Índice[1]
- Resumen
- Una nueva división
- ¿Qué divide esta división?
- Diferencias que no marcan ninguna diferencia
- Diferencias y semejanza de valores en política exterior
- ¿Por qué? Experiencias históricas en guerra y terrorismo
- ¿Podemos limar las diferencias? Multilateralismo efectivo
- Unas cuantas conclusiones para debate
- Anexo
Resumen
El fin de la Guerra Fría con la caída del muro de Berlín produjo un distanciamiento estratégico entre Europa y Estados Unidos que el 11-S y la guerra de Irak han profundizado posteriormente. Sorprendentemente, el fin de la Guerra Fría también produjo, en sentido contrario, un vínculo económico trasatlántico como nunca antes había existido. Pues bien, tras las últimas elecciones estadounidenses, parece estar apareciendo una nueva fractura en lo que a valores y cultura política respecta. Algunos afirman que Estados Unidos es un país altamente dividido entre un fuerte sector conservador y otro liberal. Otros afirman que, por el contrario, Estados Unidos es un país homogéneo en el que ha triunfado la revolución conservadora. Así, la fractura, ¿se produce entre la América “azul” (demócrata) y la América “roja” (republicana) o entre Estados Unidos y Europa? ¿Existen diferencias de valores significativas entre Estados Unidos y Europa? ¿Marcan estas diferencias una diferencia en asuntos relevantes como, por ejemplo, la política exterior? ¿Pueden llegar a hacer imposible la cooperación en materia de gobierno mundial? Y, por último, ¿pueden reducirse estas diferencias?
Una nueva división
Es bien sabido que con el fin de la Guerra Fría comenzó a producirse un distanciamiento estratégico entre Europa y Estados Unidos. Europa dejó de ser el campo de batalla de una futura Tercera Guerra Mundial entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, y esto tuvo al menos dos importantes consecuencias que siguen estando presentes en la actualidad. Por una parte los Estados Unidos dejaron de estar interesado en Europa desde un punto de vista estratégico y su política exterior pasó a centrarse en Oriente Medio (el Gran Oriente Medio, que incluye parte de Asia) y, por supuesto, en el Pacífico, en China y Asia. Europa se convirtió, por así decirlo, en el punto ciego del la mirada americana sobre el mundo. Y en buena medida sigue siéndolo, aunque la segunda administración Bush parece haber re-orientado sus prioridades.
Menos conocido, pero no menos importante, Rusia dejo de ser una amenaza para los aliados europeos de los Estados Unidos, especialmente Alemania, pero también los países del centro y este de Europa. Esto, sumado a una nueva generación de líderes alemanes, más jóvenes y menos coartados por el recuerdo y la culpa de la guerra mundial, explica por qué el Canciller Schröder fue capaz de dar un giro drástico a más de treinta años de política exterior pro-Atlantista en Alemania, abriendo así las puertas al neo-gaullismo de Chirac. En resumen, Estados Unidos dejó de ser un aliado necesario para Europa. Al menos desde un punto de vista estratégico, la Alianza atlántica entre Europa y los Estados Unidos pasó a ser una opción, no una necesidad.
Finalmente, mucho menos sabido, aunque de nuevo no por ello menos importante, y en parte debido a la misma paz y seguridad, durante los años 90 se experimentó a ambos lados del Atlántico un enorme crecimiento económico con un espectacular incremento de los vínculos existentes entre las economías de Europa y Estados Unidos. Los conocidos datos compilados por Joseph Quinlan muestran las fortísimas conexiones existentes entre estas dos economías, hasta el punto de que ya no es posible distinguir entre empresas europeas y estadounidenses. Y el flujo de inversiones mutuas continúa[2].
De este modo, y paradójicamente, mientras que Europa y Estados Unidos se distanciaban en términos estratégicos y/o políticos, sus vínculos económicos se hacían más profundos que nunca.
Pues bien, en la actualidad estamos presenciando la emergencia de una tercera línea de divergencia/convergencia, esta vez en términos de valores y, por lo tanto, de cultura política. Hasta qué punto esta nueva fractura es retórica o realidad se discutirá en este trabajo. Pero antes es imprescindible entender por qué esta supuesta divergencia de valores entre Europa y EEUU se ha convertido, de repente, en un tema políticamente relevante.
Pues, para empezar, no hay nada nuevo en ello. Ya en La democracia en América (1835-40) Alexis de Tocqueville hacía hincapié en las profundas diferencias existentes entre la cultura política y cívica de Europa y de Estados Unidos. Algo que no debería sorprender puesto que los Estados Unidos fueron creados por emigrantes europeos que deseaban construir un Nuevo Mundo, totalmente distinto al Antiguo Régimen europeo. Y teniendo en cuenta que uno de los motivos de su huida del viejo continente era la religión, no debería sorprender tampoco que ésta quedase fundida en el tejido mismo de la sociedad estadounidense. El propio Tocqueville se asombraba de la profundidad de la religiosidad estadounidense, hasta el punto de declarar:
Mientras que en Europa el avance de la libertad y la Ilustración supuso una conquista con respecto a la religión, en Estados Unidos la libertad y la Ilustración fueron producto de la religión misma, tanto que las raíces más profundas de la libertad deberían encontrarse en la red de afiliaciones religiosas (volumen I, capítulo 9).
El hecho de que la libertad, la democracia, e incluso la ciencia, pudiesen ser fomentadas por, y desde, creencias religiosas es algo extraño e incluso incomprensible para muchos europeos, especialmente en países católicos, donde logros similares sólo fueron posible como resultado de una visión secularizada del mundo.
Sin embargo, a pesar de estas y otras diferencias de valores importantes y bien conocidas (la pena de muerte, la venta de armas, la propensión al encarcelamiento o el puritanismo selectivo, por citar algunos de los ejemplos mencionados con mayor frecuencia), Estados Unidos y Europa parecían compartir valores importantes: libertad, derechos humanos y libre mercado, al menos los valores subyacentes a las principales instituciones del mundo moderno, a saber un Estado democrático, una economía de mercado y una cultura basada en la razón y la ciencia.
Este tradicional conjunto de valores comunes, reforzados durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, se vieron fortalecidos inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, momento en el que, aparentemente, todos éramos americanos[3]. Pero no por mucho tiempo pues tras la campaña afgana, la Administración Bush comenzó a centrarse en Irak y se hizo obvio que el 11-S había suscitado dos reacciones muy distintas a ambos lados del Atlántico. Sin duda, Europa infra-reaccionó frente al nuevo terrorismo, como pondría de manifiesto la absoluta sorpresa que causaron los atentados de Madrid el 11 de marzo. Pero ciertamente los Estados Unidos sobre-reaccionaron en muchos aspectos, desde la militarización de la acción anti-terrorista (la “guerra” contra el terrorismo) hasta los encarcelamientos en Guantánamo y Abu Ghraib pasando por la Patriot Act y la propia guerra e Irak. De esta forma, la imagen de Estados Unidos comenzó a deteriorarse de forma espectacular en todo el mundo, y ciertamente, en toda Europa.
A pesar de ello, y al menos durante cierto tiempo, era posible sostener que las diferencias entre Europa y Estados Unidos eran similares a las existentes en el seno de Europa o en el seno mismo de los Estados Unidos. Y, ciertamente, no sólo el Consejo de Seguridad de la ONU, sino también la OTAN, la propia UE y las opiniones públicas de ambos lados del Atlántico, se mostraron profundamente divididas como resultado de la guerra. No obstante, a medida que avanzaba la mal llamada “posguerra” de Irak, con una acumulación continua de errores, la opinión pública europea (y mundial) paso a oponerse de forma masiva a la política exterior estadounidense. No se trataba (aún o todavía) de una clara actitud antiamericana sino sólo contraria a Bush y a su política exterior, o al menos eso es lo que indicaban algunos sondeos. Se podía defender la idea de que los Estados Unidos seguían siendo la patria de la libertad, aunque el Presidente Bush y su “cábala” de neoconservadores habían secuestrado el verdadero espíritu liberal de los Estados Unidos.
Tras la reelección de Bush, seguidas con preocupación, interés, e incluso ansiedad, que posteriormente se trocó en decepción al conocer los resultados (pues por algún extraño motivo sorprendieron enormemente a muchos europeos), este argumento perdió todo sentido. ¿Cómo era posible que los americanos hubiesen reelegido a Bush? La contradicción flagrante entre las expectativas generalizadas de una victoria de Kerry y la realidad de su fracaso exigía una explicación inmediata, y surgieron así dos hipótesis contradictorias, olvidando ambas que Bush ha sido reelegido por un margen muy escaso y los Estados Unidos se encuentra en la actualidad tan divididos (o no) como lo estaban hace cuatro años.
La hipótesis más débil (defendida sobre todo por los propios americanos) sostiene que los Estados Unidos no sólo están divididos entre Estados “metro” (urbanos) y “retro” (rurales), las dos costas y el interior del país, demócratas y republicanos, o el 51% frente a al 48%, sino también cada vez más polarizados. Tanto que la tradicional distribución bipolar europea entre derecha e izquierda, en la actualidad ya desparecida, podría estar emergiendo ahora en los Estados Unidos. La segunda hipótesis, más fuerte y defendida sobre todo por europeos, es la que más nos interesa ahora: si los votantes estadounidenses re-eligieron a alguien con tan pocas luces y que ha cometido tantos errores, sin duda es porque ellos tampoco tienen demasiadas, tal y como sugería el Daily Mirror. Así que la pregunta es: ¿son los Estados Unidos una nación dividida o un país conservador pero homogéneo?
En cualquier caso, ya tenemos una nuevo mito anunciado a bombo y platillo por los medios de comunicación europeos: la revolución conservadora ha triunfado en los Estados Unidos. Ya no nos enfrentamos a una conspiración o un conciliábulo de neoconservadores que ahogan el verdadero espíritu liberal estadounidense y controlan la Administración y su política exterior. Es el propio espíritu estadounidense el que ha sido capturado por la extrema derecha girando desde la Ilustración a la intolerancia religiosa. Los americanos son los culpables, no Bush o los neocon. Y así, tal y como afirmaba el Centro Pew de Investigaciones, el antiamericanismo es mayor y más profundo ahora que en cualquier otro momento de la historia reciente[4]. Y ciertamente mucho mayor que durante la guerra de Vietnam, el escándalo Watergate, la crisis de los misiles o la era Reagan (otro Presidente demonizado y malinterpretado por los europeos occidentales). El rechazo es tal que estaría empezando a producirse un boicot a determinados productos icónicos estadounidenses. Un sondeo reciente realizado por GMI mostró que uno de cada cinco consumidores internacionales evita adquirir marcas americanas; los tres países con el mayor porcentaje de personas que boicotean marcas americanas son Corea del Sur (45%), Grecia (40%) y Francia (25%). Pero el 60% de los italianos, el 60% de los franceses, el 56% de los griegos y el 53% de los alemanes (todos miembros de la alianza de la OTAN) mostraban un sentimiento negativo hacia las empresas multinacionales estadounidenses[5].
Así pues, podemos decir que Europa tomó conciencia de sí misma versus Estados Unidos como consecuencia de la guerra de Irak y los errores cometidos por Estados Unidos. Tal y como declaraba el antiguo Ministro francés de Economía y Finanzas, Dominique Strauss-Khan, en Le Monde el 15 de febrero de 2003, el día en que tuvieron lugar masivas manifestaciones contra la guerra de Irak en las calles Europa, ese día nació una nueva nación, la nación europea[6].
El resultado, tal y como sugería Dominique Moisi, es que, si hace diez años teníamos dos Europas pero sólo un Occidente, en la actualidad, y tras la ampliación de la UE y la crisis Atlántica, tenemos finalmente una única Europa, pero dos Occidentes distintos: el polo europeo y el polo estadounidense, aparentemente uno de Venus y el otro de Marte, el moderno y el posmoderno, Hobbes y Kant. En vez de un conflicto huntingtoniano de civilizaciones, lo que aflora es un choque intra-civilizacional. Y sorprendentemente, la visión de Robert Kagan, previamente demonizada, se acepta e incluso es reforzada por sus antiguos detractores. Al menos Kagan podía comparar Venus con Marte, dos entes que pertenecen al mismo mundo mítico y cosmológico. Pero, ¿qué decir de la sugerencia de Villepin, el antiguo Ministro francés de Asuntos Exteriores, de un choque entre “tiburones” y “gaviotas”, dos animales que ni siquiera pertenecen al mismo mundo[7]? ¿Vivimos realmente en diferentes galaxias?
Figura 1. Tendencia en las actitudes globales hacia EEUU (media normalizada, base anual)[8]

La línea vertical representa la opinión neta favorable que se tiene de Estados Unidos, obtenida restando la cifra de quienes muestran una mala opinión de EEUU de la de quienes muestran una opinión favorable. Una cifra positiva significa que el porcentaje de personas con una opinión favorable es superior al de personas con una opinión desfavorable; una cifra negativa indica lo contrario.
Fuente: USIA series XX 1952 a 1967, Eurobarómetro series 1970 a 2000, Encuesta de Actitudes Globales 2002 del Centro de Investigaciones Pew y Encuesta de Tendencias Trasatlánticas 2002-2004.
Hace diez años se aceptaba sin discusión que Estados Unidos y la UE estaban convergiendo hacia un nuevo modelo mundial encabezado por Estados Unidos. Ahora el Sueño Europeo se nos presenta como una alternativa al Sueño Americano[9]. Como escribía Tony Judt:
Estados Unidos y Europa no son paradas en una línea de montaje histórica, tal que los europeos tengan que esperar heredar o repetir las experiencias estadounidenses tras un determinado lapso de tiempo. Son realmente sitios bastante distintos, muy probablemente avanzando en direcciones divergentes[10].’
Si esto es o no así es algo muy discutible. Un reciente informe de Eurochambers basado en distancias temporales entre Estados Unidos y Europa proporciona datos sorprendentes. Teniendo en cuenta tan sólo a la Europa de los Quince (la más avanzada), la renta per cápita europea fue alcanzada por Estados Unidos en 1985, y Europa necesitará hasta el año 2.072 para igualar los niveles estadounidenses, y eso siempre que crezca a un ritmo del 0,5% por encima del de Estados Unidos, una hipótesis muy poco realista. Otro tanto puede decirse de los niveles de empleo, productividad e I+D. Por ejemplo, en este punto, el nivel europeo fue alcanzado por EEUU ya en 1979, y la UE no llegaría a los niveles estadounidenses hasta el año 2.123[11]. No parece pues que el sorpasso europeo esté a la vuelta de la esquina.
Pero la cuestión no depende tanto de realidades (aunque no habría que desecharlas) como de percepciones, y la idea de que Europa esté dejando de ir a la zaga de Estados Unidos significa mucho para los europeos. Pues no se trata tanto de que sean distintos; según ha sugerido Timothy Garton Ash, en realidad lo que subyace al argumento de la diferencia son dos cosas: 1) que, Europa es mejor, y 2) sobre todo, que es posible construirse una “identidad europea” común basándose en las diferencias con Estados Unidos, más que en las semejanzas[12].
Una tesis muy util para muchos políticos europeos que ven en ella la oportunidad de movilizar la “identidad europea” en un momento en el que el interés público por el proyecto europeo parece estar perdiendo intensidad. La esperanza de que la Convención para elaborar una nueva Constitución europea pudiera movilizar a los ciudadanos en torno al proyecto europeo, creando incluso un nuevo demos (como esperaba Habermas, por ejemplo), ha demostrado ser un completo fracaso, tal y como ponen de manifiesto los escasos índices de participación (45%) de las últimas elecciones europeas (los más bajos de la historia), o la aparición de serias dudas en torno a los referendos de ratificación para la aprobación del nuevo Tratado (con sólo 3 de cada 10 españoles votando sí e incluso el riesgo de un “No” en Francia). Además, la ampliación ha cambiado radicalmente la visión alemana y francesa de Europa, los dos países que fueron el motor impulsor de la UE. Francia teme una pérdida de influencia y control sobre el destino de Europa, mientras que Alemania intenta escapar a su estancamiento económico y un impasse político. La tentación de proyectar sus problemas en el exterior, en una mezcla de nuevo euro-gaullismo y viejo populismo latinoamericano, es fuerte. Si la UE tiene dificultades para consolidar su propia credibilidad, ¿por qué no usar a Estados Unidos como excusa? Y no sólo los políticos, incluso algunas de las mentes europeas más brillantes (tal como el sociólogo alemán Jürgen Habermas) han afirmado que los Estados Unidos de Europa deberían construirse sobre “las diferencias trasatlánticas de valores”. ¡Dejemos de quejarnos de las diferencias, disfrutemos de ellas, el nuevo Muro dividirá el Atlántico y contribuirá a crear una Europa más fuerte! Hasta un 71% de los europeos, que antaño rechazaban toda super-potencia, cree en la actualidad que la UE debería convertirse en una superpotencia como los Estados Unidos[13].
Con este nuevo planteamiento la cuestión de los valores deja de ser un problema americano. Por supuesto que lo es, y debemos preguntarnos en qué medida este panorama tan poco prometedor de un triunfo conservador en los Estados Unidos es cierto o no, o si el país se encuentra tan dividido o incluso polarizado como parece. Pero es algo más que eso, ya que la contradicción en valores entre una Europa posmoderna y liberal y unos Estados Unidos tradicionales y conservadores puede imposibilitar la cooperación en diversos aspectos, principalmente en relaciones internacionales. ¿Pueden cooperar Marte y Venus? ¿Se necesitan mutuamente la Europa kantiana y la América hobbesiana?
Esta de-construcción (si se permite la expresión) de la tesis de la incompatibilidad de valores nos dice muchas cosas, aunque nada acerca de sus méritos intrínsecos. Nos muestra que no es el producto de rigurosos descubrimientos científicos, sino otro argumento más en un acalorado debate político. Nos muestra que, de repente, antiguas diferencias de valores pasan a ser relevantes, como en un experimento Gestalt. Lo que hace meses eran valores comunes son ahora motivo de divergencia. Si la UE y EEUU estaban unidos por valores y políticas, todo lo que queda ya es una solidarité de fait (R. Schumann), intereses y vínculos económicos, todo ello rodeado de recriminaciones y resentimientos.
Obviamente, la principal pregunta que cabe hacerse no es por qué ha surgido la tesis de las diferencias de valores, ni tampoco qué intereses concretos sirve la misma (obviamente, los de ambos extremos, el antiamericanismo europeo y el unilateralismo estadounidense). Es más, la principal pregunta tampoco es si existen o no diferencias de valores o creencias, puesto que es obvio que sí existen diferencias aunque sean menos relevantes de lo que se defiende. La principal pregunta es si estas diferencias son relevantes para la cooperación política y, fundamentalmente, para la política exterior. Así, la pregunta parece tener una doble vertiente. En primer lugar, ¿son importantes estas diferencias? ¿Marcan realmente alguna diferencia? Y, en segundo lugar, ¿son estas diferencias mayores que las diferencias que pueden encontrarse dentro de Europa o dentro de Estados Unidos? Y quizás, incluso una tercera pregunta: ¿Cómo perciben estas diferencias los demás, fuera del área Atlántica?
¿Qué divide realmente esta división?
Por ello es obligado, antes de pasar a analizar las supuestas diferencias, hacer primero algunas observaciones introductorias de tipo metodológico, pero rigurosamente sustantivas. ¿Qué es lo que estamos comparando?
La primera observación es que Estados Unidos es mucho más importante para Europa que al revés. Como ya he discutido en alguna otra ocasión, aun cuando el mundo sólo pueda ser gestionado de forma multilateral, en la actualidad es unipolar, ya que tan sólo existe una superpotencia mundial[14], de modo que hay una asimetría de intereses básica. Lo que ocurre en el interior de Estados Unidos es de gran importancia para el resto del mundo, pero no al revés, si bien para los estadounidenses Europa sigue siendo más importante que Asia (54% frente a 29%). Esta asimetría se puso de manifiesto con claridad durante las últimas elecciones estadounidenses, seguidas con el mismo interés y preocupación en Europa (si no más) que en Estados Unidos, de modo que aun cuando los Estados Unidos pueden haber dejado de tener relevancia estratégica para Europa, ciertamente sigue teniendo un importante valor político. Viéndose afectados por los EEUU, pero incapaces de controlar lo que sucede allí (incapaces de votar, en última instancia), la posición objetiva de Europa con respecto a EEUU genera sentimientos de inferioridad y resentimiento. A los europeos les gustaría que los Estados Unidos fuesen tan sólo otro país más, un país normal (y también desearían un mundo multipolar); pero no lo son. De forma inevitable la palabra Imperio emerge, cargada de connotaciones negativas. Así, es natural que los europeos tiendan a mostrar un mayor rechazo hacia Estados Unidos que al contrario. Es más, a menudo Europa rechaza los Estados Unidos porque los americanos, sencillamente, no están demasiado interesados en Europa.
Lo que ayuda a entender por qué, aunque el anti-europeísmo americano ha sido siempre débil y es relativamente reciente, el anti-americanismo europeo es fuerte y tiene una larga tradición. De hecho, podemos identificar en Europa al menos dos estereotipos de Estados Unidos completamente diferentes y no necesariamente compatibles. Por un lado una visión derechista de Estados Unidos como el país del consumismo, el dinero y los valores materiales, país avaricioso, ignorante y plutocrático, inmoral e incluso libertino, un país sin valores ni alma. Tal ha sido por ejemplo, la visión clásica que la Iglesia católica ha tenido de EEUU, el país del materialismo en contraposición a una Europa civilizada, espiritual y culta. Por otro lado tenemos el estereotipo izquierdista de Estados Unidos como potencia imperialista y militarista, altamente ideologizada, conservadora e incluso semifascista, rozando la intolerancia y quizás incluso inquisitorial, pero extremadamente inteligente hasta el punto de que todo lo que pasa en el mundo está secretamente diseñado y/o manipulado por Estados Unidos, desde el 11-S al tsunami en el Sudeste Asiatico (y nadie cree más en la omnipotencia de los Estados Unidos que los antiamericanos), una visión compartida también por muchos latinoamericanos. Simplificando podríamos decir que para la derecha europea Estados Unidos es un país izquierdista, mientras que para la izquierda europea es un país derechista, aunque con frecuencia ambas visiones están presentes dentro de un mismo país, como es el caso de Francia y España. Hace algunos años llevé a cabo en España una sencilla encuesta que mostró que el anti-americanismo era fuerte en la extrema derecha y en la extrema izquierda, y mucho más débil, o incluso inexistente, entre personas con ideología de centro. ¿Por qué? Porque para la extrema derecha los Estados Unidos habían sido enemigos del General Franco, mientras que para la extrema izquierda le habían respaldado. Ambos estaban en contra de los Estados Unidos, pero por motivos opuestos.
Por último, existe una tercera visión de los Estados Unidos, mucho más positiva, en países que fueron ayudados o liberados por ellos durante la Segunda Guerra Mundial, o posteriormente, durante la Guerra Fría, tales como el Reino Unido, Alemania e Italia y, posteriormente, Polonia, Hungría y otros del centro y este. Para ellos los Estados Unidos son (o eran) un país generoso dispuesto a arriesgar la vida de sus ciudadanos para defender la libertad de otros, formado por jóvenes idealistas, aunque quizás ingenuos y poco sofisticados. Y, por supuesto, queda todavía un cuarto estereotipo, el Gran Satán, el Imperio del Mal, una visión compartida por los ayatolás suníes y chiíes y algunos anti-globalizadores (e incluso no pocos intelectuales americanos y europeos).
Y por supuesto, también existen dos estereotipos estadounidenses de Europa: la Europa cínica, sin ética e incluso inmoral, y la Europa posmoderna, liberal, pragmática y razonable.
En resumen, debido al interés que suscitan los Estados Unidos, cuyo poder no deja indiferente a nadie, este país significa muchas cosas para gente distinta. Puede significar libertad (para los polacos) o totalitarismo (para los chilenos), una cultura creativa o una cultura de masas, innovación o tradición, religiosidad o secularismo. No sorprende así que las acusaciones son con frecuencia contradictorias. Estados Unidos es un país impío para los musulmanes pero un país de ingenuos creyentes para los europeos. Como suele ocurrir, no son los valores en sí lo que importan; son las apariencias y, sobre todo, los contrastes entre ellos y nosotros, lo que importa. Lo único que comparten todas las variantes del anti-americanismo es precisamente eso, el rechazo. Pero difieren enormemente en la América que rechazan.
Así, no resulta sorprendente descubrir que Estados Unidos también inspira admiración en muchos aspectos. Su ciencia o cultura popular, por ejemplo, son ampliamente admiradas. Entre un 63% y un 76% de los europeos occidentales admiran la cultura popular estadounidense (aun cuando entre un 50% y un 71% rechazan que se extiendan por todo el mundo las ideas y las costumbres estadounidenses[15]). De hecho, los americanos gustan mucho más que “Estados Unidos”, y la opinión que se tiene de los ciudadanos de ese país no se ha visto demasiado afectada: el 80% de los británicos, el 68% de los alemanes y el 53% de los franceses tienen opiniones favorables de los ciudadanos estadounidenses[16].
Figura 2. Opiniones con respecto a EEUU
|
(%) |
Le gusta la democracia estadounidense |
Le gusta la cultura estadounidense |
Le gusta la economía estadounidense |
Admira la ciencia estadounidense |
Le desagrada la hegemonía cultural estadounidense |
|
UE |
44 |
67 |
32 |
71 |
61 |
|
Europa del Este |
50 |
58 |
48 |
63 |
55 |
|
Países árabes |
37 |
38 |
43 |
64 |
78 |
|
Latinoamérica |
45 |
62 |
47 |
78 |
60 |
|
Asia |
54 |
49 |
49 |
81 |
56 |
|
África |
67 |
64 |
62 |
85 |
49 |
Fuente: Worldviews 2002, Consejo de Chicago de Relaciones Internacionales (CCFR) y Barómetro del Real Instituto Elcano-2003.
Tenemos pues visiones distintas, ciertamente. Pero también realidades distintas.
Estados Unidos es un país enorme, al menos para los estándares europeos, y existen grandes diferencias dentro de el; dos naciones dentro de un país, como llegó a escribir T. Garton Ash[17]. ¿Sólo dos? Ciertamente no para los expertos de marketing que discriminan entre no menos de varias docenas de estilos de vida, pautas de consumo y mensajes publicitarios. Estados Unidos (como Europa) dejó de ser una sociedad de masas hace tiempo. La identidad étnica es muy fuerte, siempre lo ha sido, y existe una América negra, una América latina, una América asiática y una América blanca, protestante y anglosajona (WASP, en sus siglas inglesas), además de las minorías polaca, irlandesa, italiana y judía, por citar sólo algunas. Si hay algún país del que se puede predicar con rigor la máxima E pluribus unum, son los Estados Unidos. En cualquier caso, el 66% de los estadounidenses opina que su país está más dividido en la actualidad, y que el principal motivo de esta división es su política exterior (36%), muy por encima de la interior (19%), precisamente lo que separa también a la UE de los Estados Unidos.[18]. Así pues, ¿son las diferencias trasatlánticas también diferencias interamericanas?
Pero también existen enormes diferencias en el seno de la UE. Europa es una etiqueta que abarca a países muy diferentes, hasta tal punto que las diferencias internas son quizás mayores que las de Estados Unidos. Desde Andalucía o Sicilia hasta Noruega o Dinamarca, o desde Portugal hasta Hungría, Europa se caracteriza por enormes diferencias culturales. Con veinte lenguas oficiales en la UE, más una docena larga de lenguas no oficialmente reconocidas, un panorama religioso enormemente variado (católicos, distintos tipos de protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes y otros) y una gran tradición de identidades nacionales e historias nacionales “sagradas”, no resulta sorprendente que el lema “unidad en la diversidad” (In varietate concordia), similar al americano y ciertamente no demasiado original, fuese elegido por el Tratado Constitucional como uno de los símbolos de la Unión (art. 1.8).
Así, si los Estados Unidos se encuentran divididos y Europa también, ¿deberíamos suponer que están divididos pero sólo en distintos extremos de una línea? Por supuesto que no. Hay más diferencias culturales y de valores entre Nápoles y Londres que entre Londres y Boston. Y también hay mayores diferencias entre Washington y Los Ángeles que entre Washington y París. Por lo tanto, no resulta sorprendente que las posiciones americanas en temas de valores se encuentren normalmente dentro, y no en los extremos, del espectro de las posturas europeas. Si hiciésemos un experimento en el que tratáramos a Estados Unidos como una colección de 50 diferentes países o Estados, éstos se solaparían de forma natural con los 25 países europeos. Metodológicamente estamos comparando una entidad relativamente desagregada (Europa), donde algunas de las unidades son muy pequeñas, con una entidad conglomerada de más de 250 millones de personas[19].
Creo pues que no debemos engañarnos suponiendo que existe “una” América o “una” Europa; tampoco existe “una” visión europea de Estados Unidos, del mismo modo que no existe tampoco “una” única visión estadounidense de Europa. A fin de cuentas, todas las personas y todas las cosas son distintas; la cuestión es qué aspectos son relevantes en un momento dado pasando a convertirse en “diferencias” de las que se tiene conciencia. Y eso depende de los estereotipos, los prejuicios y las ideologías.
Además, lo que importa no son las diferencias reales o que se perciben como tal sino, con frecuencia, el deseo de ser diferente y, por lo tanto, de recalcar esas diferencias. Para un observador extranjero las diferencias entre Cataluña y el resto de España son prácticamente inexistentes. Sin embargo, muchos catalanes se han mostrado (y se muestran) decididos a encontrar pequeñas diferencias y enfatizarlas, creando una “identidad” catalana distinta a la española. Obviamente, este empeño forma parte del ámbito de las luchas políticas por la hegemonía, no del de las pruebas científicas. Ahora no pasamos de la realidad al conocimiento y la conciencia, sino al revés, de la conciencia a la realidad, y siempre es posible encontrar líneas de falla si se desea. Es el narcisismo de las pequeñas diferencias al que Europa parece estar sucumbiendo.
Diferencias que no marcan ninguna diferencia
Pero regresando al tema de las diferencias de valores, me gustaría en primer lugar identificar algunas de las que se citan frecuentemente como variables de separación entre ambos dos lados del Atlántico, una lista que cubre muchos aspectos distintos tales como:
Valores sociales referidos a:
- La responsabilidad personal sobre el propio destino
- El grado de intervención estatal aceptable
- La Seguridad Social y el Estado de bienestar
- La presión fiscal
Trato dado a la delincuencia y a la violencia individual
- Control de armas
- Población penal
- Pena de muerte
Religiosidad
- Creencia en Dios
- Puritanismo
- Valores familiares
- Homosexualidad
- Células madre
Derechismo
- Patriotismo
- Racismo
- Pobreza
- Políticas de inmigración
Política exterior
- Militarismo
- Uso de la fuerza
- Unilateralismo
- Respeto por las Naciones Unidas
- Ayuda al desarrollo
No deseo perder demasiado tiempo debatiendo la cuestión de los valores sociales en general. A la postre todos ellos retornan a la cuestión central de unos Estados Unidos más tradicionales frente a una Europa más liberal. Y debemos aceptar que esta tesis se ve respaldada por sólidas investigaciones empíricas. Las World Value Surveys (Encuestas Mundiales de Valores) de Ronald Inglehart han venido comparando valores y actitudes en aproximadamente 100 países que cubrían más del 85% de la población mundial durante más de quince años, de modo que disponemos de series históricas de datos acerca de valores comparados en distintos países[20]. Como es bien sabido, la tesis central de de Inglehart es que, a medida que aumenta la renta per cápita, los valores cambian, (1) primero de tradicionales a secular-racionales (de agrícolas a industriales), y (2) posteriormente, de valores de supervivencia (materialistas) a valores de auto- expresión, post-industriales o post-materialistas. De ser esto así , y lo es, , los Estados Unidos, uno de los países con más alta renta per capita, deberían ser también uno de los países más avanzados tanto en valores seculares como en auto-expresión y post-materialistas. Sin embargo, no es así. Los Estados Unidos son un país avanzado en valores de auto-expresión, pero es un caso “desviado” en el otro eje, mucho más tradicional de lo que cabría esperar y desde luego más que la mayor parte de los europeos. De hecho, a excepción de Irlanda, Estados Unidos es el país más tradicional de todos los desarrollados. Es como si encontrasen dificultades, no para avanzar desde valores de supervivencia a los de auto-expresión, pero sí para dejar atrás, como han hecho otros países, muchos de los valores tradicionales. ¿Cómo puede explicarse esto?
Figura 3. Mapa de valores

Veamos primero qué es lo que significa “tradicional” de acuerdo con la escala utilizada por Inglehart:
- La religión es muy importante.
- Los niños deben aprender a obedecer.
- Fuerte sentimiento de orgullo nacional.
- Uno de los principales objetivos en la vida es que nuestros padres se sientan orgullosos de nosotros.
- El divorcio no es nunca justificable.
- El aborto no es nunca justificable.
- Necesitamos límites más estrictos sobre la venta de bienes inmuebles a extranjeros.
- Es necesario un mayor respeto a la autoridad.
Pues bien, la explicación de la singularidad americana la encontramos en la suma de dos variables. De una parte un desarrollo con fuerte dependencia de senda, con fuerte inercia; de otra un efecto óptico. Dependencia de senda porque, tal y como muestra claramente la Figura 3 (y como sugieren los comentarios previos de Tocqueville), el punto de partida importa, y aunque todo los países avanzan en una dirección conocida, lo hacen a diferentes ritmos. Estados Unidos siempre ha sido un país de creyentes y sigue siéndolo porque en él nunca hubo ninguna contradicción entre modernidad y religión. Pero, por encima de todo, lo que tenemos aquí es un efecto óptico. Estados Unidos y Europa avanzan en la misma dirección: hacia valores post-materialistas más liberales. Pero avanzan a diferentes velocidades y con puntos de partida bastante distintos. Europa avanza a un rimo muy superior al de EEUU. La Europa católica, especialmente, está avanzando a un ritmo muy superior: hace veinte años Estados Unidos se encontraba a la vanguardia del secularismo pero en la actualidad se encuentra más bien en la retaguardia.
Comparemos a los Estados Unidos con el país europeo que más rápido ha avanzado en materia de valores: España. Pues bien, España y Estados Unidos se mueven en la misma dirección, en el abandono de valores tradicionales respeto a la autoridad, igualdad de género, homosexualidad y aborto. España, no obstante, ha avanzado a un ritmo muy superior al de EEUU, de tal modo que las diferencias intergeneracionales en España son las mayores del mundo. Los valores de los adultos y mayores son radicalmente distintos de los de los jóvenes. Mi propia experiencia personal puede servir de ejemplo. Cuando me trasladé a la Universidad de California a principios de la década de 1970, desde una España aún franquista, saltaba desde la Contrarreforma a la Contracultura, de Trento a Marcuse y el movimiento hippy. No era un viaje en el espacio sino casi un viaje en el tiempo: del pasado al futuro. Hoy en día esto es completamente distinto y España es uno de los países más liberales y tolerantes de Europa (y del mundo)[21].
Figura 4. España frente a Estados Unidos



De hecho, los estadounidenses no se están haciendo más conservadores. En aspectos tales como la pena de muerte, la homosexualidad, el aborto o el uso legal de la marihuana, han avanzado hacia posiciones más liberales, no más intransigentes. Como mucho, podríamos decir que el país se encuentra más polarizado: los demócratas son más liberales y los republicanos más conservadores[22], probablemente porque, como dice Inglehart, los fundamentalistas se están resistiendo en lo posible al cambio cultural. Están a la defensiva, no en actitud ofensiva.
Y es más, en muchos aspectos relevantes, es Europa, no los Estados Unidos, la que parece tradicional. Por ejemplo, en materia de igualdad de sexos, Estados Unidos se encuentra más avanzado que muchos países europeos como Francia, Italia, España o Bélgica[23]. Estados Unidos muestra también una actitud más abierta con respecto a los inmigrantes: tan sólo un 10% de los estadounidenses rechaza a los inmigrantes, frente a un 20% de los belgas y austríacos y un 13% de los italianos, franceses y alemanes.
Tomemos otro ejemplo tradicional de diferencia en valores: los estadounidenses se muestran en absoluto desacuerdo con la idea de que el éxito está determinado por fuerzas ajenas al control del individuo. El 65% de los americanos rechaza esta afirmación, al igual que el 63% de los canadienses. Son optimistas y creen que las personas pueden controlar su propio futuro. En Europa ocurre lo contrario: el 67% de la población alemana y de la italiana están de acuerdo con la afirmación anterior, así como el 54% de los franceses, mientras que el Reino Unido se encuentra dividido a partes iguales (48% frente a 48%). No obstante, muy pocos países del mundo comparten la visión americana: el 48% de República Checa y Eslovaquia y el 52% de Japón[24], pero poco más. La visión europea es así compartida por la práctica totalidad de los países latinoamericanos, asiáticos, árabes y africanos. En este caso, ¿quién es moderno y quién posmoderno?
Figura 5. ¿A favor o en contra de la pena de muerte?

Incluso en un asunto tan debatido como la pena de muerte las diferencias no son tan grandes como parecen. Es cierto que la mayoría de los americanos apoya la pena de muerte (dos de cada tres aproximadamente), una visión compartida por casi todo el mundo excepto Europa y América Latina (donde ésta fue abolida por primera vez, en Venezuela en 1863). De media, en Europa, dos de cada tres personas están en contra de la pena de muerte. No obstante, en el Reino Unido entre el 60% y el 70% piensa que en ocasiones está justificada, y hasta un 58% la aceptaría en caso de asesinato de niños[25]. En Francia, en 1981, año en que la pena capital fue abolida por Mitterrand, el 62% de la población estaba a favor de la misma; en el 2.000 la cifra era todavía del 45%; en 2002 se había reducido al 36% y en 2003, al 30%[26]. Dos tercios de la población alemana se mostraban a favor de la pena de muerte en el momento de su abolición. Hoy en día la mayoría de los austriacos, en torno al 50% de los italianos y el 49% de los suecos se muestra a favor de que vuelva a ser introducida.
Figura 6. Pregunta: ¿Está totalmente de acuerdo, bastante de acuerdo, bastante en desacuerdo o en absoluto desacuerdo con cada una de las siguientes afirmaciones?
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¿Es necesario restablecer la pena de muere? |
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may-00 |
may-02 |
nov-03 |
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- Totalmente de acuerdo |
22 |
17 |
14 |
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- Bastante de acuerdo |
23 |
19 |
26 |
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- Bastante en desacuerdo |
16 |
17 |
20 |
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- En absoluto desacuerdo |
37 |
45 |
38 |
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- No opina/no contesta |
2 |
2 |
2 |
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Fuente: Le Monde/RTL SOFRES |
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Por supuesto existen diferencias, y la religiosidad es quizás la principal y la que explica casi por completo el carácter “tradicional” de Estados Unidos. Estados Unidos es mucho más religioso que Europa. La opinión de que es necesario creer en Dios para ser moral es aceptada por el 60% de los estadounidenses, pero rechazada por la mayoría de los europeos, incluidos los polacos[27]. Para los estadounidenses la religión es muy importante, no para los europeos ni tampoco para los españoles (ver figura 7). Pero, ¿qué conclusión puede sacarse de esta afirmación? Muchas constituciones europeas siguen aceptando una religión estatal, que no figura en la Constitución americana; muchos europeos creen que el Papa es infalible y muchos creen en la Virgen María. Mientras escribo estas líneas, la prensa española nos informa de que varios miles de ciudadanos aguardaron durante horas en Madrid, en una fría noche de invierno, para visitar al Cristo de Medinaceli, que se supone concede cualquier deseo que se le pida. El primero en la cola era el Rey de España. ¿Qué diría la prensa europea si Bush hubiera hecho lo mismo?
Figura 7.

Y podríamos seguir eliminando mitos. ¿Es EEUU más militarista que Europa? Sí en términos de gasto: EEUU destina 953 $ per cápita, la tercera mayor cifra del mundo. Francia destina 772$ y Noruega, 668$. Pero Estados Unidos dispone de menos soldados por 1.000 habitantes (4,7) que los países escandinavos (en torno a 6), Austria, la República Checa, Polonia e incluso Francia. Y las exportaciones de armas per cápita 15,70$) son inferiores en Estados Unidos que en Suecia (54$), Noruega (34$), Francia (21$) y el Reino Unido (18,70$).
Y, ¿qué podemos decir de los valores familiares? Estados Unidos tiene cinco divorcios por cada 1.000 personas, mientras que Portugal presenta tan sólo 0,88. El tamaño de los hogares en EEUU es de 2,6 personas, en Irlanda es de 3,1, en Italia es de 2,7 y en Francia, de 2,5. Y, tal y como cabría esperar de un país desarrollado, la proporción de hogares con una sola persona alcanza su cifra más alta en EEUU, con un 26%, frente al 24% de Suecia y el 20% de Dinamarca y Finlandia. Como muchos han afirmado, si los valores familiares se enfatizan tanto en América es porque las familias reales atraviesan serias dificultades.
El resultado de todo ello es que si comparamos el eje izquierda-derecha europeo con el eje liberal-conservador estadounidense, la similitud es asombrosa: en Europa el 68% son de centro, el 10% de extrema izquierda y el 8% de extrema derecha. En Estados Unidos el 66% son centro, el 10% de extrema izquierda y el 14% de extrema derecha.
Y si analizamos finalmente la diferencia en términos dinámicos, podría alegarse que es Europa, y no Estados Unidos, quien se está haciendo más conservadora. Entre un 15% y un 18% de los franceses vota al Frente Nacional, el partido semi-fascista de Jean Marie Le Pen. Partidos altamente conservadores o semifascistas están en el poder en Italia y lo estuvieron también en Austria, donde obtuvieron el 27% de los votos en 1999. Los partidos de extrema derecha ganaron recientemente elecciones municipales o regionales en Dinamarca (con un 13% en 2001), Noruega (15% en 2001), Bélgica (24% en 2003), los Países Bajos, Suiza (28% en 2003), Grecia (14% en 2003) y Alemania Oriental, por no mencionar Rumanía o Serbia. De hecho, las ideas de extrema derecha, xenófobas y anti-inmigración están aumentando en toda Europa. Como veíamos, en Estados Unidos tan sólo el 14% de la población se considera de extrema derecha, frente a un 23% en Irlanda, un 22% en Finlandia y un 21% en Dinamarca, Bélgica y Austria. De modo que ahora podríamos preguntarnos: ¿avanzan los EEUU lentamente en un camino liberal mientras que Europa avanza rápidamente por una senda conservadora?
Volviendo a Inglehart, la realidad es que la “gran división” de valores y actitudes no se produce entre las dos costas del Atlántico norte, sino, como cabría esperar, entre los países ricos y los pobres. Y no hace falta ser marxista para entender esto. Como hemos visto, los valores básicos que prevalecen en las sociedades ricas han ido cambiando rápidamente siguiendo una trayectoria previsible, pero los valores de los países pobres no han cambiado en absoluto. Es más, a pesar de la globalización, no estamos presenciando una convergencia cultural a nivel mundial; por el contrario, la diferencia cultural entre los países ricos y los pobres era mayor en 2001 que en 1981. La gran divisoria sigue produciéndose entre Occidente y los países musulmanes, confucianos o nativistas. Por mencionar tan sólo un par de ejemplos, quizás se produzcan en Estados Unidos más de 50 ejecuciones al año, pero, ¿qué hay de las 1.000 ejecuciones anuales perpetradas en China (o hasta 10.000 según estimaciones), ese aliado estratégico del mundo “multipolar” francés? Y, ¿qué decir del sondeo realizado por Al Yazira que reveló que el 80% de los árabes entrevistados consideraban legítimo que los terroristas en Irak ejecutasen a occidentales inocentes? Éstas sí son diferencias que marcan una diferencia.
Diferencias y similitudes en valores y actitudes que afectan a política exterior
Si nos centramos ahora en las actitudes y los valores relevantes para la política exterior, encontraremos similitudes asombrosas y muy significativas, pero también diferencias importantes[28].
Centrémonos primero en las similitudes.
Para empezar, ambos compartimos visiones mutuas con respecto a nosotros mismos y el mundo. La calificación que la UE da a EEUU es de 55 sobre 100; la que da EEUU a la UE es más o menos la misma, 62. Lo mismo puede decirse de las opiniones mutuas de EEUU con respecto a Francia y Alemania. La calificación que EEUU da a Francia es 51 y la que Francia da a EEUU, también es 51. La calificación que EEUU da a Alemania es de 61, y la recíproca es tan sólo ligeramente inferior, 55. Las opiniones que se tienen sobre el resto del mundo también son parecidas: el nivel de importancia que EEUU y la UE conceden a Palestina es del 41% y el 42% respectivamente. Para Corea del Norte las cifras son 35% y 31%; para China, del 49%; e incluso con respecto a Irán, éstas son del 36% y el 34% respectivamente. La única diferencia significativa es Israel, con un 40% en la UE y un 60% en EEUU.
Las opiniones mutuas también son muy similares en cuanto a las principales instituciones internacionales: las Naciones Unidas cuentan con una calificación favorable del 71% en la UE y del 64% en EEUU. Con respecto a la OTAN la cifra es del 62% en la UE y también del 62% en EEUU.
Además, también compartimos percepciones similares de las amenazas. El terrorismo internacional es la mayor de ellas: un 71% de los ciudadanos de la UE y un 76% de los de EEUU lo consideran una amenaza muy importante. La segunda es el fundamentalismo islámico: un 52% en la UE y un 51% en EEUU lo consideran muy importante. A la diseminación mundial de enfermedades como el SIDA se le concede una importancia del 52% en la UE y del 51% en EEUU. A un grave empeoramiento de la economía, un 43% en la UE y un 41% en EEUU. Y a un conflicto militar entre Israel y sus vecinos árabes, un 40% en la UE y un 38% en EEUU. Las similitudes son asombrosas. La única diferencia radica en un posible ataque terrorista que emplease armas de destrucción masiva, que recibe una importancia del 56% en la UE y del 75% en Estados Unidos (aunque en la UE las cifras oscilan entre un 31% en los Países Bajos y un 77% en España).
También se aprecian similitudes sorprendentes cuando se pregunta acerca de las causas que justificarían el uso de la fuerza militar:
- Evitar un ataque terrorista inminente: 83% en la UE y 92% en EEUU (en Francia la cifra es también del 92%).
- Proporcionar asistencia a las víctimas de la guerra: 91% en la UE y 81% en EEUU.
- Asegurar el suministro de petróleo: 42% de aprobación en la UE y 44% en EEUU; 51% de desaprobación en la UE y 50% en EEUU.
- Derrocar a un Gobierno que viole los derechos humanos: 50% en la UE y 57% en EEUU.
- Evitar la proliferación de armas nucleares: 70% en la UE y 80% en EEUU.
- Defender a un aliado de la OTAN que haya sido atacado: 75% en la UE y 87% en EEUU.
Las principales diferencias ahora afectan al modo en que deberían tratarse las guerras civiles, acontecimiento con el que los europeos están mucho más familiarizados:
- Uso de las fuerzas armadas para detener los combates en guerras civiles: 56% de aprobación en la UE y tan sólo del 49% en EEUU.
- Uso de las mismas para proporcionar tropas de mantenimiento de paz una vez finalizada una guerra civil: 80% en la UE y 66% en EEUU.
Por último, la exigencia de multipolaridad, tan cara a los franceses, no parece ser compartida por muchos. A la pregunta de si sería el mundo más seguro si existiese otro país tan poderoso como EEUU,tan sólo Francia contestó que sí (54% frente a 41%). El Reino Unido se mostró dividido a partes iguales y Alemania contestó que no, al igual que otros países como Rusia, Jordania, Pakistán y Marruecos[29].
No obstante, si las similitudes son importantes e incluso sorprendentes, las diferencias son mucho mayores y cubren todo el espectro de la actual agenda internacional.
En primer lugar, la guerra de Irak y sus consecuencias, donde las discrepancias son notorias:
- Los europeos creen abrumadoramente que los dirigentes británicos y estadounidenses mintieron acerca de que Irak tuviese armas de destrucción masiva (sólo el 31% de los estadounidenses lo cree)[30].
- No fueron sinceros acerca de la guerra contra el terrorismo. Para la mayor parte de los europeos, los motivos reales fueron el control del petróleo en Oriente Medio, la dominación mundial, el derrocamiento de Gobiernos musulmanes no amigos y la protección de Israel.
- El 80% de los europeos considera que la guerra de Irak no ha merecido la pena; los estadounidenses se muestran divididos al respecto.
- Estados Unidos favorece a Israel en detrimento de los palestinos[31].
- La guerra de Irak ha incrementado la amenaza terrorista: el 73% de los europeos está de acuerdo; los estadounidenses se muestran divididos, pero la mayoría (49%) también está de acuerdo.
Como consecuencia, el liderazgo estadounidense es rechazado por los europeos:
- Con respecto al unilateralismo de Estados Unidos, el 70% de los americanos considera que EEUU muestra mucha consideración o bastante consideración hacia el resto de los países; el 70% de los alemanes y el 84% de los franceses consideran que más bien no mucha, o ninguna en absoluto.
- ¿Es deseable para los europeos que EEUU ejerza un liderazgo fuerte? Para el 58% no los es. El 79% de los estadounidenses considera a su vez que un fuerte liderazgo de la UE tampoco sería deseable.
Pero donde son mayores las diferencias es con respecto al uso de la fuerza:
- Los americanos creen abrumadoramente (82%) que en algunas circunstancias la guerra es necesaria para imponer la justicia. Los europeos se muestran divididos (el 57% se muestra en desacuerdo y el 41% de acuerdo con esta afirmación); Francia, Alemania y España serían los más pacifistas a este respecto (niveles de aprobación de entre el 8% y el 9%) y el Reino Unido, el menos.
- La idea de que el mejor modo de garantizar la paz es mediante el poder militar es rechazada por un 69% de los europeos, mientras que los estadounidenses se muestran divididos al respecto (el 54% se muestra de acuerdo y un 44%, en desacuerdo).
- Los europeos opinan, de forma abrumadora, que el poder económico es más importante que el poder militar (84% se muestra de acuerdo con esta afirmación en Europa, frente a tan sólo un 64% en EEUU).
- Por último, la idea de que el mejor modo de luchar contra el terrorismo es mediante acciones militares es compartida por la mayor parte de los estadounidenses (63%), mientras que los europeos se muestran divididos (47% de acuerdo, 49% en desacuerdo).
Basándonos en estos datos hemos creado una tipología de actitudes frente al uso de la fuerza, cruzando dos de las principales preguntas: si la guerra es o no necesaria en ocasiones para imponer la justicia y si el poder económico es o no más importante que el poder militar.
Figura 8. Actitudes de cara al uso de la fuerza
|
Poder militar |
Poder económico |
|
La guerra es necesaria |
Halcones |
Pragmáticos |
|
La guerra no es necesaria |
Aislacionistas |
Palomas |
|
(%) |
Reino Unido |
Francia |
Alemania |
Países Bajos |
Italia |
Polonia |
Portugal |
España |
Europa |
EEUU |
|
Palomas |
19 |
49 |
52 |
32 |
45 |
41 |
43 |
65 |
42 |
10 |
|
Pragmatistas |
63 |
34 |
35 |
50 |
40 |
47 |
41 |
22 |
43 |
65 |
|
Aislacionistas |
5 |
11 |
9 |
7 |
10 |
6 |
9 |
11 |
8 |
3 |
|
Halcones |
14 |
6 |
4 |
10 |
4 |
6 |
6 |
2 |
7 |
22 |
|
100 |
100 |
100 |
100 |
100 |
100 |
100 |
100 |
100 |
100 |
Fuente: Transatlantic Trends 2003 y Barómetro del Real Instituto Elcano.
Pues bien, los resultados muestran que:
- Existe un número pequeño de aislacionistas tanto en Europa como en EEUU.
- Existe un número similar de pragmáticos en ambos: 43% en Europa y 65% en EEUU.
- Hay muchas más palomas en Europa (42%) que en EEUU (10%).
- Hay casi el mismo número de halcones en Europa (7%) que palomas en Estados Unidos (10%).
Resulta importante, sin embargo, observar quién rechaza más a quién, pues los datos muestran claramente que mientras que la mayoría de los americanos desea cooperar con la UE, la mayor parte de los europeos desean lo contrario. Así, el 71% de los estadounidenses cree que tenemos suficientes valores comunes como para cooperar en asuntos internacionales, pero tan sólo un 60% de los europeos opina lo mismo. Además, el 34% de los europeos considera que no podemos cooperar debido a diferencias en valores, mientras que sólo un 21% de los estadounidenses piensa así. En consecuencia, el 60% de los estadounidenses cree que deberíamos cooperar en materia de seguridad y diplomacia, mientras que un 50% de los europeos cree que Europa debe adoptar una posición más independiente. Y lo mismo puede aplicarse a Irak: el 60% de los americanos opina que deberíamos cooperar allí, mientras que la mayoría de los europeos (58%) considera que debemos adoptar una postura más independiente. De hecho, hasta un 37% de los estadounidenses considera muy deseable que la UE ejerza un fuerte liderazgo en los asuntos mundiales, mientras que tan sólo un 6% de los europeos opina lo mismo con respecto a EEUU. La mayor parte de los estadounidenses (59%) rechaza la opinión de que Estados Unidos no necesita el apoyo de sus aliados europeos cuando actúa a nivel mundial. En resumen, Estados Unidos desea cooperar con Europa; es Europa la que ha dejado de querer cooperar con Estados Unidos.
¿Por qué? La experiencia histórica en guerras y terrorismo
Como vemos, a fin de cuentas, las diferencias son importantes, pero se centran en un grupo de cuestiones muy reducido: las relativas al uso de la fuerza. Los americanos tienen una opinión mucho más favorable al uso de la fuerza en asuntos internacionales que los europeos, mucho más reticentes al respecto.
Existen buenos motivos para esta forma de pensar tan distinta. Mencionaré tan sólo alguno de ellos.
El primero es nuestras distintas experiencias por lo que respecta a las guerras. Estados Unidos sólo ha vivido una guerra civil (excluyendo su Guerra de Independencia); el resto las ha librado fuera de su territorio y su población no ha experimentado directamente sus horrores. Además, los estadounidenses han tenido una experiencia relativamente positiva con las guerras. Como ganadores de la Primera, la Segunda, e incluso la Tercera Guerra Mundial, no pueden evitar pensar que a veces son necesarias para imponer justicia. Es cierto que la experiencia de Vietnam fue un trauma colectivo y llevó al país a un profundo proceso de autocrítica; se aprendieron muchas lecciones, pero la creencia de que las guerras pueden ser una decisión correcta sigue estando generalizada.
La experiencia europea es justo la contraria. El Tratado de Westfalia condujo a 350 años de guerras constantes, prácticamente una por cada generación de europeos. El equilibrio de poder condujo a la Primera y la Segunda Guerra Mundial, que destruyeron el continente y ocasionaron la muerte de cientos de millones de personas. Incluso la frustrada Tercera Guerra Mundial iba a tener a Europa como campo de batalla. Precisamente para evitar este orden de cosas la UE se creó sobre la base de una alianza y una paridad Francia-Alemania. El dramático comentario de Borges nunca fue tan cierto: No es el amor, sino el espanto, lo que nos une. Mientras los estadounidenses ven las guerras desde fuera, como algo que ocurre fuera de casa y contra otros, los europeos viven las guerras desde dentro, como algo que tiene lugar en casa y se asemeja a una guerra civil. De hecho, así ven los historiadores europeos las dos Guerras Mundiales: como guerras civiles europeas.
Además, durante el largo período de la Guerra Fría, el agotamiento económico y el sentimiento de culpa llevaron a Europa a confiar en los EEUU su propia seguridad, un papel aceptado de buena gana por los americanos. Desde entonces Europa ha alimentado una cultura oportunista y “de gorrón” (free rider) en materia de seguridad. Incapaz de garantizar su propia seguridad, el fiasco de Suez en 1956 demostró que ya había pasado también el momento de emprender nuevas aventuras coloniales. Es fácil y muy reconfortante ser pacifista cuando son otros quienes se encargan de los problemas que nosotros no somos capaces de resolver (e incluso de los problemas que nosotros mismos creamos debido a nuestra inacción). Cuando se produce en el mundo una crisis importante los europeos no volvemos la mirada hacia ella o hacia el modo en qué podríamos resolverla; miramos a los Estados Unidos para ver qué piensan hacer ellos. Y sólo después nos posicionamos, no con relación al problema, sino en relación a la posición adoptada por EEUU. Nuestro problema nunca es el problema en sí, sino la respuesta dada por los americanos. Hemos asumido y aceptado que somos jugadores de segunda clase. Y aquí es donde radica la clave del antiamericanismo: nuestra preocupación por la política exterior estadounidense, una política que nos afecta pero sobre la que tenemos poca influencia. Además, ¿cómo podemos confiar en una fuerza de la que no disponemos? Europa dispone hoy de una colección de 25 excelentes ejércitos “westfalianos”, perfectamente preparados para defender su territorio de los ataques de sus vecinos, ataques que son sencillamente imposibles en el marco actual de la UE.
Pero al mismo tiempo que Europa desarrollaba una cultura oportunista en materia de seguridad, Estados Unidos desarrollaba una cultura de superpotencia. Con el mayor ejército reunido jamás, y una diferencia de poder en una proporción superior a 10 a 1, nunca antes en la historia de la humanidad había dispuesto un país de semejante fuerza a su disposición. Ningún país puede desafiar al ejército de los EEUU, ni siquiera una alianza de países. Estados Unidos saldría victorioso en cualquier posible conflicto militar imaginable. Paradójicamente tenemos aquí la mayor garantía de la imposibilidad de la guerra, y sólo el terrorismo puede enfrentarse a un país que domina a todos los demás en el aspecto militar. Así, si existe un problema, ¿por qué no recurrir a tan espléndida herramienta? Por supuesto, ahora sabemos la respuesta a esta pregunta: los Estados Unidos pueden ganar todas las guerras, pero no ganar la paz. Y el terrorismo es justo el nuevo instrumento en un mundo en el que las guerras convencionales (por el momento) han dejado de ser posibles.
Hay algo más que decir, esta vez en favor de los europeos: la UE ha obtenido resultados extremadamente positivos en la democratización y la obtención de libertad en muchos países. De hecho, debemos considerarse a la UE no tanto como un nuevo ente política o un nuevo super-estado emergente, sino como un nuevo modo de resolver conflictos internacionales basado en una soberanía compartida, una nueva estrategia de gestión internacional. En vez de confrontar soberanías en juegos de suma cero, como en un mundo westfaliano, fomentamos solidaridades de hecho de modo que una economía común lleve a un marco de política común, que a su vez lleve a una cultura común. Este método funcionalista ha demostrado tener excelentes resultados, y hoy en día Europa es más libre, más segura y más rica que nunca antes en su historia. Resulta pues natural que los europeos vean en este enfoque kantiano de construir normas, acuerdos y tratados, una herramienta universal para las relaciones internacionales. Las reformas internas llevadas a cabo en Turquía tan pronto como se le presentó el incentivo de su entrada en la UE es un excelente ejemplo de ello.
Por supuesto, todos sabemos que este método funcionalista tiene también sus limitaciones pues sólo resulta eficaz mientras un país desea ingresar en la UE. De poco vale para negociar con Irán o Corea del Norte. Pero tiene mucho sentido intentar utilizar este método de compromiso general antes de recurrir a cualquier otro. En resumen, cuando los americanos se preparan para la guerra y los europeos para largas negociaciones tediosas, lo único que hacen unos y otros es generalizar sus experiencias respectivas. Y podemos decir que, desde el punto de vista de la teoría de la acción racional, las posturas americana y europea son perfectamente racionales dadas sus experiencias previas con las guerras y considerando las herramientas de que disponen para su política exterior.
Al tratar con el terrorismo surge una línea divisoria similar. Estados Unidos tenía poca experiencia en materia de terrorismo, fundamentalmente fuera de su territorio, y el 11-S supuso así una gran excepción. Para ellos el terrorismo procede de fuera, de países lejanos, y tiene que estar respaldado por algún Estado o alguna entidad política. Los europeos llevamos sufriendo el terrorismo más de cincuenta años; proviene de dentro, y sabemos que cuenta sencillamente con el respaldo de parte de nuestra población. De hecho, hemos conseguido (en un extraño éxito) hacer compatibles democracia y terrorismo, e incluso luchar contra éste mediante el Estado de Derecho y el respeto de los derechos civiles y humanos. Aunque con escasos resultados he de añadir, tal y como muestra el que sigan existiendo el IRA y ETA (y la comparación con el destino de la banda Baader-Meinhof o las Brigate Rosse es revelador). Pero seguimos intentándolo y, en cualquier caso, el terrorismo clásico (de baja letalidad aunque alta frecuencia) es algo con lo que podemos vivir del mismo modo en que coexistimos con los accidentes de tráfico y la muerte por cáncer, males manejables.
El resultado es que, tras el 11-S, los estadounidenses equipararon el terrorismo a un acto de guerra procedente de fuera, mientras que los europeos consideramos estos acontecimientos como otro sangriento acto terrorista. Y así, los americanos declaran la guerra al terrorismo y consideran razonable militarizar la lucha anti-terrorista, mientras que los europeos consideramos que este terrorismo no es esencialmente distinto al antiguo. Probablemente ambos estemos equivocados y el nuevo terrorismo sea como las antiguas guerras en muchos aspectos, pero no en otros, y también como el antiguo terrorismo en muchos otros aspectos, pero no en todos. Una mezcla de los objetivos y metas de las antiguas guerras con los métodos más extremos del antiguo terrorismo es algo totalmente nuevo, menos peligroso que las guerras pero mucho más mortífero que el terrorismo. Y los vínculos entre terrorismo y armas de destrucción masiva todavía no ha surgido. ¿Cómo re-accionaremos si del viejo terrorismo de alta frecuencia pero baja letalidad pasamos a otro de alta frecuencia y alta letalidad?
¿Podemos reducir las diferencias? El multilateralismo efectivo
¿Hay algún modo de reducir estas diferencias en torno al uso de la fuerza? La respuesta es sí: el multilateralismo efectivo. Los europeos se muestran reacios a hacer uso de la fuerza, pero no si éste es resultado de un proceso de consulta respaldado por organizaciones internacionales.
Así, el 70% de los europeos estaría dispuesto a que se hiciese uso de sus fuerzas armadas en un país extranjero para eliminar una amenaza terrorista siempre que se contase con la aprobación de las Naciones Unidas; tan sólo el 26% estaría en desacuerdo. En EEUU las cifras son similares, 78% y 15% respectivamente. Si la intervención cuenta con el respaldo de la OTAN (pero no la ONU), la tasa de aprobación desciende hasta un 65% en Europa (y el “no” asciende hasta el 29%), pero aun así sigue siendo favorable en una proporción superior a 2 a 1 (la aprobación estadounidense no varía). Por último, si la intervención está respaldada por los principales aliados europeos (no la OTAN ni la ONU), la tasa de aprobación entre los europeos no varía mientras que, paradójicamente, la estadounidense aumenta hasta el 86%, la más alta de entre las tres hipótesis. En resumen, para los europeos la ONU es el organismo que proporciona mayor legitimidad, mientras que para los estadounidenses son los aliados europeos, y no la ONU, quien proporciona más legitimidad.
Una pauta similar se produce cuando la hipótesis es enviar fuerzas armadas europeas para establecer la paz en una guerra civil en un país africano, aunque en este caso las tasas de aprobación son inferiores en ambos casos (y de nuevo inferiores en Europa que en EEUU). Con la aprobación de la ONU el 56% de los europeos y el 66% de los estadounidenses enviarían fuerzas armadas. Las cifras descienden hasta el 51% y el 60% respectivamente si la intervención se ve respaldada por la OTAN en vez de la ONU. Y de nuevo vuelve a descender, hasta 49% y 52% respectivamente, si está respaldada solamente por los principales aliados europeos.
Por último, podemos ver el problema desde otra perspectiva: ¿Apoyaría usted el uso de las fuerzas armadas de su país si las organizaciones internacionales no lo aprobasen? En este caso la diferencia entre EEUU y Europa queda claramente de manifiesto. Si la ONU no aprobase el uso de la fuerza, el 70% de los europeos no aprobaría la intervención; tan sólo la aprobaría el 26%. No obstante, los estadounidenses están divididos: 49% la aprobaría, frente al 46% que no la aprobaría. Lo mismo se observa si la intervención no está respaldada por la OTAN o los aliados europeos. Entre un 64% y un 67% de los europeos rechazaría la intervención en tal caso, mientras que los estadounidenses vuelven a mostrarse divididos.
Los europeos son más kantianos y los estadounidenses más hobbesianos, sin duda como consecuencia de sus experiencias pasadas. Los europeos creen en normas, procedimientos y consultas, mientras que los estadounidenses desconfían más. Hasta un 82% de los europeos considera que, en caso de que una situación parecida a la de Irak se produjese en el futuro, resultaría esencial garantizar la aprobación de las Naciones Unidas antes de hacer uso de la fuerza militar; tan sólo un 58% de los estadounidenses opina lo mismo. Incluso los españoles, los que más hacen oír en la actualidad su antiamericanismo y su oposición a la guerra de Irak, aprobarían por un amplio 66% que se volviese a enviar tropas si la ONU aprobase una fuerza multinacional para ayudar en tareas de seguridad y reconstrucción[32]. En Francia y Alemania se obtienen cifras similares (63% y 57%, respectivamente). Las reglas y los procedimientos importan, al menos para los europeos.
¿Tienen razón los europeos? ¿Es esto viable? Son dos preguntas que no podemos responder aquí. Por supuesto puede que tengan razón siempre que ello sea viable, es decir, que podamos crear un multilateralismo que sea efectivo. Pero el multilateralismo efectivo no es un producto espontáneo de la ONU, sino algo que tiene que ser creado y llevado a ella. La ONU resulta efectiva si, pero sólo si, Europa y EEUU trabajan conjuntamente arrastrando al resto de las democracias del mundo. Cuando eso sucede, como ocurrió durante la primera Guerra del Golfo, la ONU resultó efectiva. De otro modo, como ha pasado durante la guerra de Irak, la ONU es un desastre, o peor aún, un escenario público para la exhibición de diferencias para regocijo de los regímenes despóticos del mundo.
Por lo tanto, son buenas noticias saber que amplias mayorías en todo el mundo, pero también en Europa y EEUU, están a favor de una reforma radical de la ONU, tal y como ha puesto de manifiesto un sondeo reciente llevado a cabo para la BBC por GlobeScan y el Programa de Actitudes de Política Internacional (PIPA) de la Universidad de Maryland en 23 países[33]. Así, existe una amplia mayoría que apoya la idea de que la ONU debería adquirir significativamente más poder en los asuntos mundiales. Un proyecto aceptado por una media del 64%, y por 21 de los 23 países encuestados. Alemania (87%), España (78%) y el Reino Unido (75%) se encuentran entre los mayores partidarios de la idea, que también cuenta con una amplia aceptación entre los estadounidenses (58%) y los italianos (58%). Y con respecto a la cuestión, más complicada, de otorgar al Consejo de Seguridad de la ONU el poder de anular el veto de un miembro permanente, observamos mayorías a favor incluso en países que disponen del poder de veto. Así, en EEUU el 57% se muestra a favor de renunciar a su veto, en el Reino Unido el porcentaje es del 56% y, en China, del 48% (el 36% se opondría). Sólo dos de los miembros permanentes se muestran divididos al respecto: Rusia y Francia. Así, resulta significativo que los ciudadanos estadounidenses estén más dispuestos que los franceses a renunciar el derecho a veto de su país.
Algunas conclusiones para debate
La idea de que una nueva fractura cultural está surgiendo entre ambos lados del Atlántico es una gran distorsión de la realidad. Estados Unidos y Europa comparten importantes valores en materia de democracia, derechos humanos, Estado de Derecho, economía de mercado, familia, aborto y homosexualidad, y ello aun cuando últimamente Europa esté avanzando más rápidamente en la tendencia liberal y Estados Unidos mucho más despacio. La gran diferencia con respecto a estos y otros valores importantes (consideremos el papel de las mujeres) se produce entre países ricos y pobres, no entre Europa y EEUU.
De hecho, podría argüirse que es Europa quien avanza en una dirección conservadora. En cuestiones como la inmigración y la xenofobia, las identidades nacionales y el multiculturalismo, es Europa la que va a la zaga. Y la aparición de poderosos partidos de extrema derecha en Europa rara vez se tiene en cuenta, pero es un dato muy importante que explica muchos acontecimientos (como por ejemplo, la Presidencia de Jacques Chirac).
Además, existen muchos Estados Unidos y muchas Europas, y de hecho muchos estadounidenses están por delante de los europeos y muchos europeos por detrás de los estadounidenses. Hay unos EEUU europeizados al igual que hay una Europa americanizada. Por desgracia, no podemos comparar datos de los 50 estados de EEUU con los 25 Estados europeos, pero sería lógico suponer que el resultado sería una superposición de los dos conjuntos en un único espectro.
La similitud mutua es evidente en aspectos tales como la percepción de amenazas, las opiniones mutuas y la visión del mundo, e incluso con respecto a cuándo y cómo hacer uso de la fuerza. No obstante, las mayores diferencias surgen cuando se ha de decidir acerca del uso de la fuerza. Aquí sí que encontramos una diferencia que marca la diferencia: los europeos siempre se muestran mucho más reacios que los americanos a hacer uso de la fuerza militar en cualquier circunstancia. Hay muchas más palomas y muchos menos halcones en Europa que en EEUU. Podemos alegar que los europeos se muestran más reacios al uso de la fuerza sencillamente porque su fuerza militar es muy escasa, pero esta explicación confunde causa y efecto. Que los europeos hayan sido capaces de ver la guerra y el terrorismo en un contexto más amplio, y establecer medidas e instrumentos alternativos a la fuerza, ha supuesto un largo y duro proceso de aprendizaje histórico. Son nuestras actitudes, resultado de nuestras experiencias respectivas, las que explican nuestro poder militar, no al revés.
Y un último comentario: ¿No es esto razonable? Después de todo, la guerra siempre es un último recurso y debe emplearse con gran prudencia. Un debate sobre sus limitaciones y condiciones debería ser bienvenido en las sociedades democráticas. Esperemos, sin embargo, que la próxima vez que ocurra no esté polarizado en ninguno de los lados del Atlántico. Ya tenemos lo que podría considerarse una América pacifista[34], así que lo que probablemente necesitemos son neoconservadores europeos deseosos de superar la cultura oportunista heredada de la Guerra Fría.
Emilio Lamo de Espinosa
Catedrático de sociología y ex-Director del Real Instituto Elcano
Anexo

Fuente: Tendencias Trasatlánticas 2004, EOs-Gallup Europe, 2005.

Fuente: Tendencias Trasatlánticas 2004, EOs-Gallup Europe, 2005.
[1] Documento elaborado para el Seminario del CSIS The Future of US-European Relations. After the Cold War and Beyond the War in Iraq, Wye Plantation, 15 a 17 de abril de 2005.
[2]Joseph P. Quinlan, Drifting Apart or Growing Together? The Primacy of Transatlantic Economy, Centro para las Relaciones Trasatlánticas, 2003.
[3] Aun así, tras los brutales atentados del 11 de septiembre, el 36% de los europeos occidentales consideraba que la política estadounidense era la causa de los ataques y, en cierto modo, que Estados Unidos lo merecía, mientras que un 66% consideraba que era bueno para Estados Unidos sentirse vulnerable. PewResearchCenter, Trends 2005, pág. 109.
[4]PewResearchCenter, Trends 2005, pág. 106.
[5] Véase GMI: Global Backlash Against U.S. Brands: Can Tsunami Relief Efforts Stem the Anti-American Tide?, 2005 en http://www.gmipoll.com/press_room_wppk_pr_02022005.phtml
[6]Le Monde, 26 de febrero de 2003.
[7] Dominique de Villepin, Le requin et la mouette, Plon, París, 2004.
[8] De Pierangelo Isernia, The Nature of the Beast. Anti-Americanism in Western Europe, manuscrito inédito, enero de 2005.
[9] Véase Jeremy Rifkin, The European Dream, Penguin, 2005, y T.R. Reid, The United States of Europe, Penguin, 2005.
[10] Tony Judt, “Europe vs. America”, The New York Review of Books, 10 de febrero de 2005, pág. 37.
[11] Véase Eurochambers, Time for a Fresh Start. A Comparison of Europe and US Economies Based on Time Distances, 2005.
[12] T. Garton-Ash, Mundo libre, Tusquets, Madrid, 2005, pág. 76.
[13] EOS-Gallup Europe, Transatlantic Trends 2004. Siempre que hago referencia a esta encuesta, los datos se refieren a Europa-9 (Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Países Bajos, Polonia, Portugal, España y Eslovaquia).
[14] E. Lamo de Espinosa, Bajo puertas de fuego, Taurus, Madrid, 2004.
[15] Pew, pág. 115.
[16] Pew, pág. 114.
[17] The Guardian, 4 de noviembre de 2004.
[18] Pew, pág. 12.
[19] Por lo que sé, existe tan sólo un informe que compare los 50 estados de EEUU con los 15 países de la UE: Fredrick Bergström y Robert Gidehag, EU versus USA, Timbro, junio de 2004. La comparación se basa en la renta per cápita y los resultados son asombrosos. Por ejemplo, si fuesen un estado de EEUU, el Reino Unido, Francia o Alemania serían el quinto estado más pobre de EEUU. España sería el más pobre.
[20] Véase Ronald Inglehart, Miguel Basánez, Jaime Díez Medrano, Yilmaz Esmer, Loek Halman y Ruud Luijx (eds), Human Beliefs and Values, a Cross-Cultural acompañado de CD-ROM, Ciudad de México, Siglo XXI, 2004; Ronald Inglehart y Pippa Norris, Rising Tide: Gender Equality and Cultural Change Around the World, Cambridge University Press, Nueva York, 2003; y Pippa Norris y Ronald Inglehart, Sacred and Secular. Religion and Politics Worldwide, Cambridge University Press, 2004.
[21] Por ejemplo, el Gobierno español ha aprobado ya una ley que permite el matrimonio entre homosexuales, ley que, según los sondeos, cuenta con el respaldo de la mayor parte de la población española.
[22] Véase The Economist, 12 de febrero de 2005.
[23] Datos de Inglehart, información particular.
[24] Pew, pág. 116.
[25] MORI, 23 de agosto de 2002.
[26] SOFRES.
[27] Pew, pág. 117.
[28] A menos que se especifique otra cosa, todos los datos provienen de Transatlantic Trends 2004.
[29] Pew, pág. 118.
[30] Pew, pág. 110.
[31] Pew, pág. 112.
[32] Es importante mencionar que el trabajo de campo para esta encuesta (de nuevo Transatlantic Trends 2004), se llevó a cabo en junio de 2004, después de que España hubiese retirado a sus tropas de Irak.
[33] Véase 23-Country Poll Finds Support for Dramatic Changes at UN, PIPA, 2005.
[34] Un 76% de los demócratas, pero tan sólo un 32% de los republicanos, opinan que una buena diplomacia es el mejor modo de garantizar la paz, una diferencia que ha aumentado desde 1994. Y que todo el mundo debería estar dispuesto a luchar por su país, sea o no con razón, es una idea aceptada por el 66% de los republicanos pero tan sólo el 33% de los demócratas, también en esta ocasión una diferencia mayor que en 1994. Véase Pew, pág. 15.