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Tema: Kosovo es la última pieza que queda por encajar en el rompecabezas de
la antigua Yugoslavia. Sin embargo, la negativa de Rusia ha dado al traste con los
planes de Occidente de conducir a Kosovo de la mano de la ONU por una transición
sin tropiezos hacia la independencia. El 20 de julio, los países occidentales,
en vista de la oposición rusa, abandonaron finalmente los intentos de aprobar
una resolución relativa a Kosovo en el Consejo de Seguridad.
Resumen: Los diplomáticos occidentales han invertido un
considerable esfuerzo en planear la independencia de Kosovo y esperaban que, a
estas alturas, Kosovo estuviera ya cerca de conseguirla. No esperaban que Rusia
fuera a echar por tierra sus planes. Ahora cabe esperar más negociaciones sobre
el futuro de esta provincia serbia, pero es discutible que pueda extraerse algo
de ellas. La mayoría de etnia albanesa de la población kosovar exige la
independencia de la provincia y el no conseguirla podría dar lugar a actos de
violencia. A lo sumo, las negociaciones son sencillamente una idea para tratar
de ganar tiempo hasta que la UE y EEUU estén preparados para desafiar a una Rusia
en pleno resurgimiento y reconocer una declaración unilateral de independencia
de los albanokosovares.
Análisis: La primera norma al hablar de los Balcanes es “esperar
lo inesperado”. Y esa norma ha demostrado ser tan aplicable como antaño cuando se
trata de encontrar una solución a la controvertida cuestión de Kosovo, la
provincia meridional de Serbia. De hecho, lejos del optimismo que caracterizaba
las expectativas y los escenarios previstos por los diplomáticos occidentales
el año pasado, un diplomático de la UE cercano al proceso resume hoy la
situación de la siguiente manera: “Estamos en un punto muerto”. Sin embargo, el
motivo de ello no radica en los Balcanes, sino en Rusia, que ha conseguido
echar por tierra toda esperanza de una transición sin tropiezos hacia la
independencia del territorio, bajo jurisdicción de la ONU desde 1999.
El 26 de
marzo, el ex presidente de Finlandia, Martti Ahtisaari, a quien la ONU pidió en
2005 que presidiera la búsqueda de una solución al problema kosovar, presentó
al Consejo de Seguridad un plan de “independencia supervisada”. Desde entonces se
han distribuido numerosos proyectos de resolución sobre esta cuestión (cinco o
seis, dependiendo de cómo se cuenten), todos ellos rechazados por Rusia, cuyos
diplomáticos afirman oponerse a cualquier solución que no haya sido acordada por
serbios y albanokosovares. El 12 de julio, Sergei Lavrov, ministro de Asuntos
Exteriores de Rusia, declaró: “Como saben, únicamente podemos apoyar un
proyecto de resolución que resulte aceptable para ambas partes, Pristina y
Belgrado”. De esta forma, dejó claro que haría uso de su poder de veto si los
países occidentales insistían en poner sobre la mesa una resolución que no
contara con su previa aprobación. Hacia la tercera semana de julio parecía cada
vez más probable que la siguiente fase del intento de resolver el problema de Kosovo
fuera a producirse fuera del marco de la ONU. Zalmay Khalilzad, embajador de EEUU
ante las Naciones Unidas, declaró el 18 de julio: “O el Consejo de Seguridad se
encarga de este asunto, con una actitud constructiva por parte de Rusia, dando un
paso en la dirección adecuada, o ésta será responsable de que el proceso salga
del Consejo”. Esto es exactamente lo que sucedió el 20 de julio, cuando los
países occidentales llegaron a la conclusión de que los intentos en curso de
encontrar una solución en el marco de la ONU habían fracasado.
Kosovo, cuya
población se calcula en torno a los dos millones, es el último gran problema
sin resolver resultante del desmembramiento de la antigua Yugoslavia. A
diferencia de los seis Estados sucesores de Yugoslavia (Serbia, Montenegro,
Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Eslovenia), Kosovo no era una
república yugoslava de pleno derecho, sino una provincia autónoma de Serbia.
Sin embargo, el 90% de su población, de etnia albanesa, pedía desde antes de la
desintegración de Yugoslavia el estatuto de república para la provincia, y desde
entonces ha venido pidiendo su plena independencia.
En 1989, el
líder serbio Slobodan Milosevic abolió la autonomía de Kosovo. Cuando
estallaron las guerras en Croacia y Bosnia a principios de la década de 1990,
los albanokosovares, por aquel entonces dirigidos por Ibrahim Rugova, decidieron
optar por una resistencia pasiva. Carecían de los medios necesarios para emprender
una guerra contra Serbia y, por otro lado, temían que la provincia fuera objeto
de una limpieza étnica en caso de hacerlo. Sin embargo, esa situación cambió
radicalmente en 1997, cuando el colapso del Gobierno y las autoridades de
Albania condujo a una situación en que era posible adquirir decenas de miles de
armas a bajo precio y pasarlas de contrabando al otro lado de la frontera. En
ese momento, una serie de hombres que hasta entonces habían estado al margen de
la política pasaron a ocupar una posición central, y así estalló la rebelión
del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK).
El ELK no tuvo
de por sí mucho éxito desde el punto de vista militar; su triunfo radicó en
involucrar a la OTAN de parte de los albaneses. Tras la campaña de bombardeos de
la OTAN en 1999, que duró 78 días, las fuerzas de seguridad serbias (y la
Administración de ese país) abandonaron la provincia.
Los bombardeos
acabaron con la resolución 1244 del Consejo de Seguridad, por la que se
estableció una Misión de Administración Provisional de las Naciones Unidas en
Kosovo (UNMIK). En ésta, también se especificaba que Kosovo era una parte de la
entonces República Federativa de Yugoslavia, de quien Serbia constituye el
Estado sucesor actualmente, pero añadía que en el momento de la solución
definitiva debían tenerse plenamente en cuenta los acuerdos de Rambouillet de
1999 (rechazados por Serbia), en los que se hablaba de “una solución definitiva
sobre la base de la voluntad del pueblo”. En otras palabras, incluía una
contradicción fundamental entre dos aspectos que en la actualidad vuelven a
atormentar a los diplomáticos, ya que éstos encuentran enormemente difícil, por
no decir prácticamente imposible, conciliarlos. Esos dos aspectos son el
derecho a la autodeterminación de los albaneses y la integridad territorial de
Serbia.
En 2004 se
desató una ola de violencia que se propagó como la pólvora en toda la
provincia. Esto empujó a la ONU a pedir a Ahtisaari que trabajara en la
cuestión del estatuto definitivo de la provincia. Durante gran parte de 2006,
serbios y albanokosovares celebraron desganadas negociaciones en Viena.
Obviamente, no consiguieron ponerse de acuerdo sobre si Kosovo debería o no ser
independiente, de forma que el equipo de Ahtisaari trabajó en un plan que
terminaba recomendando una “independencia supervisada” de la provincia. En él se
preveía un Kosovo que, aun disfrutando de todo lo que implica una categoría de
Estado, estaría en realidad sometido, durante los próximos años, a un férreo
control internacional. En el plan se preveía no sólo mantener la actual fuerza
de mantenimiento de la paz de la OTAN, compuesta por 16.000 efectivos, sino también
que otras dos instituciones reemplazaran a la UNMIK. La mayor de ellas sería
una misión de policías y jueces de la UE que ayudaría a mantener la seguridad
en el país y la segunda sería la Oficina Civil Internacional (OCI), dirigida
por un “representante” y que funcionaría de forma parecida a la Oficina de un gobernador
general, con competencias considerables para intervenir en la vida diaria. En
esto, la idea de la OCI se basó en el ejemplo de la Oficina del Alto
Representante en Bosnia y Herzegovina, en la cual, al igual que estaba previsto
para Kosovo, el representante ejercería al mismo tiempo las funciones de representante
especial de la UE. El plan también preveía un elevado nivel de autonomía para las
áreas habitadas por serbios (se calcula que en Kosovo hay en torno a 130.000).
Aunque la
misión de Ahtisaari era técnicamente una misión de la ONU, a todos los efectos
prácticos fue creada, alentada y seguida por el Grupo de Contacto, que también
estableció una serie de directrices para las negociaciones. El Grupo de
Contacto está constituido por seis países de gran tamaño y desde hace tiempo
sirve de foro para tratar de coordinar las políticas en la antigua Yugoslavia.
Estos seis países son EEUU, el Reino Unido, Rusia, Francia, Alemania e Italia.
Aunque los
rusos aceptaron todo esto, incluido el papel de Ahtisaari, siempre dejaron muy
claro que se oponían a la independencia de Kosovo, citando desde la posibilidad
de que pudiese sentar un precedente para los separatistas en España hasta los
“conflictos congelados” de la extinta Unión Soviética. Sin embargo, en ningún
momento durante 2006 los diplomáticos occidentales se tomaron en serio esa
oposición. Dieron por sentado que la creciente, y cada vez más audible,
oposición rusa no se trataba más que de un intento de aumentar el precio que
habría que pagar si finalmente se terminara acordando intercambiar la
independencia de Kosovo por alguna otra cosa en otro lugar. Un diplomático de
alto nivel de la UE procedente de un antiguo país comunista declaró: “Les dije
a mis colegas que esta vez los rusos iban en serio, que hablaban en serio,
(...) pero se limitaron a contestar que sabían lo que hacían”.
A partir del
26 de marzo se distribuyeron en el Consejo de Seguridad diversos proyectos de
una posible resolución; básicamente, en todos ellos se aprobaba el plan Ahtisaari
y, por tanto, se preveía la independencia de la provincia. Rusia se opuso a
todos ellos. A principios de junio, Kosovo fue objeto de debate durante la
Cumbre del G-8 celebrada en Heiligendamm, Alemania, en la que Nicolas Sarkozy, el
nuevo presidente francés, sugirió que se atrasara seis meses la finalización
del proceso relativo a Kosovo para seguir negociando. Aun así, Sarkozy también dejó
claro que la independencia de Kosovo era inevitable y nombró como ministro de
Asuntos Exteriores a Bernard Kouchner, primer jefe de la UNMIK y conocido
partidario de la independencia de la provincia. Las ideas de Sarkozy se
incorporaron a los últimos proyectos de la ONU, que habían dejado de prever de
forma tan evidente la independencia de Kosovo pero que aun así fueron
rechazados por Rusia. Vitaly Churkin, embajador de Rusia ante las Naciones
Unidas, declaró: “Prácticamente todo el texto... está impregnado del concepto
de una independencia para Kosovo” y señaló que la probabilidad de que se
aprobara en su redacción actual era “nula”, por dos motivos inmediatos. En
primer lugar, los rusos sospechaban que cualquier resolución que no reiterase
la afirmación sobre la integridad territorial de Serbia incluida en la
resolución 1244 se emplearía para justificar el posterior reconocimiento de un
Estado independiente. Y en segundo lugar, los rusos consideraban, con razón,
que el proyecto era una forma de llevar a Kosovo a una independencia de forma
subrepticia.
El motivo de
ello es que EEUU llevaba tiempo insistiendo en que si Rusia se negaba a
permitir que Kosovo adquiriera su independencia por medio del Consejo de
Seguridad, entonces la otra opción principal era que Kosovo se declarara
independiente de forma unilateral y que los países reconocieran esa
independencia de forma bilateral. El problema al que se enfrentaban es que la
UE no se sentía cómoda con esa idea, y sigue sin sentirse, dado que muchos de
sus propios países (entre ellos, España y Eslovaquia) muestran una clara
animadversión hacia la idea de que Kosovo se independice, al tener ellos mismos
temores separatistas propios. Por ese motivo se ha considerado necesario, por
lo menos hasta ahora, que el proceso cuente con la aprobación de la ONU para
dotar de legitimidad a la misión de la UE y la OCI. Lo que se teme es que una
declaración unilateral de independencia genere una situación de caos si se
retira la Misión de la ONU y a su vez la parte norte de Kosovo ocupada por serbios
declara su propia independencia de Kosovo. Por ello, en el proyecto definitivo distribuido
en julio se pedían 120 días más para negociar, durante los cuales la ONU
transferiría el control a la UE y la OCI. En otras palabras, cuando fracasaran
esas negociaciones, algo que sucedería de forma inevitable, resultaría mucho
más fácil proceder a una declaración unilateral de independencia, ya que la
misión de la UE y OCI ya estarían allí y por tanto podrían mantener las
operaciones, y en ese punto resultaría muy difícil que España o Eslovaquia
pidieran que se pusiera fin a la misión de la UE.
Para Rusia la
cuestión nunca ha girado en torno a Kosovo en sí, sino en torno a Rusia y la
exigencia de recuperar el respeto que perdió tras el desmembramiento de la
Unión Soviética. Sin duda, entre muchas de las principales figuras
involucradas, como Churkin y Lavrov, también ha imperado el sentimiento de que
ha llegado el momento de desquitarse con los países occidentales por lo que
consideran una humillación sufrida en la década de 1990, cuando Rusia no logró
impedir el bombardeo de la entonces Yugoslavia. De hecho, Sergei Karaganov,
asesor político de la Administración del presidente ruso Vladimir Putin, dijo
exactamente eso cuando comentó el 16 de junio: “Muchos en Moscú quieren ahora
que norteamericanos y europeos paguen con creces sus acciones con respecto a Kosovo,
aunque no quieran admitirlo públicamente”. En la escena geopolítica mundial, Kosovo
es una moneda de cambio pequeña pero de gran utilidad para otras cuestiones que
incluyen aspectos como la seguridad energética o el escudo antimisiles
propuesto por EEUU. Como afirmó Victor Yasmann en una declaración a RFE, Kosovo
es un “punto débil” de la política occidental y “Rusia se da cuenta de que
cualquier declaración unilateral de independencia para Kosovo que no se ajuste
al procedimiento de la ONU no será reconocido por todos los miembros de la Unión
Europea, lo cual podría generar una división en el bloque”. Como para subrayar
este punto y causar consternación en la UE, que, por rodear a la antigua
Yugoslavia, la considera, más que su patio trasero, su patio interior, Putin, en
una declaración formulada en Zagreb, la capital de Croacia, durante una cumbre
celebrada el 24 de junio, afirmó que los Balcanes siempre habían sido una
“esfera de especial interés” para Rusia y que “era natural que una Rusia en
pleno resurgir volviese a la zona”. La declaración se produjo poco después de
que el presidente Bush, al hablar de Kosovo en Tirana el 10 de junio, declarase
ante los albaneses: “Hay que empezar a moverse... y el resultado final es la
independencia”.
En el propio
Kosovo, los dirigentes albaneses se pusieron aún más nerviosos a medida que iba
siendo aparente que el denominado Plan A, por “Ahtisaari” y a favor de la
independencia, se les escapaba de las manos. Alentados por los diplomáticos
occidentales, habían anunciado ya que Kosovo sería independiente para finales
de 2006. Al no suceder esto, prometieron que la independencia llegaría para
finales de mayo. Cuando eso tampoco sucedió, empezaron a temer que su
credibilidad fuera puesta en tela de juicio y, además, con esas fechas en mente
habían dado por hecho una celebración de elecciones locales (ya vencidas) y
generales (previstas para finales de año) en situación de independencia. Ahora
parece que tendrán que celebrarse antes, posiblemente el 24 de noviembre, lo
cual abre las puertas a una dura campaña en las que se intercambiarán
acusaciones acerca de por qué la situación de Kosovo sigue sin resolverse.
Aparte de eso, también existía el temor de volver a una situación no sólo de
inestabilidad política, sino también de violencia. Como declaró Karen Pierce, representante
permanente adjunta del Reino Unido ante las Naciones Unidas: “Hay que tener presente
que, si no abordamos las preocupaciones del pueblo kosovar, puede que llegue un
momento en el que los acontecimientos sobre el terreno, especialmente en los
Balcanes, se adelanten a lo que queramos hacer nosotros aquí en Nueva York”.
Y parece que eso
se está intentando ya. Dirigiéndose a los veteranos del ELK, Avdyl Mushkolaj,
presidente de una de las principales asociaciones de veteranos, dijo que la
organización, oficialmente disuelta, no se encontraba más que en un “alto el
fuego”. Refiriéndose a la sangre derramada de los compañeros caídos, declaró:
“Ya he dicho miles de veces, y lo vuelvo a repetir, que si se hace peligrar la
cuestión nacional, y Serbia es la única que puede hacerla peligrar, sin duda
tendremos otra guerra”.
A corto plazo,
no parece inminente un regreso a la violencia. Según Visar Reka, antiguo
portavoz del ELK, “los albaneses han desarrollado esta conciencia colectiva de
que cualquier tipo de disturbio jugaría en su contra, y principalmente en
contra de la independencia de Kosovo, ya que daría a los diplomáticos rusos
amplios argumentos para afirmar que no somos más que agitadores”. Aun así,
aunque a principios del verano la balanza se incline hacia no regresar a la
violencia, la probabilidad de que cambie de inclinación hacia el lado contrario
aumenta a medida que va avanzando el año.
Al alcanzar la
tercera semana de julio la frustración iba en aumento, y no sólo entre los
albanokosovares. A medida que se iba haciendo evidente que la vía hacia una
solución por intermediación del Consejo de Seguridad estaba bloqueada, se
intentó encontrar un modo de salir del punto muerto fuera de la ONU. Y ello a
pesar de la advertencia del primer ministro serbio, Vojislav Kostunica, de que eso
no era posible y de que Serbia se enfrentaba actualmente a EEUU en una extraordinaria
lucha entre la “fuerza y el derecho” en la que “sólo podían triunfar el derecho
para el caso de Kosovo”. El 17 de julio, Javier Solana, responsable de la
política exterior comunitaria, declaró, tras reunirse con Ahtisaari, que se
estaba haciendo un último intento para tratar de aprobar una resolución en la
ONU, pero que, “de no resultar eso posible”, creía “que el Grupo de Contacto reanudaría
las negociaciones durante 120 días más”. Y parece que eso es lo que está a
punto de suceder. El 25 de julio se informó de que se había previsto en Viena
una reunión de Grupo de Contacto para decidir qué próximas medidas adoptar.
Realmente,
parecía que la finalidad de esas negociaciones (y ahora hasta acciones) era
ganar tiempo, a falta de una idea mejor. Después de todo, Rusia es miembro del
Grupo de Contacto, al igual que del Consejo de Seguridad, y como señaló Veton
Surroi, miembro del equipo de negociación albanokosovar y ministro de Asuntos
Exteriores de facto, en realidad nadie
estaba diciendo “de qué debían hablar”. Aunque los diplomáticos declararon que
el período adicional de negociaciones, requerido por Rusia y Serbia, era
necesario para “dar ese paso más”, Surroi respondió que una vez que ya se ha
corrido una maratón, “¿de qué sirve dar un paso más?”. Pues parece que para dos
cosas. En primer lugar, más allá de ganar tiempo, ni EEUU ni la UE estaban aún
preparados para enfrentarse a Rusia en torno a la cuestión de Kosovo ni de
animar a éste a declarar su independencia de forma unilateral, algo que según Agim
Ceku, primer ministro de la provincia, están dispuestos a hacer. En segundo
lugar, presuponiendo que las negociaciones no lleven a ningún acuerdo, fuentes
de la UE apuntaron a que emplearían ese tiempo para lograr una masa crítica de
Estados miembros dispuestos a reconocer un nuevo Estado kosovar sin la
aprobación de la ONU. Con esa masa crítica se pensaba que el Gobierno de
Kosovo, a cambio del apoyo y el reconocimiento, invitaría a la misión de la UE
y a la OCI a entrar en él.
En el momento
de redactarse este informe circulaban diversas ideas sobre las nuevas
negociaciones. Una de ellas es que las negociaciones adoptarían la forma de una
diplomacia itinerante. Otra era que en otoño se convocaría una conferencia
siguiendo la línea de la celebrada en Dayton, que puso fin a la guerra de
Bosnia en 1995. Algunas mencionaban París como un posible emplazamiento, lo cual
hizo recordar las fallidas negociaciones de Rambouillet, que se celebraron
justo a las afueras de esa ciudad en 1999 y que precedieron al inicio del
período de bombardeos de la OTAN. Otras mencionaban Bruselas. Entretanto,
mientras los diplomáticos discutían nuevas ideas sobre las negociaciones, no
parecía estar nada claro lo que podría conseguirse con ellas, más allá de ganar
tiempo. También existía bastante confusión en torno al concepto en sí de las nuevas
negociaciones, ya que un diplomático explicó que, a pesar de ellas, se mantendría
en pie en plan Ahtisaari y que, a pesar de que estuviera circulando la idea de buscar
otro negociador, Ahtisaari permanecería en su puesto.
Sin duda esa
nube de confusión se disipará pronto, pero entretanto ha hecho que la vieja
idea de la partición cobre fuerza de nuevo. Aún está por ver si esa opción
llegará a materializarse, pero es cierto que actualmente está siendo debatida
abiertamente por diplomáticos, políticos y miembros de la prensa. La idea sería
que Kosovo adquiriera la independencia a cambio de renunciar a la parte norte
de su territorio, habitada por serbios, donde se calcula que viven menos de la
mitad de los serbiokosovares. Puede que los albanokosovares no se opongan a esa
opción si realmente llega a ponerse sobre la mesa, a condición de que, a
cambio, Serbia ceda a Kosovo las áreas habitadas por albaneses del valle de
Presevo, algo poco probable, especialmente porque la principal carretera
norte-sur de Serbia y el eje ferroviario que la conecta con el puerto griego de
Tesalónica atraviesan justo esa zona. Dicho esto, el principal problema de la
partición sigue siendo el de siempre: si se pueden cambiar las actuales
fronteras de Kosovo, ¿por qué no redefinir las de Macedonia y Bosnia y después
también las de los países fuera de la antigua Yugoslavia?
Conclusión: Si se analiza el origen de los conflictos en
Yugoslavia, puede argüirse fácilmente que Kosovo fue la mecha que encendió una
serie de conflictos que acabarían por destruir el país. Desde la desaparición
de Yugoslavia, se ha predicho en numerosas ocasiones que, al final, para cerrar
el capítulo de la historia yugoslava, el conflicto volvería a sus raíces:
Kosovo. Lo que se ha visto claro ahora es que la cuestión de esta minúscula
porción de terreno ha pasado a formar parte de una empresa mayor, que tiene que
ver con el regreso de Rusia a la escena internacional, de forma que sus dos
millones de personas se ven obligadas de momento a permanecer en el limbo, sin
saber cuál será su futuro.
Tim Judah Periodista, especialista en la zona de los Balcanes
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