El mundo árabe: los desafíos de la transición
Shafeeq Ghabra  (18/11/2002)
 
El 11 de septiembre ha sacado a la palestra todos los problemas del mundo árabe: todas las incoherencias, las contradicciones, las crisis y los discursos políticos. El 11-S y las reacciones y políticas estadounidenses sacudieron el mundo árabe. Aquel día puso en marcha una dinámica y un proceso que no podemos detener o controlar. Aun así, si los ideales de democracia, desarrollo y tolerancia nos sirven de alguna guía, debemos invocarlos en momentos como éstos. Este breve ensayo toma como base la idea de que la situación actual de la región es resultado de dos circunstancias: una externa relativa a la incoherencia de las políticas de política de poder y las políticas estadounidenses durante décadas y otra la incapacidad regional para afrontar sus problemas políticos y socioeconómicos. Incapacidad que está vinculada a las limitadas reformas económicas y a la falta de procesos democráticos. Este ensayo es, por tanto, un ensayo introspectivo. Pretende llegar a comprender y poder explicar algunas de las dinámicas internas que contribuyen a la explosiva situación de esta región.


El potencial regional
El mundo árabe es una región con un gran potencial. Cualquier estudio de sus recursos, su pueblo y sus capacidades nos demuestra lo mucho que desaprovecha el sistema árabe actual. La población árabe mundial alcanzará los 500 millones en el año 2025; actualmente es de 270 millones. El territorio del mundo árabe es un 40% superior al de Europa; mayor incluso que el de China. El mundo árabe junto con Irán (un país no árabe del Golfo) posee el 61% de las reservas de petróleo mundiales conocidas y un 21% de las reservas de gas natural. Las inversiones árabes en el mundo son muy superiores al billón de dólares.


La región es rica en religiones y etnias; incluye a Turquía y a Irán además de a 21 Estados árabes. También incluye a Israel, país creado en 1948 en un conflicto con los palestinos por el territorio y los derechos. Todos estos países poseen, en definitiva, una gran riqueza de cultura, tradiciones y pueblos. Irán es muy rico en cuanto a su diversidad, su historia y su pueblo y eso mismo puede aplicarse a Turquía, miembro de la OTAN, miembro potencial de la Unión Europea y modelo potencial del compromiso entre el Islam y el secularismo. Por otro lado, Israel dispone de una de las bases económicas y científicas más avanzadas de la región, aun estando todavía en conflicto  con ésta por su ocupación de territorio árabe y palestino. En tiempos de paz toda esta guerra y esta carrera de muerte tan destructivas podrían convertirse en un futuro diferente.


Esta región es también el origen de las tres principales religiones del mundo. Cuenta con una mayoría musulmana y con considerables minorías cristianas, además de los millones de judíos existentes en Israel y en el resto de la región. Además del árabe, se hablan otras lenguas como el kurdo, el asirio, el bereber, el persa, el armenio y el hebreo.


El mundo árabe cuenta con cientos de miles de empresarios cualificados y con muchas decenas de miles de personas licenciadas en las mejores universidades de Oriente y Occidente. Muchos de ellos se ven a sí mismos como aliados naturales del cambio que supone Internet y la globalización. La base empresarial es amplia y podría constituir la base de alguna reforma o repunte económico futuro. 


Hasta la situación de las mujeres varía según la región en que nos encontremos dentro del mundo árabe. Mientras que en algunos países árabes las mujeres deben llevar puesto el hijab islámico (tan solo en dos de ellos), el resto de los países respetan la libertad individual de elección de la indumentaria. Al visitar países como El Líbano o Dubai uno podría pensar que se encuentra en Madrid, Las Vegas, San Francisco o cualquier otra capital occidental. La situación de las mujeres con respecto a la educación también varía de un país a otro. En la Universidad de Kuwait, el 70% de los estudiantes son mujeres, y son ellas quienes las mejores calificaciones. Esto es válido también en otros países árabes. Me sorprendió descubrir que el 80% de las personas matriculadas en las universidades de Dubai eran mujeres y que éstas desempeñaban un papel decisivo y destacado en el desarrollo de su país. Esta diversidad puede observarse entre países, clases, ciudades y localidades pequeñas de toda la región.

La región muestra también cierta dinámica democrática y presenta algunas constituciones vinculantes. En Kuwait, El Líbano, Qatar y Bahrein las políticas abiertas están en alza y las antiguas tradiciones de la sociedad civil protegen gran cantidad de libertades y derechos. En El Líbano el presidente es elegido de forma democrática, como también lo es el parlamento. Este país goza de un debate abierto raramente visto en ningún otro país aparte de Kuwait. El parlamento kuwaití también se elige mediante votación; este país abolió la censura de prensa en 1992 y el Tribunal de Seguridad del Estado en 1994. Por otro lado, Dubai se ha convertido en una economía abierta de extraordinario atractivo y bastante desconocido en el resto de la región; este país se está convirtiendo en una atracción turística, de capital y de medios cada vez mayor. Hace poco, Bahrein celebró sus primeras elecciones parlamentarias en mucho tiempo y con una nueva Constitución; Qatar, por su parte, con sus revolucionarios medios y su impulso de reforma, está produciendo un impacto superior a cualquier expectativa. Esta apertura no es demasiado común en la región, pero si se extendiese, podría ser preludio de importantes cambios democráticos.



Un retraso regional
Dicho esto, los 21 Estados árabes (de acuerdo con un reciente informe del PNUD) están atrasados en prácticamente todos los campos. La región es la última del mundo en todo lo que a libertad, progreso democrático, desarrollo humano, productividad e inversiones en investigación se refiere. Su economía, con 270 millones de habitantes, no supera la de Brasil, es igual a la mitad de la de Italia e inferior a la de España. La renta de los países árabes es de aproximadamente 600.000 millones de dólares. La renta media per cápita es de 2.200 dólares, y se encuentra desigualmente distribuida entre los países ricos y pobres de la región: un tercio de los países árabes se encuentra por debajo del umbral de los 500 dólares. La totalidad de las exportaciones árabes de mercancías es equiparable a la de Singapur o al 65% de las exportaciones de los Países Bajos. Hoy en día 72 millones de árabes carecen de servicios sanitarios, 34 millones no llegan a los 40 años y 65 millones siguen siendo analfabetos, la mayor parte de ellos mujeres. De hecho, el analfabetismo femenino ha aumentado en las dos últimas décadas. Una rápida lectura del informe del PNUD nos muestra de un modo fehaciente la situación en esta región.

En medio de todos estos indicadores, que bien pueden ser interpretados como síntoma de regresión, hay que decir que la población árabe es una población joven: el 50% de la población tiene menos de 15 años y más del 60% no ha cumplido todavía los 21 años; el 70% de los árabes tiene menos de 25. La cifra de desempleo en el mundo árabe asciende a 12 millones de personas y está previsto que se duplique. En la región, cuatro millones de árabes buscan empleo anualmente. Por lo tanto, la pregunta que se impone es la siguiente: ¿Dónde están las instituciones capaces de absorber la energía de los jóvenes? ¿Dónde encontrarán refugio: en movimientos revolucionarios, en la inmigración, alistándose en las filas de Al-Qaida, perdiendo la esperanza en el futuro?



Gobierno y responsabilidad
Hoy por hoy la región está en una encrucijada. Si los dirigentes no toman decisiones importantes, el retraso actual fragmentará aún más la región y contribuirá a que aumenten los estallidos violentos. Sin reformas serias en todos los niveles, se desestabilizará aún más la región, llegando incluso a marginarla. En mi opinión, la reforma en el gobierno, combinada con un profundo desarrollo económico, debería ser el principal motor de cambio.



La dimensión legal. La existencia de instituciones jurídicas y la disposición de los gobiernos a respetarlas y abstenerse de interferir en su funcionamiento resultan esenciales para una reforma legal. Las leyes son esenciales en cualquier desarrollo.

Las leyes del mundo árabe han evolucionado a partir de una combinación de leyes occidentales e islámicas. Aun así, las instituciones jurídicas están, de por sí, sujetas a la interferencia política. La libertad de pensamiento sigue siendo un delito grave en muchos Estados árabes. Los escritores, pensadores y autores siguen teniendo que enfrentarse a muchos tabúes. La estructura legal necesita grandes cambios para poder dar cabida al respeto por el individuo, las mujeres y las libertades políticas.



La dimensión legislativa. Por otro lado, sin un auténtico poder legislativo independiente nunca podrá lograrse un buen gobierno. La región, salvo contadas excepciones, no dispone de leyes para los partidos políticos, de parlamentos reales capaces de desempeñar sus tareas legislativas con credibilidad. Resulta irónico que Estados más pequeños como El Líbano, Kuwait, Qatar o Bahrein hayan sido capaces de poner en marcha reformas mientras que Estados más grandes se han ido quedando atrás. Además, es indispensable un legislativo controlado por una Constitución. La tiranía de la mayoría es un antiguo temor en todas las democracias; por ello, para que se pueda llegar a dar una evolución democrática, resultan imprescindibles unos tribunales que protejan la Constitución por si los parlamentos llegan a aprobar leyes anticonstitucionales.



La dimensión burocrática. Muchas de las economías de la región se ven paralizadas por enormes redes burocráticas. El modelo soviético falló en todo el mundo y aun así Oriente Medio siguió manteniendo elementos importantes de un Estado socialista. En la mayor parte de los Estados árabes, salvo raras excepciones, el sector privado ha estado sometido a fuertes tensiones, dominado por el Estado y no ha podido hacer mucho. Esto también ha impedido que las inversiones extranjeras llegasen a la región y ha contribuido a que se produjesen inversiones árabes directas en los mercados occidentales y asiáticos. En los últimos diez años las burocracias de la región han perdido cualquier entusiasmo que hubiesen podido tener. Se han estancado y han contribuido a paralizar la economía local y a mantener un inamovible y monótono statu quo. Las enormes burocracias fomentan el juego de las influencias y los favoritismos, que debilitan la iniciativa y las energías de los jóvenes. La mayor víctima en la región ha sido la capacidad de los jóvenes para aprovechar su potencial y contribuir al desarrollo. Los jóvenes que se unen a la burocracia terminan consumidos por este mundo de ineficacia y luchas internas.


En una región en la que domina el Estado, cualquier política que mine la iniciativa privada y refuerce la centralización limitará automáticamente el desarrollo económico. Éste es el mismo problema al que tuvo que enfrentarse el sistema soviético a causa de la centralización: la falta de entusiasmo y de productividad.



La dimensión del sistema político. La región está saturada de sistema políticos con la habilidad de frenar cualquier reforma y ahogar cualquier posible intento de renovación. Los largos períodos de cambio social y el surgimiento de nuevas fuerzas en la sociedad (mujeres, clases medias, jóvenes, personas del entorno rural, profesionales liberales, etc.) sin reformas significativas crean situaciones verdaderamente explosivas. Los Estados fallidos y las guerras civiles son un resultado natural del estancamiento. Esto es lo que sucedió en Argelia, en Sudán, en partes de Yemen y en El Líbano (1975-1992).



Dimensión de las escuelas y las mezquitas. Estas dos instituciones han sido víctimas de un mal gobierno. La región renunció a su función de hacer de la escuela un lugar para la creatividad. Los educadores, influidos por las estrictas interpretaciones del Islam, han dominado las Humanidades. Gran parte de la prosa libre literaria y creativa, la poesía de amor, la interacción humana y el saber ha sido eliminada, en los últimos veinte años, de los planes de estudio de la región. Al ignorar las artes liberales y las ciencias sociales en las escuelas y reemplazar gran parte del plan de estudios por temas coránicos, la islamización de la educación pública ha sido casi total en muchos rincones del mundo árabe.

Por otro lado, al renunciar a las mezquitas y al papel que éstas representan, los gobiernos de la región terminaron dejando las mezquitas locales en manos de algunos de los elementos más extremistas de la sociedad. Las mezquitas se politizaron y distintas tendencias políticas de naturaleza islámica, tanto radicales como moderadas, empezaron a disputarse su control. Una vez dominada la mezquita, se controlaban las oraciones del viernes y muchas de las actividades asociadas a ésta, lo cual solía alienar a quienes iban allí a rendir culto y terminó contribuyendo al proceso de radicalización de la religión.


Desde el 11 de septiembre, los gobiernos de la región están volviendo a prestar atención a estos problemas. Algunos ya han adoptado medidas para reclamar la función central de la mezquita y otros han empezado a reformar los planes de estudios de las escuelas. Sin embargo, la reforma en estos campos resulta difícil y pasarán años antes de que la mezquita y la escuela emprendan un camino diferente.


Es importante recordar que el Islam que yo conocí de niño en los años cincuenta y sesenta era diferente, más abierto. La política y la religión no eran una misma cosa. En el Islam había buenos modales, modestia, respeto por los demás y espiritualidad. Era un Islam que nos sirvió de gran ayuda cuando muchos de nosotros temíamos el comunismo y el control de lo material sobre lo espiritual. En el Islam, la mente y el espíritu eran lo primero.

Muchos versos del Corán se centran en la tolerancia y el respeto por los demás. Los cristianos y los judíos ocupan un lugar especial en el Islam. Algunas interpretaciones radicales de éste se sirvieron de versos coránicos que reflejan una experiencia concreta con judíos o cristianos en tiempos del profeta, aplicándolos a la situación actual. Tal uso está fuera de contexto y no refleja en absoluto el respeto del Corán por cristianos y judíos.



La naturaleza de la oposición
En un entorno como éste (ausencia de control), la oposición puede fácilmente pasar a ver el gobierno en términos de “suma cero”. Así, los cambios políticos que no se logran con métodos pacíficos o a través de las urnas y las elecciones se deciden en tribunales de seguridad del Estado o mediante reglamentos de emergencia y deportaciones. La falta de traspaso de poder y de elecciones lleva a una oposición clandestina. En la mayor parte de los países árabes no está permitido ningún tipo de oposición, con excepciones como El Líbano, Kuwait, Bahrein y otros Estados pequeños de la región (Marruecos constituye una excepción de un país árabe más grande). En otras palabras: la dinámica de transformación pacífica se ha visto debilitada o congelada en la mayor parte de la región.


En esta atmósfera de dirigentes únicos y limitada libertad política, todas las oposiciones tienen problemas de diálogo, puesto que éste está centralizado y no es democrático. Esto ha conducido a ciclos no democráticos. Muchos de los gobiernos del mundo árabe, como el iraquí y el sirio, formaron parte de la oposición en un momento dado. Otros muchos en otros países del mundo árabe fueron en su día movimientos revolucionarios; tal es el caso de Argelia y su protesta contra la represión colonial. Pero cuando estos movimientos llegaron al poder tendieron a repetir las políticas represivas anteriores o a imitar a los gobiernos contra los que habían luchado. Echemos un vistazo rápido: la guerra civil en Argelia, la de Sudán, la situación vivida bajo el régimen de Sadam Husein y el estancamiento de Libia reflejan un problema creciente. Un rápido repaso de la región mostrará también que la mayor parte de los países no cuentan con ninguna oposición significativa.


El entorno árabe y de Oriente Próximo creó las condiciones perfectas para que surgiese el perfecto puritanismo utópico. La incapacidad de los dirigentes políticos para proporcionar alternativas políticas significativas contribuyó a radicalizar a la juventud. La ausencia de debate público y espacio para que se den puntos de vista diferentes contribuyó a avivar el fervor de los extremistas de la sociedad árabe. Surgieron dos extremos contrarios: el partido del gobernante o el partido del revolucionario radical y violento. No había otra opción: se debía optar entre el gobernante, con sus errores y décadas de  mandato, o la oposición radical, con todos sus excesos. La región, de nuevo con las excepciones de Kuwait, El Líbano, Bahrein y Qatar, no tenía ninguna opción intermedia. En ausencia de cualquier otro espacio o alternativa, las personas optaron por el statu quo y la oposición se hizo cada vez más y más violenta. Al-Qaida, por tanto, supone un desarrollo normal  en tales circunstancias. Desde el 11 de septiembre, estos problemas han pasado a ocupar un primer plano.



Árabes e israelíes
Si volviésemos a examinar la guerra de 1967 encontraríamos lo que expongo a continuación: la derrota del mundo árabe en 1967 supuso también una derrota para el nacionalismo árabe (un movimiento secular) y esto creó un vacío que fueron llenando lentamente pero con firmeza los movimientos islámicos radicales emergentes. Esta misma derrota supuso una victoria para Israel. Pero Israel también sufrió la carga de la victoria y sus fundamentalistas pasaron a desempeñar un importante papel a partir de aquella fecha. Este proceso debilitó a los israelíes laboristas y de centro. El conflicto árabe-israelí no puede sino reforzar los extremismos en ambos bandos y minar gran parte del futuro.


El conflicto árabe-israelí reforzó una confrontación árabe con el mundo exterior y limitó la necesidad de renovación y autoreflexión. Este conflicto hizo que el mundo árabe se mostrase deseoso de perdonar a los dirigentes militares, los dictadores y los aventuristas y de olvidar las prácticas corruptas y las limitadas libertades a cambio de unas políticas nacionalistas que prometiesen la liberación de los territorios perdidos en las guerras de 1948 y 1967. Por esa razón, la región aceptó la propuesta de Sadam de que Kuwait era un paso en el camino hacia la liberación del pueblo palestino de la ocupación israelí; aceptó lemas como “ninguna voz es más alta que la voz de la batalla”. Si se pudiese hablar de un único factor que hubiese contribuido al retraso de la región, ése sería el conflicto árabe-israelí: reforzó el statu quo y debilitó el cambio del mundo árabe; también ayudó a dar forma a nuestro concepto de derechos humanos en términos colectivos y rara vez en términos individuales. No hacer frente al problema de Palestina hará que continúe el ciclo de destrucción, que podría terminar extendiéndose a otras regiones.



El desafío al statu quo
Desde el 11 de septiembre la región ha sufrido una serie de sacudidas: ha tenido que enfrentarse a la reacción estadounidense a los atentados del 11-S, ha padecido el impacto de las reacciones de los medios de comunicación estadounidenses contra Arabia Saudí, se ha visto sorprendida por la posibilidad de un cambio de régimen en Irak y está intentando adaptarse a la nueva situación en Palestina y el mundo árabe.

Estas sacudidas provienen de distintas direcciones. Por un lado, gran parte de la región no ha asimilado la importancia del 11 de septiembre y su verdadero efecto; sigue viendo ese acontecimiento con el mismo prisma con el que ve la guerra civil de Argelia o los conflictos civiles anteriores en El Líbano. Por otro lado, la región sigue considerando la política en términos de conspiración y no como una lucha de poder real entre actores reales. La región también sufre una carencia de expresión democrática, lo que hace muy difícil para los intelectuales con ideas contrarias exponer puntos de vista diferentes. Se asume la postura francesa ante el Consejo de Seguridad sin comprender claramente la tempestad que se está fraguando en la región. Así, la región parece congelada por lo que respecta a sus reacciones, incapaz de tomar la iniciativa mientras la guerra cada vez se acerca más y más a cada uno de los hogares del Golfo y la región.


Vivimos en una era en la que al statu quo se le están presentando grandes desafíos. Dichos desafíos se han vuelto tan abrumadores que un antiguo método y una antigua escuela de política y gobierno ya no bastan para llevar las riendas. Esto coloca al mundo árabe en medio de una de sus transiciones más importantes y en medio de otra ronda de tempestades y verdades confusas.


Los Estados árabes de hoy deben enfrentarse a una condición mundial de lucha contra el terrorismo. También deben asumir el reto de apoyar el cambio de régimen en Irak y, de un modo diferente, en los territorios palestinos ocupados. Los Estados árabes tienen ante sí el desafío de reconsiderar su orientación ideológica y presionar a las ideologías extremistas para que también ellas reexaminen su orientación. Los radicales árabes también deben reexaminar su base ideológica; y los islamistas, reconsiderar sus interpretaciones del Islam y la tolerancia.



Conclusión
Nadie en el mundo árabe puede afirmar que su ideología o su política es la del vencedor. Los nacionalistas árabes de las décadas de 1950 y 1960 no consiguieron poner en práctica su visión, ni tampoco los islamistas radicales de los años ochenta y noventa, que no consiguieron poner en práctica un verdadero Estado islámico que incluyese Irán. Los Estados y los gobiernos de la región no consiguieron lograr un progreso, un desarrollo y una participación significativa mientras perseguían una política dominada por el poder y secaban cualquier otro recurso creativo. Aun así, a estos países hay que reconocerles un éxito: todos ellos lograron, más allá de lo que nadie hubiera podio creer, permanecer en el poder y congelar cualquier posible cambio político.

Si la Historia nos sirve de alguna guía, el camino de la transición a la democracia, el desarrollo económico y los derechos humanos está lleno de complejos procesos y elecciones difíciles. El mundo árabe de hoy se enfrenta a un período predemocrático que puede dar el impulso necesario a un nuevo proceso; proceso que plantearía enormes retos pero que no pondría fin a la Historia; tan sólo abriría un nuevo capítulo. Si los experimentos español e italiano de democratización y desarrollo nos sirven como referencia, habría que anotar que dichas transiciones son siempre largas y complejas.



Shafeeq Ghabra
Director del Centro de Estudios Estratégicos y de Futuro de la Universidad de Kuwait
 

 
 
 
        
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