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estudios internacionales y estratégicos

Los desafíos de la política exterior estadounidense tras las elecciones presidenciales

Juan Tovar Ruiz. ARI 83/2016 - 1/12/2016

Tema

El presente análisis plantea como objeto, en un marco de incertidumbre, los desafíos que afrontará la Administración Trump en su política exterior.

Resumen

La inesperada victoria de Donald Trump ha provocado un interés fundamental en conocer sus futuras líneas de política exterior. Tomando como partida los fundamentos de la política exterior estadounidense de los últimos años, los desarrollos de la campaña y los desafíos principales que afronta la política exterior estadounidense reciente, este análisis pretende ofrecer algo de luz sobre posibles desarrollos de la política exterior estadounidense en un marco de enormes incertidumbres por el cambio de presidencia.

Análisis

El 8 de noviembre de 2016, para sorpresa de propios y extraños, el magnate Donald Trump consiguió vencer en las elecciones presidenciales que le enfrentaron a Hillary Clinton, poniendo previsiblemente fin a una carrera política de décadas. Uno de los primeros elementos pendientes de dilucidar, tanto para académicos como para analistas o decisores políticos, es el de cuáles van a ser sus prioridades en materia de política exterior. Para ello, en este análisis plantearemos una serie de asuntos, entre los que se incluirán algunos de los principales temas debatidos durante las elecciones presidenciales como son la lucha contra el Estado Islámico (EI), las relaciones con Rusia y la política comercial.1

Sin embargo, además de estos asuntos, indudablemente importantes, existen otros aspectos de la política exterior estadounidense escasamente tratados durante el período electoral, dada la escasa relevancia de la política exterior para el votante medio, que deben ser afrontados por parte de la potencia norteamericana y por el nuevo presidente. Entre estos desafíos están los anteriormente mencionados y que han sido objeto de debate electoral, pero también otros de importancia capital para la política exterior estadounidense.

Entre ellos caben destacar: (1) las relaciones con China y los conflictos en los mares que rodean su territorio; (2) la formulación de una estrategia o doctrina coherente en política exterior de la que Obama ha carecido; (3) la ordenación de los presupuestos ideológicos que condicionan la política exterior estadounidense; (4) el establecimiento claro de los objetivos y prioridades estratégicas de EEUU por encima de los cambios de Administraciones; y (5) la necesidad de lidiar con un sistema político disfuncional, pensado para funcionar en el marco de los acuerdos entre los dos principales partidos pero crecientemente lastrado por la polarización entre las posiciones de Demócratas y Republicanos durante los últimos años.

(1) Las relaciones con China

La elaboración del famoso giro hacia el Pacífico ha sido uno de los ejes principales de la política exterior de la Administración Obama. Fundamentado tanto en las convicciones de destacados miembros de la Administración como el propio presidente y su secretaria de Estado, Hillary Clinton,2 este giro tendente a incrementar la presencia estadounidense en Asia-Pacífico estaría fundamentado en dos criterios diferentes: (1) de carácter económico dada la relevancia creciente de la región a estos efectos; y (2) por las cuestiones de seguridad derivadas del ascenso de China, los efectos que este produce para sus principales aliados en la región y los potenciales conflictos territoriales que pudiesen conducir a un nuevo conflicto entre potencias regionales. La naturaleza vital para EEUU de este desafío, materializado en una potencia con suficiente potencial para competir a futuro con el país norteamericano, tal y como ha destacado el autor neorrealista Mearsheimer, hace que deba ser considerado un elemento de primer orden a tener en cuenta.3

Es de destacar que la aproximación de Obama fue bastante criticada dado que su relevancia central en su primer mandato se fue diluyendo a medida que sus principales impulsores como Clinton, el consejero de Seguridad Nacional Tom Donilon y el secretario de Estado asistente para asuntos de Asia Oriental y del Pacífico, Kurt Campbell, abandonaron la Administración, y regiones como el Próximo Oriente y Europa Oriental demandaron la atención estadounidense. Encontrar un nuevo enfoque hacia las relaciones con el país asiático, que equilibre los desafíos de seguridad y la relevancia económica regional evitando un enfoque ideológico que pueda conducir a un conflicto de primera magnitud o despertar recelos entre los aliados de otras regiones por lo menos tan relevantes para EEUU como ésta, seguirá siendo uno de los objetivos principales de la próxima Administración.

En este sentido, habrá que ver hasta qué punto las promesas del nuevo presidente podrán sostenerse ante las demandas crecientes de sus aliados y los peligros de poner en cuestión el sistema regional de equilibrios de poder, si bien parece previsible una posición comercial más contundente frente a China, a la que Trump acusó de competencia desleal. En cualquier caso, las declaraciones de algunos de sus aliados como Japón y Corea del Sur, tras conversaciones o encuentros de sus líderes con el presidente-electo parecen haber resultado tranquilizadoras a este respecto.

(2) Las relaciones con los países aliados, europeos y asiáticos

Uno de los principales objetos de debate en las elecciones estadounidenses ha sido el referido a cuál debe ser la relación que EEUU mantenga con sus diferentes aliados, tanto europeos como asiáticos. En este sentido, algunas de las declaraciones de Trump han sido fuertemente criticadas por sus adversarios electorales y por algunos de los principales aliados, no todos los cuales han dado una bienvenida calurosa a su elección. Sin embargo, las críticas no obstan para reconocer que este es uno de los mayores desafíos al que los líderes estadounidenses se enfrentan: concienciar e involucrar a sus principales aliados en el mantenimiento de su propia defensa, tal y como han llegado a mencionar tanto el presidente Obama como la propia Clinton en relación a la lucha contra el EI. Una aspiración que viene ya de largo, especialmente en lo que respecta a los aliados europeos, menos concienciados que en el caso de Estados asiáticos como Corea del Sur y Japón, que habitan en un entorno regional de mayor complejidad y marcado por el ascenso de China.

En el caso europeo, convencer a sus integrantes de destinar al menos un 2% del PIB en defensa, como solicita la OTAN, ha sido una aspiración de un EEUU alarmado por el continuo descenso del gasto europeo en defensa y las escasas capacidades, salvando unos pocos Estados como el Reino Unido y Francia, para afrontar desafíos como el ruso y la lucha contra el EI. A este respecto cabe mencionar la posición del nuevo presidente estadounidense sobre las consecuencias del Brexit, interpretado por la Administración Obama como un elemento perjudicial para sus propios intereses, pero saludado por Trump como un elemento deseable. Este es uno de los puntos sobre los que habrá que estar más atento en cuanto a la toma de posición sobre la base de los hechos de la nueva Administración y en el que los europeos debería mostrarse más proactivos en la defensa de sus propios intereses.

(3) Los problemas derivados de Oriente Próximo

Oriente Próximo continúa siendo una de las regiones de mayor valor estratégico para EEUU en materia de seguridad, con un papel preponderante durante los últimos 20 años en los debates políticos e ideológicos producidos en Washington. Pese a los intentos del presidente Obama de reducir su presencia, atención y recursos a esta región en favor de Asia-Pacífico, los problemas derivados de la “Primavera Árabe” y de la aparición del EI han obligado a mantener la atención en esta región del mundo. Tampoco ha sido ajena a los debates presidenciales producidos entre Trump y Clinton, donde la lucha contra el EI se ha convertido en uno de los factores principales de política exterior en resultar debatidos. Asimismo, el conflicto de Siria seguirá siendo una fuente de conflicto que afectará al statu quo regional como consecuencia de su internacionalización y objeto de debate por la diferencia de posiciones ideológicas en la política exterior estadounidense en torno al mismo.

Como consecuencia de los acontecimientos de los últimos años se ha producido un alejamiento de facto de EEUU con algunos de sus aliados regionales, entre los que se encuentran Arabia Saudí y los países del Golfo y Turquía, que han desarrollado una política regional más independiente como consecuencia de la reducción de la presencia estadounidense y de las decisiones tomadas durante la “Primavera Árabe”, que no es necesariamente acorde con los intereses de EEUU. Asimismo, la firma del plan nuclear iraní –rechazado por Trump– parecía permitir abrir una nueva vía de cooperación con este país en aspectos de interés común. Este es un punto importante, en el que las declaraciones de Trump no coinciden con los intereses vitales de EEUU, que debería, en aras de evitar un nuevo e impredecible conflicto en el Próximo Oriente, respetar el acuerdo nuclear con Irán. En el caso de Israel, pese a las complicadas relaciones entre el presidente Obama y el primer ministro Netanyahu,4 la cooperación se ha mantenido de manera estructural y todo indica que seguirá siendo uno de los actores más influyentes en Washington, tal y como el propio cambio de opinión de Trump al respecto de su neutralidad en el conflicto con los palestinos y el reciente acuerdo de defensa han demostrado.

El presidente Obama definió los principales intereses de EEUU en la región en un discurso donde mencionó la necesidad de combatir a grupos terroristas, evitar la proliferación y uso de armas de destrucción masiva y mantener el flujo energético.5 Si bien estos seguirán siendo los principales objetivos de la política regional estadounidense, cabe añadir a la terna la necesidad de evitar nuevas intervenciones militares asentadas sobre criterios ideológicos y mal concebidas, y mejorar las relaciones con algunos de sus principales aliados en la región, evitando que desarrollen políticas nocivas para el equilibrio regional y los intereses de seguridad estadounidenses. Lograr una mayor cooperación en aspectos de interés mutuo con antiguos rivales, como Irán, será otro de los principales desafíos, al igual que los intentos por poner solución al sempiterno problema de israelíes y palestinos, aunque previsiblemente con escaso éxito.

(4) Las relaciones con Rusia

Otro de los principales desafíos para el próximo presidente estará en las difíciles relaciones que la potencia norteamericana mantiene con Rusia y con su presidente, Vladimir Putin, desde la ruptura de la política de reset. Rusia ha pasado de ser considerada un potencial socio a un desafío para el orden regional europeo en las Estrategias de Seguridad Nacional durante este período.6 Estas relaciones son especialmente complejas teniendo en cuenta la mutua antipatía, las divergencias ideológicas en cuanto a la visión estadounidense sobre la naturaleza autocrática del gobierno ruso y al papel que Rusia debe jugar en sus espacios de influencia. En este sentido, la participación de Rusia en los conflictos de Siria y su papel en los acontecimientos acaecidos en Ucrania han complicado extraordinariamente la misma, llegando al establecimiento mutuo de sanciones. Al igual que el posicionamiento ruso sobre la pasada política intervencionista de EEUU y los cambios de régimen producidos en diferentes países como Irak y Libia.

El deterioro progresivo de las relaciones ha sido un aspecto que ha impedido una mayor colaboración en diferentes escenarios donde la resolución de los problemas globales requiere de acuerdos entre ambas potencias. Empezando por los acuerdos de desnuclearización, pero también la lucha contra el terrorismo, la estabilización de Afganistán, la paz en Siria, la lucha antiterrorista y la implementación del acuerdo nuclear con Irán. Esto pese a las mayores o menores simpatías que Rusia despierte en la opinión pública estadounidense, teniendo en cuenta que ha sido uno de los temas destacados de los debates presidenciales por los supuestos vínculos de miembros de la campaña de Trump con la potencia euroasiática y la posición más contundente expresada por Clinton.

El enfoque de la política exterior estadounidense hacia Rusia debería fundamentarse en un equilibrio razonable entre la necesidad de llegar a acuerdos de interés mutuo en materia de seguridad internacional cuando la situación lo requiera y confrontar las aspiraciones rusas cuando estas supongan un desafío para la paz y la seguridad internacionales, evitando posicionamientos ideológicos excesivos y posturas doctrinarias que torpedeen una colaboración todavía necesaria para confrontar los desafíos del sistema internacional. Un ejemplo que ha sido ya citado con anterioridad es la necesidad del concurso de Rusia en caso de deterioro de relaciones con una potencia de mayores aspiraciones y recursos, como es el caso de China.7 En este sentido y si se plantea de manera adecuada, el posicionamiento de Trump a efectos de restablecer una relación dañada por los acontecimientos de los últimos años, combinada con cierta sensibilidad con las posiciones de algunos aliados en cuanto a sus preocupaciones sobre seguridad nacional, podría ser útil para consecución de los intereses nacionales y de sus principales objetivos en política internacional.

(5) El libre comercio

Los actuales debates sobre la pertinencia o no del libre comercio han constituido, si bien por sus efectos en política interna, otro de los debates fundamentales planteados por ambos candidatos. Los dos grandes proyectos de la Administración Obama, el TTIP y el TPP, estaban ya gravemente en riesgo como consecuencia de un posicionamiento cada vez más crítico tanto de la opinión pública, que se ha considerado perdedora en términos de riqueza y empleo como consecuencia de la firma de acuerdos como el NAFTA en el pasado, y por la posición del presidente electo durante la campaña. Trump llegó a romper con las posiciones mayoritarias de su partido en este aspecto, pero Clinton también modificó sus posiciones originales debido a la fuerza creciente del sector de su partido liderado por Bernie Sanders, lo que parece anunciar una oposición hacia estos acuerdos más allá de diferencias ideológicas.

A esto cabe añadir que si bien el TPP es mayoritariamente aceptado en el resto de los países signatarios, aunque fuese por motivaciones geopolíticas derivadas de la relación que la potencia norteamericana mantiene con China, esto no sucede en el caso europeo, donde se ha abierto un debate ideológico paralelo por las consecuencias de la firma del TTIP que ha complicado de manera adicional su ratificación y donde el precedente del veto temporal de una región como Valonia al acuerdo con Canadá no augura precisamente un resultado positivo.

En este aspecto y pese a las declaraciones del presidente electo, mantener estos acuerdos, al mismo tiempo que dar solución a las preocupaciones legítimas de su población sobre los efectos de estos acuerdos de libre comercio en el empleo y la economía estadounidense, debería ser otro de sus principales retos. Sin embargo, y a la luz de recientes declaraciones, Trump parece haber optado por rechazar el TPP y firmar acuerdos bilaterales con sus diferentes miembros, lo que puede considerarse como un regalo de facto para China y una decepción para sus rivales, aliados de EEUU al mismo tiempo, con el consiguiente perjuicio para sus intereses nacionales.

(6) La disfuncionalidad del sistema político y las cuestiones estructurales de la política exterior estadounidense

La disfuncionalidad del sistema político estadounidense es otro de los grandes desafíos a los que se enfrenta la política exterior de EEUU. El sistema estadounidense de checks and balances, que se remonta hasta la etapa de los padres fundadores, está pensado para funcionar en un contexto de colaboración entre los principales partidos políticos dados los límites establecidos al poder del ejecutivo en la Constitución estadounidense. La actual polarización ha generado una creciente dificultad para sacar adelante iniciativas políticas y, en este sentido, la política exterior no ha sido una excepción, como ha podido comprobarse en algunas cuestiones de peso para el legado de Obama, como es la supresión del embargo a Cuba. Realizar las reformas necesarias para un mejor funcionamiento de las instituciones y del proceso político en EEUU adaptándolas a un contexto de creciente polaridad ideológica que no sólo afecta a las relaciones entre partidos sino dentro de ellos, tal y como han puesto de manifiesto la emergencia de Trump o la fortaleza del movimiento de Bernie Sanders durante las primarias demócratas, constituye un elemento esencial de peso.

Es de destacar, además, el efecto imprevisible, por mucho que de la reciente contienda electoral haya emergido un Partido Republicano vencedor tanto en el legislativo como en el ejecutivo, de los efectos que las discrepancias del nuevo presidente con destacados miembros del Congreso estadounidense que pertenecen a su propio partido pudiesen empeorar la ya difícil labor de sacar adelante proyectos legislativos o iniciativas políticas en el mismo, no constituyendo esta coincidencia de partido un elemento explicativo en sí mismo para comprender el devenir de los próximos años en las relaciones ejecutivo-legislativo. Máxime teniendo en cuenta las ambiciosas reformas que Trump ha dicho querer implementar en sus primeros días con respecto al funcionamiento de esta institución.8 No obstante, estas diferencias también podrían tener un efecto positivo, en lo que respecta al papel del Congreso como limitador de los poderes de la Administración en caso de iniciativas políticas particularmente controvertidas.

Otro aspecto que merece la pena mencionar es la conveniencia de la adopción de una doctrina o estrategia coherente que permitiese a EEUU desarrollar una política exterior efectiva en el sistema internacional y establecer unos objetivos de manera clara, así como los medios para conseguirlos. Este es un aspecto que no carece de debate, teniendo en cuenta la ausencia –por el momento y en espera de una China más asertiva– de un adversario global como la URSS, el fracaso de pasadas doctrinas coherentes como fue el caso de la del presidente George W. Bush o la posible efectividad de una estrategia fundamentada en el caso concreto como la de Obama, pero una estrategia que permita ofrecer una visión del mundo clara y coherente y plantear unos objetivos a alcanzar permitiría facilitar tanto el proceso de toma de decisiones como el desarrollo de una política exterior exitosa.

Establecer las prioridades estratégicas de la política exterior estadounidense de la post-Guerra Fría también sería un aspecto de enorme interés teniendo en cuenta la gran evolución de tiempos recientes, en los que sigue persistiendo la duda de si las prioridades de la política exterior estadounidense han pasado a la región de Asia-Pacífico o se mantienen en regiones como Oriente Próximo y Europa, algo que sigue sin estar claro tanto para aliados como para adversarios. También sería conveniente una definición del lugar en su estrategia global que correspondería a regiones como África Subsahariana y Latinoamérica, esta última de gran relevancia estratégica en el pasado pero a la que se ha prestado escasa atención en los últimos años pese a iniciativas como el acercamiento a Cuba o la importancia de las relaciones con países como México a diferentes niveles.

Un último aspecto sería el referido a la necesidad de canalizar los debates ideológicos de la política exterior estadounidense. Es indudable que las diferentes visiones del mundo que tiene la política exterior norteamericana son una fuente de enorme riqueza que marca la diferencia con la política exterior de otras potencias, especialmente en lo que respecta a la expansión de la forma de gobierno y los valores estadounidenses como la democracia liberal, en tradiciones tan importantes como la del idealismo wilsoniano. Sin embargo, algunas visiones escasamente ponderadas por un proceso de toma de decisiones ordenado y un cálculo coste-beneficio adecuado, han conducido a graves fracasos como ha sucedido en Irak y Libia. Urge, pues, canalizar las preferencias ideológicas en la materia, ya sean realistas, liberales intervencionistas o neoconservadoras, por citar los principales grupos ideológicos de la política exterior estadounidense actual, a través de un proceso cuidadosamente establecido que analice los pros y contras de las decisiones a tomar fundamentadas en estos aspectos.

(7) El legado de Obama en política exterior

Cabe mencionar la futura actitud del candidato ganador en aquellos aspectos centrales para el legado de Obama en política exterior. Excluyendo la cuestión de los acuerdos de libre comercio, ya analizados, podemos mencionar entre ellos el acuerdo nuclear con Irán y el acercamiento a Cuba. En ambos casos los intereses estadounidenses parecen claramente alineados con la necesidad de seguir ambas políticas, en el primer caso por la necesidad de evitar un nuevo e innecesario conflicto en Oriente Próximo y en el segundo porque Cuba no supone ninguna amenaza para la seguridad de EEUU y mantener relaciones económicas o comerciales se ha convertido ya en objetivo tanto de empresas como de legisladores de ambos partidos que apoyan el acuerdo. Sin embargo, esto no garantiza que, con la llegada de Trump al poder, el elemento pragmático cediese ante el discurso de campaña y pudiera cancelar ambas iniciativas.

Conclusiones

Entre las frases más utilizadas por el conocido diplomático y académico George F. Kennan estaba la que recogía la necesidad en política exterior de ver no sólo lo que se dice sino también, y principalmente, lo que se hace. Es por ello francamente complejo hacer predicciones en una materia dependiente de acontecimientos impredecibles y sujeto a la responsabilidad de un líder que acaba de ser electo. Sin embargo, el análisis de los principales desafíos actuales nos permite tratar de averiguar en qué sentido se pueden desarrollar la política exterior de EEUU en el corto y medio plazo, pues muchas de las opciones a la hora de lidiar con potencias como China y Rusia, entre otros desafíos ya mencionados, parecen restringidas y no deberían quedar a merced del discurso de campaña, como de hecho no suele suceder. Las declaraciones iniciales conciliadoras del presidente-electo podrían ser un buen primer paso si luego son confirmadas por los hechos y, además, una base para lograr la reunificación de un país polarizado y dividido.9

Es difícil prever cual va ser la política exterior del presidente Trump, que hasta el momento no ha mostrado una posición doctrinal o ideológica coherente y, en ocasiones, algunas de sus posturas han sido modificadas sustancialmente por lo que no es fácil sacar una conclusión clara sobre el futuro desarrollo de su posible política exterior. Trump ha rechazado públicamente la política intervencionista de las últimas décadas, solicitado que los aliados inviertan más en su propia defensa, expresado su deseo de mejorar las relaciones con Rusia para confrontar al EI y rechazado la Guerra de Irak, declarando que EEUU “no debería ser un constructor de naciones”,10 lo que parece acercarle a posiciones realistas, pero al mismo tiempo parece rechazar el pacto nuclear con Irán, acuerdos de relevancia geopolítica como el TPP y el deshielo con Cuba, tiene declaraciones contradictorias sobre Israel y enormemente llamativas sobre el petróleo iraquí, lo que le aleja de esta visión del mundo.11 Si tomamos como referencia las diferentes corrientes planteadas por el destacado académico Walter Russell Mead, su discurso incorporaría elementos de todas las corrientes salvo la wilsoniana, pero también faltarían elementos de todas ellas, no pudiendo encajar en un prisma jacksoniano, hamiltoniano o jeffersoniano en su totalidad.12 Es interesante también observar que entre los principales derrotados con la elección de Trump destacan algunos de los principales grupos ideológicos que influyeron en la política exterior republicana de las últimas décadas, como es el caso de los neoconservadores, que apoyaron a Clinton durante la elección, lo que parece descartar a priori una gran influencia de éstos en la política exterior estadounidense de los próximos años.13

El presidente-electo ha empezado a realizar ya algunas de sus primeras selecciones para algunos cargos destacados, como son los de consejero de Seguridad Nacional y la CIA, para los que ha elegido bien un perfil con experiencia en el ejército como es Mike Flynn, que ya había trabajo bajo la Administración Obama, bien figuras políticas como el controvertido Mike Pompeo, especialmente crítico con el acuerdo nuclear con Irán. En todos sus nombramientos parece haber optado por equilibrar a los fieles de la campaña con figuras destacadas del establishment republicano. Sería aconsejable, en cualquier caso, que algunas de las figuras con las que ha tenido briefings durante la campaña, como es el caso del presidente del Council on Foreign Relations, Richard Haass, hacia el que públicamente Trump mostró su respeto, pudieran aconsejar al futuro presidente en una materia relativamente desconocida para el nuevo líder –hay que recordar que no es usual que los presidentes estadounidenses necesariamente tuviesen experiencia: Bill Clinton era uno de ellos– e incorporar figuras de este tipo a su gabinete.

Cabe también plantearse las consecuencias de las elecciones para el caso de España, donde los intereses tradicionales de EEUU han estado centrados, principalmente, en aspectos como las relaciones económicas y comerciales, la protección de la propiedad intelectual y, especialmente, las cuestiones de seguridad fortalecidas por la relevancia estratégica que tienen bases como Morón y Rota. Después de estas elecciones presidenciales, muy posiblemente se encontrará con una demanda creciente para incrementar el compromiso con su propia seguridad, en este momento situado en un escueto 0,9%, lo que debería verse como una oportunidad de invertir en capacidades propias antes que como un sacrificio impuesto desde el exterior. La falta de contactos con el Partido Republicano, explicable en el caso de Trump pero no tanto ante otros destacados miembros del Partido como Giuliani, y su ausencia de plan B ante una victoria republicana, denota una relativa falta de planificación estratégica que debería ser corregida.14

Tanto los intereses de seguridad como la importancia de la consecución del TTIP para los económicos hacen que España debiese tomar un papel más proactivo en la defensa de ambas políticas, además de revisar la relevancia estratégica de EEUU para su política exterior, muy superior al reconocimiento otorgado en sus principales documentos estratégicos. Tras la victoria de Trump, una opción compleja para España y la UE, la incertidumbre requerirá de una mayor inversión en esfuerzos diplomáticos, de recursos económicos e incluso en la opinión pública, a la hora de promover un mayor entendimiento con las posturas estadounidense, algo que, sin embargo, parece necesario a la luz de los intereses en juego.

Visto lo anterior, y teniendo en cuenta el conjunto de aspectos analizados, habrá que esperar hasta la toma de posesión del nuevo presidente y sus primeras decisiones para ofrecer un poco más de luz en torno al desarrollo de la política exterior estadounidense de los próximos cuatro años.

Juan Tovar Ruiz
Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Burgos y de la Universidad Autónoma de Madrid
| @JuanTovarRuiz


1 Los textos en los que se recogen los debates presidenciales segundo y tercero.

2 Un ejemplo es el conocido discurso de Clinton sobre la materia.

3 Véase John J. Mearsheimer (2001), The Tragedy of Great Power Politics, Norton & Co., Nueva York, pp. 1-4.

4 Véase, por ejemplo, “The Obama Doctrine”, The Atlantic.

5 Véase el citado discurso en la web de la Casa Blanca.

6 Las Estrategias de Seguridad Nacional estadounidenses de 2010 y 2015.

7 Véase John J. Mearsheimer (2014), “Why the Ukraine Crisis is the West Fault”, Foreign Affairs, vol, 93, nº 5, septiembre/octubre, p. 89.

11 Sobre Trump, aparte de su intervención en los debates presidenciales, pueden verse algunos de sus principales discursos en política exterior en The National Interest o Politico.

12 Russel W. Mead (2002), Special Providence. American Foreign Policy and How it Changed the World, Routledge, Nueva York, pp. 1-30.

13 Se ha barajado el nombre de John Bolton para secretario de Estado. Independientemente de si se confirmase, caben dudas de cómo encajaría una figura de este tipo con promesas y declaraciones del presidente-electo relacionadas con el rechazo a los cambios de régimen y la Guerra de Irak o la mejora de las relaciones con Rusia. Por otro lado, también George W. Bush rechazó originalmente los procesos de nation-building y acabó realizándolos a una escala sin precedentes tras el 11-S.