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La Cumbre Comercial de la Energía EE.UU.-Rusia ha supuesto un nuevo hito en la transición de la Guerra Fría hacia un nuevo orden estratégico. Desde la Guerra del Golfo, cuando la Unión Soviética se mantuvo al margen mientras EE.UU. organizaba su coalición internacional para expulsar a las fuerzas iraquíes de Kuwait, las relaciones EE.UU.-Rusia no han dejado de experimentar profundos cambios históricos. Mientras EE.UU. se ocupaba de consolidar su victoria en la Guerra Fría y de acelerar la globalización de la democracia y el mercado, Rusia debía afrontar su propia transformación y encontrar un nuevo papel en el cambiante orden internacional. Una transición al mercado tumultuosa, afectada por la polémica pero aún en pie, ha concedido a Rusia un nuevo conjunto de valores económicos y políticos que comparte con EE.UU. Sin embargo, ha sido la cuestión del suministro de energía la que ha llevado a los antiguos enemigos de la época de la Guerra Fría a acercarse cada vez más. “La Guerra Fría se ha acabado”, afirma el Secretario de Estado de Comercio Don Evans. “Actualmente, nuestra relación con Rusia está definida por nuevos acuerdos de negocios que sustituyen a aquellos sobre armamentos que predominaron en años pasados.” Esta nueva relación forma parte de la nueva política estratégica de EEUU para diversificar sus fuentes internacionales de petróleo y probablemente tendrá consecuencias para la política de EEUU en Oriente Medio y en Asia Central y para la geopolítica del petróleo.
La nueva asociación EEUU-Rusia Con la asistencia de altos funcionarios estatales de los Ministerios de Comercio y Energía de ambos países, junto con altos ejecutivos de más de cien empresas energéticas de EEUU y Rusia, la cumbre de Houston (1 y 2 de octubre) proporcionó el escenario “para intentar acercar políticas que abarquen la cooperación y el éxito de la relación comercial energética entre EEUU y Rusia”, declaró Amy Jaffe, el Analista Senior para temas energéticos de la universidad Rice James A. Baker III Institute for Public Policy, que ayudó a organizar la cumbre. Los resultados de esta reunión a puerta cerrada se irán dando a conocer durante los próximos meses, pero ya se han hecho públicas algunas conclusiones importantes. El primer día de la cumbre, el estadounidense Ex-Im Bank firmó un memorando con tres grandes compañías petrolíferas rusas privadas (Lukoil, Yukos y Sibneft) según el cual financiará hasta con 100 MN $ a cada sociedad para así permitir sus compras de equipo y servicios a EE.UU. con el fin de desarrollar posteriormente las reservas de gas y petróleo rusas. Marathon Oil Corporation también alcanzó un acuerdo con la mayor compañía petrolífera rusa de capital público, Rosnet, para crear una empresa conjunta al año siguiente y transportar y comercializar allí 100.000 barriles por día (bpd) de petróleo crudo de los Urales. “Las acciones de hoy se corresponden con la política nacional energética del presidente Bush”, declaró el vicepresidente del Banco Ex-Im, Eduardo Aguirre Jr., “que reclama la diversificación del petróleo y otras fuentes de combustible mediante unas alianzas globales y unas relaciones internacionales más estrechas”. La nueva asociación EEUU -Rusia se vio considerablemente reforzada por los acontecimientos del 11 de septiembre y la posterior guerra de Afganistán. La colaboración militar y diplomática rusa tuvo una gran importancia en la campaña de EEUU contra los talibanes. La participación rusa en la “Guerra contra el terrorismo” y su papel en la contención de la militancia radical islámica son claros ejemplos de esta creciente cooperación, basada en un nuevo y común conjunto de intereses EEUU –Rusia. Por ejemplo, la lucha contra el terrorismo en Afganistán ha ayudado al gobierno ruso a contener a los rebeldes islámicos en Chechenia. A la vez que la guerra de Afganistán introducía más intereses de EE.UU. en el área, también creaba la posibilidad de que Rusia viera ampliada su influencia en otras partes de Asia Central.
Sin embargo, la guerra contra el terrorismo y las posibles acciones contra Irak han creado nuevos riesgos y oportunidades en las relaciones EEUU –Rusia. Un cambio de régimen en Irak liderado por EEUU, podría amenazar potencialmente los intereses políticos y económicos rusos, que regresaron a la zona durante los años noventa, a menos que EEUU encuentre la manera de que Rusia se involucre totalmente.
Los intereses petrolíferos rusos en Irak Los intereses rusos en Irak se concentran en el petróleo. Ello no debería sorprender a nadie, ya que las empresas rusas que más han crecido y mayor credibilidad internacional han logrado, especialmente desde la crisis de la deuda rusa de 1998, han sido las compañías petrolíferas. Además, Irak ofrece –más que ningún otro país, exceptuando quizás a la propia Rusia- la posibilidad de incrementar considerablemente las reservas y la producción, a través de una mayor exploración y explotación (los 112.000 millones de barriles de reservas reales convierten a Irak en el segundo mayor poseedor de reservas mundial.). En 1997, Lukoil, la mayor compañía petrolífera rusa, negoció un acuerdo de 4.000 millones $ para explotar los 15.000 millones de barriles del yacimiento de West Qurna en el Sur de Irak. Sin embargo Lukoil, a pesar de que controlaba el 68 % de la participación en el proyecto, nunca empezó los trabajos en la realidad, debido a las sanciones contra el régimen de Sadam Husein, patrocinadas por EEUU. No obstante, ahora Irak amenaza con cancelar el acuerdo si la compañía no comienza a trabajar rápidamente en West Qurna. Mientras tanto, el Congreso Nacional Iraquí, el grupo exiliado en Londres que ahora parece ser el que mayores posibilidades tiene de sustituir en el gobierno a Sadam Husein, ha advertido de que los acuerdos petrolíferos alcanzados por las compañías extranjeras con el régimen de Sadam no se verán necesariamente respetados en el futuro posterior al régimen.
Ello ha supuesto un problema para Lukoil y otras compañías rusas como Slavneft (una sociedad de servicios petrolíferos que, en fecha tan reciente como en octubre de 2001, firmó un contrato de servicios de 52 millones $ para perforar en el yacimiento de Tuba en el Sur de Irak). Además, el acuerdo económico ruso-iraquí recientemente propuesto por valor de 40.000 millones $ también incluía muchas oportunidades para las compañías petrolíferas rusas para explorar en el desierto occidental iraquí, cerca de la frontera con Irán. Este intento, que temporalmente parece detenido, se hizo en parte para conseguir que Irak acabara devolviendo los préstamos de unos 8.000 millones $ concedidos durante la época de la Unión Soviética, cuya pérdida innecesaria sería un duro revés para el actual gobierno ruso.
La campaña de EEUU para hacer la guerra a Irak ha puesto a los intereses rusos en la zona en una difícil situación. Si el gobierno de Putin apuesta por el régimen de Husein en un intento de proteger los intereses tanto públicos como privados de Rusia en la zona, se arriesga a sacrificar sus mejoradas relaciones con EEUU, y todo por lo que probablemente iba a resultar ser una causa perdida. Ello posiblemente dejaría a las compañías rusas fuera de la economía posterior al gobierno de Sadam, incluyendo la potencial explotación de las reservas petrolíferas iraquíes. Por el contrario, si apoya la iniciativa de EEUU, asume el riesgo de ver cómo los actuales intereses rusos privilegiados en Irak pierden su posición a favor de las compañías petrolíferas con sede en EEUU. Sin embargo, aún es posible que EEUU y Rusia compartan intereses comunes en un nuevo régimen en Bagdad, si ambos países se comprometen a cooperar más entre ellos política y económicamente. Esta novedad presionaría a Europa, por lo menos, a dar un consentimiento tácito a los planes de EEUU, dado que las compañías petrolíferas francesas también han progresado en Irak e incluso las compañías españolas han intentado colocarse allí (el pasado mes de septiembre, Repsol y Cepsa firmaron contratos con Irak para comprar unos 6 millones de barriles durante octubre y noviembre, bajo el patrocinio del programa de la ONU de Petróleo por Alimentos). De ahí la lógica de la visita de George Bush a Rusia el pasado mayo y la reciente cumbre de la energía en Houston.
La nueva fuerza impulsora de las relaciones EEUU–Rusia El reciente acercamiento de EEUU a Rusia se ha desarrollado en un contexto de seguridad mucho más amplio. En realidad, ahora que EEUU ha conseguido un poder militar indiscutible, apoyado en una economía que para muchos es la más fuerte y flexible del mundo, sólo existen dos debilidades que podrían socavar la influencia dominante de EEUU en los asuntos internacionales. La primera sería el posible desgaste de la hegemonía del dólar en el caso de que el euro obtuviera un papel más significativo como divisa internacional (véase The Shifting Geopolitics of the Euro, Paul Isbell, Análisis del Real Instituto, 23-09-02, ARI 57/2002). La segunda vulnerabilidad se deriva de la continua dependencia de EEUU de las importaciones de petróleo de los países de la OPEP, especialmente de los de Oriente Medio. EEUU importa aproximadamente el 60 % del petróleo que consume y la mayoría de los cálculos estiman que esta cifra subirá hasta el 70 % en el año 2020. Ésta es la inevitable conclusión (salvo que se de una considerable explotación de fuentes de energía alternativas) derivada del hecho de que mientras que EEUU consume actualmente un cuarto del petróleo mundial, posee menos del 3% de las reservas totales mundiales. Además, un tema constante, derivado de las conclusiones y recomendaciones políticas del reciente National Energy Policy Development Group (“Grupo para la Política de Explotación de la Energía Nacional”) (dirigido por el Vicepresidente Dick Cheney) es la importancia de diversificar las fuentes de petróleo como modo de aumentar la seguridad energética de EEUU, objetivo que el Grupo NEPD considera primordial para la política exterior y comercial.
En este contexto, EEUU se juega mucho viendo a Rusia explotar todo su potencial de gas y petróleo, especialmente a la vista del objetivo adicional de colaborar en la creación de una Rusia estable y democrática. Este objetivo es importante por dos razones: primera, una Rusia exitosa supondría un ejemplo clave para el mundo, al ver que una antigua superpotencia comunista puede realizar una transición ajustada a la democracia y al mercado; segunda, una Rusia estable es un objetivo vital de la política internacional debido a los arsenales nucleares que quedan aún en Rusia y en alguno de sus socios de la CEI. Por otro lado Rusia, para la que el gas y el petróleo suponen el 40% de sus exportaciones y el 50% de sus ingresos estatales, estaría interesada en incrementar su influencia en los mercados petrolíferos mundiales. Visto desde esta perspectiva, la cumbre de Houston tiene una fácil explicación. Antes del 11 de septiembre, la dependencia estadounidense del petróleo de Oriente Medio se estaba incrementando, mientras que la demanda global de petróleo crecía entre 1’5 millones de barriles por día (mbd) y 2 mbd anualmente. Aunque la presente ralentización económica podría quitarle algo de presión a la demanda, la tendencia a largo plazo está clara: continuada, incluso creciente, dependencia del petróleo de Oriente Medio. Tanto el Departamento de Energía de EEUU como la Agencia Internacional de la Energía (AIE) previeron recientemente que la demanda global de petróleo crecería de 77 a 120 mbd en veinte años, principalmente como resultado de la mayor demanda en EE.UU. y en Asia. El Grupo NEDP prevé que el consumo de EEUU en petróleo ascenderá de 19 mbd en 2000 a 27 mbd en 2020 y las importaciones subirán 7’5 mbd durante el mismo período. Estas previsiones dan por hecho que, de no darse ningún cambio considerable de política, la mayoría del aumento en el suministro vendrá de la OPEP (cuya producción se espera que crezca de 28 mbd en 1998 a 60 mbd en 2020). Sin cambios considerables en el escenario internacional petrolífero, la mayoría de este incremento tendrá que venir de Oriente Medio, y en particular de Arabia Saudí. La reciente subida de los precios ha empezado a estimular una mayor actividad en Rusia, los países de la CEI y África, pero es probable que pasen varios años hasta que entren en pleno funcionamiento y, en cualquier caso, se requeriría una inversión multimillonaria en dólares, inyectada por las industrias petrolíferas en EEUU y Europa y sus homólogas de Rusia. El ministro ruso de Energía, Igor Yusunof, consideraba recientemente que la industria petrolífera rusa necesita 50.000 millones $ de inversión durante los próximos ocho años para alcanzar su verdadero potencial. Ese era precisamente el orden del día de la cumbre de Houston.
El tradicional nexo EEUU–Arabia Saudí Durante décadas, la clave para la economía política del petróleo ha sido el eje EEUU –Arabia Saudita. Hasta el año pasado, Arabia Saudí suministraba 1’7 mbd de los aproximadamente 11 mbd importados por EE.UU., más que ningún otro competidor. Desde entonces, las exportaciones sauditas han caído hasta poco más de 1’5 mbd (desplazada por Canadá como máxima proveedora tras el 11 de septiembre). Esto refleja el intento de EEUU por reducir la dependencia de Arabia Saudita en el período de los ataques terroristas. A partir del 11 de septiembre, las relaciones EEUU-Arabia Saudita se han enfriado, sobre todo debido a la impresión de que Arabia Saudí es ambivalente con respecto a la guerra de EE.UU. contra el terrorismo. El hecho de que 15 de los 19 terroristas suicidas implicados en el ataque del 11 de septiembre llevaran pasaportes sauditas (por no hablar del propio origen de Osama Bin Laden) no ha ayudado en exceso. A ello hay que añadir la negativa saudita a permitir a los militares de EEUU que utilicen Arabia Saudita como plataforma de lanzamiento para cualquier acción militar contra Irak. Las importaciones de EEUU también subieron algo en 2002, reflejando la política de EEUU de incrementar los suministros en su Reserva Estratégica de Petróleo (REP).
Sin embargo, antes del 11 de septiembre se daba por supuesto no sólo que Arabia Saudita era el principal proveedor de petróleo de EEUU, sino que probablemente seguiría siéndolo en el futuro. Ciertamente, parte de la compleja estrategia petrolífera de Arabia Saudita había sido siempre la de mantener su posición de líder en el mercado estadounidense, con el objetivo de mantener la idea de importancia estratégica que tiene Arabia en la política exterior de EEUU. Arabia llegaba incluso a pagar un precio por esta centralidad, al vender su petróleo a EEUU con un descuento aproximado de 1 $ por barril (bbl) y concediendo un subsidio total a los consumidores de EEUU de más de 600 millones $ por año. Hasta ahora, se esperaba que EE.UU. protegiera a Arabia Saudita política y militarmente, asumiendo los resultados de su propia política exterior en la región. En principio, el régimen saudita estaba interesado en mantener ese acuerdo, ya que el mercado de EEUU era la principal fuente de incremento en la demanda de petróleo saudita hasta un lejano futuro. Dado que el régimen saudita depende básicamente de sus exportaciones de petróleo, el mercado de EE.UU. continuaría siendo de una importancia fundamental. La tradicional relevancia de Arabia Saudita en la geopolítica del petróleo se debía no sólo a su posición como el mayor poseedor individual de reservas (262 miles de millones bbl de reservas reales a finales de 2001, el 25 % del total mundial y aproximadamente un tercio del total de la OPEP) o el mayor productor mundial (8’5 mbd), sino también a su papel como mayor swing producer del mercado. Además de su producción diaria actual, Arabia Saudita alberga la mayor capacidad de reserva individual del mundo (unos 3 mbd, de acuerdo con algunos expertos en petróleo, suficiente como para sustituir a toda la producción de otro gran país exportador en el caso de interrupción en el suministro), lo que le concede una influencia notoria en el precio mundial del petróleo. Si otro productor reduce de forma casual o a propósito el suministro (o la demanda sube repentinamente) Arabia Saudí puede poner a producir una cantidad suficiente de reservas como para mantener la estabilidad de los precios en el mercado del petróleo, lo que es de suprema importancia estratégica para EEUU, Europa y Japón. Por otra parte, en el caso de aumentar la producción, bien por parte de socios de la OPEP que intenten aumentar su cuota de mercado o precios más bajos, Arabia Saudita puede reducir la producción para apuntalar los precios. Dado que su petróleo es especialmente barato de extraer (menos de 1$/bbl, comparado con 6-8 $/bbl en el Golfo de México o en el Mar del Norte), los sauditas son los únicos productores capaces de embarcarse en una guerra de precios, incrementando significativamente la producción y bajando los precios a unos 10 $/bbl (lo que ya hicieron en los ochenta, para luchar contra las infracciones de los acuerdos de la OPEP por parte de otros productores intentando aumentar su cuota de mercado y de nuevo en 1998, cuando Venezuela no respetó sus cuotas de la OPEP con el fin de sustituir temporalmente a Arabia Saudita como el proveedor número uno de petróleo a EEUU). A unos niveles de precios tan bajos, Arabia Saudita ha podido, tradicionalmente, sobrevivir más tiempo y de forma más confortable que la mayoría del resto de productores de petróleo, dándole su enorme influencia en la geopolítica del petróleo.
Tal y como señalan Edward L. Morse y James Richard, “la capacidad de reserva de Arabia Saudita es el equivalente en los mercados energéticos a las armas nucleares, un elemento disuasorio poderoso contra quienes intentan cuestionar el liderazgo y los objetivos saudíes”. (Véase The battle for Energy Dominance, Foreign Affairs nº 81, Marzo-Abril 2002). Al contrario que el elemento disuasorio nuclear, la capacidad de reserva saudita ha sido utilizada activamente cuando se ha considerado esencial para mantener su cuota dominante de mercado. Además, hasta ahora, no ha habido mucho contrapeso por parte de los productores para parar esto, mientras que los precios bajos del petróleo se ven en EE.UU., por lo general, como un avance favorable para la economía. El equivalente al “elemento disuasorio nuclear” en los mercados del petróleo durante mucho tiempo ha fundamentado la relación EEUU –Arabia Saudita. Sólo recientemente se ha cuestionado. Si la solidez de la relación EEUU –Arabia Saudita se ha erosionado, sólo cabe esperar que la política exterior de EEUU comience a buscar ahora cómo socavar paulatinamente la fortaleza estratégica de Arabia Saudita. Este objetivo estratégico se vuelve más primordial a la vista de las crecientes preocupaciones sobre la estabilidad y futuro del régimen saudí.
Diversificación del petróleo de EEUU Si se considera que EEUU no va a emprender un cambio político importante para estimular alternativas al petróleo, una combinación de los siguientes objetivos estratégicos ayudaría a diversificar su suministro, aumentaría la producción petrolífera mundial, y erosionaría el "arma nuclear" que supone para Arabia Saudita su capacidad swing: (1) colaborar con Rusia (y otros productores de la CEI) para incrementar la producción y aumentar las infraestructuras para manejar mayores flujos petrolíferos; (2) participar en la explotación de recursos sin explotar en Irak; y (3) estrechar los vínculos con otros productores y potenciales productores de áreas no pertenecientes a la OPEP, como África.
Rusia y la CEI La reciente cumbre de Houston –con un amplio abanico de cuestiones del sector petrolífero públicas y privadas en el orden del día- constituyó, sin duda, un movimiento en esa dirección. Al reunir a compañías petrolíferas de EEUU y Rusia, la Administración Bush espera facilitar la colaboración del sector privado, uniendo el capital y la tecnología de EEUU con el nuevo potencial de la producción rusa. La Administración Putin, sin duda, ha visto todo esto como una oportunidad para negociar el mantenimiento de los intereses rusos en Irak en un gobierno post-Sadam y en el frenesí de los proyectos de oleoductos que se cuecen ahora para llevar al mercado la futura producción del Mar Caspio. Una sólida asociación EEUU –Rusia también ayudaría a que se garantizara a las compañías rusas el acceso a los mercados de capitales y a las técnicas y tecnologías necesarias para ampliar la producción de petróleo y las infraestructuras con el fin de estimular la economía rusa. De hecho, si todos los planes actuales rusos y de la CEI para aumentar la producción se llevan a cabo, los países de la antigua Unión Soviética podrían igualar las exportaciones sauditas de una manera relativamente rápida, y quizás incluso hacerse con parte del control del mercado petrolífero del gozaron al final de la Guerra Fría cuando la Unión Soviética era el mayor productor, con una producción de 12’5 mbd (el mayor nivel conseguido nunca por un único país productor). Ahora Rusia es el segundo mayor productor y exportador mundial, al producir 7 mbd y exportar más de 4 mbd (comparado con los 8’5 mbd y 7’6 mbd de Arabia Saudita, respectivamente). Pero para que todo esto se produzca, son necesarios unos niveles mucho más altos de participación de compañías petrolíferas en la CEI, proceso que está considerando EE.UU. como una posibilidad para cimentar sus vínculos con Rusia y los países del Asia Central y apuntalar la influencia de EEUU en la zona. Esto concuerda también con el programa estratégico de EEUU para volver a trazar el mapa geopolítico de Asia Central (véase William Pfaff, The Impact of September 11 on the World Order, Real Institutio Elcano, Seminario Internacional: El mundo un año después –en el aniversario de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, 11 Septiembre, 2002, .). Un símbolo importante de este aumento de la colaboración petrolífera EE.UU. –Rusia ha sido el transporte Tyumen de unos 300.000 bbl de petróleo ruso a la Reserva Estratégica de Petróleo (REP) que llegó sólo unos días después de la cumbre de Houston. Mientras que Yukos entregó el primer transporte directo de petróleo ruso a EEUU el pasado mes de julio, la venta Tyumen representa el primer petróleo ruso que contribuye a la REP (con existencias que se acercan ahora a los 600 millones bbl, de una capacidad total de 700 millones bbl). Esto implica un claro cambio de rumbo en el carácter estratégico de la asociación EEUU –Rusia. El ministro de Energía ruso, Igor Yusof, visitó también uno de los yacimientos REP en EEUU en Bryan Mound, cerca de Freeport, Tejas, justo antes de la cumbre de Houston, convirtiéndose en la primera persona de la antigua Unión Soviética en visitar uno de los emplazamientos de los REP en EEUU. Las compañías petrolíferas rusas también están entusiasmadas ante la perspectiva de una colaboración más estrecha, especialmente si EEUU les permite una participación en la producción del Irak post- Husein. Lukoil y Yukos, las dos mayores compañías petrolíferas rusas, han expresado su interés en ampliar la colaboración con EEUU y su industria petrolífera, sobre todo como modo de conseguir inversión, tecnología y colaboraciones fructíferas. Se ha producido también un cambio considerable en la impresión de Moscú y de la industria petrolífera rusa respecto a la capacidad rusa para resistir una guerra de precios dirigida por Arabia Saudita. Antes de la crisis rusa de agosto de 1998, el rublo estaba estabilizado respecto al dólar. Como consecuencia, cuando los precios del petróleo cayeron en 1997 y 1998, las compañías rusas sufrieron una disminución considerable de ingresos y una considerable pérdida de competitividad. Sin embargo, ahora que el rublo fluctúa libremente, el tipo de cambio es capaz de amortiguar muchos de los efectos negativos de la bajada de los precios internacionales en dólares. Mientras que en 1998 la bajada de los precios del petróleo tuvo un impacto negativo en el balance de la cuenta corriente en Rusia, poniendo mayor sobre el rublo y empujándole hacia su caída final, en el contexto actual de un rublo flotante, el tipo de cambio podría adaptarse a ese impacto negativo mediante la depreciación, minimizando, así, el efecto negativo sobre la competitividad de las compañías petrolíferas rusas, cuyos costes siguen basándose en el rublo. Esta mayor flexibilidad ha renovado la confianza rusa en que su industria podría ser capaz de absorber unos precios mundiales mucho menores en el caso de que los sauditas intentaran poner en marcha una guerra de precios para socavar los nuevos esfuerzos rusos con el fin de aumentar la producción y captar mayor cuota de mercado. La cumbre de Houston proporcionó, también, un escenario de negociaciones en el que la industria petrolífera rusa podría conseguir alguna ayuda de EEUU para subsidiar las pérdidas rusas en el caso de que se produzca un reto saudí, que pusiera a los precios del petróleo por debajo del umbral en el que las compañías petrolíferas rusas lograran beneficios. Tal explotación (quizás encuadrada en una REP rusa o incluso conjunta EEUU–Rusia) sería francamente interesante para EEUU, por cuanto indicaría una importante erosión del “poder nuclear” que supone actualmente Arabia Saudita como el único swing producer mundial, incrementándose, así, la influencia política de EEUU sobre Arabia Saudí y dejándole las manos libres en Oriente Medio y Asia Central. Este cambio de mentalidad ha constituido, sin duda, un elemento importante en el nuevo entusiasmo ruso para explorar una mayor cooperación con EEUU.
Irak Los intentos de EEUU por estimular un cambio de régimen en Bagdad podrían facilitar también el objetivo múltiple de incrementar la producción mundial de petróleo, estabilizando los precios en o sobre 20 $/bbl y debilitando el poder saudita. Sus enormes reservas y gran potencial para incrementar la producción durante los próximos años –si se da la inversión adecuada- convierten a Irak en la única pieza verdaderamente codiciada del mapa petrolífero mundial sobre la que EEUU podría esperar ejercer una influencia primordial. Si la influencia de EEUU se extendiera en la zona, no sólo se ayudaría a alcanzar los objetivos petrolíferos ya mencionados, sino que también se facilitaría la implicación de EEUU en la totalidad de Oriente Medio y de Asia Central. La cumbre de Houston, que se hizo coincidir con la intensa campaña diplomática de la Administración Bush para convencer al mundo de la necesidad y legitimidad de una guerra contra Irak para expulsar a Sadam, podría también haber sido concebida como un instrumento para que Rusia –con su importante poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU- volviera al redil de EEUU, se tranquilizara con respecto a la creciente influencia estadounidense en estas regiones, y para poner de manifiesto que los intereses rusos y de EEUU en Asia Central, Oriente Medio y el mercado petrolífero mundial están compartidos mutuamente.
África Por último, está el nuevo anhelo de Washington por estrechar lazos con potenciales productores de petróleo de África. Este vértice de la estrategia de EEUU facilita los objetivos de incrementar la diversidad de los suministros en un área habitualmente considerada como de escaso valor estratégico. La posibilidad de incrementar la inversión de EEUU en exploración y producción será también bien recibida por la mayoría de países con petróleo potencial, debido al estímulo económico que puede proporcionar a las economías africanas. Según Robert Esser, del Cambridge Energy Research Associates (CERA), los nuevos descubrimientos de yacimientos en Angola, Nigeria y otros países africanos podrían añadir 3 mbd a la producción mundial de petróleo en los próximos ocho años. Todavía hay una ventaja más para EEUU si se aumenta la producción. Jugar la “carta rusa” en la cumbre de Houston puede haberle servido de aviso a Arabia Saudita. En este sentido, se puede comparar a la “carta china” de Nixon-Kissinger jugada contra la Unión Soviética a comienzos de los setenta. EEUU podría buscar el mantenimiento de una estrecha relación con las dos mayores potencias petrolíferas mundiales, haciendo que se enfrentaran diplomáticamente. Sin embargo, el posterior desarrollo del potencial africano incrementaría la influencia de EEUU tanto sobre Rusia como sobre Arabia Saudita, otorgando a Washington y a su industria petrolífera una mayor flexibilidad en el caso de dificultades tanto en Rusia o en los países de la CEI como en Oriente Medio. De hecho, la “carta africana” podría ser una palanca útil para presionar a la Duma rusa y que finalmente promulgara una legislación que permitiera acuerdos de producción conjunta, lo que muchas compañías de EEUU consideran son incentivos decisivos para estimular una cooperación considerable con la industria petrolífera rusa. Por supuesto, los vértices números uno (Rusia) y tres (África) conllevan poco riesgo. Sin embargo, el segundo vértice de la estrategia petrolífera de EEUU (Irak) lleva consigo una serie de riegos considerables. En primer lugar, está el potencial daño a corto plazo a las economías de EEUU y mundiales, consecuencia de la inseguridad económica adicional, en estos momentos de fragilidad general económica y financiera. En segundo lugar, existe un riesgo considerable de una subida altísima en el precio del petróleo en caso de un ataque a Irak. (Véase Alejandro Vigil, Precios del crudo e Irak: mayor incertidumbre, imposible, Análisis del Real Instituto, ARI 62/2002.) Ello se deriva, en primer lugar, de la probable interrupción de los suministros iraquíes durante una intervención militar que tendría, cuanto menos, un efecto negativo temporal sobre los precios. Sin embargo, existen desconocidos afectados por esa acción militar que también podrían hacer subir los precios: ¿Atacaría Sadam a las instalaciones de producción de sus vecinos? Según Daniel Yergin, de CERA dejar fuera de combate a yacimientos importantes del Golfo haría subir los precios con toda facilidad hasta unos 50 $/bbl. ¿Podría empantanarse la acción militar de EEUU y llenar de incertidumbre la economía mundial y el mercado internacional del petróleo? Tal eventualidad probablemente traería consigo la recesión a EEUU y a la economía mundial. ¿Reaccionarían Arabia Saudita (3 mbd de capacidad de reserva) o los demás proveedores del Golfo Pérsico (otros 3 mbd de capacidad de reserva entre ellos) lo suficientemente rápido como para rellenar el vacío de suministro dejado por Irak (que actualmente asciende aproximadamente a 1 mbd de exportaciones al mercado mundial? Durante la primera Guerra del Golfo tuvieron que sustituirse unos 5 mbd, ya que las exportaciones iraquíes y kuwaitíes se evaporaron del mercado. Hoy, en teoría, la labor sería mucho más fácil. ¿Pero cooperarían esta vez Arabia Saudí y todos sus vecinos del entorno? Muchos signos parecen continuar indicando que lo harían, pero con el creciente coro en el mundo árabe protestando contra la posible intervención militar, existe la posibilidad de que el arma del petróleo se use pasivamente, meramente sin prepararse lo suficientemente rápido como para prevenir considerables subidas de precios. El dilema se acentúa por el hecho de que la Administración Bush haya concebido la posible intervención militar contra Sadam como una respuesta a la ayuda potencial de su régimen a Al Qaida y a su desarrollo de armas de destrucción masiva. Las razones expuestas por la Administración Bush manifiestan que el presente régimen iraquí representa un claro y actual peligro no sólo para los intereses de EEUU sino para los de la comunidad internacional. El petróleo, argumentan, no figura como la preocupación fundamental en la formulación de la política de EEUU hacia Irak. Puede que sea así, pero sería también difícil sostener que el petróleo iraquí no haya estado en la mente de algunos de los que diseñan la política en Washington, aunque sólo sea por el hecho de que los actuales intereses rusos en Irak -y su veto en el Consejo de Seguridad- convierten al petróleo en por lo menos una preocupación secundaria. A corto plazo, sin embargo, Arabia Saudita y sus estados vecinos del Golfo tienen aún la llave de los mercados del petróleo. En el mejor de los casos, tanto Rusia como Irak necesitarían de tres a cinco años antes de que la producción de petróleo pudiera incrementarse lo suficiente como para compensar la capacidad del arma de la reserva saudita. Por ello, es esencial para EE.UU. continuar cortejando a Arabia Saudita por una mínima cooperación, como poco. Los demás principales productores del Magreb, África y Latinoamérica tienen poca, si es que alguna, capacidad de reserva. De ahí las arenas movedizas en las que tiene que moverse EE.UU. para conseguir llevar a buen fin su ambición de expulsar a Sadam Husein –objetivo sobre el que el régimen saudita permanece en su ambivalencia. Como análisis final, la mejora de las relaciones EEUU –Rusia se puede interpretar como una señal para Arabia Saudita de que su dominio petrolífero no es necesariamente un rasgo permanente de la geopolítica del petróleo y que a medio y largo plazo el Reino del Golfo dependerá finalmente de sus relaciones con EEUU, especialmente una vez que este último ha comenzado a construir un mapa del petróleo mucho más diverso que el de la OPEP. La Cumbre Comercial de la Energía EEUU–Rusia ha sido la primera señal de aviso de esta campaña diplomática.
Paul Isbell Analista Principal, Area Economía Internacional
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