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Cuando
ocurrieron los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, España disponía de
unas estructuras de seguridad interior muy desarrolladas y altamente eficaces
en materia de lucha contra el terrorismo. No en vano, la actual democracia
española se ha visto afectada desde su mismo inicio por las actividades de
distintas organizaciones terroristas de origen endógeno, aunque ninguna de
ellas ha persistido tanto a lo largo del tiempo ni ocasionado tantas víctimas o
consecuencias sociales como ETA. Esta banda armada, inspirada ideológicamente
en el nacionalismo étnico, persigue tanto la independencia política como la
uniformidad cultural para un País Vasco en el que incluyen cuatro provincias
españolas y tres demarcaciones del suroeste francés. Haciendo frente a la misma,
en un contexto marcado por los procesos de democratización y descentralización
territorial, es como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (FCSE) han
perfeccionado, durante más de tres décadas, sus capacidades para prevenir y combatir
el terrorismo dentro del Estado de derecho.[1] Es más, cuando ocurrieron los atentados del 11 de marzo, ETA se encontraba en
uno de los peores momentos de su trayectoria, si no decididamente el peor de
todos, debido principal aunque no exclusivamente a la eficacia de la policía
española.
Ahora
bien, las estructuras nacionales de seguridad interior no estaban igualmente
adaptadas para hacer frente a los desafíos del mucho más novedoso terrorismo
relacionado de manera directa o indirecta con al–Qaeda, un fenómeno que se
configura y extiende por gran parte del mundo durante los años 90 del pasado
siglo. Sin embargo, esta es una afirmación que debe ser convenientemente
matizada. Recuérdese, por ejemplo, que en apenas dos días los servicios del
Cuerpo Nacional de Policía dedicados a la información exterior pudieron
identificar a buena parte de los principales autores materiales de la matanza
en los trenes de cercanías que circulaban a primeras horas de aquel día con
destino a la madrileña estación de Atocha, deteniendo a unos y localizando
finalmente el piso de la cercana localidad de Leganés donde terminaron por
suicidarse otros menos de un mes después, el 3 de abril, al percatarse que la
policía los había detectado y rodeaba el inmueble en que habían buscado
refugio. Esta operación, aunque no consiguió aprehender a los terroristas, que
ante esa posibilidad optaron por inmolarse causando el mayor daño posible,
impidió muy probablemente que quienes cometieron los atentados del 11 de marzo
perpetraran otros, dentro o fuera de Madrid, en los meses siguientes.
Es
menester asimismo recordar que, en el otoño de 2001, concretamente a partir del
mes de noviembre de este año, la policía española desmanteló por orden del juez
Baltasar Garzón –el conocido magistrado de la Audiencia Nacional que ya en
aquellos momentos destacaba en ese órgano por prestar atención al problema del
terrorismo global y su incidencia para España– la célula de al–Qaeda que se
había establecido en nuestro país durante la década precedente, cuyos ligámenes
con la célula de Hamburgo, en la que se integraban buena parte de quienes
perpetraron los atentados de Nueva York y Washington en septiembre de aquel
mismo año, se hicieron manifiestos muy poco después de sucedidos. Esas y otras
actuaciones policiales fueron posibles porque los correspondientes servicios
policiales de información habían investigado sobre ese entramado de terrorismo
internacional desde el inicio de los 90 y pudieron presentar ante los
tribunales suficiente evidencia incriminatoria en relación con el mismo. Antes
de que ocurriese la masacre del 11 de marzo, contando desde enero de 2001, las
FCSE habían detenido a unas cuantas docenas de individuos por su implicación en
actividades terroristas de orientación yihadista. Además, para esa fecha habían
iniciado distintas investigaciones que culminaron, a partir del último
trimestre de este año, en sucesivas nuevas operaciones policiales contra el
terrorismo global y en la práctica de numerosas detenciones.
Por
tanto, la policía española estaba mal adaptada para hacer frente a los riesgos
y amenazas del actual terrorismo global no tanto porque este fenómeno fuera mal
conocido en relación con nuestro país por los pocos funcionarios que se
ocupaban del mismo, sino precisamente por esto último, porque eran sólo unos
pocos los funcionarios que se ocupaban del mismo, siendo además muy precarios
los medios con que contaban para llevar a cabo su labor.[2] Las cosas hubieran sido probablemente de otro modo si con la debida oportunidad
se hubiese tomado la decisión de conceder al problema del terrorismo global la
relevancia que merecía desde al menos mediados los años 90, pero especialmente
tras los atentados del 11 de septiembre en EEUU y aún más si cabe tras los de
Casablanca en mayo de 2003, uno de cuyos blancos fue español. Una decisión que,
debidamente informada por los servicios de inteligencia y por las unidades
policiales de información, era en última instancia política. Pero que no tomó
el Gobierno español que por entonces formaba el Partido Popular (PP). Quien
fuese su presidente, José María Aznar, reconoció, en el epílogo de un libro de
memorias publicado al poco de abandonar su cargo, tras las elecciones generales
celebradas el 14 de marzo de 2004, que “quizás los propios éxitos conseguidos
en la lucha contra ETA en los últimos años nos han llevado a bajar la guardia
ante la amenaza fundamentalista”.[3] Habrá quien piense que es fácil hacer ahora estas consideraciones y traer a
colación citas como esa, a posteriori, después de ocurrido lo ocurrido.
En mi caso, sin embargo, debo recordar que en enero de 2003 concluí un libro en
el que afirmaba textualmente esto: “al–Qaeda ha utilizado el territorio español
como una de sus principales bases europeas. Es probable que sus ciudadanos y
gobernantes se conviertan en blanco del terrorismo global”.[4]
Para
una reforma de la seguridad interior
Pues bien, una vez ocurridos esos trágicos
sucesos del 11 de marzo, producida poco después la tentativa de atentar contra
un tren de alta velocidad en el recorrido desde aquella ciudad hasta Sevilla y
tras el episodio suicida de Leganés, de lo que trataba era de evaluar si la
amenaza del terrorismo global para España continuaba y poner los medios
necesarios para neutralizarla. En esos momentos, una porción nada desdeñable de
la opinión pública española parecía convencida de que lo acontecido aquel día
en los madrileños trenes de cercanías había sido consecuencia del alineamiento
del Gobierno del Partido Popular con las autoridades estadounidenses respecto a
la invasión de Irak, es decir, de lo que en una instantánea gráfica ampliamente
divulgada en los medios de comunicación se conoce como la “foto de las Azores”.
En alusión a una fotografía de prensa en la que posan juntos, en una de las
islas de dicho archipiélago, el presidente norteamericano George W. Bush, el
primer ministro británico, Tony Blair, y el que en aquel tiempo era presidente
del Ejecutivo español, José María Aznar, con su anfitrión, el jefe del Gobierno
portugués, José Manuel Durao Barroso, días antes de que, el 20 de marzo de
2003, se produjeran los primeros bombardeos sobre Bagdad. Por lo que se puede
colegir que, desde esa misma perspectiva, la salida de las tropas españolas
desplegadas en dicho país, como de hecho decidió el Gobierno del Partido
Socialista Obrero Español (PSOE) apenas constituido, tras obtener una mayoría
relativa de escaños en el Congreso de los Diputados en las mencionadas
elecciones generales celebradas tres días después de los atentados de Madrid,
habría supuesto la desaparición efectiva de la amenaza terrorista relacionada
de uno u otro modo con al–Qaeda. En el otro lado del espectro político, diríase
que era igualmente considerable la proporción de españoles para quienes detrás
de los atentados del 11 de marzo no estaba tanto la amenaza del terrorismo
yihadista como la ya conocida de ETA.
Entre
esas dos visiones erróneas, ambas de las cuales tendían explícita o
implícitamente a minimizar los problemas inherentes al terrorismo global, en la
cúpula que al comenzar la VIII Legislatura, en abril de 2004, se hizo cargo del
Ministerio del Interior, esto es, la institución central en materia de
prevención y lucha contra el terrorismo en España –aunque la responsabilidad
última de la política antiterrorista sea del presidente del Gobierno–, muy
pronto se tuvo lo suficientemente claro que este fenómeno constituía una
amenaza duradera, que ni en España ni en los países de nuestro entorno europeo
y mediterráneo iba a remitir en breve. José Antonio Alonso, ministro del
Interior entre abril de 2004 y la primavera de 2006, cuando pasaría a asumir la
cartera de Defensa, lo expresó en cierta ocasión, ante la Comisión de Interior
del Congreso de los Diputados, con estas palabras: “este ministro, su equipo y
todo el Gobierno han sido conscientes desde el primer momento de que debíamos
poner en marcha una serie de medidas que si bien no eliminan la amenaza, sí
deben permitirnos estar más preparados para responder a esa amenaza a nuestra
seguridad, por tanto a nuestra libertad y a los valores democráticos que la
sustentan, a nuestro modo de vida, a nuestro progreso, a la seguridad y a la
libertad también de nuestros aliados”.[5] La evolución de los hechos dio la razón a esta manera de ver las cosas. A lo
largo de la VIII Legislatura fueron detenidas más de 300 personas por su
implicación en actividades de terrorismo global, pudieron ser desbaratados a
tiempo planes para cometer nuevos atentados y desde al menos 2006 se hicieron
frecuentes las menciones a España como blanco en la propaganda de al–Qaeda.[6]
A
la hora de tomar una serie de decisiones para adaptar las estructuras españolas
de seguridad interior a los riesgos y amenazas que plantea el terrorismo
global, ni desde el Ministerio del Interior ni desde el Gobierno de la nación
en su conjunto se podía recurrir al programa electoral con que el PSOE había
concurrido a las elecciones generales, pues no contenía propuestas específicas
al respecto. De tal suerte que las decisiones adoptadas en los meses
posteriores a los atentados del 11 de marzo, que constituyen lo fundamental de
las decisiones asumidas en relación al terrorismo global durante en los cuatro
años de la Legislatura, pues el resto de la misma estuvo más bien centrado en
su implementación, fueron informadas desde el propio Ministerio del Interior,
básicamente por los especialistas de las FCSE a través de sus responsables. Lo
cual no quiere decir que el entramado de instituciones y actores implicados en
la elaboración e implementación de unas u otras medidas pensadas para reformar
el sector contraterrorista se limitara a los cuerpos policiales, pues
progresivamente se hicieron presentes otros dominios de la Administración y grupos
de interés muy diverso, según fuese el asunto que les concerniera, desde
colectivos a favor de los derechos humanos hasta organizaciones de empresarios,
pasando por asociaciones de internautas, en una lógica similar a la que por
otra parte es propia en cualquier otro sector de las políticas públicas.
En
un primer momento, sin embargo, las decisiones referidas a los cambios que
luego se ejecutarían en las estructuras españolas de seguridad interior
estuvieron informadas por las FCSE. En el turno de respuestas a las
intervenciones de los portavoces de los distintos grupos parlamentarios
presentes en la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados que siguió a
su primera comparecencia parlamentaria como ministro del Interior, José Antonio
Alonso señalaba que “cuando llegamos al Ministerio del Interior les dijimos a
los profesionales de los servicios de información de la Policía y de la Guardia
Civil: tenemos un serio problema, como es el del terrorismo islámico, el
terrorismo de al–Qaeda o terrorismo internacional de nuevo cuño, ¿tenemos
medios suficientes? ¿Tenemos una estructura orgánica suficiente? [...]
Básicamente lo que nos dicen los servicios de información de la Policía y la
Guardia Civil son dos cosas. Una, que hay que potenciar claramente en medios y
personal las unidades de información exterior, es decir las unidades de la
Policía y de la Guardia Civil dedicadas al terrorismo internacional. Dos,
también nos dicen que es conveniente la creación de una estructura profesional
que pueda recibir información, analizarla, evaluar los riesgos del terrorismo
de nuevo cuño y por tanto hacer recomendaciones operativas a los propios
policías y guardias civiles. Y eso es lo que hace el equipo actual del
Ministerio del Interior y lo que espera es que dé resultados”.[7]
Los
atentados del 11 de marzo en Madrid pusieron de manifiesto, en cualquier caso,
que la lucha contra el terrorismo global no había adquirido la debida prioridad
gubernamental con anterioridad a los mismos, que como consecuencia de ello las funciones
de información e inteligencia policial no estaban a la altura de las
necesidades, y que además existían serios problemas de coordinación tanto entre
cuerpos policiales como dentro de cada uno de ellos. En consecuencia, las
primeras decisiones que se tomaron en el Ministerio del Interior, para mejor
afrontar desde el ámbito competencial que le es propio los desafíos de un
terrorismo global que se consideraba como una amenaza persistente para España,
tuvieron como propósito el de subsanar esas deficiencias. Pese a que en los
presupuestos para el 2004 no estaban previstas esas actuaciones y hubo que
recurrir a otras partidas para costearlas, y sin esperar a las recomendaciones
contenidas en el dictamen de la Comisión Parlamentaria que investigó los atentados
del 11 de marzo, aprobado por el pleno del Congreso de los Diputados en junio
de 2005, ya que, como manifestara José Antonio Alonso en octubre de este mismo
año, son decisiones que se empezaron a tomar “en cuanto llegamos al Gobierno o
en cuanto fue posible adoptarlas, por lo que la gran mayoría de ellas se han
anticipado de un modo natural a las recomendaciones de la Comisión a que se
refieren esas actuaciones”.[8]
Así,
el Comité Ejecutivo para el Mando Unificado de las Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad del Estado (CEMU), una importante innovación introducida en mayo de
2004 en la estructura del Ministerio del Interior y presidido por el secretario
de Estado de Seguridad, aprobó esa misma primavera un amplio Plan Operativo de
Lucha Contra el Terrorismo, cuyos objetivos de prevención y respuesta atendían
a las distintas variedades de ese fenómeno que suponen un desafío para España,
con expresa atención al terrorismo relacionado de uno u otro modo con al–Qaeda.
Cuando, en mayo de 2006, uno de los más experimentados políticos españoles,
como es Alfredo Pérez Rubalcaba, se convirtió en nuevo ministro del Interior, la
línea iniciada por su antecesor en el puesto no se modificará en relación con
las iniciativas pensadas para adaptar las estructuras de seguridad interior a
los desafíos del terrorismo global tras el 11 de marzo y puestas en marcha
durante los dos años anteriores. La permanencia de Antonio Camacho en el cargo
de secretario de Estado de Seguridad ha personificado así la continuidad en esa
materia, entre dos diferentes ministros del Interior durante la VIII
Legislatura y entre esta y la IX Legislatura, lo cual habla por sí solo del
papel central que con su gestión ha desempeñado para que España, aunque no
pueda hacerse invulnerable como tampoco lo puede ningún otro país del mundo,
sin embargo esté hoy mejor preparada para afrontar los riesgos y amenazas que
se derivan de aquel fenómeno.
Adecuando
las capacidades de inteligencia
La experiencia acumulada en la lucha
contra otros terrorismos, y en especial contra el de ETA, concede a España, al
igual que a contadas naciones más del mundo occidental en general o del entorno
europeo en particular, una cierta ventaja comparativa respecto al resto cuando
se trata de afrontar los desafíos del actual terrorismo global. Pero es una
experiencia que no necesariamente se transfiere de inmediato ni con facilidad a
la lucha contra este último, aunque proporcione lecciones de insoslayable
atención a la hora de adaptar los instrumentos y las agencias estatales de seguridad
disponibles para el tratamiento de los distintos aspectos que caracterizan a
dicho fenómeno. En este sentido, sabemos, por ejemplo, que para impedir
atentados, desmantelar grupos terroristas y desbaratar sus tramas de
financiación es imprescindible, ante todo, disponer de información bien
recogida y mejor analizada. No es de extrañar, por tanto, que la adaptación de
las estructuras españolas de seguridad interior ante el terrorismo
internacional haya tenido como uno de sus propósitos básicos precisamente el de
potenciar las capacidades de inteligencia, en este caso de inteligencia
policial, en relación con los riesgos y amenazas que le son propios.
De aquí que, apenas iniciada la VIII Legislatura, se tomara la decisión de potenciar los servicios y las unidades
centrales de información e inteligencia policial, así como sus brigadas en la
periferia, creando incluso grupos locales de información en lugares
especialmente significativos –como Ceuta y Melilla–, tanto en el seno del
Cuerpo Nacional de Policía como en el de la Guardia Civil. Es decir, en los dos
únicos cuerpos policiales españoles, el segundo de ellos de naturaleza militar,
con competencias en materia de terrorismo sobre la totalidad del territorio
nacional, para mejor acomodarlos a las tareas de prevención y respuesta frente
al terrorismo global, esto es, al actual terrorismo internacional relacionado
de uno u otro modo con al–Qaeda.[9] Competencias de las que en Cataluña y el País Vasco, como es sabido, disponen
además las policías autonómicas que dependen de los respectivos Ejecutivos de
esas Comunidades Autónomas, es decir Mossos d´Esquadra en el primer caso
y Ertzaintza en el segundo. En los últimos años, pero sobre todo tras
los atentados del 11 de marzo, el interés por adquirir un mejor conocimiento
policial sobre el terrorismo global se ha hecho evidente en ambas, que incluso
han desarrollado ya alguna operación relacionada con el mismo dentro de los
escenarios de actuación que por ley les corresponden.
En el Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia
Civil, la decisión de potenciar sus servicios antiterroristas, con el fin de
hacerlos más idóneos para afrontar los riesgos y amenazas inherentes al
terrorismo global, ha supuesto, por una parte, un incremento de los puestos de
trabajo destinados a tareas de prevención y lucha contra el mismo. Durante los
cuatro años de la Legislatura inaugurada unas semanas después de los atentados
del 11 de marzo y agotada en su totalidad, ese incremento fue de unos 1.000
policías y guardias civiles. Más concretamente, en 2004 se crearon 300 nuevos
puestos para esos funcionarios, a los que en 2005 se añadieron otros 300 más,
hasta completar con posterioridad el objetivo marcado para el conjunto del
periodo, que era el de aproximarse al aludido millar. De este modo se cubrían
las necesidades estimadas por las propias FCSE para prevenir y combatir el
terrorismo internacional en nuestro país, según una cadencia que responde no
tanto a criterios de voluntad política como a las posibilidades efectivas de
absorber nuevos recursos humanos por parte de las respectivas unidades
policiales de información exterior, es decir las especializadas en asuntos de
terrorismo internacional.
Ello no supuso una mengua en el monto de
policías y guardias civiles dedicados a la lucha contra ETA, puesto que, bien
al contrario, la plantilla de los servicios antiterroristas de las FCSE aumentó
en cerca del 35% durante la VIII Legislatura, si bien aproximadamente tres de
cada cuatro de esos nuevos puestos de trabajo fueron destinados a tareas de información
exterior. El crecimiento de los recursos humanos en servicios o unidades de
información exterior, que atienden cuestiones de terrorismo internacional, ha
sido del 72% para el Cuerpo Nacional de Policía y del 22% para la Guardia Civil.[10] Esta disparidad bien puede deberse a que el primero ha desarrollado la mayor
parte de las operaciones contra el terrorismo internacional llevadas a cabo en
nuestro país desde los años noventa, pero también tras los atentados del 11 de
marzo, y por lo tanto se encontraba en condiciones más favorables para ampliar
sus capacidades previas, mientras que en el caso de la Guardia Civil la
incorporación de nuevo personal ha servido principalmente para desenvolverlas.
Atendiéndonos al número efectivo de policías que se ocupaban del terrorismo
internacional cuando ocurrió la masacre de Madrid, es posible que aquel
incremento lo haya multiplicado, en la práctica, por entre seis y diez, según
sea el criterio utilizado para el cálculo. Al poco de iniciarse la IX
Legislatura, concretamente en mayo de 2008, el ministro del Interior se
comprometió a aumentar en unos centenares más el número de especialistas
policiales en la lucha contra el terrorismo internacional.
Ahora bien, una vez tomada la decisión
política de aumentar la cifra de policías y guardias civiles en tareas
relacionadas con ese fenómeno, hace falta tiempo para seleccionar el personal
idóneo y especializarlo antes de que pueda ser incorporado a sus nuevos
cometidos. Esta formación, a cargo de los servicios antiterroristas de cada
cuerpo y de sus correspondientes divisiones de perfeccionamiento, incluye tanto
adiestramiento técnico en funciones de información e inteligencia como
aprendizaje específico sobre las características y los entornos socioculturales
del actual terrorismo global. En España, quienes han sido detenidos, procesados
y condenados por delitos relacionados con el mismo son sobre todo extranjeros
procedentes de países con poblaciones mayoritariamente musulmanas y más en
concreto magrebíes. Sin embargo, la inmensa mayoría de los inmigrantes de ese
mismo origen, alrededor de un millón en la actualidad, nada tienen que ver con
dicho terrorismo. Hacer esta distinción básica pero sin duda alguna crucial, y
a partir de ella otras entre islam, islamismo o salafismo yihadista, por
ejemplo, es un imperativo de conocimiento sobre el medio en que se desenvuelven
los terroristas que resulta fundamental para una acción policial que, por
proporcionada y a la vez selectiva, resulte eficaz y no contraproducente.
Es de suma importancia que las FCSE, en
sus labores de prevención y lucha frente al terrorismo global, consigan ganarse
el respeto y la confianza de las comunidades musulmanas que se encuentran
establecidas entre nosotros. Fue muy interesante escuchar al ministro José
Antonio Alonso, en su primera comparecencia ante la Comisión de Interior del
Congreso de los Diputados, en mayo de 2004, referirse, al hablar de las medidas
en materia de recursos humanos que sería conveniente adoptar frente al
mencionado terrorismo internacional, a “la captación de efectivos de las etnias
relacionadas y su recluta para la Policía y la Guardia Civil en la medida de lo
posible”.[11] Un deseo que la realidad limita a unas cohortes de jóvenes ciudadanos españoles
nacidos en Ceuta y Melilla, pues la inmigración de origen árabe o bereber está
constituida en su inmensa mayoría por primeras generaciones cuyos
descendientes, si es que se encuentran en territorio español, por lo común no
han alcanzado la mayoría de edad ni han adquirido la nacionalidad española.
Pese a lo que ya se han registrado algunas interesantes incorporaciones. En
cualquier caso, es por otra parte bien cierto que la prevención del terrorismo
global requiere de colaboradores puntuales o de confidentes regulares de los
cuerpos policiales que estén insertos en las colectividades donde se
desenvuelven los terroristas y quienes colaboran con ellos. Pero la regulación
de un tema cuya extraordinaria complejidad quedó de manifiesto en la
investigación de los atentados del 11 de marzo, continúa pendiente, debido a
los numerosos problemas prácticos y legales que plantea.[12]
Al aludido incremento en los recursos
humanos destinados a mejorar el conocimiento y la acción policial respecto al
actual terrorismo global hay que añadir el referido a los traductores e
intérpretes de lengua árabe, y algún otro idioma de especial relevancia como el
urdu, que en el ámbito de las estructuras de seguridad interior pasó de 11 a 86 entre abril de 2004 y noviembre de 2007. Por otra parte, la potenciación de los servicios
centrales de información e inteligencia policial en el seno de las FCSE, con el
propósito de adecuarlos a los retos inherentes al terrorismo global, ha
significado también la creación de nuevas secciones especializadas en asuntos
particularmente relacionados con procedimientos y modalidades operativas
propios del terrorismo internacional, al igual que una inversión en renovados
medios materiales. Así, por ejemplo, en la Comisaría General de Información,
dentro del Cuerpo Nacional de Policía, se han establecido nuevas brigadas como
las de análisis estratégico o la que atiende tanto a sistemas y tecnologías de
la información como a lo que se ha dado en llamar ciberterrorismo. Ya he
mencionado con anterioridad que, para iniciar estas reformas en el sector
contraterrorista español, así como otras que se describen y analizan en estas
páginas, debido a que las decisiones adoptadas al inicio de la VIII Legislatura
no estaban previstas en los presupuestos para ese año, en un principio hubo que
recurrir a otras partidas para sufragarlas. El coste directo de los servicios
contra el terrorismo era de aproximadamente 350 millones de euros en 2005,
monto que alcanzó en los Presupuestos Generales del Estado de 2006 los 368
millones, siempre hablando de coste directo, lo que supuso un incremento del
11%, que incluía una dotación financiera para la lucha contra el terrorismo
internacional, la cual ha continuado creciendo durante el cuatrienio, en
consonancia con el hecho de que los presupuestos destinados a la seguridad aumentaron a lo largo de ese tiempo en un 48,4%.[13]
Más allá del incremento de los recursos
humanos, de las modificaciones organizativas y de las nuevas dotaciones
materiales con que se ha procedido a adaptar las estructuras de seguridad
interior tras el 11 de marzo, para mejor hacer frente a los riesgos y amenazas
del terrorismo global, es el momento de recordar que las actuaciones de los
servicios policiales de información e inteligencia están sujetas a la
legislación vigente. Y que, aun cuando ese fenómeno resulta muy difícil de
investigar y es especialmente complicado presentar ante los jueces pruebas
incriminatorias sobre delitos relacionados con el mismo, no se han producido
cambios significativos en la normativa antiterrorista, al margen de los referidos
al almacenamiento y uso de explosivos o a la transposición al ordenamiento
español de decisiones vinculantes tomadas en el ámbito de la Unión Europea.
Esta situación contrasta con la de otros países de nuestro entorno europeo y
occidental cuyos ciudadanos también han sufrido graves atentados terroristas
relacionados con al–Qaeda, como EEUU, Australia o el Reino Unido, donde se han
introducido legislaciones especiales, o con la de otros que entienden pueden
padecerlos, casos de Francia o Italia, que también lo han hecho. Si, por una
parte, que en España no se hayan modificado sustancialmente las leyes a este
respecto significa que los derechos y libertades no han corrido peligro de
erosión con la excusa de combatir al terrorismo global, por otra sugiere
reflexionar acerca de si las disposiciones que contiene el Código Penal,
pensadas fundamentalmente para el tratamiento de ETA, son aplicables con igual
eficacia a otro fenómeno terrorista que denota importantes diferencias en su
estructuración organizativa, composición interna, alcance transnacional y
procedimientos operativos. Quizá es hora de plantearse reformas en la
tipificación de ciertas conductas preparatorias de radicalización violenta,
reclutamiento y adiestramiento terrorista, que no siempre encajan como formas
de colaboración con banda armada, o de la financiación del terrorismo
internacional como delito autónomo, así como en protección de testigos,
judicialización de fuentes de inteligencia y escuchas telefónicas
administrativas, por ejemplo.
Desarrollos de coordinación
antiterrorista
Una de las innovaciones más sustanciosas
que han tenido lugar durante la VIII Legislatura de la democracia española,
tras el 11 de marzo de 2004, en lo que se refiere a la adecuación de las
capacidades de inteligencia con el fin de mejorar la lucha contra el terrorismo
global, es al mismo tiempo un avance decisivo en otra de las líneas de
actuación preferente decididas para adaptar las estructuras de seguridad
interior a los riesgos y las amenazas que plantea dicho fenómeno. Más
concretamente, se trata de un desarrollo fundamental en el reforzamiento de la
coordinación entre Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a la luz no sólo
de las deficiencias sobre este asunto puestas de manifiesto tras el examen de lo
ocurrido con anterioridad a los atentados de Madrid, sino también de problemas
en la relación entre aquellas, que son una constante relacionada con el modelo
policial español. Aun cuando desde luego se trate de anomalías que en modo
alguno son exclusivas del mismo, pues afectan a los de otros países de nuestro
entorno europeo y occidental en los que el sector de la seguridad interior es
igualmente multiorganizativo. Cualquiera familiarizado con los entresijos de la
seguridad interior española sabe de la contundencia política que se requiere
para vencer resistencias que provienen de subculturas corporativas y
rivalidades institucionales muy arraigadas.
En cualquier caso, el desarrollo al que
me refiero no es otro que la creación, el 28 de mayo de 2004, del Centro
Nacional de Coordinación Antiterrorista (CNCA), al ser aprobada en el Consejo
de Ministros una propuesta formulada por el ya aludido Comité Ejecutivo para el
Mando Unificado (CEMU), que actuó con indudable celeridad al respecto ya que,
como instancia de coordinación entre las FCSE, había sido formalmente
establecido apenas unos días antes en el ámbito del Ministerio del Interior. De
hecho, el CNCA depende funcionalmente del CEMU, aunque orgánicamente lo fuera
en un principio del secretario de Estado de Seguridad y más tarde pasara a
estarlo del ministro del Interior, es muy posible que para dotarlo de una mayor
entidad y facilitar con ello sus funciones, que empezaron a realizarse a partir
de septiembre de aquel mismo año, seis meses después del 11 de marzo. Estas
funciones incluyen valoraciones regulares de los riesgos y amenazas terroristas
para España que permitan disponer de una inteligencia estratégica de calidad al
respecto en la cual se contemplen escenarios posibles de intervención, al igual
que recomendaciones operativas para afrontarlos.
Para cumplir con la misión que tiene
encomendada -el CNCA, que en su periodo fundacional estuvo dirigido por el
comisario Miguel Valverde, un renombrado profesional a quien en 2006 sustituyó
otro igualmente prestigioso, el comisario Eugenio Pereiro, cuando aquel primero
se convirtió en comisario general de Información- dispone de sede propia en las
cercanías de Madrid. En la misma trabajan conjuntamente cerca de 60 personas,
de las cuales en torno a la mitad son analistas del Cuerpo Nacional de Policía
y de la Guardia Civil, junto a los de una delegación del Centro Nacional de
Inteligencia (CNI), dependiente sin embargo del Ministerio de Defensa.[14] El resto de la sus miembros son otros profesionales de las FCSE, traductores y
personal administrativo de apoyo. Se ha incorporado asimismo algún experto de
la Dirección General de Instituciones Penitenciarias y existe un protocolo de
colaboración con los Mossos d´Esquadra que parecería lógico se
formalizase igualmente con la Ertzaintza. Además, el CNCA mantiene
contactos estables con similares instituciones de otros países dentro de un
mismo entorno europeo y occidental, algunas de ellas tan importantes en sus
respectivas comunidades de inteligencia como el JTAC británico, la UCLAT
francesa o el NCTC estadounidense. Además, lo hace con algunos de los
organismos homólogos que existen en el mundo árabe y en las regiones asiáticas,
así como con el CAERT de la Unión Africana que tiene su sede en Argel.
Contribuye así a la cooperación internacional contra el terrorismo global
ampliada por las autoridades españolas desde que ocurrieron los atentados del
11 de marzo.
El Centro Nacional de Coordinación
Antiterrorista constituye, en definitiva, un avance especialmente destacado tanto
en el análisis integrado de inteligencia analítica o estratégica, producto imprescindible para una
adecuada toma de decisiones por parte del Gobierno de la nación en materia de
política de seguridad, como en la coordinación antiterrorista entre las FCSE,
para las que constituye un órgano complementario y auxiliar.[15] En relación con esta segunda función, es preciso aludir a que en diciembre de
2006 se puso en marcha el Sistema de Coordinación de Operaciones
Antiterroristas (SICOA), una base de datos en la que la Comisaría General de
Información del Cuerpo Nacional de Policía y el Servicio de Información de la
Guardia Civil introducen los correspondientes tanto a las investigaciones sobre
terrorismo en curso como a cualesquiera otras actuaciones relacionadas con el
mismo, a fin de que su registro detecte a tiempo posibles duplicidades,
evitando así solapamientos o desarreglos en las tareas de prevención y lucha
contra las distintas manifestaciones de ese fenómeno que ocupan a las FCSE.
El hecho de que el Centro Nacional de
Coordinación Antiterrorista fuese creado apenas dos meses después de ocurridos
los atentados del 11 de marzo pone de manifiesto la gran importancia que para
su establecimiento tuvo la necesidad de evaluar los riesgos y amenazas que
conlleva el terrorismo relacionado de uno u otro modo con al–Qaeda. Ahora bien,
como es lógico en un país donde ETA no ha dejado de existir, por mucho que la
banda armada esté en decadencia, su terrorismo y otros de etiología endógena
son igualmente objeto de atención. Es más, resulta llamativo que, pese a que
las instituciones democráticas y los ciudadanos españoles venían sufriendo los
embates del terrorismo etarra desde hacía casi tres decenios, muy especialmente
en el ámbito de la sociedad vasca, no fuese hasta después de ocurrida la
masacre en los conocidos como trenes de la muerte que se decidió crear una
entidad donde especialistas de las FCSE elaboraran conjuntamente valoraciones
de la situación y se coordinaran las actuaciones antiterroristas. De cualquier
manera, aunque creado en el marco de una serie de iniciativas pensadas para
hacer frente a los riesgos y amenazas del terrorismo global, el CNCA es también
un valor añadido a la lucha contra el terrorismo de ETA.
Estrechamente relacionada con los
desarrollos en el expediente de la coordinación antiterrorista se encuentra
también una iniciativa adoptada por el Gobierno español tras el 11 de marzo
cuyo fundamento radica, por una parte, en el mismo principio general del
interés público que subyace a las decisiones encaminadas a reforzar aquella
coordinación y, por otro lado, en el principio específico que apela a la
disponibilidad de la información entre agencias estatales de seguridad. Se
trata de la puesta en práctica de este principio de disponibilidad de la
información, tratándose de información de interés para la seguridad pública y
relevante para la lucha contra el terrorismo en concreto, mediante una nueva
fórmula de gestión de las bases de datos policiales que asegure un acceso
rápido, conjunto y compartido para las FCSE, algo que previamente, por
sorprendente que parezca, no existía. Como resultado de un programa
desarrollado desde el comienzo de la VIII Legislatura, el acceso compartido
para el Cuerpo Nacional de Policía y para la Guardia Civil se hizo realidad,
para mediados de 2006, en el caso de bases de datos como las del documento
nacional de identidad, armas y explosivos, partes de viajeros, voces y sistemas
de identificación de huellas digitales, y tras la aprobación de la Ley Orgánica
10/2007, de 8 de octubre, la de identificadores obtenidos a partir del ADN,
mientras que existe acceso inmediato a las de antecedentes policiales y
listados de pasajeros procedentes de terceros países. En conjunto, la
instalación del Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista y el programa de
unificación de bases de datos policiales habría supuesto, entre 2004 y 2006,
una inversión cercana a los 19 millones de euros, estimándose inicialmente los
gastos anuales de personal y corrientes para el primero en alrededor de
1.600.000 y 550.000 euros respectivamente.[16]
Como otra mejora en la coordinación
antiterrorista que favorezca la adaptación de las estructuras españolas de
seguridad interior para afrontar los riesgos y amenazas del terrorismo
relacionado con al–Qaeda cabe asimismo interpretar la regulación que de la
configuración y funciones de las Consejerías de Interior en las misiones
diplomáticas españolas se ha llevado a cabo en el Ministerio del Interior
siendo ya su titular Alfredo Pérez Rubalcaba. Aunque la preocupación por reformar
ese importante asunto es anterior a que el nuevo ministro asumiera el cargo en
mayo de 2006, fue con la aprobación del real Decreto 1300/2006, de 10 de
noviembre, cuando se establecen las normas que atribuyen a los aludidos
consejeros de Interior en sedes diplomáticas y representaciones permanentes
españolas ante organismos internacionales su cometido de proporcionar
información a los órganos superiores y directivos del Ministerio del Interior y
al Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista sobre actividades entre las
cuales se incluyen las referidas al terrorismo en cualquiera de sus
manifestaciones, que afecten a la seguridad interior de España. Se trata con
ello, entre otras cosas, de evitar que los policías o guardias civiles
designados para cubrir esos puestos, y otros que puedan ser agregados o
enlaces, se comporten –cosa que venía ocurriendo y no va a ser fácil solventar
por completo– como si lo fueran sólo de los cuerpos a que pertenecen, también
en cuestiones relativas a la lucha contra el terrorismo global.
Nuevas medidas de prevención y
protección
La necesidad de contar con dispositivos
específicos para evitar nuevos atentados susceptibles de ocasionar un gran
número de víctimas o de afectar blancos esenciales para el normal
funcionamiento de nuestra sociedad, ante la evidencia de que los peligros
relacionados con el terrorismo global son persistentes, en el caso de España
como en el de otros países de nuestro inmediato entorno europeo y occidental,
explican que, además de mejorar capacidades de inteligencia y coordinación
policial, el Comité Ejecutivo para el Mando Unificado aprobase en marzo de 2005
un Plan de Prevención y Protección Antiterrorista.[17] Con anterioridad al mismo, concretamente en diciembre de 2004, el secretario de
Estado de Seguridad había dictado ya dos instrucciones sobre el reforzamiento
de medidas de seguridad en recintos donde se celebraran eventos con asistencia
masiva de personas y en relación con las festividades navideñas de ese año. El
mencionado plan vino a fijar de modo permanente una serie de normas que
contemplan las actuaciones en esos y otros sentidos semejantes que corresponden
tanto al Cuerpo Nacional de Policía como a la Guardia Civil cuando se encuentre
activado.
Las normas que contiene el Plan de
Prevención y Protección Antiterrorista se refieren a la movilización
excepcional de una ingente cantidad de recursos policiales, e incluso de otros
correspondientes a las Fuerzas Armadas, en este último caso siempre que sea a
petición del ministro del Interior y para una serie de labores de apoyo entre
las cuales se incluye la vigilancia del espacio aéreo. También pueden
participar en los dispositivos previstos en el mismo las policías autonómicas y
las locales. Las medidas contempladas en dicho plan se activan y coordinan a
través de la Secretaría de Estado de Seguridad, en tres posibles niveles, de
acuerdo con la estimación que se haga de los riesgos y las amenazas, que puede
variar según épocas del año o cambiantes circunstancias nacionales e
internacionales, a fin de proteger lugares con alta concentración de personas y
las mayores infraestructuras, entre otros posibles blancos terroristas de
carácter estratégico o emblemático. Por ejemplo, fue activado en su nivel tres
en junio de 2005, al poco de conocerse que habían tenido lugar los atentados de
Londres y en su nivel dos en 2007, mientras tuvieron lugar las sesiones del
juicio sobre los atentados del 11 de marzo celebrado en la Audiencia Nacional.
Aunque el Plan de Prevención y Protección
Antiterrorista presta atención a la salvaguarda de servicios públicos
esenciales para los ciudadanos españoles, el CEMU aprobó en mayo de 2007, es
decir durante el último año de la VIII Legislatura, un Plan Nacional de
Protección de las Infraestructuras Críticas, hasta entonces inexistente, tras
haberse elaborado un catálogo de las mismas que fue declarado secreto por el
Consejo de Ministros en noviembre del mismo año, estudiado los riesgos que
afectan a cada una de ellas y definido las respuestas operativas de índole
policial, tanto preventivas como reactivas. El Plan Nacional de Protección de
Infraestructuras Críticas reclama una amplia colaboración interministerial, así
como un efectivo partenariado entre el sector público y el privado, estando en
su conjunto vinculado a programas y redes europeas sobre el mismo tema.
Igualmente se cuenta ya con un plan específico para la protección del
transporte marítimo y de las instalaciones portuarias, de especial
significación cuando se piensa en el terrorismo marítimo como una de las facetas
potenciales del actual terrorismo global. Además, en atención a lo que se
considera como una improbable pero cada vez más verosímil deriva del terrorismo
global hacia la comisión de atentados que conlleven el empleo de componentes
nucleares, radiológicos, bacteriológicos o químicos (NRBQ), las autoridades del
Ministerio del Interior decidieron en 2005 establecer también un Plan de
Prevención y Reacción frente a eventuales incidentes con elementos no
convencionales y preparar una respuesta adecuada a la naturaleza de los mismos. Se trata de un plan específico cuyo desarrollo fue encomendado a la Guardia
Civil e implica a miles de sus miembros. Si bien las unidades de técnicos especialistas en desactivación de explosivos (Tedax-NRBQ), que pertenecen a la Comisaría General de Información, del Cuerpo Nacional de Policía, continúan siendo las mejor preparadas también en ese tipo de riesgos y amenazas no convencionales.
Por otra parte, el modo en que los
terroristas que perpetraron los atentados del 11 de marzo se hicieron con los explosivos
necesarios, a través de unos delincuentes españoles que proporcionaban
ilícitamente ese tipo de sustancias, puso de manifiesto la urgencia de
incrementar el control sobre las mismas. En este sentido, no sólo se modificó
con criterios considerablemente más estrictos la normativa que regula su
transporte, almacenamiento y consumo, implantando libros que detallen su
movimiento y utilización, así como la obligación de remitir cada mes los
registros a las correspondientes intervenciones de armas y explosivos. La
Guardia Civil desarrolló un plan de actuación para el control de estos últimos
que, entre noviembre de 2004 y noviembre de 2007, supuso la realización de más
de 166.000 inspecciones en todo el territorio nacional, aunque con especial
atención en algunas zonas de especial interés, pudiendo detectar unas 2.500
infracciones. En concreto, se incautaron o encontraron más de tres toneladas de
explosivos, más de 11 kilómetros de cordón detonante y más de 15.000
detonadores.[18] Más aún, a través de la Ley Orgánica 4/2005, de 10 de octubre, se llevó a cabo
una reforma del Código Penal, mediante la cual se agravaron las penas
correspondientes al tráfico y manejo ilegal de sustancias explosivas que
pudiesen ser utilizadas por bandas terroristas.
El Gobierno español ha avanzado también,
dentro de las competencias propias del Ministerio del Interior, en un
desarrollo cuya repercusión se agrega a la derivada de las labores en materia
de financiación del terrorismo que llevan a cabo los servicios policiales de información.
A finales de 2005, estos últimos tenían abiertas casi medio centenar de
investigaciones relacionadas con la financiación del terrorismo internacional,
que llevarían posteriormente a efectuar una serie de operaciones policiales y
un notable número de detenciones. Se trata de la implantación de medidas
efectivas de vigilancia de actividades sospechosas de proporcionar recursos
económicos y financieros a grupos u organizaciones terroristas, mediante el
desarrollo reglamentario de la vigente ley sobre prevención y bloqueo de la
financiación del terrorismo, que data de mayo de 2003. Dicho desarrollo
reglamentario es necesario para que el sistema pueda ejecutar parte de las
medidas destinadas a observar, prohibir o bloquear cualquier flujo, posición u
operación financiera susceptible de estar relacionada con la financiación del
terrorismo. A falta de su adecuación a la tercera directiva europea sobre
sistemas bancarios y prevención de la financiación del terrorismo, entre 2004 y
2007, el cuatrienio que en buena medida se corresponde con la VIII Legislatura,
la Comisión de Vigilancia de Actividades de Financiación del Terrorismo (CVAFT)
cerró un total de 730 asuntos, de los que aproximadamente la mitad, en concreto
369, estaban relacionados con el denominado terrorismo islamista.[19]
En el ámbito penitenciario, que en España
estuvo hasta mediados los años noventa entre las competencias del Ministerio de
Justicia para ser entonces incorporado a las del Ministerio del Interior,
precisamente por su importancia para el conjunto de la política antiterrorista,
las autoridades de este último decidieron en noviembre de 2004 que los reclusos
condenados o imputados por delitos relacionados con el terrorismo
internacional, en su mayoría ubicados hasta entonces en dos prisiones, fueron
distribuidos en unas 30, incluyendo tres dependientes de la Generalitat de
Cataluña. El fin era evitar que las conviertan en escenarios para la
radicalización violenta y el reclutamiento terrorista, tal y como una
importante operación policial –concretamente, la Operación Nova– desarrollada
poco antes, pero ese mismo mes, había puesto de manifiesto que ocurría. Para
ello, dicha iniciativa vino acompañada de otras medidas organizativas y
disciplinarias sobre esa categoría de reclusos, que sumaban cerca de doscientos
cuatro años después del 11–M, a los que se pasó a aplicar el Fichero de
Internos de Especial Seguimiento (FIES) que ya se utilizaba para los procesados
o condenados por tipos diferentes de terrorismo y otros crímenes particularmente
graves.
Ese seguimiento especial conlleva un
tratamiento penitenciario muy riguroso, por lo común en un régimen carcelario
cerrado y siempre con limitación de actividades comunes e intervención de
comunicaciones. Otros internos que por el fanatismo de sus conductas y su afán
de proselitismo yihadista en el interior de las cárceles pudieran suscitar
inquietud pero no están sujetos a ese mismo programa son también objeto de una
vigilancia singular. En relación con todo ello, tanto los directores de centros
penitenciarios como sus subdirectores de seguridad de los distintos centros
penitenciaros han recibido desde esos momentos formación específica sobre
terrorismo internacional, se cuenta con traductores en más de veinte de esos
establecimientos, se proporciona asistencia religiosa a los internos de credo
islámico y existe, desde finales del mencionado año, un protocolo para la
remisión a las FCSE de la información que genera el control sobre los reclusos
relacionados con dicho fenómeno. Quienes, por otra parte, forman parte del
conjunto de internos extranjeros para los que se hay un plan de intervención
educativa y reinserción social, que incluye desde el aprendizaje del español
hasta la formación profesional, lo que podría contribuir a inhibir procesos de radicalización
violenta e incluso a estimular la desrradicalización, algo que en su momento
será preciso evaluar con especial minuciosidad.[20]
Ahora bien, el éxito de las medidas
gubernamentales adoptadas contra un terrorismo internacional perpetrado por
actores individuales y colectivos que se definen a sí mismos como devotos del islam,
depende en buena medida de las percepciones que hacia esos terroristas y hacia
la acción contraterrorista existan en el seno de las comunidades musulmanas
establecidas en España, donde se ha detectado una minoría significativa que
exhibe actitudes favorables hacia al–Qaeda y sus atentados, así como confianza
en Osama bin Laden, entre otros indicadores relevantes.[21] Es dentro de dichas comunidades donde, sobre todo, aunque no sólo, desde
posiciones de autoridad religiosa reconocida, se ha de impugnar el terrorismo
que se proclama a sí mismo como yihadista, inhibiendo procesos de
radicalización o socialización en una violencia para la que sus promotores
aducen supuestas justificaciones basadas en una lectura rigorista, intemporal y
antirracional de los textos coránicos y de otras fuentes tradicionales del
credo mahometano. A este respecto, cabe señalar que desde el Ministerio del
Interior y, en particular, desde la Secretaría de Estado de Seguridad, más
concretamente a través de su titular, Antonio Camacho, se ha venido cultivando
una fluida interlocución con los dirigentes de la Comisión Islámica de España,
órgano de estable de interlocución con el Estado desde que el 1992 se firmó el
Acuerdo de Cooperación, que han reconocido los esfuerzos llevados a cabo en
este sentido por las autoridades españolas. Un diálogo permanente, gracias al
cual las autoridades del Ministerio del Interior conocen de primera mano, por
ejemplo, si entre los musulmanes se aprecian sentimientos de acoso como
consecuencia no deseada de determinadas operaciones antiterroristas, como se ha
dado el caso, para poder gestionar esas situaciones del mejor modo posible.
Pero un diálogo que está limitado por los problemas de representatividad que
afectan a los líderes de las principales asociaciones que pugnan, no sin
injerencias que proceden del exterior de nuestras fronteras, por articular los
intereses de los musulmanes que viven en España y por las divisiones que se
observan tanto en el seno de cada una como entre ellas mismas.
Europeización y cooperación internacional
El terrorismo internacional relacionado
de uno u otro modo con al–Qaeda es un fenómeno ampliamente transnacionalizado y
hasta globalizado, por lo que el rendimiento de las iniciativas gubernamentales
dedicadas a incrementar las capacidades nacionales de información e
inteligencia policial, a mejorar la coordinación entre agencias estatales de
seguridad o a perfeccionar dispositivos de protección, entre otras de las
medidas adoptadas por las autoridades españolas tras los atentados del 11 de
marzo, sería muy limitado en ausencia de una efectiva cooperación
internacional. Como la experiencia de lucha contra ETA pone de manifiesto, esta
cooperación resulta imprescindible para combatir un terrorismo que cruza
fronteras, si bien en el caso de esa banda armada lo que resulta fundamental es
el entendimiento hispanofrancés, aunque no sea el único entendimiento relevante
dentro y fuera del entorno europeo, sobre todo respecto a algunos países
latinoamericanos. Ahora bien, prevenir, contener y combatir el terrorismo
global exige una agenda mucho más extensa de cooperación en el campo de la
seguridad interior con autoridades de otras naciones, especialmente de carácter
bilateral pero también dentro de foros multilaterales. Ampliar y diversificar
esa cooperación internacional constituyó un objetivo preferente para los
responsables de la seguridad interior española desde que, con el acceso del PSOE
al Gobierno de la Nación tras las elecciones generales del 14 de marzo de 2004,
tomaron posesión de sus cargos en la primavera de 2004. Con ese fin se
establecieron áreas geopolíticas y países de actuación que son de interés
prioritario en lo que atañe al terrorismo global.
En primer lugar, como es lógico, los
países de nuestro inmediato entorno europeo y la propia Unión Europea (UE).
España, a través del Ministerio del Interior, ha continuado mostrándose muy
activa, algo por otra parte en línea con lo que venía siendo la participación
española durante las dos legislaturas precedentes, con el Partido Popular en el
Gobierno, en el Consejo de Ministros de Asuntos de Justicia e Interior de la
Unión Europea, donde se abordan cuestiones relacionadas con la lucha contra
cualquier expresión de terrorismo, cuestión que adquirió especial centralidad
en ese ámbito intergubernamental de toma de decisiones desde los atentados del
11 de septiembre.[22] Alguna de las iniciativas adoptadas por el Gobierno español desde el 11 de
marzo ha sido trasladadas luego a este marco intergubernamental de cooperación,
el correspondiente al llamado Tercer Pilar, donde se han tomado, desde que
ocurrieran esos atentados, primeros relacionados con el terrorismo global que
acontecen en un país comunitario, decisiones colectivas relacionadas con la
prevención y lucha contra ese fenómeno que son de obligada implementación en
nuestro país y contribuyen a europeizar la política nacional antiterrorista, en
el caso de España como en el de los otros Estados asimismo miembros de la UE.[23] En 2005, por ejemplo, España se convirtió en el primer país que realizaba la
transposición del la directiva comunitaria de abril de 2004, pensada con
propósitos antiterroristas, que obliga a los transportistas a comunicar, con
carácter previo, los datos de las personas que quieran acceder a través de una
frontera exterior de la UE. Asimismo, se ha procedido a incorporar al
ordenamiento jurídico español, con la Ley 25/2007, de 18 de octubre, la
directiva aprobada en marzo de 2006 por el Parlamento Europeo y el Consejo,
sobre la conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y
las redes públicas de comunicaciones, considerado un instrumento legal
fundamental en la lucha contra el terrorismo global.
Desde el 11 de marzo, las autoridades del
Ministerio del Interior han participado activamente en la aplicación del Plan
de Acción de la UE para la Lucha Contra el Terrorismo, revisado en marzo de
2004, como igualmente lo hicieron en la elaboración de la Estrategia de la UE
de Lucha Contra el Terrorismo, cuyo texto fue adoptado en diciembre de 2005. Además, el Gobierno español, a través de aquel departamento ministerial, está
entre los países comunitarios que con mayor intensidad se ha implicado en el
desarrollo del Programa de La Haya, aprobado por el Consejo Europeo en
noviembre de 2004 a modo de un plan plurianual que, entre 2005 y 2008, ha de mejorar la capacidad de la UE y de los Estados que la componen para, entre otros
propósitos, reprimir lo que se entiende es la amenaza del terrorismo. Además,
las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado continúan interviniendo en
distintos otros mecanismos de diálogo intergubernamental sobre ese tema
existentes en el Tercer Pilar de la UE, como el Grupo de Trabajo sobre
Terrorismo o la Task Force de Jefes de Policía. Además, claro está, de
participar en Europol, organismo dedicado al recoger, analizar y facilitar el
intercambio de información entre agencias policiales de los Estados integrados
en la UE, que tiene al terrorismo como uno de los objetivos contemplados en su
convenio. Empero, durante al menos los dos años que siguieron a los atentados
del 11 de marzo, las contribuciones de nuestro país al fichero sobre terrorismo
internacional de dicha oficina no estaban entre las más destacadas, pues
ocupaban el séptimo lugar por su número y el undécimo por la calidad de las
mismas. Bien es cierto que el valor añadido de Europol a las tareas de
prevención y lucha contra el terrorismo global en el interior de las
respectivas jurisdicciones estatales está todavía, en términos operativos, muy
por debajo del óptimo que lo haría significativo.
Y es que las autoridades españolas, como
las del resto de países europeos, siguen confiando mucho más en los arreglos
bilaterales que en cualesquiera otras modalidades de cooperación
antiterrorista, incluso dentro de la UE, debido sobre todo al carácter muy
sensible que tiene buena parte de la información que se intercambia. En este
sentido, las FCSE mantienen una cooperación especialmente buena con sus
homólogas del Reino Unido y de Francia, país este último con el que España
constituyó en septiembre de 2004 un equipo conjunto de investigación, en el que
intervienen policías de ambos países, precisamente en materia de terrorismo
islamista. Ahora bien, el Gobierno de España sigue estando a la vanguardia de
los países de la UE que optan por implicarse en iniciativas de cooperación
reforzada en asuntos de seguridad interior en general y de contraterrorismo en
particular, no siempre coincidentes entre sí, de las cuales adquieren una
especial relevancia el denominado en la actualidad G–6 –hasta 2006 conocido
como G–5– así como el Tratado de Prüm. El G–6 constituye un foro informal de
discusión entre los ministros del Interior de Alemania, España, Francia, Italia
y el Reino Unido, a los que el aludido año se incorporó Polonia, una vez
convertido en país comunitario. El Tratado de Prüm relativo a la profundización
de la cooperación transfronteriza en materia de lucha contra el terrorismo y
otros delitos, también conocido como Schengen III, fue firmado en mayo de 2005
y convoca a Alemania, Austria, España, Francia, Luxemburgo y Países Bajos.
En segundo lugar, la cooperación
internacional contra el terrorismo global desarrollada por las autoridades españolas
ha privilegiado, todavía dentro del mundo occidental, los intercambios con EEUU.
Pese a lo que muchos pudieran pensar, la distancia política y el inexistente
diálogo entre el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el presidente
norteamericano, George W. Bush, que pueden haber incidido en otras facetas de la
acción exterior del Estado durante la VIII Legislatura, no han afectado la
cooperación antiterrorista con EEUU. Diríase que este dominio de la cooperación
se desenvuelve con una cierta autonomía respecto a los encuentros o
desencuentros políticos entre los principales mandatarios de uno y otro país,
siempre, claro, que las desavenencias no excedan determinados límites. Si
acaso, puede verse perturbada más por cuestiones informales, relacionadas con
el factor humano que aún es tan determinante para una efectiva cooperación
internacional entre servicios policiales y de inteligencia, que por razones
propiamente formales. Aunque no es menos cierto que tanto el ministro español
del Interior como el secretario de Estado de Seguridad, al igual que los
responsables policiales de la lucha contra el terrorismo, mantienen relaciones
estables y fluidas con sus homólogos norteamericanos, intercambiando visitas
que han facilitado la cooperación policial, especialmente en relación a
cuestiones de terrorismo global.[24] Aun cuando a esta cooperación le ha caracterizado un intercambio más bien
desigual, de manera que los servicios estadounidenses tienden a beneficiarse
más de la información que reciben de sus equivalentes españoles, a menudo
decepcionados por la ausencia de respuesta a las demandas que en ese mismo
sentido cursan a aquellos primeros.
En tercer lugar, la adaptación de las
estructuras de seguridad interior frente a los desafíos del terrorismo
relacionado de uno u otro modo con al–Qaeda se ha visto favorecida por el
reforzamiento de la cooperación policial con países cuyas sociedades son
mayoritariamente musulmanas, donde se encuentran establecidas tanto aquella
como sus extensiones territoriales o los grupos y organizaciones que le son
afines, susceptibles en conjunto de penetrar en el territorio español. Desde el
inicio de la VIII Legislatura se delimitó como escenario preferente de dicha
cooperación el Magreb y, sin duda como consecuencia de los atentados del 11 de
marzo, a Marruecos como país de atención prioritaria, al que como no podía ser
de otro modo se añadiría Argelia. Lo cual resulta perfectamente coherente, pues
magrebíes son más del ochenta por ciento de los individuos que han ingresado en
prisiones españolas por delitos relacionados con el denominado terrorismo
yihadista, aproximadamente cuatro de cada 10 de ellos marroquíes y casi en la
misma proporción argelinos.[25] Un dato llamativo si se considera que el número de inmigrantes marroquíes
asentados en España se estima entre 10 y 15 veces superior al de argelinos,
pero que se entiende mejor teniendo en cuenta la evolución del terrorismo
islamista en Argelia desde el inicio de la década de los noventa y el hecho de
que hoy es el principal escenario de los atentados de la extensión regional de al–Qaeda
para el Magreb, formada a finales de 2006 e inicios del 2007 a partir del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC). Ahora bien, mientras que
el intercambio entre las FCSE y los correspondientes servicios marroquíes es
intenso y permanente desde el 11 de marzo, la consecución de un nivel
fructífero de cooperación con las autoridades argelinas requirió más esfuerzos,
que sin embargo han dado resultados. En todo caso, la cooperación policial con
las autoridades magrebíes no sólo tiene importancia para la prevención del
terrorismo global en territorio español, sino en relación con intereses y
ciudadanos españoles en el norte de África que han sido expresamente señalados como blanco, al igual
que por ejemplo los franceses, por la extensión norteafricana de al–Qaeda desde
su misma aparición.
Transcurrido un año y medio de la VIII Legislatura, es decir para el otoño de 2005, dentro de una iniciativa pensada
para potenciar el despliegue de agregados policiales y oficiales de enlace en
el exterior, desarrollada y coordinada por la Secretaría de Estado de
Seguridad, se habían designado ya funcionarios, especialmente dedicados a
cuestiones de terrorismo global, para cubrir esos puestos en países donde hasta
ese momento no había, pese a que la célula que al–Qaeda estableció en España
durante los años noventa mantenía contactos regulares con individuos y tramas
terroristas localizadas en los mismos. Más concretamente, nuevos agregados del
Ministerio del Interior fueron para entonces destacados en Libia, dentro de un
contexto magrebí en el que asimismo se incrementó la presencia en Marruecos,
Mauritania ya en la zona de un Sahel con cada vez mayor relevancia, Siria, y
Jordania en Oriente Medio, Pakistán en Asia del Sur o Indonesia y Filipinas en
el sudeste asiático. Esta red exterior de enlaces policiales fue extendiéndose
paulatinamente a otros países como Mali, Líbano o Arabia Saudí, entre un elenco
de destinos con especial relevancia en asuntos de terrorismo global, al igual
que se negociaban acuerdos bilaterales de contenido antiterrorista con países
como, por ejemplo, Argelia en 2007 o Egipto y Mali en 2008. Una cooperación
promovida mediante contactos como los mantenidos por los responsables del
Ministerio español del Interior con la Liga Árabe o la participación española
en foros como el CIMO, es decir la conferencia que cada cierto tiempo reúne a
los ministros del Interior de los países del Mediterráneo Occidental.
¿Coinciden
el Gobierno y los ciudadanos?
Cabe,
llegados a este punto, preguntarse qué piensan los ciudadanos españoles sobre
las medidas que el Gobierno de la nación ha tomado, tras los atentados del 11
de marzo, para adaptar nuestras estructuras de seguridad interior ante los
riesgos y amenazas del terrorismo global. Esto es, si las actuaciones
emprendidas en este sentido desde el Ministerio del Interior cuentan o no con
aceptación social. Un Barómetro del Real Instituto Elcano (BRIE) llevado a cabo
en junio de 2006, momento para el cual la mayor parte de aquellas iniciativas
habían sido adoptadas y estaban en fase avanzada de implementación, proporciona
datos de interés sobre el parecer de la opinión pública respecto a las mismas.[26] Así, por ejemplo, en relación con el incremento en las capacidades de
inteligencia policial y, más concretamente, con el aumento de recursos humanos
en los respectivos servicios y unidades de información exterior dentro de las
Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que son los dedicados a prevenir y
combatir el terrorismo internacional, dicho sondeo puso de manifiesto que un
84% de los entrevistados consideraba importante “multiplicar el número de
policías y guardias civiles” como medida para luchar contra ese fenómeno y
hasta un 61% lo consideraba muy importante.
A
los entrevistados en ese mismo estudio sobre la opinión pública española les
fue solicitada también su valoración sobre otras dos iniciativas
gubernamentales, igualmente decididas a poco de iniciarse la legislatura que se
abrió tras las elecciones generales celebradas tres días después de los
atentados del 11 de marzo, en relación a sendos desarrollos de la coordinación
antiterrorista. De este modo, entendida como medida contra el terrorismo
internacional la de “obligar a que guardias civiles y policías nacionales
actúen de forma coordinada”, esta fue calificada de importante por el 97% de
aquellos y hasta de muy importante por el 88%. Es, por cierto, la iniciativa
gubernamental en esta materia que, al menos en el mencionado sondeo, recaba
mayor apoyo por parte de los ciudadanos españoles. Hasta el 94% de los
entrevistados, siempre según los resultados del mismo sondeo, consideraba
importante, como medida adicional de lucha contra el terrorismo internacional, no ya que
exista un acceso conjunto y compartido sino, más aún, “unificar las bases de
datos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. Para el 81% se
trataba, además, de una medida muy importante.
Un
87% de los entrevistados consideraba importante, y hasta el 61% incluso muy
importante, el hecho de que existan “planes especiales de prevención en fechas
o acontecimientos especiales” como medida para impedir la comisión de atentados
relacionados con el terrorismo global. Además, siempre de acuerdo con los
resultados del referido BRIE, serían un 72% los ciudadanos españoles para
quienes constituye una importante medida de lucha contra el terrorismo
internacional la de disponer de “planes ante atentados terroristas con armas
nucleares, radiológicas, bacteriológicas o químicas”, al tiempo que era
considerada como muy importante para el 57%. El hecho de que la importancia de
estos últimos planes concite un acuerdo que se sitúa quince puntos porcentuales
por debajo del recabado para otros planes de prevención y protección
antiterrorista relacionados con fechas o acontecimientos especiales quizá se
deba a que una porción de la opinión pública resta cierta credibilidad
a la hipótesis de que los actores del denominado terrorismo yihadista puedan
llegar a hacer uso de elementos no convencionales o de armas de destrucción
masiva en territorio español.
Para
el 91% de quienes fueron entrevistados en ese mismo sondeo de opinión pública,
era importante, como medida de lucha contra el terrorismo internacional, la de
“incrementar el control de entidades financieras para impedir la financiación
del terrorismo” y para un 78% se trata de una medida muy importante. Menor
grado de acuerdo entre los ciudadanos sobre su importancia parece suscitar la
medida de “impedir que los presos por terrorismo internacional permanezcan
juntos en los mismos centros penitenciarios”, percibida como importante por el
74% de los entrevistados y como muy importante para el 57%. Con ello se manifestaban dudas sobre esa propuesta, que existen si no va acompañada de un efectivo control para evitar que los procesos de radicalización yihadista se difundan en vez de ser contenidos.Por su parte,
“mantener un diálogo permanente con las comunidades musulmanas en España”, como
de hecho se ha venido haciendo desde el Ministerio del Interior y, en
particular, desde la Secretaría de Estado de Seguridad, parecía a un 80% de los
entrevistados en el reiterado BRIE realizado en junio de 2006 una medida
importante de lucha contra el terrorismo internacional, que incluso era definida
como muy importante para el 57% de los mismos.
Mientras
que la cooperación antiterrorista dentro la UE es extraordinariamente
apreciada, pues resulta importante para el 97% de los entrevistados y muy
importante hasta para el 91%, estas cifras descienden al 81% y 64%,
respectivamente, en el caso de la cooperación con Marruecos, al 79% y 64%
cuando se refiere a la cooperación con los países del mundo islámico en su
conjunto, y, por último, al 79% y 61% si de lo que trata es de una cooperación con EEUU. En
lo que atañe al vecino país norteafricano, al igual que en relación a otros del
mundo islámico, puede que la relativa menor importancia concedida por la
opinión pública española a la cooperación en materia de terrorismo con
autoridades del primero o de su mismo ámbito geopolítico se deba a una
valoración negativa, constatable en algunos segmentos de la opinión pública
española, sobre los regímenes políticos que en la actualidad son habituales en
el mismo. Mientras que, respecto a EEUU, aun siendo también ampliamente mayoritarias
las actitudes favorables a una cooperación antiterrorista con las autoridades
de esta nación, que es a la vez una superpotencia, pueden dejarse sentir tanto
el desagrado que entre los ciudadanos españoles suscitó lo que se ha dado en
llamar como guerra al terror emprendida por sus gobernantes como un cierto
antiamericanismo todavía latente en nuestra cultura política.
En
conjunto, pues, las actuaciones gubernamentales desarrolladas durante la VIII
Legislatura para adaptar las estructuras de seguridad interior a los riesgos y
amenazas inherentes al terrorismo global se corresponden con medidas que la
opinión pública española considera decididamente importantes al respecto e
incluso muy importantes. Tanto en relación al incremento de las capacidades de
inteligencia como de coordinación antiterrorista, sobre planes generales o
específicos de prevención y protección entre otras de las iniciativas
contempladas en este análisis, al igual que respecto a la cooperación
internacional para mejor hacer frente a los riesgos y amenazas inherentes al
terrorismo global, las decisiones tomadas por el Ministerio del Interior tras
los atentados del 11 de marzo están en sintonía con una serie de medidas, de
enunciado genérico para los propósitos del sondeo de la opinión pública, cuya
importancia concita un gran acuerdo entre los ciudadanos. La amplitud de estas
actitudes sociales sugiere, en primer lugar, que las autoridades competentes en
materia de seguridad interior disponen de un amplio margen de apoyo popular para
avanzar y perfeccionar las medidas adoptadas y, en segundo lugar, que existen
sobrados fundamentos para que haya un consenso político explícito y estable
sobre tan importante cuestión entre, al menos, los dos grandes partidos
políticos españoles.
Consenso
político que, pese a ello, no ha existido durante la VIII Legislatura y, aunque
sea difícil evaluar el grado en que su ausencia haya incidido negativamente
sobre la implementación de las medidas con que el Gobierno ha querido adaptar
las estructuras de seguridad interior a los desafíos del terrorismo global,
cabe razonablemente imaginar que no ha sido el contexto más facilitador, pues
la ausencia de acuerdo entre los dos principales partidos españoles y su
reflejo en los medios de comunicación termina por influir de algún modo en
quienes tienen que ejecutar como funcionarios las decisiones legítimamente
tomadas por las autoridades. La ausencia de consenso político en materia de
prevención y lucha contra el terrorismo global quedó de manifiesto a partir del
11 de marzo de 2004, debido a las diferentes interpretaciones que desde los dos
principales partidos se daban sobre los atentados ocurridos ese día en Madrid y
sobre su impacto en los resultados de las elecciones generales celebradas tres días
después, que permitieron al PSOE acceder a las tareas de Gobierno en tanto que
el PP, cuyas expectativas eran las de renovar una mayoría parlamentaria y
mantener el control del Ejecutivo se vieron frustradas.[27] El disenso –es bien sabido– se agravó a consecuencia de las severas
discrepancias provocadas por la finalmente fracasada tentativa que José Luis
Rodríguez Zapatero, en tanto que presidente del Gobierno de la nación,
emprendió para acabar con el terrorismo de ETA mediante un controvertido
proceso de diálogo o negociación con la banda armada y el partido político que
articula su entorno social. Mientras, esa falta de consenso se trasladaba a la
sociedad civil e incluso dividía a las asociaciones de víctimas del terrorismo,
en una dinámica que la decisión de crear un alto comisionado que se ocupara de
estas últimas, en la persona del profesor Gregorio Peces–Barba, no mitigó.
Afortunadamente, la IX Legislatura se abría con perspectivas mucho más
halagüeñas para el consenso político que requiere la acción del Estado contra el
terrorismo en general y contra el terrorismo global en particular.
Conclusión:
no podemos bajar la guardia
El conjunto de medidas adoptadas por el
Gobierno español tras los atentados del 11 de marzo para adaptar las
estructuras de seguridad interior a los riesgos y las amenazas que no deja de
plantear el terrorismo global, sin bien emanan de un Plan Operativo de Lucha
Contra el Terrorismo aprobado en la primavera de 2004, se encuentran
estrechamente relacionadas con otras iniciativas desarrolladas desde aquella
fecha y en ese mismo sentido pero fuera del Ministerio del Interior. Aunque
esta sea la institución central en materia de política antiterrorista, no es el
único de los departamentos ministeriales implicado de uno u otro modo en la
respuesta estatal a los desafíos que para España continúan suponiendo al–Qaeda,
sus extensiones territoriales, los grupos asociados con la misma o las células
locales que inspira. Y es que, por la complejidad que es propia del terrorismo
global, los escenarios transfronterizos en que se desenvuelve y el régimen
internacional que trata de combatirlo, las iniciativas gubernamentales de
prevención y lucha contra dicho fenómeno obligan a una acción colectiva de
naturaleza no solo interestatal sino también intraestatal, en la que la participación de ámbitos de
decisión política ajenos al estricto sector de la seguridad interior ha venido
adquiriendo una importancia creciente.
El incremento de efectivos con el fin de
adecuar las capacidades de información e inteligencia policial en el seno de
las FCSE a la lucha contra el terrorismo global se ha realizado, por ejemplo,
en paralelo al registrado respecto a ese mismo fenómeno en el Centro Nacional
de Inteligencia, que a su vez contribuye a las labores del Centro Nacional de
Coordinación Antiterrorista, pese a que este último depende del Ministerio del
Interior mientras que aquel primero se encuentra integrado en el organigrama
del Ministerio de Defensa. Es decir, integrado en el mismo Departamento que
incluye a las Fuerzas Armadas, pero cuyos recursos humanos y materiales pueden
ser movilizados en función del nivel con que el Secretario de Estado de
Seguridad decida activar el Plan de Prevención y Protección Antiterrorista, y
donde asimismo se halla ubicada la Unidad Militar de Emergencias (UME), creada
en 2005 para asistir a otras agencias y organismos de las administraciones
públicas en situaciones tales como, por ejemplo, las consecuencias de un gran
atentado terrorista. Además, tanto el plan genérico como los específicos de
prevención y protección antiterrorista requieren o pueden requerir de la participación de otros
Ministerios, así como de las Comunidades Autónomas y de entidades locales,
además del sector privado, según los casos.
Las actuaciones que realiza la Comisión
de Vigilancia de Actividades de Financiación del Terrorismo (CVAFT) constituyen
otro supuesto que ilustra la interconexión entre el sector de la seguridad
interior y otras esferas de la Administración o de la sociedad civil. Aunque
presidida por el Secretario de Estado de Seguridad y con participación de otros
servicios dependientes del Ministerio del Interior, como las FCSE, necesita
además del concurso del Ministerio de Economía y Hacienda, de la Fiscalía
General del Estado o del Banco de España, por ejemplo, cuyo Servicio ejecutivo
de Prevención del Blanqueo de Capitales (SEPBLAC), en tanto que unidad española
de inteligencia financiera, interviene de manera decisiva en el desarrollo de
aquella, junto a las unidades de los cuerpos policiales especializadas en
financiación del terrorismo, pero como órgano de apoyo técnico. Respecto a otro
tema, el de la interlocución que los responsables políticos de la seguridad
interior española mantienen con representantes de las comunidades musulmanas, es una iniciativa que
tiene interés en sí misma, pero que se añade a los renovados
esfuerzos que, en materia de regulación del islam en España lleva a cabo desde
2004 la Dirección General de Asuntos Religiosos. Esta, sin embargo, se ubica en
el Ministerio de Justicia, cuyos responsables han de mantenerse además en
estrecho contacto con las autoridades del Ministerio del Interior para una
larga serie de otros asuntos de interés común, también sobre el tratamiento del
terrorismo global, incluidos los propios de aquellos foros europeos de
cooperación en que los titulares de ambos departamentos coinciden.
En este sentido, la implementación dentro
del ámbito nacional español de decisiones tomadas en la UE o entre algunos de
los países que la componen, si el nuestro está incorporado a la iniciativa,
reclama a menudo la participación de dos o más carteras ministeriales. Para el
desarrollo del Programa de La Haya, por ejemplo, el Gobierno tuvo que
constituir un grupo interministerial que, bajo la coordinación del Ministerio
del Interior, contase con la participación de los Ministerios de Asuntos
Exteriores y Cooperación, de Justicia, de Economía y Hacienda, así como de la
Fiscalía General del Estado y otras unidades de la Administración implicadas de
un modo más o menos directo en asuntos de lucha contra el terrorismo. En cualquier caso, el reforzamiento de la cooperación
internacional que ha estado entre las medidas puestas en marcha por el
Ministerio del Interior para adaptar las estructuras de seguridad interior a
los desafíos del terrorismo global se combina con los esfuerzos que en materia
de cooperación antiterrorista ha desarrollado durante la VIII Legislatura el
Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, en concreto a través de la
Dirección General de Asuntos Internacionales de Terrorismo, No Proliferación y
Desarme, creada en junio de 2005, que al iniciarse la IX Legislatura pasó a
denominarse Dirección General de Estrategia y Terrorismo. Esta desarrolla sus
actividades multilaterales, a menudo impulsando marcos de colaboración y
cooperación antiterrorista, en el ámbito de las organizaciones internacionales
como las Naciones Unidas, la Organización para la Seguridad y Cooperación en
Europa (OSCE), el Consejo de Europa o del Grupo de Acción Financiera
Internacional (GAFI), y ejecuta iniciativas antiterroristas de diplomacia
pública o conversaciones bilaterales, frecuentemente precursoras del
establecimiento de canales efectivos de colaboración y cooperación policial
contra el terrorismo global.
En suma, la acción del Gobierno español
frente al terrorismo global adquiere un cariz multifacético y pluridepartamental,
que va más allá de las medidas adoptadas en el sector de la seguridad interior.
Sin embargo, no se ha formalizado una estrategia nacional integrada en esa
materia, que se elabore de manera consensuada, como la que existe en otros
países de nuestro entorno europeo y occidental, que debería estar en
consonancia con una estrategia nacional de seguridad y de la que asimismo
podrían derivarse planes interministeriales en cuestiones tan acuciantes como
la prevención de la radicalización violenta y el reclutamiento terrorista. Hay
actuaciones en el sector de la seguridad interior, ya sean de índole policial o
penitenciaria, con previsibles efectos sobre esos últimos procesos, pero que
deberían imbricarse, en un plan integrado y multidimensional, con otras
llevadas a cabo en relación con la integración social de los inmigrantes, la
regulación de cultos religiosos, la socialización escolar o la política
exterior, por ejemplo, para abordar una preocupante realidad observable en
algunas colectividades de musulmanes extranjeros y, a la vista de lo sucedido
en otros países europeos, puede influir más gravemente todavía sobre sus
descendientes o segundas generaciones. Un plan que, en el caso español, podría
ser analizado e impulsado con la ayuda del Consejo de Política de Seguridad, en
el que se encuentran tanto los consejeros de Interior o Gobernación de las
Comunidades Autónomas como representantes de la Federación Española de
Municipios y Provincias; o que se beneficiaría también de las aportaciones que pudiese
recibir en del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana, presidido por el
Secretario de Estado de Seguridad y en el que se dan cita responsables del
Ministerio del Interior, del Ministerio de Justicia, del Consejo General del
Poder Judicial, de la Fiscalía General del Estado, del Ministerio de Trabajo y
Asuntos Sociales, del Consejo Económico y Social, de la Federación Española de
Municipios y Provincias, del Consejo General de la Abogacía, del Consejo de la
Juventud, de la Confederación de Asociaciones de Vecinos, de la Confederación
de Padres de Alumnos, de la Federación de Asociaciones de Prensa y de
organizaciones no gubernamentales.
Afrontar dos desafíos terroristas al
mismo tiempo, como el de ETA por una parte y el del terrorismo relacionado con al–Qaeda
por otra, es probablemente un obstáculo para elaborar aquella estrategia
nacional y este plan integrado para prevenir la radicalización violenta, como
lo es el conjunto de Administraciones que incorporar a distintos niveles de
Gobierno, desde el nacional hasta el local, en un caso como el español, con una
acusada descentralización territorial del poder. Pero esto en modo alguno
detrae valor a los avances registrados desde el 11 de marzo en la adaptación de
nuestras estructuras de seguridad interior para mejor prevenir y combatir el
terrorismo global. Alfredo Pérez Rubalcaba, titular de la cartera de Interior
durante la segunda mitad de la VIII Legislatura, cargo en el que inició la
siguiente, contestando en mayo de 2007 a una interpelación en el Senado, concluía con dos preguntas que cualquiera podría hacerse: “¿Estamos mejor
preparados para luchar contra el terrorismo internacional?” “¿Estamos en un
país más seguro?” Para el ministro, la respuesta a ambos interrogantes es sí. Y
mi opinión es que tiene razón. Es ya un éxito que no se haya vuelto a producir
un nuevo 11 de marzo en España, porque hay individuos y grupos relacionados de
uno u otro modo con al–Qaeda que han tratado de hacerlo desde entonces. Ahora
bien, ninguna sociedad –tampoco la nuestra– es invulnerable al actual
terrorismo global, del mismo modo que los riesgos y amenazas que este fenómeno
supone para España no van a remitir en breve. Por eso, el ministro del
Interior, en la referida intervención parlamentaria, añadía una tercera pregunta:
“¿Podemos bajar la guardia?” La respuesta es obvia: “de ninguna de las maneras.
No podemos bajar la guardia”.[28]
Fernando Reinares Investigador principal de Terrorismo
Internacional y director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real
Instituto Elcano, y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan
Carlos
[1] Acerca de este tema, Fernando Reinares y
Oscar Jaime, “Countering Terrorism in a New Democracy: The Case of Spain”, en
Fernando Reinares (ed.), European Democracies Against Terrorism.
Governmental Policies and Intergovernmental Cooperation, Ashgate, Aldershot, 2000, pp. 119–146; Oscar Jaime, Policía, terrorismo y cambio político en
España, 1976–1996, Tirant lo Blanch, Valencia, 2002; Fernando Reinares,
“Democratization and State Responses to Protracted Terrorism in Spain”, en Marianne van Leeuwen (ed.), Confronting Terrorism. European Experiences,
Threat Perceptions and Policies, Kluwer Law International, La Haya y
Londres, 2003, pp. 57–70; y Fernando Reinares y Rogelio Alonso, “Confronting
Ethnonationalist Terrorism in Spain: Political and Coercive Measures Against
ETA”, en Robert J. Art y Louise Richardson (eds.), Democracy and
Counterterrorism. Lessons from the Past, United States Institute of Peace, Washington DC, 2007, pp. 105–132.
[2] En este sentido, hay que destacar la labor llevada a cabo en aquellos años por el entonces responsable de la Unidad Central de Información Exterior del Cuerpo Nacional de Policía, el comisario Mariano Rayón, así como por el comisario José Manuel Gil y por el luego también comisario Rafael Gómez Menor. Para un documentado tratamiento sobre las
actuaciones de los servicios policiales de información exterior en relación a
la célula de al–Qaeda en nuestro país y sus elementos asociados, desde los años
90 hasta el 11 de marzo de 2004, en clave de periodismo de investigación, veáse
José María Irujo, El agujero. España invadida por la yihad, Aguilar,
Madrid, 2005, especialmente pp. 23–275.
[3] José María Aznar, Ocho años de
Gobierno. Una visión personal de España, Planeta, Barcelona, 2004.
[4] Fernando Reinares, Terrorismo global,
Taurus, Madrid, 2003, p. 131. Sobre este libro y su predicción véase el extenso
artículo de Paul Ingendaay aparecido en el Frankfurter Allgemeine Zeitung,
22/IV/2004.
[5] Comparecencia del ministro del Interior,
José Antonio Alonso, en la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados,
el 27 de octubre de 2005, para informar sobre las actuaciones llevadas a cabo
por el Ministerio del Interior en relación con las materias contenidas en las
recomendaciones de la Comisión de Investigación del 11–M, Diario de Sesiones
del Congreso de los Diputados, Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº
407, p. 4.
[6] Fernando Reinares, “¿Cuál es la amenaza
que el terrorismo yihadista supone actualmente para España”, ARI nº 33/2007,
Real Instituto Elcano, Madrid, www.realinstitutoelcano.org; y Javier Jordán, “Las
redes yihadistas en España: evolución desde el 11–M”, Athena Intelligence
Occasional Paper nº 17, 2007, www.athenaintelligence.org.
[7] Comparecencia del ministro del Interior,
José Antonio Alonso, en la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados,
el 24 de mayo de 2004, para informar sobre las líneas generales de la política
de su departamento, Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados,
Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº 30, pp. 34 y 35.
[8] Comparecencia del ministro del Interior,
José Antonio Alonso, en la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados,
el 27 de octubre de 2005, para informar sobre las actuaciones llevadas a cabo
por el Ministerio del Interior en relación con las materias contenidas en las
recomendaciones de la Comisión de Investigación del 11–M, Diario de Sesiones
del Congreso de los Diputados, Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº
407, p. 2.
[9] A lo largo de este texto, las expresiones
terrorismo internacional, terrorismo global, terrorismo relacionado con
al–Qaeda, terrorismo islamista y terrorismo yihadista, aunque no sean
exactamente coincidentes entre sí, son utilizadas de manera intercambiable. En
relación con la definición de esos términos, véase Fernando Reinares, Terrorismo
global, Taurus, Madrid, 2003; Fernando Reinares, “Conceptualizando el
terrorismo internacional”, ARI nº 82/2005, Real Instituto Elcano, Madrid, y
Fernando Reinares, “El terrorismo global: un fenómeno polimorfo”, ARI nº
84/2008, Real Instituto Elcano, Madrid, www.realinstitutoelcano.org.
[10] Datos proporcionados por el Gabinete de
Estudios de Seguridad Interior, de la Secretaría de Estado de Seguridad en
junio de 2008, a cuyo director, el comisario José Antonio Rodríguez, agradezco
la amabilidad de facilitármelos. En el caso del Cuerpo Nacional de Policía, el
porcentaje de crecimiento incluye personal operativo y de apoyo, incluyendo
traductores, mientas que el registrado para la Guardia Civil no contabiliza a
estos últimos.
[11] Comparecencia del ministro del
Interior, José Antonio Alonso, en la Comisión de Interior del Congreso de los
Diputados, el 24 de mayo de 2004, para informar sobre las líneas generales de
la política de su departamento, Diario de Sesiones del Congreso de los
Diputados, Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº 30, p. 4.
[12] Así lo admitía el ministro del Interior,
Alfredo Pérez Rubalcaba, durante una comparecencia en la Comisión de Interior
del Congreso de los Diputados, el 6 de noviembre de 2007, para informar sobre
las actuaciones del Gobierno en relación con las recomendaciones de la Comisión
del 11–M. Véase el Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados,
Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº 933, p. 27.
[13] Comparecencia del ministro del Interior,
José Antonio Alonso, en la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados,
el 27 de octubre de 2005, para informar sobre las actuaciones llevadas a cabo
por el Ministerio del Interior en relación con las materias contenidas en las
recomendaciones de la Comisión de Investigación del 11–M, Diario de Sesiones
del Congreso de los Diputados, Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº
407, pp. 11–12; Comparecencia del Secretario de Estado de Seguridad, Antonio
Camacho, en la Comisión de Presupuestos del Senado para informar en relación
con el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado, el 22 de noviembre
de 2007, Diario de Sesiones del Senado, Comisión de Presupuestos VIII
Legislatura, Comisiones, nº 546, p. 75.
[14] Es por ello que en alguna ocasión se ha
discutido sobre la conveniencia de que el CNCA dependiese orgánicamente de
Presidencia de Gobierno o se contemplara una fórmula similar, pero lo cierto es
que en atención a su estructura, composición y funciones, resulta razonable que
sea parte de la institución gubernamental que en España es central en materia
de prevención y lucha contra el terrorismo, es decir, el Ministerio del
Interior.
[15] Algunas otras consideraciones sobre la
significación del CNCA en el contexto de la política de seguridad y su lugar en
la comunidad de inteligencia, véanse Félix Arteaga y Enrique Fojón, El
planeamiento de la política de defensa y seguridad en España, Instituto
Universitario General Gutiérrez Mellado, Madrid, 2007, pp. 334–337, y Antonio
M. Díaz, “El papel de la comunidad de inteligencia en la toma de decisiones de
la política exterior y de la seguridad de España”, Fundación Alternativas,
Documento de Trabajo nº 3, 2006, pp. 26–27.
[16] Estimaciones económicas facilitadas la
Dirección General de Infraestructuras y Materiales para la Seguridad, del
Ministerio del Interior.
[17] Acerca de la lógica de esta
iniciativa y para una presentación de sus características, véase la
comparecencia del secretario de Estado de Seguridad, Antonio Camacho, en la
Comisión de Interior del Senado, el 23 de mayo de 2005, para explicar el Plan
de Prevención y Protección Antiterrorista, publicada en el Diario de
Sesiones del Senado, Comisión de Interior, VIII Legislatura, nº 168, pp.
2–18.
[18] Estos datos fueron proporcionados por el
ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, con motivo de su comparecencia
en la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados, el 6 de noviembre de
2007, para informar sobre las actuaciones del Gobierno en relación con las
recomendaciones de la Comisión del 11–M. Véase el Diario de Sesiones del
Congreso de los Diputados, Comisiones, Interior, VIII Legislatura, nº. 933,
p. 5.
[19] Información asimismo facilitada en junio
de 2008 desde el Gabinete de Estudios de Seguridad Interior (GESI),
dependiente de la Secretaría de Estado de Seguridad.
[20] Acerca de esta problemática, José Antonio
Gutiérrez, Javier Jordán y Humberto Trujillo, “Prevención de la radicalización
yihadista en las prisiones españolas. Situación actual, retos y disfunciones
del sistema penitenciario”, Athena Intelligence Journal, vol. 3, nº 1,
2008, pp. 5–13.
[21] Véanse los datos que, respecto a musulmanes
que habitan en España, contiene el estudio How Europe´s Muslims See
Themselves at Home and in the World. Findings from Surveys in Britain, France,
Germany, Spain and The Netherlands, realizado en 2005 por la Office for
Research del United States Department of State; asimismo, los que se ofrecen en
el informe The Great Divide: How Muslims and Westeners View Each Other,
elaborado por The Pew Global Attitudes Project, cuyo trabajo de campo se
ejecutó en la primavera de 2006 y los resultados se hicieron públicos en junio
de ese año.
[22] A veces, la continuidad, en términos de política de Estado, referida a la posición española en materia de cooperación antiterrorista, está estrechamente asociada a nombres y apellidos de funcionarios sobresalientes, como han sido los casos de Luis Luengo, comisario principal del Cuerpo Nacional de Policía, y del también comisario Javier Albaladejo, en sus respectivas funciones dentro la Representación Permanente de España ante la Unión Europea y el Ministerio del Interior.
[23] Entre las exploraciones precursoras de
desarrollos ulteriores a este respecto, véase Fernando Reinares y Óscar Jaime,
“Europeización de la actividad policial y lucha contra el terrorismo
transnacionalizado”, en Iván Llamazares y Fernando Reinares (eds.), Aspectos
políticos y sociales de la integración europea, Tirant lo Blanch, Valencia,
1999, pp. 249–268.
[24] En la p. 90 del informe titulado Country
Reports on Terrorism 2007, elaborado por la Office of the Coordinator for
Counterterrorism, del United States Department of State, y hecho público en
abril de 2008, se alude a España en los siguientes términos: “Spain cooperated
closely with the United States to investigate and prosecute acts of terrorism
and to prevent future attacks, and worked hard to disrupt terrorists acts that
possibly were directed against U.S. interests”.
[25] Fernando Reinares, “Hacia una
caracterización social del terrorismo yihadista en España: implicaciones en
seguridad interior y acción exterior”, ARI nº 34/2006, Real Instituto Elcano,
Madrid, www.realinstitutoelcano.org.
[26] En este epígrafe resumo parte de los
contenidos de mi análisis “¿Coinciden el Gobierno y los ciudadanos en qué
medidas adoptar contra el terrorismo internacional?”, ARI nº 78/2006, Real
Instituto Elcano, Madrid, www.realinstitutoelcano.org.
[27] Una discusión crítica sobre esta cuestión es la que se propone en Edurne Uriarte, Terrorismo y democracia tras el 11-M, Espasa, Madrid, 2004; desde otro punto de vista véase José Mª Maravall, La confrontación política, Taurus, Madrid, 2008, especialmente págs. 99-122.
[28] Respuesta del ministro del Interior,
Alfredo Pérez Rubalcaba, en nombre del Gobierno, a una interpelación en el
Senado, el 30 de mayo de 2007, de D. Eduardo Cuenca, del Grupo Parlamentario
Mixto, sobre la intensificación de las medidas contempladas en las
recomendaciones de la Comisión de Investigación sobre el 11 de marzo de 2004
frente al terrorismo internacional, a raíz de los recientes atentados
islamistas en Casablanca (Marruecos) y Argel (Argelia), Diario de Sesiones
del Senado, VIII Legislatura, nº 123, p. 7558.
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