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Cuba: motivaciones y perspectivas de una extrema tensión
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Joaquín Roy
ARI Nº 65-2003 - 29.4.2003

Tema: La relación entre Cuba y EEUU ha experimentado una renovada tensión. La causa es una compleja mezcla de secuestros de aviones y embarcaciones cubanas con el trasfondo de enfrentamientos diplomáticos entre EEUU y Cuba. Este ambiente se producía en pleno escenario del desarrollo del clima de guerra en Irak, cuya resolución resultaba incierta en sus múltiples dimensiones. Los encarcelamientos y juicios contra los disidentes desembocaron en los fusilamientos sumarísimos de algunos secuestradores, con el resultado de una generalizada alarma y protesta mundial.

 

Resumen: De repente, la escena cubana se ha mostrado extremadamente áspera. En el interior, se comenzó con las represalias contra la oposición; en el exterior, se retornó al clima tradicional de tensión verbal con EEUU. El listón se elevó con los fusilamientos de tres secuestradores de un ferry en La Habana y la condena generalizada al régimen cubano. Fue una reacción en cadena. Todo se inició con una táctica de acoso contra los dirigentes de la disidencia interna. La justificación de esta medida se basó, según la interpretación del gobierno cubano, en la puesta en práctica de una serie de actividades de la diplomacia norteamericana a través de su sección de intereses en La Habana desde el nombramiento del nuevo encargado James Cason. En medio de secuestros de aviones de pasajeros y embarcaciones, se llegó al paroxismo con los juicios sumarísimos y los fusilamientos de tres secuestradores de un ferry. La reacción internacional ha sido prácticamente unánime, con el resultado de sonados abandonos de apoyos al gobierno de Castro por parte de intelectuales y políticos, como el caso espectacular del Premio Nobel José Saramago, en un ejercicio de ruptura que no se recordaba desde el incidente de Heberto Padilla, hace más de tres décadas. La gravedad de los hechos contrasta con la relativa calma anterior. Teniendo en cuenta que la autoría de los hechos recae en la decisión del gobierno cubano, conviene preguntarse sobre sus motivaciones. La valoración provisional apunta a una graduación de prioridades. La represión y la tensión, según los cálculos del régimen cubano, resultan más útiles que los precarios beneficios de una mejora de la relación con EEUU y la promesa de un mejor trato por parte de Europa. 
 


Análisis: Hace apenas unas semanas José Basulto, líder de Hermanos al Rescate, había decidido suspender los vuelos en busca de balseros por falta de fondos. Teniendo en cuenta que el derribo de las avionetas en 1996 fue la chispa que hizo aprobar la lamentable ley Helms-Burton y que provocó el enfrentamiento de casi todo el planeta con EEUU, además de causar una peligrosa fricción de repercusiones militares, el congelamiento de las operaciones de ayuda en el mar era realmente significativo. Además, se insertaba en un contexto más amplio dominado por la sucesión o la transición en La Habana en vísperas de un insoslayable cambio biológico de liderazgo.

 

En Miami, Jorge Mas Santos, heredero del legado de su padre en la Fundación Cubano-Americana, se declaraba dispuesto a dialogar con cualquier dirigente del gobierno cubano (con la excepción de los hermanos Castro). Al otro lado del estrecho de La Florida, la Unión Europea abría una delegación (“embajada”) en Cuba. Por su parte, Castro anunciaba que solicitaría de nuevo el ingreso en el Acuerdo de Cotonou, sucesor de la Convención de Lomé de los países ACP, ante la satisfacción de la Comisión Europea y los vecinos de Cuba en el Caribe. En este fascinante trasfondo, el disidente democristiano Oswaldo Payá no sólo era autorizado a viajar a Estrasburgo a recibir el Premio Sajarov del Parlamento Europeo, sino que también se paseaba por Miami, media Europa (incluido El Vaticano) y México, y regresaba sin acoso a La Habana. Por último, Dagoberto Rodríguez, el encargado de la Sección de Intereses (“embajada”) de Cuba en Washington visitaba Miami para negociar con el exilio su participación en una nueva conferencia sobre la emigración, que se debía celebrar en abril (definitivamente suspendida), bajo un notable overbooking. Mientras, crecía en el Congreso norteamericano la presión para terminar con el embargo.

 

Aprovechando la crisis de Irak, la evolución política de Cuba podía cobrar una velocidad inusitada con el peligro de no atraer la atención de los observadores, incluso en el contexto latinoamericano. Todo el mundo parecía (justificadamente) más preocupado por la ascensión de Lula en Brasil o la tozudez de Chávez, que por el viejo enemigo tradicional, que durante la Guerra Fría se había ganado a pulso un puesto en el tradicional “eje del mal”. La relativa calma y aparente normalidad de los cambios que latían en el ambiente (y los que se avecinan, a la vista de los últimos acontecimientos) debían beneficiar a corto y medio plazo al líder cubano. Incluso en un clima de expectativa de guerra en Irak, y con la razonable predicción de que su desarrollo se complicaría, una Cuba neutralizada y en relativa calma era (y es, al parecer de numerosos observadores) el mejor de los mundos para el gobierno de Bush. Como mínimo, necesitaría ampliar las instalaciones de Guantánamo para acoger a más prisioneros, en caso de que algunos tomados en Irak así lo requieran. Castro, según su actitud anterior, no haría nada para oponerse, aunque no llegaría al extremo de ofrecer colaboración incondicional en materia de salud y seguridad, según ofreció explícitamente a raíz del 11 de septiembre. 

 

En este contexto, que ha desembocado en la situación actual de la relación Cuba-EEUU, confluían tres líneas de intereses. Por un lado, persistía la presión de las compañías norteamericanas que buscan el levantamiento del embargo, ya que temen quedarse desplazadas por las europeas que han establecido una cabeza de puente en Cuba. Este frente ha establecido un vínculo tácito con el exilio que mantiene lazos cada vez más sólidos con sus familiares en Cuba, a los que ayuda a sobrevivir con fondos que superan los ingresos derivados del turismo. Los sectores antes llamados duros que preconizan una apertura hacia Cuba saben perfectamente que su futuro está en el interior, a no ser que renuncien a influir en el desarrollo político futuro. De ahí su acercamiento cauteloso a la disidencia que incluso reconoce la vigencia legal del sistema cubano, como refleja el Proyecto Varela. Por otro lado, el gobierno cubano había leído certeramente la situación mundial y debía colocarse lo más lejos posible del avispero de Oriente Medio y del “eje del mal”, aunque se permitiera el lujo, de vez en cuando, de aparentar un enfrentamiento verbal con Washington. Recíprocamente, el gobierno norteamericano combinaba el discurso público de acoso (replicado convenientemente por el cubano) y mantenía la línea de comunicación con La Habana con un propósito fundamental: que la situación no se complique a sólo 90 millas de Cayo Hueso.

 

Al otro lado del Atlántico, aunque también se mantengan las espadas en alto por la vigencia de las leyes extraterritoriales del embargo, los gobiernos e instituciones de la Unión Europea contribuyen, a su manera, a la táctica norteamericana. El objetivo primordial europeo es que la transición (aunque se disfrace de sucesión en un primer momento) se produzca de la manera más suave posible. En fin, parecía que todos los actores (o casi todos) parecían estar de acuerdo. De repente, estalló la crisis. En circunstancias normales (si se puede hablar de normalidad en cuanto a las relaciones de Cuba con el resto del mundo, especialmente con EEUU), ambos extremos (La Habana y el eje Washington-Miami) se aliaron para descarrilar el proceso. Uno parecía provocar (o dejarse provocar) al otro. Al final, ambos, en sus respectivas agendas (antiimperialismo en Cuba; acoso a Castro en EEUU) salían beneficiados.

 

Agudización de una crisis permanente
En este nuevo escenario, los funcionarios norteamericanos (inspirados por el núcleo duro del exilio) dieron una vuelta de tuerca mediante la publicidad de sus contactos con la disidencia, patrocinaron seminarios y actividades del periodismo clandestino (que luego se han descubierto infiltrados por la seguridad del régimen cubano) y simbólicamente endurecieron su actitud por medio del regalo de radios y material de informática a los disidentes. Castro, en lugar de denunciar el acuerdo para la instalación de las secciones de intereses en ambos países (entre otros motivos porque necesita su base en Washington), y consecuentemente forzar la clausura de la sede norteamericana en La Habana, enfocó su ira hacia el interior. Primero optó por encarcelar a los representantes de la disidencia, imponer condenas sumarísimas contra algunos de ellos, y más tarde, aprovechando la culminación de una epidemia de secuestros de aviones y embarcaciones, acudió drásticamente al recurso de los fusilamientos de tres de los secuestradores. De momento, ha conseguido la protesta de la intelectualidad mundial y de numerosos gobiernos y, sobre todo, se arriesga a perder los favores de la Unión Europea.

 

Según el prisma aplicado antes de la actual crisis, Castro calculaba que elevar la tensión en estos momentos, incluso a unos niveles sin precedente en los últimos años, era más importante que comportarse con cierta benevolencia, con el fin de enviar un mensaje de fuerza al interior y como señal al exterior. En el fondo, firmar el acuerdo de Cotonou sigue siendo “demasiado fastidio para tan poca plata”, según fueron sus palabras textuales a las preguntas de sus vecinos caribeños cuando se planteó seriamente la posibilidad de ingresar en el acuerdo. En medio de la guerra de Irak, elevar los decibelios no debería tensar en demasía la cuerda con EEUU, y la prevista condena de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra resultaría repetitiva e inocua. A pesar de que la resolución contenía exigencias suaves, la iniciativa condenatoria solamente fue aprobada por una exigua mayoría, en el contexto contradictorio del sólido respaldo europeo y de ambivalencia latinoamericana traducida en oposición de algunos gobiernos y la abstención de otros. Todo esto se producía en un ambiente de inoperancia de la propia ONU. Esta percepción negativa se ve reforzada por el perfil de la Comisión, que no es el foro más idóneo para la defensa de los derechos humanos al contar con regímenes de tan dudoso historial en este apartado como Libia, Nigeria, Siria, Togo y Vietnam, para no hablar de China. El embargo se mantendría igual (lo cual, políticamente, lo beneficia), y, según sus cálculos, todo se habría calmado de nuevo para otoño. Castro habría ganado tiempo y habría apuntalado el sistema mediante la represión (enviando un mensaje pensado primordialmente para el frente interno), en caso de que la ley de vida obligue a la sucesión en la persona de su hermano.

 

Washington, más ocupado en proseguir sistemáticamente los rastros de la dirigencia iraquí y sus posibles cómplices en el Levante, no querría aparecer innecesariamente como el autor de más enfrentamientos internos en Cuba. Su velada reticencia se debe primordialmente a que los actores destinados a ejecutar una acción como la puesta en marcha en Irak ya han dado suficientes evaluaciones al respecto. Estiman, según sus informes y declaraciones, que Cuba no representa una amenaza para EEUU similar al régimen de Bagdad. La mayor amenaza de Cuba para EEUU sería la generada por una tensión interna, que fuera el resultado lógico del acoso ejecutado desde Washington, lo cual degeneraría en un éxodo masivo, alentado por el propio gobierno cubano. Esa es la justificación de los fusilamientos que ha hecho el canciller Pérez Roque, sabiendo que coincide con la evaluación del gobierno norteamericano. La primera confirmación de este temor es la activación de los recursos de la Guardia Costera y la potencial militarización (bajo control del Comando Sur) de un bloqueo técnico de Cuba en caso de que se desencadenara un nuevo Mariel. Esto le provocó una pesadilla a Jimmy Carter, le causó problemas a Bill Clinton cuando era gobernador de Arkansas, a donde llegaron detenidos del éxodo, y luego se repitió en la crisis de los balseros de 1994, congelada con los acuerdos migratorios. Esta tregua relativa fue dinamitada con la ley Helms-Burton, provocada a su vez por los incidentes de Hermanos al Rescate. De ahí que el gobierno norteamericano se contente con conservar a Cuba como reliquia, esperando que caiga como fruta madura.

 

La gravedad de los hechos actuales merece un análisis diferente, abierto a la especulación, ante la novedad de las medidas tomadas (encarcelamiento desproporcionado, fusilamientos). Algunas causas posibles se abren camino. En primer lugar, los intentos de secuestro de aviones y embarcaciones, y sobre todo los que han tenido éxito, revelan una posible incomodidad en el seno de los sectores del régimen considerados más fieles. El que hayan sido algunos funcionarios militares, un colectivo privilegiado, los que han optado por huir a Florida es revelador de la grieta existente en el corazón del régimen.

 

En segundo término, se detecta un evidente deterioro en la economía, precisamente en los sectores que tras el final de la Guerra Fría recibían atención especial y beneficios por encima del resto de la población, al acceder a ingresos adicionales de divisas. La incertidumbre mundial causada por el 11-S ha impactado en este sector y ha dejado las alternativas de ingresos adicionales sujetas a las remesas procedentes de EEUU, con el resultado del aumento de los vínculos entre el exilio y el país interior. Esto ha reforzado las tesis de los que han apostado por los vínculos con la disidencia pacífica, por el respaldo tácito a alternativas como el Proyecto Varela y, finalmente, por la decisión de tener una mínima base en el momento de la transición. Más importante resulta la percepción que tiene el régimen del alcance de movimientos como el Proyecto Varela y la labor de zapa de otras ramificaciones de la disidencia. Al detectar ese entramado como una amenaza de dimensiones notables y novedosas, el sistema ha resuelto tomar medidas drásticas, sin reparar en que pueden ser calificadas no sólo como desproporcionadas, sino también como meras violaciones de los más mínimos principios. De ahí la justificada reacción generalizada en el contexto internacional.

 

Castro parece haber cruzado una frontera, antes mínimamente respetada, para conseguir el mantenimiento de la atención exterior en el contexto de la impopularidad del embargo, que sólo beneficia políticamente al régimen cubano. Al descartar el respaldo internacional, a causa del escándalo de los fusilamientos, el régimen parece haber agotado una buena parte del capital político que tenía en el exterior y ha optado por reforzar el frente interior. El desarrollo de la situación cubana en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU permite insertar una nota de cautela en cuanto a futuros movimientos. Aunque la resolución para enviar una inspección a La Habana fue aprobada por mayoría, las abstenciones y la ruptura del frente latinoamericano pueden haber aconsejado a Washington no insistir en este frente. De confirmarse el abandono del foro de las Naciones Unidas para canalizar su política exterior (entre otras razones por la ambivalencia de algunos gobiernos latinoamericanos en las votaciones), EEUU puede optar por otras medidas más unilaterales para enderezar la evolución cubana o para provocar un cambio más radical.

 

Conclusión: La anterior evaluación permite aventurar una doble perspectiva para el futuro inmediato. Por un lado, no se descarta la continuación del impasse y la congelación de la situación en lo que concierne a la fricción entre Cuba y EEUU, entre otras razones porque Castro puede tener más cuidado en no tensar la cuerda demasiado, más allá de las graves decisiones tomadas. Por parte de EEUU, el mejor argumento para no esperar drásticos movimientos en los meses próximos es que la agenda global de la Casa Blanca se deberá centrar en la explotación del éxito de la operación en Irak y la atención a la economía, de cara a las elecciones de 2004, un ejercicio que comienza el próximo otoño con las primarias. Cuba no se presenta como un valor añadido a esta estrategia, al sopesar las incertidumbres con los hipotéticos logros.

 

Por otro lado, en el contexto cubano, la gravedad de los incidentes (sobre todo los fusilamientos) invitan a pensar que se avecinan acontecimientos similares a los hechos vividos en las últimas semanas. Hasta ahora Castro ha sabido controlar el curso y las consecuencias de los hechos, aprovechando sobre todo los errores de EEUU y explotando las ambivalencias y las expectativas de la Comunidad Internacional. Especialmente en los últimos años, Castro ha manejado magistralmente el equilibrio entre lo negativo del sistema cubano y la potencialidad de un escenario lleno de nubarrones y peores consecuencias. Respaldado por la ausencia de una amenaza procedente de La Habana, ha sobrevivido en un equilibrio cimentado en la nueva disuasión.

 

La amenaza velada de la Casa Blanca de suspender la autorización del envío de las remesas y prohibir los viajes a Cuba, con excepción de los estrictamente humanitarios, sería una doble medida de consecuencias imprevisibles. Las incógnitas residen no sólo en lo que respecta a la lectura que hace la mayoría del exilio, sino también en la explotación que pueda hacer el gobierno cubano. El acoso y la represalia pueden traducirse en un “efecto boomerang” de resultados contrarios a los esperados. Las decisiones judiciales de autorizar la subasta de las aeronaves secuestradas hacia territorio norteamericano en nada van a ayudar a reforzar las tesis norteamericanas, y, por el contrario, le servirán de nueva excusa al régimen cubano. La espera parece ser la doctrina con más posibilidades de imperar en Washington en los meses siguientes. Castro, con sus drásticos movimientos, parece haber destruido en cierta media esta coartada. Sin embargo, el capítulo final no parece estar tan cerca de la clausura del drama como algunos esperan. No se descarta, como un último recurso, que Castro acuda a una nueva reforma económica que, por un lado, le permita un respiro en el frente social y, por otro, haga pensar que detrás de unos cambios en el sistema se agazapen otros de tipo político. Esa sorpresa parece menos probable cada día que pasa. Es una tarea que parece reservada a quien reciba la sucesión del régimen, abocado a una transición implacable.

 

Joaquín Roy
Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami

 

 
 
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