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Los cambios políticos y las migraciones desde los países árabes (ARI)
Carmen González Enríquez
ARI 60/2011 - 24/03/2011

Tema: La ola de cambios políticos que se suceden en los países árabes puede tener efectos importantes sobre los movimientos migratorios dentro de la zona y desde ella hacia otras partes del mundo, especialmente hacia Europa.

Resumen: En el grupo de países árabes que están siendo sacudidos por revueltas políticas se produce una gran variedad de situaciones respecto a la migración. Entre ellos se encuentran los que más inmigración reciben en el mundo –en relación a su población total–, como Qatar, Kuwait y los Emiratos Árabes, y otros que se sitúan entre los principales emisores de migrantes, como Marruecos. Algunos son a la vez países de recepción de migrantes, y países de paso de emigrantes irregulares hacia Europa, como Libia. Por último, Egipto, el país de mayor población, destina la mayor parte de su migración hacia otros países árabes, como la propia Libia y las monarquías petroleras del golfo Pérsico.

Análisis

(1) La inmigración en los países árabes receptores netos de migrantes
En la región sólo atraen inmigración en número sustancial los países cuya riqueza se basa en el petróleo: Libia, Kuwait, Bahrein, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes. Todos ellos comparten algunas características sociales y políticas, pues eran, antes del descubrimiento de sus riquezas petrolíferas, poblaciones autóctonas pequeñas y tribales dedicadas a la ganadería, convertidas de la noche a la mañana en ricos exportadores. Estas sociedades han necesitado mano de obra extranjera desde el inicio del descubrimiento de su riqueza, tanto para explotar y gestionar el negocio del petróleo como para poner en marcha los servicios que sus ingresos han permitido sufragar o la propia administración pública. El caso extremo entre éstos es el de Qatar, donde un 90% de su población es extranjera.

Los que emigran a estos países petroleros árabes proceden siempre de comunidades musulmanas en Asia y África (excluyendo al pequeño número de occidentales trasladados por sus empresas) y abarcan todas las categorías de cualificación, desde los trabajadores manuales o la ayuda doméstica hasta las profesiones universitarias y los puestos directivos. Los principales países de origen son Egipto, Palestina, Malasia, Indonesia, Pakistán, Bangladesh, Filipinas y, en el caso libio, Nigeria y Chad.

La gestión política de la inmigración en estos regímenes autoritarios y extremadamente dependientes de la inmigración tiene poco parecido con la que se efectúa en las democracias liberales occidentales. Los inmigrantes carecen sistemáticamente de derechos políticos y civiles y de garantías jurídicas sobre su estatus como inmigrantes. Son considerados siempre como residentes temporales por los Estados receptores. Los gobiernos los utilizan con frecuencia como instrumento en las relaciones internacionales y en varias ocasiones han procedido a expulsiones masivas de migrantes de alguna nacionalidad como represalia por el enfrentamiento entre los respectivos gobiernos. Así, Kuwait, con una importante inmigración palestina durante décadas, expulsó a todos los inmigrantes de este origen por el apoyo de la OLP a la invasión iraquí de su territorio en 1990. Libia expulsó en 1985 a 32.000 tunecinos en una sola noche, a raíz de la crisis de las relaciones entre Gadafi y el líder tunecino Burguiba. Del mismo modo, Argelia expulsó en 1975 a unos 300.000 inmigrantes marroquíes en respuesta a la “Marcha verde” de Marruecos sobre el Sahara. Estas expulsiones se realizan sin ningún procedimiento previo de notificación o justificación, sin posibilidad de defensa por parte del inmigrante y, con frecuencia, en condiciones físicas muy duras. El desprecio hacia los derechos de los inmigrantes es denunciado continuamente en el caso de las monarquías del Golfo, especialmente con respecto a las mujeres que trabajan en el servicio doméstico (la mayoría asiáticas, de Filipinas o Malasia) sometidas con frecuencia a condiciones cercanas a la esclavitud. En Libia, en septiembre del año 2000, se produjeron violentos ataques de la población local a los inmigrantes subsaharianos, acusados de comportamientos inmorales y de involucrarse en actividades como la prostitución o el tráfico de drogas. La violencia desatada causó 130 muertos y provocó un éxodo masivo de subsaharianos y una operación de los Estados de origen para repatriar a sus emigrantes. Hay que recordar que los inmigrantes subsaharianos llegaron a Libia respondiendo a la invitación de su gobierno, que intentó convertir a su país en líder del mundo africano.

Tabla 1. Número de inmigrantes en el año 2010


País

Número

Arabia Saudí

7.288.900

Emiratos Árabes Unidos

3.293.264

Kuwait

2.097.527

Qatar

1.305.428

Libia

682.482

Bahrein

315.403

Fuente: División de Población de las Naciones Unidas.[1]

Gráfico 1. Porcentaje de inmigrantes sobre la población total

Argelia no es un país receptor neto de migrantes (envía más migrantes de los que recibe), pero su gran frontera desértica y poco vigilada se ha convertido en punto de entrada de migrantes subsaharianos, a veces de paso y a veces con voluntad de permanencia. Argelia expulsa anualmente a unos 72.000 subsaharianos inmigrantes irregulares, una cifra muy notable. Por otra parte, conviene recordar que en su territorio, en los campamentos de Tinduf, viven confinados unos 90.000 refugiados saharauis a los que el gobierno argelino no permite libertad de movimiento.

(2) Las migraciones de paso en el Norte de África hacia Europa
Varios de los países de la zona se convirtieron en los años 90 y 2000 en territorio de paso de inmigración subsahariana irregular hacia Europa, que intentaba la vía marítima ante la imposibilidad de hacerlo por vía aérea, mucho más controlada. Esta inmigración de paso que atraviesa fronteras no vigiladas en zonas desérticas plantea un problema sustancial para los países afectados, habitualmente sin recursos para gestionarla, y sin incentivos para esforzarse en evitar su salida hacia Europa. España fue la primera afectada desde los años 90 por esa migración subsahariana que comenzó a llegar a Ceuta y Melilla, lo que provocó la construcción en 1995 de una valla fronteriza rodeando estas ciudades, cuyo único objetivo era frenar ese tipo de migración ya que las ciudades están abiertas a la entrada de la población marroquí que vive en las provincias cercanas. La vía marítima del Estrecho se convirtió tras esto en la principal vía de entrada, en una época en que la migración subsahariana irregular resultaba de imposible devolución para España por la ausencia de acuerdos de readmisión con los países de origen y de paso o por el incumplimiento de estos acuerdos.

La llegada de esta forma de inmigración a Europa a través de España y, algo más tarde, de Italia, se ha convertido en una de las preocupaciones de las sociedades y los gobiernos europeos, que han presionado a los países del sur de Europa para frenar esa llegada. A su vez, éstos han reclamado el apoyo del resto para gestionar las entradas irregulares y para ofrecer incentivos a los países de paso para que se implicaran en la evitación de las salidas desde sus territorios. Así, en el marco de las negociaciones entre Marruecos y la UE para la firma de su acuerdo de asociación, ésta consiguió que Marruecos colaborara en la vigilancia de sus costas para impedir la salida de pateras con inmigrantes desde ellas, una vigilancia que se mantiene desde el año 2004. A consecuencia de ello, los inmigrantes subsaharianos se desplazaron hacia el este (Libia) y hacia el sur (Mauritania y después Senegal), provocando un aumento considerable de las llegadas a Italia desde Libia y la sustitución del sur de la península por las Islas Canarias como punto de destino.

Italia, por su parte, intenta desde el 2003 la firma de un acuerdo de readmisión con Libia y conseguir su apoyo para frenar la salida de emigrantes, en el marco del acercamiento de Libia a las instituciones europeas una vez que la ONU levantó las sanciones internacionales contra este país por su participación en el atentado de Lockerbie de 1988. Tras largas negociaciones y avances y retrocesos durante los años siguientes, finalmente Libia exigió compensaciones económicas en forma de indemnización por los daños causados por Italia durante su etapa colonial en el país (1911-1943). El acuerdo entró en vigor en 2009 e Italia pagará su indemnización, establecida en 5.000 millones de dólares, a lo largo de 25 años. Pero ya desde el 2003, tras la entrega por Italia de varias fragatas, radares y otro material de control marítimo, Libia comenzó a detener a inmigrantes que intentaban llegar a Italia, en su mayoría procedentes de otros países del norte de África. Además, Libia expulsa con frecuencia desde los años 60 a inmigrantes irregulares subsaharianos y del norte de África (no necesariamente de paso). Según Human Rights Watch, entre 2003 y 2005 expulsó a 145.000 subsharianos.[2] También Túnez se ha convertido desde los años 90 en país de tránsito de inmigrantes hacia Europa, tanto norteafricanos como subsaharianos, y en 1998 firmó un acuerdo de readmisión con Italia.

La estrategia de la UE y de los países del sur de Europa de “externalizar” el control de los flujos irregulares a través de la cooperación de los países de paso ha recibido numerosas críticas por cuanto permite que Estados autoritarios que no garantizan el respeto a los derechos humanos de los inmigrantes se ocupen de su retención y expulsión. La decisión de Marruecos de dejar abandonados en el desierto argelino, sin agua ni víveres, a varios cientos de inmigrantes subsaharianos expulsados tras el fracaso de su asalto a las vallas de Ceuta y Melilla en el año 2005 fue el ejemplo más destacado de las prácticas inaceptables a las que la presión europea podía dar lugar en los países de paso.

En conjunto, la inmigración que no logra atravesar hacia Europa se encuentra a menudo forzada a permanecer en los países de paso, de forma que éstos se convierten en países de recepción de una inmigración estable y sin derechos, que malvive con trabajos marginales. Existen pocos datos sobre esa inmigración retenida: en Marruecos las estimaciones del Ministerio del Interior hablan de unas 20.000 personas. En Libia entre 8.000 y 10.000 personas se encontraban en centros de internamiento para inmigrantes irregulares antes del inicio de la crisis actual. Dada la muy escasa fiabilidad de las estadísticas libias en este aspecto, resulta imposible saber cuántos de los inmigrantes subsaharianos residiendo en Libia son “de paso” y cuántos son estables o de migración circular entre los países del Sahel y el sur de Libia.

(3) La emigración desde los países del norte de África
Con la excepción de Libia, los países del norte de África son emisores netos de emigración desde mediados del siglo XX, en un movimiento dirigido básicamente hacia la antigua metrópoli francesa en el caso de Argelia, Túnez y Marruecos. Egipto, antiguo protectorado británico pero no miembro de la Commonwealth, ha desarrollado una pauta migratoria diferente, dirigida en su gran mayoría hacia otros países árabes, especialmente a los del Golfo Pérsico.

La emigración ha sido durante décadas una espita de salida de la tensión social creada por un fuerte crecimiento de la población joven a lo largo del siglo sin correspondencia con un aumento similar de los puestos de trabajos. En toda el área la natalidad se ha reducido de forma sustancial en las últimas décadas hasta alcanzar niveles europeos en el Magreb, con una media de 2,2 hijos por mujer, aunque más alta por ahora en Egipto, con tres hijos por mujer. Pero esta reducción de la natalidad tardará décadas en producir una disminución de la población total y de la población en edad laboral, a causa del gran tamaño actual de las cohortes jóvenes y fértiles. La carencia de oportunidades laborales (o de oportunidades atractivas) y el descontento con el estado general de sus países, combinado con la atracción que ejercen las sociedades europeas, crea una voluntad de emigrar muy extendida entre la población joven. Tanto los informes sobre el desarrollo en el mundo árabe del PNUD como algunas encuestas nacionales propias indican que la emigración hacia Europa es un deseo para la mayor parte de los adolescentes y jóvenes (Marruecos) o para una gran parte de ellos. El Mediterráneo constituye la frontera migratoria de mayor desigualdad en el mundo: según estimaciones del FMI, el Producto Nacional Bruto per cápita español es 10 veces el de Marruecos, mientras que en la otra gran frontera migratoria, la que separa México de EEUU, la relación es sólo de cinco a uno.

El bajo nivel educativo y el predominio masculino son característicos de la migración del Magreb hacia Europa, mientras que, en una llamativa diferencia, la migración de nivel universitario se dirige hacia EEUU y Canadá como resultado de las políticas de selección que llevan a cabo ambos países. En el caso egipcio, su emigración hacia los países del Golfo incluye tanto trabajadores poco cualificados como profesionales universitarios: se trata de una migración temporal, aunque el período de estancia dure años, constituida casi exclusivamente por varones (95%). Como en el caso del Magreb, su emigración hacia EEUU y Canadá es cualificada.

La migración desde el Magreb se encuentra cada vez con más dificultades en Europa, donde las puertas a la nueva migración económica se cerraron en el centro y norte tras la crisis económica de mediados de los años 70 y se han cerrado en Europa del sur por la crisis actual. A pesar de ello, la reagrupación familiar ha permitido un continuo aumento de la población de origen magrebí en Europa, que ronda los 10 millones de personas (incluyendo a las segundas generaciones). También la migración egipcia a los países árabes del Golfo Pérsico tropieza con la creciente competencia laboral de los emigrantes que proceden de países asiáticos más pobres, dispuestos a aceptar salarios más bajos o peores condiciones de trabajo.

El relativamente bajo nivel educativo de la migración del norte de África hacia Europa (en comparación con la que proviene de otras áreas geográficas) dificulta su integración laboral y social. También los datos sobre las segundas y terceras generaciones de inmigrantes de origen magrebí en Europa muestran un menor éxito educativo y ocupacional que el de los inmigrantes de otros orígenes y este relativo fracaso causa frustración y humillación y constituye un campo de cultivo para los mensajes antioccidentales del radicalismo islamista.

Tabla 2. Volumen y principales destinos de los emigrantes del Magreb y Egipto, 2008


País

Número

Marruecos

Total: 3.500.000

Francia: 1.131.000

España: 732.000

Italia: 379.000

Libia: 120.000

EEUU y Canadá: 160.000

Argelia

Total: 1.200.000

Francia: 1.000.000

Túnez

Total: 1.000.000

Francia: 578.000

Italia: 142.000

Libia: 84.000

Egipto

Total: 6.000.000 (1)

Golfo Pérsico: 5.500.000

Europa (Italia y Grecia): 200.000

(1) El dato se refiere a las emigraciones producidas entre 2000 y 2007.
Fuente: CARIM, Migration Profiles e Informe sobre Egipto del proyecto “Labour Market Performance and Migration Flows in Arab Mediterranean Countries” de J. Wahba.

(4) La crisis política y su efecto sobre las migraciones internacionales en el mundo árabe
Las protestas políticas y la inestabilidad causada por ellas y por su represión han tenido un efecto inmediato sobre la migración en varios de los países afectados: el caso más destacado es el de Libia, cuya guerra civil ha causado ya la salida del país de unos 200.000 inmigrantes que, según cálculos de la ONU, han abandonado Libia para volver a sus países de origen. La mayor parte de estos retornados son egipcios y tunecinos, seguidos en número por europeos y chinos. La ONU informa de violencia por parte de cuerpos de seguridad libios en la frontera de Libia y Túnez para evitar que los emigrantes tunecinos o egipcios abandonen el país y para obligarlos a regresar a sus puestos de trabajo en Trípoli, donde son necesarios para el funcionamiento de muchos servicios básicos. En el país siguen, por otra parte, varios cientos de miles de subsaharianos que están siendo objeto de persecución entre los contrarios a Gadafi desde que el régimen contratase a mercenarios subsaharianos para disparar contra los manifestantes. Aunque esta animadversión contra los inmigrantes subsaharianos ha provocado protestas de varios Estados africanos, ninguno ha organizado una campaña de repatriación de sus emigrantes, como sí hicieron en el año 2000 tras las jornadas de violencia contra sus nacionales. ACNUR también ha expresado su preocupación por el destino de varios miles de inmigrantes palestinos, eritreos o somalíes que se encontrarán con dificultades para regresar a sus países de origen.

De forma inmediata al inicio de la crisis y aprovechando la disminución de la vigilancia, se ha producido un aumento de la inmigración irregular hacia la isla italiana de Lampedusa desde las costas tunecinas, a una distancia de unos 100 km, que hasta ahora (17 de marzo) se ha traducido en unas 7.300 personas, la gran mayoría tunecinas. Para contextualizar este dato conviene recordar que ésta no es ni de lejos la mayor llegada a suelo europeo de inmigración irregular africana: en el verano del 2006 llegaron a Canarias 25.000 subsaharianos en cayucos. La actual “avalancha” ha causado una gran alarma en Italia, cuyos dirigentes han hablado de “éxodo bíblico” y pronosticaron en febrero la llegada de hasta 300.000 irregulares, muy lejos del flujo que se ha producido hasta ahora. En cualquier caso, Italia ha solicitado a la UE con carácter de urgencia una aportación de 100 millones de euros para la gestión de esta inmigración, avances decididos y rápidos en la puesta en común de un sistema de asilo en Europa, ahora fragmentado en cargas y respuestas muy diferentes, y la conversión de Frontex en una agencia operativa en lugar del órgano de cooperación que es en la actualidad.

Por su parte, los cambios en Egipto no han producido un aumento de la salida de emigrantes desde allí, sino, al contrario, una entrada de los migrantes retornados desde Libia, más de 100.000. Ni Argelia ni Marruecos han sido afectados hasta el momento de modo sustancial por esta ola de protestas democratizadoras, ni parece probable que vaya a afectarles, al menos en el corto plazo. En el caso de Marruecos, tras la represión en noviembre de 2010 contra las protestas en el campamento saharaui levantado en las afueras de El Aaiún, 22 saharauis solicitaron asilo en España al llegar a la isla de Fuerteventura, pero sólo 5 de ellos vieron admitida a trámite su solicitud. La Audiencia Nacional falló después a favor de la expulsión de los no admitidos argumentando que no existen indicios de persecución de las autoridades marroquíes contra la población saharaui, lo que cierra la vía a una posible salida de refugiados de este origen hacia España.

Conclusión: Este es el relato de lo sucedido hasta el momento, pero, ¿qué puede ocurrir en adelante? En primer lugar conviene recordar que, dentro de lo previsible, los hechos básicos que motivan la migración o el deseo de emigrar no van a verse alterados de forma sustancial en los próximos años sea cual sea el resultado de la ola actual de protestas. Esto no se refiere, obviamente, a los refugiados que un conflicto bélico produce y que han de ser atendidos por los organismos internacionales competentes y por los países vecinos, entre los que se encuentran los de Europa del sur. Pero, respecto a la migración económica, tanto si finalmente se instalan democracias como si se mantienen dictaduras o, lo que es más probable, un híbrido de ambas, las realidades demográficas y económicas no variarán sustancialmente más que con el largo paso del tiempo.

Lo que sí puede cambiar de forma abrupta es el marco institucional y político que regula esa migración. Los acuerdos que Italia y España han firmado con Marruecos, Libia y Túnez y que han sido importantes para el control de los flujos africanos a Europa, ¿se mantendrían con otros regímenes políticos? Si los cambios dan lugar a gobiernos pro-occidentales, democráticos o no, los acuerdos se mantendrán y la cooperación podrá avanzar en ese continuo tira y afloja que es la relación europea con el norte de África en materia migratoria. Pero si el resultado de los cambios, democráticos o no, son gobiernos antioccidentales, peligra la base en que descansa el control europeo de la inmigración irregular africana. Este segundo y negativo escenario es menos probable que el primero, al menos en la mayoría de los países norteafricanos, pese a que la creciente presencia china en la zona ofrece una nueva posibilidad, antes inexistente, de alianzas estratégicas diferentes a las que ofrece Europa o EEUU. Pero su menor probabilidad no debería echar al olvido su riesgo ni la importancia, en consecuencia, de que Europa intensifique su presencia política en la zona.

Desde la perspectiva española, el hecho de que ni Marruecos ni Argelia, por sus peculiaridades políticas, hayan vivido fuertes movimientos de protesta ni sea probable que vayan a experimentarlos, supone que nuestro país no se verá afectado de forma directa por movimientos migratorios o de refugiados de carácter extraordinario. Sin embargo, como miembro de la UE y del espacio Schengen sin fronteras, España tendrá que asumir un esfuerzo de colaboración que podría incluir el asentamiento de refugiados en su suelo, y puede verse afectada por la movilidad dentro del área Schengen de los inmigrantes irregulares llegados a Italia. De nuevo, de esto sólo se deduce que España debe seguir liderando iniciativas para estrechar los lazos europeos con la orilla sur del Mediterráneo.

Carmen González Enríquez
Investigadora principal de Demografía, Población y Migraciones Internacionales, Real Instituto Elcano


[1] Los datos de la ONU se basan en las estadísticas oficiales de cada país. En algunos casos, como el libio, estas fuentes resultan poco fiables. Los datos oficiales ofrecidos por el gobierno han fluctuado de modo errático en los últimos años, duplicándose o reduciéndose abruptamente de un año al siguiente.

[2] HRW (2006), Informe, septiembre.

 
 
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