La victoria del Partido Justicia y Desarrollo en las últimas elecciones turcas y las recientes declaraciones de Valery Giscard d’Estaign, Presidente de la Convención Europea, en las que afirmaba que la adhesión de Turquía supondría el fin de la UE, han puesto sobre la mesa las dos grandes cuestiones que afectan a este país en la Historia contemporánea y que a su vez están íntimamente relacionadas entre sí: el problema de su identidad nacional y el desafío de su vinculación con Europa.
Dos politólogos con una especial influencia sobre la opinión pública han abordado estas cuestiones situándolas en una perspectiva histórica: Robert Kaplan y Samuel Huntington. El primero, en su obra Rumbo a Tartaria, describe su visita al cuartel general del Partido de la Virtud, antecesor del ahora victorioso en las elecciones, da cuenta de sus entrevistas con militantes y dirigentes de esta formación y se declara convencido de la vocación modernizadora de esta fuerza política, tanto en el campo económico como en el político. Sin embargo, Kaplan contempla con ambivalencia el ascenso de este partido en el escenario de la política turca, ya que este espíritu modernizador no se corresponde necesariamente con una propensión pro-occidental. En la nueva Turquía fundada por Ataturk, la occidentalización se ha interpretado como secularización y no siempre como democratización. Los islamistas moderados han apostado en cambio por esta última y han obtenido un claro mandato popular en las urnas. Pero las fuerzas secularistas, empezando por los militares, desconfían de las intenciones de su líder Tayyip Erdogan.
De ahí que adquiera un especial interés en estos momentos el trabajo del profesor Metin Heper analizando la evolución ideológica de Erdogan a partir de su formación religiosa y de su itinerario político junto al líder islamista Necmettin Erbakan hasta la posterior ruptura con él. Heper destaca especialmente la influencia sobre el joven Erdogan del Director de la escuela religiosa a la que asistió, el Sheik Kotku de la orden Nakshibandi. Kotku consideraba el desarrollo moral como un prerrequisito tanto para el desarrollo material, como para la estabilidad política. Aunque este impulso moral tendría que provenir de la interiorización de las virtudes derivadas del Islam, su objetivo último estaría orientado hacia la influencia sobre la esfera mundana. Heper destaca la “extraordinaria sensibilidad hacia la modernidad” de Kotku y apunta que el papel revitalizador que éste atribuye al Islam es comparable con la ética protestante en el análisis de Max Weber. A partir de estas ideas se va definiendo progresivamente el proyecto de Erdogan hasta adquirir los siguientes rasgos:
• Una moralización de la vida política que sirva para superar la crisis de legitimidad de la clase política turca y para relanzar una economía fuerte sobre bases sólidas. • Este rearme moral se predica con el ejemplo. La referencia al Islam se produce en el plano personal y no implica un cambio en la naturaleza del Estado ni la imposición a los secularistas de un modo de vida islámico. • Si bien no se pretende alterar el Estado creado por Ataturk, desde el punto de vista de la identidad, el énfasis se pone en los valores de civilización e Historia asociados con las raíces culturales islámicas de Turquía. • Aunque la democracia se concibe más como un medio que como un fin, en los últimos años Erdogan ha preferido subrayar su inequívoco compromiso democrático, ya que este sistema es el único marco concebible para desarrollar su proyecto político. • De la misma manera, las reticencias iniciales hacia la adhesión a la UE se transforman en convencimiento de que Europa representa un espacio de democracia y que la UE constituye por tanto un “paraguas jurídico” que impediría a los militares que puedan frustrar esta alternativa política.
Islam y democracia La conclusión es que el itinerario recorrido por Erdogan concede credibilidad a su proyecto de casar el Islam con la democracia en Turquía. Ahora bien, la tolerancia debe jugar en ambos sentidos: ni los islamistas pueden socavar los fundamentos del Estado secular, ni los secularistas pueden imponer sus modos de vida a los creyentes. El problema es que la desconfianza de los secularistas está muy arraigada y para ellos Erdogan utiliza la conocida práctica islámica de la disimulación (takiyye) por la cual se ocultan las verdaderas intenciones hasta que llega el momento oportuno para mostrarlas.
Si Erdogan demuestra con los hechos su lealtad al Estado secular, el mayor peligro de una quiebra democrática vendría hoy del no reconocimiento por parte de los secularistas radicales de que se ha consumado el viaje al centro del Partido Justicia y Desarrollo. ¿Impedirá este conflicto interno que prospere el actual experimento político turco? ¿Lo frustrarán los militares como ya lo hicieron con el gobierno de Erbakan? Robert Kaplan cree posible un acuerdo entre los islamistas y los militares, las dos únicas fuerzas con arraigo popular y prestigio en el país. La Administración Bush, por su parte, parece apostar por el éxito de esta nueva fase política. A corto plazo, la cooperación turca es fundamental para cualquier escenario de guerra en Irak. Pero en términos más generales, el papel estratégico de Turquía, que resultó clave para la Alianza Atlántica durante la Guerra Fría, continúa siéndolo hoy en día en la guerra contra el terrorismo. A su valor geográfico y militar se añade ahora un factor político de enorme significación: la posibilidad de crear un modelo que conjugue Islam y democracia, como ejemplo para el resto del mundo islámico. De ahí las presiones norteamericanas sobre la UE para que en el Consejo Europeo de Copenhague se de a Turquía una señal positiva para el comienzo de las negociaciones de adhesión. Estas gestiones parecen haber logrado sus frutos en el caso de Alemania, ya que el Canciller Schroeder debe pagar un precio para recomponer sus relaciones con Washington, seriamente deterioradas tras una campaña electoral de tono anti-norteamericano.
En este contexto se producen las declaraciones de Giscard d’Estaign a Le Monde. El presidente de la Convención Europea las realiza sólo unos días después de su visita al Vaticano, de la que vuelve con la petición del Papa para que la futura Constitución europea incluya una referencia a las raíces cristianas de Europa. La vinculación entre ambas cuestiones no es casual y apunta a una definición cultural de las fronteras de Europa.
Giscard afirma que Turquía es un país importante pero no es un país europeo, situándose así plenamente en el análisis de Huntington en El choque de civilizaciones. En esta obra argumenta que Turquía es uno de esos países desgarrados, como México o Rusia, entre dos civilizaciones. Pero para que un país desgarrado redefina con éxito su identidad se deben dar tres condiciones. En primer lugar la elite del país debe ser partidaria de dar este paso. En segundo lugar, la sociedad debe estar al menos dispuesta a aceptar el cambio de identidad. Y en tercer lugar, los centros dominantes de la civilización anfitriona tienen que estar dispuestos a acoger al converso. Huntington considera que aunque se den los dos primeros requisitos, el tercero no se cumple en el caso europeo. Por ello propugna que Turquía abandone su humillante papel de eterno candidato que suplica su ingreso en Europa y que retome en cambio el papel más digno y relevante como Estado central del mundo islámico, que el imperio Otomano jugó ya en el pasado durante ochocientos cincuenta años. Ésta sería una opción histórica para Turquía pero cabe preguntarse por sus consecuencias cuando no se habría escogido voluntariamente, sino a causa del rechazo de Europa.
Las declaraciones de Giscard remiten no sólo a Huntington sino también a De Gaulle cuando dice que los que más han impulsado la ampliación en dirección de Turquía son los adversarios de la UE. De ahí el eco que sus afirmaciones han tenido en otras personalidades francesas de partidos diferentes como Hubert Vedrine. Giscard apunta aquí a EEUU y al Reino Unido y da a entender que Turquía sería un caballo de Troya que acabaría provocando la disolución del proyecto europeo, terminado así con toda voluntad de crear una superpotencia capaz de contrapesar el poder norteamericano.
Hay otra razón que Giscard no explicita pero que subyace a su visión. A ella se refiere Huntington cuando cita al analista británico Barry Buzan: “una guerra fría societal con el Islam serviría para fortalecer la identidad europea en un momento crucial para el proceso de integración”. La islamofobia en Europa se ha convertido en los últimos tiempos en una poderosa corriente de opinión que ha irrumpido con fuerza en las últimas elecciones presidenciales francesas y en las parlamentarias en Holanda y Dinamarca. La candidatura turca no es por tanto una causa popular en los Estados miembros y sus gobernantes lo saben. Sin embargo, han podido hasta ahora nadar y guardar la ropa. Pero del Consejo europeo de Copenhague tiene que salir un mensaje inequívoco en un sentido o en otro. El debate abierto sobre la vinculación de Turquía a la UE es ya inevitable.
De forma inmediata está sobre la mesa la cuestión de Chipre, su adhesión a la UE como un único Estado con las bendiciones de Turquía o bien como un país dividido, lo que abriría una grave crisis con Ankara. Más allá de Chipre está en juego la apuesta estratégica que quiera hacer Europa en favor del éxito de la fase política que se abre en Turquía, con consecuencias a su vez sobre nuestras relaciones con el mundo islámico, sin duda alguna la cuestión más decisiva en la nueva situación internacional que se abre con los ataques del 11 de septiembre. ¿Pesarán más en los líderes europeos estas consideraciones o bien se sentirán abrumados por las dificultades previsibles para que la UE pudiera digerir la eventual adhesión de un país que llegaría a ser el más poblado de Europa? Se trata en todo caso de una decisión trascendental que sitúa a la UE, como pocas otras en los últimos años, frente a sus responsabilidades como el actor internacional de peso que quiere ser.
Fidel Sendagorta Director del gabinete de Análisis y Previsión de Política Exterior Ministerio de Asuntos Exteriores |