacionales que por su dominio del mercado, y su proximidad al poder, van a seguir disfrutando de su posición oligopolística.

Analizando el personaje, y con quien se rodea, parece improbable que Trump diseñe una desregulación que beneficie a las pymes.

Lo que es todavía menos creíble es que Trump sea capaz de cerrar las brechas sociales que tiene el país. Los números macroeconómicos pueden ser buenos durante los primeros años de su mandato, pero si no se redistribuye esa nueva riqueza las desigualdades sociales van a persistir o incluso aumentar. Cuando empezaba a haber un consenso internacional a favor de la lucha contra la desigualdad, con llamamientos del FMI y la OCDE en ese sentido, parece que Trump apuesta por redoblar la apuesta sobre la teoría del goteo (trickle down-economics). Su política social es absolutamente inexistente. El mercado lo solucionará todo. Tanto es así que Trump no tiene ningún plan de cómo mejorar el sistema educativo americano, quizás el mayor problema estructural de todos. EEUU tiene las mejores universidades del mundo, pero los informes PISA de la OCDE también demuestran que el americano medio está bastante mal formado.

Estas desigualdades crean mucha tensión social. Si el conflicto racial ha escalado en la era Obama, nada parece indicar que vaya a disminuir con Trump. Al contrario, los ataques racistas, xenófobos, misóginos y homófobos han aumentado desde su victoria. Muchos economistas le dan poca importancia a estos casos aislados. Eso es un error. La tensión social nunca es buena para la actividad económica. Sobre todo si Trump sigue con su discurso anti-inmigración y proteccionista. Como ha demostrado Ricardo Hausmann, profesor de Economía de la Universidad de Harvard, la diversidad social y cultural genera mucha riqueza intelectual y material. EEUU es la mayor potencia del mundo gracias a acoger talento y ganas de triunfar de todas las esquinas del mundo. Si Trump hace de EEUU un sitio más inhóspito para el extranjero, a largo plazo la economía se resentirá.

“Las potencias en relativo declive que han optado por encerrarse para mantener su posición de privilegio en el orden mundial han visto como su decadencia solo se aceleraba”

Lógicamente, eso también vale para el comercio y las inversiones internacionales. La tentación proteccionista puede ser grande para Trump. El rechazo a firmar el tratado de libre comercio con los socios del Pacífico (el TPP, por sus siglas en inglés) es un primer indicio. Si el crecimiento doméstico y la apreciación del dólar aumentan el déficit comercial con el resto del mundo, Trump puede forzar a las empresas americanas a producir en EEUU o imponer aranceles a las importaciones. Eso sería una señal inequívoca de que EEUU han decidido encerrase en sí mismos. De nuevo la historia demuestra que eso sería un grave error. Las potencias en relativo declive que han optado por encerrarse para mantener su posición de privilegio en el orden mundial han visto como su decadencia solo se aceleraba. Los chinos y los europeos, dos civilizaciones algo más viejas que la americana, saben algo de eso.

Trump ha dicho que no lee mucho. Esperemos que alguien que lo haga le dé unas lecciones de historia. Si no, el esperpento puede ser tremendo. No estar sometido a los dogmas del momento puede ser positivo, pero no intentar aprender de los errores de los demás es temerario.

Miguel Otero Iglesias
Investigador principal de Economía Política Internacional, Real Instituto Elcano
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