|
Introducción
La implicación y el interés de
España en Líbano no son nuevos. A lo largo de los siglos, España ha estado
presente en Líbano con sus intereses educativos, religiosos y económicos.
Existe una pequeña comunidad de ciudadanos españoles viviendo en Líbano, la
mayoría casados con ciudadanos libaneses, al mismo tiempo que existe una comunidad
de libaneses viviendo en España, algunos de los cuales han adquirido la
nacionalidad española. También cabe mencionar la trágica muerte del embajador
español Pedro Manuel de Arístegui durante la guerra civil en Líbano de 1989. Arístegui
fue el tercer diplomático extranjero (los otros dos fueron el embajador estadounidense
Francis Meloy Jr. y el embajador francés Louis Delamarre) en perder la vida
durante la guerra civil que asoló Líbano durante 15 años.[1]
En este estudio se expondrá el
contexto histórico y político de la situación existente en el sur de Líbano
desde 1967. También se examinará el papel de Hezbolá, su filosofía religiosa,
militar y política y su estrategia en Líbano y en la región. Posteriormente se pasará a valorar las causas y los resultados de la guerra que tuvo
lugar en el verano de 2006 y sus consecuencias para la política local, regional
y global, para centrarnos a continuación en la participación militar de España
en Líbano, entre otras cosas en sus proyectos educativos y de desarrollo,
particularmente en las relaciones entre el contingente aportado por España a la
FPNUL y la población local del sur de Líbano: ¿Cómo reaccionó la población local
a la presencia de soldados españoles? Por último, se formulan una serie de
recomendaciones sobre la futura participación española en las actividades de
mantenimiento de la paz en el sur de Líbano.
El principal objetivo de este
estudio es presentar una perspectiva analítica global de la situación en el sur
de Líbano y la participación de la FPNUL. Esperamos que este documento pueda usarse como parte del material informativo que se presente a las tropas españolas
antes de su despliegue en el país de los cedros. El estudio se basa en las
fuentes disponibles en árabe, francés e inglés, y se han usado recortes de
prensa de Líbano para ofrecer una perspectiva poco común de cómo perciben los
libaneses la presencia española en Líbano y cuál es su reacción al respecto.
El sur de Líbano: una breve
reseña histórica
Hasta 1967, el sur de Líbano era
una zona tranquila poblada mayoritariamente por agricultores chiíes y
comunidades rurales drusas y cristianas. Tras la guerra entre árabes e
israelíes que tuvo lugar en junio de 1967, la situación cambió radicalmente. La
resistencia palestina adoptó el sur de Líbano como base de sus acciones
guerrilleras contra Israel, que reaccionó llevando a cabo incursiones de
castigo, fundamentalmente en el sur de Líbano, y bombardeando reiteradamente
más de 150 pueblos y aldeas. En mayo de 1970, tras una serie de operaciones de
guerrilla a manos de los palestinos, el ejército israelí invadió Líbano por
primera vez, lo que supuso el principio del fin para muchos pueblos y aldeas
del sur del país. Al Jiyam, por ejemplo, en su día una de las localidades más
prósperas y pobladas del sur del país, vio como su población se reducía durante
el decenio siguiente, desde 30.000 habitantes hasta 32.[2] Cuando en 1978 Israel entregó finalmente Al Jiyam a su aliado libanés, el
comandante Saad Haddad (comandante del Ejército del Sur de Líbano ?ESL?, creado
y apoyado por Israel), sus habitantes fueron trasladados a una mezquita como si
de ganado se tratase. “Caímos al nivel de Haddad”, declaró un especialista
militar israelí. “Presencié cómo sus hombres disparaban a 70 personas a sangre
fría en Al Jiyam”.[3] En 1978, Israel también entregó los cuarteles de Al Jiyam a los milicianos de
Haddad, quienes, a su vez, los transformaron en un campo de concentración.
En 1972, como represalia por el
atentado del grupo terrorista palestino Septiembre Negro contra los atletas
israelíes durante los Juegos Olímpicos de Munich, en el que murieron 11
atletas, Israel volvió a bombardear Líbano, acabando con la vida de más de 400
civiles. En agosto de 1974, Israel adoptó una política de ataques preventivos
que fue aprobada oficialmente por el gabinete israelí en 1979. Los ataques
contra las bases de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en
aldeas fronterizas se convirtieron en algo prácticamente diario. En 1975, con
el estallido de la guerra civil en Líbano, Israel mantuvo sus operaciones
militares principalmente en el sur del país, invadiéndolo en marzo de 1978,
para “acabar con las bases terroristas a lo largo de la frontera”. Las
consecuencias humanas de esa invasión fueron trágicas: las autoridades
libanesas calcularon que el total de bajas libanesas y palestinas se situó en
1.168 muertos, casi la mitad de ellas civiles. Miles de libaneses tuvieron que
abandonar sus hogares en el sur del país y buscar refugio en los barrios más
pobres del extrarradio de un Beirut devastado por la guerra.[4] Esos libaneses desplazados pasaron a alistarse voluntariamente para la guerra
de la OLP contra Israel en el sur de Líbano.
El 19 de marzo de 1978, el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó su resolución 425, cuyo
proyecto fue presentado por EEUU. En la resolución se exhortaba a Israel a que
cesara inmediatamente su acción militar contra la integridad territorial
libanesa y retirara sin dilación sus fuerzas de todo el territorio libanés. Se
estableció una Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en Líbano (FPNUL) para
que actuara como barrera entre Israel y sus aliados y los grupos guerrilleros
que operaban en el sur de Líbano, fuerza que este año celebra sus 30 años de
presencia en el país. También estaba previsto que esta Fuerza, compuesta
inicialmente por 5.000 soldados, ayudase al gobierno libanés a ampliar su autoridad
en el sur del país (con tropas de Fiyi, Finlandia, Francia, Ghana, Irlanda,
Italia, Nepal y Polonia). La FPNUL ha perdido a 250 soldados desde 1978, siendo
el contingente irlandés el que más bajas ha sufrido, con 36 soldados muertos.[5]
Israel consideró insuficiente la
resolución 425 por no condenar el “terrorismo”. Aunque ha sido de poca ayuda
para el objetivo del gobierno libanés de restablecer su control sobre el sur de
Líbano (hasta la guerra de 2006, se entiende, véase más abajo), la FPNUL ha desempeñado,
y sigue desempeñando, un importante papel en la prestación de servicios
sociales y médicos a los habitantes de la región que sufren diariamente como
consecuencia de los bombardeos por aire y tierra de Israel. La FPNUL sigue suponiendo
una demostración simbólica del apoyo de la comunidad internacional al pueblo libanés.
En junio de 1978, Israel retiró sus tropas del sur de Líbano, dando lugar a una
nueva situación en la frontera entre Líbano e Israel. Se establecieron milicias
cristianas entrenadas y apoyadas por Israel para actuar como “guardianes” de la
denominada “zona de seguridad”, una franja de la frontera libanesa de entre ocho
y 16 millas de ancho y con una superficie de entre 900 y 960 millas cuadradas que abarca desde la costa libanesa al oeste hasta la localidad de Maryayun al
este. Las fuerzas libanesas aliadas de Israel pasaron a conocerse como el
Ejército del Sur de Líbano (ESL).
En 1982, el gobierno israelí de Menachem
Begin lanzó una ofensiva militar a gran escala contra Líbano. Su objetivo era
destruir la infraestructura militar de la OLP, debilitar la presencia siria (las
tropas sirias entraron en Líbano a principios de 1976 como parte de la Fuerza
Árabe de Disuasión) e instaurar un liderazgo cristiano maronita que fuese
proisraelí y terminase conduciendo a la firma de un tratado de paz con el
Estado judío.[6] La operación “Paz para Galilea” resultó un desastre militar en el que Israel
perdió a más de 600 soldados y experimentó su primer episodio de publicidad
negativa. Más de 17.000 civiles libaneses perdieron la vida y más de 30.000
resultaron heridos.[7] La invasión, que llegó a la capital de Líbano, Beirut, despertó al “genio” chií
en el sur de Líbano. Irritados por la intromisión de los combatientes
palestinos, los chiíes consideraron la invasión la ocasión perfecta para liberar
al sur de las fuerzas de la OLP y podrían haberse convertido en potenciales
aliados de Israel. Sin embargo, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI)
malinterpretaron las intenciones de los chiíes y adoptaron una política de
maltrato contra ellos. Las FDI y sus aliados libaneses pagaron muy caro ese
error.
En 1985, Israel retiró sus tropas
de la mayor parte del sur de Líbano, manteniendo el control de la “zona de
seguridad” mediante su adlátere, el ESL. La política oficial de Israel en la
“zona de seguridad” y las aldeas que la rodeaban fue una mezcla represiva de
migraciones forzosas, presión económica y guerra psicológica. En la zona
ocupada, Israel y el ESL impusieron un aislamiento total a la población local,
abriendo las puertas a aquellos libaneses que quisieran marcharse pero
impidiendo la entrada a quienes lo quisieran, a excepción de los pocos
privilegiados que conseguían obtener un permiso de la inteligencia israelí y el
ESL. Consolidando su ocupación del sur de Líbano, Israel se aseguró de que
ningún grupo confesional único constituyera la mayoría de la población. Para ello forzó traslados de la población y una segregación sectaria. Un ejemplo
de esto fue el corredor de pueblos y aldeas que se extendía desde Jezzine,
mayoritariamente cristiana, en dirección sur, hacia Maryayun, de mezcla
musulmana y cristiana. A medio camino de ese corredor se sitúa Rihan, en su día
una localidad musulmana chií, que Israel vació de residentes, reemplazándolos
por cristianos de la zona de Az–Zahrani e Iqlim al–Tuffah. Además, Israel
también codicia el agua de los principales ríos del sur de Líbano, el Litani y
el Hasbani.
En 1992, Fida Nasrallah, experta
libanesa en temas de agua, escribió que “Israel no renunciará a su autoproclamada
zona de seguridad en el sur de Líbano sin garantías de que recibirá su parte
del río Litani”.[8] La posición del gobierno libanés es que los recursos hídricos de Líbano apenas
bastan para cubrir las necesidades del país. La totalidad del recorrido del río
Litani se sitúa en territorio libanés, por lo que Israel carece de derechos
ribereños sobre él. No obstante, tras la retirada israelí de Líbano en 2000,
Israel conservó bajo su control parte de la aldea libanesa de Al–Gayar. El
gobierno libanés ha accedido a que Israel instale una bomba de agua justo en la Línea Azul que separa ambos países para abastecer de agua a la población libanesa de esa
aldea. Por lo que respecta a los cerca de 300.000 palestinos que residen en
Líbano, su situación empeoró. El Acuerdo de Oslo de 1993 los situó en tierra en
nadie. Los libaneses de todo el espectro político y sectario se opusieron a
cualquier forma de ayuda que pudiera fomentar su asentamiento permanente en
Líbano. De hecho, el Acuerdo de Taif de 1989 se opone expresamente a esa
posibilidad, dado el precario equilibrio entre las diversas comunidades
sectarias del país. Israel también se opone categóricamente a la repatriación
de los refugiados a sus zonas de origen en Galilea y las ciudades costeras
israelíes.
Justo después de la invasión
israelí de 1982, el movimiento de resistencia libanés pasó a la acción,
encabezado por la “Resistencia Islámica” (Hamas), el brazo armado de Hezbolá
(el Partido de Dios), un movimiento que recibe ayuda económica y militar de
Irán.[9] Los ataques de la guerrilla de Hezbolá obligaron a Israel a retirar sus tropas
de Líbano en 1985. Desde entonces, la Resistencia Islámica se convirtió en fuente de hostigamiento constante contra la ocupación
israelí. Como consecuencia de los constantes ataques de Hezbolá contra las
tropas israelíes, el gobierno del entonces primer ministro Ehud Barak votó en
favor de la retirada unilateral de las FDI de la “zona de seguridad” en el
verano de 2000.
En julio de 1993, Israel lanzó la
operación “Rendición de Cuentas” (o la “Guerra de los Siete Días” desde la óptica libanesa) en el sur de Líbano, para hacer salir de sus escondites a las
guerrillas de Hezbolá que habían llevado a cabo ataques con cohetes Katyusha contra
el norte de Israel. Israel tenía en mente cuatro objetivos:
Obligar
al gobierno libanés a que se enfrentase directamente con la resistencia
libanesa para garantizar la “seguridad” en la frontera septentrional de Israel.
(2) Presionar
a Líbano para que firmara un acuerdo de paz con Israel, similar al acuerdo del
17 de mayo de 1983 entre esos dos países (anulado un año después por el
Gobierno libanés como consecuencia de la presión ejercida por Siria).
(3) Demostrar
al gobierno libanés que su insistencia en respetar el armisticio de 1949 (entre
Líbano e Israel) y la rigurosa aplicación de la resolución 425 de las Naciones
Unidas era superflua.
(4) Desestabilizar
la paz civil en Líbano destruyendo sistemáticamente casas y propiedades y
provocando así desplazamientos masivos forzosos de la población.[10]
Tras un duro ataque de siete
días, intermediarios estadounidenses y sirios forjaron un acuerdo no escrito
entre Israel y Hezbolá. Los israelíes acordaron no bombardear las aldeas
libanesas si Hezbolá acordaba poner fin a los ataques con cohetes contra objetivos
israelíes, acuerdo que fue violado por ambas partes en diversas ocasiones. El gobierno
israelí reconoció en muchas de sus declaraciones que la resistencia de Hezbolá se
había convertido en una característica constante y fastidiosa de la realidad
militar en el sur de Líbano. Por ejemplo, en 1995 la resistencia llevó a cabo
más de 876 operaciones contra las FDI y el ESL, matando a 24 soldados israelíes
y a 29 hombres del ESL.[11] A las guerrillas de Hezbolá se han unido a la guerra en el sur de Líbano otros
grupos libaneses y palestinos opuestos al proceso de paz. Entre esos grupos
figuran los comunistas libaneses, el grupo chií Amal y el Frente Popular para
la Liberación de Palestina–Mando General, en su mayor parte apoyados por la
inteligencia siria. La resistencia libanesa se convirtió en un importante
instrumento de presión de los gobiernos de Líbano y Siria en sus negociaciones
con Israel.
Además, desde 1984 Irán se ha
convertido en un actor muy importante en la política del sur de Líbano. La República Islámica armó, adiestró y financió a grupos chiíes radicales que posteriormente se
unirían bajo la bandera de Hezbolá. La estrategia iraní se basó en la visión
del imán Jomeini de exportar el modelo revolucionario iraní, especialmente a
países donde los chiíes constituyen un porcentaje importante de la población. De esta forma, Hezbolá se convirtió en el eje del proyecto iraní.
Objetivos políticos y
militares de Hezbolá
En una entrevista que realicé a
una fuente fidedigna de Hezbolá, la persona entrevistada me dijo que una de las
principales prioridades del grupo era la resistencia: “Consideramos la
resistencia nuestro principal instrumento porque la experiencia nos ha demostrado
que con un enemigo como Israel la resistencia es la mejor opción”.[12] Según esta misma fuente, otra prioridad del grupo islamista era “combatir la
situación de privación económica de su pueblo, independientemente de su
identidad confesional. Consideramos que existen regiones en Líbano que sufren
privaciones, no sólo por su ubicación geográfica sino también por la política
de abandono adoptada por los sucesivos gobiernos libaneses”. Desde entonces,
Hezbolá ha conseguido convertir la cuestión del sur de Líbano en una
preocupación de carácter nacional y gubernamental.
La filosofía militar de Hezbolá
gira en torno al concepto guerrillero de “resistencia musulmana”. El grupo
islamista considera que sus combatientes presentan una dimensión tanto militar
como civil: viven como civiles entre el conjunto de la población pero son parte
de una estrategia militar. Esta “estrategia defensiva” definida por Hezbolá se
basa en represalias inmediatas ante cualquier ataque de las fuerzas israelíes
contra militantes de Hezbolá ocultos entre la población civil. Esto permite a
los combatientes de Hezbolá que disfrutan del apoyo de los habitantes de las
aldeas del sur de Líbano emprender segundas represalias contra un primer ataque
israelí. El grupo islamista chií libanés considera a sus combatientes parte de
la población civil en tiempos de paz. En tiempos de guerra, los combatientes de
Hezbolá se convierten en una fuerza militar disciplinada, bien adiestrada y
coordinada. Esta coordinación incluye también a la población civil, que presta
apoyo a diversas actividades militares como tareas de observación, intercambio
de información, maniobras y amenazas. Todo esto se lleva a cabo con
independencia del ejército y el gobierno de Líbano.
Hezbolá, al igual que hiciera la
OLP anteriormente, se ha autoconstituido como un Estado dentro del propio
Estado. Es un agente militar y político transnacional que recibe órdenes de
potencias extranjeras como Irán y Siria. El gobierno libanés considera a
Hezbolá una amenaza para la soberanía de Líbano y le ha instado a que entregue
sus amplios arsenales conforme a lo dispuesto en la resolución 1559 del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas. El líder de Hezbolá, Sayed Hasán Nasralá, no
confía en los convenios y las leyes internacionales. En un discurso pronunciado
el 14 de julio de 2006 declaró: “A diferencia de muchos en nuestra nación,
nunca he creído en la existencia de la denominada comunidad internacional”.
Nasralá considera que su grupo tuvo que tomarse la justicia por su mano para
liberar los territorios ocupados del sur de Líbano y sacar a los prisioneros de
las cárceles israelíes. Cree en el derecho de legítima defensa en una “guerra
civil” general a nivel internacional librada en un escenario global. Para
Hezbolá y su líder, como consecuencia de la globalización (que es “salvaje” e
“imperialista”), el mundo está sometido a una explotación y una distribución
desigual de la riqueza, encabezada por los países del Norte a costa de los
pueblos pobres del Sur subdesarrollado. Las convenciones, los convenios y las
leyes internacionales reflejan esa desigual distribución del poder y no son más
que un ejemplo de la lucha de los fuertes contra los débiles.[13]
Fundación y orígenes
de Hezbolá
Para desentrañar las ideas y los objetivos del grupo
islamista libanés me he basado ampliamente en un importantísimo libro escrito
por el jeque Naim Qassem, miembro fundador de Hezbolá y secretario general adjunto
de dicho grupo desde 1991.[14] A principios de la década de 1960, Líbano fue testigo del surgimiento de un
nuevo movimiento clerical que sirvió para revitalizar los grandes principios
del islam en términos tanto clericales como políticos. Los tres principales clérigos
chiíes fueron el imán Musa al Sadr (que fundó el “Movimiento de los Oprimidos”
y las “Filas de la Resistencia Libanesa”, Amal), el jeque Mohamed Mahdi
Shamseddine (que consagró gran parte de su vida a labores intelectuales y a
liderar a la comunidad chií) y Sabed Mohamed Hussein Fadlallah, guía espiritual
de Hezbolá. Cada uno de ellos tenía su propia visión, su propia lógica práctica
y su propio plan de acción, pero todos compartían una creencia en la necesidad
de actuar para provocar un cambio en las condiciones de vida de los chiíes
libaneses en ese momento.[15]
Durante los primeros años de andadura de Hezbolá, el nombre
de Sayed Mohamed Hussein Fadlallah estuvo estrechamente ligado al Partido. Fadlallah
era símbolo de muchos conceptos ideológicos del Partido y guiaba a Hezbolá a
través de una visión madura del islam y del movimiento islámico, al mismo
tiempo que apoyaba al ayatolá Jomeini, líder de la Revolución Islámica en Irán. Aunque a menudo era considerado el líder espiritual de Hezbolá tanto
por los observadores políticos como por los medios de comunicación locales e
internacionales, Fadlallah siempre rechazó cualquier participación en la
actividad organizada de Hezbolá y optó por seguir siendo un clérigo que apoyaba
las directrices del Partido que consideraba acordes a sus opiniones. Las
lealtades de los islamistas libaneses se dividieron entre Amal (el único
movimiento político en aquel momento), los diversos comités islámicos, la
facción misionera y los independientes.
En 1979 triunfó la Revolución iraní liderada por el ayatolá
Ruhollah Jomeini, acompañada de una necesidad creciente y apremiante de
revitalización política en Líbano. Pronto, el ayatolá Jomeini fue designado
principal autoridad religiosa dentro de la comunidad chií (en la que es posible
una “interpretación individual” o ijtihad y los individuos deben seguir
la interpretación religiosa de los clérigos vivos de mayor sabiduría) y surgió
una preocupación en torno a la necesidad de crear una organización islámica
unida. De esta forma, una serie de representantes de los principales grupos
islámicos empezaron a debatir sus percepciones de la actividad islámica en
Líbano. Los resultados de esos debates quedaron resumidos en un documento
final, el “manifiesto de los nueve”, en el que se fijaban los tres siguientes
objetivos: (1) el islam es el programa adecuado, amplio y completo para una
vida mejor; (2) la resistencia contra la ocupación israelí exige un llamamiento
a la yihad (guerra santa); y (3) el liderazgo legítimo le corresponde al
jurista–teólogo (al Wali al Faqih), considerado el sucesor del Profeta y
los imanes. El documento se presentó al ayatolá Jomeini, que dio su aprobación,
autoconfiriéndose el papel de custodio como jurista–teólogo. Diversos grupos
islámicos adoptaron posteriormente el manifiesto, disolviendo sus
organizaciones en favor de este nuevo marco, que posteriormente pasó a
conocerse como Hezbolá. Todo esto tuvo lugar en un momento de solidaridad iraní
con Líbano y Siria. Siria accedió a que la Guardia Revolucionaria iraní pasara a Líbano y se crearon campos de adiestramiento en el
distrito del valle de la Bekaa occidental.
De esta forma, los tres principales objetivos que
constituyen el pilar en el que se fundamenta Hezbolá son: (1) la creencia en el
islam; (2) la yihad; y (3) la autoridad del jurista–teólogo.
(1) La creencia en el islam
Hezbolá considera el islam tanto una convicción como un código
legal. Como código legal, se considera que la sharia queda claramente
descrita tanto en el Sagrado Corán como en las nobles costumbres del profeta (la Sunna) y que cubre todas las necesidades del ser humano. Frente a las
normas permanentes de la sharia, los chiíes permiten un amplio margen de
interpretación para adaptarse a los cambios y al ritmo de los distintos lugares
y las distintas épocas. Por ejemplo, el islam establece una serie de
directrices sobre lo que debe ser un “buen” gobernador o líder, pero deja que
ese líder sea quien elija el régimen de gobierno. De esa forma, la cuestión de
formar gobierno queda libre de normas estrictas y un presidente puede ser
elegido bien mediante votación popular directa o mediante un parlamento.
Aunque, en un plano teórico, la sharia parece llamar
al establecimiento de un Estado islámico, en la práctica Hezbolá considera que ese Estado debería basarse en una elección libre del pueblo.
El Partido aspira a estar en situación de unificar las diversas escuelas de
pensamiento islámico, una empresa en la que han fracasado los juristas
religiosos a lo largo de los siglos, pero Qassem considera más importante
tratar de encontrar puntos en común a nivel político. “Lo que hace falta es que
permanezcamos unidos para enfrentarnos a los desafíos y que no perdamos tiempo
discutiendo el sexo de los ángeles mientras que nuestra tierra es robada y
nuestro futuro se ve amenazado por la hegemonía global”.[16]
(2) La yihad
La yihad (o guerra santa) tiene sus raíces en el
verbo “luchar” o “esforzarse”, y significa esforzarse y hacer todo lo posible
por combatir al enemigo. Se considera que ejerce gran influencia en las
trayectorias de vida de los musulmanes y que es parte integral de las
verdaderas creencias de éstos. “El Profeta (RIP) definió este significado
cuando recibió a un grupo de musulmanes que venía de combatir: “Demos la
bienvenida a esta tropa que ha llevado a cabo esa yihad menor (batalla)
y a quienes aún aguarda la yihad mayor”. Cuando se le preguntó cuál era
ese desafío mayor, el Profeta (RIP) respondió: “La yihad con el alma”.[17] Por tanto, se considera deber de
todo creyente islámico “rechazar y combatir la opresión y luchar contra su yo
interior hacia la victoria de la virtud, la justicia, los derechos humanos y la
rectitud”, a cambio de lo cual se le ofrece una recompensa el Día de la
Resurrección.[18] Los clérigos consideran que la yihad militar adopta dos formas:
(1) La yihad de base, que supone la confrontación entre
los musulmanes y el resto y la entrada en territorios ajenos por motivos no
relacionados con la recuperación de una tierra o la defensa contra una
agresión. Esta forma de yihad no se considera aplicable en la
actualidad.
(2) La yihad defensiva, que supone la defensa por parte
de los musulmanes de su tierra, su pueblo o de ellos mismos frente a una
agresión u ocupación. Esto no sólo se considera legítimo, sino que se considera
un deber de todo verdadero musulmán.[19] El papel de la mujer en este contexto consiste en prestar apoyo y ayudar con el
reclutamiento. Ningún precepto religioso exige a las mujeres esta forma de sacrificio
si existe un número suficiente de hombres para hacerlo.
En lo que respecta a la cuestión del martirio, Qassem
escribe: “Lo único que puede hacer el enemigo es provocar en nosotros el temor
a la muerte. Si hacemos desaparecer ese temor, esa amenaza de muerte pierde su
poder... el martirio llena un importante vacío en el desequilibrio de poder. Es
nuestro deber tratar de derrotar al enemigo con el menor derramamiento de
sangre posible”.[20]
(3) La autoridad del jurista–teólogo (al Wali al Faqih)
Los musulmanes creen que el Profeta es el mensajero, el
portador de la doctrina sagrada de la sharia, que ha sido inspirado para
velar por su aplicación y señalar el camino que debe seguir la nación para su
cumplimiento. Por detrás del referente supremo del Profeta están los infalibles
imanes, empezando por el Comendador de los Creyentes, el imán Alí ibn Abi Taleb,
y acabando por el imán Al Mahdi. Su función es interpretar y aclarar los
diversos aspectos del Mensaje y velar por que se aplique correctamente. En ausencia
de esas interpretaciones, los expertos y clérigos son los encargados de aclarar
lo que entra dentro del ámbito del deber y lo que no, lo que está permitido y
lo que está prohibido. Se considera que la aplicación adopta dos formas: una
individual, vinculada con todas las formas de culto, el trato dado a los demás
y todo lo relativo a la vida diaria y personal; y otra general, relacionada con
la nación en su conjunto, con sus intereses, sus guerras, su paz y su trayectoria
general. Los chiíes consideran que sólo mediante la guardia y custodia del
jurista–teólogo puede conseguirse preservar y aplicar el islam, puesto que es
él el encargado de definir un camino claro para unir a la nación. Es él quien tiene autoridad para decidir sobre cuestiones de guerra y paz, y es
también el custodio de la riqueza de la nación obtenida mediante el zaqat,
el khums y otras fuentes de recaudación. Establece las directrices para
todo Estado islámico desde sus inicios, guiando su cumplimiento de la
jurisprudencia doctrinal y protegiendo los intereses de sus miembros conforme
al islam.
Siguiendo la aplicación del islam del jurista–teólogo, se
consideran responsabilidad de la cúpula de Hezbolá las tareas de “gestionar y
supervisar los detalles y pormenores, las tareas políticas, sociales y
culturales diarias y la yihad contra los invasores israelíes”. Esa
autoridad queda reflejada en su considerable independencia a nivel práctico, ya
que no requiere una supervisión directa o indirecta del jurista–teólogo.[21] Por lo que respecta a sus relaciones
con la República Islámica de Irán, Qassem escribe que, desde su creación,
Hezbolá vio la posibilidad de lograr sus objetivos y aspiraciones mediante el
apoyo y el refuerzo ofrecidos por la República, a la vez que ve muchos motivos
para el éxito de las relaciones entre Irán y Hezbolá, considerando los más
importantes: (1) el marco común de la legitimidad de liderazgo internacional (puesto
que tanto Irán como Hezbolá creen en la autoridad del jurista–teólogo y que el
imán Jomeini era uno de esos líderes); (2) la armonía a nivel teórico (si bien
los detalles de la aplicación de las directrices generales quedan subordinados
a las características particulares de cada país); y (3) unas ideas políticas
comunes (sobre todo en relación con el apoyo a todos los movimientos de
liberación, especialmente los destinados a combatir la ocupación israelí). Qassem
subraya que la relación entre Irán y Hezbolá no es una relación en la que una
parte más débil está supeditada a otra más fuerte, sino que es una relación que
permite alcanzar los objetivos de ambas partes mediante una acción
independiente.[22]
Durante la presidencia del difunto Hafez al Assad, Siria
adoptó una política de oposición a los proyectos de Israel, promoviendo la
solidaridad árabe, respaldando la resistencia a la ocupación y cooperando con
sus aliados a tal fin. Tras la invasión israelí de Líbano en 1982, Irán manifestó
su apoyo a Siria y se mostró dispuesto a cumplir las órdenes del imán Jomeini y
enviar a la Guardia Revolucionaria iraní para apoyar a Líbano en su lucha
contra la ocupación. El presidente Al Assad dio su aprobación y la Guardia
entró en Líbano vía Siria para adiestrar a jóvenes que pasarían a integrar las
filas de Hezbolá y combatir la ocupación israelí. De esta forma, originariamente
la relación entre Hezbolá y Siria se limitó a la coordinación de cuestiones de
seguridad, la facilitación del movimiento de activistas y armas y la respuesta
a nuevos problemas. No era una relación política.
La primera discusión ideológica y política entre Hezbolá y
Siria, tras los enfrentamientos entre la milicia de Amal y Hezbolá en junio de
1988, llevó a las fuerzas sirias a infiltrarse en los barrios periféricos del
sur de Beirut afirmando tener como objetivo mediar entre las partes en combate
y reestablecer la seguridad. En la reunión solicitada por la cúpula de Hezbolá,
el presidente Al Assad aseguró a los líderes del Partido que su despliegue de
fuerzas en la región se debía exclusivamente a motivos de seguridad y que Siria
no tenía intención de ponerse de parte de Amal, como temía Hezbolá. Esta
primera reunión entre Siria y los líderes de Hezbolá sentó las bases de
continuos debates posteriores sobre cuestiones comunes, fundamentalmente en
torno al conflicto con Israel.[23]
Con la caída de la URSS en 1989, EEUU se convirtió en la
potencia más influyente en la región y poco a poco fue reemplazando a Francia y
al Reino Unido, las potencias coloniales, e imponiendo sus políticas en todas
las áreas. Qassem considera que, desde entonces, el problema que presenta toda
relación o todo diálogo con EEUU es la “supremacía política de esta única
potencia mundial”.[24] Además, EEUU calificó la resistencia islámica en Líbano como una forma de
terrorismo, reforzando aún más el desequilibrio que caracteriza sus relaciones con
Hezbolá. Qassem subraya que, además, EEUU ha instigado un ataque interno en
Líbano para tratar de distraer a la resistencia y asegurarse de que la zona
ocupada en esta región desempeña un papel clave en cualquier garantía de
seguridad o acuerdo político que pueda firmarse con Siria o Líbano.[25]
Qassem sostiene que, hasta hace poco, Hezbolá consideraba
inútiles los llamamientos a la celebración de reuniones y diálogos realizados
por algunos congresistas estadounidenses y por tanto los rechazaba, a pesar de
las frecuentes peticiones formuladas a través de funcionarios libaneses y no
libaneses. En su opinión, “EEUU no da ningún paso a fondo ni adopta ningún tipo
de medida a menos que con ello se alimente directamente la política
preestablecida de apoyar a Israel”.[26] Aunque Francia y el Reino Unido trataron de sacar provecho de su pasado
colonial en Oriente Medio manteniendo su papel en la zona, la influencia
europea en la región ha ido disminuyendo de forma constante en los últimos dos
decenios, con el surgimiento de EEUU como potencia mundial unilateral. A
diferencia de lo que ocurre con sus relaciones con EEUU, Hezbolá ha sido capaz
de mantener relaciones con Europa, en gran parte porque el Partido no percibe
ninguna amenaza de agresión directa por parte de ésta. Hezbolá considera el
papel que Europa ha decidido adoptar un catalizador para atenuar el
unilateralismo estadounidense y, por tanto, para ellos Europa representa un
papel occidental alternativo, independientemente de la falta de respeto de los
derechos humanos mostrado por ésta tras las masacres de Jenín y otras
violaciones israelíes de los derechos humanos en el territorio palestino
ocupado.[27] Según Qassem, Hezbolá considera que, dado el interés mutuo en establecer relaciones
positivas entre el Partido y Europa (aún cuando Hezbolá muestre ciertas
reticencias por la política proestadounidense del Reino Unido), se deberían
mantener abiertas todas las vías.
En lo que respecta a las relaciones con las Naciones Unidas
y su Consejo de Seguridad, Qassem escribe que Hezbolá no cuestiona la
importancia de contar con un foro internacional para la resolución de disputas
internacionales y considera que los problemas de carácter internacional
requieren un coordinador a ese nivel. Sin embargo, critica el poder de veto de
los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Por tanto, como muchos
miembros de las Naciones Unidas en la actualidad, Hezbolá insta a “que se
reconsidere el derecho de determinados países a hacer uso del poder de veto” y
a que “se sustituya este mecanismo de toma de decisiones por otro que sirva
para restablecer la justicia internacional”.[28]
Junto con
Irak y la situación en Palestina, Líbano ha venido siendo otro factor de
inestabilidad en el Mediterráneo oriental. En 2006, el país de los cedros
volvió a situarse en el centro del huracán que asola Oriente Medio. Ésta no es
la primera vez que los actores regionales e internacionales utilizan este
pequeño país mediterráneo como un conveniente campo de batalla.[29]
Antecedentes de la guerra de 2006 en
Líbano
Hay varios
factores que pueden emplearse para explicar los acontecimientos que condujeron,
en el verano de 2006, a la guerra entre las FDI y Hezbolá, el Partido de Dios: (1)
la situación interna de Líbano tras el asesinato del que fuera su primer ministro,
Rafiq Hariri, en la primavera de 2005; (2) la consolidación de Irán como uno de
los actores más relevantes de Oriente Medio tras la guerra de EEUU en Irak; (3)
el papel de Siria, que jamás ha aceptado su retirada forzosa de Líbano en la
primavera de 2005; (4) la preocupación israelí ante la realidad palestina; y (5)
la incapacidad de la Administración estadounidense para implementar la guerra
global contra el terrorismo y la incontrolable situación en Irak y
Afganistán.[30]
Finalizada la
guerra civil en Líbano (1975–1990), el país vivió un sorprendente período de
reconstrucción orquestado por el difunto primer ministro Rafiq Hariri. Gracias
a sus contactos y a sus amistades a nivel mundial, Hariri devolvió a Líbano el
respeto que había perdido, así como el papel que había desempeñado
anteriormente. No obstante, el principal problema fue que Hariri se centró en
la reconstrucción material del país a expensas de la reconciliación entre los
libaneses. De hecho, la reconciliación entre las distintas comunidades
libanesas no llegó a producirse. Los cristianos, en particular, se sintieron
derrotados y traicionados, mientras que los suníes y chiíes se hicieron con un
mayor control de los instrumentos de poder del país. A diferencia de lo
ocurrido en Sudáfrica y en algunos países latinoamericanos, en Líbano no ha
existido nunca una comisión de la verdad y la reconciliación que se encargara
de “supervisar el pasado”.[31]
El otro gran
problema de Líbano es el papel y la influencia cada vez mayores de Hezbolá en
el país. Fundado tras la invasión israelí de Líbano de 1982, Hezbolá se
convirtió en un importante eje de la resistencia contra la ocupación israelí en
el país. Gracias a la ayuda de Siria e Irán, los líderes del partido lograron
crear una amplia red de instituciones destinadas a responder a las distintas
necesidades sociales y humanitarias de la población del sur de Líbano. Hezbolá
se convirtió así en una potencia militar y social fundamental en el sur del
país, una zona dominada sobre todo por chiíes libaneses. Los llamamientos a enviar tropas
libanesas a la frontera con Israel siempre suscitaron resistencia. El presidente
libanés, Émile Lahoud (principal aliado de Siria en Líbano), siempre adujo que
enviar tropas libanesas a la frontera era equivalente a actuar como defensores
de la seguridad israelí. La guerra entre Israel y Hezbolá en el verano de 2006
demuestra cuán erróneo era ese planteamiento. Ése es el motivo de que,
transcurrido casi un mes desde el inicio de la ofensiva israelí, el gobierno
libanés se haya ofrecido a desplegar 15.000 soldados del Ejército libanés en la
frontera.
Tras el
asesinato del entonces primer ministro libanés Rafiq Hariri en febrero de 2005,
se aprobó la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
para exigir la retirada de todas las tropas extranjeras de Líbano (refiriéndose
en este caso a Siria) y el desmantelamiento de Hezbolá como milicia. El motivo
era que Israel había puesto fin a su ocupación del sur de Líbano y que el
movimiento de resistencia de Hezbolá ya no era necesario. No obstante, esa no
era la interpretación de Hezbolá. Para esta milicia de predominio chií, Israel
todavía estaba ocupando las Granjas de Chebaa (una zona de unos 20–25 kilómetros al sur de Líbano), lo cual justificaba su recurso a las armas.[32] Dada la debilidad del gobierno central libanés, el país se convirtió en un
territorio predilecto para los grupos armados, deseosos de crear un Estado
dentro de un Estado. Tal fue el caso de la OLP en Líbano durante al menos 25
años, hasta que Arafat y sus hombres fueron obligados a abandonar Beirut a
mediados de la década de 1980. Después se creó un movimiento libanés apoyado
por Irán y Siria: Hezbolá.
Irán y Siria, ¿saboteadores regionales?
Desde la llegada de la Revolución Islámica a Irán en 1979, la política regional en Oriente Medio ha cambiado. El
ayatolá Ruhollah Jomeini quería exportar su estilo de Islam fundamentalista a
lo largo y ancho de Oriente Medio y del mundo islámico. Líbano, con su amplia
comunidad chií, se convirtió en un blanco predilecto de los deseos de Teherán.
Tras la invasión israelí de Líbano en 1982, el régimen iraní aprovechó los
errores cometidos por las FDI para consolidar su influencia en el país de los cedros.
La invasión estadounidense de Irak en 2003 convirtió a Irán en un actor
relevante en la región. El arco de influencia chií se extendía ahora de
Teherán a Basora, hasta alcanzar Beirut. Teherán está esperando a ver cómo
juega sus cartas la Administración Bush (tanto en lo que se refiere a Irak como en lo que se refiere a los programas de armas nucleares de Irán) para
determinar su posición respecto a Irak y Oriente Medio. Hezbolá se presenta
como un útil instrumento para las políticas desestabilizadoras de Irán contra
los intereses de EEUU en la región.
Otro actor de
gran relevancia es Siria. El régimen sirio nunca ha reconocido oficialmente a
Líbano como una entidad soberana, prueba de ello es que nunca han existido
embajadas entre Siria y Líbano. En 1976, con el apoyo de EEUU e Israel, el presidente
Hafez al Assad envió tropas a Líbano para mantener un estado de tensiones
controladas. Los sirios se encargaron de que las facciones libaneses se
enfrentaran entre sí para mantener su supremacía. Con el apoyo tácito de
Washington, el protectorado sirio sobre Líbano se prolongó durante tres décadas,
hasta la retirada de las tropas sirias en la primavera de 2005, tras el
asesinato del primer ministro Rafiq al Hariri.
Israel y Líbano
Desde la
llegada al poder de Ariel Sharon en Israel, y durante todo su mandato, la
cuestión palestina se convirtió en una preocupación de primer orden, sobre todo
la dimensión demográfica del conflicto. Sharon decidió construir un muro (o
“valla de separación”, según la terminología oficial israelí) en torno a gran
parte del territorio de Cisjordania, creando así una nueva realidad sobre el
terreno. También se propuso debilitar los contactos regionales de Hamás. Desde
que estallara la Segunda Intifada en 2001, grupos prosirios y proiraníes como
Hamás y Hezbolá han forjado una estrecha alianza política y militar. La
victoria de Hamás en las elecciones legislativas palestinas celebradas a
principios de 2006 llevó a los israelíes a tratar de deshacerse de Hamás y a
minar su legitimidad como fuerza elegida democráticamente en Palestina. La
decisión militar israelí de derrotar a Hamás en Gaza y Cisjordania y a Hezbolá
en Líbano entra dentro de los objetivos declarados por la Administración Bush en el marco de su guerra global contra el terrorismo. Esta guerra se ha
visto debilitada por el resurgimiento de los talibán en Afganistán y la
desintegración de Irak como consecuencia de la desenfrenada guerra civil que se
está librando en Bagdad y en el sur del país.
EEUU,
Europa y el mundo árabe
Los objetivos
de la Administración Bush de combatir el terrorismo y democratizar Oriente
Medio se enfrentaron a enormes obstáculos en Irak, Palestina y Líbano. Ante la
perspectiva de que EEUU decidiera reducir su presencia militar en Irak y a la
luz de la creciente influencia de Irán en la región, el primer ministro israelí,
Ehud Olmert, decidió atacar Líbano. En los círculos intelectuales árabes se dijo
que esta “nueva vieja política” era muy parecida a algunas ideas atribuidas a
algunos círculos israelíes y estadounidenses para dividir el Oriente Medio
árabe en términos étnicos y sectarios: un Estado chií en el sur de Irak; un
Estado kurdo en el norte de Irak; un Estado suní residual protegido por Egipto
y Arabia Saudí; enclaves alauíes, suníes y drusos en Siria; y, por último, la
división de Líbano en núcleos cristianos, suníes, chiíes y drusos. La finalidad
de esta balcanización ?según esta idea? es garantizar la hegemonía israelí como
Estado judío en una región fragmentada en términos religiosos. Evidentemente,
esto no puede sino terminar en desastre, provocando guerras y conflictos
terroristas interminables en Oriente Medio y en el mundo entero.
La guerra
librada durante el verano de 2006 entre Hezbolá y las FDI fue un presagio de
las nuevas realidades que se estaban esbozando en Oriente Medio. En primer
lugar, la guerra de Líbano fue la confrontación más larga entre el Ejército
israelí y una milicia irregular. En general, las guerras entre los ejércitos
regulares árabes e israelíes habían tenido una duración de entre una y dos
semanas. Como resultado de la guerra de verano de 2006, Hezbolá se convirtió en
un actor de peso en el futuro de la política libanesa y regional. En segundo
lugar, al utilizar a Hezbolá como instrumento regional, Irán se ha convertido
en una potencia relevante, especialmente como protector de los chiíes de
Oriente Medio. Asimismo, Irán se convertirá inevitablemente en un interlocutor
de EEUU y el Reino Unido en lo referente al futuro de Irak. Independientemente
de que estalle o no una guerra civil en Irak, Irán es hoy una potencia
importante con la que lidiar. En tercer lugar, el viejo orden regional árabe
controlado por países de predominio suní, como Egipto, Arabia Saudí y Jordania,
se está derrumbando. Arabia Saudí ha perdido su influencia, especialmente desde
los atentados terroristas del 11–S (la mayoría de los terroristas eran
saudíes). En 2006, Egipto estaba también atravesando un período de transición
que podía acabar desestabilizando el país. La victoria de Hezbolá en Líbano
supuso un auténtico balón de oxígeno para el destino político de grupos como
los Hermanos Musulmanes en Egipto y Jordania y Hamás en Palestina. Jordania
pagó las consecuencias de las guerras de Irak, Palestina y Líbano. El futuro de
la monarquía hashemí en Jordania estará determinado por la inestabilidad
regional y la intervención global. Por último, Europa y Occidente tuvieron que
superar un cambio de paradigma sustancial. Los interlocutores árabes de
Occidente han cambiado. Quienes querían traer la democracia y la liberalización
a Oriente Medio han sido derrotados por la guerra de Líbano. Occidente tendrá
que aprender a negociar con los nuevos interlocutores y a aceptar una visión
islamista más radical en la región. Por desagradable que le resulte esta opción, Occidente deberá adoptar un enfoque diferente y pragmático de cara a la
región.
Vencedores y vencidos de la guerra librada
en el verano de 2006
La confrontación
entre las FDI y Hezbolá terminó con la aprobación, el 11 de agosto, de la
resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En ella, la
comunidad internacional definió los principios para una solución duradera de la
crisis, al mismo tiempo que el Consejo de Seguridad de la ONU pedía una
“cesación total de las hostilidades” entre Hezbolá e Israel y reiteró el “firme
apoyo al pleno respeto de la Línea Azul” (que separa Israel de Líbano) de la comunidad internacional. También instó a una “plena aplicación de las
disposiciones pertinentes de los Acuerdos de Taif” (que pusieron fin a la
guerra civil libanesa en 1989) y exigió el “desarme de todos los grupos armados
de Líbano”. La resolución 1701 también exigía la liberación de los soldados
israelíes secuestrados y de los presos libaneses, y el trazado de las
fronteras, especialmente en la zona de las Granjas de Chebaa. Por último, la
resolución autorizaba un despliegue máximo de 15.000 soldados, que pasarían a
formar parte del contingente de la Fuerza Provisional de Naciones Unidas en Líbano (FPNUL) en el sur del país. Francia, España e
Italia aportaron la mitad de esos soldados.
Entre los
principales perdedores de la guerra árabe–israelí de 2006 (la más larga hasta
la fecha) cabe citar al gobierno israelí, al pueblo libanés (la evaluación
inicial de los costes directos de la guerra ascendió a 2.464 millones de
dólares), la guerra global contra el terrorismo de la Administración Bush y la campaña estadounidense de promoción de la democracia. Según muchos observadores de EEUU, Europa y Oriente Medio, el principal vencedor
fue el secretario general de Hezbolá, Sayed Hasán Nasralá, que se convirtió en
un auténtico héroe en el mundo árabe al lograr enfrentarse al ejército más
poderoso de Oriente Medio durante más de cuatro semanas. Evidentemente, a
cambio hubo de pagar un alto precio en vidas humanas y en términos materiales.
El lado negativo de la victoria de Nasralá tuvo que ver con la posición que
adoptaría Hezbolá: convertirse en el brazo de Irán en Líbano o aceptar formar
parte de la reconstrucción del Estado libanés. Según fuentes libanesas, Hezbolá
colaboró con el despliegue del ejército libanés en el sur del país y sigue
respetando la presencia de la FPNUL II. El grupo chií declaró que se negaría a
desarmarse mientras quedaran soldados israelíes en territorio libanés.
En abril de
2007, la Comisión Winograd publicó un importante informe con los resultados de
una investigación sobre las causas del fracaso del gobierno y el mando militar
de Israel en la guerra de Líbano de 2006. Por lo que respecta a Hezbolá, en el
informe Winograd se afirmaba que “la capacidad de Hezbolá de permanecer ?en la
frontera?, su capacidad para dictar el momento de la escalada de los ataques y
el crecimiento de su capacidad militar y su arsenal de misiles aumentaron
significativamente como resultado de la retirada unilateral de Israel en mayo
de 2000 (que no se vio seguida, como se había esperado, de un despliegue del
ejército libanés en la frontera con Israel)”.[33]
Líbano
desde la guerra librada en el verano de 2006
Actualmente, Líbano se enfrenta a
una situación de punto muerto a nivel interno y a la amenaza de verse superado
por grupos salafistas empeñados en desestabilizar el país e imponer su propia
interpretación fundamentalista y militante del islam. Asimismo, la lucha
librada entre EEUU, Francia, Egipto y Arabia Saudí, por un lado, y Siria e Irán
y sus aliados, por otro, para hacerse con el mayor poder de influencia posible
en Líbano y Oriente Medio, no es buen augurio para una posible solución de la
crisis.
Junto con otras partes prosirias,
Hezbolá ha retirado a sus miembros del gobierno libanés. Con sus aliados en la
oposición, actualmente pide tener amplia voz en los asuntos gubernamentales, a
la luz de los resultados de la guerra del verano de 2006. La cúpula de Hezbolá
considera que ganó la guerra contra Israel y que el tiempo es propicio para que
el grupo desempeñe un papel de peso en la política de Líbano. Esto ha llevado a
una situación de parálisis en las instituciones gubernamentales de Líbano; Émile
Lahoud, el presidente prosirio de Líbano, se ve aislado por los partidos
mayoritarios y por la comunidad internacional; el Parlamento libanés no se ha
reunido en meses y su portavoz, Nabih Berri, figura entre quienes se oponen al
actual gobierno de Fuad Siniora; además, el gobierno libanés ha perdido a seis
de sus miembros. El gobierno del primer ministro Siniora está paralizado y se
enfrenta a una oposición decidida a forzar su dimisión. Siniora cuenta con el
apoyo de la ligera mayoría del Parlamento, y especialmente con la de EEUU y Francia: aunque se enfrenta a una gran oposición en casa, sigue siendo un primer ministro
popular entre los aliados occidentales de Líbano.
La creación por parte de las
Naciones Unidas de un tribunal especial para investigar el asesinato de Hariri
también formó parte del tira y afloja entre el gobierno de Siniora y la oposición. En un principio, la ONU y las potencias occidentales habían dado al Parlamento
libanés la oportunidad de aprobar el tribunal, pero Nabih Berri, el portavoz chií
del Parlamento, se negó a convocar a los legisladores a tal fin. La oposición
prosiria teme que el tribunal pueda convertirse en un arma en manos de la
mayoría y sus partidarios occidentales para hostigar y humillar al régimen
sirio. A finales de mayo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se
reunió y votó a favor de establecer el tribunal especial para Líbano conforme a
lo dispuesto en el Capítulo VII de la Carta (resolución 1757). Cinco países
(Rusia, China, Qatar, Indonesia y Sudáfrica) se opusieron o se abstuvieron en la votación. Además, es la primera vez en la historia reciente que se crea un tribunal no para
investigar crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad, sino para poner
fin a una era de impunidad que ha estado empañando la política libanesa y
regional tras la comisión de una serie de asesinatos.
Más preocupante es el aumento de
las tensiones entre las principales comunidades confesionales de Líbano, como
los chiís por un lado y los suníes y drusos por otro. Transcurridos 17 años
desde el fin de la guerra, en 1990, aún no ha tenido lugar una verdadera
reconciliación entre las diversas comunidades de Líbano. El tribunal especial
es una importante señal de la comunidad internacional de que la búsqueda de
justicia y rendición de cuentas en Líbano constituyen importantes peldaños en
el camino hacia la estabilidad. En Líbano siempre ha existido un debate sobre la conveniencia de “olvidar y perdonar” lo que sucedió durante la guerra civil
que sufrió el país o si resulta más conveniente tratar de buscar la verdad y
conseguir una reconciliación, siguiendo, entre otros, el modelo de Sudáfrica.
Otra amenaza de carácter interno
con repercusiones regionales es la postura, claramente agresiva, adoptada por
los grupos salafistas suníes. Una pequeña organización denominada Fatah al Islam
(liderada por Shaker al Absi, un palestino que huyó de Jordania, se marchó a
Siria y posteriormente se desplazó al norte de Líbano para establecer su base
de operaciones con la ayuda de la inteligencia siria) afirma que su objetivo es
conseguir que la política palestina vuelva a girar en torno a la sharia islámica y ofrecer una alternativa a Al Fatah y Hamás. Las dos principales
organizaciones palestinas. Trípoli, ciudad de dominio suní situada en el norte
de Líbano, y el campo palestino de refugiados de Nahr al Bared se convirtieron
en el cuartel general de esta poco conocida organización. A finales de mayo,
Fatah al Islam atacó una posición del ejército libanés y mató a varios
soldados. Este hecho marcó el inicio de una serie de enfrentamientos entre el
ejército libanés y el grupo salafista. Algunos miembros del gobierno y líderes
de la mayoría afirmaron que el régimen sirio era el mayor patrocinador de Fatah
al Islam. En cierto sentido, este último enfrentamiento entre el Ejército y el
grupo yihadista reabrió la cuestión, delicada y polémica, de la presencia
palestina en Líbano (las últimas cifras apuntan a que entre 150.000 y 200.000
palestinos viven en 12 campos de refugiados dispersos por todo Líbano).
La actual inestabilidad en Líbano
se debe también a una lucha por el poder y la influencia en Oriente Medio. Desde
un punto de vista regional, los regímenes árabes pro–occidentales como Egipto,
Jordania, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos mantienen una lucha
constante por conseguir el mayor poder de influencia posible. Irán es un actor de
peso en Líbano y en el resto de la región. Desde comienzos de la Revolución iraní, el régimen ha destinado la mayor parte de sus esfuerzos a ampliar el modelo de
gobierno del ayatolá Jomeini al resto de la región. Líbano, con su amplia comunidad chií, era un objetivo ideal para tratar de llevar a
cabo esa misión, y la creación de Hezbolá, un importante instrumento. Irán
también aprovechó los errores de EEUU en Irak y la incapacidad de la política
de la Administración Bush para llevar la estabilidad y la democracia a Irak y
el resto de la región. Los líderes iraníes son perfectamente conscientes del
vital papel que están (y seguirán) desempeñando en cualquier futura solución a
los conflictos de Irak y Líbano. La opción nuclear iraní se ha convertido
actualmente en una buena moneda de cambio con EEUU, cuya política de cara a
Irán sigue siendo incierta y está marcada por las divisiones existentes en el
seno de la Administración estadounidense.
Con respecto a Líbano, Irán está
desempeñando en la actualidad un importante papel en el alivio de las tensiones
internas. Sus principales objetivos son mantener, consolidar y apuntalar sus
principales aliados entre la comunidad chií: Hezbolá y Amal. Los líderes
iraníes son muy conscientes de que un posible enfrentamiento entre suníes y chiíes
en Líbano podría conducir a un debilitamiento de esas alianzas. En colaboración
con los saudíes, Irán trató de convencer a sus aliados en Líbano de que
aceptaran el tribunal destinado a investigar la muerte de Hairi y crearan un nuevo
gobierno, pero sin éxito. Entre los principales obstáculos a los que se enfrentó
la iniciativa saudí–iraní figuran la política de la Administración Bush de aislar a Irán y la decisión saudí de negar a Siria cualquier
participación en la búsqueda de una solución para Líbano. Aun así, el
aislamiento de Siria como consecuencia del descontento saudí por su negativa intromisión
en los escenarios iraquí, palestino y libanés no significa que se haya puesto
fin al eje Irán–Siria. Al contrario, la alianza entre los regímenes sirio e
iraní es tremendamente sólida porque, más que en ningún otro momento anterior,
Damasco necesita a su aliado iraní. Es evidente que Irán y su aliado sirio no
están demasiado contentos con la presencia de unidades militares occidentales (belgas,
francesas, alemanas, italianas y españolas) en la fuerza de mantenimiento de la
paz de la FPNUL.
Otro aspecto del aislamiento y el
menor papel de Siria tiene que ver con los esfuerzos internacionales por
reestructurar el proceso de paz en Oriente Medio. Una de las ideas
fundamentales de esta nueva iniciativa es neutralizar la intromisión siria e
iraní y en los asuntos palestinos (mediante sus aliados Hamás y la Yihad Islámica).
El consenso europeo y estadounidense gira en torno a una resolución inicial del
conflicto palestino–israelí y un tratado de paz posterior entre Israel y Líbano.
Para este enfoque haría falta una política israelí flexible que previera una
retirada de las fuerzas de ocupación israelíes de las Granjas de Chebaa y la
colocación de esa pequeña área del sur de Líbano bajo supervisión de la ONU. El régimen sirio nunca ha reconocido oficialmente a Líbano como una entidad soberana,
como prueba el hecho de que nunca han existido embajadas entre Siria y Líbano.
Los sirios se encargaron de que las facciones libaneses se enfrentaran entre sí
para mantener su supremacía. Con el apoyo tácito de Washington, el protectorado
sirio sobre Líbano se prolongó durante tres decenios.
El destacado papel
de Siria en Líbano se vio desafiado por el que fuera su primer ministro, el
difunto Rafiq Hariri. A Hariri, que nunca mantuvo una relación viable con Émile
Lahoud, el presidente libanés designado por Siria, le indignó enormemente la
decisión de Siria de renovar el mandato presidencial de Lahoud, que fue una
decisión inconstitucional. Para cambiar el statu quo, Hariri, respaldado
por sus aliados europeos y estadounidenses, ejerció una enorme presión para que
las Naciones Unidas aprobaran una resolución que exigiera la retirada de las
tropas sirias de Líbano y el desarme de Hezbolá. En la primavera de 2005, tras
el asesinato de Hariri, Siria se vio obligada a retirar sus tropas de Líbano.
Asimismo, el régimen sirio se enfrenta actualmente a la posibilidad de ser
llevado ante un tribunal internacional que investigará todos los asesinatos
perpetrados en Líbano desde la muerte de Hariri, incluido, por supuesto, el del
propio Hariri.
Tres años después de la retirada
siria, el movimiento mayoritario “14 de marzo” no consiguió aprovechar el apoyo
popular de que disfrutaba. Hezbolá, un importante aliado de Siria a Irán en
Líbano, sigue desempeñando un papel de peso en el país. El régimen sirio nunca
aceptó su retirada forzosa de Líbano y trata, por todos los medios posibles, de
recuperar ese control. El presidente Al Assad desea asegurarse de que el
próximo presidente libanés sea amistoso y maleable. Los sirios estaban
acostumbrados a manipular y a imponer candidatos presidenciales prosirios
durante los largos años de ocupación en Líbano. Irónicamente, para ello contaban
con el apoyo tácito de EEUU, Francia y el Vaticano, los principales actores
occidentales en el escenario libanés. En la actualidad, Líbano se enfrenta a la
posibilidad de un vacío institucional controlado: aún debe elegirse nuevo presidente,
el Parlamento libanés lleva un año inactivo, el actual gobierno de Fuad Siniora
no disfruta de legitimidad y existe el riesgo de que las Fuerzas Armadas
Libanesas se queden sin líder con la jubilación, en el verano de 2008, de su
actual comandante, el general Michel Suleiman.
El contingente español de
mantenimiento de la paz en Líbano
En el verano de 2006, tras la
guerra entre Hezbolá y las FDI, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
aprobó la resolución 1701, en la que se exhortaba a reforzar las tropas de
mantenimiento de la paz de la ONU en el sur de Líbano.[34] España decidió participar, junto con Francia, Italia y otros 30 países, en el
refuerzo de la FPNUL en el sur de Líbano. Francia asumió el liderazgo inicial,
con ciertas reservas acerca del mandato de la misión de mantenimiento de la
paz, que se enmarcó dentro del capítulo VI de la Carta de las Naciones Unidas,
y no del VII (el capítulo VII es el que guía las misiones de mantenimiento de
la paz en Kosovo y Afganistán). La resolución 1701 de las Naciones Unidas fue
resultado de unas arduas negociaciones entre el secretario general de la ONU y
los gobiernos de Líbano, Israel y los países árabes. A Líbano y los países
árabes les preocupaba que la FPNUL pudiera convertirse en una fuerza de
protección de Israel en vez de una fuerza de supervisión de la tregua. A su vez, Israel quería que la última resolución de la ONU otorgara más poder a la
FPNUL en el marco del capítulo VII de la Carta, que haría de ella una fuerza de
imposición de la paz más que una misión de mantenimiento de la paz conforme al
capítulo VI.
Como parte del refuerzo de la FPNUL II se envió a Líbano un contingente español de 1.100 efectivos. España encabeza la Brigada Multinacional Este con 4.250 efectivos. Además de tropas españolas, la fuerza
multinacional incluye 12.707 efectivos de 30 países: Alemania, Bélgica, China,
Chipre, Dinamarca, Eslovaquia, Finlandia, Francia, Ghana, Grecia, Guatemala,
Hungría, India, Indonesia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Malasia, Nepal,
Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, Corea del Sur, Eslovenia, Tanzania,
Suecia y Turquía. En un principio, la FPNUL II iba a estar integrada por 15.000 efectivos.[35] El área cubierta por las tropas españolas incluye una población
mayoritariamente chií pero que también incluye drusos, cristianos y musulmanes
suníes. Las relaciones entre las tropas españolas y la población local eran,
salvo algunas excepciones, altamente valoradas. Sin embargo, esta situación
cambió tras la muerte de seis agentes españoles de mantenimiento de la paz en
el verano de 2007. Desde entonces, las tropas españolas y demás tropas de la FPNUL
se han mostrado muy cautas en su interacción con la población local.
Independientemente de ese cambio, se mantienen los proyectos de ayuda y otros
pequeños proyectos y, además de su presencia militar, España ha prometido ayuda
financiera y apoyo logístico para la reconstrucción de varios pueblos y aldeas
en el sur de Líbano.
En su sexto informe sobre la
aplicación de la resolución 1701 (de 1 de marzo de 2008), el secretario general
de la ONU, Ban Ki–moon, detalló las diversas tareas y los diversos desafíos a los
que se enfrenta la FPNUL en el sur de Líbano y las diversas amenazas presentes
en la región. Entre ellas se incluyen el lanzamiento de cohetes contra poblaciones
israelíes, enfrentamientos con delincuentes que pasan de contrabando artículos
comerciales y sustancias ilegales de Líbano a Israel, enfrentamientos
aleatorios entre las FDI, la FPNUL y civiles libaneses y violaciones israelíes
del espacio aéreo libanés. Otra fuente de preocupación para el secretario general
de la ONU eran las afirmaciones de Israel de que Hezbolá “había reconstruido
considerablemente su presencia y capacidad militar en el interior de la zona de
operaciones de la FPNUL”, si bien las investigaciones llevadas a cabo
conjuntamente por la FPNUL y las Fuerzas Armadas Libanesas no han encontrado
prueba alguna de que Hezbolá estuviera construyendo nueva infraestructura
militar en el área bajo control de la FPNUL. Aun así, Israel sigue manteniendo que “Hezbolá ha seguido construyendo nuevas instalaciones y llevando a cabo
actividades de adiestramiento al norte del río Litani y en el valle de la
Bekaa, donde la seguridad es responsabilidad exclusiva del Gobierno de Líbano”.[36] En su informe, el secretario general de la ONU elogia la coordinación entre la
FPNUL y las Fuerzas Armadas Libanesas “que procuran asegurar que la zona
situada al sur del río Litani esté libre de personal armado, equipo y armas no
autorizados, de conformidad con la resolución 1701 (2006)”. Al final de su
informe, el secretario general de la ONU expresó su preocupación por las
amenazas de guerra proferidas por Hezbolá en sus declaraciones y por la
inestabilidad de la situación política en Líbano. Mencionó las constantes
violaciones del espacio aéreo libanés y la ocupación de la mitad de la aldea de
Al–Gayar por las FDI. La parte libanesa de Al–Gayar se encuentra bajo
supervisión de los contingentes de la FPNUL. Por último, Ban Ki–moon exhortó a los gobiernos de Siria y Líbano a que “adoptaran sin demora medidas prácticas
para demarcar su frontera común de conformidad con lo dispuesto en las
resoluciones 1701 (2006) y 1680 (2006)”.[37]
A las tropas
españolas se les asignó el lugar más difícil en el sur de Líbano. Difícil
porque el área que se encuentra bajo su supervisión incluye puntos sensibles
como las Granjas de Chebaa (cuyo estatus está todavía sin determinar), la aldea
dividida de Al–Gayar (parte controlada por Líbano, parte por Israel) y otros
dos puntos conflictivos como la Puerta de Fátima (que los trabajadores
libaneses utilizaban para entrar durante la ocupación israelí del sur de
Líbano) y la Tumba Shaykh Abbad, un lugar santo revindicado tanto por judíos
como por musulmanes y dividido por alambre de espino. Las tropas españolas
patrullan a diario para aplicar la resolución 1701 de la ONU, aprobada tras de
la guerra entre Israel y Hezbolá del verano de 2006. En la resolución 1701 se
insta a las fuerzas de paz a prestar apoyo al gobierno de Líbano para ampliar
su soberanía a todo el sur de Líbano. Junto con Francia e Italia, España se ha
comprometido a apoyar el despliegue de las Fuerzas Armadas Libanesas, que por
primera vez en 30 años están presentes en el sur de Líbano. La relación entre
las tropas españolas y los militares libaneses en esa región es fluida y hay
una coordinación regular entre ambos bandos.
Además del aspecto militar de las
acciones del contingente español, está también la dimensión civil. Los soldados
españoles están participando en proyectos de remoción de minas y campañas de
concienciación sobre el desminado para la población local (las FDI dejaron más
de un millón de bombas de racimo después de la guerra del verano de 2006),
asistencia médica, enseñanza de español, promoción de los pequeños mercados y la
artesanía hecha a mano, educación e infraestructura, entretenimiento para los
niños, apoyo a la agricultura local y asistencia veterinaria. Los soldados
españoles están ayudando en la reconstrucción de algunas aldeas del sector que
supervisan como parte de la Unidad de Cooperación Cívico–Militar (CIMIC). Además
de prestar apoyo para la reparación de carreteras y otra infraestructura vital,
las tropas españolas también ayudan a la población local con la prestación de
atención médica. Desde su despliegue en septiembre de 2006, las tropas
españolas han llevado a cabo más de 142 proyectos de pequeño tamaño con un
valor total de 1 millón de dólares, aportados por el Ministerio de Defensa,
además de los 200.000 dólares aportados por la FPNUL.[38] Durante prácticamente un año ya, el contingente español de la FPNUL, en
cooperación con el Instituto Cervantes de Beirut, ha estado impartiendo una
serie de cursos de español en las diversas aldeas del sector oriental. Los
soldados y oficiales españoles participan en la enseñanza de español a 255
estudiantes libaneses que cursan el nivel básico y a 80 estudiantes de cursos
más avanzados en 16 centros y 11 aldeas.
El comandante José Alonso Alfaya,
a cargo de la cooperación en la zona bajo control español, dijo que su unidad
“lleva a cabo pequeños proyectos para brindar ayuda de emergencia a la
población local”. En una entrevista concedida al diario libanés An Nahar,
Alfaya también dijo que su unidad estudia cuidadosamente las necesidades de las
aldeas sobre la base de reuniones con comandantes, mukhtars, líderes
religiosos y supervisores de escuelas que presentan propuestas de proyectos en
base a las necesidades de sus poblaciones. Tras un minucioso examen, las
prioridades se establecen de forma conjunta y se envían al Ministerio de
Defensa para obtener financiación.[39] Además de estos proyectos, las tropas españolas, junto con las tropas de otros
países presentes en el sector oriental, también prestan apoyo a cursos de
inglés y de informática y servicios de asistencia médica y llevan a cabo
diversas actividades culturales y de ocio con estudiantes de la zona.
Hoy en día, la situación es de
normalidad en uno de los lugares más bonitos y puros del sur de Líbano. Cuando
pregunté a un oficial español si preveía una presencia a largo plazo de sus
tropas, éste contestó que las fuerzas de estabilización de la ONU, al igual que
la energía, pueden evolucionar y cambiar. La idea es que España, junto con los
demás países participantes en la FPNUL, está contribuyendo a devolver el país a
una situación de normalidad y a asegurar que los libaneses recuperen el pleno
control de su país.
Durante los primeros meses
posteriores a su despliegue, las tropas españolas tuvieron que enfrentarse a la
oposición de los habitantes de algunas de las aldeas. Esto se debió en parte a
que la población local estaba traumatizada por la guerra del verano de 2006 y
por años de injerencia israelí y recelaba de la presencia de tropas
extranjeras. Además, dada su primera experiencia en el sur de Líbano, el
contingente español, antes del atentado terrorista del verano de 2007, tenía que
ganarse la simpatía y el apoyo de la población del sector oriental. En una
aldea, por ejemplo, las patrullas españolas fueron recibidas con piedras y
protestas. Tras esos incidentes se celebraron reuniones entre los oficiales del
contingente español y los responsables de los municipios. Éstos expresaron sus
preocupaciones y temores y su deseo de que el contingente español se limitase a
su misión de mantenimiento de la paz y de que todas sus acciones estuvieran
sometidas al escrutinio de los líderes locales.[40] La mayoría de las quejas provinieron de alcaldes que ejercían presión para
obtener proyectos españoles en sus propios municipios.
Pedro Herrero, el entonces portavoz oficial del contingente español, negó las afirmaciones de
que la política de ayuda para la población de las aldeas de la frontera meridional
se debiera a un cambio en la política del FPNUL. Herrero declaró que la FPNUL no
tenía intención de ganarse la simpatía de la población local mediante la
decisión española de ayudar a reconstruir Líbano: “Estamos tratando de invertir
la mayor cantidad de dinero posible en la ejecución de proyectos en las áreas
más afectadas por la guerra (de verano de 2006). Ésta es también una de las
tareas asignadas a las tropas de la FPNUL en la resolución 1701 de las Naciones
Unidas”. Herrero también mencionó la coordinación constante con los municipios
y con varias ONG libanesas que operaban en la zona. La labor del contingente español está guiada por la idea de brindar ayuda humanitaria
con proyectos que respondan a las necesidades de diversos municipios. La
reacción a las tropas de la FPNUL varió de una aldea a otra, en función de la
composición de su población. Hay que tener en cuenta también que, en la mayor
parte de esas aldeas, Hezbolá sigue manteniendo una presencia a través de sus
combatientes vestidos de civil. Por ejemplo, Fuad Hamra, el alcalde de Jdaidet
Marjayun (en la zona bajo supervisión del contingente español) elogió el papel
desempeñado por los soldados españoles. Supuestamente dijo: “La presencia y el
compromiso de los soldados españoles han traído bienestar económico a Jdaidet
Maryayun y sus aldeas vecinas”. Según Hamra, “esta nueva situación ha incidido
positivamente en la creación de oportunidades de empleo para la población local
y la reducción del éxodo a Beirut”.
La situación era distinta en la
aldea de Al Jiyam, centro clave de Hezbolá en la zona. Allí, la población local se enfrentó a las patrullas españolas con protestas y piedras,
rechazando los servicios ofrecidos por el mando español. Ali Zurayk, alcalde de
Al Jiyam, dijo que su municipio no tenía problemas con ningún país dispuesto a
prestar ayuda a su aldea, “siempre que esa ayuda no fuera un conducto para
llevar a cabo labores de espionaje y tomar fotografías”. También dijo que había
hecho partícipe de sus preocupaciones a los militares españoles y a Miguel
Benzo, embajador español en Líbano. En una entrevista concedida al diario
libanés prosirio As Safir, Benzo trató de aclarar los objetivos y fines
de las acciones llevadas a cabo por las fuerzas de mantenimiento de la paz de
su país en el sur de Líbano. En respuesta a una pregunta relacionada con el
comportamiento de los soldados españoles y el malestar de la población local en
el sur de Líbano, Benzo dijo que los hechos en cuestión eran “incidentes
aislados” que se produjeron en el transcurso de una operación de inspección del
terreno en las zonas fronterizas bajo control español. Una de las cuestiones
que más molestó a la población local fue la visión de soldados españoles
tomando fotografías con fines militares. Benzo declaró que aquellas acciones de
los militares de su país no tenían ninguna intención oculta. “Forma parte de la
labor de la FPNUL” dijo. “Podría ser que la falta de conocimientos de nuestros
soldados sobre la cultura local hubiera hecho que algunos de ellos tomaran
fotografías para su uso personal. Después de todo, son personas normales y
corrientes a quienes les gustaría llevarse un recuerdo de los países en los que
sirven. Somos conscientes de lo que se nos ha dicho y les hemos pedido que se
abstengan de hacerlo para evitar malentendidos”.[41]
El atentado contra las tropas españolas (24 de junio de 2007): reacciones
en Líbano
El 24 de junio de 2007, seis
soldados españoles pertenecientes a la FPNUL murieron como consecuencia de un
atentado con coche bomba, y otros dos resultaron heridos. El atentado suscitó
miedo y preocupación en torno a la estabilidad de las áreas bajo control de la FPNUL. Los círculos políticos libaneses condenaron ampliamente el atentado terrorista. El presidente
de Líbano en aquel momento, Émile Lahoud, presentó sus condolencias al
comandante en jefe de las fuerzas de la FPNUL, el general Claudio Graziano, y calificó
el atentado de cobarde, por atentar no sólo contra tropas de la FPNUL sino
también contra “la seguridad y la estabilidad de Líbano en general, y del sur
de Líbano en particular”. Lahoud subrayó que los libaneses respaldan en bloque
a las tropas de la FPNUL y expresó su solidaridad con los miembros caídos,
muertos en el sur del país en defensa de la paz.[42] Hassan Hibballah, parlamentario miembro de Hezbolá, dijo: “Este atentado es una
continuación de los crímenes cometidos contra la nación (Líbano) para minar su
determinación a combatir a Israel. Estos crímenes nos distraen de los
principales objetivos de la resistencia”.[43]
En un artículo titulado “The
Unsurprising Attack against Spanish Troops Places Lebanon and Syria on the
Limits of the Red Line” (El nada sorprendente atentado contra las tropas
españolas sitúa a Líbano y a Siria en los límites de la línea roja), Sami
Klaib, corresponsal en París del diario libanés As Safir (prosirio)
escribió que el atentado terrorista contra las tropas de la FPNUL era de
esperar. Klaib citó fuentes de medios de comunicación israelíes que, antes del
atentado, estaban pidiendo un cambio en la misión de las fuerzas de la ONU para
dotarlas de mayor poder y mayor apoyo en la lucha contra “las milicias armadas,
es decir, Hezbolá y los grupos palestinos que disponen de todo tipo de apoyos y
fuentes de financiación”. Klaib escribió también que el atentado contra las
tropas españolas era el preludio de una presión cada vez mayor contra Hezbolá
destinada a impulsar una transformación de las tropas de la FPNUL de fuerza de
mantenimiento de la paz a fuerza de disuasión.[44] El periodista libanés también escribió: “Se dice que las tropas españolas eran
más audaces en sus movimientos (en el sur de Líbano) y que parte de la
población de esa zona hizo un llamamiento al boicot y a no cooperar con éstas”.
Klaib afirmó que España, que ha estado apoyando activamente la política de la
OTAN y de EEUU en Oriente Medio, “era uno de los objetivos de Al Qaeda”.[45]
El atentado contra las tropas
españolas de la FPNUL se convirtió en un as en la manga empleado por los
partidos libaneses de la oposición. Para el gobierno libanés y el partido mayoritario residual, el principal culpable era Hezbolá: el Partido de Dios y sus
aliados sirios eran los culpables de la falta de seguridad en el sur de Líbano.
El atentado contra las tropas españolas brindó al gobierno libanés y a sus
aliados internacionales la oportunidad de poner fin a Hezbolá como milicia y
estrechar el cerco sobre Siria. Para la oposición libanesa, entre la que se incluyen
Hezbolá, Amal y el general Michel Aoun, el atentado contra las tropas españolas
era una provocación de EEUU–Israel para acabar de una vez por todas con Hezbolá
y enviar una dura advertencia al régimen sirio.
En la primavera de 2008, la FPNUL
volvió a convertirse en el blanco de amenazas verbales y armadas. ¿Cuál era la
naturaleza de esas amenazas? El 22 de abril, Ayman al Zawahiri, principal
lugarteniente de Osama bin Laden, pidió a los militantes musulmanes suníes que
“expulsaran a los cruzados invasores que se hacían pasar por fuerzas de
mantenimiento de la paz en Líbano y no aceptaran la resolución 1701 (de las
Naciones Unidas)”.[46] En su último informe sobre la aplicación de la resolución 1701 de la ONU (de 1
de marzo de 2008), el secretario general Ban Ki–moon, mencionó las acusaciones
israelíes de que Hezbolá “había reconstruido considerablemente su presencia y
capacidad militar en el interior de la zona de operaciones de la FPNUL”. El
último incidente entre los militantes de Hezbolá y la FPNUL tuvo lugar el 31 de
marzo de 2008, cuando agentes de mantenimiento de la paz italianos trataron de
detener un camión cargado de armas y munición destinadas a Hezbolá en la zona
de control de la FPNUL. El incidente llevó al primer ministro italiano, Silvio
Berlusconi, a pedir una modificación de las “reglas del juego” para aumentar el
poder de las tropas italianas, que cuentan con el mayor número de agentes de
mantenimiento de la paz. Éste ha sido uno de los principales puntos débiles de
la resolución 1701: que la fuerza de mantenimiento de la paz en el sur de
Líbano no se enmarca en el capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas.
También cabe mencionar la petición de Israel de que se refuercen las “reglas
del juego” de la FPNUL para poder frenar las “agresivas intenciones” de Hezbolá.
Israel también ha advertido recientemente al gobierno de Líbano y a la FPNUL de
la necesidad de impedir que Hezbolá introduzca cohetes y otro tipo de armas al
sur del río Litani. Por último, pero no por ello menos importante, están las
visitas regulares de diplomáticos en representación de países que aportan
contingentes a la FPNUL a líderes palestinos y libaneses influyentes en el sur
de Líbano. Esas visitas también incluyen reuniones periódicas con Hezbolá para
evitar futuros atentados terroristas como el perpetrado contra las tropas
españolas en el verano de 2007.
La FPNUL es una diana fácil cada
vez que se incrementan las tensiones en Líbano y Oriente Medio. Líbano vive hoy
en día un vacío institucional, y el enfrentamiento regional global entre EEUU y
sus aliados, por un lado, e Irán, Siria y sus correspondientes aliados, por
otro, está alcanzando su punto culminante. La consecuencia para las tropas de
la FPNUL es que, en vez de defender a la población civil en las zonas fronterizas
del sur de Líbano, están actualmente tratando de defenderse a sí mismas.
Evidentemente, esto favorece a aquéllos en EEUU, Israel y algunos países
occidentales que desean acabar de una vez por todas con el eje sirio–iraní y
sus aliados locales. En este momento crucial de la historia de Líbano, las
cartas podrían jugar a favor o en contra de las fuerzas de mantenimiento de la
paz de las Naciones Unidas en el sur de Líbano. Desde un punto de vista
positivo, desde su creación en 1978, la FPNUL ha desempeñado un papel muy
importante como barrera entre Israel y los diversos grupos que han luchado
contra su ocupación del sur de Líbano. A pesar del limitado poder conferido a la
fuerza por su mandato, la FPNUL conviene tanto a Israel como a Hezbolá y al gobierno
libanés. Para Israel, la presencia de la FPNUL supone una salvaguardia, un
escudo ciertamente débil pero aun así útil contra Hezbolá y los diversos grupos
armados que operan en el sur de Líbano. Para Hezbolá, la FPNUL, aunque fuente
de recelo, supone un activo importante y una protección contra un posible
ataque israelí. Además, la población local acoge de buen grado la presencia de
las tropas de la FPNUL, ejemplificada en la importante y entregada labor del
contingente español. Aun así, Hezbolá percibe a la FPNUL como una posible
amenaza que podría llegar a suponer una competencia para el grupo
nacionalista–religioso.
Nadie puede predecir qué es lo
que el futuro deparará a Líbano o, en realidad, a todo Oriente Medio. Lo que sí
está claro es que España y sus fuerzas de mantenimiento de la paz en Líbano
están desarrollando una presencia importante que los libaneses no olvidarán.
Esta presencia queda ilustrada en las labores de desarrollo y reconstrucción
llevadas a cabo en las áreas fronterizas del sur del país. España, junto con
Italia, Francia y los demás países que han enviado tropas a Líbano, debería
estar orgullosa de lo que ha logrado, a pesar de los diversos problemas y
peligros a los que se enfrenta.
Recomendaciones para los
encargados de formular políticas en España
- Preparar a las tropas españolas antes de su despliegue en Líbano.
Esa preparación debería incluir exposiciones informativas detalladas y
exhaustivas sobre Líbano, su cultura y cómo interactuar con la población local
en las áreas bajo su control.
- Emplear a ciudadanos españoles de ascendencia libanesa como
vector que permita a los soldados, los encargados de formular políticas y los
representantes del pueblo españoles entender mejor la realidad libanesa.
- Emplear a ciudadanos libaneses que hayan tomado, o sigan tomando,
clases de lengua y cultura española para explicar las intenciones y las
políticas de España y abogar por ellas.
- Acercar España a Líbano organizando visitas periódicas de
parlamentarios españoles de distintos partidos y organizaciones españolas de la
sociedad civil.
- Acercar Líbano a España invitando a miembros del gobierno y el
ejército libanés y a destacados creadores de opinión libaneses a España para
explicarles y defender la importancia de la contribución española al mantenimiento
de la paz en Líbano. En este punto, el embajador español en Líbano podría
desempeñar un papel fundamental.
- Fomentar que destacados formuladores de políticas, periodistas y
académicos españoles publiquen editoriales regulares en los principales periódicos
de España sobre la importancia de la contribución española en Líbano.
- Tratar de crear una política coordinada con otros miembros de la
UE preocupados por la estabilidad y el bienestar de Líbano. Este intento quedó
de manifiesto en las visitas al país realizadas por los ministros comunitarios
de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos (España), Bernard Kouchner (Francia)
y Massimo D?Alema (ministro de Asuntos Exteriores de Italia en aquel momento).
- Conseguir que el gobierno español inicie, lo antes posible, una
investigación judicial sobre el asesinato de los seis soldados españoles, en
estrecha colaboración con las autoridades libanesas.
|