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Una participación menor del 50% en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, celebradas el pasado 13 de octubre, obligará a Serbia a repetirlas. A pesar de las apariencias, ello no ha supuesto una gran sorpresa para la mayor parte de la opinión pública de aquel país. Para poder comprender mejor lo ocurrido, resultaría útil buscar respuestas a las siguientes preguntas: ¿cuál es la posible lectura de las dos consultas electorales celebradas en Serbia?; ¿cuáles son las implicaciones de la anulación de los comicios para la puesta en práctica del histórico acuerdo firmado entre Serbia y Montenegro el 14 de marzo del presente año?; ¿qué significan las elecciones serbias para el conjunto de los Balcanes?; y finalmente ¿cómo debería reaccionar la Unión Europea ante la maraña política serbia?
De las elecciones presidenciales serbias se pueden hacer varias lecturas. La más sencilla sería subrayar la originalidad de la ley sobre la elección del presidente de la República. Esta ley exige una participación, en las dos vueltas electorales, de más del 50% del total de los votantes inscritos en el registro electoral. Si se toma en consideración que la ley data de 1990 (con unos cambios introducidos en 1992), no debería sorprendernos que no exista una disposición legal similar en ningún otro país europeo. Por esa misma razón, resulta interesante preguntarse por qué el poder político en Serbia ha decidido convocar unas elecciones sin haber cambiado previamente la ley. Además, sabiendo que la puesta en marcha del Acuerdo firmado entre Serbia y Montenegro exigirá tanto la redacción de una nueva Carta Constitucional como la armonización de las constituciones de los dos países con el texto resultante, no está del todo claro por qué Serbia ha tenido tanta prisa. Una posible respuesta sería que el mandato del actual presidente de Serbia vence el 5 de enero del año 2003. Sin embargo, con la perspectiva de un inminente cambio constitucional no hubiera sido descabellado utilizar la disposición legal actualmente existente según la cual el presidente del Parlamento serbio puede desempeñar durante un período de tiempo limitado el cargo de presidente de la República. De hecho, esta posibilidad había sido mencionada en varias ocasiones por el propio presidente federal, Kostunica.
Una segunda lectura de los resultados debería subrayar el acusado debilitamiento del Partido Socialista Serbio (SPS). Tras haber sido el partido político más importante a lo largo de la década de los noventa, es más que probable que las elecciones presidenciales marquen el principio del fin del Partido Socialista Serbio. En ausencia de su presidente, Slobodan Milósevic, este partido no ha sido capaz de ajustarse a la realidad política serbia marcada por el cambio democrático del 5 de octubre del año 2000, lo cual se ha reflejado en el escaso apoyo al candidato de este partido (el 3,2%) en la primera vuelta de las elecciones presidenciales.
Una tercera lectura de lo ocurrido en Serbia el 13 de octubre debería recoger el evidente desencanto de la población con su clase política. Casi dos años después del triunfo electoral de la Oposición Democrática de Serbia (DOS), formada por 18 partidos políticos y formalmente instalada en el gobierno de la República, la población serbia ha decidido castigar a sus políticos. Una pregunta se impone ¿Por qué? Resultaría útil volver a recordar que la gran mayoría de los partidos políticos que formaron parte del DOS fueron apareciendo a lo largo de los años noventa. Hasta las elecciones federales de septiembre del año 2000 ninguno de estos partidos políticos había logrado conseguir un amplio apoyo de la población. Durante toda la era de Milósevic, la oposición democrática serbia se entretuvo en estériles disputas fratricidas. Solamente cuando los partidos de la oposición decidieron aparcar sus diferencias y unirse en contra del régimen, consiguieron un amplio respaldo de la opinión pública. Después de su victoria electoral, en vez de procurar diseñar una visión de futuro acorde con los deseos de una población extenuada por los acontecimientos de la década de los noventa, los políticos serbios volvieron a enfrascarse en sus patéticas rencillas internas, alejando cada vez más a los ciudadanos del debate político. En estas últimas elecciones fue sobre todo la población joven la que decidió no votar por no sentirse identificada con ninguna de las opciones políticas existentes. En este sentido, el porcentaje de voto conseguido por el líder del Partido Radical Serbio (SRS) en la primera vuelta electoral debería de entenderse más como un voto de castigo a la clase política que como un voto a favor de su programa.
Una lectura algo menos negativa de las elecciones presidenciales subrayaría que, a pesar de la existencia de casi 250 partidos políticos, se han perfilado en Serbia principalmente tres bloques políticos. La creación de estos bloques políticos se ha ido concretando paulatinamente desde la primera crisis de la coalición gobernante, causada por la extradición de Milósevic a La Haya. Fue entonces cuando se manifestaron las primeras fisuras entre el Partido Democrático (DS) del Primer Ministro serbio y el Partido Democrático Serbio (DSS) del Presidente federal yugoslavo en el marco de la coalición gobernante DOS. Hoy en día, el cuerpo electoral de Serbia está dividido en tres bloques que por sus programas políticos están bastante alejados unos de otros y ninguno ha logrado obtener un apoyo incondicional de la población. El primer bloque, representado por la coalición instalada en el gobierno de la República, podría definirse como ‘democrático-europeo’, y está representado por el DS, cuyo candidato indirecto a la presidencia de la República serbia ha sido Miroljub Labus. El segundo bloque sería el ‘democrático-nacional’, representado por el DSS, mientras que el tercer bloque estaría formado por los partidos del Ancien Régime. Los partidos de este último bloque no han aceptado los valores, los principios y las instituciones del nuevo régimen establecido tras el cambio democrático, sino que persiguen abiertamente la restauración del Ancien Régime. El elemento central de dicho bloque es el Partido Radical Serbio (SRS), cuyo líder Vojislav Seselj obtuvo el 22,9% de los votos en la primera vuelta electoral. De alguna manera, las elecciones presidenciales serbias han permitido la aparición de unas alternativas políticas más claras y sobre todo han transformado el ideal de la unidad de todos ante el enemigo común, representado por el DOS, en dos bloques políticos. A pesar de las profundas diferencias que separan al bloque democrático-europeo del bloque democrático-nacional, es importante subrayar que se trata de dos bloques democráticos. La diferencia especifica entre estos dos bloques democráticos gira en torno al ritmo al que deben acometerse las reformas y no a su contenido. Por otro lado, los resultados electorales del SRS deberían interpretarse como una respuesta negativa a los cambios derivados de las reformas. La democracia, al fin y al cabo, representa la institucionalización de unos conflictos permanentes, y los actores políticos serbios deberán ir acostumbrándose a la existencia de esta tensión. Si los dos bloques democráticos realmente quieren fortalecer a las fuerzas democráticas en la sociedad serbia, están condenados a entenderse, a pesar de sus diferencias.
En lo que se refiere al Acuerdo entre Serbia y Montenegro, su puesta en práctica ha sido dificultada por un desacuerdo sobre el modo de elección de los miembros del Parlamento del nuevo Estado de Serbia y Montenegro. Tanto la clase política serbia como la UE apuesta por la aplicación del sistema de voto directo, mientras que la clase política montenegrina prefiere un sistema de voto indirecto. Independientemente de lo ocurrido en Serbia el 13 de octubre, la solución de este problema dependerá de Montenegro. Tras las elecciones allí celebradas el 20 de octubre, sería razonable esperar la adopción de la Carta Constitucional del nuevo Estado, a lo que contribuirá sin duda el incentivo que supone el Acuerdo de Estabilización y de Asociación de la UE tanto por el gobierno serbio como para el montenegrino.
En cuanto a la complicada región de los Balcanes, a lo largo de la última década se ha confirmado reiteradamente que su estabilidad no se podrá lograr sin la previa normalización de Serbia y Yugoslavia. En este sentido, es importante subrayar que a pesar de la anulación de los comicios, ha comenzado el lento proceso de fortalecimiento de las fuerzas democráticas en la sociedad serbia, que acepta con un entusiasmo cada vez mayor que “la democracia es el único juego existente” (the only game in town), a la vez que se produce la desaparición paulatina de los partidos autoritarios partidarios de una vuelta a las andadas.
Finalmente, y en lo que se refiere a la UE, cabe afirmar que después de haber perseguido unas políticas un tanto ambiguas a lo largo de la última década en el territorio de la ex-Yugoslavia, ha encontrado finalmente la forma de fomentar el establecimiento de un clima democrático en la región. En este terreno, parece evidente que la UE ha aprendido de sus experiencias previas. Pese a desear ardientemente la puesta en práctica del Acuerdo entre Serbia y Montenegro, la UE ha sabido resistirse a la tentación de imponer una solución artificial. Debido quizá a la experiencia de los Acuerdos de Paz de Dayton, la UE no ha condicionado el ingreso de Yugoslavia al Consejo de Europa a la aceptación de la Carta Constitucional del nuevo Estado de Serbia y Montenegro. Al ser la Carta Constitucional un documento que establece las bases de un nuevo Estado, su redacción no debería de hacerse con prisas. Diseñar unos modelos estatales teóricos alejados de la realidad no haría más que aplazar la solución de un problema que, cómo es lógico, volverá a plantearse. Por lo tanto, la actuación de la UE en la mediación entre Serbia y Montenegro ha sido preventiva y constructiva. La anulación de los comicios en Serbia no hace sino subrayar la necesidad de tener siempre en cuenta las preferencias de la población en una situación concreta. A pesar de haber sido el favorito de los interlocutores occidentales, el candidato del bloque democrático-europeo, Labus, no ha logrado obtener el apoyo de más de un 30% de la población serbia. Si la UE aspira a seguir desempeñando un papel constructivo en los Balcanes, deberá tener muy en cuenta la complejidad política de un equilibrio de fuerzas que, lamentablemente, dista mucho de ser ideal.
Tras la anulación de los comicios celebrados en Serbia, se presentaron tres alternativas: la primera sería volver a convocar unas elecciones presidenciales; la segunda consistiría en cambiar la ley electoral antes de convocar los comicios; y la tercera, convocar las elecciones después de la adopción de la Carta Constitucional y del consiguiente cambio de la Constitución serbia. Lo más deseable sería que se adoptase la tercera opción. A pesar de haber sido defendida por el presidente federal, el bloque democrático-europeo ha preferido ignorarla, mostrándose ansioso por medir su fuerza política. No obstante, lo más probable es que los dos bloques democráticos decidan optar por la segunda alternativa. Sin lugar a dudas, la conclusión más importante que se puede obtener de las elecciones presidenciales serbias es que el respaldo de la población a la democracia no ha disminuido de un modo significativo. En las elecciones parlamentarias serbias del año 2000 la coalición DOS obtuvo casi dos millones y medio de votos, mientras que los dos candidatos a la presidencia de la República, Labus y Kostunica, reunieron unos dos millones cien mil votos. Obviamente, se ha tratado, sobre todo, de un inevitable divorcio político. De ahora en adelante, la clase política democrática serbia tendrá la difícil tarea de replantear su programa político, intentando atraer a unos ciudadanos desencantados. Como es bien sabido, la verdadera consolidación democrática requiere dedicación, tiempo y paciencia, tanto en el contexto interno como desde el ámbito exterior y ya no sirven las fórmulas supuestamente mágicas. El desconocimiento de la realidad y la impaciencia son actitudes que se suelen castigar duramente en el mundo de la política, y no solamente en los Balcanes.
Biljana Prlja
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