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La victoria de la izquierda en Brasil ha sugerido la posibilidad de que se
produzca un giro a la izquierda en la política latinoamericana. El propósito
de este trabajo es analizar los factores que actualmente pesan sobre la dinámica
política de la región, haciendo hincapié en la frustración acumulada en los
electores, en muchos países, por el estancamiento o clara crisis de la economía
desde 1998. Se pretende distinguir entre la dinámica de simple castigo a los
gobiernos cuando las cosas van mal —el llamado voto económico— y lo que se
podría definir como frustración, que surgiría si no se perciben alternativas
claras para la superación de los problemas.
Junto con la decepción de los electores, en los últimos años, ante el incumplimiento
de las promesas de crecimiento y estabilidad que acompañaron a las reformas
estructurales basadas en el Consenso de Washington, se consideran tres factores
adicionales. El primero es la ausencia de un paradigma alternativo de política
económica que obliga a los gobernantes a tratar de innovar dentro de las actuales
reglas de juego pero sin pretender ignorarlas. El segundo es el fuerte efecto
disuasorio que ha producido en amplios sectores sociales y políticos de América
Latina la deriva en Venezuela del experimento de Chávez hacia una polarización
y confrontación sin salida fácil. Y por fin los diferentes contextos nacionales,
en especial la existencia potencial de mayorías políticas capaces de apoyar
nuevas reformas económicas.
En el análisis de los casos nacionales se intenta distinguir entre la posible
formación de gobiernos de izquierda, realistas y pragmáticos, y dinámicas
populistas que, aunque compartan los objetivos de los anteriores, sean susceptibles
de provocar graves desequilibrios económicos —capaces de agravar la situación
social que pretenden remediar— o que conduzcan, como en el caso actual de
Venezuela, a la división y el enfrentamiento civil.
Un momento de cambio
Las elecciones presidenciales de 2002 en Brasil han cambiado la percepción
popular sobre las perspectivas políticas de la izquierda en América Latina.
El triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio
Lula da Silva, con más del 60% del voto en segunda vuelta, celebrada el 27
de octubre pasado, parece haber planteado la posibilidad real de que en otros
países de la región se produzcan giros a la izquierda en los próximos procesos
electorales. La victoria en Ecuador, el 24 de noviembre, del ex militar Lucio
Gutiérrez (con el 58,7% de los votos en segunda vuelta), un candidato de corte
entre populista y progresista, ha venido a confirmar ese sentimiento. Si definimos
como de izquierda a aquellas fuerzas políticas que dan prioridad a la política
social, estas dos victorias sucesivas podrían sugerir una mayor actualidad
de la izquierda en la región.
La enorme importancia económica, política y demográfica de Brasil dentro del
conjunto de América Latina hace casi inevitable que la victoria de Lula cambie
la visión de los electores de la región a la hora de decidir en el futuro
inmediato sus opciones, a la vez que entre los propios dirigentes políticos
puede tener una influencia decisiva el proceso político brasileño. Esto significa,
entre otras cosas, que del triunfo o el fracaso de la gestión presidencial
de Lula puede depender, al menos en parte, el curso político que sigan otros
países de la región en los próximos años.
Es evidente, sin embargo, que el impacto de las elecciones brasileñas en los
diferentes países dependerá sobre todo de la configuración de los distintos
sistemas políticos nacionales. No es nada común en América Latina la existencia
de un partido fuerte como el PT, que ha mantenido altos apoyos electorales
—pese a haber sufrido tres derrotas anteriores con el mismo candidato— sin
haber participado en el gobierno nacional, pero que cuenta con una importante
experiencia en gobiernos locales y regionales (o estaduales), lo que le permite
presentarse a la vez como una alternativa y como un partido con capacidad
de gestión. La victoria electoral de Lula puede hacer que los electores de
otros países presten más atención a las candidaturas de izquierda, pero serán
las debilidades o la credibilidad de éstas las que decidan su avance electoral
y, en su caso, la mayor o menor base de apoyo a la hora de gobernar.
Por otro lado, la victoria de Lula en Brasil no puede entenderse sin subrayar
el contexto de decepción social que se ha ido extendiendo por América Latina
a partir de 1998 con el deterioro del crecimiento económico que, tras las
reformas estructurales, culminó en 1997. Para el conjunto de la región se
produjeron claras caídas en 1999 y 2001, y las estimaciones sobre el balance
global de 2002 oscilan entre el –0,5% de la CEPAL y el –1,1% del Banco Mundial,
con cifras por encima del 9% para el desempleo abierto, superando por tanto
incluso el nivel de la década perdida de los años ochenta.
Cuadro
1: Evolución del PIB y del desempleo en América Latina (1993-2001)
| | 1993 | 1994 | 1995 | 1996 | 1997 | 1998 | 1999 | 2000 | 2001 |
| |
| Tasas anuales de variación |
| |
| Producto interno bruto | 3,3 | 5,2 | 1,1 | 3,7 | 5,2 | 2,3 | 0,5 | 3,9 | 0,4 |
| PIB por habitante | 1,6 | 3,4 | -0,5 | 2,1 | 3,5 | 0,7 | -1,1 | 2,3 | -1,1 |
| |
| Porcentajes del total |
| |
| Desempleo urbano abierto | 6,6 | 6,6 | 7,5 | 8,0 | 7,6 | 8,1 | 8,9 | 8,4 | 8,4 |
| |
| Fuente: CEPAL, Estudio económico de América Latina y el Caribe, 2001-2002. |
Con el nuevo estancamiento se han perdido los avances de los primeros años
noventa y las cifras de pobreza se han disparado hasta el 44%, con un 20%
de personas en situación de extrema pobreza. Pero sobre todo ha crecido el
sentimiento de que las reformas económicas impulsadas en los últimos años
ochenta y primeros noventa, en particular las privatizaciones, no garantizan
el crecimiento económico, ni por tanto el empleo o la mejora de los ingresos
familiares (Economist, 2002). El problema no es simplemente que la
economía vaya mal, sino que las soluciones propuestas, y aplicadas por los
gobiernos en años anteriores, como respuesta a los problemas estructurales
puestos de relieve por la crisis de la deuda, han perdido —con razón o sin
ella— gran parte de su credibilidad.
No es extraño, desde esta perspectiva, que tras el repunte económico que supuso
el año 2000 se desplomaran los índices de apoyo y confianza en la democracia
y sus instituciones. Tras haber oscilado de forma estable entre 1996 y 2000
en torno al 60%, el apoyo a la democracia cayó en 2001 hasta el 48%. En respuesta
a otra pregunta, aunque sólo aumentaba ligeramente (del 17 al 19%) el número
de quienes “en algunas circunstancias” podrían preferir un gobierno autoritario,
crecía de forma más significativa (del 17 al 21%) la indiferencia hacia el
tipo de régimen (“A la gente como uno, nos da lo mismo un régimen democrático
que uno no democrático”). La satisfacción con la democracia —es decir, con
los resultados de los gobiernos democráticos— caía también en 2001 en 12 puntos
respecto al año anterior en el promedio del conjunto de la región, del 37
al 25% (Latinobarómetro, 2001).
La desilusión con las reformas económicas culminó probablemente con el colapso
de la economía argentina en diciembre de 2001, ya que las reformas de Menem
habían sido presentadas muy a menudo como un ejemplo para el conjunto de la
región. El hecho de que en el caso argentino la crisis haya sido consecuencia
del mantenimiento de la convertibilidad más que de las reformas propiamente
dichas no ha impedido que el desastre haya impactado en la opinión pública
como un grave golpe contra la credibilidad del llamado Consenso de Washington.
Se ha abierto así una fase nueva en la que el deseo de cambio de los electores
brasileños puede ser sólo una primera y espectacular muestra de la impaciencia
de los electores latinoamericanos frente a las ideas y las opciones políticas
que han gobernado en la región a lo largo de los años noventa.
Precisamente por ello, sería un error deducir que se va a asistir a un giro
hacia una política distinta. No existe algo que podamos llamar un paradigma
alternativo de política económica en el sentido en el que a finales de los
años setenta existía en los países desarrollados lo que ahora llamamos el
paradigma neoliberal (Hall, 1993) o en el que anteriormente podíamos hablar
de un paradigma keynesiano o de la cepal. Por tanto cabe suponer que se puede
asistir a propuestas muy diversas, en cuya formulación influirán decisivamente
los contextos nacionales, tanto en el plano económico y social como en el
plano propiamente político: la estabilidad del sistema de partidos y la existencia
o no de candidaturas alternativas o emergentes.
Una ilustración permite aclarar la complejidad del escenario: en Chile, quien
tiene una mayor posibilidad de capitalizar el deseo de cambio de los electores
no es la izquierda, sino Joaquín Lavín y la Unión Demócrata Independiente
(UDI), el partido pinochetista que permanece en la oposición desde las primeras
elecciones de la democracia, en diciembre de 1989. Diez años después, en la
primera vuelta de las elecciones presidenciales, la ventaja del candidato
de la Concertación, Ricardo Lagos, sobre Lavín fue de sólo medio punto. En
las elecciones para el Congreso, en diciembre de 2001, aunque los resultados
fueron mejores (47,9 para los partidos de la Concertación frente a un 44,3%
para la opositora Alianza por Chile), los partidos del gobierno retrocedieron.
En particular, la caída del voto a la Democracia Cristiana, aunque contrapesada
en parte por los avances de sus socios, amenaza con abrir una crisis dentro
de la Concertación, ya que apunta a un desplazamiento del voto de centro hacia
la derecha, al que un sector de la DC, incluyendo su presidente, Adolfo Zaldívar,
pretendería responder con un cambio de alianzas.
Lavín mantiene un discurso de corte populista, ajeno a la tradición partidaria
chilena, pero que le presenta —incluso si el contenido de su programa es conservador—
como una alternativa a un gobierno de centro-izquierda que lleva doce años
tratando de combinar la ortodoxia neoliberal del modelo económico con las
políticas sociales, buscando a la vez una alta competitividad y una reducción
de la pobreza con mayor igualdad de oportunidades. Los obstáculos que el gobierno
de Lagos encuentra para ofrecer resultados, y en particular para reducir el
desempleo, en el actual contexto de estancamiento de los mercados de exportación
de la economía chilena, junto con la larga permanencia en el poder de la Concertación,
podrían favorecer el ascenso en Chile no de una política más a la izquierda,
sino de un populismo de derecha.
En este sentido, la experiencia de Brasil resulta nuevamente excepcional.
Pues el gobierno de Fernando Henrique Cardoso difícilmente podría considerarse
un ejemplo de neoliberalismo: por el contrario, su política ha sido —como
la de la Concertación en Chile— un intento de combinar la adaptación de Brasil
a las nuevas reglas de juego de la economía global con una política de reducción
de la pobreza y mejora de las condiciones sanitarias y sociales de la población.
Cardoso —junto con Ricardo Lagos— fue uno de los asistentes a la reunión que
en junio de 2000 intentó lanzar en Berlín una nueva izquierda capaz de responder
a las exigencias de la globalización dentro de “un nuevo camino de progreso”.
Pero desde la crisis de 1998 y 1999, que redujo mucho el crecimiento del PIB
—03, y 0,9%, respectivamente—, y el nuevo frenazo desde 2001 (1,5%), los decepcionantes
resultados de la economía han sido atribuidos al sometimiento del gobierno
al modelo económico neoliberal.
Lo más curioso es que tras la elección de Lula, y liberado de la responsabilidad
del gobierno, el propio Cardoso ha recomendado a su sucesor una posición de
mayor fuerza frente al FMI, lo que parece indicar que no sólo la oposición
se sentía insatisfecha ante las restricciones impuestas por el contexto internacional.
De hecho, también el candidato oficial, José Serra, se presentaba como más
radical que Cardoso, y en tal sentido cabe decir que cualquier resultado
electoral habría significado en Brasil un giro a la izquierda (Malamud, 2002).
Pero la amplia experiencia del PT en los gobiernos locales, su fuerte estructura
como partido y la moderación creciente del discurso de Lula, muy lejos ya
del radicalismo original, han sido decisivos para su triunfo.
Un elemento adicional de complejidad lo ofrece la experiencia venezolana.
El principal factor de riesgo que abre el actual sentimiento social de rechazo
de las políticas neoliberales es el del auge de propuestas populistas de izquierda,
con una retórica y una dinámica de confrontación con los sectores empresariales
y buena parte de la clase media, y una política de corte redistributivo y
de impulso a la demanda sin tener en cuenta el equilibrio interno y externo
de la economía: lo que Dornbusch y Edwards (1991) llamaron “macroeconomía
del populismo”, y cuyo mejor ejemplo sería la política económica del gobierno
de Alan García en Perú.
La dramática polarización de la sociedad venezolana, que se ha venido agravando
tras el frustrado golpe de abril de 2002, está actuando como una poderosa
vacuna contra el agresivo populismo que encarna el presidente Chávez, lo que
se reflejó espectacularmente en el giro hacia la moderación del discurso de
Lucio Gutiérrez en Ecuador tras la primera vuelta electoral, una vez que se
hizo evidente su posible triunfo en la segunda.
Tenemos entonces tres factores generales que operan en la región y cuyo impacto
efectivo en cada país dependerá de las características y la coyuntura específica
de los sistemas políticos nacionales. Estos tres factores son la frustración
ante la media década perdida —en palabras del actual secretario general
de la CEPAL, José Antonio Ocampo— por la que han pasado las economías de la
región desde 1997; el cambio de perspectiva que ha producido la victoria de
Lula en Brasil; y el efecto disuasorio o al menos restrictivo que la dramática
situación actual en Venezuela está teniendo sobre los proyectos de corte claramente
populista.
Conviene subrayar lo que diferencia la frustración del simple malestar ante
la mala marcha de la economía, que motivaría el castigo electoral al gobierno
según la lógica del voto económico, es decir, decidiendo el voto a partir
de una evaluación negativa de la actuación pasada del gobierno en esta materia
(Fiorina, 1978, Lewis-Beck, 1988). Para que esta lógica sea aplicable no sólo
es necesario que existan opciones partidarias alternativas en las que se pueda
confiar como posible gobierno capaz de obtener mejores resultados. Para poder
hablar de voto económico es necesario además que los ciudadanos tengan el
sentimiento de que las reglas de juego de la economía no están en duda, y
de que sólo se trata de elegir estrategias de juego y un equipo capaz de aplicarlas
con competencia.
En América Latina se ha producido un cambio radical en las reglas de juego
durante los últimos veinte años, cuando, tras los primeros intentos de resolver
la crisis de la deuda mediante simples políticas de ajuste, se pasó a impulsar
los programas de reformas estructurales según el llamado Consenso de Washington
(Williamson, 1990). Ese cambio supuso la aceptación de un nuevo modelo económico
en el que el Estado ya no garantizaba protección frente a gran parte de los
avatares del mercado, pero en el que a cambio los ciudadanos habían sido persuadidos
de que el crecimiento económico sería mayor y más estable. El problema, como
es sabido, fue que tras la crisis asiática de 1997 sucesivas turbulencias
financieras frenaron drásticamente el crecimiento de la región y pusieron
fin a la euforia de los inversores sobre las posibilidades de los llamados
mercados emergentes.
En años sucesivos los perdedores de las nuevas crisis económicas —por no mencionar
a quienes se habían visto perjudicados por las reformas estructurales— se
encontraron con que el mercado no cumplía sus promesas y el Estado no tenía
ya los mecanismos ni los recursos necesarios para protegerles ante la adversidad
económica: las reformas económicas se traducían, ante las crisis de mercado,
en una fuerte inseguridad económica (Rodrik, 2001). Frente a esta inseguridad
no parecían existir alternativas políticas, ya que las reformas se habían
preconizado o aceptado con reticencias como inevitables. Quizá se pueda ver
en las peripecias de las reformas en Venezuela una explicación del sentimiento
general de los ciudadanos en la región: la lógica del ajuste y de la privatización
reaparece incluso en gobiernos que han llegado al poder precisamente porque
no se identifican con ellas, como los de Carlos Andrés Pérez (en 1989) y Rafael
Caldera (en 1996).
La frustración implicaría una actitud de apatía y agresividad ante la necesidad
impuesta de elegir entre opciones que no implican diferencias reales en términos
de resultados, o cuyos resultados son imprevisibles (Maier, 1949; Eckstein,
1991). La renuencia a elegir sería la actitud racional cuando de la elección
no cabe esperar los resultados deseados: así se minimizan los costes y los
riesgos (ataraxia). Si, independientemente de su programa o su discurso, los
gobernantes al final adoptan el mismo tipo de política y son incapaces de
satisfacer las demandas sociales, la ilusión de elegir entre distintos candidatos
y partidos no tiene un contenido real. El voto a candidatos sin historia o
filiación partidaria cumple una doble finalidad: por una parte amplía el universo
de posibilidades, por otra castiga colectivamente a los candidatos de las
opciones conocidas y que ya han decepcionado al elector, dando así salida
a su agresividad.
Se tendría entonces, en momentos de crisis económica como el que ha supuesto
el año 2002, una mezcla de voto económico y frustración política según la
evolución de las diferentes economías nacionales. En el caso chileno, según
se apuntaba antes, se puede pensar que contra el gobierno de la Concertación
actúa ante todo, además del desgaste inevitable de doce años ininterrumpidos
en el poder, la lógica del voto económico por la caída del crecimiento desde
2001, ya que existe una notable estabilidad en las reglas de juego económicas
desde la drástica reestructuración que provocó en 1982-84 la crisis de la
deuda. En cambio, en Argentina, el agónico estancamiento de 2001 y su catastrófico
final configuran claramente una situación de frustración en la que afloran
como agravios todos los costes sociales de la década de la convertibilidad
sin que estos puedan ser vistos ya como el precio a pagar por lograr una nueva
estabilidad, y a ellos se suman ahora los nuevos y terribles costes de la
pesificación y la suspensión de pagos.
El ex presidente de Uruguay Julio Sanguinetti (2002) ha señalado que el verdadero
dilema de la región hoy no es elegir entre izquierda y derecha, sino entre
populismo irresponsable o política democrática. En los países en los que es
mayor la frustración política, que se formen gobiernos populistas o, por el
contrario, gobiernos democráticamente responsables —y además, en su caso,
de izquierda— dependerá en buena medida de las características del liderazgo
y del contexto político nacional. Desde esta perspectiva se pueden analizar
las principales subáreas de la región y los países más ejemplificadores de
estas tendencias.
El Cono Sur
Argentina
En las elecciones legislativas parciales de octubre de 2001, cuando ya el
gobierno de la Alianza había perdido toda credibilidad, el Partido Justicialista
obtuvo una proporción del voto emitido en todo el país básicamente coincidente
con sus resultados en las elecciones legislativas de 1997 (36%) y 1999 (33%).
Sin embargo, mientras que en estas últimas fue derrotada, en 2001 conquistó
una arrolladora victoria. La clave del diferente significado político de unos
resultados similares está, evidentemente, en que el voto no peronista ya no
convergía en 2001 en las listas de la Alianza, al haber estallado ésta como
coalición política y social tras la dimisión del líder del Frepaso, el vicepresidente
Carlos Chacho Álvarez, y en la consiguiente dispersión de ese voto hacia la
abstención, el voto blanco o nulo (el llamado voto bronca), hacia la Agrupación
de una República de Iguales ARI) de la disidente radical Elisa Carrió, o hacia
las candidaturas de izquierda en Buenos Aires capital (Fraga, 2001).
La primera incógnita que se plantea ante las próximas elecciones presidenciales,
previstas para finales del mes de abril de 2003 en primera vuelta, es si el
peronismo logrará agruparse en una sola candidatura. En caso de lograrlo
podría pensarse que tendría la victoria asegurada incluso si su apoyo electoral
descendiera respecto a octubre de 2001, dada la clara inexistencia de un líder
capaz de agrupar al voto no peronista. Pero la unidad del peronismo no está
asegurada por dos razones. La primera es el fuerte enfrentamiento por la dirección
nacional entre Duhalde y Menem —que repite en un nuevo escenario la pugna
por la definición de la candidatura presidencial de 1999—; la segunda, la
disposición de algunos de los candidatos a lanzar candidaturas propias sin
el respaldo del partido. A estas incertidumbres hay que sumar la posibilidad
de que Menem, uno de los candidatos con mayor peso inicial en las encuestas,
pudiera acumular suficiente voto de rechazo en caso de ser designado como
para hacer totalmente imprevisible el resultado tanto en primera como en segunda
vuelta.
Estaríamos así ante una situación altamente paradójica: aunque la frustración
política podría no haber afectado básicamente a la lealtad de los electores
peronistas, el propio partido podría ser incapaz de capitalizar esta lealtad
por falta de un candidato creíble o que al menos no suscitara un rechazo demasiado
alto. Con ello, el resultado de las elecciones se presenta bastante abierto,
aunque en principio se pueda imaginar como más probable la victoria de un
candidato procedente del justicialismo. Pero no cabe adelantar el contenido
político del próximo Ejecutivo, cuyas políticas podrían oscilar entre el intento
de recuperar el modelo en una nueva fase, la continuidad del muy cauto pragmatismo
de Lavagna y Duhalde —que hasta el presente parece haber dado buenos resultados—,
y un populismo sin proyecto como el que en diciembre de 2001 amenazó encarnar
la efímera presidencia de una semana de Adolfo Rodríguez Saá. La modesta recuperación
que se ha venido produciendo en 2002 debería en principio reducir las posibilidades
del populismo, ya que ningún gobernante con un mínimo juicio se arriesgaría
a ponerla en peligro con actuaciones demagógicas.
Pese a los avances que la izquierda obtuvo en Buenos Aires en las legislativas
pasadas, no es tan fácil pensar en una opción definible como de izquierda
en la política argentina. La identificación de las clases populares con el
peronismo desde los años cuarenta ha dejado a la izquierda de corte ideológico
reducida a los márgenes del sistema político, y la proximidad del alfonsinismo
y de figuras radicales o ex radicales —como Elisa Carrió— a las propuestas
de la socialdemocracia, aunque pueda apuntar a una futura e imprevisible reordenación
del mapa político argentino, no permite imaginar fácilmente la aparición próxima
de un liderazgo social de izquierda, aunque sólo sea por la imagen de enfrentamiento
—entre los candidatos Rodolfo Terragno y Leopoldo Moreau— que ha enturbiado
las elecciones internas del radicalismo.
Conviene subrayar la importancia del factor externo. Un acuerdo con el Fondo
Monetario Internacional (FMI) que permitiera no sólo refinanciar o aplazar
el vencimiento de la deuda pendiente, sino también dar un mayor aliento a
la política social y a las inversiones públicas, podría inclinar al gobierno
y a la opinión pública argentina, tras las elecciones, hacia políticas realistas
y responsables. La habitual demanda del FMI —sobre la necesidad de un amplio
y sólido compromiso político con las políticas que asume el gobierno— bien
podría invertirse: los organismos multilaterales deberían introducir incentivos
para la formación de coaliciones estables de apoyo a los compromisos del gobierno.
No parece realista exigir consensos sobre los sacrificios sin ofrecer compensaciones
para quienes los asuman de forma duradera: el Fondo Monetario puede tener
un importante papel para alejar el peligro del populismo.
Chile
Como se apuntaba anteriormente, el gobierno de la Concertación sufre dos desgastes:
el de una larga permanencia en el poder y el del mal comportamiento de la
economía, en particular en los dos años pasados. Conviene recordar que ese
mal comportamiento podría ser considerado como envidiable en bastantes países
—en torno al 3% de crecimiento—, pero significa cifras altas de desempleo
—un 8,8% en noviembre de 2002— que no son fácilmente asimilables para una
sociedad en la que los ciudadanos dependen del mercado —y no del Estado— para
satisfacer una gran parte de sus necesidades primarias. Ricardo Lagos, primer
presidente socialista en los doce años de gobiernos de la Concertación, ha
introducido un seguro de desempleo y ha reformado la sanidad para garantizar
la atención gratuita ante enfermedades de amplia incidencia, pero aun así
el modelo económico es fuertemente neoliberal.
Entre las reformas efectuadas desde su toma de posesión se cuentan la apertura
de los mercados financieros —eliminando la retención de un depósito para las
entradas de capitales— y una reforma del mercado de trabajo. Ambas pretenden
aumentar la actividad económica y reducir el desempleo, y se insertan dentro
de la lógica de la modernización económica. En tal sentido, la actual política
del gobierno chileno es lo más alejado que se pueda imaginar del populismo
económico, a menos que este término se identifique abusivamente con cualquier
atisbo de protección social. Pero la derecha chilena, encabezada por el candidato
de la Unión Demócrata Independiente (UDI), Joaquín Lavín, que casi igualó
a Lagos en la primera vuelta de las elecciones de 1999, confía en llegar al
gobierno en 2005.
A favor de Lavín juegan, además de los factores antes mencionados, un escándalo
de tráfico de influencias vinculado a la financiación de los partidos de la
Concertación, surgido en noviembre de 2002, y la creciente erosión de la frontera
entre partidarios y opositores de la dictadura militar del general Pinochet,
tras doce años de democracia y el progresivo oscurecimiento de su figura por
su detención en Londres y su posterior procesamiento en Chile. Con la renuncia
de Pinochet a su puesto de senador vitalicio, Lavín confía en que su discurso
populista de derecha y el deseo social de cambio, en un clima de olvido de
la dictadura, le permitan ganar la presidencia. Por otra parte, los malos
resultados de la democracia cristiana en las elecciones legislativas de 2001
han llevado a su frente a Adolfo Zaldívar, partidario de un entendimiento
con la derecha.
No se puede ignorar, por tanto, la posibilidad de que en Chile, por la propia
lógica de su política nacional, se produzca un giro a la derecha en los próximos
años, independientemente de lo que suceda en el resto de la región. La pregunta
es si, frente a esta posibilidad, sería conveniente o al menos viable un giro
a la izquierda de los partidos del área socialista de la Concertación, Partido
Socialista (PS) y Partido por la Democracia (PPD). La respuesta parece negativa
por dos razones. La primera es que la única vía realista para reformar el
modelo es la seguida por Lagos: introducir cambios graduales en la medida
en que éstos se puedan financiar sin poner en peligro el crecimiento y la
creación de empleo. Pero la segunda razón es que la propia lógica de la competencia
electoral obliga a la Concertación a no descuidar al electorado de centro:
una radicalización de su discurso dejaría el campo abierto a la estrategia
de cambio de alianzas de la democracia cristiana que defienden algunos sectores.
Paraguay
Paraguay ha sido gobernado por el Partido Colorado (ANR) desde 1947, doce
años antes de la entrada de Fidel Castro en La Habana. Tras la derrota del
PRI en México este récord bastaría para hacer del país un caso excepcional,
pero pronto se podría añadir otra razón: pese a que están dados todos los
ingredientes para hablar de frustración política, las elecciones generales
de abril de 2003 se celebrarán probablemente dentro de una dinámica bipartidista,
con Nicanor Duarte, del Partido Colorado, enfrentado a Julio César Yoyito
Franco, del Partido Liberal (PLRA), y sin que se pueda descartar la victoria
de Duarte pese a que el presidente González Macchi haya alcanzado una impopularidad
del 75% y se encuentre pendiente de un procesamiento por corrupción.
Las paradojas son aún mayores si se tiene en cuenta que Yoyito Franco
ha sido vicepresidente con González Macchi y cuenta, como gran baza electoral,
con el apoyo de la UNACE (“unasé”) del general Oviedo, ex colorado,
huido en Brasil de su condena por un intento de golpe en 1996 y de su procesamiento
por responsabilidad intelectual en el asesinato del vicepresidente Luis María
Argaña en 1999. Por otra parte, el ingreso per cápita lleva disminuyendo siete
años, y más de la mitad de los seis millones de población vive en situación
de pobreza. Pero las paradojas se hacen más comprensibles si se observa que
el Estado tiene en nómina al 10% de la población, y que los puestos se distribuyen
entre los seguidores del partido en el gobierno.
Si la tradición clientelar ilustra la persistente fuerza del Partido Colorado,
la ausencia de una alternancia en el poder explica que las opciones se polaricen
pese a la falta de resultados del Partido Liberal no sólo en la vicepresidencia,
sino también en cuanto a fuerza de oposición, por no hablar de la alianza
contra natura entre Franco y el golpista Oviedo. Mientras tanto, han surgido
otras fuerzas, con arraigo sobre todo en las zonas urbanas, como el partido
de centro izquierda País Solidario, cuyo líder, Carlos Filizzola, fue intendente
de Asunción. Fracasó, sin embargo, en el intento de volver a serlo, con apoyo
de los liberales, en noviembre de 2001 y, pese a salir de aquellas elecciones
convertido en la tercera fuerza del país, carece de recursos para intentar
dar la batalla a los grandes candidatos en 2003.
A juzgar por su trayectoria, Nicanor Duarte podría suponer un mejor gobierno
para Paraguay: lo difícil es saber si podría sacar al país de la crisis. Si
no fuera así, o si la fuerza de UNACE en el Congreso fuera suficiente, existiría
un alto riesgo de inestabilidad, impulsada por los seguidores del general
Oviedo. Otro tanto podría suceder si triunfara Franco, hipotecado por el apoyo
de los oviedistas. En cualquier caso, los resultados de País Solidario en
las elecciones legislativas de 2003 serán un indicador de la modernización
política del país y de las posibilidades de que a la larga se consolide una
opción de centro izquierda en Paraguay, como alternativa tanto al Partido
Colorado como a la inestabilidad política implícita en la alianza del PLRA
con UNACE.
Uruguay
En noviembre de 1999, el candidato del Partido Colorado, Jorge Batlle, se
convirtió en presidente de Uruguay y sucesor (en su segundo gobierno) de Julio
María Sanguinetti tras derrotar en la segunda vuelta al candidato del Encuentro
Progresista-Frente Amplio, Tabaré Vázquez. La gran novedad fue que Batlle
había necesitado del apoyo no sólo de su partido, sino también del Partido
Nacional y la Unión Cívica para reunir el 52% del voto frente al 44% de Tabaré,
y que EP se había convertido en la primera fuerza del país con 40 diputados
y 12 senadores. De esta forma culminaba una larga travesía por el desierto,
desde que el Frente Amplio, identificado con las posiciones de la izquierda
revolucionaria de finales de los años sesenta, había comenzado a abrir su
propio espacio político frente al tradicional bipartidismo uruguayo.
Al igual que el Partido de los Trabajadores (PT) brasileño, Encuentro Progresista
incluye núcleos radicales herederos de los momentos de su formación, pero
ha evolucionado, en su liderazgo y sus propuestas, hacia lo que podemos llamar
posiciones de centro izquierda. Paralelamente ha logrado quebrar el sistema
bipartidista condenando a los dos partidos tradicionales a aliarse para evitar
su triunfo. Desde las elecciones de 1999, por tanto, se ha generalizado la
creencia de que el próximo presidente de Uruguay será el candidato de EP,
probablemente el propio Tabaré Vázquez.
Lo que no resultaba previsible en aquel momento era que Uruguay se viera arrastrado
en 2002 por la crisis de la economía argentina, tras cuatro años de estancamiento
en los que se había visto afectado por la caída de los precios de sus exportaciones,
la devaluación del real brasileño y una epidemia de fiebre aftosa que diezmó
sus recursos ganaderos. La pesificación y la suspensión de pagos argentina
dieron el golpe final, obligando a Batlle a recortar drásticamente el gasto
público en un intento de frenar el déficit, imposible de financiar mediante
deuda ante la desconfianza de los mercados, y a buscar financiación del FMI
y de Estados Unidos para consolidar la banca pública, seriamente afectada
por la crisis de las sucursales uruguayas de bancos argentinos —como el Banco
de Galicia— por la huída de divisas y por la necesidad de hacer frente a una
deuda externa en dólares creciente ante las sucesivas devaluaciones del peso.
Ante las elecciones presidenciales de 2004, Uruguay tiene la considerable
ventaja de disponer de una opción política nueva pero con una larga experiencia
en los gobiernos locales, sobre todo en la capital, Montevideo, y que cuenta
con un enorme respaldo social. Económicamente se ha beneficiado también de
no estar atado a una paridad fija y de contar con un gobierno con una gran
capacidad de reacción ante el agravamiento de la crisis. Desde esta perspectiva,
la izquierda tendría grandes posibilidades de llegar a gobernar en 2004 y
de que en ese momento ya se esté produciendo una recuperación económica.
Los costes sociales de la crisis actual son tales que puede ser muy grande
la tentación para Encuentro Progresista de amplificar y radicalizar las protestas,
entre otras cosas porque los electores no aceptarían un simple silencio de
la coalición y, por otro lado, tampoco resulta fácil elaborar y presentar
alternativas que permitan superar la crisis y proteger los intereses sociales.
Si la izquierda se apunta a la dinámica de protestas sin alternativa, no sólo
corre el alto riesgo de deslegitimarse ante los electores menos radicales,
sino también el de impedir la superación de la crisis, ahuyentando la inversión.
De este modo heredaría una situación económica inmanejable ante la que debería
optar por aplicar las mismas propuestas que ahora rechaza por su dureza o
bien tendría que sucumbir a la tentación populista. La fuerza de la protesta
social de hoy podría encerrar paradójicamente el mayor peligro para el futuro
de la izquierda uruguaya.
Brasil
Aunque es bien sabido que el sistema de partidos brasileño presenta rasgos
singulares, tanto por su fragmentación como por su volatilidad dentro de áreas
ideológicamente afines, no siempre se ha subrayado lo bastante el hecho de
que durante ocho años el presidente Fernando Henrique Cardoso haya sido capaz
de mantener una coalición política de apoyo a su gobierno, lo que le ha permitido
impulsar su programa de reformas económicas y sociales. Este apoyo estable
no venía inducido por el marco institucional —lo que revela ciertos límites
en las explicaciones de este tipo—, sino por los propios rasgos constitutivos
del liderazgo de Cardoso, incluyendo el uso de incentivos y sanciones para
hacer posible la continuidad de la coalición (Palermo, 2000).
La coalición de apoyo al gobierno de Cardoso se formó en 1994 a partir de
las diversas tomas de posición sobre el Plan Real, cuyo éxito en frenar la
inflación y poner fin a la indexación de la economía constituyó el gran capital
electoral del ministro de Hacienda convertido en candidato. La clara oposición
del PT al Plan —en el que sólo se veía un nuevo y costoso ajuste— no sólo
le convirtió en el gran perdedor de aquella apuesta, sino que también configuró
una coalición presidencial entre los partidos que lo apoyaron: el Partido
de la Social Democracia Brasileña (PSDB) de Cardoso, el Partido del Movimiento
Democrático Brasileño (PMDB) del anterior presidente Itamar Franco y el Partido
del Frente Liberal (PFL), el partido de derecha cuyo apoyo al gobierno fue
el principal argumento del PT contra la gestión de Cardoso, incluso cuando
las políticas desarrolladas —por ejemplo en Sanidad, por el ministro y luego
candidato José Serra— poseían un indiscutible perfil socialdemócrata.
El principal problema político que se le plantea al presidente Lula da Silva
es precisamente el de configurar su propia coalición de apoyo que le permita
traducir en términos parlamentarios los muy amplios respaldos recibidos en
la segunda vuelta electoral, que incluyeron no sólo los de sus principales
rivales en la oposición —Anthony Garotinho del Partido Socialista Brasileño
(PSB) y Ciro Gomes del Partido Popular Socialista (PPS)—, sino también los
de importantes figuras del PMDB. El Partido de los Trabajadores es la primera
minoría en la cámara baja (91 escaños sobre 513), y debería contar con los
26 escaños del Partido Liberal (PL) del vicepresidente José Alencar, cuyo
carácter conservador fue una de las señales de moderación enviadas por Lula
al electorado y a los mercados. Pero eso le deja muy lejos de una mayoría
legislativa, para la que deberá buscar acuerdos estables o puntuales con el
PSDB de Serra y Cardoso (71 escaños) y el PMDB (76 escaños).
En el Senado la situación no es mejor (14 escaños del PT y 3 del PL sobre
un total de 81), y Lula tampoco puede contar con el peso de los gobernadores
afines —a menudo decisivo en la política brasileña— para impulsar acuerdos
parlamentarios, ya que en este terreno los resultados del PT han sido decepcionantes:
sólo ha ganado en 3 de los 26 estados (27 contando con el distrito federal
de Brasilia), frente a los cinco que tenía. El PSDB mantiene, en cambio, el
gobierno de siete estados, que incluyen los dos mayores —São Paulo y Minas
Gerais— y suman casi la mitad de la población del país, y el PMDB cinco, incluyendo
Rio Grande do Sul, el cuarto en importancia. Desde cualquier punto de vista,
por tanto, el gobierno de Lula necesitará acuerdos con el PSDB y el PMDB.
Aunque a priori, en términos programáticos, no debería haber grandes obstáculos
para algún tipo de entendimiento, el PMDB no ha aceptado inicialmente una
propuesta de acuerdo, y el gobierno anunciado por Lula sólo incluye una figura
importante de otro partido, el ex candidato del PPS Ciro Gomes, y está formado
mayoritariamente con miembros del PT. Pese a que esto pueda ser lo más racional
para asegurar la cohesión en el apoyo del partido al nuevo gobierno, sólo
podría entenderse en la medida en que los primeros pasos de éste corran el
riesgo de provocar conflictos internos, precisamente por mantener un alto
control de las finanzas públicas y posponer el tipo de políticas expansivas
que muchos cuadros y seguidores del PT esperan del nuevo gobierno.
Si así fuera, Lula estaría tratando de ganar tiempo para revertir los devastadores
efectos que la campaña tuvo sobre la posición financiera del Brasil —un incremento
de la deuda del 54 al 64% del PIB a consecuencia de la devaluación del real—,
precisamente por la percepción de riesgo provocada por la creciente posibilidad
de la victoria de Lula. En este sentido, es muy probable que, aun dando prioridad
a la política social, y especialmente a la lucha contra la desnutrición y
el hambre, la política del nuevo gobierno pretenda ser rigurosa en el plano
macroeconómico, con la intención de tranquilizar a los inversores y crear
un clima empresarial favorable antes de pasar a una fase más expansiva tanto
en el plano económico como en el social. Se diría que la apuesta inicial de
Lula es enfrentarse a las presiones sociales que podrían poner en peligro
la estabilidad de la economía con un equipo cohesionado por la disciplina
partidaria, y si lo logra, el peligro de un desbordamiento populista quedaría
conjurado, incluso si en política exterior llegan a tensarse las relaciones
con Estados Unidos con motivo del ALCA o de las relaciones con Venezuela.
Países andinos
Venezuela
Hace tres años, tras la arrolladora victoria de Hugo Chávez, en contra de
casi todos los partidos políticos venezolanos, con un 56,9% del voto, y la
elección de la Asamblea Constituyente, podía pensarse que el presidente, que
alcanzaba cotas de popularidad del 70%, señalaba el camino por el que transitarían
los demás países de América Latina en los que se extendiera la frustración
política como consecuencia del fracaso sucesivo de gobiernos de distinto signo
en dar una respuesta a las demandas sociales. Pero el declive de la economía
a partir del segundo semestre de 2001, y la devaluación del bolívar en febrero
del año siguiente, reactivaron la dinámica de decepción que ya había padecido
el gobierno de Caldera en 1996, y permitieron que todas las acusaciones contra
el régimen chavista, sobre su ineficacia, personalismo y corrupción, encontraran
crédito incluso entre sus antiguos seguidores, mientras que el empresariado
y la clase media económicamente más vulnerable se movilizaban contra Chávez.
La pérdida de buena parte de sus aliados y el creciente malestar social condujeron
en abril de 2002 a la detención de Chávez por un sector de las fuerzas armadas,
tras los incidentes violentos con los que los chavistas habían respondido
a una manifestación contra el régimen. El intento de imponer ilegítimamente
a un presidente provisional —el empresario Pedro Carmona—, sumado al anuncio
por éste de la suspensión o disolución del entramado institucional, crearon
una fuerte alarma en los países vecinos, cuya presión condujo al fracaso de
lo que era, a todas luces, un golpe de Estado. Repuesto en el poder, Chávez
anunció su voluntad de dialogar para resolver la tensión que había llegado
a dominar la vida del país.
Sin embargo, Chávez se ha negado a aceptar la legitimidad de la protesta
opositora y a negociar alguna fórmula que le permita, respetando su propia
legalidad, medir el apoyo social con el que aún cuenta o enfrentarse en una
convocatoria extraordinaria de elecciones a un candidato de la oposición,
en el caso de que ésta logre ponerse de acuerdo para designarlo. La huelga
general de diciembre de 2002, cuyo punto fuerte es la huelga en PdVSA (Petróleos
de Venezuela S.A.), con la consiguiente carestía de combustible en el país
y la desaparición de los ingresos por las exportaciones de petróleo, se ha
convertido en una prueba de fuerza en la que cada una de las dos partes parece
proponerse asfixiar a la otra. Quizá para evitar una solución no dialogada,
Brasil decidía en los últimos días del año vender combustible a Venezuela,
decisión que, aun presentándose como un contrato entre empresas —Petrobras
y PdVSA— sería impensable sin el respaldo del presidente saliente y del entrante,
Lula da Silva.
Aunque los intentos de la OEA —a través de la mediación de César Gaviria—
sigan apuntando a una solución negociada, y aunque los gobiernos de la región
rechacen tajantemente una solución de fuerza, no parece fácil imaginar una
solución de consenso a la crisis. Pero la gravedad de ésta parece haber tenido
una consecuencia positiva: se diría que la atracción del chavismo en la región
se ha evaporado fuera de grupos muy minoritarios, y que incluso candidatos
con trayectoria relativamente similar—como Lucio Gutiérrez en Ecuador— se
esfuerzan por mantener distancias respecto a la experiencia de Chávez. Quizá
por haberse adelantado de tiempo, en función del calendario electoral venezolano,
el populismo de Chávez no sea ya el precursor de una nueva tendencia populista
en América Latina, sino un incidente aislado: en buena medida dependerá de
la salida que encuentre la crisis actual.
Lo que parece indiscutible es que las fuerzas de izquierda o centro izquierda
existentes antes del advenimiento del chavismo —Acción Democrática, el Movimiento
al Socialismo (MAS) y Causa R (Causa Radical)— han perdido todo protagonismo
en estos años, y tardarán en recuperarlo en la medida en que se identifican
con el régimen anterior (la IV República) o con el chavismo, y en algún caso,
como el MAS, con ambos a causa de una trayectoria incoherente. Bien es cierto,
sin embargo, que las fuerzas de derecha o centro derecha se enfrentarán previsiblemente
al mismo problema: Chávez habría logrado, por lo menos, su objetivo de quebrantar
el anterior sistema de partidos.
Colombia
Como señala Sanguinetti (2002), la victoria de Álvaro Uribe en las elecciones
presidenciales de mayo en Colombia no puede interpretarse sin más como un
giro a la derecha. Más bien parece ser el reflejo del fracaso de los dos grandes
partidos en el intento de alcanzar una solución negociada a la actividad guerrillera
del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC), agravada con la progresiva transformación de los paramilitares
de las Autodefensas Unidas de Colombia en un tercer grupo combatiente de signo
opuesto. A este fracaso, en el que la principal responsabilidad corresponde,
sin duda, a los grupos armados, que nunca parecen haber considerado seriamente
la posibilidad de poner fin a su lucha, se ha unido a la crisis económica,
hasta configurar una situación global insostenible para la sociedad colombiana.
En
este contexto, Uribe se presentó como el cirujano de hierro que demandaban
gran parte de los electores, y ha logrado en sus primeros cinco meses de gobierno
una popularidad del 90%. No es casual que haya contado con el respaldo de
los partidos, comenzando por el Partido Liberal del que procede, aunque se
presentara como candidato independiente. Su predecesor, Andrés Pastrana —elegido
con el voto conservador— debió suspender al final de su mandato las negociaciones
con la guerrilla de las FARC a la vista no sólo de la falta de resultados,
sino también de lo insostenible que resultaba mantenerlas sin que la guerrilla
renunciara previamente a sus acciones armadas. Por ello, se puede pensar que
una inmensa mayoría de la sociedad apoya la política de mano dura de Uribe.
Éste pretende sanear la economía minimizando los costes sociales, y algunos
gestos simbólicos, como un impuesto del 1,2% sobre los patrimonios más altos,
no sólo pretenden recaudar recursos sino también ejemplificar que el gobierno
no es un simple instrumento de la oligarquía. Uribe ha logrado, además, un
éxito parcial con el anuncio por parte de las AUC (Autodefensas Unidas de
Colombia) de una tregua indefinida. El problema de la guerrilla, sin embargo,
difícilmente tendrá una buena solución: su derrota militar implicará grandes
daños sociales en las áreas en las que está presente, incluyendo probablemente
actuaciones contra los derechos humanos, y puede exigir enfrentamientos muy
prolongados. Es posible que la sociedad colombiana haya llegado al límite
de su paciencia y prefiera ya un final terrible a un terror sin fin, pero
si el final terrible se prolonga demasiado en el tiempo es posible que buena
parte de esa sociedad se replantee su posición.
El caso colombiano es un ejemplo de frustración política en la que, a causa
de la aguda gravedad de la situación en el país, los dos grandes partidos
se han sentido obligados —al menos en principio— a respaldar a un independiente
que ha ganado las elecciones a causa del descrédito de las fuerzas tradicionales.
La peculiar configuración de éstas como coaliciones flexibles de elites políticas
(y sociales), que tan difícil ha hecho la renovación del sistema político
colombiano, ha tenido en este caso una función positiva al permitir la continuidad
institucional, especialmente necesaria en un contexto en el que las medidas
legislativas de emergencia corren grave riesgo de traspasar los límites constitucionales.
Desgraciadamente para los intentos de configurar una izquierda fuera del Partido
Liberal, la cuestión de la violencia margina los intentos de centrar la agenda
en cuestiones sociales, como la liquidación sistemática —en su momento— de
la Unión Patriótica hizo inviable la conversión de los grupos armados en fuerzas
políticas. De la excepción que supuso en su momento el abandono de las armas
por el M-19 sólo quedan liderazgos personales con presencia local, dentro
de un archipiélago de grupos sociales que, en la interminable espera del final
de la violencia, pueden ir siendo atraídos por los sectores más progresistas
del liberalismo que en las pasadas elecciones representara Horacio Serpa.
Ecuador
El ascenso del ex coronel Lucio Gutiérrez por delante del candidato de
Izquierda Democrática, el ex presidente Rodrigo Borja, y del candidato del
Partido Socialista, León Roldós, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales
de Ecuador, y luego su triunfo en la segunda vuelta, constituyen ejemplos
de la impredecibilidad electoral, que es una de las consecuencias de altos
niveles de frustración política. En este caso, sin embargo, los electores
no estaban expresando tanto su decepción ante la situación económica inmediata
como su malestar por las secuelas de 1999, año en el que, con los depósitos
bancarios congelados y una inflación del 50%, el PIB cayó un 7% y la pobreza
alcanzó al 60% de la población.
La inflación se intentó cortar con una impopular dolarización de la economía
en enero de 2000 —aunque llegaría ese año al 91%—, pero días después el presidente
Jamil Mahuad, que tras poco más de año y medio en el poder sólo mantenía un
13% de popularidad, fue derrocado por un movimiento indígena de protesta que
ocupó Quito, apoyado por los coroneles Lucio Gutiérrez y Fausto Cobo. Tras
la formación de un efímero triunvirato encabezado por el jefe del Comando
Conjunto, general Carlos Mendoza, se volvió a la normalidad constitucional
con la dimisión un tanto forzada del presidente Mahuad y su sustitución por
el vicepresidente Gustavo Noboa. (El general Mendoza renunció a mantenerse
en el triunvirato, alegando razones familiares, tras una entrevista
con representantes de la embajada de Estados Unidos.)
En la actualidad, aunque la dolarización supone un serio problema para la
competitividad de las exportaciones, la economía lleva dos años de crecimiento
y la inflación ha bajado al 22%. Si bien la pobreza no ha disminuido, y los
salarios no han recuperado la capacidad adquisitiva perdida, se podría considerar
que la situación ha mejorado sustancialmente. Pero el sentimiento de impotencia
ante el empobrecimiento de 1999 ha pasado factura a los políticos tradicionales:
el adversario de Gutiérrez en la segunda vuelta fue otro candidato ajeno a
los partidos, Álvaro Noboa, un empresario bananero cuya campaña tuvo el tono
característico del populismo de derecha, con el éxito empresarial como modelo
social. El candidato del Partido Social Cristiano, el más importante del país,
quedó en quinto lugar en la primera vuelta con el 12% del voto.
Gutiérrez no sólo era un candidato nuevo frente a la clase política tradicional,
sino que además se ganó en enero de 2000 una reputación de proximidad al pueblo
sin mostrar la ambición de poder y de protagonismo que desgastó después a
otra figura central en aquellos hechos, el dirigente indígena Antonio Vargas.
En Ecuador, a diferencia de lo que sucedió en Venezuela durante el golpe de
Hugo Chávez en 1992, no hubo en enero de 2000 derramamiento de sangre ni choques
internos en el ejército. Desde su victoria en la primera vuelta, Gutiérrez
ha hecho hincapié en su propósito de crear un clima favorable para las inversiones
y la actividad empresarial, llamando a la concertación y al diálogo como ejes
para la resolución de los grandes problemas nacionales. Es bastante evidente,
por tanto, que pese a las similitudes en el origen de su popularidad, el nuevo
presidente de Ecuador no se propone en absoluto repetir la desastrosa trayectoria
del chavismo.
Un hecho fundamental para explicar el ascenso de Gutiérrez, junto con los
desastres económicos de 1999, es la fragmentación y volatilidad del sistema
político ecuatoriano. Segmentado entre la costa —bastión del Partido Social
Cristiano—, con mayor fuerza empresarial, y la sierra andina —y la Amazonia—,
y con un resentimiento histórico de la elite de Guayaquil hacia la capital,
Quito, no cabe hablar en sentido estricto de partidos nacionales. La extrema
fragmentación del voto en la primera vuelta —Gutiérrez obtuvo en torno al
20%— refleja no sólo la proliferación de candidaturas nuevas sino también
la falta de enraizamiento de las tradicionales. Esto tiene una consecuencia
lógica en la representación parlamentaria, lo que puede traducirse en presidentes
muy débiles frente a cambiantes coaliciones en la Cámara. Desde la destitución
por “incapacidad mental” del presidente Abdalá Bucaram, en 1996, se han sucedido
hasta 2002 seis presidentes.
Para evitar una inestabilidad similar, Gutiérrez no sólo tendrá que lograr
crecimiento económico y resultados sociales apreciables, sino también eliminar
la imagen de corrupción que los ecuatorianos —no sin fundamento— tienen de
sus gobiernos, y ante todo tratar de construir una coalición de apoyo a su
gobierno en el Parlamento. Además de su propia organización ad hoc,
el Movimiento Sociedad Patriótica 21 de Enero, el principal apoyo del nuevo
presidente, viene inicialmente de Pachakutik, una organización de base indígena
que incluye también cuadros procedentes de los movimientos sociales, pero
que carece de la estructura y la experiencia necesarias para permitirle gobernar.
Por ello, la oferta del candidato socialdemócrata Rodrigo Borja y de León
Febres Cordero, del Partido Social Cristiano (PSC), de llegar a un acuerdo
para la gobernabilidad —inicialmente frustrada con motivo de la elección de
la presidencia del Congreso— habría sido una buena posibilidad tanto de darle
estabilidad al gobierno de Gutiérrez como de redefinir en un sentido no populista
la imagen de la izquierda en Ecuador. La resolución del problema fiscal y
la búsqueda de vías para hacer posible la inversión extranjera en el petróleo
y la electricidad, que suscita una gran oposición social pero es de la mayor
importancia para el crecimiento de la economía, son tareas de muy difícil
resolución sin una mayoría legislativa estable.
Perú
Gran parte de la responsabilidad de la pérdida de credibilidad de los partidos
en la política de Perú debe atribuirse, sin duda, a la sistemática estrategia
desarrollada con esta finalidad por el presidente Fujimori durante sus diez
años de gobierno. Pero la victoria de Fujimori en 1990 no se puede entender
sin la crisis previa que se había producido como consecuencia de la aparición
de la candidatura independiente de Mario Vargas Llosa, en su voluntarioso
—y para entonces más bien innecesario— intento de acabar con el populismo
en la política peruana. Esta candidatura anuló la identidad propia de los
partidos de derecha y centro derecha y los arrastró en su derrota, provocada
por la concentración del voto antineoliberal en la candidatura de Fujimori
durante la segunda vuelta, a la que no pudieron llegar ni los herederos de
una dividida Izquierda Unida ni el Partido Aprista, totalmente desacreditado
por la desastrosa gestión económica (populista) del gobierno de Alan García.
En las primeras elecciones fiables desde entonces, en abril de 2001, la candidata
conservadora Lourdes Nano (Unidad Nacional) quedó en tercer lugar con un 24%
del voto, y la segunda vuelta se decidió, en junio, entre el candidato de
Perú Posible, Alejandro Toledo, vencedor con más del 52% del voto, y un renacido
Alan García, que casi alcanzó el 48%. Una diferencia tan ajustada no es fácil
de explicar sin una componente fuerte de rechazo a Toledo por su tono populista,
pero, si se recuerda el protagonismo de Toledo en la movilización popular
por la democracia y contra Fujimori, y el negativo recuerdo histórico del
gobierno de García, es evidente que éste se ha visto favorecido por otros
factores para compensar sus desventajas.
Por un lado, García ha aprendido mucho durante su década de travesía del desierto;
entre otras cosas a no subir el tono cuando haciéndolo puede provocar dudas
o rechazo en el auditorio: en su discurso y en su programa fue medido y moderado.
Pero además, a diferencia de sus adversarios, García cuenta con un partido
que ha sobrevivido a los años de Fujimori, que sigue manteniendo una amplia
implantación territorial, con una estructura orgánica disciplinada y una larga
historia que conserva su identidad. Sin ese apoyo de un partido no es fácil
que hubiera podido alcanzar tan rápidamente un resultado tan espectacular.
Y sin un apoyo equivalente, que una coalición un tanto improvisada —como Perú
Posible— mal le puede ofrecer, Toledo puede tener muy serios problemas para
mantener su gobierno.
Una buena parte de los cuadros de la izquierda de los años ochenta, marcados
por el rechazo al Partido Aprista, y más aún a la figura de García, apostaron
por Toledo como única alternativa al conservadurismo de la candidatura de
Unidad Nacional, en la que muchos veían una continuidad de las políticas del
fujimorismo sin sus vicios autoritarios y delictivos. Pero los primeros meses
del gobierno de Toledo han estado cargados de frustraciones. Los hábitos y
actuaciones tanto del presidente como de su entorno familiar le han perjudicado
seriamente y, aunque la economía en 2002 creció en torno al 4%, con una inflación
del 2%, el malestar social provocado por años de estancamiento, más las promesas
del propio Toledo en su campaña, se suman para provocar una gran insatisfacción
que se manifiesta en huelgas, en demandas de salarios o en violentas protestas
como las que impidieron, en junio de 2002, llevar adelante el intento de privatizar
las compañías eléctricas en Arequipa.
Con una popularidad en torno al 23% —llegó a ser del 15% en octubre de 2002—,
y tras haber cambiado su gabinete en julio, Toledo parece condenado a depender
cada vez más del apoyo del Partido Aprista, gran vencedor de las elecciones
regionales de noviembre, en las que Perú Posible sólo triunfó en una región
de las 25 del país, mientras el PAP lo hacía en doce. Es difícil saber si
el partido de Toledo sobrevivirá a su presidencia, e incluso si podrá escapar
a la tentación de hacer una política económica irresponsable en caso de verse
desbordado por las presiones populares, pero es probable que el futuro inmediato
de la izquierda en Perú dependa de la evolución del partido de Alan García,
y de que éste pueda demostrar con su actuación parlamentaria, o desde el propio
gobierno, que ha comprendido bien la diferencia entre la socialdemocracia
—a la que en los años ochenta tomó como referencia de su proyecto— y el populismo
económico.
Bolivia
Sólo el reducido peso de la economía boliviana impidió que el resultado de
las elecciones del 30 de junio ocasionara una crisis en los mercados: durante
semanas el favorito fue Manfred Reyes Villa, ex capitán y ex alcalde de Cochabamba,
partidario de denunciar los contratos firmados por el ex presidente Sánchez
de Lozada (1993-97) para la privatización de las empresas públicas. Sin embargo,
el resultado real fue aún más dramático: el ganador fue el propio Gonzalo
Sánchez de Lozada, de nuevo candidato por el Movimiento Nacionalista Revolucionario
(MNR), seguido en segundo lugar no por Reyes Villa y su Nueva Fuerza Republicana,
sino por Evo Morales, líder de los campesinos cocaleros y del MAS (Movimiento
al Socialismo), una organización de corte izquierdista y antiimperialista
en la tradición de la izquierda de los años sesenta y setenta.
En Bolivia no existe segunda vuelta, sino que es el Congreso quien elige al
presidente entre los dos candidatos más votados cuando ninguno obtiene la
mayoría absoluta. Como era previsible, el elegido fue Sánchez de Lozada, una
vez que un largo y complejo escrutinio confirmó que Evo Morales, con un 20,94%
del voto, superaba a Manfred Reyes (20,91%). El ganador, por su parte, sólo
había obtenido un 22,46%, lo que revela la extrema fragmentación del voto.
El más que notable resultado obtenido por Morales es a su vez consecuencia
de tres factores. El primero y más obvio es la crisis económica en la que
han sumido al país el estancamiento de las economías argentina y brasileña,
agudizada tras el derrumbamiento de la primera y la recesión de la segunda.
Dentro del clima de malestar provocado por la crisis ha cobrado especial fuerza
el segundo factor: la protesta de los campesinos cocaleros contra la política
de erradicación forzosa de ese cultivo, en la que se ve —correctamente— una
imposición externa en contra de la cultura local, y cuyas supuestas compensaciones
se consideran insuficientes o simplemente incumplidas. A ello se suma un tercer
factor: el escaso arraigo de los partidos tradicionales entre los indígenas,
que deja espacio para la presentación de candidaturas propias, como la de
Evo Morales o la de otro aymara, Felipe Quispe. En una situación de alta frustración
el beneficiado fue el candidato con mayor carga antisistema: Morales y su
MAS.
El MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) de Jaime Paz Zamora, que pese
a su nombre histórico es lo más similar a un partido socialdemócrata en Bolivia,
apoyó la elección de Sánchez de Lozada en el Congreso y participa en su gobierno,
como había participado previamente en el de Acción Democrática Nacionalista
(ADN), encabezado inicialmente —hasta su dimisión por enfermedad— por el enemigo
histórico del MIR y del propio Paz, el ex general y ex dictador (1971-78)
Hugo Bánzer, que fue elegido democráticamente en 1997.
Este baile de alianzas es la consecuencia lógica de un sistema fragmentado
en el que no existe segunda vuelta, y sólo el acuerdo de los principales partidos
permite la elección de un presidente con base parlamentaria suficiente. Aunque
indudablemente favorece la estabilidad del gobierno, corre sin embargo el
riesgo de aumentar la frustración política, ya que las diferencias entre los
partidos se hacen borrosas y la decepción ante los resultados de un gobierno
salpica a la vez a todos sus componentes. En este sentido, si no se introducen
reformas electorales o institucionales, y el gobierno de Sánchez de Lozada
no consigue resultados claramente positivos en lo económico y lo social, crecerá
considerablemente el riesgo de que en 2007 Evo Morales, o un candidato del
mismo corte radical, obtenga resultados aún mejores.
Centroamérica y República Dominicana
En América Central se puede hacer una distinción general entre los países
que han atravesado una guerra civil y aquellos que han escapado a ella, aunque
hayan estado bajo un régimen militar hasta 1981, como Honduras. En este segundo
grupo de países, la norma es la existencia de dos partidos que se alternan
con una lógica de castigo al gobierno de turno cuando éste no ofrece un balance
positivo. Sólo en Honduras se puede decir que los dos partidos principales
son de signo conservador: en 2001 ganó las elecciones Ricardo Maduro, del
Partido Nacional, sustituyendo a Carlos Flores, del Partido Liberal.
En Costa Rica, una excepción en aspectos como su larga estabilidad democrática
y su modelo de sociedad próximo al Estado de bienestar, las dificultades para
mantener el modelo en medio de los cambios de la economía mundial han llevado
a los gobiernos a intentar reformas que permitan controlar el déficit. El
partido de corte más socialdemócrata —Partido de Liberación Nacional, PLN—
ya lo intentó durante la presidencia de José María Figueres mediante una elevación
de los muy bajos impuestos: la impopularidad y dificultad de los cambios ha
venido dando desde entonces ventaja al Partido de Unidad Social Cristiana
(PUSC), que ha triunfado en las dos elecciones siguientes (1998 y 2002). El
voto de protesta se ha traducido en estas últimas en un Parlamento fragmentado
y en la necesidad de segunda vuelta para elegir al presidente, Abel Pacheco,
del PUSC.
En Panamá —incluida a efectos analíticos en Centroamérica—, el Partido Revolucionario
Democrático (PRD) del desaparecido líder populista Omar Torrijos, con su hijo
Martín Torrijos como candidato, perdió las elecciones de 1999 ante la candidata
del Partido Arnulfista, Mireya Moscoso, en buena medida por el coste de las
reformas económicas introducidas por Ernesto Pérez Valladares, anterior presidente
del PRD. Como en el caso anterior, las restricciones del marco económico internacional,
la capacidad de los líderes y los costes o beneficios obtenidos por los gobiernos,
pueden ser los factores decisivos, más allá de consideraciones ideológicas,
para los resultados electorales.
La situación en Nicaragua es muy distinta: aunque el Partido Liberal Constitucionalista
(PLC) y el Frente Sandinista han llegado a configurarse como partidos mayoritarios
—en parte gracias a un acuerdo del líder sandinista Daniel Ortega con el ex
presidente Arnoldo Alemán para cerrar el paso a posibles competidores electorales—,
el sandinismo no pudo ganar las elecciones de 2001, para las que partía como
favorito. El recuerdo de la guerra contra la Contra y de los errores y excesos
del gobierno sandinista puede seguir siendo un factor que bloquee sus posibilidades
electorales, a lo que se suman la implacable hostilidad de la embajada de
Estados Unidos —pese a los intentos un poco patéticos de Daniel Ortega de
desligarse de ese pasado— y las críticas por la forma de vida de sus dirigentes
históricos. Los sandinistas están apoyando en el Parlamento los esfuerzos
del presidente Enrique Bolaños (del PLC) para hacer juzgar por corrupción
al ex presidente Alemán, lo que por una parte les da una gran fuerza negociadora,
pero por otra les hace bastante vulnerables ante la opinión pública por su
propia falta de renovación. Aun así, nada permite prever un próximo cambio
a fondo en la cúpula sandinista que les pueda dar nueva credibilidad.
En El Salvador, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) se
convirtió en la primera fuerza del país en las elecciones legislativas y locales
de marzo de 2000, superando a la gobernante Alianza Republicana Nacionalista
(Arena) con un 39% frente a un 37% del voto de Arena. Pero la decisión del
dirigente ortodoxo Schafik Handal de mantener una rígida disciplina procubana
en el partido desembocó en la expulsión del ex comandante Facundo Guardado,
candidato a la presidencia en las elecciones de 1999, que ha puesto en marcha
un nuevo partido (Movimiento Renovador) con la expectativa de ganar la suficiente
fuerza electoral como para ser el eje de una coalición capaz de ofrecer una
alternativa a Arena. Aunque otros intentos similares han fracasado antes,
los cambios sociales y económicos en El Salvador, y el nuevo clima político
de la región, podrían dar a los renovadores la posibilidad de construir una
izquierda moderna en el país.
Atacado como partido de la oligarquía, el Partido de Avanzada Nacional, del
presidente Álvaro Arzú, que había firmado la paz con la guerrilla en Guatemala
en 1996, perdió las elecciones de 1999 frente al candidato del Frente Revolucionario
Guatemalteco (FRG) —del general golpista Efraín Ríos Montt—, Alfonso Portillo.
La Alianza Nueva Nación, de la izquierda, dentro de la cual se presentaba
la antigua guerrilla de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca, obtuvo
un 12,4% del voto. La derrota de las dos fuerzas que negociaron la paz podría
ser, paradójicamente, expresión del deseo de olvidar la guerra, pero aun así
los resultados fueron prometedores para la Unidad Revolucionaria Nacional
de Guatemala (URNG). La frustración ante el gobierno de Portillo, enfrentado
a menudo con Ríos Montt por el control que éste ejerce sobre el FRG y su representación
parlamentaria, podría contribuir a la consolidación progresiva de la URNG
como izquierda socialdemócrata.
Desde la muerte de Trujillo, la República Dominicana ha vivido bajo la influencia
de Joaquín Balaguer, siete veces presidente y dirigente durante la época democrática
del Partido Reformista Social Cristiano. Su apoyo permitió en 1996 llegar
a la presidencia al dirigente modernizador del Partido de la Liberación Dominicana,
Leonel Fernández, durante cuyo gobierno la economía creció espectacularmente,
aunque al precio de una profunda crisis de los sectores tradicionales. En
2000, los costes del período anterior llevaron al gobierno al Partido Revolucionario
Dominicano (PRD), cuyo candidato Hipólito Mejía obtuvo casi el 50% de los
votos, superando así la votación conjunta del Partido Reformista Social Cristiano
(PRSC) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Desaparecido Balaguer
en 2002, no sería extraño que el juego político en el futuro tendiera a la
alternancia entre PLD —quizá con apoyo del PRSC— y PRD: se da la paradoja
de que ambos partidos fueron fundados por Juan Bosch, la figura central en
la historia de la izquierda dominicana. Mientras que el segundo tiene un serio
problema de tradición clientelar, el primero carece de una implantación social
extensa fuera de la clase media, y ambos han sido objeto de acusaciones graves
de corrupción. Su evolución dependerá en buena medida del desarrollo económico
y la modernización de la sociedad dominicana.
México
La izquierda mexicana atravesó tiempos muy difíciles hasta que las reformas
de Reyes Heroles le permitieron obtener una decorosa presencia parlamentaria
en los años setenta. Anteriormente se había visto atrapada entre la represión
por el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de cualquier
movimiento social de protesta que escapara a su control y la fuerte capacidad
de cooptación por parte de este mismo régimen, que ofrecía no sólo posibilidades
de carrera política, sino oportunidades para desarrollar políticas sociales
significativas pese a los límites impuestos por la corrupción y el clientelismo.
Tras el balance fuertemente negativo de los movimientos guerrilleros en aquella
misma década, no es extraño que buena parte de la izquierda, incluido el Partido
Comunista, optaran por entrar en la política representativa, iniciando un
largo y a veces contradictorio proceso de asimilación de la lógica democrática,
en un país con una fuerte tradición revolucionaria.
La escisión del PRI en 1987 de un grupo de dirigentes encabezados por Cuauhtémoc
Cárdenas —hijo del general Lázaro Cárdenas, figura central en la tradición
de izquierda del régimen— y la excepcional oportunidad que presentaba la candidatura
presidencial de éste en 1988, llevaron a la disolución del PMS, el partido
socialista en el que se había reunido casi toda la izquierda de orientación
democrática, dentro del nuevo Partido de la Revolución Democrática (PRD) encabezado
por Cárdenas y creado tras las elecciones. La apuesta parecía muy racional,
ya que la candidatura de Cárdenas había puesto en peligro la victoria de Carlos
Salinas de Gortari, el candidato del PRI, y con ella la izquierda había logrado
una presencia pública sin precedentes. Pero ese mismo éxito llegaría a ser
un fuerte condicionante para la evolución posterior del PRD.
La convicción de Cárdenas de que se le había arrebatado la presidencia mediante
fraude llevó al PRD a automarginarse durante los primeros años del sexenio
de Salinas de Gortari, lo que sería fuente de altos costes para el partido,
incluyendo los que, en un régimen con fuertes componentes autoritarios, implica
la hostilidad del poder. Pero además el partido, dentro del cual el liderazgo
moral de Cárdenas resultaba indiscutible, desarrolló una estrategia destinada
a profundizar la crisis del PRI atrayendo a sus disidentes como candidatos
electorales. El resultado fue que el PRD no sólo no desarrolló un discurso
propio de una izquierda moderna, sino que se convirtió en una organización
incoherente en la que los sectores y discursos más radicales coexistían con
las prácticas y personalidades tradicionales del PRI.
La insatisfacción ante la evolución del PRD llevó a algunos cuadros procedentes
del PMS a la aventura de crear un nuevo partido, Democracia Social, que compitió
por vez primera en las elecciones de 2000, en una situación polarizada en
torno a la cuestión de la alternancia por vez primera en 71 años. Vicente
Fox, candidato del Partido Acción Nacional (PAN), logró con su campaña presentarse
como el candidato más adecuado para desalojar al PRI de Los Pinos —y por ello
fue el ganador—, lo que supuso unos malos resultados para el PRD. Pero la
polarización del voto no dejó apenas espacio para Democracia Social, lo que
condujo a su desaparición tras un absurdo error en la renovación de su registro
como partido. En la actualidad se ha puesto en marcha un nuevo partido —México
Posible—, cuya característica es presentarse como representante de las diferencias:
mujeres, homosexuales, discapacitados. Este carácter —digamos— posmoderno,
que le puede permitir asentarse entre las clases medias urbanas, supone sin
embargo un importante límite para su crecimiento electoral.
Mientras, el debate sobre la política social y sobre el modelo económico se
desarrolla entre los tres grandes partidos, PAN, PRI y PRD. Se da la paradoja
de que el presidente Fox, del PAN, se define en sus objetivos de política
social en términos no muy lejanos a los de la oposición, ya que el éxito de
su campaña se basó en buena medida en su tono populista. Pero la caída del
comercio con Estados Unidos, a causa de la recesión, ha reducido el crecimiento,
provocando en 2001 una contracción del 3,5% en el sector industrial, y la
oposición no ha aceptado una reforma fiscal basada en la elevación de los
impuestos indirectos para aumentar los recursos fiscales por temor a su impacto
regresivo sobre la población. El resultado es que los recursos para la política
social —y su ejecución— están muy por debajo de lo requerido por una sociedad
con fuertes desigualdades y la mitad de la población en situación de pobreza,
y siguen dependiendo en buena medida de los ingresos por las exportaciones
petrolíferas.
Aunque la posibilidad y luego la realidad de la alternancia provocaron un
especial interés por las elecciones de 2000, existe un riesgo real de que
una decepción ante el gobierno de Fox desate una oleada de frustración política
con resultados imprevisibles. El PRI no ha logrado hasta ahora dar una imagen
de renovación que le permita recuperar la presidencia en 2006, pero sus resultados
electorales en los estados y los municipios muestran que no sólo mantiene
una fuerte inserción social, sino que puede capitalizar el descontento ante
una mala administración del PAN. Pero no se puede descartar que el electorado,
en busca de una tercera opción, vuelva sus ojos al PRD si su candidato —por
ejemplo, el actual jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López
Obrador— posee credibilidad en el terreno de la política social. López Obrador
tiene un alto nivel popularidad por haber introducido un subsidio para las
personas mayores del DF.
Si el PRI está dividido internamente —sobre todo entre los herederos políticos
del anterior presidente, Ernesto Zedillo, y los del ex gobernador de Tabasco
y nuevo líder del partido, Roberto Madrazo—, el PRD le supera en conflictividad
interna, lo que ya ha conducido a procesos muy penosos de elección de candidatos
y dirigentes, y puede suponerle altos costes antes de 2006. En ese caso, no
cabría descartar la aparición de candidatos ajenos a los actuales partidos,
y quizá en una línea mucho más populista que la del PRD, que lentamente ha
ido aceptando la apertura al exterior y en particular el Tratado de Libre
Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá, que antes denunciaba. No parece
que a corto plazo quepa esperar un giro a la izquierda —o hacia una izquierda
moderna, en todo caso—, pero existe un cierto riesgo de una erupción populista
si Fox no consigue contrapesar su falta actual de resultados, con ayuda de
una recuperación económica en Estados Unidos o llegando a acuerdos con la
oposición para reformar la economía y el Estado.
Conclusiones
Una conclusión evidente de este repaso por los distintos casos nacionales
es que en buena medida las perspectivas a medio plazo de la izquierda en América
Latina dependen del éxito o el fracaso de la presidencia de Lula en Brasil.
Si éste logra realizar una política social que revalide su actual legitimidad,
y hacerlo a la vez que crea las condiciones para una nueva fase de crecimiento
económico, el ejemplo brasileño se convertirá en un punto de referencia para
la región. Si, en cambio, la política social o la marcha de la economía no
satisfacen las expectativas sociales y el gobierno pierde apoyo, su atractivo
disminuirá radicalmente. Pero frente a este riesgo, Lula cuenta con su enorme
popularidad inicial que le debería permitir tanto controlar a sus propias
bases como enviar señales convincentes de cumplimiento de sus promesas.
Hay un segundo riesgo, sin embargo, que es potencialmente más grave: que ante
las fuertes demandas sociales, el gobierno no logre controlar la inflación
e impulsar las inversiones, con lo que tras un impulso redistributivo inicial
se produzca un rápido deterioro de la economía. Esto es lo que se ha venido
calificando como dinámica populista, y, más allá de que se pudiera extender
a otros países, su efecto a medio plazo sería desacreditar a la izquierda
no sólo en Brasil, sino también en el conjunto de la región.
Independientemente de que el éxito de Lula acrecentaría la credibilidad de
la izquierda, no hay actualmente razones para pensar en un giro general hacia
la izquierda en América Latina, pero tampoco para temer una desestabilización
populista, aunque existan serias razones de preocupación en algunos países.
La crisis venezolana actúa como freno de las tentaciones más extremistas de
demolición del sistema político existente. Aun así, una crisis política profunda,
como la existente en Argentina desde la dimisión del presidente De la Rúa,
deja abiertas demasiadas incertidumbres.
Cabe señalar, por último y de forma nada sorprendente, que los dos factores
que pueden tener más peso en la evolución política de la región son la recuperación
de la economía global, con su repercusión en un crecimiento de las exportaciones
y una mayor disponibilidad de inversiones, y la capacidad de los sistemas
políticos —y en especial los sistemas de partidos— para ofrecer posibilidades
creíbles de alternancia y permitir la formación de gobiernos responsables
con suficiente apoyo parlamentario. La duda que puede plantearse, a la inversa,
es si los sistemas políticos podrían soportar sin grave erosión el mantenimiento
por un largo período de un clima económico global adverso, partiendo de situaciones
de desigualdad creciente y altos niveles de pobreza.
Ludolfo Paramio
Este trabajo se inscribe en el proyecto Desconfianza Política y Gobernación
Democrática (BSO2000-1082) del Plan Nacional de I+D (Ministerio de Ciencia
y Tecnología, España).
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