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* Una versión más amplia de este texto aparecerá próximamente en la revista "Historia y Política".
Los
inmigrantes marroquíes en España, los Países
Bajos y Francia se encuentran en situaciones de desventaja frente a
los nativos y a los demás inmigrantes.
Resumen
Este
documento de trabajo explora el grado de integración social de
los marroquíes emigrados a tres naciones europeas: Francia,
los Países Bajos y España. Los inmigrantes marroquíes
se encuentran en una situación objetiva de mayor desventaja
social y económica no sólo que la población
autóctona de Francia, los Países Bajos y España,
sino también que el resto de los inmigrantes en esos mismos
países. Por otra parte, no parece existir una relación
clara entre los diferentes modelos de integración de la
inmigración y los resultados de la integración de la
inmigración de origen marroquí.
(1)
Introducción
Las
diferencias que en sus trayectorias y oportunidades vitales tienen
los inmigrantes y sus descendientes respecto de los autóctonos
en las economías avanzadas han sido objeto de creciente
interés para la sociología. Este interés es
consecuencia no sólo de la aceleración sin precedentes
de los flujos migratorios desde los años 60 hasta la
actualidad, sino también de una persistente atención a
los fenómenos relacionados con la desigualdad entre
inmigrantes y nativos (Chiswick, 1978; Borjas, 1992; Portes y
Rumbaut, 1996; Telles y Ortiz, 2008). En esta línea, uno de
los objetivos más recurrentes de la sociología de la
inmigración ha sido el intento de explicar los diferenciales
étnicos en el rendimiento ocupacional (tasas de actividad e
incremento salarial, riesgo de desempleo, movilidad ocupacional,
etc.) y educativo (rendimiento escolar y transiciones a la educación
no obligatoria y, en general, mantenimiento en trayectorias
educativas menos prestigiosas) de los inmigrantes. Por desgracia,
este empeño no ha engendrado hasta la fecha un consenso ni
sobre la magnitud de estos diferenciales –lo que se podría
llamar la “desventaja inmigrante”– ni sobre las
causas que la producen.
Para
algunos autores, los inmigrantes suelen estar en situación de
desventaja como consecuencia de la pérdida de capital humano
específico del país de origen que impone la migración
(Friedberg, 2000).[1] Los
mercados de trabajo de destino penalizan estas carencias de los
inmigrantes y, en tanto no transcurra algún tiempo desde su
migración y consigan neutralizar el shock que supone el desplazamiento y recuperar su capital humano,
permanecen en situación de desventaja. El momento de la
llegada es, por tanto, un elemento ampliamente reconocido para
explicar la evolución de las perspectivas socioeconómicas
de los inmigrantes.
Otros
sostienen que, incluso aunque hayan residido en su destino el tiempo
suficiente, algunos colectivos de inmigrantes permanecen en situación
de desventaja durante largos períodos. Este sería el
caso de los inmigrantes procedentes de ciertos espacios geográficos
(o, más simplemente, de ciertas nacionalidades) si su origen
étnico impone alguna desventaja añadida a la que ya de
por sí supone la migración. Las explicaciones
culturales de la desventaja inmigrante (Harrison, 1992; D’Souza,
1995; Sowell, 1996; Harrison y Huntington, 2000) señalan que
algunas culturas suponen un lastre que constriñe las
perspectivas de movilidad de los individuos, mientras otras los
impulsan en la dirección contraria. Una posible implicación
de esta línea argumental es que, a efectos de la integración
de los emigrantes en las sociedades de destino, habría
culturas más deseables que otras. En esta línea, Thomas
Sowell sostenía en un trabajo ya clásico (1981, p. 284)
que en EEUU los grupos que en la actualidad se encuentran aquejados
de absentismo e impuntualidad y necesitan supervisión
constante en el trabajo o en la escuela son típicamente
descendientes de gentes que ya exhibían esos mismos hábitos
de conducta hace un siglo. Parecidos argumentos se han defendido en
Europa (Jelen, 1993, p. 53).
El
caso de los inmigrantes venidos de sociedades musulmanas es
paradigmático a este respecto (Pérez Díaz,
Álvarez-Miranda y Chuliá, 2004). Es una regularidad
empírica ampliamente corroborada decir que los inmigrantes
procedentes de países de mayoría musulmana tienen
sistemáticamente menos éxito social y económico
que los nativos (muchas veces incluso de su misma extracción
social) y que el inmigrante promedio. Frente a las innumerables
explicaciones que podrían encontrarse para este fenómeno,
algunos autores, inspirados por la escuela de pensamiento
orientalista (Said, 2002), han sostenido que son los “retrógados”
hábitos y tradiciones de los inmigrantes africanos (negros y
magrebíes) –entre otros, falta de puntualidad y de
formación estricta, falta de interés de los padres por
la vida escolar de los hijos y peso del género en sus
actitudes– los responsables de sus malos resultados educativos.
En resumen: este argumento sugiere que el islam retrasa la
integración de algunos inmigrantes procedentes de estos países
en comparación, por ejemplo, con los que provienen de países
en los que predomina la positiva influencia del confucianismo (Jelen,
1993, p. 57, pp. 113-142 y 146-7). Un ejemplo peculiarmente radical
de este tipo de argumento se encuentra en Sartori (2001, 2002).
Más
allá de las causas, culturales o no, de las dificultades a las
que se enfrentan los inmigrantes de origen musulmán en sus
sociedades de acogida, este trabajo reflexiona sobre los malos
resultados que los inmigrantes marroquíes tienen en tres
países europeos –Países Bajos, Francia y España–,
que incluyen comunidades relativamente numerosas y que representan
formas de gestión pública de la diversidad bien
diferenciadas. Esta estrategia empírica es relativamente poco
frecuente. Si la cultura y los modos de gestión pública
de la diversidad cultural son causas a tener en cuenta en el éxito
o fracaso de algún colectivo, deberían persistir
diferenciales en los indicadores similares de los inmigrantes que
comparten un mismo origen cultural en diversos destinos.
(2)
La inmigración marroquí a Europa
Marruecos
ha sido uno de los emisores más importantes de inmigración
hacia Europa Occidental. El primer destino europeo de los flujos
migratorios fue, como no podría ser de otra forma, Francia,
pero también Bélgica y los Países Bajos. Sólo
recientemente los marroquíes comenzaron a llegar Italia,
España y otros países del norte del Mediterráneo.
A día de hoy se estima que viven en Europa unos 31 millones de
marroquíes o descendientes de marroquíes, algo que
explica por qué este país magrebí es el mayor
receptor de remesas de toda África (Focus Migration, 2009).
La
migración de los magrebíes a Europa fue inaugurada por
el flujo argelino hacia Francia a partir de 1830. Francia se
estableció desde entonces como la potencia hegemónica
en la región, algo que aún a día de hoy sigue
siendo cierto no sólo por la existencia de tupidas redes
transnacionales establecidas entre magrebíes en origen y
destino (de las que también forman parte sus descendientes)
sino también por una cierta francofilia entre algunas de las
elites dirigentes de estos países, sobre todo en Marruecos y
Túnez. La influencia de Francia en Marruecos se plasmó
a principios del siglo XX en la creación de un protectorado
que abarcaba la zona más próspera del país
(siendo el norte y las actuales provincias del sur parte del
protectorado español). Que Francia ocupara las capitales
históricas del país y sus centros de poder explica lo
favorable que tradicionalmente ha sido a ella la elite gobernante
marroquí, en especial la Familia Real, y la perpetuación
de su influencia por la vía del sistema educativo y su sentido
de pertenencia a la francofonía. Así, los gobernantes
marroquíes han visto siempre con buenos ojos la existencia de
flujos migratorios entre su país y Francia, algo que ha
vinculado el desarrollo de Marruecos a Francia y, posteriormente, a
la UE.
La
migración marroquí hacia Francia se institucionalizó
a través de un tratado bilateral firmado en 1963, con el
objetivo no explícito de limitar la llegada de argelinos,
entre quienes se sospechaba que muchos pasaban directamente a formar
parte de la población laboralmente inactiva. Este tratado fue
contemporáneo de los firmados con Alemania (1963), Bélgica
(1964) y los Países Bajos (1969). El Gráfico 1 refleja
la evolución de este flujo que ya era muy considerable antes
de 1972 y que a partir de los años 70 se diversifica,
incrementándose el número de llegadas a los países
del Benelux.
Gráfico
1. Marroquíes en Francia, los Países Bajos y Bélgica
y España (1972-2005)

Fuente:
Servicios Consulares Marroquíes (tomado de Migration Focus,
2009) y datos del Padrón para España (INE).
La
sintonía entre los inmigrantes marroquíes y las
economías europeas en las que encontraban acomodo terminó
en los años 70. Los países que durante los años
60 y principios de los 70 habían sido destinos preferentes de
los marroquíes en Europa endurecieron sus leyes migratorias
tras la crisis del petróleo de 1973. Esto no afectó de
forma exclusiva a la inmigración marroquí. La
comprobación de que los extranjeros invitados, fuera cual
fuese su origen, se resistían a abandonar sus sociedades de
acogida, incluso en un contexto de alto desempleo, despertó la
alarma de los legisladores, quienes, a partir de ese momento, se
marcaron como objetivo de sus políticas migratorias la
inmigración cero. Como consecuencia de todo ello, las vías
de entrada a Europa se redujeron y la reunificación familiar,
el refugio y la irregularidad adquirieron desde entonces una
creciente importancia. Para Marruecos, como para otros muchos países
emisores de emigrantes, la recesión que afectó a Europa
en aquellos años también resultó particularmente
dura, lo que explica que muchos marroquíes siguieran
percibiendo a Europa como un destino muy apetecible. Esto es algo
fácilmente deducible del Gráfico 1, que describe los
flujos marroquíes a Francia, Bélgica-Países
Bajos y España en los últimos decenios. Los años
70 fueron, sin duda, años duros para Marruecos.
La
rigidez en las condiciones de acceso de los marroquíes a sus
destinos tradicionales explica la diversificación de los
flujos a partir de los años 80. Esto fue más evidente
en los años 90, cuando muchos de ellos empezaron a elegir
España (y, en menor medida, Italia) como meta de su proceso
migratorio, aunque también otros países como Arabia
Saudí, Jordania y Libia (Berriane, 2004). Según han
sugerido muchos estudios, tanto cualitativos como cuantitativos,
España figura hoy en el imaginario colectivo de los marroquíes
como un país próspero e influyente, que resulta muy
atractivo a los ojos de los jóvenes parados de larga duración
que aspiran a alcanzar Europa antes o después. La migración
marroquí hacia España es hoy el vínculo más
importante entre dos países que se han entendido más
bien poco a lo largo de la historia (Hernando, 2005; López
Bueno, 2004). Con todo, no se puede ignorar que incluso aunque las
relaciones hispano-marroquíes sean hoy mucho más
intensas que hace unos años, tienden a padecer períodos
recurrentes de tensión, generada en parte por disputas
migratorias. Las desavenencias en torno a los movimientos migratorios
han estado siempre muy presentes en la agenda bilateral de ambos
países, tanto por la condición de Marruecos de país
emisor como por la de escala de quienes emigran desde los países
subsaharianos (Hernando, 2005).
En
resumen, el flujo migratorio marroquí hacia Europa ha sido una
realidad casi ininterrumpida desde hace ya varias décadas. Es,
de hecho, uno de los pocos que se ha mantenido constante a lo largo
de este período. Cabe, por lo tanto, preguntarse cuáles
son las causas de la persistencia de este fenómeno. Algunas de
las razones de la emigración marroquí a Europa, como la
cercanía geográfica entre la UE y las costas
marroquíes, son evidentes. Sin embargo, no deben ser
simplificadas, ya que el elenco de factores –tanto los que
contribuyen al empuje o expulsión como los que podríamos
calificar de atracción– es muy variado.
Los
factores de empuje son múltiples y tienen en la mayoría
de los casos un gran recorrido histórico. La combinación
de todos ellos resulta explosiva: presión demográfica y
altas tasas de desempleo (agravadas por la larga duración del
mismo), además de las importantes desigualdades económicas
entre regiones.
La
población marroquí se duplicó entre 1935 y 1971
y, como se puede observar en el Gráfico 2, su aumento desde
entonces ha sido espectacular (en los últimos 40 años
se ha vuelto a duplicar). Este crecimiento demográfico ha
tenido lugar sobre todo en las áreas urbanas. En parte, ésta
es la consecuencia de un modelo de desarrollo que ha expulsado del
campo a millones de marroquíes en un período de tiempo
relativamente corto. Un dato relevante es el siguiente: en 1994 el
60% del territorio marroquí corría riesgo de
desertificación.[2] Esto
no debe hacer olvidar que la población rural también ha
crecido de forma apreciable, aunque a menor ritmo. La migración
interna del campo a la ciudad sigue siendo importante, incluso aunque
se haya activado ya hace años la migración directa de
algunas áreas rurales del país hacia España
(Cebolla y Requena, 2009), así como probablemente a otros
países europeos.
La
presión demográfica es, por tanto, uno de los factores
determinantes de la pujanza de la emigración marroquí.
En concreto, las periferias de las grandes ciudades marroquíes
son un terrible escenario que combina presión demográfica
(incrementada por el éxodo rural) y fracaso de un modelo de
desarrollo que, aunque ha tenido éxitos como las cada vez
mayores tasas de escolarización de su población, se ha
demostrado incapaz de generar el empleo suficiente para absorber los
enormes contingentes de trabajadores que año tras año
aspiran a mantener o mejorar su nivel de vida. El resultado es que el
desempleo es uno de los principales problemas del país. Y lo
ha sido especialmente desde los años 80, cuando el gobierno
marroquí llevó a cabo un ambicioso programa de ajuste
de la economía auspiciado por el Fondo Monetario
Internacional.
Gráfico
2. Evolución de la población marroquí
(1960-2004)

Fuente: Recensement Général de la Population et de
l'Habitat.
Es
cierto que el desempleo se ha reducido en los últimos 10 años,
una década de enorme crecimiento en Europa, que no en vano es
el principal socio comercial de Marruecos. Con todo, hace apenas un
año rondaba el 15% de la población activa. Mucho se ha
hablado del reciente descenso del desempleo en Marruecos, pero no se
ha enfatizado con la suficiente insistencia la diferencia entre el
cambio producido en las áreas urbanas y en las rurales. Como
se puede ver en el Gráfico 3, el descenso sólo ha sido
apreciable en las primeras y ha resultado casi imperceptible en las
segundas: a partir del año 2004 el peso de los parados en las
zonas agrícolas ha comenzado a repuntar, estimulando de nuevo
las migraciones internas desde el campo a la ciudad. Como no podía
ser de otro modo, este repunte del desempleo en las áreas
rurales puede haber afectado a la composición de los flujos
migratorios con destino a España y, en general, al sur de
Europa.
Conviene
añadir que el desempleo es, ante todo, un problema joven en
Marruecos. Según los datos más recientes disponibles,
está desempleado el 18% de los trabajadores entre 15 y 23 años
y el 14% de los que tienen entre 25 y 34 años, frente a sólo
el 5% de de los que están entre los 35 y 44 y el 2% de los
mayores de 45 años (datos oficiales del Haut Commissariat
au Plan du Royaume du Maroc para 2008).
Es
bastante probable, además, que las estadísticas
oficiales marroquíes infra-estimen las tasas de desempleo. En
el último informe sobre el desarrollo humano en los países
árabes, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) ha concluido que más del 60% de los marroquíes
tiene al menos un familiar buscando empleo. Si se tiene en cuenta el
tamaño medio de los hogares, esos datos sugieren que el
desempleo real en Marruecos podría estar en torno al 30%-35%
de la población activa (PNUD, 2009). Este mismo informe
sugiere también que en 1995 (último año para el
que existen estas estimaciones) el 45% de los trabajadores lo hacía
en la economía sumergida.
Gráfico
3. Tasas de desempleo en Marruecos (1999-2008)

Tasa
de paro calculada para la población activa de más de 15
años.
Fuente:
Encuesta Nacional del Empleo de Marruecos.
Dicho
esto, conviene señalar que el repunte del desempleo no debería
ser en sí mismo un factor determinante para empujar a la
emigración a los trabajadores parados. Mucho más
interesante es, desde este punto de vista, fijarse en la duración
del desempleo. En promedio, los parados marroquíes tienden a
serlo durante períodos superiores al año. Se podría
decir que el 70% de los parados en Marruecos lo han sido al menos en
los últimos 12 meses, y que esa proporción de parados
con un año o más de duración en situación
de desempleo ha variado poco durante al menos el último
decenio.
Dos
indicadores más son útiles para comprender la
importancia de los factores de empuje migratorio en el país.
El primero son las tasas de pobreza que, según los datos del Haut Commissariat au Plan du Royaume du Maroc, reflejan una
situación relativamente homogénea en todo el
territorio: la mayor parte de las prefecturas presentan porcentajes
superiores al 20% de la población en situación de
pobreza.
El
segundo se refiere a un problema recurrente de la economía
marroquí: su escaso control de la inflación. El aumento
del coste de la vida en Marruecos desde hace más de 20 años
puede observarse en el Gráfico 4. El coste de la vida se ha
duplicado en promedio en Marruecos cada 20 años. Es decir, a
fecha de hoy es el doble que en 1989 y un 50% más oneroso que
hace 10 años. Aunque esto es válido para el índice
general, queda claro que en algunos períodos (entre 1994 y
1997 y a partir de 2005) la alimentación es lo que más
se ha encarecido, lo que lógicamente empeora de forma drástica
la situación de quienes viven por debajo del umbral de la
pobreza.
Gráfico
4. Índice del coste de la vida anual (Base 100:1989)

Nota:
el índice del coste de la vida mide la evolución
relativa de los precios. Este índice está calculado con
una bolsa de 385 artículos y 768 variedades de productos
básicos esenciales en el consumo de la población de
referencia.
Fuente: Indice du coût de la vie.
En
suma, los factores de empuje –aquellos que promueven la
expulsión del país de origen– son en sí
mismos suficientes para comprender las razones por las que muchos
trabajadores marroquíes han abandonado su país desde
los años 60: (1) la intensa presión demográfica,
particularmente acuciante en la periferia de las grandes ciudades;
(2) las altas tasas de desempleo, con especial incidencia entre la
población joven; (3) el peso desproporcionado del paro de
larga duración en la composición de la población
desempleada; (4) el deficiente control de la inflación; y (5)
la general extensión de la pobreza entre la población
marroquí.
Ahora
bien, con ser importantes estos factores de expulsión, son
sólo una cara de la moneda de los procesos migratorios. A
todos esos elementos que empujan para promover la salida –ciertamente
contundentes en el caso marroquí– se unen las
potentísimas señales de llamada que emiten los países
de destino. Ya hemos hablado de la poderosa atracción que
ejerce Europa en los jóvenes trabajadores marroquíes,
quienes parecen describirse en su mayoría como emigrantes
potenciales. ¿Qué ven en Europa estos jóvenes?
La respuesta a esta pregunta es bastante obvia. Hay pocas fronteras
entre países emisores y receptores de inmigración que
sean tan dispares como las que separan a Europa y Marruecos. La UE es
el principal socio comercial de Marruecos: empresas europeas inundan
los polos de desarrollo económico del país y en muchos
casos ven a Marruecos como el destino ideal para deslocalizar su
producción. Las fuertes inversiones directas –especialmente
en la industria, el turismo y el sector inmobiliario– de muchos
países europeos, pero sobre todo de Francia y España,
contribuyen a mejorar la marca de país y convertir estos
destinos e los más deseados para los inmigrantes. En la medida
en que el flujo principal de la emigración marroquí a
los países europeos es de naturaleza económica (Cebolla
y Requena, 2009), la perspectiva de unas condiciones materiales de
vida más favorables y un futuro más promisorio es a la
postre un factor decisivo.
Gráfico
5. Producto Interior Bruto per cápita en PPP (en dólares,
2008)

Fuente:
Banco Mundial.
La
pujanza de las economías europeas, por tanto, se deja sentir
incluso para quienes nunca han abandonado el país. Lo que,
unido a la escasa distancia que separa España del país
magrebí, convierte a la frontera UE-Marruecos en una de las
más activas del mundo en términos migratorios. Para
evaluar esta peculiar combinación de proximidad geográfica
y lejanía socioeconómica, conviene observar el Producto
Interior Bruto per cápita de los Países Bajos, Francia
y España con el de Marruecos en 2008. Como se deduce de los
datos presentados en el Gráfico 5, el PIB per cápita
holandés es casi 10 veces (9,6) superior al marroquí,
el francés es casi ocho veces (7,9) el marroquí y el
español lo septuplica (7,2 veces). Compárense, a su
vez, esas desigualdades con las de otra gran frontera
emigración-inmigración que permanece en el imaginario
colectivo como una de las más dispares del planeta: la del sur
de EEUU y México. El mismo gráfico permite ver que el
PIB norteamericano era en el año 2008 sólo tres veces
(3,3) superior al mexicano. Por lo tanto, el diferencial de riqueza
entre Marruecos y los tres países europeos considerados es muy
superior al que separa a EEUU de México. A la vista de estos
datos, podemos referirnos a la frontera sur de España como una
de las que separan dos mundos más diferentes, no sólo
en términos culturales, sino también por lo que se
refiere a sus distintos niveles de desarrollo económico.
(3)
La atención al contexto: la gestión de la integración
Existe
una larga tradición en las ciencias sociales que sostiene que
el contexto en el que los individuos toman decisiones tiene un
impacto relevante sobre sus resultados. Este argumento encuentra
muchas réplicas en la literatura especializada en el estudio
de la desventaja inmigrante. La sociología norteamericana ha
sido pionera en el desarrollo de argumentos teóricos que
señalan al contexto como determinante de las trayectorias
vitales de los inmigrantes (Portes y Rumbaut, 1996) en el prolongado
debate sobre las teorías de la asimilación (Tellez y
Ortiz, 2008). Sin embargo, ha sido en Europa, formada por sociedades
receptoras inicialmente mucho más homogéneas desde el
punto de vista de su composición étnica, donde más
se ha debatido sobre el impacto del contexto de recepción.
Tradicionalmente,
se ha pensado que Europa contaba con tres modelos ideales de gestión
de la diversidad, algo que en algún momento también ha
sido etiquetado como modelos de integración. El primero de
ellos es el alemán, que tradicionalmente ha impuesto a los
inmigrantes extranjeros la condición de trabajadores
extranjeros, negando su condición de residentes permanentes
(Brubaker, 1992).[3] Al margen
del tipo alemán –que no abordamos en este trabajo por la
obvia razón de que la presencia de inmigrantes marroquíes
es muy escasa en ese país– los otros dos modelos son los
representados por Francia y los Países Bajos, una distinción
que se puede mantener incluso si a día de hoy las diferencias
entre ambos países parecen haberse difuminado (Freeman, 1995 y
2004).
El
modelo francés suele ser tildado de asimilacionista, ya que
muchos creen que imprime un carácter predefinido a quienes
aspiran a naturalizarse. En este sentido, el asimilacionismo implica
optar entre permanecer como extranjero o convertirse en ciudadano y,
por ende, en francés. Francia, en sintonía con su
interpretación universal de la ciudadanía y de los
derechos ciudadanos, optó por darle un sentido voluntarista a
la naturalización. Quienes quieren convertirse en ciudadanos
franceses, deben adoptar los valores republicanos que incluyen, entre
otros, el apego a la laicidad. El modelo francés no reconoce
en principio a los colectivos como titulares de derechos. El
reconocimiento de derechos es un privilegio reservado a quienes, a
título individual, han asumido el compromiso implícito
con la República de convertirse en ciudadanos (HCI, 2004).
Los
debates sobre las aristas en el proceso de integración de los
inmigrantes musulmanes en Francia han venido teniendo mucho impacto
mediático. Piénsese, por ejemplo, en las recurrentes
crisis del velo suscitadas por la presencia de alumnas veladas en los
centros escolares de titularidad pública. Además,
Francia cuenta con una larga tradición de reflexión
académica sobre esta materia, algunos de cuyos productos ya se
consideran clásicos (Kepel, 1991). De forma genérica,
los observadores de la realidad francesa se refieren a estos
problemas derivados de la (falta de) integración de los
inmigrantes como una maladie republicaine (la enfermedad
republicana). No es habitual, en este sentido, que un país
moderno y desarrollado como Francia cuente con un Ministerio de
Inmigración e Identidad Nacional.
Por
contraposición al caso francés, el modelo holandés
ha sido calificado –como en ocasiones el del Reino Unido y
Suecia– de multicultural. Como tal, se suele entender que dicho
modelo ofrece a los nacionales de otros países la opción
de mantener sus particularidades en un sistema que reconoce la
especificidad de quienes, sin adoptar las costumbres mayoritarias,
forman parte de la sociedad holandesa. De acuerdo también con
su tradición comunitarista, el país ha sido
mucho más sensible a las diferencias culturales que aportaban
quienes se instalaban en él procedentes de otros países.
Recuérdese que los Países Bajos previos a su
transformación en sociedad receptora de inmigrantes, se
organizaban en un sistema de convivencia entre católicos y
protestantes que fue llamado “pilarización”
(verzuiling). Cada uno de los pilares que integraban la
sociedad holandesa tenía su propia representación
comunitaria e incluso sus propias instituciones y espacios de
interacción. Cuando en los años 60 llegaron inmigrantes
procedentes de países no europeos, sus representantes
acomodaron a las recién formadas comunidades en el sistema de
pilares, añadiendo complejidad al mismo y, en resumen,
institucionalizando la creciente diversidad de la sociedad holandesa.
Para
los inmigrantes procedentes de países de mayoría
musulmana, el holandés ha sido un contexto de inserción
mucho más amable que el que proporcionaba Francia. Y,
paralelamente, la trayectoria comunitaria de los colectivos que,
además de ser inmigrantes, eran musulmanes ha sido mucho menos
polémica en los Países Bajos que en Francia. O, al
menos, lo ha sido hasta que el terrorismo islamista ha propiciado el
debate público sobre las consecuencias que la comunitarización
holandesa tiene para la seguridad interna del país. Como es
sabido, el alcance de dicho debate es hoy virtualmente global. Pero
en el caso holandés el punto de inflexión a partir del
que se desató la discusión pública fue el
asesinato del líder ultraderechista Pim Fortuyn en 2002 a
manos de islamistas radicales.
Frente
a los casos relativamente bien tipificados de los Países Bajos
y Francia, España se ha mantenido hasta el momento ajena al
debate sobre los macro-modelos de gestión pública de la
integración. Sin duda, el caso español se ha
caracterizado hasta ahora por sus generosas políticas de
admisión migratoria y por un reconocimiento –muy amplio
e independiente del estatus legal– de derechos sociales a los
extranjeros. Pero el hecho es que, siendo España un país
con una larga tradición emigratoria, pero escasísima,
por no decir nula, experiencia inmigratoria (Reher y Requena, 2009),
la discusión pública en materia de integración
apenas se ha desarrollado. De forma recurrente, el grueso del debate
se ha venido centrando más en el problema del control de los
flujos migratorios y de la regularización de la residencia
(Pérez Díaz, Álvarez-Miranda y González,
2001) que en los modelos de integración de los extranjeros y
su posible eficacia.
En
todo caso, los dos modelos ideales a los que acabamos de prestar
atención –el asimilacionista francés y el
comunitarista holandés– parecen haber entrado en crisis
hace algún tiempo. Dos han sido las causas que han motivado la
crítica de estos modelos. La primera es la constatación
del relativo fracaso de los procesos de integración o, en
términos más concretos, la incapacidad de las
sociedades francesa y holandesa para neutralizar la desventaja
inmigrante. En ambos países, al menos en términos
absolutos (quizá no tanto en términos relativos), los
inmigrantes y sus descendientes siguen padeciendo altas tasas de
desempleo y fracaso escolar, por citar sólo dos importantes
indicadores. En segundo lugar, sucesos como el asesinato del cineasta
holandés Theo Van Gogh (2004) por terroristas islamistas o las
revueltas en las periferias de las grandes ciudades francesas (2005)
han devaluado tanto la imagen del multiculturalismo y del
asimilacionismo como su capacidad para establecer sistemas estables
de coexistencia y de gestión de la diversidad.
Sin
embargo, la crítica a ambos modelos puede resultar exagerada.
Al menos, en el sentido de que fenómenos de naturaleza similar
se repiten en otros países que no comparten ni con Francia ni
con los Países Bajos el mismo modelo de integración.
Los inmigrantes en Europa Occidental parecen tener dificultades para
converger con los nativos en el mercado laboral (Heath y Cheung,
2007) y en el sistema educativo (Heath y Brinbaum, 2007). En cuanto a
los problemas de seguridad, los atentados de Madrid en 2004 y de
Londres en 2005 hablan por sí mismos. ¿Por qué
debería entonces preocuparnos el contexto en el que se produce
la integración de los inmigrantes marroquíes?
(4)
Niveles de integración
En
este trabajo entendemos el contexto de la inmigración como el
entorno público de gestión de su integración en
el país de destino y tratamos de comprobar hasta qué
punto ese entorno facilita o no la incorporación a la sociedad
receptora. Nuestro objetivo en las próximas líneas es
ofrecer al lector algunos indicios que le permitan formarse una
opinión fundada sobre las relaciones entre los modelos
públicos y los niveles de integración en el ámbito
europeo. ¿Se comportan los inmigrantes marroquíes de
igual forma en sus distintos contextos de integración?
Presentamos a continuación tres indicadores de integración
de los marroquíes en los tres países seleccionados
según el criterio de la máxima diferencia: Francia y
los Países Bajos, que representan como ya se ha dicho modelos
polares de aproximación a la integración, y España,
un país de reciente inmigración que, como también
hemos señalado, se plantea retos muy distintos a los que han
perfilado los modelos de la asimilación y la
multiculturalidad.
Veamos
en primer lugar un indicador básico de integración
laboral como es la tasa de desempleo de los marroquíes en los
tres países. Sin duda, los marroquíes parecen ser un
colectivo particularmente desaventajado comparado con los nativos en
los tres países. En el caso de España, duplican el
desempleo de los autóctonos y en los de los Países
Bajos y Francia llegan a triplicarlo. En Francia y España se
encuentran, además, casi 10 puntos porcentuales por encima de
la tasa media de paro del conjunto de la población inmigrante,
siendo esta distancia mucho menor en el caso de los Países
Bajos.[4]
Tabla
1. Tasa de desempleo de los inmigrantes y nativos en Francia, los
Países Bajos y España
Tasa de
desempleo |
Francia
(2002) |
Países
Bajos(2004) |
España
(2005) |
Marroquíes |
26% |
27% |
20% |
Todos los
inmigrantes |
17% |
25% |
12% |
Autóctonos |
8% |
9% |
9% |
Nota:
la tasa de paro para los inmigrantes en los Países Bajos es
una media de las de los turcos, marroquíes, surinameses y
antillanos que conforman el grueso de la inmigración.
Fuentes:
para Francia, INSEE, Enquête Emploi, 2002; para los
Países Bajos, Bron, SCP (LAS2004/2005); y para España,
EPA II trimestre 2005, INE.
Además
de la comparación directa que se deriva de los resultados de
la tabla, resulta interesante presentar razones entre el desempleo de
los marroquíes y el del conjunto de los inmigrantes y nativos
en cada uno de los tres casos. Estas simples razones pueden ser
interpretadas como indicadores relativos de desventaja que descuentan
el hecho de que en cada país existen condicionantes propios,
en este caso, que la tasa de desempleo de todos los inmigrantes en
los Países Bajos (25%) es mayor que en Francia (17%) y, a su
vez, mayor en Francia que en España (12%). El resultado de
estos cocientes se presenta en el Gráfico 6 y es a todas luces
concluyente: para los marroquíes, las probabilidades de caer
en el desempleo son sustancialmente mayores que para no sólo
los nacionales de los tres países, sino también para el
conjunto de los inmigrantes en cada uno de los países.
Francia
parece, a la vista de estos datos, el contexto menos favorable para
la inserción laboral de los marroquíes, ya que la barra
que mide la desventaja relativa de los marroquíes en
comparación con los nativos es mayor que las correspondientes
a los Países Bajos y España. Procede observar también
que estas altas de desempleo entre los marroquíes se
corresponden, asimismo, con sus bajas tasas generales de actividad
económica, una realidad que viene fundamentalmente determinada
por la escasa participación laboral de las mujeres (Cebolla y
Requena, 2009). En suma, por tanto, se puede afirmar que los
inmigrantes marroquíes en los Países Bajos, Francia y
España presentan unos niveles relativamente bajos de
integración laboral, tanto si se los compara con la población
autóctona como con el conjunto de los inmigrantes.
Gráfico
6. Desventaja relativa de los inmigrantes marroquíes:
desempleo

Fuente:
cálculos propios a partir de fuentes seleccionadas (Francia:
INSEE, Enquête Emploi, 2002 ; Países Bajos:
Bron, SCP (LAS2004/2005); y España: EPA II trimestre 2005,
INE).
El
segundo indicador que analizamos se refiere a las tasas de
matrimonios mixtos, es decir, aquellos formados por marroquíes
y miembros de otros colectivos (ya sean inmigrantes o autóctonos).
El fenómeno de las parejas mixtas, o inter-matrimonio,
constituye una de las mejores aproximaciones, en términos de
validez, al fenómeno de la integración. Como se puede
ver en la Tabla 2, la exogamia es un fenómeno mucho más
frecuente entre los marroquíes en Francia que en los Países
Bajos o en España. Pero en los tres países se puede
comprobar que los matrimonios mixtos son mucho más frecuentes
entre la población inmigrante en general que en el caso
específico de los marroquíes. Además, resulta
interesante comprobar cómo el porcentaje de parejas exógamas
entre las formadas por al menos un inmigrante en Francia es casi el
doble que en el caso holandés. España ocupa una
posición intermedia entre la menor endogamia general (es
decir, de todos los inmigrantes) de los Países Bajos y la
mayor de Francia, aunque hay que subrayar que sus inmigrantes
marroquíes presentan unas pautas de emparejamiento muy
semejantes a las de los establecidos en los Países Bajos (tasa
de inter-matrimonio próxima al 8%).
No
obstante, hay que advertir que los datos que ofrecemos aquí no
son perfectamente comparables entre los tres países, por lo
que las afirmaciones anteriores deben ser interpretadas con cautela.
Una primera razón atañe a la disponibilidad de
información: mientras para el caso de Francia y España
los datos disponibles permiten desagregar la tasa para varones y
mujeres, en el caso holandés no es así, ya que el
tamaño de la muestra de la encuesta disponible para este tipo
de estudio y la escasa prevalencia del fenómeno de la exogamia
no permiten calcular este valor por sexos.[5] Así, el dato holandés encubre cierta dispersión.
En segundo lugar, las tasas de inter-matrimonio no sólo
dependen del mayor o menor grado de integración de los
inmigrantes considerados, sino de otras variables estructurales del
grupo (sex
ratio,
estructura de edad, antigüedad de residencia en el país
de destino, grado de segregación residencial, prejuicios de la
población nativa…) que deciden el número de
parejas elegibles y, así, las oportunidades objetivas de
contraer matrimonios o constituir uniones y que son relativamente
independientes de hasta qué punto haya avanzado el proceso de
integración en la sociedad receptora.
Tabla
2. Intermatrimonio: porcentaje de uniones mixtas de los marroquíes
y el conjunto de los inmigrantes en Francia, los Países Bajos
y España (%)
Uniones
mixtas |
París
(1999) |
Ámsterdam
(2002) |
Comunidad
de Madrid
(2008) |
Entre
marroquíes (hombres) |
26 |
8 |
8 |
Entre
marroquíes (mujeres) |
17 |
– |
9 |
Entre el
conjunto de los inmigrantes (hombres) |
38 |
20 |
25 |
Entre el
conjunto de los inmigrantes (mujeres) |
34 |
– |
32 |
(1)
El tamaño de la muestra holandesa no permite desagregar por
sexos. La media del conjunto de los inmigrantes en Holanda incluye
turcos, marroquíes, surinameses y antillanos, que representan
el grueso de la población inmigrante. ** Sólo
inmigrantes sin nacionalidad española desde el nacimiento.
Fuentes:
Francia: Recensement de la population (Insee 1999). Holanda:
SPVA data 1988-2002. España: Encuesta Nacional de Inmigrantes
(INE 2007).
Con
todo, vamos a tratar de establecer una comparación entre los
niveles de endogamia de los varones marroquíes que viven en
Francia, los Países Bajos y España. De nuevo, como se
hizo con el indicador anterior, hemos calculado la desventaja
relativa de los inmigrantes marroquíes en su acceso a la
exogamia para cada uno de estos países. Para ello, computamos
la razón entre las tasas de intra-matrimonio entre los
marroquíes y entre el conjunto de los inmigrantes.[6] Al hacerlo, se obtienen conclusiones de cierto interés. Aunque
en los Países Bajos la tasa general de inter-matrimonio de los
marroquíes es baja, éstos parecen tener allí una
mayor propensión relativa a formar hogares mixtos en
comparación a la de los demás inmigrantes con los que
comparten sociedad de acogida. Por así decirlo, su endogamia
relativa al resto de los inmigrantes –su desventaja relativa en
términos de acceso a la constitución de parejas mixtas–
es menor. En cambio, los marroquíes emigrados a España
no sólo acreditan un alto nivel general de endogamia, sino que
sus niveles relativos de inter-matrimonio están claramente más
alejados de los del conjunto de los inmigrantes instalados en el
país, por lo que se puede suponer que sus oportunidades de
formar parejas mixtas son claramente menores.[7]
En
el caso de Francia, con la tasa más alta de movilidad
matrimonial interétnica de los tres países, los
marroquíes se sitúan, sin embargo, en una posición
intermedia en lo que se refiere a sus oportunidades de evitar la
endogamia (relativas al conjunto de los inmigrantes). En todo caso,
hay que apuntar también que la distancia relativa entre los
marroquíes y el resto de los inmigrantes es en el caso de la
endogamia mucho menor que en el caso del desempleo. Asimismo, las
diferencias entre los tres contextos son, a este respecto, muy
escasas.
Gráfico
7. Desventaja relativa de los inmigrantes marroquíes:
endogamia

Fuente:
cálculos propios a partir de fuentes seleccionadas (Francia:
Insee, Recensement de la population, 1999; Países
Bajos: SPVA data 1988-2002; España: INE, Encuesta Nacional de
Inmigrantes, 2007).
Nuestro
tercer indicador es un conocido índice de disimilitud[8] (Duncan y Lieberson, 1959) aplicado a las ciudades de París,
Ámsterdam y la Comunidad de Madrid. Con este índice se
pretende medir el grado de segregación residencial de los
marroquíes en esas tres áreas comparado con el del
conjunto de todos los inmigrantes. Dicho índice —que
varía de 0 a 1— se interpreta de una manera intuitiva
como la proporción de inmigrantes que tendrían que
desplazarse a otras zonas distintas de las que viven para que en el
área se produjera una situación sin segregación.
Los datos que hemos recogido (Tabla 3) ponen de manifiesto que el
grado de disimilitud de los marroquíes con respecto a los
españoles es mayor en la Comunidad de Madrid que en Ámsterdam,
y mayor en Ámsterdam que en París. En otros términos,
los marroquíes se encuentran residencialmente más
segregados en Madrid y Ámsterdam que en París[9].
En los tres casos, además, la segregación residencial
de los marroquíes es mayor que la del resto de los
inmigrantes, una pauta que concuerda con los resultados de los dos
indicadores (laboral y matrimonial) anteriores. Sin embargo, el grado
de segregación residencial del conjunto de los inmigrantes en
las tres áreas consideradas no se ajusta a la misma
ordenación: la segregación del conjunto de los
inmigrantes es mayor en Ámsterdam que en Madrid y mayor aquí
que en París. En la medida en que estos datos sean
representativos del conjunto de los países,[10] Holanda habría producido más segregación
residencial que España, y ésta que Francia.
Tabla
3. Segregación residencial. Índice de disimilitud de
los marroquíes y del conjunto de inmigrantes en París,
Ámsterdam y la Comunidad de Madrid
Índice
de disimilitud |
París
(1999) |
Ámsterdam
(2002) |
Comunidad
de Madrid
(2008) |
Marroquíes |
0,35 |
0,42 |
0,51 |
Conjunto de
los inmigrantes |
0,21 |
0,33 |
0,27 |
Fuentes:
para París, Safi (2009); para Ámsterdam, Musterd (2005)
y Koopmans (2008); y para España, elaboración propia
con los datos del Padrón Municipal de Habitantes (INE).
Tal
y como hemos hecho en los dos casos anteriores, hemos procedido
también a calcular una razón entre los índices
de disimilitud correspondientes a los marroquíes y al conjunto
de los inmigrantes en las tres zonas seleccionadas. Los resultados,
que se presentan en el Gráfico 8, muestran que la segregación
de los marroquíes relativa a la del conjunto de los
inmigrantes es máxima en París, media en la Comunidad
de Madrid y relativamente baja en Ámsterdam.
Gráfico
8. Desventaja relativa de los inmigrantes marroquíes:
segregación residencial en tres áreas seleccionadas

Fuente:
cálculos propios a partir de fuentes seleccionadas (véase
la Tabla 3).
Por
lo tanto, aunque los marroquíes en París se encuentran
menos segregados que los instalados en Ámsterdam o en Madrid,
sin embargo se alejan más, en términos de su
segregación residencial, del conjunto de los inmigrantes
parisinos que los marroquíes de Ámsterdam del conjunto
de los inmigrantes que residen en esta ciudad; estos marroquíes
de Ámsterdam, aunque más segregados en general que los
parisinos, se encuentran más próximos al conjunto de
los inmigrantes de la ciudad holandesa. Los marroquíes de la
Comunidad de Madrid se situarían en una posición
intermedia, entre los parisinos y los de Ámsterdam.
(5)
Conclusiones
El
presente trabajo explora el grado de integración social de los
marroquíes emigrados a tres naciones europeas: Francia, los
Países Bajos y España. La comparación de la
situación de los marroquíes en los tres países
tiene un obvio interés derivado de los distintos modelos de
integración socio-cultural que éstos representan.
Mientras el modelo francés persigue maximizar la asimilación
de los inmigrantes, entendida como una adhesión más o
menos incondicional a los cánones de la propia ciudadanía
francesa y una paulatina disolución de sus peculiaridades
culturales, los Países Bajos han apostado por un modelo de
corte multicultural, mucho más tolerante con la idiosincrasia
étnica y el mantenimiento de las especificidades de sus
inmigrantes. España, un país con una corta y muy
reciente experiencia inmigratoria, ha eludido hasta el momento el
compromiso con cualquiera de esos dos modelos, habiéndose
decantado en la práctica por una política de amplia
concesión de derechos sociales que no pone en cuestión
la identidad étnica de sus inmigrantes.
El
análisis del grado de integración de los inmigrantes
marroquíes es también singularmente interesante en la
medida en que constituyen un grupo étnicamente alejado de las
sociedades receptoras en razón de su religión, lengua,
convenciones y costumbres sociales. Por lo tanto, la óptica
del análisis por la que nos hemos decantado en este trabajo se
aleja de los estudios al uso en los que se examinan los destinos de
los inmigrantes de distintos orígenes en un mismo país,
para centrarse en la comparación de la suerte de los
inmigrantes de un mismo origen en distintos contextos.
En
lo que se refiere a los factores que han desencadenado y propulsado
la migración marroquí a los países europeos, no
parece que haya que recurrir a ingredientes que no estén ya
presentes en otros procesos similares de emigración económica.
A los elementos esperables que han impulsado la salida de Marruecos
(presión demográfica, crecimiento económico
desequilibrado con altas tasas de paro duradero y escaso control de
la inflación, deterioro de las condiciones de vida en las
ciudades) hay que sumarles el inmenso atractivo de unos países
que se encuentran tan próximos desde el punto de vista
geográfico como lejanos en términos de su desarrollo
económico: la oferta de empleos y un nivel de vida material
muy superiores a los que se pueden encontrar en Marruecos termina por
ser irresistible para un gran número de jóvenes
marroquíes dispuestos a emprender la aventura migratoria.
Del
ejercicio que presentamos en este trabajo se siguen algunas
conclusiones relevantes. En primer lugar, en los tres casos
examinados, los inmigrantes marroquíes se encuentran en una
situación objetiva de mayor desventaja social y económica
no sólo que la población autóctona de Francia,
los Países Bajos y España, sino también que el
resto de los inmigrantes en esos mismos países. Este resultado
es consistente, en el sentido de que los tres indicadores con los que
hemos medido la desventaja –las tasas de desempleo, el grado de
endogamia matrimonial y el nivel de segregación residencial–
apuntan en la misma dirección: los inmigrantes marroquíes
están en una llamativa situación de desventaja tanto en
términos absolutos como relativos con respecto a los demás
inmigrantes, pues padecen más el desempleo, se casan menos
fuera de su círculo étnico y se encuentran más
segregados desde el punto de vista residencial que el resto de los
inmigrantes. Por alguna razón –y aquí la
hipótesis de la distancia cultural cobra cierta verosimilitud–
los inmigrantes marroquíes en Europa han conseguido un grado
de integración menor en las sociedades receptoras que los que
emigraron desde otros orígenes, con independencia de las
características definitorias del contexto al que se han
incorporado.
En
segundo lugar, las diferentes dimensiones de la integración
inmigrante no muestran un grado alto de coherencia interna en el caso
de los marroquíes establecidos en Europa. El análisis
que hemos practicado no muestra, de hecho, un nivel apreciable de
correlación entre los indicadores seleccionados. Dicho en
otros términos, de nuestros resultados no se deduce un orden
común a los tres casos examinados en lo que atañe a su
nivel de integración. Así, mientras que los marroquíes
en Francia y en los Países Bajos presentan una desventaja
laboral mayor que en España, las tasas generales de exogamia
son menores en Francia que en España o los Países
Bajos. Los marroquíes emigrados a los Países Bajos, con
tanta desventaja laboral como los instalados en Francia, registran en
cambio tasas de segregación espacial menores. La tasa de
desempleo de los marroquíes es en España más
baja que en los dos otros países, pero su segregación
residencial es mayor. Por otra parte, los marroquíes en París
se encuentran menos segregados que en Ámsterdam o en Madrid.
Nuestros
datos también indican que la distancia relativa entre los
marroquíes y el resto de los inmigrantes es menor en los
Países Bajos que en Francia en cuanto a desempleo y
segregación residencial, pero en materia de intermatrimonio
las distancias son prácticamente las mismas en los tres
contextos. Los marroquíes establecidos en España se
encuentran, por comparación con la situación en
Francia, más desfavorecidos que el conjunto de los inmigrantes
en su nivel de desempleo, pero menos en su segregación
residencial. En resumen, cuando se compara el grado de integración
de los inmigrantes marroquíes con el de otros inmigrantes, las
evidencias que presentamos apuntan a que el contexto holandés
reduce las diferencias más que el francés, que a su vez
parece producir menos distancia laboral que el español, pero
más segregación espacial relativa. Los resultados de
los indicadores de endogamia matrimonial apuntan a unas escasas
diferencias relativas entre los tres contextos.
Todas
las evidencias con que contamos apuntan así al hecho de que,
en Europa, los marroquíes se sitúan en situación
de clara desventaja no sólo respecto a los nativos de las
sociedades receptoras, sino también al resto de los otros
inmigrantes con los que comparten destino. Sin embargo, no parece
posible de momento establecer una relación robusta entre los
distintos contextos de recepción, con sus diferentes modelos
de gestión pública de la inmigración, y el grado
de integración de los marroquíes relativo al del resto
de los inmigrantes. Por consiguiente, la pregunta sobre si esos
diferentes contextos demuestran haber producido en cada caso un grado
diferente de integración tiene una respuesta clara: cuando se
toman en cuenta distintas dimensiones de la integración, no
parece que haya modelos más eficaces que otros a la hora de
integrar a los inmigrantes marroquíes.
Somos
conscientes de que, con la información disponible, responder a
la pregunta sobre la relación entre modelos y niveles de
integración no es tarea fácil. De un lado, es difícil
hacer acopio de datos homogéneos que permitan comparaciones
entre países que sean a un tiempo razonables e ilustrativas.
De otro, incluso si se dispusiera de datos perfectamente comparables,
las posibilidades de establecer relaciones causales a partir de una
muestra de sólo tres casos son, en el mejor de los casos,
escasas, debido a las conocidas dificultades que pueden surgir de los
efectos de interacción y de las causalidades múltiples.
No obstante, hemos optado por avanzar con este tipo de comparación
en la esperanza de que de este modo aumentará la probabilidad
de encontrar relaciones importantes entre los factores considerados y
una mejor compresión de los procesos de integración de
los inmigrantes marroquíes en los países europeos.
Héctor Cebolla
Profesor de Sociología en la UNED (Departamento de Sociología II)
Miguel Requena
Catedrático de Sociología en la UNED (Departamento de Sociología II) y miembro del GEPS (Grupo de Estudios Población y Sociedad, UCM)
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[1] Esa pérdida se
concreta en el hecho de que los inmigrantes no suelen conocer el
idioma principal de intercambio en su sociedad de acogida e ignoran,
por ejemplo, muchas de las reglas explícitas y de las
convenciones sociales aplicables en las relaciones que pueden tener.
[2] Estimación de la
League of Arab States and United Nations Environment Programme
(2004).
[3] El modelo alemán
queda resumido en la siguiente sentencia: Konfliktfreies
Einordnen in die deutsche Gesellschaft ohne Zugang zum Bürgerrecht (“insertarse en la sociedad alemana sin conflicto y sin acceso
al derecho a la nacionalidad”).
[4] La comparación de
la tasa de desempleo de los marroquíes con la del conjunto de
los inmigrantes está lógicamente afectada por la
composición de la población extranjera en cada país
y el peso que en ella tienen los propios marroquíes.
[5] Véase el trabajo de
Kalmijn y Van Tubergen (2006) de donde se han extraído los
datos de la encuesta holandesa Sociaal-economische
Positie en Voorzieningengebruik van Allochtonen en Autochtonen (SPVA) que aquí se utilizan.
[6] Nótese que en esta
ocasión hemos utilizado las tasas de endogamia (100 –
los porcentajes consignados en la Tabla 2) para calcular las razones
que se representan en el Gráfico 7. Aquí interpretamos
que en la medida que un mayor nivel de endogamia o matrimonio
intra-étnico supone un menor nivel de integración,
implica también una mayor desventaja.
[7] La mayor propensión
de los marroquíes emigrados a España a la endogamia
hay que ponerla en relación con: (1) su desequilibrada razón
de masculinidad, superior a la del resto de los inmigrantes; (2) con
su bajo nivel de estudios, muy inferior al de los nativos españoles
y otros inmigrantes; y (3) con su insuficiente dominio del idioma
español (Cebolla y Requena, 2009).
[8] El índice de
disimilitud mide la desigualdad con la que dos grupos se distribuyen
en las distintas zonas que componen el área zona que se está
analizando. Se calcula con arreglo a la fórmula:
,
donde mi es el número de
marroquíes que viven en la zona i, M es el
número total de marroquíes que viven en el área
compuesta por todas las zonas i, ei es el número de españoles que viven en la zona i y E es el número de españoles que viven en el área
compuesta por todas las zonas i.
[9] En el caso de la Comunidad
de Madrid esto podría deberse a que el dato está
calculado usando la sección postal como unidad territorial.
La sección es muy sensible al número de unidades que
conforman el área de interés y por ello, la
comparación más pertinente es la que se hace en el
siguiente gráfico que refleja la desventaja relativa.
[10] Para el caso de Francia,
los datos de Safi (2009) dejan claro que ese mayor grado de
segregación de los marroquíes respecto al conjunto de
los inmigrantes se produce asimismo en las ciudades de Burdeos,
Marsella, Lille, Lyon, Estrasburgo, Niza y Toulouse. En cuanto a
España, se debe de tener en cuenta que en la Comunidad de
Madrid residen aproximadamente el 12% de todos los marroquíes
del país.
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