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Introducción
La polémica suscitada por las
políticas ‘unilaterales’ de la Administración de George W.Bush –desde el rechazo
del protocolo de Kyoto hasta la estrategia de ataque preventivo a Irak– se ha
centrado en la cuestión de si son necesarias o legítimas. En cambio, es menos
frecuente la pregunta de quién y cómo formula y ejecuta esas políticas. Se tiende
a identificar la Política Exterior (PE) de EEUU con la mera voluntad del presidente
Bush y sus colaboradores más próximos. Pero no es así: el Congreso, las decenas
de Departamentos y los centenares de Agencias, los partidos políticos, los poderosos
lobbies económicos y étnicos, los think-tanks y
los medios de comunicación, que orientan en un sentido u otro a la opinión pública,
conforman los resultados finales.
¿De qué manera los factores internos determinan el contenido y los resultados
de la PE de EEUU? ¿Qué grado de maniobra tienen los actores principales, y cómo
se relacionan entre ellos? ¿Y cuál es su relación con el contexto internacional?
Una adecuada respuesta a estas preguntas puede evitar percepciones erróneas
o falsas expectativas sobre la PE norteamericana. También puede contribuir a
dotar a la PE de una mayor coherencia. En último término, se trata de saber
si la estructura del aparato de la política exterior sirve a los objetivos de
EEUU.
Este artículo analiza el sistema de política exterior norteamericano y su evolución
desde el fin de la Guerra Fría hasta la mitad del primer mandato de la Administración
George W. Bush. Algunos casos relevantes de la acción exterior ilustrarán las
distintas áreas: los conflictos de Afganistán, Oriente Medio e Irak, la ampliación
de la OTAN, las políticas comerciales, el Tribunal Penal Internacional o el
Protocolo de Kyoto.
La “esquizofrenia americana”
y la Constitución
Las críticas a la incoherencia de la política exterior de EEUU son tan
habituales que a veces se pasan por alto las ‘reglas del juego’ del sistema
político estadounidense. Una mirada más atenta descubre una gran cantidad de
actores que complican enormemente el proceso de elaboración y ejecución de la
PE. La complejidad y dispersión de acción exterior de EEUU –la llamada
‘esquizofrenia americana’– se entiende mejor con sólo detenerse un
momento en su ordenamiento constitucional.
La Constitución de los ‘Padres Fundadores’ es muy cuidadosa a la hora de asignar
los papeles en la elaboración de la política exterior. El texto constitucional,
resultado de las discusiones de los Hamilton, Madison y Jay en The Federalist
Papers, divide la formulación de la PE en dos agentes: el Presidente y el
Congreso (Senado y Cámara de Representantes), de acuerdo a un sistema de checks
and balances. La PE aparece como el producto de una doble tensión(1):
1- Por un lado, se aprecia en el
texto constitucional una ‘invitación a la lucha’(2)
entre el Presidente (de quien se espera iniciativa y liderazgo) y el Congreso
(a cargo del control del Ejecutivo y garante del pluralismo). El presidente
posee la autoridad de dirigir la guerra y la diplomacia, mientras el
Congreso se reserva la autoridad de declarar la guerra. El presidente
es Comandante Supremo del Ejército, y responsable de la negociación de los tratados
y la diplomacia diaria, mientras que el Congreso da su consejo y se reserva
la ratificación de los tratados, regula el comercio exterior, promulga leyes
para mantener el Ejército, y destina dinero para operaciones militares. En todo
momento, el papel del Congreso consiste en actuar de contrapeso al Ejecutivo
para evitar una gestión irresponsable que haga peligrar el interés nacional.
2- Por otro lado, dos tendencias
opuestas compiten sobre la manera de conducir la política exterior: aislacionismo
e intervencionismo. La Federación que surge a finales del siglo XVIII era una
sociedad profundamente democrática y anti-colonialista; pero al mismo tiempo
demasiado poderosa como para no alterar el equilibrio geopolítico mundial con
su sola presencia. La afirmación de Tocqueville de que en asuntos de política
exterior la democracia americana conduce a la inacción(3)
resulta totalmente errónea: de hecho, acabará produciendo todo lo contrario.
A la tensión entre el marco constitucional y los imperativos geopolíticos de
EEUU en el mundo, hay que añadir la incorporación de muchos otros actores a
la elaboración de la política exterior tras la Segunda Guerra mundial. La actual
dispersión y solapamiento de poderes es el final de un proceso que comienza
en 1947 con la Ley para la Seguridad Nacional (National Security Act)
del Presidente Truman para integrar la política exterior y la Defensa. La creación
del Departamento de Defensa, el Consejo de Seguridad Nacional, y la CIA es el
preludio del aumento incesante de la burocracia, con decenas de Agencias y Departamentos
y centenares de miles de empleados. En el Congreso, el Senado y la Cámara de
Representantes multiplican su número de Comités: Relaciones Exteriores (Foreign
Relations Committee), de Gastos (Appropiations), Presupuesto (Budget),
etc., mientras los grupos de interés o lobbies irrumpen en el espacio
de la formulación y ejecución de las políticas, y con ellos, las organizaciones
de la sociedad civil y los medios de comunicación de masas.
Es precisamente esta ‘esquizofrenia’ de la política exterior -producto de los
desencuentros entre el Congreso y el Presidente, y de una inmensa burocracia
en reestructuración– lo que G.W.Bush intenta suprimir al poco de acceder a la
Presidencia a comienzos de 2001.
De Bush padre a Bush hijo:
¿qué ha cambiado?
La nueva Administración se encuentra con un aparato
exterior en lenta pero progresiva reorganización desde la presidencia de George
Bush padre. Diez años antes, el colapso de la URSS y la primera
guerra del Golfo de 1990/91 habían tenido consecuencias inmediatas en la reestructuración
del aparato de la PE. El cemento que mantenía unido a duras penas el proceso
de elaboración de política exterior se disuelve(4).
La estrategia del containment y la deterrence (contención
y disuasión) de la Guerra Fríadan paso al committement y enlargement
(compromiso y ampliación) de Bill Clinton(5). La Agenda internacional pasa a estar dominada por temas económicos,
de desarrollo, de derechos humanos, y medioambientales. A medida que la nueva
agenda toma forma, surgen nuevos organismos y desplazamientos de los centros
de poder dentro de la Administración. A grandes rasgos(6):
-
La política económica exterior se refuerza, dando lugar a la creación del Consejo
Económico Nacional (National Economic Council, NEC) en 1993, que se integra
en el Consejo de Seguridad Nacional. Los Departamentos del Tesoro, Comercio
y la Oficina del Representante del Tesoro adquieren un peso considerable en
la política exterior, en detrimento de Defensa y de la CIA, debido a las perspectivas
de mercados que se abren con los países ex-comunistas. El presidente Clinton
logra la ratificación del NAFTA y el GATT por parte del Senado.
-
Se reestructura el aparato de Defensa y se recorta su presupuesto. Dos programas,
el Base Force Review (1991) y el Bottom-Up Review (1993), orientan
las reformas. Mientras, estallan conflictos étnicos en África (Somalia, luego
Ruanda) y Europa (Bosnia, luego Kosovo).
-
Los servicios de Inteligencia se remodelan. Desaparecido el enemigo soviético,
las nuevas amenazas son el narcotráfico, las guerras étnicas o las catástrofes
ecológicas. La actividad de Inteligencia se reorienta hacia el contraespionaje
industrial y financiero.
-
El Departamento de Estado se reorganiza, introduciéndose criterios de productividad
y buena gestión (management). Tras varias tentativas fallidas, en 1999
la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) se integra dentro del Departamento
de Estado, aunque se mantiene independiente. La Agencia de Control de Armas
y Desarme (ACDA) se disuelve en el Departamento de Estado, al igual que la Agencia
de Información (USIA). En la Subsecretaría de Asuntos Económicos se da voz a
las multinacionales norteamericanas y se fijan cuatro Subsecretarías de Asuntos
Globales: Democracia y Derechos Humanos, Narcotráfico, Medio Ambiente, y Población.
Sin embargo, las relaciones del Presidente Clinton
con el Congreso son difíciles. La rivalidad entre ambos a partir de la mayoría
Republicana de 1995 y la falta de liderazgo de Clinton en política exterior
impiden un cambio profundo de las estructuras y las políticas exteriores. La
PE se divide en tres: la del presidente y el secretario de Estado, la del Pentágono,
y la del Congreso(7). La gran
resistencia a los cambios de la burocracia, y los desencuentros entre el presidente
y el Congreso, impiden una renovación en profundidad de la PE durante la década
de los noventa. Los Departamentos y Agencias, cada uno con su cultura o ‘esencia’
propia, ensayan varias estrategias de supervivencia para preservar sus funciones
y presupuesto, lo que consiguen en gran parte(8).
No será hasta después de los ataques terroristas del 11-S cuando se aceleren
los cambios.
El aparato de
política exterior durante la administración de George W. Bush: guía práctica
La Administración Bush queda marcada a los pocos meses de su estreno por el
11-S, un acontecimiento de repercusión equiparable a la caída del comunismo
en 1989. La respuesta es un giro de la Agenda exterior –de una
económica a una de Seguridad– y de estrategia –del
assertive multilateralism al unilateralismo-. Bush pasa de propugnar
una política exterior humilde (“humble foreign policy”)(9)
de carácter más bien defensivo, –cuyo símbolo es el proyecto
de Defensa Antimisiles– a una ambiciosa “guerra contra el terrorismo”
global con el objetivo de imponer la hegemonía estadounidense, lo que obliga
a una presencia militar en todo el mundo(10).
La puesta en marcha de la Nueva Agenda de Seguridad de la PE tiene como consecuencia
un fuerte movimiento sísmico en las estructuras departamentales, entablándose
una rivalidad entre oficiales de la Administración y entre centros burocráticos
por monopolizar nuevas funciones y presupuestos. La tensión tradicional entre
el Departamento de Estado y el Pentágono (éste ahora con todo el apoyo del presidente)
reaparece. La potenciación de la public diplomacy parece incompatible
con el proyecto de aumentar los programas antiterroristas y el presupuesto militar.
En líneas generales, puede decirse que las políticas asociadas a la Agenda de
Seguridad marcan la actividad de control del Congreso al presidente, con divisiones
internas en el Partido Demócrata. Al mismo tiempo, decenas de lobbies
intentan imponer su visión en el terreno de las políticas comerciales exteriores,
o respecto a áreas o países concretos (Oriente Medio, Cuba). La influencia de
los think-tanks, especialmente los conservadores, se hace sentir en los
debates, mientras que los medios de comunicación son objeto de un intento de
control para moldear la opinión pública. En su interacción, los distintos agentes
de la PE adoptan múltiples papeles de formulación y ejecución, coordinación,
supervisión, cooperación, competencia, y lobbying, más allá del ‘ciclo
formal’ que establece la Constitución (11).
·
George W. Bush: ¿Presidencia imperial o consultiva?
Como presidente entrante de EEUU,
George W. Bush se enfrenta al inconveniente del sistema de renovación completa
de las escalas altas y medio-altas del funcionariado. Si a eso se añade su desconocimiento
de los asuntos internacionales (patente durante la campaña presidencial de 2000),
nada más lógico que comparta el peso de las decisiones con oficiales experimentados.
Al rodearse de oficiales curtidos en las Administraciones de Reagan o George
Bush padre, como Donald Rumsfeld, Colin Powell, o Dick Cheney, junto
a un sólido grupo de ministros y consejeros, el presidente renuncia a centralizar
el control de la política exterior en su persona. Tras el 11-S, declara un estado
de guerra o excepción (war time) y toma claramente la iniciativa de la
PE, recuperando la afición a los asuntos internacionales de los presidentes
republicanos, como Eisenhower, Nixon o su propio padre.
El Presidente actúa como un moderador de opiniones enfrentadas, reservándose
un margen para las decisiones finales; más como un decision-taker que
como un decision-maker. Su liderazgo parece estar a medio camino entre
una presidencia imperial(14) –que actúa por su cuenta– y una presidencia
consultiva –que considera el punto de vista de los otros-. En las decisiones
de Bush, además de la consideración de las oportunidades y limitaciones de su
propio papel (frente al Congreso) y de su percepción personal de las amenazas
externas (el ‘eje del mal’: Irak, Irán y Corea del Norte), juega un papel fundamental
la influencia de sus colaboradores más próximos.
En el entorno más cercano del presidente coexisten dos grupos que mantienen
visiones encontradas tanto acerca de la manera de conducir la política exterior,
como del papel de EEUU en el mundo para garantizar la seguridad nacional –se
trate del futuro de Irak, la estrategia frente a Corea del Norte, la ampliación
de la OTAN, o Rusia(12)-. De una parte, se encuentra el grupo más moderado,
representado por el Secretario de Estado, Colin Powell, partidario de agotar
los recursos diplomáticos y de enfoques multilaterales: una postura apoyada
por algunos políticos, oficiales de la Administración y del Ejército, y algunos
think-tanks como el Council on Foreign Relations. En el extremo
opuesto se halla el grupo de los halcones (hawks), partidarios
de la ‘doctrina Bush’ de la pre-emption: prefieren soluciones militares
y son escépticos respecto a la cooperación multilateral, sea con Naciones Unidas
o con la OTAN. La mayor influencia –doctrinal y personal–
sobre el presidente la ejercen los halcones. Entre éstos no faltan sin
embargo las divisiones internas: los democratic imperialists (el sub-secretario
de Defensa, Paul Wolfowitz, o los expertos Robert Kagan y William Kristol),
son partidarios de imponer la democracia ‘a la americana’ por todo el mundo;
mientras que los assertive nationalists (el vicepresidente Dick Cheney
y Donald Rumsfeld) son partidarios de destruir las amenazas exteriores, pero
sin comprometerse en tareas de nation-building(13).
Asociados a Cheney y Rumsfeld se hallan duros como Richard Perle, presidente
del Defense Policy Board, un organismo independiente que asesora al Pentágono
de Rumsfeld, amigo suyo, y Douglas Feith, Subsecretario de Defensa para Asuntos
Políticos. Otro peso pesado es el número tres del Departamento de Estado,
John R. Bolton, Subsecretario para Control de Armamento y Seguridad Internacional,
un protegé del senador ultra-conservador Jesse Helms –recientemente retirado
– y que procede del think-tank conservador American Enterprise
Institute.
En contraste con la Administración Clinton, siempre a remolque de los acontecimientos,
el Presidente Bush parece guiarse por la consideración, no de las consecuencias
de actuar, sino de las consecuencias de no actuar (al modo Wolfowitz).
Su ‘sentido de la dirección’ para afianzar la hegemonía estadounidense es el
rasgo más destacable de su presidencia:
-
Rechaza varios compromisos internacionales de pasadas Administraciones; el tratado
ABM (Anti Balistic Missiles), el Protocolo de Kyoto sobre calentamiento global,
y el tratado para crear el Tribunal Penal Internacional (ICC).
-
Lanza varias iniciativas para reorganizar la gestión del Ejecutivo, especialmente
una: el Ministerio de Seguridad Interior (Department of Homeland Security)(15), la reforma organizativa más grande desde 1947,
y que supone la fusión de la política interior y exterior en torno a la seguridad.
-
Desactiva poco a poco la resistencia del Congreso y del Tribunal Supremo, en
favor de la eficacia, pero sin incurrir en los excesos de otros presidentes
como Nixon o Reagan.
·
La burocracia: nadar contra la corriente
Antes de ganarse el apoyo del Congreso,
el Presidente Bush debe asegurar la buena coordinación del inmenso aparato ejecutivo
y resolver los problemas de eficacia y comunicación propios de la burocracia.
El Presidente debe formular y luego poner en marcha políticas con la ayuda de
sus consejeros más próximos en el Consejo de Seguridad Nacional, los Departamentos
de Estado, Defensa, Comercio, Tesoro o la CIA, y sortear hábilmente los intereses
creados y las ambiciones personales de los funcionarios. En medio de esa corriente
continua de política exterior(16),
el presidente trata de imponer reformas y un cambio de orientación.
·
La encrucijada de todas las políticas: el Consejo de Seguridad Nacional
El estilo delegativo de la presidencia
de George W. Bush devuelve el protagonismo al Consejo de Seguridad Nacional
(National Security Council, NSC), el máximo organismo coordinador de
la política exterior y de defensa del Ejecutivo. El NSC tiene un papel clave
de coordinación de agendas de los distintos departamentos, pero también sirve
de contrapeso a las tentaciones de partidismo en política exterior de Washington,
haciendo las veces de órgano ‘neutral’ que imprime coherencia a las políticas
de seguridad.
El NSC es hoy más que nunca la encrucijada de todas las políticas. La cruzada
contra el terrorismo de G. W. Bush termina por borrar la línea divisoria entre
política interior y exterior, una línea cruzada ya por temas de salud mundial
o medio ambiente. La economía exterior deviene una función de la Seguridad Nacional:
el comercio y la inversión en Asia central, Rusia o China, se plantean en relación
a la proliferación de armas de destrucción masiva. En este contexto, el Consejo
Económico Nacional (National Economic Council, NEC) coordina las políticas
económicas interior y exterior para hacerlas coincidentes con los objetivos
del Presidente, y vigila la puesta en marcha de la Agenda económica, siempre
en contacto con la consejera de Seguridad Nacional (National Security Advisor),
Condolezza Rice. Sin embargo, el NEC mantiene un perfil bajo, muy alejado
de las expectativas proyectadas por la anterior Administración Clinton. La razón
de ello es que el NSC está aquejado de un exceso de burocracia que repercute
en su falta de flexibilidad. Queriendo servir de puente con los medios de
comunicación, el Congreso, los ciudadanos y los gobiernos extranjeros, se
ha convertido en una Agencia mastodóntica dentro de la Oficina Ejecutiva (Excecutive
Office) del presidente, por lo que cada vez son más las voces que piden
una reforma para hacerlo capaz de dirigir el proceso de elaboración de la PE(17).
Al igual que todo el personal al frente de oficinas dentro del NSC, como el
asesor político Karl Rove –gurú electoral de la Casa Blanca–
o el secretario de prensa Ari Fleischer, Condolezza Rice tiene acceso directo
al Presidente. Rice coordina las reuniones del NSC en la Casa Blanca, un complejo
foro de decision-making donde Bush se sienta junto al vicepresidente
Cheney; los secretarios Powell y Rumsfeld; el secretario del Tesoro John Snow
–tras la dimisión forzada del controvertido Paul O’Neill en diciembre
de 2002–; el jefe de la Junta de Estado Mayor (Richard Myers); y el
director de la CIA (George Tenet). A menudo acuden invitados a título informal,
como el fiscal del Estado, John Ashcroft, el director de la Oficina del Gestión
del Presupuesto, y diversos jefes de departamentos y agencias del Ejecutivo.
La labor de Rice es clave para equilibrar las estrategias diplomática y militar:
lo políticamente deseable (objetivos, plazos) con lo militarmente posible (opciones,
riesgo, consecuencias). Su proximidad a las tesis de Bush, Cheney y Rumsfeld
–Rice es uno de los arquitectos de la doctrina de la pre-emption(18)
– no le impide ejercer correctamente su labor coordinadora, presentando
a debate todas las alternativas. Las relaciones con el secretario de Estado
Powell son fluidas, si bien sus puntos de vista difieren. En esto Rice no se
parece a sus predecesores: se halla muy lejos de ser un Consejero hegemónico,
tipo Henry Kissinger (con Nixon), o competitivo, tipo Zbigniew Brzezinski
(enfrentado a Cyrus Vance, secretario de Estado de Carter).
·
El eterno perdedor: el Departamento de Estado
El Departamento de Estado (Department
of State, DoS), cuya principal función, la diplomacia, había sido marginada
durante la Guerra Fría por el uso encubierto de la fuerza por parte de Defensa
o la CIA, vuelve a experimentar ahora, si no un retroceso, sí una ralentización
respecto a las expectativas generadas en la década de los 90. Aun así, el DoS
tiene a cargo extensas áreas funcionales y geográficas diversas, coordina más
de 30 Agencias en el extranjero, y conecta sus funciones con todos los demás
organismos y Departamentos: la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID),
Defensa, Inteligencia, Tesoro, Representante de Comercio o Agricultura(19).
El DoS continúa en primera línea de las negociaciones sobre asuntos exteriores,
sea en organismos multilaterales (Naciones Unidas, Unión Europea) o de forma
bilateral. Prueba de ello es la gira que el número tres del DoS, John
R. Bolton, realizó por los países aliados europeos para informar sobre la postura
estadounidense acerca del ICC.
La soterrada lucha de los dos principales
departamentos con proyección exterior, Estado y Defensa, por protagonizar la
formulación y ejecución de la política exterior, tiene larga tradición y se
explica fácilmente. Debido a su estrecho contacto con oficiales del servicio
exterior y representantes extranjeros, el DoS es más sensible a las puntos de
vista de los gobiernos de otros países que Defensa, y más proclive por lo general
a buscar soluciones diplomáticas que a recurrir a la fuerza. Además, el DoS
sufre menor presión de los factores internos (elecciones, grupos de interés,
etc.) que influyen en las decisiones de PE(20):
- Al más alto nivel, Powell negocia
incansablemente con el presidente y con Rumsfeld. Los desacuerdos entre Powell
y el presidente son frecuentes en numerosos asuntos, lo que obliga a aquél a
continuas rectificaciones públicas: la política hacia Corea del Norte, Oriente
Medio o Irak. Después de que, apoyándose en sus servicios de Inteligencia, el
Departamento de Estado negara la existencia de pruebas de la conexión entre
Al-Qaida y Sadam Husein, la tensión de Powell con Rumsfeld y sus halcones
alcanza su máximo grado; aunque después el secretario de Estado cederá terreno
poco a poco. El talante flexible del presidente, sin embargo, permite a Powell
conseguir que finalmente China, Rusia y Francia acepten en el Consejo de Seguridad
la Resolución 1441 sobre el desarme de Irak antes de lanzar el ataque preventivo
contra el régimen de Sadam; un triunfo personal de Powell y de la diplomacia
coercitiva del DoS(21).
- En un segundo nivel medio, de coordinación y cooperación entre DoS y Defensa,
falta entendimiento entre los dos departamentos. Las Subsecretarías de Estado
en Washington tratan de conjugar los informes de las misiones diplomáticas en
el exterior con la línea dura predominante en Washington. El reto es
poner en común dos tipos de burocracia muy diversos en formación, cultura y
objetivos, y que sin embargo coinciden cada vez más en el terreno de la gestión
de crisis humanitarias o la lucha antiterrorista. Así, por ejemplo, la Oficina
de Asuntos Políticos y Militares del DoS trabaja con la Oficina del Secretario
de Defensa, con los Jefes de Estado Mayor y con otros sectores del establishment
militar. Pero el intercambio de oficiales entre el DoS y Defensa sigue siendo
la asignatura pendiente.
La reforma del DoS se demora por las prioridades en seguridad del Presidente,
y por la propia inercia burocrática. El presupuesto para Afganistán de la USAID,
la Agencia independiente del DoS, ilustra la incoherencia de muchas políticas:
en 2002 se destinaron al país asiático 139 billones de dólares (aquí y en lo
sucesivo, billones americanos), 35 menos que en 2001, cuando los talibanes estaban
en el gobierno. La falta de recursos y de un mecanismo de coordinación en territorio
afgano augura poca continuidad en la política estadounidense(22).
Pese a que el DoS está poniendo en marcha la Iniciativa para la Disposición
Diplomática (Diplomatic Readiness Initiative, DRI), para una racionalización
del capital y el personal, un reciente informe del influyente think-tank
Council on Foreign Relations (CFR) alerta sobre las carencias presupuestarias
de la diplomacia del DoS - 1 billón de dólares dedicados a programas de diplomacia
pública, en comparación a los $379 billones inicialmente presupuestados para
Defensa en 2003. El CFR recomienda una reforma en profundidad en planificación
estratégica, perspectiva, recursos y coordinación para poder afrontar los desafíos
tras el 11-S, apostando por un refuerzo del soft power; especialmente
el vínculo entre política exterior e imagen exterior. La gran tarea pendiente
es dotar de medios adecuados al personal y organismos de EEUU en el exterior
para abrir vías de comunicación con otros países, especialmente los islámicos.(23).
Pero las reformas de calado en el Departamento de Estado son improbables a menos
que se forme un consenso claro entre los dos partidos en torno a la futura dirección
de la PE (en los Demócratas, más que aceptación hay resignación), y la Administración
tome la iniciativa de llevar adelante las reformas a través del Ejecutivo y
el Congreso. Ambas condiciones, consenso y voluntad política, no están hoy a
la vista.
·
Sin rivales a la vista: el Departamento de Defensa
¿Quién gana con el 11-S? La pregunta
es a todas luces retórica. Defensa (Department of Defense, DoD) había
salido de la post-Guerra Fría con un presupuesto anual y unas funciones similares
a las de antes de la debacle comunista. Una supervivencia que se explica por
tres factores: su enraizada presencia en la política y la economía interna,
su gran tamaño, y su resistente cultura frente a las propuestas de cambio.
Después, la doctrina Bush da alas al Pentágono y le devuelve un protagonismo
que no disfrutaba desde la era Reagan(23). El presidente encarga a Donald
Rumsfeld renovar el Departamento e idear una nueva estrategia de guerra para
el siglo XXI. La burocracia de seguridad aumenta de tamaño y de alcance, hasta
el punto de hacer tambalearse la lenta reestructuración iniciada en 1997 (Defense
Reform Initiative) que pretendía racionalizar los recursos materiales y
de personal, de acuerdo a un modelo empresarial.
Junto con el 11-S llegan nuevas misiones y nuevos fondos. También algunos organismos
aumentan su influencia; por ejemplo, la Junta para la Política de Defensa (Defense
Policy Board) del halcón Richard Perle, una oficina independiente
que asesora a Rumsfeld. Para éste, el objetivo es ir más allá de la ‘Revolución
de los Asuntos Militares’ (Revolution in Military Affairs), pasando de
una capacidad para mantener dos conflictos regionales (Major Theater Wars),
a cuatro (24). Por su parte, el Jefe de Estado
Mayor, Richard Myers, principal consejero de Rumsfeld y Bush, presiona al Congreso
para incrementar el presupuesto(25).
Con mayoría Republicana en ambas cámaras tras las mid-term elections
de noviembre 2002, la Administración ve reforzada su propuesta de aumentar el
gasto de Defensa en 48 billones de dólares respecto a 2002, hasta los 379 billones,
el equivalente a la suma de los presupuestos de los siguientes ocho países más
poderosos. Un plan que prevé aumentar el gasto del DoD en más de 2 trillones
en los próximos 5 años, alcanzando un presupuesto anual de alrededor de 450
billones en 2007.
Por su parte, el Congreso no ejerce un control suficientemente riguroso del
presupuesto, tanto por la presión ambiental como por la habitual influencia
del lobby militar-industrial (ver más abajo), reforzada por la presencia
de las fábricas de armamento o tecnología militar en los distritos electorales
ante los que responden los congresistas. Defensa no encara contrapeso alguno,
salvo el de algunos expertos de la academia, unos cuantos funcionarios del Pentágono,
y oficiales retirados del Ejército (Norman Schwarkopf, entre ellos) contrarios
a la ‘doctrina Bush’. Sólo ellos cuestionan una inversión en sistemas de armamentos
que creen estar anticuados, y proponen en su lugar el desarrollo de nuevos sistemas
de armas y de nuevos proyectos para contener la expansión de armas nucleares,
químicas y bacteriológicas, así como para contrarrestar el terrorismo(26).
La prioridad inmediata del Pentágono es doble: de un lado, reforzar su aparato
de Inteligencia; de otro, reorganizar su estructura de comandos para coordinar
su actividad con el Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland
Security). Un Northern Command se encargaría de coordinar las respuestas
a ataque terroristas ocurridos dentro de EEUU, contando con una unidad especializada,
la Joint Task Force Civil Support(27). La reestructuración del Pentágono corre pareja
a la ambición de las políticas: la defensa antimisiles (National Missile
Defense, NMD) y su posible implantación en Taiwán o las ex-repúblicas soviéticas;
el proyecto de trasladar armas al espacio; la expansión de la OTAN, o el plan
de reconfigurar Oriente Medio.
·
La CIA: ¿El cazador cazado?
Ironías del destino, todos los ojos
están puestos en la CIA (Central Intelligence Agency). A las difíciles
relaciones internas entre los oficiales que cumplen funciones analíticas, de
espionaje y de contrainteligencia (Inteligencia Humana, HUMINT, y Técnica, TECHINT)
y los pertenecientes a las operaciones encubiertas (Covert Action), se
une la rivalidad entre la CIA y las demás Agencias que componen la Comunidad
de Inteligencia (Intelligence Communuity, IC):
- La CIA y el Pentágono están unidos
por un cable de alta tensión. Al fin y al cabo, de las catorce organizaciones
que forman la IC, ocho de ellas están integradas en el Departemento de Defensa
(el cual recibe aproximadamente el 85% del presupuesto de Inteligencia): por
ejemplo, la Agencia de Inteligencia de Defensa (Defence Intelligence Agency,
DIA) y la Agencia de Seguridad Nacional (National Security Agency).
Frente a éstas, están la CIA, como Agencia independiente, y otras cinco agencias
repartidas por el Ejecutivo: en el Departamento de Estado, el Tesoro, y el FBI.
El Director de la CIA, George Tenet, rivaliza con Rumsfeld y con Meyers por
el control de las distintas agencias secretas en asuntos de inteligencia militar
estratégica y táctica. El Pentágono intenta acaparar el aparato de inteligencia
militar, y con él, la lucha antiterrorista. La propuesta de Rumsfeld de crear
un subsecretario de Defensa para la Inteligencia en el DoD es sintomático de
la guerra por controlar la IC y los presupuestos, a pesar de los desmentidos
oficiales(28).
- Con el Congreso, las relaciones
de la CIA son delicadas. Desde el comienzo de la Administración Bush, se suceden
las críticas a la burocracia y efectividad de la CIA por parte de congresistas,
público y medios de comunicación(29). Tras el 11-S arrecian las voces
en el Congreso pidiendo la dimisión de su director, George Tenet, por falta
de liderazgo. El Congreso retoma la supervisión (oversight) mediante
comparecencias en los Comités de inteligencia del Senado y de la Cámara, lo
que podría ser el preludio de leyes para reorganizar las agencias de Inteligencia.
Pero a su vez, la CIA está presente en el Congreso de forma indirecta a través
de los lobbies. Los grupos de interés ligados a Inteligencia son compañías
de hardware de espionaje (satélites, por ejemplo), que practican lobby
con miembros del Congreso en cuyos distritos las fábricas de armas vinculadas
al Pentágono van desapareciendo.
- Por último, con el presidente
Bush –quien supervisa a la Agencia a través de su Junta para el Control
de Inteligencia (Intelligence Oversight Board)– la CIA mantiene un contacto
diario, presentándole overseas briefings cada mañana. No faltan sin embargo
las desavenencias; en octubre de 2002, su director, George Tenet, contravino
la postura de la Administración y el Pentágono, al calificar de muy improbable
un ataque químico o biológico por parte de Sadam Husein –unas declaraciones
que rectificó enseguida-. De cualquier forma, la supervivencia de la Agencia
está asegurada. En el contexto de la Nueva Agenda de Seguridad del presidente,
se perfilan nuevos retos y misiones, principalmente ligadas al antiterrorismo:
-
La cooperación con servicios de Inteligencia de otros Estados (Mosad, KGB, M-16),
e inter-departamental (el Pentágono, el Ministerio de Seguridad Interior de
Tom Ridge, o el FBI de Robert S. Mueller III(30)).
Un proyecto del Pentágono de antiterrorismo global, la Conciencia de Información
Total (Total Information Awareness, TIA), puede estar en esa línea.
-
El retorno de las acciones encubiertas (asesinatos selectivos de terroristas,
por ejemplo, de miembros de Al-Qaida).
-
La presencia sobre el terreno en operaciones militares (Afganistán, Irak)
-
El refuerzo del espionaje y contra-espionaje nuclear e industrial (del tipo
del avión espía norteamericano que chocó con un caza chino en abril de 2001,
o las tareas de espionaje de multinacionales estadounidenses).
·
La Política Económica Exterior: It’s Security, stupid!
La Administración Bush entiende la
actividad económica exterior fundamentalmente en términos de Seguridad Nacional(31). Bajo este principio, la acción institucional
exterior mantiene un perfil continuista en su terreno comercial y financiero.
Estamos ante el reverso del It’s the Economy, stupid!; el famoso lema
electoral de Bill Clinton.
El Representante de Comercio y los Departamentos del Tesoro, Comercio y Agricultura
poseen potentes burocracias de política exterior, con una relevancia similar
a la de los representantes diplomáticos del DoS. Pero su poder de influencia
es pequeño en comparación con el de NSC, DoS, DoD o CIA. Paradójicamente, la
creciente importancia de la agenda económica de los últimos años no se ha traducido
en una concentración de poder para la burocracia en esta área. La razón es que
las líneas magistrales de las políticas comerciales y financieras se deciden
en la interacción del Presidente, el Congreso, ONG’s y grupos de interés privados:
lobbies de sectores industriales, energéticos o agrícolas, empresarios
individuales, multinacionales y bancos de inversión norteamericanos(32).
·
El Representante de Comercio de EEUU: Entre el Free Trade y el Fair
Trade
El Representante de Comercio (US
Trade Representative, USTR) Robert Zoellick, junto al Departamento de Comercio,
trabaja estrechamente con lobbies y multinacionales en labores de ejecución
y coordinación del comercio internacional de EEUU, productos e inversión directa,
tanto a nivel bilateral como multilateral. Zoellick, principal consejero de
Bush sobre comercio, tiene línea directa con él desde sus oficinas de Ginebra,
donde está en contacto con la Organización Mundial del Comercio y la UNCTAD.
A su vez, cinco miembros de cada cámara del Congreso asesoran con frecuencia
al Representante en materias de comercio.
El USTR se coordina con las Agencias del DoS encargadas de asuntos económicos,
como la USAID, o la Subsecretaría de Asuntos Económicos, de Negocios, y Agrícolas.
Además preside y coordina el Grupo de Revisión de la Política Comercial (Trade
Policy Review Group), cuyas propuestas pasan al Consejo Económico Nacional,
bajo la autoridad del Presidente. Pero básicamente, el USTR se conecta con el
sector privado, el cual abarca asociaciones de negocios, de trabajo, ecológicas,
y el Sistema de Comité Consultivo (Advisory Committee System), y tiene
un papel central en las negociaciones de tratados (NAFTA, APEC, ALCA), o en
las negociaciones para la entrada en la OMC de Rusia, y anteriormente China.
La política comercial del USTR durante
la Administración Bush se articula en torno a una liberalización ambigua que
raya en el proteccionismo, y a los acuerdos bilaterales –Marruecos,
América Central, África del Sur y Australia-. Con esta estrategia, la Administración
busca recabar el apoyo para iniciativas comerciales de un Congreso casi siempre
proteccionista. Su puesta en marcha, sin embargo, es dudosa, ya que puede hacer
peligrar las rondas negociadoras de la OMC. La concesión del fast-track
al Presidente para negociar acuerdos comerciales (ver más abajo), puede dar
más margen de maniobra al USTR, y por tanto, también a los lobbies y
a las corporaciones en la elaboración de la PE comercial; pero sus resultados
son aún inciertos.
·
Departamento del Tesoro: ¿Turquía o Argentina?
La ejecución de las políticas financieras
de EEUU la lleva a cabo el Departamento del Tesoro (Treasury Department)
a través de organismos financieros internacionales, sobre los que ejerce una
gran influencia: el Banco Mundial y, colateralmente, el FMI, con sede en Washington.
El Departamento más endeble del Gobierno –con John Snow a la cabeza, a partir
de enero de 2003, en sustitución del dimitido Paul O’Neill– trabaja estrechamente
con los Bancos Regionales de Desarrollo Multilateral (MDBs) que forman el Grupo
del Banco Mundial (World Bank Group), con el Crédito del Medioambiente
Global (Global Environment Facility, GEF) y el Fondo Internacional
para el Desarrollo Agrícola (International Fund for Agricultural Development,
IFAD). A través del Banco Mundial EEUU presta ayuda al desarrollo a Turquía,
Afganistán o Pakistán, entre otros. Menos de lo que cabría esperar: el presupuesto
solicitado para los MDBs en 2003 es de 1.26 billones de dólares, lo que da una
idea de las prioridades de la Administración. El objetivo actual de EEUU es
la reforma de los WBDs para incrementar la productividad y mejorar la transparencia
(acountability) de los programas, pero sin presionar demasiado a favor
de una reforma de la arquitectura financiera mundial.
Desde el 11-S el Departamento del
Tesoro se vuelca en la lucha contra el lavado de dinero y la financiación del
terrorismo internacional. Las consideraciones de seguridad y geopolíticas pesan
bastante a la hora de decidir su protagonismo. Por ejemplo, en el impulso de
financiación del FMI durante la crisis financiera asiática, o en la crisis de
Turquía en 2001. En cambio, en la crisis financiera de Argentina de finales
de 2001 (suspensión de pagos a acreedores privados), el gobierno norteamericano
endureció su posición, cediendo el peso de la gestión al FMI. Claramente, Turquía,
en tanto que miembro de la OTAN, y limítrofe con Irán, Irak, o Siria, pesa más
que Argentina desde el punto de vista geoestratégico.
·
El Congreso: El bipartidismo pasivo
Si bien el Congreso no renuncia
al control del Ejecutivo de Bush, en la mayoría de las cuestiones clave de la
PE adopta lo que podría llamarse un bipartidismo pasivo: sólo algunos
aspectos de la liberalización comercial enfrentan a Demócratas y Republicanos.
En las cuatro áreas críticas de debate entre Presidente y Congreso –el
control del uso de la fuerza, la negociación de tratados internacionales, la
política comercial y el control del Presupuesto– Bush lleva la iniciativa
y obtiene claras victorias.
La diplomacia del ‘You are the next’:
Tanto en Afganistán como en el caso de Irak, G.W. Bush obtiene del Congreso
los poderes para iniciar una operación militar, de acuerdo a la War Powers
Resolution Act de 1973, en contraste con lo sucedido en Granada y Líbano
(1983), Libia (1986), o en la primera guerra del Golfo. De acuerdo a la War
Powers Resolution, el Presidente se compromete a consultar al Congreso siempre
que sea posible antes de lanzar una operación: a informar al Congreso dentro
de las 48 horas después del inicio de las hostilidades, y a no continuar éstas
durante más de 60 días sin la autorización del Congreso(33).
- Pese a ello, la operación Libertad
Duradera (Enduring Freedom) de octubre de 2001 contra el régimen de los
Talibanes en Afganistán resultó completamente anómala desde el punto de vista
jurídico y político. El Congreso no declaró la guerra formalmente a Afganistán,
sino que las dos Cámaras aprobaron una Resolución de Poderes de Guerra (War
Powers Resolution): la Ley Patriótica de Estados Unidos (USA Patriot
Act) autorizando un uso limitado y condicionado de la fuerza: bajo su supervisión,
con financiación bajo control, y reservándose el decidir su continuación. Planteada
como respuesta militar a una situación de emergencia, el ataque a Afganistán
no se trató propiamente de un ‘acto de guerra’ según el derecho internacional:
se comenzó sin la existencia de pruebas de conexión entre el Estado Afgano y
Al-Qaida; el Presidente ignoró los tratados internacionales de terrorismo suscritos
por EEUU; le fue denegada autorización para el ataque por el Consejo de seguridad
de Naciones Unidas, pese a invocar derecho de auto-defensa en virtud del el
artículo 51 de la Carta; atacó solo, ignorando el ofrecimiento de ayuda de la
OTAN; y se crearon tribunales militares de excepción, sin consultar al Congreso
ni al Tribunal Supremo(34).
- En el caso de Irak, la estrategia
del Presidente consiste en buscar pacientemente el consenso para una autorización
en caso de ataque al régimen de Saddam Hussein; un consenso exigido por la envergadura
material de la operación y sus posibles repercusiones. Al no existir evidencia
de peligro inminente para la nación, el Presidente hace uso de la doctrina de
la pre-emption para ganarse el apoyo del Congreso, logrando en octubre
de 2002 la aprobación de una War Powers Resolution. La Resolución se
atiene al espíritu del Acta del 73, otorgando autoridad al Presidente para atacar
a Irak si éste no cumple con las condiciones de los inspectores de la ONU para
destruir sus armas químicas y bacteriológicas. Hábilmente, la Administración
se apoya en la diplomacia y el derecho internacional (el Consejo de Seguridad
aprueba finalmente la Resolución 1441 que obliga a los iraquíes a aceptar las
inspecciones) y al mismo tiempo se reserva la decisión de emprender la guerra
unilateralmente, si considera amenazada la seguridad nacional(35). Existen serias dudas, en cambio, sobre si,
como pide el Acta, el Congreso sirvió de reality test, pues en el momento
de su respaldo no había pruebas de la vinculación de Saddam Hussein con Al-Qaida,
ni de la existencia de armas de destrucción masiva amenazando a EEUU. A pesar
de la retirada del inflexible Senador Republicano Jesse Helms y de la acción
del reducido lobby anti-guerra dentro del partido Demócrata, la fijación
contra Saddam de Bush y los halcones, especialmente Wolfowitz, inclina
la balanza hacia la opción militar.
- Otra dimensión del uso de la fuerza
se refiere a las acciones futuras de la OTAN. Sobre éstas, el Congreso mantienen
en teoría la última palabra, ya que, en el caso de tratados internacionales
de seguridad recíproca, la Constitución parece obligar al Presidente a consultar
al Congreso, que es el único con facultad para declarar la guerra. Los tratados
de seguridad recíproca no dan, pues, una garantía total de que EEUU se vaya
a implicar –lo que explicaría la desconfianza de Israel de su relación
de seguridad con EEUU-. Pero el interés en la expansión geoestratégica norteamericana
parece descartar una inhibición del Congreso en caso de ataque a un Estado aliado
o amigo. Más bien el caso contrario, que EEUU arrastre a los demás aliados a
un conflicto armado, apoyando sus intereses en la Alianza, parece más probable
en el futuro(36).
Tratados internacionales: mejor abandonar
que ratificar
El Presidente Bush retira la firma
(un-sign) de tratados firmados por el anterior Presidente, Bill Clinton,
en situación de pato cojo (lame-duck): el ICC y el Protocolo de
Kyoto(37), y abandona de forma unilateral el Tratado
ABM (Anti-Ballistic Misiles). Ello no levanta excesivas protestas en el Congreso,
que sale en defensa de los ‘intereses nacionales’, ya sean las fuerzas armadas
o las compañías de energía. El Congreso no sólo no toma iniciativas legislativas
contrarias al Presidente, sino que incluso aprueba la Ley de Protección de Miembros
del Servicio Americano (American Servicemembers Protection Act, ASPA),
para impedir que miembros del Gobierno o sus fuerzas armadas puedan ser procesados
por el ICC; el Presidente, claro está, firma la ley. De esta forma, Bush evita
desgastar su mandato con procesos de ratificación de Tratados en el Senado,
o con convenios ejecutivos (executive agreeements) para sortear la participación
de aquél(38).
Un fast-track proteccionista
La división partidista se hace presente
en las discusiones sobre los compromisos de Doha en noviembre de 2001 y en la
concesión al presidente de la Autoridad para la Promoción del Comercio (Trade
Promotion Authority, TPA) en verano de 2002. La TPA, o fast–track, autoriza
a Bush para negociar tratados comerciales bilaterales y multilaterales, y supone
un espectacular triunfo allí donde fracasó la Administración Clinton. Por el
fast-track, el Congreso aprobará o rechazará en bloque los acuerdos que
firme el Presidente, sin la dilación que conllevan las discusiones en las dos
cámaras. Para lograr el TPA, el Presidente ha tenido que sortear la reticencia
del Congreso –vencida in extremis con tres votos decisivos en la Cámara
de Representantes– y las presiones de sindicatos, ecologistas, y activistas
anti-globalización(39).
Paradójicamente, la concesión a
G.W.Bush del TPA por cinco años –un fast-track ‘proteccionista’ que incluye
cláusulas medioambientales y laborales– se debe en parte a la confianza
que ha creado el Presidente con sus medidas proteccionistas (aranceles del acero,
ley agrícola), que le avalan a ojos del Congreso para defender en el exterior
los intereses de EEUU, mientras se sientan las bases para una progresiva liberalización(40).
El Presupuesto Federal
El Congreso vuelca su actividad
en tres áreas básicas de control en PE: el presupuesto de Defensa, el presupuesto
para Inteligencia (ver arriba), y los programas de ayuda exterior. Ya hemos
visto que con G.W Bush los presupuestos del Pentágono se disparan, y la tendencia
tras las mid-term de noviembre de 2002 es a que el Congreso adopte una
postura seguidista del Presidente y del Pentágono. Los desacuerdos con
los Demócratas, sin embargo, se hacen más tirantes a medida que se recortan
partidas para Servicios Sociales o Educación, mientras aumenta el déficit presupuestario
en el horizonte de 2004 a más de 300 billones de dólares.
Los programas de ayuda exterior
se mantienen, con promesas de aumentos por los Republicanos, a cambio de que
los Demócratas les dejen las manos libres en temas de seguridad. Respecto al
adeudo de las cuotas de la ONU, se alivia el pago de la deuda pendiente (pasando
de los 926 millones de dólares en 1999 a $244 millones a finales de 2002). Se
consigue la reducción de las contribuciones de EEUU al presupuesto regular y
de peacekeeping, además de colocar a un representante americano en el
panel consultivo del presupuesto(41).
El éxito de Bush en las cuatro áreas
comentadas, tan sólo ensombrecido por una resistencia Demócrata al déficit presupuestario,
refleja que, al menos momentáneamente, las disputas partidistas sobre la PE
entre Demócratas y Republicanos –y, muy importante, entre miembros del mismo
partido– se ha suavizado mucho respecto a las dos últimas décadas,
alcanzando similitudes con la época de la Guerra Fría. La división del Congreso
por “cámara, partido, ideología, región, comité y generación”(42), se concentra en la política interna (derechos individuales,
economía) y se relaja en los asuntos internacionales: intervención militar,
diplomacia o relaciones económicas exteriores.
El bipartidismo pasivo en
PE se instala en el Congreso: los Demócratas apoyan el aumento del presupuesto
militar, y los Republicanos mantienen una tímida ayuda al desarrollo: sólo la
cuestión de Irak es causa de cierta división. Tampoco la victoria Republicana
de noviembre de 2002 anuncia cambios sustantivos respecto a Irak, Oriente Medio,
Corea del Norte, ayuda extranjera o comercio internacional(43). En un principio, el bipartidismo
pasivo dota de cierta consistencia a la PE, por lo que la posible incoherencia
en las políticas que emanan del Congreso habrá que buscarlas en la acción centrífuga
de los lobbies.
·
Tribunal Supremo: El retorno de Curtiss-Wright
La estrategia de desactivación del
contrapeso legislativo se completa con la aquiescencia del Tribunal Supremo
(Supreme Court) y del resto de jueces federales. Nada sorprendente si
se recuerda que la mayoría Republicana en el Supremo (5 votos a 4) decidió la
Presidencia para Bush tras las elecciones más reñidas de la historia de EEUU
en 2000.
De acuerdo con la Constitución,
el Supremo decide en los casos que obliguen por un tratado internacional. Sin
embargo, durante la Administración Bush el Supremo remarca su tendencia de las
últimas décadas a no pronunciarse sobre asuntos exteriores o, cuando lo hace,
a adoptar implícitamente la visión Curtiss-Wright de apoyo al Ejecutivo(44).
Por otro lado, el nombramiento del
conservador John Ashcroft como Fiscal del Estado al frente del Departamento
de Justicia, con su equipo de personal asesor en temas legales, propicia una
interpretación conservadora y ‘unilateral’ de cuestiones espinosas concernientes
al respeto del derecho internacional, y por tanto vinculadas a la PE. Es el
caso del confinamiento y trato a los presos Talibanes en Guantánamo, que ha
ignorado el Convenio Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos. La inhibición
del Tribunal Supremo en el tema de los tribunales de excepción para juzgar a
terroristas, evidencia una cesión de poder al Presidente contraria al espíritu
de la Constitución. Asimismo, la retirada de la firma del ICC o Kyoto, un acto
de discutible naturaleza jurídica, se lleva a cabo en medio del silencio total
de la más alta instancia de justicia del país(45). La parcialidad del Supremo
en éstos y otros casos arroja sombras de duda sobre la salud del sistema político
norteamericano, y precisa de una rectificación urgente.
·
Los Lobbies Económicos y Étnicos
Entremezclándose por el Ejecutivo,
el Legislativo y el Poder Judicial, y repartidos por todos los ámbitos de la
sociedad, los grupos de interés (single-issue interest groups)
–asociaciones privadas, corporaciones y sindicatos– ejercen
una enorme influencia en la toma de decisiones de los cargos públicos. Típicamente,
los grupos de interés entran en conflicto con el DoS, el cual representa la
‘unidad de acción en el exterior’ y el interés nacional. En el ‘planeta Washington’
los expertos del lobby están en contacto directo con los jefes de los
Comités del Congreso, donde pueden ser invitados a legislar, con miembros de
la Administración, incluido el Presidente, con funcionarios extranjeros, y con
otros lobbies.
La mayor influencia se ejerce sobre
los congresistas, debido a su sensibilidad a las encuestas de opinión y a las
reclamaciones de los votantes de su distrito o estado. Hay más de 3.700 grupos
de interés específicos registrados, y su poder de movilización puede extenderse
a centenares de miles de votantes, especialmente cuando forman coaliciones sobre
un asunto concreto. Ello provoca que en ocasiones los representantes del Senado
o de la Cámara emitan un voto contrario al que prescribe el líder de su partido,
lo que divide el Congreso y dispersa las políticas(46).
La Administración Clinton intentó infructuosamente
reformar del sistema de lobbying y de financiación de las campañas electorales
para evitar la ‘compra del acceso al Congreso’. La actual reforma del financiamiento
de las campañas electorales, que prohibirá las donaciones por distrito y estado,
puede significar un paso adelante para limitar el poder de dichos lobbies.
Pero la Administración Bush no parece incómoda con este trasvase público-privado,
típico de la sociedad y la cultura norteamericanas. ¿Cómo y hasta dónde este
tráfico de influencias y dinero condiciona el resultado de la PE?.
A. Grupos de interés económicos
El lobby del Petróleo. La
influencia del lobby petrolífero/ energético se halla presente en la
misma Casa Blanca: el Presidente Bush (con negocios en el ramo energético),
Dick Cheney (antiguo ejecutivo de Halliburton), o Condolezza Rice (antes
vinculada a Chevron). El lobby del petróleo contribuyó a la financiación
de la campaña presidencial de G.W. Bush, y éste ha respondido a los favores.
Así, el lobby se hace sentir en los foros multilaterales sobre medioambiente,
en la línea oficial de rebajar los compromisos globales(47). Otra muestra clara es su exitosa
campaña de presión sobre el Presidente para que no asistiera a la Cumbre de
la Tierra de Johannesburgo, en agosto de 2002.
- Respecto a Oriente Medio, las
más de 300 corporaciones del petróleo agrupadas en el Instituto del Petróleo
Americano (American Petroleum Institute) actúan en cierto modo de contrapeso
a los lobbies judíos, ya que muchos ejecutivos del petróleo, ligados
al Partido Republicano, están más interesados en el golfo Pérsico que en salvar
a Israel –con las complicaciones que ello trae. Hasta ahora el lobby
petrolífero se ha manifestado más pro-árabe (no en vano su conexión con el clan
saudí, al que también el Presidente Bush está ligado). Pero los planes de la
Administración para controlar las reservas de Irak y reconfigurar políticamente
Oriente Medio –consistentes con la nueva política energética de asegurar
la producción y el transporte en Asia Central– puede hacer converger
los intereses de los magnates del petróleo y del lobby judío. En todo
caso, los mecanismos y las alianzas son complejos, no unidireccionales: algunas
empresas petrolíferas muestran su inquietud por el posible caos geopolítico
resultante de los ambiciosos planes de la Administración y el Pentágono.
El lobby de la Industria Armamentística.
Su enorme peso en las decisiones
de Washington se debe a su conexión con Defensa y el Congreso, hasta el punto
de que muchos se preguntan si el triángulo de hierro entre las contratas,
el Pentágono y el Congreso, típico de la Guerra Fría, ha retornado. El problema
no es nuevo: EEUU se provee militarmente de forma exclusiva con corporaciones
privadas. La extensión de sub-contratas (que se traduce en puestos de trabajo)
por todos los distritos electorales de EEUU, tiene repercusiones obvias en los
votos de los congresistas, más atentos a su supervivencia profesional que a
la calidad y coherencia de los programas de defensa. Además, las industrias
de defensa emplean a centenares de antiguos congresistas y ex-oficiales de Defensa,
lo que crea inercias burocráticas difíciles de romper:
- La decisión de la Administración
Bush de reactivar la economía mediante el incremento del gasto de Defensa hace
que recuperen relevancia las contratas, despertando el fantasma del ‘complejo
militar-industrial’ (Eisenhower), el cual manejaría los hilos de la PE de EEUU(48). Sin llegar a dar la razón a
teorías conspirativas, es cierto que el poder de unos pocos gigantes industriales
ha aumentado tras los procesos de fusión. Es el caso de General Dynamics
Corporation, que controla la mitad de los astilleros que producen navíos
de la Marina; o los tres grandes de la industria de la defensa: Boeing, Lockheed
Martin y Raytheon, que acaparan casi un tercio de los contratos de
Defensa.
- Los intereses industriales y financieros
están tras la política gubernamental de ampliación de la OTAN, al menos desde
1999, así como tras la próxima ronda de adhesiones previstas para 2004. Lockeed
Martin, el fabricante de armas más grande del mundo, está a la cabeza de
la innovación y expansión armamentística en EEUU y en los países de la OTAN(49).
Sin embargo, sería en exceso reduccionista
afirmar que las nuevas estrategias de defensa, o la expansión de la OTAN, vienen
determinadas por el complejo industrial ligado al Pentágono. Ello
sólo es posible si los factores internos que deberían actuar de filtro –el Congreso–
o contrapeso –otros lobbies, think-tanks, medios de comunicación,
opinión pública–, junto a un contexto internacional favorable, y finalmente,
la decisión del propio Presidente, lo permiten.
Los sindicatos. La actividad de lobbying
de los sectores del acero y agrícola encuadrados dentro de la FLO-CIO (American
Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations) tiene un papel
destacado en las decisiones de política comercial exterior durante la Administración
Bush. La FLO-CIO ha ido abandonando su posición internacionalista de los años
setenta, y en la actualidad se muestra crítica con las políticas globalizadoras
de libre comercio y eliminación de aranceles (del free trade al fair
trade). Los trabajadores han abandonando gradualmente su alianza con los
congresistas liberales, pasando a aliarse con los lobbies proteccionistas
de la industria.
a)La Industria del Acero
La campaña de presión de empresas
y trabajadores del Acero como US Steel Corp y United Steelworkers of America (en
Michigan, Ohio y West Virginia) para poner fin al supuesto dumping desde el exterior (Alemania, Rusia y China),
obtiene sus frutos. El Presidente Bush aprueba en enero de 2002 un arancel del
40% a las importaciones del acero durante tres años (sin incluir a Canadá y
México, socios del NAFTA)(50). La medida, sin embargo,
crea división interna entre empresas productoras y
empresas consumidoras del acero. Muchas empresas
consumidoras se oponen a los aranceles: la Consuming
Industries Trade Action Coalition considera
que redundarán en la pérdida de empleos. El USTR, el Secretario de Comercio
y el Secretario del Tesoro tendrán ahora por delante la ardua tarea de negociar
los aranceles a la importación con otras naciones productoras.
Es claro que
en la decisión del Presidente se conjuga la presión del lobby del Acero con la estrategia electoral de las mid-term de noviembre de 2002 (para retener la mayoría
en la Cámara de Representantes en áreas de producción de acero como Ohio,
Pennsylvania). El horizonte de las elecciones Presidenciales de 2004 no presagia
un cambio de política.
b)Los
Agricultores
Dependiendo
del momento y del asunto, la presión del lobby
agrícola puede promover la liberalización o el proteccionismo del comercio. Un
ejemplo de lo primero es la lucha de la Federación de la Oficina de la
Agricultura Americana (American Farm Bureau
Federation) –la organización agrícola más grande de EEUU, con más de 4.9
millones de familias miembros– por mantener abierta la exportación a China, lo
que la ha enfrentado desde hace años a grupos de defensa de derechos humanos que
piden sanciones económicas para China. La Farm
Bureau ha conseguido la cláusula de acceso incondicional al mercado chino,
clave para la entrada del gigante asiático en la OMC en 2002. Una política
apoyada por la presión al Congreso del Secretario de Defensa, el Secretario de
Estado, el Tesoro y el USTR.
La otra cara
de la moneda es la campaña de protestas que desemboca en la aprobación en mayo
de 2002 de la ley agrícola (farm bill): un subsidio
agrícola de 180 billones de dólares para los próximos diez años que supone un
incremento de la ayuda del estado del 70%. En el Senado los agricultores tienen
bastante influencia, ya que muchos estados rurales con poca población, agrícola
en su mayoría, tienen dos representantes cada uno, por lo que pueden obstruir
las políticas comerciales. De nuevo, el Presidente Bush aprueba los subsidios
debido a sus intereses electorales en los estados del medio-Oeste. Pero la
decisión presidencial supone un paso atrás respecto a los compromisos de libre
comercio agrícola adquiridos por EEUU en noviembre en el encuentro de la OMC en
Doha. La Administración se encuentra así en un clásico dilema
interior/exterior(51).
B. Grupos de
interés étnicos
La actividad
de los lobbies étnicos en PE tiene una merecida fama
de producir políticas disgregadoras y poco coherentes, ya que favorecen con
frecuencia a un país concreto pero no a los intereses del conjunto de la
nación(52).
a)El Lobby
Judío
No existe
propiamente un lobby judío, sino más bien un ‘lobby
de Israel’ donde confluyen judíos americanos y protestantes fundamentalistas de
derecha no judíos. El lobby judío no debe ser confundido con las comunidades
judías de EEUU, ya que muchos de ellos rechazan las políticas del gobierno
israelí. El lobby judío más activo, el Comité Israelí-Americano de Asuntos
Públicos (American Israel Public Affairs Comittee,
AIPAC), tiene más de 55.000 miembros en EEUU y
una importante red de contactos en Washington e incluso dentro de la cúpula del
gobierno –Wolfowitz, o el tejano Fred Zeidmann, de la Coalición de Judíos
Republicanos, amigo de Bush-. La influencia de la AIPAC se extiende a cierto
poder de veto en la venta de armas a países musulmanes. Los Republicanos tratan
de ganarse su apoyo por su relevancia electoral: aunque hay sólo 6 millones de
judíos en EEUU, su participación en los comicios es alta y sus votantes se
concentran en áreas urbanas y estados de gran peso: California y Nueva York.
Este apoyo por parte de la Administración pone en dificultades al gobierno, al
plantearle exigencias radicales en el conflicto con los palestinos. La pasividad
de EEUU ante el incumplimiento de Israel de las resoluciones de la ONU, o la
política de asentamientos de Ariel Sharon, etc, viene determinada por la visión
de que ser ‘amigo de Israel’ implica aceptar acríticamente sus políticas. No en
vano, Israel recibe la mayor ayuda militar de EEUU a un país extranjero: 3
billones de dólares anuales(53).
El Partido
Demócrata parece entrampado en la carrera por asegurarse el voto judío. Los
Demócratas, depositarios del voto de la mayoría de los judíos americanos, está
en una posición difícil. El senador Joseph Lieberman, el principal político
judío de la nación, junto a los grupos financieros de su estado, Connecticut,
apoya un ataque a Irak, mientras los Demócratas negros son pro-palestinos. Por
su lado la Asociación Nacional de Árabes Americanos (National Arab-Americans Asociation, NAAA) y el Consejo Nacional para las Relaciones
Estadounidenses y Árabes (National Council on US-Arab
Relations) intentan contrarrestar la influencia judía; pero están peor
organizados y cuentan con menos fondos. Además, el terrorismo ‘árabe’
internacional les perjudica claramente.
b)El lobby Cubano-Americano. Mientras que las asociaciones
de la comunidad latina tienen escaso o nulo peso en la PE, el lobby cubano radicado en Miami, a través de la
Fundación Nacional Cubano-Americana (Cuban-American
National Foundation, CANF), sigue marcando la
política de EEUU hacia Cuba, desplazando a Washington del centro de decisiones.
La visita del ex-presidente Jimmy Carter a Fidel Castro en mayo de 2002 no ha
hecho cambiar la línea de la Administración Bush, presa de imperativos
electorales, ya que el hermano del Presidente, Jeb Bush, es el gobernador de
Florida. Sin embargo, se abre paso lentamente una posición favorable a la
apertura del comercio y el turismo, entre congresistas, empresarios y también
muchos Republicanos(54).
C. Grupos de
interés extranjeros: el secreto mejor guardado
A mucha
distancia de los lobbies anteriores, los Gobiernos
de otros Estados también pueden ejercer cierta influencia en la PE
estadounidense a través de los contactos de sus embajadas y oficinas especiales
con miembros del Congreso. Incluso ex-oficiales del Ejecutivo y miembros del establishment de Washington son contratados a menudo
para representar intereses extranjeros. Es el caso de Kissinger & Associates, bajo presidencia del propio
Henry Kissinger –ex-secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford-. K & A es una firma en la que contratistas de
Defensa y representantes de compañías norteamericanas trabajan como consultores
para otros Gobiernos y multinacionales extranjeras, además de las
norteamericanas. Una muestra clara del celoso secretismo con que se lleva a cabo
esta actividad es la dimisión de Kissinger como jefe de la Comisión
investigadora del 11-S en diciembre de 2002, tras negarse a revelar al Congreso
Republicano los nombres de sus clientes.
La presencia
de grupos de interés extranjeros en la revolving
door, supone en principio un riesgo de que oficiales públicos puedan
orientar la PE económica o estratégica a favor o en contra de un Gobierno o
empresa externos. Pero difícilmente puede hablarse de permeabilidad de la PE a
intereses foráneos durante la actual Administración, si no es en la medida en
que tales intereses coinciden con los planes del Gobierno de Bush. Las posibles
filtraciones externas parecen haber disminuido drásticamente en asuntos
cruciales como la OTAN, Oriente Medio, o Irak.
· Los Think-Tanks: la revolving
door
En teoría,
los think-tanks, privados y públicos, tratan de
crear un consenso bipartidista sobre asuntos de PE. Los mismos Wolfowitz, Rice y
Rumsfeld, con experiencia en la academia y el sector privado, continúan la
tradición de Henry Kissinger, Madelaine Albright, o James Rubin, consistente en
el trasvase continuo entre oficiales del Gobierno, académicos, burócratas,
hombres de negocios, periodistas y abogados.
La
Administración Bush cuenta con el apoyo de potentes think-tanks conservadores, en la estela del compassionate conservadurism. Es el caso de la Heritage Foundation, –uno de los think-tanks más grandes del país, que defiende el
desarrollo del sistema antimisiles– y el American
Enterprise Institute. Ambos tienen enfrente think-tanks y publicaciones más liberales y críticos
con Bush; entre ellos, la Brookings Institution, o
el Council on Foreign Relations, cuyos miembros
recomiendan un cambio de orientación en la PE, poniendo el énfasis en la
diplomacia y el multilateralismo. Con todo, quizá el apoyo más espectacular a
las políticas de G.W. Bush haya venido desde el mundo académico, en forma de un
manifiesto titulado La carta de América, razones de un
combate, y firmado por 60 intelectuales estadounidenses tras el 11-S (entre
ellos Samuel Huntington y Michael Walzer), a favor de la acción bélica contra
Afganistán.
El poder que
sale por la puerta giratoria es persistente, pero
muy difuso, y se manifiesta de forma indirecta en la PE. Por un lado, su alcance
casi siempre se restringe a las élites, y a veces ni siquiera eso. Por otro, el
carácter innovador que se le atribuye es limitado, ya que muchos aspirantes a
líderes terminan interiorizando el modo de pensar burocrático de Washington(55).
· Medios de
Comunicación de Masas: víctimas de los tiempos de guerra
La batalla de
contra-información emprendida por la Administración tras el 11-S hace temer una
vuelta a los viejos usos de la Guerra Fría. La irrupción de la cadena de
televisión de Qatar Al Yazira, presentando una
visión alternativa a la de la CNN, pone al Presidente en dificultades para no
perder la batalla mediática. Si bien se relaja pasados unos meses del ataque
terrorista, la censura más o menos directa de los medios de comunicación, el
secretismo oficial dentro (en torno al 11-S) y fuera de EEUU (Afganistán), y la
contra-propaganda deliberada, prosiguen su curso. Incluso, Rumsfeld anuncia la
tentativa de crear una oficina de desinformación en el extranjero, la Oficina de
Influencia Estratégica (Office of Strategic
Influence), en coordinación con el DoS, el NSC y otras agencias federales.
Pero el proyecto se detiene ante las críticas.
Los
presupuestos básicos de la Agenda de Seguridad cuentan con el apoyo de muchos
expertos influyentes de las cadenas de televisión CNN, CBS o NBC, y de los
editoriales de periódicos como The Washington Post.
Sólo algunos grupos de periodistas mantienen una voz independiente a pesar de
los intentos de control por parte del Gobierno y el Pentágono. Las voces
críticas de la sociedad civil se pasan por alto en la mayoría de los medios de
comunicación; por ejemplo, la cobertura de las marchas masivas en Washington por
las libertades y contra la guerra en Irak apenas encontraron cobertura en los
principales periódicos del país.
A largo
plazo, la PE tiene éxito si tiene el apoyo de la opinión pública. Aunque los
resultados de las encuestas sufren oscilaciones importantes dependiendo del
momento, la confianza del público en la eficiencia de la Administración
Republicana para gestionar la política exterior supera con mucho a la confianza
depositada en los Demócratas. Pero el precio a pagar por la eficiencia puede ser
muy alto: el entorno favorable a la lucha antiterrorista global pone en peligro
la accountability democrática, toda vez que el
Congreso abdica de su labor de supervisión. La ausencia de información
contrastada apunta a un problema de fondo de la PE norteamericana: su carácter
pseudo-democrático(56).
En
realidad, la ignorancia y falta de interés en la PE que se atribuye comúnmente
al público norteamericano, no es tal. Según el último informe del Chicago Council of Foreign Relations, el 61% de los
estadounidenses apoya una política activa en los asuntos mundiales, demostrando
que la posición internacionalista no es propia sólo de ciertas élites. Los
ciudadanos se muestran favorables a ejercer un liderazgo mundial, apoyando la
lucha antiterrorista o las intervenciones a favor de los derechos humanos, como
en Serbia en 1995 o Kosovo en 1999 –aunque, al mismo tiempo, sean reticentes a
pagar el precio con bajas de soldados(57)-. No existe razón para no
creer que más y mejor información sobre asuntos internacionales por parte de los
medios de comunicación podría despertar una visión crítica de la PE en la
ciudadanía.
·
Organizaciones No Gubernamentales: ¿el enemigo en casa?
De las más de
1 millón de ONG’s en EEUU –de todo tipo: religiosas, de derechos humanos,
ecologistas, de servicios sociales– un buen número coopera con sus homólogas en
otros países; desde las que colaboran con gobiernos extranjeros, hasta grupos
radicales antiglobalización. Como se vio en Seattle, Génova o Johannesburgo, la
alianza entre ONG’s norteamericanas y extranjeras contra la política
norteamericana respecto al Banco Mundial, el FMI, las minas anti-personas, el
calentamiento global, o el proyecto ALCA, pueden llegar a importunar gravemente
a la Administración. Por ejemplo, Public Citizen
(Washington) y Global Exchange (San Francisco), se
oponen al impacto de las multinacionales norteamericanas y el libre comercio
sobre las comunidades indígenas de Sudamérica. Pero sería ingenuo esperar que
las ONG’s, por sí solas, cambien significativamente las políticas del gobierno
de G. W. Bush en asuntos como derechos humanos, medioambiente, deuda externa o
comercio, salvo en casos muy concretos; por ejemplo, cuando las ONG’s coinciden
con los sindicatos en temas de liberalización comercial.
Las ONGs
perdedoras –ninguna de ellas gana– durante la Administración Bush son las de
derechos humanos. Las campañas de Amnistía o los informes de Human Rights Watch
a favor del respeto a los derechos humanos en China, o contra el maltrato de los
presos Talibanes de Guantánamo, han tenido nulos resultados en territorio
norteamericano. En su lugar, se impone una férrea subordinación a los intereses
geoestratégicos y geoeconómicos.
Pero no todo
es conflicto entre el Gobierno y las ONG’s. Muchas cooperan con la
Administración a través de la USAID en programas de ayuda voluntaria al
desarrollo; con diversas Agencias del Departamento de Estado, sobre todo la
Secretaría de Población, Refugiados y Migración; y conjuntamente con el DoS y
Naciones Unidas, especialmente en programas de ayuda a refugiados, en políticas
medioambientales y de género(58).
TRAZANDO EL
MAPA: RAZONES DEL UNILATERALISMO
A la luz del precedente recuento de los actores que formulan y ejecutan la PE de
EEUU, que ha mostrado la complejidad de los procesos y las variaciones
específicas para cada asunto, ¿es posible trazar una visión de conjunto, un mapa
orientativo, del funcionamiento de la PE norteamericana durante la
Administración G. W. Bush?. Provisionalmente al menos, parece posible trazar
algunas líneas generales, de acuerdo a la Figura 1:

Figura 1. Principales
actores y conexiones del aparato de Política Exterior durante la Administración
de G.W.Bush
- En primer lugar, el Presidente Bush opera en un espacio donde la Agenda
de Seguridad ha difuminado la frontera doméstica/internacional, proyectando la
política interna sobre ésta última. Al tiempo que concentra el poder en su
entorno inmediato de colaboradores, el Presidente impone hábilmente al resto de
actores sus puntos de vista, en especial al Congreso, y aprovecha las presiones
de los lobbies para reforzar su posición. El
Presidente no aborda el post 11-S desde la concentración férrea de las
decisiones en su persona, sino que combina una cierta descentralización
institucional con el liderazgo en la conducción de la PE. Su relativo éxito se
debe a su habilidad para conjugar los objetivos ‘imperiales’ –la hegemonía
norteamericana en el mundo– y la gestión basada en la consulta y búsqueda de
consenso con la mayor parte posible de agentes. En el seno de la Administración,
la redistribución de poder entre los Departamentos y Agencias da lugar a que el
Consejo de Seguridad Nacional y Defensa ganen influencia en detrimento del
Departamento de Estado, que no refuerza suficientemente su presupuesto ni sus
funciones. Inteligencia se remodela, con la CIA sometida a un marcaje por
Presidente, el Congreso y el Pentágono. La reestructuración anterior tiene como
consecuencia un incremento de la rivalidad inter-departamental. Los
Departamentos a cargo de las políticas comerciales y financieras exteriores
(Representante de Comercio, Tesoro, Comercio, etc.) mantienen un papel discreto
de acuerdo con las prioridades de la Administración en Seguridad, manteniéndose
el tradicional protagonismo de lobbies económicos y
corporaciones.
- En segundo lugar, el Congreso adopta un bipartidismo pasivo. El Senado y la
Cámara abandonan la afilada división partidista en PE de la anterior
Administración Clinton, debido en parte a las divisiones en los Demócratas, y en
parte a la exitosa estrategia de anticipación del
Presidente, aprovechando la coyuntura de crisis interna y externa. El Congreso
renuncia a actuar de filtro de la PE por su
conformidad con losintereses de los lobbies; éstos
obtienen concesiones importantes, aun a riesgo de crear problemas en varios
frentes: Oriente Medio, OMC, relaciones con la UE, o Cuba.
- En tercer lugar, el Tribunal Supremo se inhibe ante las acciones unilaterales
del Gobierno y sus obligaciones jurídicas internacionales en materia de
tratados.
- Finalmente, el Gobierno cuenta con el respaldo de los think-tanks conservadores, al tiempo que se evidencia
una preocupante desactivación de la sociedad civil respecto a los asuntos de PE,
con un giro hacia las preocupaciones domésticas; en parte, debido a una menor
beligerancia de los medios de comunicación respecto a otras Administraciones del
pasado.
De esta forma, los tres rasgos del sistema de PE durante la Administración Bush
se pueden resumir en: 1) La desactivación parcial de los contra-poderes del
Ejecutivo (Congreso y Tribunal Supremo); 2) La rivalidad de agentes burocráticos
(DoS, DoD, CIA) en la formulación y ejecución de la PE; 3) La presión de
distintos grupos de interés.
¿Cuáles son las repercusiones de esta estructura en la conducción de la PE en el
futuro inmediato? Tres consideraciones se derivan de lo anterior.
- El
debilitamiento del sistema de checks and balances frente al Ejecutivo está
repercutiendo en un deterioro de la transparencia o accountability de la PE. La multiplicidad de actores en
competición para formular o implementar la Agenda de Seguridad no lleva pareja
una participación plural de los ciudadanos, sino que acentúa la opacidad de las
decisiones de la burocracia y de los grupos de interés privados, como las
grandes corporaciones de energía o armamento, ajenos al control de los
ciudadanos. Hay que subrayar, sin embargo, el carácter abierto de la PE estadounidense: los lobbies modifican el
contenido de las políticas, pero no determinan la
agenda por sí solos.
-
Desde la perspectiva funcional que hemos adoptado, el ‘unilateralismo’ de la
Administración Bush supone un intento de poner fin a la ‘esquizofrenia’ de las
Políticas Exteriores: la enorme fuerza centrífuga
que ejercen sus actores en su proliferación y descoordinación mutua. Este
repliegue ‘hacia dentro’ en la toma de decisiones tendría como objeto unificar
una acción exterior que corre el riesgo de disgregarse. El unilateralismo es
pues, también, una respuesta a las propias carencias institucionales, agravadas
por un contexto internacional de crisis y mutaciones.
-
Desde este punto de vista, el multilateralismo se plantea como un enorme desafío
a la capacidad de adaptación del sistema de PE a un nuevo orden mundial. A
medida que la governance global se extienda,
fusionando política interior y exterior, se complicarán los procesos de
elaboración de la PE debido al contacto con múltiples agentes externos. Nuevos
problemas de policy-making para adecuar medios y
fines surgirán. El reto que se plantea es el de definir los papeles del
Presidente y el Congreso, Agencias y lobbies, medios
de comunicación y ONG’s, en futuras operaciones multilaterales que exijan
coordinación con otras autoridades: Naciones Unidas, OTAN, FMI, Banco Mundial,
otros Estados, etc.
Conclusiones
Queda claro que la
estructura interna de formulación y ejecución de la PE norteamericana condiciona
en gran medida sus contenidos y resultados.
Pero más que de una Política
Exterior de EEUU, hay que hablar de muchas Políticas Exteriores. La influencia relativa –o la
falta de influencia– de sus principales actores para cada una de ellas, varía
dependiendo del contexto, el área y el asunto. Esta dispersión ‘estructural’ de
la PE norteamericana dificulta una política consistente a largo plazo.
El ‘unilateralismo’ de la
Administración Bush logra cierta coherencia para la PE gracias a los cambios en
la Agenda exterior y en la burocracia. La discontinuidad en la agenda respecto a la
Administración Clinton, viene acompañada de reformas en la Administración
encaminadas a aumentar el peso del Pentágono en la formulación y ejecución de la
PE. Pese a ello, no se consigue evitar la rivalidad entre Departamentos, ni
tampoco la inconsistencia entre objetivos y principios de las políticas
exteriores (seguridad pero tendencia al belicismo; liderazgo moral pero
violación de derechos humanos; libre comercio pero proteccionismo).
Finalmente, lo anterior
sugiere que no existen recetas mágicas para adecuar el sistema de PE de EEUU al
objetivo de un liderazgo global, eficaz y legítimo. Un mejor control del
liderazgo del Presidente por parte del Congreso y del Tribunal Supremo, que
evite los riesgos de una presidencia imperial; un
Congreso más ágil, con iniciativa y perspectiva global, no partidista pero tampoco pasivo; una mejor coordinación entre Departamentos; una
evaluación más rigurosa de las pretensiones de los lobbies por el Presidente y el Congreso; unos medios de
comunicación críticos que reactiven la sociedad y mejoren la accountability; y una integración de los actores para
la acción multilateral; todo ello puede ayudar a establecer las prioridades
correctas en la Agenda de PE del nuevo contexto internacional. De esta forma, el
aparato de PE norteamericano podría ayudar a la construcción de un nuevo orden
mundial, en lugar de fragmentarlo todavía más.
Vicente Palacio de Oteyza
Profesor Asociado de Relaciones Internacionales
Universidad de Syracuse en Madrid
NOTAS
(1) Ver The Constitution of the United States of America,
Articles I, II, III; The Federalist Papers, James
Madison, Alexander Hamilton and John Jay, London: Penguin Books, 1987, números 6
y 24 (Hamilton), 1, 48, 51 (Madison), 2 y 3 (Jay). La visión de Madison en PE es
más favorable al Congreso, mientras que la de Hamilton es más presidencialista;
para las diferencias entre ellos, ver Michael J. Glennon, Diplomacia Constitucional, Fondo de Cultura Económica,
México D.F., 1996.
(2) La Constitución de
EEUU sería una “‘invitation to struggle’ for the privilege of directing American
Foreign Policy”. Ver Edward S. Corwin, The President:
Office and Power; NY, NY University Press, 1940, p. 200; ver también
Cecil V. Crabb, Jr. & Pat M. Holt, Invitation to
Struggle; Congress, The President and Foreign Policy, Congressional Quaterly
Inc., 1992, 4th Edition.
(3) Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Alianza Editorial, Madrid,
1995, vol. 1, págs 213-217.
(4) James A. Nathan & James K. Oliver, Foreign Policy Making and the American Political
System, The John Hopkins University Press, Baltimore, Maryland, 1994, cap.
1.
(5) Ver William Clinton, A
National Security Strategy of Engagement and Enlargement, The White House,
February 1995. Clinton establecía tres pilares de la PE: la seguridad, mediante
el ejercicio del liderazgo; la expansión económica; y la promoción de la
democracia en el exterior.
(6) Véase Randall B. Ripley, & James M. Lindsay,(eds),
US Foreign Policy After the Cold War, University of
Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1997; James M. Scott (ed), After the End, Duke University Press, 1998. El proyecto
de Clinton de 1993 para reformar la USAID, USIA, y ACDA se detiene dos años
después, al hacerse los Republicanos con la mayoría del Congreso. El
enfrentamiento partidista, la resistencia burocrática y la falta de liderazgo de
la Administración, que no quería desgastarse políticamente, demoran las reformas
hasta 1999. Tras la Foreign Affairs Reform and
Restructuring Act de 1998, finalmente se consuman los cambios en el DoS. Ver
James M. Lindsay, The State department Complex After the
Cold War, en Ripley & Lindsay, op. cit. cap. 4.
(7) William Pfaff, Three American Foreign Policies Don’t Add Up, Los
Angeles Times, October 19, 1999.
(8) Ver Graham T. Allison, Essence
of Decision: Explaining the Cuban Missile Crisis, Boston, Little Brown,
1971; Morton Halperin, Bureaucratic Politics and Foreign
Policy, Washington, D.C: Brookings Institution, 1974. La estrategia de la
burocracia consiste en sustituir el llamado problem
depletion - o falta de graves amenazas exteriores tras la caída de la URSS –
por el problem expansion, según el cual el reto
consiste precisamente en llenar los vacíos de poder que han quedado.
(9) En la campaña electoral de 2000, George W. Bush
declaró: “We’ve got to be humble and yet project strength in a way that promotes
freedom...if we are an arrogant nation, they’ll view us that way, but if we are
a humble nation, they’ll respect us”; recogido en Joseph Nye, The Paradox of American Power, New York, Oxford
University Press, 2002, pág. 156.
(10) Una definición sucinta del unilateralismo se encuentra
en Charles Krauthammer, The New Unilateralism,
Washington Post, June 8, 2001. Ver también Robert Kagan and William Kristol, The Present Danger, The National Interest, Spring
2000. Una defensa del multilateralismo que no excluye la reforma de
algunos puntos de tratados como el ICC, el Anti-Minas, o el Protocolo de Kyoto,
se halla en Joseph Nye, The Paradox of American
Power, New York, Oxford University Press, 2002 págs. 154-163. La ‘Doctrina
Bush’ se plasma en el documento The National Security
Strategy of the United States of America, The White House, September 2002.
Ver también The Bush Doctrine, Editorial, The New
York Times, Sep 22, 2002.
(11) Ante la dificultad de aplicar una teoría
definitiva que categorize actores y motivos de la toma de decisiones en PE, al
menos tratamos de identificar estas variables: quiénes son los decisores, cuál
la jerarquía funcional entre ellos, los motivos de sus opciones y cómo ejecutan
esas decisiones. Ver Pere Vilanova, El Estado y el
sistema internacional EUB, S.L. Barcelona, 1995. Vilanova desarrolla la
distinción entre ‘ciclo formal’ y ciclo material o real en PE.
(14) La célebre expresión es
de Arthur J. Schlesinger, The Imperial Presidency,
Boston, Houghton Mifflin, 1973.
(12) Aquí presuponemos que en los decision-makers influyen enormemente las percepciones de las oportunidades y los peligros (Rusia
o China, Irán o Irak, etc), junto a los límites impuestos por los roles (role theory) de cada actor. Sobre los distintos
enfoques sobre toma de decisiones en PE, ver Charles W. Kegley Jr &
Eugene R. Wittkopf (eds), The Domestic Sources of
American Foreign Policy, New York, St. Martin Press Inc., 1988, cap. 8. Un
estudio clásico de toma de decisiones por el Presidente es el de Alexander
George, Presidential Decision-Making in Foreign
Policy : The Effective Use of Information and Advice, Westview, 1980;
ver también James Lindsay, Lois Sayrs and Wayne Steger, The Determinants of Presidential Foreign Policy Choice,
American Politics Quaterly, vol. 20, No. 1, January, 1992. Vilanova, op. cit.,
sostiene que la complejidad de los elementos que entran a formar parte del
proceso de decisiones imposibilitan adherirse a un modelo único de elección
racional, ya que abundan los ejemplos en que los actores eligen no racionalmente
o incluso irracionalmente.
(13) La distinción entre escuelas de halcones es de Ivo H. Daalder y James M. Lindsay, It’s Hawk vs. Hawk in the Bush Administration, The
Washington Post, October 27, 2002. De acuerdo a la clasificación de los autores,
el experto y reportero Robert Kaplan se hallaría en el grupo de los assertive nationalists, por su escepticismo respecto a
la implantación de la democracia en otros países. Ver su obra El retorno de la Antigüedad, Ediciones B, Barcelona,
2002. Una tipología sobre escuelas de PE estadounidense se halla en Walter
Russell Mead, Special Providence: American Foreign Policy and How it Changed the World.
New York: Alfred A. Knopf, 2001. Para un cuadro de las afinidades personales
entre los halcones y sus roles en la Administración,
ver Elisabeth Bumiller y Eric Schmitt, On the Job and at
Home, Influential Hawks’ 30-Year friendship Evolves, The New York Times,
Sept. 11, 2002. Un retrato de Paul Wolfowitz se encuentra en Bill Keller, The Man Inching the US Toward War, The New York Times
Magazine, Sept. 22, 2002. Para conocer los entresijos de la Administración
durante la guerra contra los talibanes y el talante del Presidente Bush, ver Bob
Woodward, Bush at war, Simon & Schuster,
2002.
(16) James A.Nathan & James K. Oliver, op. cit., pág.
28.
(18) Ver Condolezza Rice, Promoting the National Interest, Foreign Affairs,
January/February 2000. Una valoración crítica de la teoría de la pre-emption se halla en Michael O’Hanlon, Susan E. Rice
y James B. Steinberg, The New National Security Strategy
and Preemption, The Brookings Institution, Working Paper, November 14,
2002.
(20) Ver Thomas R. Pickering, The
Changing Dynamics of US Foreign-Policy Making, Department of State, Foreign
Policy Agenda, IIP E-journals, March 2000. El caso más célebre de enfrentamiento
entre un Secretario del DoS y uno del DoD es el de George Shultz con Caspar
Weinberger, durante en mandato de Reagan.
(21) Ver Michael E.
O’Hanlon, How the Hard-Liners Lost, The Washington
Post, November 10, 2002.
(22) Peter Tomsen, A
Rebuilding Plan That Already Needs Repair, The Washington Post, October 27,
2002. Esta y las sucesivas cifras en billones de dólares se computan en billones
americanos (1 billón americano equivale a mil millones españoles).
(23) Council on Foreign Relations, Independent Task Force
Report, Public Diplomacy: A Strategy for Reform,
July 2002, en http://www.cfr.org/public/PublicDiplomacy_TF.html. Una
versión reducida del informe del CFR es la de Peter G. Peterson, Public Diplomacy and the War on Terrorism, Foreign
Affairs, September/October 2002. El informe propone crear una Public Diplomacy Coordinating Structure bajo la
dirección de un oficial nombrado por el Presidente, similar al NSC. El informe
del CFR cita una encuesta de Gallup, según la cual el 53% de los ciudadanos de 9
países islámicos tienen una opinión desfavorable de EEUU. Otro informe conjunto
del CFR/Pew Research Center/International Herald Tribune muestra muy críticos
con el ‘unilateralismo’ de EEUU a un 85% de los alemanes, un 80% de los
franceses, un 73% de británicos y un 68% de italianos.
(23) Aunque el Congreso
apoya los recortes del DoD al principio de los 90, el Congreso de mayoría
Republicana de 1995/96 añade 7 y 13 billones de dólares, respectivamente,
al presupuesto de Clinton para Defensa de esos años. Ver Department of Defense Reorganization in the Post-Cold War
Era, Paul N. Stockton, en Ripley & Lindsay, op. cit., cap. 5. Con el
apoyo de G. Bush al Base Force Plan – una moderada
reducción de las fuerzas armadas - del entonces Jefe del Estado Mayor, Colin
Powell, y con el mantenimiento del gasto de Defensa por Clinton, el Pentágono
evita una debacle. El DoD tiene hoy quince agencias de defensa y tres
departamentos militares, 1.37 millones de fuerzas en activo, 1.28 millones en
reserva (datos de 2000) y 669.000 empleados civiles (datos de 2001), de los
cuales más de 23.000 trabajan en el cuartel general del Pentágono.
(25) La autoridad del
Congreso para influir en el Pentágono y proponer cambios en la política de
Defensa procede de la Goldwater-Nichols Defense
Reorganization Act de 1986. La iniciativa del Congreso supuso una
redistribución del poder dentro del Pentágono para dotar al jefe del Estado
Mayor con capacidad para llevar a cabo un recorte del gasto y reformas internas.
Colin Powell puso en marcha el Base Force Plan
apoyándose en la Goldwater.
(26) La propuesta del
Gobierno para 2003 destinaba 10 billones de dólares a la lucha antiterrorista,
7.8 billones en defensa para misiles, y 300 millones para prevenir ataques
biológicos. Ver The Pentagon Spending Spree, The New
York Times, Feb. 6, 2002. Una visión conforme con las líneas básicas del
presupuesto, pero partidaria de reducir las cantidades es la de Michael E.
O’Hanlon, Limiting the Growth of the U.S. Defense
Budget: An Alternative to the Bush Administration Numbers, Brookings
Institution, Policy Brief#95, March 2002, en http://www.brook.edu/comm/policybriefs/pb95.htm. Las
comparecencias de control al DoD de las dos cámaras pueden consultarse en FY
2003 Defense Budget Testimony, Senate Armed Services Committee,en http://www.defenselink.mil/speeches/2002/s20020205-secdef.html,
y FY 2003 Defense Budget Testimony, House Armed Services Committee, http://www.defenselink.mil/speeches/2002/s20020206-secdef.html.
(27) Eric Schmitt, Pentagon
Revamping Command Structure, The New York Times, April 17, 2002
(28) Ver James Risen and Thom Shanker, Rumsfield Moves to Strenghten His Grip on Military
Intellliegence, The New York Times, August 3, 2002. El presupuesto de la CIA
en 2002 ronda los 4-5 Billones de dólares, de un total de 30 billones para toda
la Intelligence Community. Por supuesto, los datos no incluyen partidas
secretas.
(29) La desconfianza general hacia la CIA está muy
arraigada en el Congreso y la ciudadanía desde la difusión en los años 70 de los
Pentagon Papers, que sacaron a la luz las
operaciones encubiertas en Vietnam o Chile. Desde la aprobación en 1980 de la Intelligence Oversight Act, los Comités de Relaciones
Exteriores de las dos cámaras supervisan a la CIA, además de los Appropiations Comittees, y otros específicos,
dependiendo del asunto. Una propuesta de reforma de las agencias de Inteligencia
es la del Council on Foreign Relations, The Future of US
Intelligence, 1996, en http://www.cfr.org/public/pubs/intelligence.html.
(30) Aun sin ser las idóneas, las relaciones han mejorado
desde los años 60, cuando el director del FBI, J. Edgar Hoover, se negaba a
comunicarse con el entonces Director de la CIA, Richard Helms.
(31) Las líneas maestras de la política económica y
financiera en el exterior están recogidas en The
National Security Strategy of the United States of America, op. cit., cap.
VI: Ignite a new Era of Global Economic Growth through
Free markets and Free Trade. Comparar con la ‘doctrina Clinton’ en A Strategy of Engagement and Enlargement, op.
cit.
(32) Ver Stehen D. Cohen, The
Making of United States International Economic Policy. Praeger, 2000, 5th Edition; James M. Scott(ed.), op. cit., caps. 4 y
14.
(33) El Presidente puede hacer uso de las fuerzas armadas
30 días, tras lo cual las dos cámaras del Congreso pueden decidir la retirada de
las tropas en cualquier momento, o suprimir la financiación. Impuesta por el
Congreso al presidente Nixon para impedir el envío de ayuda militar a Vietnam
del Sur, el Acta de 1973 supone un freno al poder del Ejecutivo para una
intervención militar. Sus resultados han sido dudosos, pues en la práctica los
presidentes no han reconocido su autoridad y han evitado su cumplimiento, sea no
consultando al Congreso, o no respetando los plazos fijados. Ver Michel J.
Glennon, op. cit., cap III; Louis Henkin, Foreign
Affairs and the Constitution, Foreign Affairs, Winter 1987/88. En la primera
Guerra del Golfo de 1990/91, George Bush padre
tampoco respetó estrictamente los términos del Acta: el Presidente tardó seis
días en notificar el despliegue de tropas en Arabia Saudí y adujo un propósito
de peacekeeping para evitar los 90 días de plazo.
(34) Ver Antonio Remiro Brotóns, Siglo XXI: Un Nuevo Orden Global contra el Derecho
Internacional Universal, en Perspectivas Exteriores 2002, Biblioteca Nueva,
FRIDE, Madrid 2002.
(35) La Resolución aprobada conjuntamente por el Senado y
la Cámara se hace eco de las recomendaciones del Acta: que exista apoyo interno
e inminencia de peligro para la nación. El Presidente se compromete a informar
al Congreso al menos cada 60 días. Ver el documento enviado por el presidente a
las dos cámaras del Congreso para su aprobación, Joint
Resolution to Authorize the Use of US Armed Forces Against Iraq, White
House, October 2, en
http://www.whitehouse.gov/news/releases/2002/10/20021002-2.html.
El Congreso aprobó la Resolución, en el Senado por 77-23, con apoyo de 29
Demócratas, y en la Cámara por 296-133, con apoyo de 81 Demócratas; ver Joseph
R. Biden Jr. and Richard Lugar, Debating Irak, The
New York Times, July 31, 2002.
(36) Ver Michael J. Glennon,
op. cit., cap. VI. El secretario de Estado Dean Acheson insistió en su discurso
a la Nación y en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado en 1949 en que el
Congreso tendría siempre la perrogativa de declarar la guerra. En el propio
tratado de la OTAN se hace referencia explícita a seguir los “preceptos
constitucionales” de cada Estado para ejecutar su participación en una acción
armada. Así ocurrió en Bosnia (1995), cuando Clinton consultó al Congreso tras
la decisión de intervenir del Consejo de Seguridad de la OTAN.
(37) El estatus de lame-duck del Presidente se refiere a una situación de
minoría de su partido en ambas cámaras del Congreso, o cuando le falta el apoyo
de éste. La peor pesadilla para un Presidente es un lame-duck después de las mid-term elections durante
el segundo mandato presidencial de 4 años. En ese caso, su debilidad es extrema,
ya que, en el interior, la oposición no tiene incentivos para ayudar a un
Presidente que se va a retirar pronto del cargo, al tiempo que surgen
rivalidades y divisiones internas en su entorno por la sucesión; y en el
exterior, los líderes de otros Estados son reticentes a firmar tratados con un
Presidente saliente. Esa era la situación de Clinton antes de abandonar el poder
al final de 2000. El caso de G.W. Bush tras las mid-term
elections de noviembre 2002 es exactamente el inverso: se halla en su primer
mandato y con mayoría en ambas cámaras del Congreso. Para una tipología de las
situaciones por las que atraviesa el Presidente en la política exterior, ver
Charles W. Kegley, Jr. & Eugene R. Wittkopf(eds), The Domestic Sources of American Foreign Policy, New
York, St. Martin Press Inc., 1988. Sobre la legitimidad de firmar tratados
en situación de lame-duck antes de abandonar el
cargo, ver Ivo H. Daalder & James A.Lindsay, Lame-Duck Diplomacy, The Washington Quarterly, Spring
2001.
(38) Las dos cámaras del Congreso pueden aprobar un
proyecto de ley para que éste se convierta en ley, aunque el Presidente puede
vetarlo o negarse a firmarlo. Si esto sucede, el proyecto pasa de nuevo al
Congreso, el cual puede convertirlo en ley si los dos tercios de cada cámara lo
aprueban, aun sin la firma del Presidente. El Presidente no puede dar por
terminado un Tratado Internacional en vigor (ya ratificado por el Senado con
mayoría de 2/3) sin la consulta y participación del Senado. Pero la Constitución
deja la puerta abierta al convenio ejecutivo (executive
agreement), una forma de celebrar tratados bajo el Artículo II de la
Constitución evitando la intervención del Senado. El caso más reciente más
famoso es el del Iranian Hostage Agreement de 1981.
Ver Michael J. Glennon, op. cit., cap. V. Un ejemplo del obstruccionismo del
Senado a políticas ‘internacionalistas’ del Presidente es su rechazo del Comprehensive Test Ban Treaty (CTBT) sobre pruebas
nucleares en 1999 con la Administración Clinton. Un caso de cooperación
‘ejemplar’ entre Congreso y Presidente es la aprobación de la ampliación de la
OTAN a Polonia, República Checa y Hungría en 1999.
(39) Una versión anterior al fast-track existió desde 1934 hasta Kennedy, y luego
otra versión de la ley se activó con Nixon en 1974 hasta 1994, en que expiró con
Clinton.
(40) Ver Abigail Rayner, President
given stronger hand for trade talks, The Times, August 3, 2002; C. Fred
Bergsten, A Renaissance for US Trade Policy?,
Foreign Affairs, November/December 2002; Javier Díaz Cassou, ALCA, el Fast-Track y las relaciones entre Estados Unidos y
América Latina, Working Paper, Real Instituto Elcano, 18/10/2002; Scott
Otteman, El Congreso estadounidense y el libre comercio
con América Latina, Foreign Affairs en Español, Otoño-invierno
2002.
(41) En el pasado, el
Congreso ha condicionado el pago de las deudas a la ONU a medidas de política
interior, por ejemplo, una ley anti-aborto, o, más recientemente, a la puesta en
marcha de reformas en la ONU. EEUU paga hoy cerca del 22% del presupuesto
regular de la ONU, y cerca del 27% del de peacekeeping en Bosnia, Kosovo y Timor Oriental;
respectivamente, $300 millones y $ 3.5 billones en 2001. La primera cifra
representa menos de la cuarta parte del 1% del
presupuesto federal. El propio Departamento de Estado subraya la falta de
fundamento de las cruzadas anti-ONU de los Jesse
Helms; ver US Mission to the United States: The
United Nations. Myth and Reality of American
Support, Fact Sheet, http://www.un.int/usa/fact2-print.htm; US Support for the UN, y Engagement, Innovation and Renewal, Fact Sheet, http://www.un.int/usa/fact9-print.htm.
(42) James M. Lindsay,
Looking for leadership: Domestic politics and Foreign
Policy, Brookings Review, vol. 18, no. 1, Winter 2000, pp. 40-43.
(43) El reemplazo de Joseph R. Biden por el republicano
Richard G. Lugar en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, o la entrada
del republicano John W. Warner al mando del Comité de Servicios Armados, no
auguran cambios importantes. Ver Karen DeYoung, The Washington Post, Foreign Policy May Have Few Changes, November 7, 2002;
On his high horse, The Economist, November 7th,
2002.
(44) Aunque nombrados a título vitalicio, los miembros del
Supremo son elegidos por los partidos políticos. Las dos sentencias-tipo del
Supremo que han marcado de forma opuesta la concepción del papel del Presidente
son la United States v. Curtiss-Wright Export
Corporation, de 1936, y la Youngstown Sheet &
Tube Co. V. Sawyer, de 1952. La decisión de la Curtiss-Wright concedía al gobierno federal la
autoridad para penalizar a dicha compañía por vender armas a Bolivia, ampliando
el alcance del Ejecutivo fuera del territorio de EEUU. La visión Curtiss-Wright considera que los poderes del
Ejecutivo en las relaciones internacionales son “inherentes” y se derivan del
carácter soberano del gobierno de EEUU. Por el contrario, en el caso Youngstown, el Supremo desautorizó al presidente Truman
en su intento de bloquear una huelga del sector de los trabajadores del acero
durante la guerra de Corea. La visión Youngstown
considera que el poder del Presidente para una orden de ese tipo debe emanar del
Congreso o de la Constitución misma. Ver Michael J. Glennon y Louis Henkin, ops.
cit.
(45) Ver Antonio Remiro Bretóns, op. cit; Neil A. Lewis, US to Renounce Its role in Pact for World Tribunal, The
New York Times, 5 May, 2002
(46) Los lobbies presionan con
favores, contribuciones para campañas electorales, o incluso sobornos, y
utilizan todo tipo de medios: cartas, llamadas de teléfono, e-mails, reuniones
personales, etc. Ver Bruce Wolpe & Bertram Levine; Lobbying Congress: How the System Works. Washington,
Congressional Quarterly Press, 1996, 2nd
ed.
(47) Se ha acusado a la
Administración Bush de concertar una campaña junto a Exxon-Mobil y otras
compañías energéticas para cambiar el equipo dirigente del Panel on Climate Change. Asimismo, el Presidente ha
protegido a Exxon Mobil o Unocal en sus procesamientos judiciales por mala
conducta en Indonesia y en Myanmar, respectivamente. Ver Julian Borger, US and Oil Lobby Oust Climate Change Scientist, The
Guardian, April 20, 2002; Oil Diplomacy, Editorial,
The New York Times, August 19, 2002. Las prioridades en materia energética
de EEUU están recogidas en el National Energy Policy
Development Group, dirigido por Dick Cheney.
(48) Dwight D. Eisenhower, Military-Industrial Complex Speech, January 17, 1961,
Waging Peace, Garden City, New York, Doubleday,
1965. El Presidente Eisenhower alertó de la influencia total del inmenso establishment militar y la enorme industria
armamentística en “every city, every State house, every office of the Federal
government”. Durante el mandato de Ronald Reagan había 37.000 contratas, 100.000
subcontratas, 3 millones de empleados en la industria, 1 millón en el DoD, y 2
millones en las fuerzas armadas. Entre 1985-87 el gasto de Defensa tocó techo,
con 200 billones de dólares para adquisiciones en 1987, cayendo a 160 billones
en 1992. Debido a las exigencias de renovación del Secretario de Defensa Les
Aspin en 1993, Boeing, General Electric, IBM o McDonnell Douglas sufrieron
severos recortes de tamaño y personal durante la década de los 90. Ver James
A.Nathan & James K. Oliver, op. cit, cap. 12.
(49) Ver Arms Makers See Bonanza in
Selling NATO Expansion, The New York Times, Editorial, June 29, 1997. El
presidente del US Committe to Expand Nato era un
funcionario de Lockheed Martin. LM abarca la integración de sistemas, espacio,
aeronáutica, y servicios tecnológicos. Ver la entrevista a su presidente, Vance
Coffman, en El País de los Negocios, Domingo 13 de Octubre de 2002. La lista
oficial actualizada de los contratos del DoD está disponible en http://www.defenselink.mil/news/contracts.
(50) La UE ha elevado una queja ante la OMC por lo que
considera una violación de las reglas del libre comercio. La UE argumenta que la
US Trade Intenacional Comission no ha demostrado que
las importaciones sean causa de los daños a la industria del acero
estadounidense, por lo que las safeguard provisions
no se justifican. Las industrias estadounidenses, por su parte, condenan el dumping y exigen una solución global. La pérdida de
20.000 puestos de trabajo en el sector en los últimos cuatro años y la quiebra
de 15 empresas dan idea de la importancia del factor doméstico en la política
comercial exterior de EEUU.
(51) El USTR Robert Zoellick insiste sin embargo en el
compromiso estadounidense a favor del libre comercio, subrayando que la UE y
Japón muestran niveles más altos de subsidios. La política agrícola de EEUU
puede conllevar represalias europeas a los productos estadounidenses, con
tarifas por valor de 4 billones de dólares, y la consiguiente queja ante la
OMC.
(52) Ver Tony Smith, The
Power of Ethnic Groups in the Making of American Foreign Policy, Cambridge,
Mass., Harvard University Press, 2000; El lobby
griego (beligerante con la Turquía de la OTAN), o el lobby irlandés (enfrentado al gobierno británico en el
tema del IRA), son otros dos ejemplos clásicos del poder de los lobbies étnicos en EEUU.
(53) Ver Norman Birnbaum, Carta de
un judío americano a los europeos, El País, 21-02-2002; Michael Lind, Distorting US Foreign Policy: The Israel Lobby and American
Power, Prospect, April 2002. La pasividad hacia los excesos del gobierno
israelí se explica también por la tradicional sensibilidad de la sociedad
americana y la cúpula dirigente hacia los judíos perseguidos y el Holocausto. El
mismo presidente Truman reconoció el Estado de Israel a pesar de la presión de
las compañías petrolíferas para que no lo hiciera.
(54) Ver Carlos González Gutiérrez, Los latinos y la Política exterior de EEUU, Foreign
Affairs en Español, Otoño-Invierno 2002; Ver Journey to
Havana, Editorial, The New York Times, May 16, 2002. Según el Center for Responsive Politics, durante la pasada
década los cubanos contribuyeron –exceptuando donaciones individuales - con
754.000 dólares a campañas electorales federales, mientras que los judíos
contribuyeron con 16.8 millones.
(55) Ver US Foreign Policy Agenda, November 2002,
Department of State, IIP E-journals: The Role of
Think-Tanks in US Foreign Policy, en http://www.usembassy.it/pdf/ej/ijpe1102.pdf. El Council on Foreign Relations es más un foro de ideas
que un lobby, cuenta con más de 3.000 miembros, y edita la revista más
influyente de PE en EEUU: Foreign Affairs. Una gran
cantidad de think-tanks se centra en temas de
Seguridad. Así, la RAND Corporation investiga sobre
seguridad nacional, y el Pentágono tiene sus propios think-tanks dedicados a la defensa en sus diferentes
campos.
(56) Ver Norman Birnbaum, Carta a
un amigo europeo, El País, 6-11-2002. Por su parte, Eric Alterman, en Diplomatie américaine, un domain réservé, Le Monde
Diplomatique, Janvier 1999, sostiene que el déficit democrático en la
elaboración de la PE de EEUU se debe a la desinformación de la ciudadanía, cuya
‘voluntad general’ es sustituida por los intereses de los grupos de interés
privados particulares y los del Gobierno.
(57) Chicago Council on Foreign Relations, American Public Opinion & US Foreign Policy, 1999,
en http://www.ccfr.org/publications/opinion/opinion.html;
Eugene R. Wittkopf, Faces of Internationalism: Public
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(58) Ver US Foreign Policy
Agenda, March 2000, op. cit.; Interview to Julia Taft, Assistant Secretary of State for Population, Refugees and
Migration.
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